Edison

Carmiña Verdejo · Capítulo 7 de 19

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Edison

Capítulo 7. Rumbo a Inglaterra

Capítulo 7

 

Rumbo a Inglaterra

 

Los descubrimientos hechos hasta el momento, gracias a los que la telegrafía había

adquirido una perfección considerable, fueron de resonancia mundial, contribuyeron

a dar popularidad a su inventor. Edison se veía aureolado por un renombre de mago

científico. Y la atención de las gentes del otro lado del mar se centraron en la alta y

robusta figura de aquel muchachote del Oeste que estaba imprimiendo a la

civilización moderna del tiempo un ritmo más dinámico del que poseía por sí sola.

Inglaterra fijó su mirada sagaz en los portentosos inventos de Edison. Y le llamó para

el experimento de su nuevo aparato telegráfico que transmitía a grandes distancias en

la línea Liverpool-Londres.

Pero, claro está, los ingleses no entregan jamás, ni la entregaron entonces, su

confianza al primer recién llegado. Y pusieron ciertas condiciones. Si el ensayo

realizado por Edison daba resultado y les satisfacía, se adoptaría en la línea inglesa

aquel telégrafo automático. Si, por el contrario, no quedaban satisfechos con la

prueba, el compromiso quedaría deshecho inmediatamente. Tomás Alva aceptó de

mil amores. Tenía plena seguridad en sí mismo y en sus inventos, y no le cabía la

menor duda de que el éxito le acompañaría en Inglaterra igual que en América.

Así, pues, animado por esta confianza absoluta, en el año 1873, Edison salió de su

patria por primera vez y cruzó el gran charco. Tenía entonces veintiséis años. Y ya

había recorrido un largo camino en su apasionante vida, aunque le quedaba por andar

muchísimo más y por descubrir sus más importantes triunfos.

El bagaje del joven inventor era reducido. ¿Para qué llevar más si su mejor bagaje

lo constituía la sorprendente ciencia innata que atesoraba su privilegiada cabeza? Tan

sólo llevaba un saco de mano con alguna ropa blanca, y tres grandes cajas de

instrumentos. Éste era todo el equipaje que Edison llevó a Inglaterra en aquel su

primer e importante viaje.

Le acompañaba Jack Wright, uno de sus «boys», operador telegrafista muy hábil

y experto.

El buque de la «Cunará Line» que embarcaron llevaba el curioso nombre de

«Jumping Java», que viene a ser «Java Saltarina». Por cierto que Edison, en uno de

aquellos rasgos de buen humor que solía tener, comentó durante el viaje con su

ayudante que no pudieron encontrar nombre más apropiado para aquel barco. Y es

que se levantó fuerte oleaje y la travesía resultó un constante ir y venir sobre el

Océano encrespado. Nunca había pasado ratos tan malos como los sufridos en su

primer viaje por mar. A cada instante temía que el buque sucumbiera a los embates

marinos y dejase de saltar como una pelota para hundirse en las profundidades. Pero, afortunadamente, nada ocurrió. Y Edison y su ayudante llegaron sanos y salvos a

Londres. Apenas instalados en el hotel, se dispuso a comenzar la tarea. Pero antes de

seguir adelante, veamos cómo describe Edison el hotel y, a grandes rasgos, su

primera impresión sobre el nuevo ambiente.

 

«Me alojaba en un hotel —dice— que no era de grandes pretensiones. Su alimentación no me convenía

en absoluto. Los menús estaban compuestos de “roast beef” y pescado. Y mi cerebro estaba pesado,

soñoliento. Para mi trabajo necesitaba estar muy despejado, porque la ocasión era interesante para mi

carrera, y decidí que lo que yo precisaba eran pasteles. De este modo me mantendría en forma.

Afortunadamente, descubrí una pastelería francesa en la que expendían mis particulares menús. ¡Estaba

salvado! Mi cabeza se limpiaría de las telarañas que la embotaban. Y así fue».

 

Edison instaló sus instrumentos en la central telegráfica y envió a su ayudante a

Liverpool.

—Pon los cinco sentidos en el trabajo, muchacho. Tenemos que dejar

boquiabiertos a los ingleses —le recomendó, golpeando amistosamente la espalda de

Jack.

—Lo conseguiremos, señor. Nada hay imposible para vos.

Pero no era tan fácil admirar a los ingleses. Jack Wright confiaba en el éxito

porque veneraba al maestro. Pero los severos ingleses se mostraban reservados,

reacios, desconfiados. ¿Por qué tenían que admirarse ante las proezas de un sencillo

muchacho del Oeste americano que ni siquiera poseía un título de ingeniero? ¡Oh, no!

