Edison
Capítulo 6. Nueva York
Capítulo 6
Nueva York
Con nuevos ímpetus, Edison decidió trasladarse a Nueva York, aquella inmensa
ciudad donde todo parecía posible.
—Allí sí que lograré al fin mi propósito —se decía.
Para sufragarse el costo del viaje, tuvo que vender cuanto tenía, incluso los libros
que había conseguido reunir a costa de muchos sacrificios. Pero la esperanza bien
valía la pena.
El Nueva York de 1869 era muy distinto del actual. Era un Nueva York sin
anuncios luminosos, sin tranvías eléctricos, sin autobuses ni automóviles, sin
camiones, sin líneas subterráneas ni líneas aéreas, sin cinematógrafos, sin altavoces,
sin alumbrado eléctrico… Claro, como que el mundo aún no conocía a Tomás Alva
Edison y su ciencia.
Es verdad, Nueva York no poseía todo eso que hemos dicho, no era la ciudad
colosal, dinámica, multiforme y refulgente que es hoy. Pero era algo mucho más
importante. Era la ciudad pequeña que, día a día, iba moldeándose, iba creciendo a
ritmo acelerado, iba tomando la configuración gigantesca que la caracteriza, iba
formándose a sí misma con un tesón y una voluntad extraordinarios, llegando a ser
monstruosa en densidad. Los primeros rascacielos aparecieron audaces en los puntos
estratégicos. Los primeros ascensores hidráulicos ascendían por su interior, llevando
a gentes apresuradas, trepidantes. El dinero de los que en California realizaron la
quimera del oro corría en abundancia. Había ya entonces unos treinta industriales,
comerciantes y banqueros que eran millonarios en dólares. Y existían treinta mil que
iban en camino de superarles. En Wall Street, la calle de los banqueros y la Bolsa, la
calle donde se hacían y deshacían fortunas fabulosas en unos instantes, reinaba
siempre una agitación febril. ¿Y en el puerto de Nueva York? En el puerto ondeaban
banderas llegadas desde los más remotos lugares del mundo, ondeaban en barcos que
habían cruzado intrépidos todos los mares de la tierra.
El Nueva York de 1869 era un monstruo en potencia donde germinaba, activa,
rápida y apremiante, la simiente del fantástico Nueva York de hoy.
Y a este torbellino, a este mundo dinámico y nuevo, a esta ciudad arrolladora, con
su interesante presente y su fabuloso porvenir, llegó un buen día Tomás Alva Edison.
Todo su caudal era el traje raído que vestía, sin un centavo en los bolsillos, sólo con
el pañuelo y la cartera con el pasaporte. Poseía, eso sí, el tesoro de su inteligencia.
Pero en aquellos momentos de su llegada, al pisar por vez primera la para él
desconocida ciudad de Nueva York, de poco iba a servirle toda su inteligencia para
almorzar. Y él lo único que quería, entonces, era almorzar. He aquí un grave problema que se le presentaba y sin solución a la vista.
Vagó por las calles, con las manos hundidas en los bolsillos vacíos, con los ojos
fijos en los escaparates de comestibles repletos de apetitosas viandas y en los hoteles
de cuyas puertas salía un rico aroma. Edison estaba hambriento, y su cabeza cavilaba
más que nunca pensando cómo podría llevarse algo al estómago, algo caliente que le
permitiera reaccionar. Porque además hacía un frío terrible. Y Al tuvo que colocarse
entre camisa y camiseta un grueso periódico, a fin de aminorar ese helor y suplir la
falta de gabán.
De pronto, en su incesante vagabundaje de una calle a otra, vio un grupo de
gentes que se apiñaban ante un escaparate, en cuyo rótulo rezaba que era un almacén
de té al por mayor. ¿Y por qué tal curiosidad? Pues porque el gerente había tenido la
original idea de colocar, en el sitio más visible del escaparate, a un individuo, cuya
misión única y exclusiva era la de ingerir, vivamente satisfecho, taza tras taza de té.
Tomás Alva Edison vio el cielo abierto con aquella ocurrencia. Empujó la mampara
de la tienda y entró. El propio gerente se le acercó solícito. Pero al ver la facha mísera
de Tom, frunció el ceño.
