Edison
Capítulo 5. Boston
Capítulo 5
Boston
El recibimiento en la humilde casa de los Edison fue emotivo, tanto como lo había
sido la despedida. La menudita Nancy permaneció largo tiempo perdida entre los
brazos de aquel mozo alto, un poco flaco por las penurias, pero fuerte, que regresaba
después de haber vivido intensamente la ausencia. La buena madre dejaba que las
lágrimas, lágrimas de alegría, resbalasen por sus mejillas, tersas aún. No se cansaba
de acariciar el rostro del hijo querido y mirarle a través del llanto. Le encontraba
distinto. Los cuatro largos años de separación habían dejado su huella en Tomás Alva
Edison, le habían hecho evolucionar, haciendo del niño un hombre.
—Estás muy delgado, hijo —decía Nancy, pasando sus dedos trémulos por las
mejillas de Al.
—Es el trabajo, madre. Aunque regrese sin empleo y con este aspecto de
pobretón, yo te aseguro que he enriquecido muchísimo mi espíritu. Tú no sabes
cuánto ha aprendido tu hijo. Es bueno correr mundo, madre, muy bueno.
—Sí, Al. Yo sigo confiando en ti como el día que naciste. Sé que llegarás a ser un
gran hombre. Y también sé que las privaciones siempre acompañan a estos elegidos.
—Eres la misma mujercita dulce y tierna. ¿Y sabes una cosa? Te encuentro
mucho más bonita que cuando me fui. Los años te sientan bien, madre.
—Calla, mala pieza —sonrió Nancy entre lágrimas.
—Tendrás que vigilar que no te la roben, padre.
Samuel Edison había estado junto a madre e hijo, guardando silencio. Toda su
brusquedad y rudeza no eran más que un caparazón externo bajo el que latía el
corazón más grande que darse pueda. Bien es cierto que Tomás Alva regresaba
vencido a casa, pero él había aprendido de su esposa a confiar en el hijo. Y estaba
seguro de que aquello no era más que un contratiempo sin importancia. Ya llegaría el
día en que su pequeño Al encontraría en el mundo el lugar que le correspondía por su
inteligencia y bondad.
Al oír que el hijo se dirigía a él, sonrió complacido y abrió los brazos para que el
muchacho se refugiara en ellos. Tierna escena. Dos hombres unidos por el cariño y la
fe. Y una mujer contemplándolos orgullosa.
—Hasta hoy no he dado mucho lustre al apellido Edison, padre —se lamentó Al.
—Pero lo darás, hijo. No te quepa duda de que se hablará mucho y bien de Tomás
Alva Edison.
—Dios te escuche, padre. Son tantas las cosas que deseo hacer.
—Que Él nos dé vida a tu madre y a mí para ver tu triunfo.
—Que así sea, padre. Pero yo más que el triunfo deseo ser útil a mis semejantes, aunque nadie sepa quién soy. Me bastaría con lograr serios adelantos que mejorasen
el nivel de vida de muchas gentes. Todo mi afán es ése. Ojalá lo convierta en
realidad.
Sí, en el fondo Edison no se consideraba un fracasado. El haber vuelto a casa
llevando por toda fortuna sus muchas ilusiones lo consideraba una eventualidad, una
más de las sufridas hasta entonces. Su tenacidad era fuerte y no se doblegaba porque
las circunstancias parecieran estar en contra suya. De un modo u otro saldría adelante.
Estaba seguro. Y la confianza de Nancy y Samuel le estimulaba todavía más a
perseverar en su ambición.
Las semanas que permaneció inactivo, reponiéndose gracias a los infinitos
cuidados que la madre le prodigaba y que le devolvieron en seguida el aspecto
saludable que siempre le caracterizó, le sirvieron también para reflexionar
largamente. Y de sus horas de meditación sacó la idea, más firme si cabe de lo que ya
la tenía, de que la electricidad estaba llamada a revolucionar el mundo. Y él quería
darle el impulso necesario, a costa de cuantos esfuerzos fuesen precisos. Porque si
Franklin, Galvani, Morse y otros muchos sabios dedicados a tales estudios habían
conseguido grandes adelantos en esta ciencia, había que reconocer que todo era
incipiente, defectuoso, simples ensayos y tanteos, y que de todo ello podían sacarse
muchas más ventajas. Tomás Alva Edison necesitaba aprender más, adquirir a cada
instante una nueva experiencia, observar constantemente el mundo que le rodeaba,
aun teniendo que pasar noches de frío y días de hambre. Su espíritu de sacrificio, su
gran entusiasmo juvenil, le habían acostumbrado a toda clase de sinsabores. Se
avenía a las privaciones sin rechistar, deseoso de alcanzar un peldaño más en esa
escala que le llevaría a la cumbre de sus invenciones.
Con estos pensamientos, Edison fijó sus ojos en las grandes ciudades de la otra
costa. Boston, Nueva York, y tantas otras, le atraían con fuerza irresistible. Allí sí que
encontraría medios para desplegar sus inmensas alas imaginativas.
Un día se encontró en la estación de Port-Huron con un muchacho que había sido
compañero suyo en la oficina de Cincinnati. Él estaba en el andén, y el otro se asomó
a una de las ventanillas de un tren que acababa de llegar.
