Edison
Capítulo 3. Incendio fortuito
Capítulo 3
Incendio fortuito
Pasó el tiempo. El jefe de la estación de Mount Clemens veía diariamente al salvador
de su hijo recorriendo los andenes. Le saludaba afectuoso, pero nada indicaba que el
muchacho recordase la oferta que le hizo tan sincera de ser su maestro en telegrafía.
Edison seguía vendiendo su periódico, ayudado ya por un auxiliar. Y mister
Mackenzie seguía esperando el momento de poner en práctica su ofrecimiento.
Cierto día, desdichado y fortuito a la vez para Al, sucedió algo muy importante en
su vida. En principio puede considerarse un fracaso, pero en realidad fue un éxito.
Estaba Edison, como de costumbre, manipulando en su laboratorio móvil. Enfrascado
en sus experimentos, se aislaba por completo de todo lo demás. Ni siquiera advertía
el traqueteo del tren en marcha o el incesante ruido de la máquina que bufaba
cansinamente.
De repente, un movimiento inesperado del tren, tal vez un frenazo brusco, hizo
caer al suelo uno de los frascos. Era el que contenía fósforo. El frasco se rompió, el
fósforo estalló y el vagón del laboratorio se incendió.
—¡Dios mío! —exclamó aterrado el muchacho.
En vano intentó atajar el fuego, que se propagaba cada vez con más fuerza. Todo
cuanto hacía era inútil. Las llamas amenazaban ya con prenderse en sus ropas. Pero,
por suerte, el conductor del tren se dio cuenta de lo que sucedía y acudió al vagón de
cola. Era un escocés atlético, muy fuerte y de carácter violento.
—¡Maldito chiquillo! —gritó exasperado—. ¡Te acordarás de esta jugarreta! ¡Vas
a ver dónde van a parar todos tus bártulos!
Pero antes de hacer nada contra Al, se afanó en apagar el fuego. Y lo consiguió.
Tomás Alva, que jamás daba la espalda al infortunio, le ayudó en todo cuanto estaba
a su alcance. Mas su buena intención y la voluntad demostradas, así como el visible
arrepentimiento, de nada le valieron. Allí mismo, sin esperar a la próxima estación,
que era justamente Mount Clemens, el escocés cogió los aparatos del laboratorio, los
productos químicos, los frascos, las cubetas, la biblioteca, la imprenta, los tipos y
todo lo que constituía el preciado tesoro de Al, y lo arrojó fuera del vagón.
—¡Ahí está mejor toda esa quincalla! —gritaba mientras lanzaba del vagón abajo
los distintos objetos, ante los ojos atónitos y dolorosos del joven Edison.
Y luego de haber «limpiado» el vagón, agarró a Al, le propinó dos sonoras
bofetadas y también lo lanzó fuera.
—¡Ve a hacer compañía a ese montón de basura!
Sin más explicaciones, el maquinista subió de nuevo a su garita y el tren se puso
en marcha. Tomás Alva Edison quedó en el camino, rodeado de sus tesoros, de todo aquello que tantos esfuerzos le había costado reunir.
Figura 3. Tomás Alva Edison experimentando en su laboratorio
instalado en el vagón del «Grand-Trunk». (Fotografía Arborio
Mella. Milán).
¡Ah! Y no acabaron ahí todas las desgracias, sino que las bofetadas del escocés
fueron hechas con tal furia que el muchacho quedó sordo del oído izquierdo para
siempre.
Pero Al era animoso. No se inquietó por tal cúmulo de desdichas. Se le cerraba un
camino, pero se le abrirían ciento si sabía sobreponerse.
Es lógico imaginar que su negocio instalado en el vagón de la «Grand Trunk»
había concluido. Porque las quejas del maquinista escocés elevadas a la Compañía
darían como resultado la rescisión del permiso tan generosamente concedido. Y
Tomás Alva estaba de acuerdo en que tal medida era oportuna. Al fin y al cabo,
mirándolo bien, un laboratorio montado en un tren en marcha podía acarrear grandes
desgracias. Aún tenía que agradecerse que nada lamentable hubiera sucedido en todo
aquel tiempo que disfrutó del privilegio.
Así, pues, tranquilizando a sus padres, que se sintieron preocupados por el
porvenir del hijo ante aquel fracaso, se dirigió a Mount Clemens y penetró
directamente en el despacho del jefe de la estación.
—Buenos días, mister Mackenzie. Vengo a recordarle su oferta.