—¿Qué desea? —le preguntó desabrido.
—Venía a saber si es posible relevar a ese empleado que está en el escaparate
cuando acabe su turno —dijo muy decidido.
Y el empleo fue suyo. Beber una buena cantidad de tazas de té en un escaparate
bien visible, a modo de reclamo, fue el primer almuerzo neoyorquino del que más
tarde vería a la ciudad y al mundo entero a sus pies. Poco podían imaginar aquellas
gentes que le contemplaban con curiosidad, lástima, burla y qué sé yo cuántos
sentimientos distintos, que ante ellos estaba uno de los más célebres genios de la
historia científica.
El caso es que Tomás Alva Edison había conseguido llevar algo caliente a su
estómago, que es lo que más le urgía por el momento. Y además, con los chelines
ganados por aquel original trabajo, quedó resuelta la cena. Comió un pastel de
manzanas y una taza de café. Muchas veces confesó Edison a sus amigos que nunca
probó banquete más exquisito que aquella cena sencilla de su primera noche en
Nueva York.
Ya sólo le faltaba encontrar un refugio en donde pasar la noche. Pero esto sí que
se le hacía poco menos que imposible sin disponer de un solo centavo.
—No creo que a nadie se le ocurra pagarme por echar una siesta en algún muelle
colchón —se dijo echando mano de su conocido buen humor e inagotable resignación
—. Por otra parte, ¿para qué diablos necesito yo una habitación? ¿No es cierto que
tendré que pasarme todo el día en la calle buscando trabajo? Pues la noche se puede
pasar en cualquier rincón, aunque no sea cómodo, ni acogedor, ni caliente. Y siguió
deambulando, en espera de que el destino le pusiera delante el rincón apropiado.
Caminaba sin rumbo. No conocía la ciudad y todo lo que veía era nuevo.
Los pasos le llevaron a pasar por delante de las oficinas del «Gold Exchange», es decir, la Bolsa del Oro. La «Gold Exchange» estaba, lógicamente, en Wall Street. La
gente se agolpaba en sus puertas y en sus salas deseosa de conocer el vaivén de su
fortuna. Las primas de oro eran crecidísimas y fluctuantes, y el precioso metal era
objeto de mil especulaciones. El alza y baja de este valor se inscribió, en los primeros
tiempos, sobre grandes pizarras. Mas pronto el ritmo de la ambición se aceleró de tal
modo que los agentes de cambio se quejaron de un procedimiento tan lento.
Entonces, el doctor Laws, vicepresidente y administrador de la «Gold Exchange»,
inventó un sistema de indicadores movidos por un instrumento de transmisión muy
complicado que, desde la misma Compañía, registraba las fluctuaciones del cambio a
medida que se iban realizando las operaciones. Todos los agentes de cambio de
Nueva York tenían en sus oficinas un aparato de éstos, que les permitía conocer lo
que pasaba en la «Gold Exchange».
Pues bien, cuando Edison llegó a sus puertas, pensó que de momento, aunque
sólo fuese para entrar en calor, aquella multitud que se agolpaba abigarrada en el
interior de las salas le iría de perilla. Y sin pensarlo un momento, penetró en el
edificio y se situó en lugar preferente. La atmósfera era caliente, cargada. Pero es
justamente lo que él necesitaba para reaccionar, para desentumecer el cuerpo.
Y aquel lugar fue el que más atrajo la atención de Edison. Logró penetrar en la
sala de máquinas, y viendo el funcionamiento del aparato transmisor, dejó pasar el
tiempo sin acordarse del hambre y el frío. Se dijo a sí mismo que, en adelante, allí
pasaría largas horas, porque el ambiente que se respiraba y la libertad con que se
movía por entre las máquinas, pues nadie hacía caso de su presencia, tal era la
barahúnda reinante, llenaban de satisfacción su espíritu de inventor.
Y en este punto sucedió algo que debería cambiar el rumbo desafortunado que
hasta entonces tuvo la vida del genial Edison. Mas dejemos que sea él mismo, con la
claridad de sus notas biográficas, el que nos cuente el hecho.