—¡Eh, Edison! ¡Muchacho!
Edison se volvió. Su cara se iluminó al ver al compañero. Siempre era grato
encontrar un amigo, lejos del ambiente que les era habitual.
—¿Qué se te ha perdido por aquí? —le preguntó Al.
En los breves minutos que el tren se detenía en la estación apuraron todas las
noticias que se referían a sus vidas desde que no se veían. Pero hubo una, una noticia
que abrió un amplio horizonte en la mente del joven inventor.
—¿Sabes quién está en Boston? —le dijo el otro.
—¿Quién? —preguntó él muy intrigado.
—Milton Adams, aquel muchacho que trabajó en nuestra oficina. Está en la
«Western Union».
El silbido del tren anunció la partida. El amigo palmeó la espalda de Edison,
despidiéndose con afecto.
—¡Adiós, muchacho! ¡Hasta la vista! ¡Y buena suerte!
—Adiós.
Sólo eso pudo balbucir Edison. El tren se puso en marcha. El amigo agitó la mano
hasta que la estación desapareció de su vista. Al le correspondió maquinalmente. Su
cabeza ya no estaba en el andén, ni siquiera en Port-Huron. Estaba muy lejos, en
Boston. ¡Milton Adams en Boston! ¡Qué gran noticia!
Corrió a su casa y garrapateó una carta a Adams pidiéndole que le buscase trabajo
en Boston. Nada dijo a sus padres. ¿Para qué adelantar acontecimientos que él sabía
habían de entristecerlos? Esperó con ansiedad la respuesta. Su madre le notaba
inquieto. Pero esta actitud era muy propia de Al y no se preocupó demasiado. Nancy
pensaba que en la mente de su hijo anidaría alguna idea nueva.
Pero no imaginaba que era la de alejarse otra vez del hogar. Ella creía que el afán
viajero del hijo ya estaba saciado.
La respuesta sólo tardó los días justos. Era cariñosa y concreta. Si Edison
emprendía en seguida el viaje hacia Boston, tendría un empleo junto a su amigo
Milton Adams, en las oficinas de la «Western Union». Se imponía dar la noticia y
ponerse en camino. Una despedida breve era lo mejor. Y cuando lo tuvo todo
dispuesto, anunció la inminente partida.
—¿De nuevo quieres dejarnos, hijo? —preguntó pesarosa la madre.
—Sí; en esta ocasión la oportunidad es muy importante y hay que aprovecharla.
Tú ya sabes, madre, que no he nacido para estar atado a nuestro almacén de granos.
Necesito horizontes abiertos a toda suerte de inquietudes. Boston me ofrece todo eso.
Verás cómo ahora consigo ascender más aprisa en mi carrera.
—Sé que es inútil cuanto trate de decir, sé que nada ni nadie podría disuadirte. Y
además, no quiero ser yo quien estorbe tu camino. Ve, hijo, y que la suerte te
acompañe.
Figura 5. A los veintiún años, Edison se lanza a la conquista de las grandes ciudades. Boston es su primera meta. (Fotografía Arborio
Mella. Milán).
—Gracias, madre. Así me gusta verte de valerosa.
—¡Y qué remedio, mi pequeño Al! A la madre siempre le toca el papel de la
resignación.
—Que luego se ve pagada por el bienestar. Tú tienes que verlo.
Samuel fue menos explícito. Se limitó a abrazar al hijo y desearle suerte en ese
tono brusco que le era tan propio. No estaba para ternuras. Le dolía mucho la nueva
marcha del hijo, pero quería mostrarse fuerte. Lo disimulaba mal, pero él quedaba
convencido.
Tomás Alva le abrazó sonriendo comprensivo, besó la frente blanca de la menuda
Nancy, y salió de aquel almacén de granos, escenario de sus correrías infantiles.
Boston le aguardaba. Había que mirar adelante, siempre adelante, tener los ojos fijos
en el brillo que ofrecía la gran ciudad.
En Boston, Tomás Alva Edison no era más que un pobre patán del Oeste, de
maneras sencillas, traje humilde y aire rudo, campesino. Él mismo nos cuenta, con
cierta amargura, su primera jornada de trabajo en la «Western Union» de la capital
bostoniana.
«El director me preguntó cuándo podía empezar. Le respondí que inmediatamente. Y me dijo que volviera a
las cinco y media. A esta llora exacta entré en las oficinas del telégrafo, donde fui presentado al jefe del servicio nocturno. Como hacía frío, y yo iba vestido pobremente, se rieron mucho de mi facha. Según supe después, los empleados de noche se confabularon para hacer una jugarreta a “este grajo del Oeste”, como me llamaban.