—Creí que la habías olvidado, muchacho.
—¡Oh, no, señor! Los asuntos me han retenido un poco más de la cuenta, pero ya todo se ha solucionado.
Contó, punto por punto, la desgracia ocurrida a bordo del «Grand Trunk».
—Lo lamento de veras, Edison.
—Yo también al principio, señor. Pero el caso es que ya no tiene remedio. Y
ahora pienso que tal vez sea una oportunidad que me brinda el destino.
—¿Cuál?
—La de no entregarme tan de lleno a las tareas de periodista y dedicarme más a la
de telegrafista, que es en resumen la que me interesa para el futuro.
De este modo, Tomás Alva Edison quedó bajo la protección de mister Mackenzie,
jefe de la estación de Mount Clemens, para que le enseñara en todos sus aspectos la
técnica de la telegrafía de entonces.
Telegrafista
Edison comenzó su tarea de telegrafista. Bajo la dirección de mister Mackenzie,
estudió y trabajó de firme. Muchos días realizaba una jornada de dieciocho horas. Tal
era su entusiasmo por el nuevo oficio.
Sin embargo, no abandonó del todo sus tareas periodísticas. Se resistía a dejar
aquel primer negocio que tan buenos frutos le diera en su precoz adolescencia. Y si
bien ya no era posible publicar el diario en el tren, ¿por qué no hacerlo en cualquier
otro lugar? De este modo nació el «Paul Pry», que, traducido más o menos
libremente, viene a ser «El Caballero Indiscreto». Fue éste un diario de villa,
redactado y editado en Port-Huron. Al lo hizo regentar por el auxiliar que le ayudaba
en el extinguido «Weekly Herald». Pero este nuevo director dio a la publicación
cierto aire de libelo, metiéndose en las vidas ajenas y no con muy buenas intenciones.
Al final, pagó las consecuencias Edison, a pesar de que él intervenía muy poco en el
asunto; solamente como simple propietario.
Cierta noche, al pasar por la ribera del Saint-Clair, camino de la redacción, uno de
los que se habían sentido ofendidos por cierto artículo del «Paul Pry», le aguardó en
las sombras, y, quieras o no, le hizo tomar un buen baño en la ribera. Chorreando
como estaba, Edison se llegó hasta la redacción, y sin esperar a más, suspendió
definitivamente la publicación, temeroso de que las procacidades de su colaborador
tuvieran peores consecuencias que las de un baño nocturno. Y así concluyó la carrera
periodística de Tomás Alva Edison.
Ahora sí que todos sus esfuerzos estaban encaminados a lograr la máxima
perfección en la técnica telegráfica, sin olvidar los experimentos y estudios de Física
y Química. Y como no regateaba horas para el logro de su propósito, no tardó mucho
en llegar un día en que mister Mackenzie tuvo que decirle:
—Muchacho, ya nada me queda por enseñarte. Casi estoy por decirte que eres
mejor telegrafista que yo mismo. ¡Qué barbaridad!
—Realmente no es muy difícil eso de comunicarse a distancia.
—No lo es para ti, hijo, que pareces haber nacido con toda la ciencia sabida. Pero
en realidad no es nada fácil llegar a penetrar los secretos de la telegrafía.
Como poseía suficiente práctica, fue nombrado oficialmente telegrafista del
puesto de Port-Huron, con lo que acabaron los viajes en tren, ganando a cambio más
tiempo para sus estudios. Este nombramiento le resultó más fácil conseguirlo gracias
a que, debido al alistamiento de los hombres para la guerra civil, faltaba personal que
cubriese los puestos vacantes. Y él, a pesar de sus quince años, podía muy bien
ocupar una de ellos, como «operario volante».
El servicio estaba instalado en un almacén, donde un tal mister Walker vendía
periódicos, revistas y objetos de bisutería. Allí vivía y dormía Edison, para estar
siempre a punto de trabajar, en cuanto fuese necesario, y fuera la hora que fuera.
«Raya, punto, raya, raya, raya, punto, raya…». ¡Qué tremenda monotonía, aunque a
Al no se lo pareciese!