«Tres días después de mi llegada, estaba yo abstraído, como siempre, en el complejo funcionamiento, cuando
uno de los cuadros automáticos se paró. En la sala se levantó un murmullo de disgusto. La fiebre del oro abrasaba a la multitud impaciente, que no podía sufrir el menor retraso. El operador de servicio trató de reparar la avería, pero era tal su nerviosismo que hizo otra mayor, con lo que el complicado aparato general que transmitía los despachos a todas las líneas —y que hacía un ruido formidable— se paró en seco, con un tremendo crujido. En menos de diez minutos, más de 300 “grooms”, uno por cada abonado, irrumpieron en la sala, empujándose y apretándose en un espacio donde apenas cabrían cien personas. Las oficinas de la “Gold Exchange” se convirtieron en un infierno, donde reinaba un griterío y confusión indescriptibles.
»Las cotizaciones iban llegando sin interrupción y no podían exponerse al público. Las protestas aumentaban,
las amenazas se exaltaban. Mister Laws, que había acudido en el primer momento, ordenaba a voz en grito al operador que arreglase la avería. Pero éste estaba tan aturdido que no acertaba a hacer nada. Era como si de repente se le hubiese olvidado todo cuanto sabía. La furia de mister Laws era terrible. El infeliz operador temía por su pellejo. Pero nada útil se le ocurría.
»Sin decir nada a nadie, me encaminé hacia el aparato y lo examiné detenidamente. Como lo conocía bien, por
haberlo observado largas horas durante aquellos días, suponía dónde estaba la avería. Y la encontré sin esfuerzo. No era nada grave ni complicado. Uno de los innumerables resortes de contacto se había roto, cayendo entre dos engranajes, y deteniendo así todo el aparato.
»La multitud seguía vociferando. Y mister Laws gritaba desaforado al impotente operador.
»—Señor —le dije acercándome a él, aun a riesgo de ser recibido a palos, soy operador telegrafista y algo
práctico en aparatos automáticos. Creo que he localizado la avería. ¿Queréis que la repare? Antes de un cuarto de hora volverá a funcionar todo.
»Estuvo a punto de no hacerme el menor caso, pero la presión vociferante de la gente que se apretujaba a
nuestro alrededor le obligó a ceder.
»—¡Está bien! ¡Arregladlo! ¡Arregladlo en seguida! —ordenó.
»Pedí las herramientas necesarias y me encerré en la sala de máquinas. Quité el resorte de donde había caído y
volví las ruedas de contacto a cero. Repasé la línea. Los hombres encargados de baterías, línea e inspección se esparcieron por el distrito financiero para regular los aparatos. Diez minutos más tarde mi trabajo estaba listo y aproximadamente dos horas después todo marchaba perfectamente bien, incluidos los distintos aparatos de los abonados.
»Los ánimos exaltados se calmaron, las cotizaciones hicieron olvidar el incidente, y todo volvió a la
normalidad.
»El doctor Laws me hizo seguirle hasta su despacho. Me preguntó mi nombre, mis ocupaciones, etc. Le
informé de todo cuanto quiso saber, sin omitir detalle.
»—He podido comprobar que sois un operador muy experto. Volved mañana por este despacho y quizá pueda
haceros alguna proposición interesante. Debo hablar del asunto con mis consocios.
»—Bien, señor.
»—Os espero a las ocho de la noche.
»—Seré puntual.
»—Mañana os liquidaré también vuestros honorarios por el servicio que habéis prestado a la casa —añadió.
Pero viendo que yo no me movía, que estaba indeciso, preguntó molesto:
»—¿Es que desconfiáis?
»—Señor —balbucí tímidamente—, hace veinticuatro horas que no he probado bocado. Me iría tan bien que
me pagarais este servicio, que yo bien os regalaría, si la necesidad no me empujase…
»—¡Haberlo dicho antes, hombre de Dios! —exclamó.
»Y luego llamó a un ordenanza, al que mandó hiciera traer inmediatamente un cubierto de cinco dólares del
restaurante más próximo. “¡Cinco dólares!”, pensé yo. Me parecía mentira que fuese cierto lo que oía. Pero sí que lo fue. Trajeron el cubierto y me harté de buena comida. Agradecí la gentileza al doctor Laws. Y me dispuse a esperar al día siguiente con renovados bríos.
