Edison

Carmiña Verdejo · Capítulo 16 de 19

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Edison

Capítulo 16. Menlo Park

Capítulo 16

 

Menlo Park

 

Cuando iba mediada la biografía de este hombre excepcional llamado Tomás Alva

Edison, te prometimos, amigo lector, dedicar un capítulo entero a Menlo Park, la

cueva del mago, escenario de una vida apasionante, cuajada de sensaciones nuevas y

experiencias palpitantes. ¿Lo recuerdas? Pues bien, vamos ahora a cumplir la

promesa.

Ya dijimos entonces que Menlo Park se llamaba así porque estaba en el distrito de

este nombre, un lugar cercano a Nueva Jersey.

Para el norteamericano de fines del siglo pasado, Menlo Park era algo así como

un lugar donde sucedían cosas maravillosas, cosas de ensueño, cosas de «Las Mil y

Una Noches». Pronunciar su nombre delante de cualquier hombre o mujer de

entonces equivalía a ver reflejado en su rostro el asombro, la admiración.

Para el norteamericano de hoy, Menlo Park sigue siendo un lugar excepcional, un

lugar donde se produjeron las más fantásticas revoluciones científicas de todos los

tiempos. Pronunciar su nombre es ver reflejada en el rostro del interlocutor

estadounidense una expresión de profundo respeto y fervor.

Y si ese nombre se pronuncia ante cualquier hombre o mujer que estime en algo

su cultura, su afición por aprender, sea cual sea su nacionalidad, es lo mismo que ver

la admiración más exaltada traducida en miradas, palabras y frases de aquel al que se

hable.

Entonces y ahora, Menlo Park es la cuna de todos los adelantos maravillosos que

la civilización procura a la humanidad, gracias a la ingente tarea de aquel mago que

fue Tomás Alva Edison.

Cuando el siglo XIX moría, los ingenieros, industriales, científicos, comerciantes,

financieros, sabios, ignorantes, indiferentes…, el mundo entero tenía los ojos puestos

en Menlo Park y esta pregunta en los labios: ¿Qué nueva sorpresa nos prepara el

mago? Y jamás se sentían defraudados. Porque de aquella cueva, donde reinaba

incesante la actividad, siempre surgía el prodigio. De allí nacían los colosales

inventos que rápidamente se expandían por el mundo para crear y acrecentar la fama

vertiginosa de su autor. De allí se podía esperar todo, porque poco a poco todo se iba

logrando, tras sumar los esfuerzos gigantescos del maestro y sus «boys».

Menlo Park era el reino encantado de Tomás Alva Edison. Quizá esta sea una de

las definiciones más acertadas.

La plena efervescencia de trabajo en aquel lugar mágico culminó principalmente

de 1876 a 1886, la época de los grandes inventos, de los más resonantes triunfos.

Figura 31. Panorámica invernal de Menlo Park, laboratorio y reino

 

encantado de Tomás Alva Edison. (Por cortesía del «Edison

Laboratory National Monument». West Orange. Nueva Jersey).

 

Los «boys» eran un centenar: matemáticos, fotógrafos, músicos, dibujantes,

mecánicos, electricistas… Todos aprendían en la escuela del maestro, todos recibían

instrucciones consejos y sugerencias de él. Pero él no desdeñó jamás la ayuda de

ninguno. Se sentía más orgulloso de sus hombres que de sí mismo, y les pedía su

ayuda, su colaboración, sin experimentar el menor sonrojo desde la alta cumbre en

que le situaba su calidad de inventor genial. ¿Cómo no iba a pedir ayuda a los

matemáticos que le seguían, si él era enemigo acérrimo de las matemáticas y, sin

embargo, le eran tan necesarias para sus trabajos? ¿Y no le ocurría lo mismo en el

mundo de los negocios? Claro que sí. Edison, según palabras de su buen amigo

Henry Ford, el gran negociante y financiero, era una calamidad como negociante. Su

ignorancia en este sentido era total. ¡Ah! Pero por fortuna estaba a su lado Samuel

Insull. Y él era el que administraba y llevaba por buen camino los gigantescos

negocios que emprendía Edison en su afán de dotar a la humanidad de comodidades y

adelantos.

La tarea de mister Insull en Menlo Park no era fácil. Él mismo lo escribió, dando

con sus notas un retrato de lo que era el inventor cuando se sentía arrollado por el

torbellino febril del trabajo. Dijo así:

 

«Nunca probé de tratar los asuntos comerciales de Edison siguiendo un sistema, pues su método de trabajo

hubiera trastornado la oficina mejor reglamentada. En su laboratorio igual trabajaba al mediodía como a medianoche. No se preocupaba en absoluto de las horas del día, ni de los días de la semana. Cuando estaba fatigado, dormía tan a gusto por la mañana como por la tarde. Sin contar que la mayoría de sus inventos fueron realizados por la noche. Yo había procurado organizar sus oficinas según los métodos comerciales más precisos que se conocían. Pero en muchos días seguidos a lo mejor no se enteraba del correo. En cambio, había períodos en que venía al despacho puntualmente durante semanas enteras.