«Llegué a ser indispensable a mister Walker —relata en sus memorias, trabajaba día y noche, pues los
comunicados de la prensa llegaban hasta las tres de la madrugada. Yo copiaba y recopiaba sin descanso, a
fin de perfeccionarme hasta el máximo. La tarea del telegrafista rural consistía solamente en tomar los
comunicados de la prensa. Mister Walker ofreció a mi padre hacerme su aprendiz, a razón de veinte
dólares al mes. Pero no llegamos a entendernos. Y como mi intención no era precisamente la de echar
raíces en aquel almacén, sino que deseaba prosperar y cuanto antes mejor, hice una demanda para que me
emplearan en la red telegráfica de la Compañía “Grand-Trunk”, en servicio nocturno. Así, pensaba poder
dedicarme durante el día al estudio, los experimentos y la investigación que tanto me acuciaban».
Estamos ya en el año 1863. Tomás Alva Edison contaba dieciséis años, había
obtenido el puesto de telegrafista nocturno en Stratford Junction, en el Canadá, y
tenía un sueldo de veinticinco dólares al mes.
Lógicamente, al tener que despedirse de sus padres para incorporarse a su destino,
sintió una infinita emoción. Bien es cierto que, desde que se lanzó de lleno al mundo
de los negocios, la convivencia con los padres había sido escasa. Pero le quedaba la
certeza de que ellos estaban cerca o de que, cada noche, al regresar a casa, recibiría el
beso de la dulce Nancy y el saludo afectuoso del rudo Samuel. Mas ahora era distinto.
Ahora la distancia que los separaría era mayor. Los padres quedaban en Port-Huron, y
él tenía que trasladarse a Canadá.
—El trabajo es el trabajo, madre. Hay que hacerse cargo y soportar estos
sacrificios, decía a la madre, que se abrazaba a él con cariño.
—Cuídate, hijo mío, y escríbenos a menudo.
—Lo haré. No pases cuidado por mí.
—Eres aún tan pequeño, Al.
—A los dieciséis años se es todo un hombre. Ya verás cómo cuando regrese, te
sentirás muy orgullosa y publicarás a los cuatro vientos los progresos que habrá
hecho tu hijo el telegrafista. Ya verás, madre.
—Te echaré tanto de menos… —gemía todavía Nancy.
—Cuídala, padre. No dejes que la tristeza por mi marcha consuma su vida,
recomendó, abrazando al padre.
—No temas, hijo. Viviremos para ti, esperando tus cartas y saboreando tus
triunfos. Sé que siempre serás digno del apellido Edison, sé que honrarás nuestra
ascendencia.
—Gracias, padre. Procuraré no olvidar nunca tus palabras.
Y con su bagaje de ilusiones, partió hacia Stratford Junction.
Comenzó a trabajar como telegrafista de la «Grand-Trunk» todas las noches.
Durante el día se dedicaba a sus pasiones favoritas. Pero ocurrió que éstas le
distrajeron del trabajo. La lectura y los experimentos le absorbían por completo. Y
como aún era tan niño, de noche, mientras aguardaba que llegaran los despachos, el
sueño le vencía. Una y otra vez se advirtieron faltas en el servicio. Se abrió la debida
investigación y se supo, claro está, que al ocurrir tales faltas el telegrafista estaba
dormido. Sus jefes le amonestaron severamente, y él prometió enmendarse. Pero el
sueño seguía haciendo de las suyas, y para evitar nuevas reprimendas, no se le
ocurrió otra cosa que comprar un despertador, a fin de que éste sonara cinco minutos
antes del paso de cada tren y él pudiera dar el correspondiente aviso.
Esta solución no fue demasiado eficaz. Lo era cuando el tren pasaba a la hora
fijada. Pero en cuanto se retrasaba o adelantaba, lógico es suponer que el aviso de
Tomás Alva no llegaba a su tiempo.
De nuevo sus jefes le amonestaron. Pero en esta ocasión fue más enérgico el
vapuleo. Y para colmo de precauciones, en evitación de tener que despedirle si
reincidía, la estación central le obligó a mandar cada media hora la señal «6». Esto
hubiera espabilado bien a cualquier otro que no fuese Tomás Alva Edison. Él quedó
tan tranquilo, sin la más pequeña inquietud. Echó mano de su inagotable ingenió y
construyó un mecanismo automático para dar la señal convenida. Consistía en una
rueda dentada que unió al reloj y al hilo telegráfico, de modo que, por la noche, al
establecer el circuito, cada treinta minutos la rueda funcionaba y transmitía la señal.
Para ello, había calculado las muescas de manera matemática. Jamás fallaba el
mecanismo.
La paz volvió a reinar para el joven Edison, entregado a sus estudios por el día y
al sueño por la noche.