»A la hora convenida, volví a su despacho, una estancia repleta de libros, tras de los que se me iban los ojos
con fruición. Me hizo numerosas preguntas acerca de sus aparatos y su sistema. Como yo lo había estudiado a fondo, pude darle detalles e indicarle, de una manera general, cómo se podría simplificar todo el funcionamiento.
»—Muy bien, me habéis convencido. He decidido confiaros la dirección del establecimiento en cuanto se
refiere a todas las máquinas, aparatos y controles de la casa. Disfrutaréis de un salario de trescientos dólares al mes. ¿Qué os parece?
»—¡Espléndido, señor! —exclamé tras un momento de vacilación». Era, en efecto, un gran salto el que daba
mi economía, en comparación a lo que había ganado hasta entonces.
»Me adapté pronto al frenético vaivén de la “Gold Exchange”. Y conservé esta decorosa situación bastante
tiempo, el necesario para perfeccionar el material en uso e inventar varios “stock-tickers”, aparatos registradores de las operaciones bursátiles. Estuve allí hasta que la “Gold and Telegraph Company” se unió a la “Gold Indicator Company”, que era la Bolsa del Oro».
Así, pues, ya tenemos a Tomás Alva Edison, telegrafista de veintidós años, a los
tres días de desembarcar en Nueva York más pobre que las mismas ratas, ocupando
una honorable posición entre el brillante y arrollador mundo financiero de Wall
Street.
¿Y no sabéis lo que es una jornada de pánico en esa famosa calle neoyorquina?
Edison vivió una que el mundo entero comentó. Y él nos la explica así, poco más o
menos:
«Era el 24 de septiembre de 1869. Una animación inusitada reinaba en todas partes. Tanto en New Street como
en Broad Street rebosaba una multitud delirante. Jay Gould y Fisk intentaron acaparar con sus especulaciones todo el oro de los Estados Unidos. La turba de agentes de Bolsa y de espectadores iba de un lado a otro, saliendo, entrando. Algunos de los agentes gritaban y gesticulaban; otros permanecían silenciosos, confusos; los había también que estaban casi locos, y otros lo estaban ya del todo. El banquero Speyer se volvió loco, y cinco hombres tuvieron que sujetarle. Quién más, quién menos, había perdido la cabeza en aquella barahúnda. Otro telegrafista vino hacia mí y me dijo:
»—¡Estrechémonos las manos, Edison! ¡No perdemos nada los que no tenemos nada que perder!
»Tenía razón. Y por una vez me sentí feliz de mi pobreza».
La suerte sonríe
Aparte de cumplir escrupulosamente con su cargo, pues de alguna experiencia
debieron servirle los fracasos de su niñez y adolescencia, aún le quedaba tiempo para
planear nuevas empresas. Trabajaba, estudiaba, investigaba e inventaba. Todo lo que
hacía entonces giraba alrededor de la telegrafía y los indicadores bursátiles. Para
mejor lanzar al mercado sus invenciones, Edison, que no poseía otro título que el
modestísimo de telegrafista, ya que su ciencia puede decirse que era innata en él, se
asoció con un ingeniero, joven y animoso, llamado Franklin L. Pope. Tomaron un
alojamiento en Nueva Jersey.
Salía de la oficina a la una de la noche, llegaba a casa en tren a la una y media, y
regresaba para su trabajo en el de las siete de la mañana.
Durante un año, sin días festivos, estuvo soportando esta vida dura y cansada.
Con razón se le conocía, antes de cumplir los treinta años, por «el Viejo». Edison
vivía consagrado al estudio y el trabajo, sin preocuparse para nada de las diversiones
propias de un hombre joven y alegre como él.
Con su socio trabajaba en un nuevo indicador eléctrico. Este tendría la importante
modificación de que, en lugar de indicar simplemente los cambios, quedarían también
anotados.
Los dos socios trabajaban en el taller de un tal Branley, hombre que se dedicaba a
construcciones eléctricas.
Edison y Pope consiguieron que la «Gold and Stock Company» se interesase por
su invento. La Compañía instaló los aparatos a domicilio, en conexión con una línea
telegráfica, de modo que cada abonado recibía continuamente indicaciones escritas.