»A veces, si yo estaba ocupado en Nueva York durante el día, me citaba para vernos en Menlo Park después de

la cena. A mí me gustaba esta combinación, que me dejaba los días libres para arreglar sus asuntos, y me permitía, en la hora generalmente plácida de la cena, pedirle unos instantes de atención para ponerle al corriente de su correspondencia y recibir sus instrucciones en caso de negociación particular o cuestión financiera que resolver.

»Él también prefería esta clase de trabajo conmigo, porque así le quedaba todo el día para sus experimentos. Y

debo confesar que yo sacaba mis ventajas de esta preferencia, porque, una vez liquidados los negocios, yo podía observarle en su interesante trabajo e instruirme en la técnica de los problemas que él estudiaba con afán. Lo poco que sé en materia de luz y energía eléctrica se lo debo a él —confiesa Insull—. Edison fue para mí el maestro comprensivo y paciente».

 

Con estas palabras finales, el fidelísimo y también paciente secretario nos

demuestra la admiración que profesaba al sabio. Admiración que este agradecía con

su amistad a toda prueba.

Junto a Samuel Insull hay que colocar a Carlos Bachelor. Este era quien ayudaba

directamente al sabio en sus inventos, quien introdujo en la lámpara de

incandescencia el primer filamento. ¿Recuerdas, amigo, aquella odisea de días y

noches sufrida por el maestro y su ayudante en busca del filamento adecuado? Edison

siempre decía que «Bachelor tenía los dedos más maravillosos que habían

existido»… Realmente su ayuda era muy eficaz para el sabio. La gente le llamaba la

mano derecha de Edison.

No hay que olvidar en este breve desfile de «boys» a John Kruesi, el modelista y

mecánico expertísimo que construyó el primer aparato fonográfico según las

indicaciones del maestro y seguro de su fracaso.

Fueron también destacados ayudantes: Carmon, Francis R. Upton, Kennelly, el

gran matemático; Nicolás Tesla, Francis Jehl, William J. Hammer, Martín Force,

Ludwig K. Boehm… Y tantos otros. Muchos de ellos supieron hacer su propio

camino en el dominio de la electricidad. Edison estaba tan satisfecho de todos, que

compartía moralmente el éxito de todos sus inventos con ellos. Jamás se los atribuía a

él solo.

 

«Volviendo los ojos atrás, me asombra que pudiéramos hacer tantas cosas en tan poco tiempo»,

escribió en sus notas biográficas.

 

Mister Jehl, uno de los destacados ayudantes y amigos del maestro, nombrado

antes, dijo en sus memorias algunas frases que nos ayudan a conocer la actividad de

Edison.

 

«Me acuerdo de haber visto a Edison —dice—, después de haber velado hasta las tres o las cuatro de la

madrugada, tenderse sobre una mesa del laboratorio, y sin otro apoyo que un montón de libros, a modo de

almohada, dormir profundamente. Él solía decir que reposaba mejor así, y que un lecho cómodo debilita el

vigor…».

 

En Menlo Park la vida era agradable y bella. La dureza y continuidad agotadora

del trabajo quedaba compensada con el buen humor, la franca alegría, el grato

ambiente que reinaban en todo momento. Muchas veces, Edison, después de una

jornada dura, en la que se había redoblado el trabajo, anunciaba, con su voz alegre y

amable:

Figura 32. Edison en su despacho, donde trabajaba sin descanso en

nuevos proyectos. (Fotografía Arborio Mella. Milán).

 

—¡Muchachos, a medianoche se os servirá a todos la cena!

Esta noticia siempre era bien recibida por todos, porque las veladas en Menlo

Park eran divertidas y amenas. El mismo mister Jehl nos lo cuenta en sus memorias.

 

«Nuestra cena acababa siempre con un cigarro» —explica—. Edison no era nada difícil para las

comidas, pero sabía apreciar un buen cigarro. Fumar era para él una distracción y un reposo. Muchas

veces, mientras fumábamos después de la cena, uno de nosotros se ponía a tocar cualquier instrumento al

que fuese aficionado. A esta señal empezábamos todos a cantar a coro, a menos que alguno quisiese hacer

un solo. Uno de los compañeros tenía una voz tan infame que no podía cantar sin desatar las carcajadas. Y

él lo aprovechaba para divertirnos. Una de sus especialidades era imitar el fonógrafo primitivo, con la voz

gangosa. Edison sonreía complacido, compartiendo nuestra alegría, siendo el primero en rebosar buen

humor. Cuando Boehm se sentía inspirado, tocaba la cítara, y entonces cantábamos bellas baladas

alemanas.

Figura 33. Exterior de la «Black María». Así llamó Edison al primer

estudio de cine que instaló en sus laboratorios de Orange. (Por

cortesía del «Edison Laboratory National Monument». West

Orange. Nueva Jersey).

 

»En algunas ocasiones, el laboratorio se veía invadido por amables visitantes, viejos amigos y conocidos del

maestro, a los que invitaba cordialmente. Si los empleados de la oficina aparecían por allí, se les invitaba también a participar de nuestra cena. Y así, todos juntos gozábamos del placer de estas reuniones improvisadas.