Si lo examinamos bien, la vida del telegrafista es monótona y aburrida. Siempre
metidos entre puntos y rayas. Y lo peor del caso es que, entonces, los mismos que
manejaban la telegrafía ignoraban cómo sucedía el prodigio. Una anécdota ocurrida a
Al nos revela claramente esta verdad. Un viejo escocés, ocupado en la reparación de
cable en la línea de Montreal, se explicaba de este modo, en su intento de dar una
lección a Edison, el que años después podría aleccionar al mundo entero:
«—Suponte que tienes un perro de cuerpo lo bastante largo como para llegar de Edimburgo hasta
Londres. Si tú le tiras del rabo en Londres, no cabe duda de que el perro ladraría en Edimburgo. Pero, entre
tanto, ¿puedes tú decirme qué pasa a lo largo del cuerpo del perro, o, lo que es lo mismo, trasladado a la
telegrafía, a lo largo del hilo?».
Edison tuvo que reconocer que la observación del viejo escocés era inteligente. Y
se propuso poder responder algún día a aquella pregunta que ahora quedaba en el
aire.
Hemos dicho que la vida del telegrafista era aburrida, pero no la de Tomás Alva.
Porque ya hemos visto cómo se las ingenió para poder dedicarse a lo que
auténticamente le gustaba.
«Cuando yo trabajaba en Stratford Junction —explica Edison en los notas de su vida— un mecánico
en los trenes de carga me contó: fue en la estación de mercancías de Goodrich había varias cajas que
contenían viejas pilas fuera de uso. No perdí tiempo. Fui allá y encontré más de ochenta pilas de Grove al
ácido nítrico. El telegrafista de Goodrich, que también prestaba servicio como empleado de la estación, y
al que pregunté si podría llevarme también los electrodos de cada elemento, hechos de hojas de platino, me
dio en seguida permiso, creyendo que se trataba de estaño. Como su peso no pasaba de unas onzas, me las
llevé todas. En aquella época, como en todas, el platino se vendía muy caro, a varios dólares la onza. Y yo
nunca había podido conseguir más que unos pedazos pequeñísimos. La adquisición tan inesperada me
llenó de alegría. Y puedo decir que de aquellas hojas de platino, trabajadas y retrabajadas, me sirvo hoy
todavía en mi laboratorio, después de cuarenta años…».
Pasaron los días. Y el mecanismo automático del que tan satisfecho se sentía Al
seguía haciendo su papel. Pero era tal su exactitud que hizo entrar en sospechas a los
inspectores, pues se comunicaba con la estación de Edison a deshora y no se recibía
contestación. Se llevó a cabo una nueva investigación, y se descubrió el truco
hábilmente ideado por el joven telegrafista. Entonces no le valieron promesas de
enmienda. Tomás Alva Edison fue despedido de la «Grand Trunk» y por segunda
vez, si se recuerda que la primera fue echado de manera violenta por el maquinista
escocés que tuvo que apagar el fuego provocado por él, a causa de sus aficiones.
Siempre eran éstas las que acababan con los oficios de provecho a los que se dedicó
hasta el momento.
Sin el aire triunfante que soñó al partir, Edison regresó junto a los suyos, en Port-
Huron. En lo más íntimo, la madre sintió alegría, pero luego, limpia de egoísmos,
lamentó el fracaso del hijo. Y Samuel, con su acostumbrada brusquedad, reprochó a
Al esas aficiones que sólo desgracias le habían ocasionado desde su más tierna
infancia, desde que recibió los primeros azotes por querer imitar a los héroes de los
libros que su madre le leía.
—Algún día te arrepentirás de no haber sentado a tiempo la cabeza —le gritaba.
Al callaba. Estaba seguro de que las palabras de su padre carecían de razón, que
él no tendría nunca por qué arrepentirse de sentir inquietudes más elevadas que las de
ser un sencillo telegrafista. Pero entonces calló. Porque la verdad era que sus
inquietudes le habían acarreado serios disgustos, amén de algunas satisfacciones.
—Al es inteligente, y yo creo que lo demostrará a su debido tiempo —decía la
madre, confiando sin reservas.
—Eres demasiado blanda con ese mozalbete. Hay que darle un buen escarmiento. —Ten paciencia, querido. Aún es muy joven.
¿Y quién negaba nada a la tierna Nancy? Samuel Edison olvidaba su brusquedad
y se revestía de paciencia para seguir esperando las nuevas ocurrencias de Tomás
Alva.