Pero estas instalaciones debían limitarse a Nueva York, porque los aparatos se
estropeaban con frecuencia, y resultaba imposible enviar empleados de una parte a
otra para repararlos.
Un día, el general Marshall Lefferts, presidente de la Compañía, llamó a Edison a
su despacho.
—Sois ingenioso y hábil, ¿podríais idear un sistema para reparar desde la central
los escapes de las ruedas de los aparatos, que es la avería más corriente? —le
preguntó.
—La más corriente y la más enojosa, pues marcan cifras falsas con los
consiguientes perjuicios.
—Así es.
—Pues hace algunos meses que vengo estudiando el asunto, y creo que me falta
poco para tenerlo resuelto —dijo el muchacho.
—En este caso, el día que logréis la solución, contad con nosotros.
Poco tiempo después, Edison se presentó de nuevo al general Marshall Lefferts
para anunciarle que había logrado lo que se proponía. Esto sucedía precisamente
cuando ya había hecho un cierto número de inventos, de los que sacó las debidas
patentes, relativos todos al mejoramiento y perfeccionamiento de las instalaciones de
la Compañía. El que ahora le presentaba era un sistema que permitía, si un aparato se
estropeaba en el despacho de un abonado, imprimiendo cifras fantásticas, regularlo
desde la estación central, con lo que se economizaba el trabajo de un empleado,
evitaba complicaciones al cliente y podía extenderse el radio de acción a otras
ciudades y poblaciones.
La Compañía comprobó el sistema, y antes de tres meses le compraba los
derechos de patente para explotarlo. Lefferts le volvió a llamar a su despacho.
—Vamos a ver, muchacho, hora es ya de que liquidemos sus invenciones.
¿Cuánto creéis que se os debe?
Edison había pensado que, considerando el tiempo dedicado a tales trabajos y las
condiciones excepcionales y agobiantes en que había estado trabajando, no era del
todo desorbitado pedir 5000 dólares. Estaba en su perfecto derecho. Sin embargo, se
contentaría con 3000, y esto es lo que iba a pedir. Pero aun así, la suma le pareció
demasiado importante, temía que el general tomase a burla sus pretensiones y que
perdiera de golpe y porrazo toda la protección que hasta entonces parecía brindarle.
Así es que prefirió balbucir tímidamente:
—Pues… la verdad es que… ¿Por qué no me hacéis una proposición, general?
—¿Os parece aceptable 40 000 dólares? —le preguntó a su vez.
El joven inventor tuvo que sujetarse a la mesa para no caer cuan largo era. ¿Había
oído bien? ¿No estaba soñando? ¿Era posible que el general estuviera hablando en
serio?
—¿Es que no os parece bien? —inquirió Marshall Lefferts, equivocando la
expresión vacilante de Edison.
—¡Oh, sí! Me parece una proposición justa —se apresuró a decir, temiendo que el
general se volviera atrás en su oferta.
—Perfectamente. Firmaremos un contrato. Y os daré el cheque.
Un rato después, Tomás Alva Edison salía del despacho del general Lefferts con
el cheque de cuarenta mil dólares quemándole en las manos. Aún le parecía mentira
haber cobrado tal fortuna. ¿Y si todo fuese una burla cruel gastada al patán del Oeste?
Andaba por la calle como un autómata, aturdido por el intenso tráfico. Alentaba el
secreto temor de despertar de un sueño maravilloso. Al penetrar en el Banco, le
invadió un sudor frío. ¿Descubriría ahora la patraña? Pero no, no se trataba de una
patraña. Aquel papel, aquel primer cheque que veía en su vida, valía 40 000 dólares,
que entregaron a Edison en flamantes mazos de 500 dólares.
Cuando salió del Banco, llevando billetes en todos los bolsillos, miraba receloso a
todas partes. Temía que surgiesen ladrones de los lugares más insospechados.
A la mañana siguiente, después de una noche en vela, sumido en pensamientos
diversos, fantásticos, se dirigió a un Banco y depositó la cantidad en una cuenta
corriente que abrió a su nombre.
De este modo, el genial andariego, el sencillo muchacho del Oeste, daba fin a su
peregrinaje. La suerte comenzaba a sonreírle. Se empezaba a hacer justicia a su
extraordinario talento y a sus esfuerzos titánicos por seguir el duro camino de los
elegidos.