»Después, cuando al maestro le parecía llegado el momento de reemprender el trabajo, daba la señal de partida

para los forasteros, que se marchaban tarareando alegres estribillos, mientras nosotros nos entregábamos felices y satisfechos a la tarea…».

 

Tomás Alva Edison no olvidaría jamás aquellos ratos de íntima cordialidad con

sus «boys», gozando con ellos, riendo con ellos, compartiendo con ellos un sano

esparcimiento. ¡Ah! Y con Mina, su esposa, que siempre se convertía, con él, en el

centro alrededor del cual giraban los muchachos. Porque a Mina le gustó en todo

instante compartir las penas y alegrías, las ansiedades y triunfos, con su marido y los

ayudantes.

Figura 34. Éste fue el primer «piafó» de cine, que fue instalado por

Edison, en Orange. (Por cortesía del «Edison Laboratory National

Monument» West Orange. Nueva Jersey).

 

Algunos años más tarde, el 14 de junio de 1904, después que las exigencias de un

engrandecimiento obligaron a Edison a abandonar Menlo Park, el General Electric

Outing Club organizó un banquete en honor del Mago, y quiso que tuviera lugar allí

donde se habían realizado tantas maravillas. Cuentan sus amigos que el inventor,

siempre tan jovial y alegre, manifestó una emoción incontenible al pasar por aquellos

queridos lugares donde había arrancado a la Naturaleza tantísimos secretos, al entrar

en el taller y el laboratorio, y acercarse a las mesas y bancos donde, algunas veces,

había trabajado sesenta horas seguidas. Disimuladamente acariciaba aquellos objetos

que un día le fueron familiares, y entre el respeto de sus acompañantes, se mostraba

curiosamente pensativo. Fue una jornada emotiva, plena de nostalgias y recuerdos.

Terminada la visita a los edificios, cuando sobre la fresca hierba y bajo las

corpulentas encinas que tantas veces contemplaron los inquietos paseos del Mago, se

sirvió la comida, Edison recobró su acostumbrada locuacidad y deleitó a sus amigos

con la gracia de sus ocurrencias y la espontaneidad de su charla. Menlo Park había

vuelto a quedar en el recuerdo, en aquel rinconcito del corazón que siempre quedaría

destinado a su memoria imborrable.

Desde que el Mago dejó de trabajar en Menlo Park, este lugar perdió toda su

significación, quedando como símbolo su nombre, símbolo al que se respetó y veneró

y se sigue haciendo. Pero los ojos del mundo se volvieron hacia el nuevo lugar que

nacía, hacia el que venía a recoger la preciosa herencia que Menlo Park le legaba para

engrandecerla aún más, hacia el que en adelante cobijaría el genio de Tomás Alva

Edison.

Cerca del ferrocarril, en una vía muerta, puede verse aún un pequeño tranvía

eléctrico, el primero que circuló en América… y en todo el mundo. En sus buenos tiempos había transportado a los sabios que llegaban de todas partes a visitar al

Mago, a admirar sus trabajos, a consultarle. Hoy es una pieza olvidada.

El edificio de dos pisos donde se realizaron las más atrevidas invenciones del

siglo XIX, ha estado ocupado hasta hace muy poco, en su parte baja, por una brigada

de bomberos voluntarios, y en la alta por una compañía teatral de aficionados. Y en

aquel pequeño pabellón rojo donde Edison despachaba su correspondencia y el

metódico Insull intentaba organizar sus oficinas, vivió largos años un viejo

misterioso, a quien se tenía por ermitaño, y que aseguraba no conocer a su ilustre

arrendador. Claro, ¡como que no le pagaba!

El taller de máquinas está en ruinas. Sólo quedan los sólidos fundamentos de

ladrillos donde un día el inventor emplazó sus dínamos.

Pero, a pesar de todo eso, las gentes de Menlo se enorgullecen todavía hoy de que

aquel sitio fuese el elegido por Edison para sus importantes tareas. Hasta la muerte

del inventor no cesaron nunca de llegar miles y miles de cartas a la estafeta de Menlo.

El mundo entero se resistía a separar el nombre de Edison del escenario de sus

portentosas invenciones. Como él mismo no se resignó jamás a separar Menlo Park

de su corazón.

Los viejos, los que entonces eran apenas unos chiquillos, hablan todavía con

emoción de las multitudes que llegaban de todas partes a admirar los fantásticos

inventos que nacían en Menlo Park. Según ellos, para Tomás Alva Edison no había

nada imposible. ¡Él mismo era un auténtico prodigio! Siempre tan alegre y tan

generoso de su tiempo y dinero.

Menlo Park fue trabajo, constancia, generosidad y optimismo sin límites. Fue

algo que perdurará eternamente en el recuerdo, aunque las paredes formen montones

de ruinas y en el lugar no quede ni rastro de lo que había sido la Cueva del Mago, el

refugio del inventor, la cuna de los más fabulosos inventos…

¡Menlo Park estará siempre presente en la historia de la civilización!