»Me dieron una pluma y me asignaron la línea número 1 de Nueva York. Tras una hora de espera, me hicieron
sentar a una mesa para tomar una comunicación especial destinada al “Herald” de Boston. Los conspiradores se arreglaron de modo que el telegrama fuese transmitido por uno de los más rápidos expedidores de Nueva York, a fin de saludar al recién llegado. Me senté a la mesa, totalmente confiado. El empleado de Nueva York comenzó poco a poco, pero fue aumentando su velocidad. Cuando vio que yo podía seguirle con facilidad, redobló la rapidez. En este momento levanté por casualidad la cabeza y advertí que todos los demás empleados miraban por encima de mi hombro. Adiviné entonces, por la expresión de sus rostros, que habían querido jugarme una mala pasada. Pero no dije nada. El empleado de Nueva York comenzó, viendo que yo no me inmutaba, a embrollar sus palabras, a unirlas y a mezclar los signos. Pero no me aturdí. Estaba familiarizado con este género de telegrafía por mis prácticas en prensa. Cuando creí que la broma había durado bastante, y cuando casi se terminaba el trabajo, abrí el manipulador y envié este mensaje al empleado de Nueva York:
»Vamos a ver, jovencito, ¿por qué no cambias un poco? Emplea ahora el otro pie.
»Este aviso le azoró tanto que tuvo que confiar a un compañero el final del comunicado…».
En Boston, Edison trabajó intensamente en sus experiencias. Fue aquí donde tuvo
la oportunidad de comprar de lance las «Obras Completas» de Faraday, circunstancia
que había de ser decisiva en su vida. El día que las compró leyó toda la noche, sin
interrumpirse un momento, hasta la mañana siguiente, a la hora de almorzar. Su
amigo y compañero de habitación, Milton Adams, no se atrevió a advertirle que el
tiempo pasaba y se imponía el descanso. Le veía tan abstraído… Y cuando al
mediodía, Edison levantó por vez primera los ojos de la lectura, dijo:
—Adams, tengo tantas cosas que hacer, y la vida es tan corta, que he de darme
prisa…
Adams quedó impresionado. Y Edison volvió a enfrascarse en el libro. Faraday,
padre de las leyes capitales de la electricidad industrial, se había construido por sí
mismo, con utensilios sencillos, todos los aparatos y dispositivos que le permitieron
descubrirla. Y Tomás Alva se entusiasmaba creyéndose capaz de imitarle.
Las horas que le dejaba libre su ocupación y las que le robaba al sueño, siguiendo
su costumbre, las pasaba observando y experimentando en un taller de construcciones
eléctricas, dirigido por un ingeniero llamado Carlos Williams. En este taller concibió
su primer gran invento. Edison se enteró de cómo se verificaban las votaciones en la
Cámara de Representantes de Washington, y comprobó que se perdía mucho tiempo y
era fácil el error. El presidente pasaba lista, a fin de que cada diputado emitiese su
sufragio. Edison ideó un aparato para que cada votación durase un solo minuto. Sólo
tenía que empujarse un botón, uno para cada diputado, y su voto quedaba registrado
al momento. No era posible exigir mayor rapidez ni exactitud.
Dibujó los planos, trazó los esquemas, escribió la memoria correspondiente, y la
hizo patentar. Obtuvo la patente de invención número de matrícula 90 646, el 1 de
junio de 1869, cuando contaba veintidós años.
Se le reconocieron todas las ventajas y fue aplaudida su iniciativa, pero fue
rechazada la adopción. Para sus fines políticos, a la Cámara no le importaba el error,
ni le interesaba votar tan a prisa. Así, su invento fue del todo inútil.
Edison quedó decepcionado. El fracaso había sido rotundo. Pero siguió fiel a su voluntad férrea y siguió trabajando, realizando nuevos experimentos para
perfeccionar la telegrafía. Y fue también en esta ciudad de Boston donde construyó su
telégrafo «dúplex».
«Hacia el fin de mi estancia en Boston —dice él— logré que me prestaran ochocientos dólares,
destinados a la construcción del telégrafo “dúplex”, que enviaba dos despachos por un solo hilo. Instalado
el aparato, abandoné mi empleo de la “Western Union” y fui a Rochester a ensayar mi invento en las líneas
del “Atlantic and Pacific Telegraph”, entre aquella villa y Nueva York. Pero el empleado que estaba al otro
extremo de la línea fue incapaz de secundarme. No había entendido ni una palabra de las minuciosas
instrucciones escritas que le envié…».
Este fracaso, unido al de la máquina de votar, dejaron a Edison endeudado y sin
colocación. Se hizo el firme propósito de no dedicarse en adelante a trabajo alguno
que no tuviese la seguridad absoluta de que iba a ser bien recibido en el mercado.
La pobreza de Edison y la de su amigo Adams, que también se había quedado sin
trabajo, era angustiosa. Alimentarse y vestirse era un problema sin solución por el
momento. Y esta absoluta escasez les hizo protagonistas de no pocas anécdotas,
tristes y amargas.
Pero ¿qué importancia tiene la pobreza, el fracaso, el hambre o el frío cuando se
tiene seguridad en sí mismo y una gran fe en el futuro? Tomás Alva Edison
recordaba, en aquellos tiempos de privación, las palabras de sus padres, aquellas
palabras que reflejaban una confianza ilimitada en las posibilidades del hijo, en el
triunfo, en la gloria. Y el joven Edison sentía renovarse en su corazón las ansias de
seguir adelante, de seguir luchando en pos de sus ideales.