Desde el lejano Port-Huron, el matrimonio Edison, que vivía con los ojos fijos en
aquel hijo que luchaba en una ciudad tan apartada, compartió satisfecho y orgulloso
el primer gran triunfo de Al.
—¿Lo ves, Samuel? Ya te dije yo que nuestro hijo sería todo un personaje —
sonreía la dulce Nancy.
—Tú siempre has tenido razón en todo, querida —repuso el enamorado esposo,
rodeando cariñosamente los hombros de la menuda y delicada mujer.
Telegrafía perfeccionada
Aquella para él considerable fortuna fue invertida en montar unos talleres por su
cuenta, en los que dedicarse y consagrarse ya totalmente a dar forma al sinnúmero de
inventos que llenaban su cabeza. Uno tras otro irían cobrando realidad, a medida que
el nombre del inventor Tomás Alva Edison iría adquiriendo fama y gloria.
Compró máquinas, instaló los talleres y dio trabajo a un buen montón de obreros.
En el período de 1870 a 1871 se abrían nada más y nada menos que tres grandes
talleres suyos en Newark, Nueva Jersey.
Edison, a los veintitrés años de edad, podía fabricar, por sus propios medios,
aparatos eléctricos en gran escala. Entre las personas que estaban a sus órdenes, en
aquellos primeros tiempos, se contaban Schuckert y Bergmann, quienes más adelante
fundaron las dos grandes casas alemanas de electricidad que llevan sus nombres.
Figura 6. Con el primer cheque cobrado, Edison instaló los
laboratorios de Menlo Park, donde se entregó sin descanso al
estudio y a los experimentos. (Fotografía The Bettmann Archiven.
Nueva York).
Edison estaba empeñado en la empresa de elevar de simples teorías a prácticos
resultados, en todos los ramos de la actividad humana, aquella fuerza misteriosa
llamada electricidad y de la que Faraday, Volta, Gay-Lussac y Galvani habían trazado
normas sin darle aplicación. Estaba dispuesto a no regatear esfuerzo alguno, por
grande que fuese el sacrificio, con tal de dar en la clave que cristalizase sus
ambiciosos propósitos.
Al ritmo del Nueva York de 1870, que crece por momentos, que va dejando atrás
la ciudad antañona para dar paso a la ciudad cosmopolita, densa, monstruosa, todo va
muy de prisa, rápido, veloz. Y Edison, en sus talleres, trabajaba intensamente en la
rebusca de cuarenta y cinco inventos distintos a la vez. Empleaba a muchos obreros,
que formaban cuadrillas, de día y de noche. Así es que el genio no se concedía tregua.
Todos le seguían con una fe ciega. No le consideraban amo ni jefe, sino maestro. Y él
les tenía como a su gran familia trabajadora, como a sus «boys», sus muchachos. Así
los llamaba.
En aquel vertiginoso torbellino que era la empresa de Edison, no pasaba día sin
que se pidiera y obtuviese una patente. Su carrera fue tan rápida, que resulta casi
imposible seguirla paso a paso.
Porque todas sus ideas iban germinando y plasmándose en una feliz realidad.
Podían ser costosas, difíciles; pero imposibles, para Tomás Alva Edison, no existía
ninguna. Cosa que se proponía, cosa que conseguía.
La descripción de sus inventos es tan amplia, fueron tantos, que necesitaríamos
varios volúmenes de carácter técnico para dar cumplimiento a todos. Pero esto, sobre
resultar poco ameno para los lectores, sería una tarea agotadora, gigantesca. Sin
embargo, nos referiremos a los más destacados, los más importantes, los que más
resonancia tuvieron en el mundo entero y más gloria dieron a su ilustre inventor.
En esta, digamos, su primera etapa de la vida de inventor, que no fue la primera
realmente porque casi desde la misma cuna vivió tan sólo para dar forma a los
inventos e ideas que le sugería su mente portentosa, los perfeccionamientos del
telégrafo son los que le proporcionaron auténtica popularidad.
Cierto día recibió un encargo de una Compañía importantísima. Se sabía que
Edison trabajaba e investigaba, pero nada más. Y la «Automatic Telegraph» de Nueva
York confió en él y le hizo su primer gran encargo. Esta Compañía había adquirido
una patente para explotar un sistema de telégrafo automático, que sólo funcionaba a
cortas distancias.
—¿Se atreve a intentar adaptarlo a líneas de gran extensión? —le preguntó el
director de la referida Compañía.
—Creo que sí, señor. Me atrevo y confío en dar con la solución.
—De acuerdo. Esperaremos sus noticias, mister Edison.
El joven se entregó en cuerpo y alma a la tarea, como siempre hacía cuando tenía
algo interesante entre manos. Conocía tan al dedillo todos los secretos de la
telegrafía, que lo que para otro podían ser largas semanas o meses de estudio, para él
eran días o simplemente horas. El cansancio no le atormentaba nunca. Y así, no tardó
en presentarse a la «Automatic Telegraph» para anunciarles que había conseguido el
telégrafo automático para largas distancias. Era un telégrafo que pronto permitiría
transmitir y registrar mil palabras por minuto entre Nueva York y Washington, y tres
mil quinientas entre Nueva York y Filadelfia. Además, le hizo la importante y eficaz
modificación de que los mensajes quedasen automáticamente escritos sobre la cinta
de papel en letras del alfabeto romano, en lugar de las señales Morse. Con esta
novedad evitaba el trabajo enorme de traducción y ahorraba personal.
—¡Espléndido hallazgo, amigo mío! —exclamó el director de la Compañía
cuando le hubo expuesto y probado su invención.
Y, como es lógico, la «Automatic Telegraph» pagó espléndidamente sus servicios.
La suerte, que no era tal, sino su gran voluntad, seguía sonriendo al esforzado paladín
de la ciencia.
Terminado este trabajo, dedicó su atención a otro no menos interesante: el
telégrafo «dúplex», inventado por un ingeniero llamado José Stearns. Por este
telégrafo podían expedirse en un solo hilo dos mensajes a la vez, pero en opuestas
direcciones. Después de laboriosos estudios, Edison introdujo un perfeccionamiento,
mediante el cual se podían enviar los dos mensajes distintos en un mismo alambre y
en una misma dirección. A este nuevo telégrafo le llamó «díplex».
Posteriormente y gracias a los ininterrumpidos estudios y experiencias que realizaba sin desmayo, combinando el «díplex» con el «dúplex», inventó el llamado
«cuádruplex», por el que se podían enviar cuatro mensajes a la vez en una sola línea.
Estos descubrimientos telegráficos operaban una auténtica revolución en la
materia. En adelante sería posible poner en comunicación completa y constante a
todos los puntos del planeta.
Si Fulton había acercado con su primer buque de vapor a los hombres de los
continentes más alejados entre sí, Edison agrupaba a todos los seres humanos de la
tierra para que pudieran comunicarse cuando quisiesen. ¿No era éste un adelanto
extraordinario?
Y aún hay que añadir algo más realizado por Edison durante este período de su
vida. Mientras seguía con afán el dilatado y complejo proceso de pruebas y
experimentos que le llevó al éxito de lograr los telégrafos «díplex» y «cuádruplex»,
estuvo a punto de descubrir prácticamente la telegrafía sin hilos. Mejor dicho, llegó a
aplicarla, aunque sin conseguir explicarse el fenómeno de una manera científica.
Tuvo la intuición e hizo experimentos en un tren en marcha, enviando los mensajes a
una de las estaciones del trayecto. Hacía pasar la onda eléctrica por una placa de
metal inserta en el techo del vagón, y siguiendo la misma trayectoria a través del aire,
era captada por la línea. Edison imaginaba que la transmisión de las ondas obedecía a
un fenómeno de inducción, o sea, de una acción directa entre la onda que partía del
coche y la energía eléctrica conducida por los alambres telegráficos. No sospechó que
se trataba simplemente de una transmisión a través del éter. Adquirió el invento la
«Lehigh Valle Railroad», pero sólo lo utilizó para las líneas ferroviarias en
construcción.
Su carrera iba de triunfo en triunfo. Y el nombre de Tomás Alva Edison se
empezaba a pronunciar con respeto y veneración, a pesar de su extrema juventud.