Ninguno de sus inventos eran suficientes para que ellos le otorgaran su beneplácito.

Antes de concederle su admiración y antes, sobre todo, de firmar contratos que les

comprometiesen a algo, era preciso que el telégrafo a distancia se sometiese a ciertas

pruebas. Una de ellas era el registro de mil palabras por minuto, y la transmisión

regular de quinientas cada media hora, durante seis horas seguidas. Para llevar a cabo

las pruebas estipuladas, a las que Edison se sometió gustoso, le dieron baterías y todo

el material que necesitase. Un inspector de la central advirtió a Edison en tono

reservado y burlón:

—No es posible que hagáis gran cosa. Os van a dar un cable tan viejo que ya no

lo utilizamos. Y en Liverpool sólo contaréis con baterías de arena.

Edison se echó a reír despreocupado.

—Gracias por vuestra información, pero os la hubierais podido ahorrar, porque

pienso salir airoso en esta empresa como en todas las realizadas hasta hoy.

El inspector quedó de una pieza. Pero el inventor, en el fondo no quedó menos

preocupado, porque realmente no se disponía de material muy adecuado para realizar

las pruebas.

El coronel George E. Gourand era el encargado de llevar adelante las

negociaciones con Edison. Y éste fue a visitarle exponiéndole la situación.

—Necesito una batería potente. De otro modo, me expongo al fracaso, y esto no

conviene a ustedes ni a mí.

—Desde luego. ¿Qué cree debemos hacer, Edison?

—El desembolso preciso para adquirir una batería de gran fuerza que llevaremos

a Liverpool. Sólo así se podrá trabajar bien.

—De acuerdo. Haga las gestiones oportunas.

La única batería disponible era la del Instituto de Tyndall. Se componía de cien

elementos y no costaba menos de cien guineas. Consideró que la cantidad era

excesiva y que el coronel Gourand no accedería a comprarla. Sin embargo, se

equivocó en el juicio, porque, aunque le resultó difícil, pudo arrancar el

consentimiento y hacerse con la batería. Con la misma rapidez que se habían

realizado todas las gestiones, pues el tiempo corría y se acercaba el momento

señalado para las pruebas, Edison telegrafió a Jack Wright, que ya estaba en

Liverpool, y le ordené que regresara a Londres para recoger la batería. Por fortuna,

todo quedaba arreglado. Y justamente dos horas antes del instante en que debía

efectuarse el experimento, los aparatos estaban preparados, tanto en Londres como en

Liverpool.

El ensayo fue un rotundo éxito, como era de esperar. A lo largo del cable

corrieron los mensajes, rápidos, y tan limpios y justos como «grabados sobre cobre»,

según palabras del propio inventor.

Pero no consiguió ponerse de acuerdo con la empresa, quien no le abonó un solo

centavo. Más tarde, acusó a la Compañía de usar el telégrafo automático durante años

y años, hasta hoy, por su cuenta y sin darle a él los derechos de inventor. Fue y sigue

siendo un gran éxito en Inglaterra aquel descubrimiento. Pero para Tomás Alva

Edison fue un tremendo fracaso económico. Para el resto de su vida, le quedó el

resquemor de haber sido burlado.

Sin embargo, guardó con orgullo la gloria de haber dejado boquiabiertos y

admirados a los siempre rigurosos e incrédulos ingleses.

Jack Wright se mostró vivamente enfadado ante esta situación. Y Edison,

sonriendo comprensivo, cuando el barco les alejaba ya de Inglaterra camino de la

patria, le dijo:

—Todo el mundo roba en el comercio y en la industria, muchacho. Yo mismo he

robado mucho, pero es que yo sabía cómo había de robar. Ellos no saben cómo se

hace. Eso es lo que les pasa.

He aquí una frase que refleja el espíritu abierto y generoso de nuestro hombre.

Edison fue la figura más romántica de la nueva ciencia de la ingeniería evolutiva. Fue

grande, inmensamente grande.

 

Más inventos

 

¿Recuerdas, amigo lector, aquel laboratorio móvil que el pequeño Al tenía instalado

en uno de los vagones del «Grand Trunk»? ¿Y recuerdas también que cierto día un

maquinista escocés, enfurecido porque el chiquillo provocó un incendio, lo destruyó totalmente? Pues bien, los sucesores directos de aquel original laboratorio fueron los

talleres que Edison instaló con el primer cheque que cobró en su vida, con los 40 000

dólares que le produjo su primer gran invento.

Hemos hablado poco de este fantástico laboratorio y vamos a remediarlo en parte.

Se llamaba Menlo Park, precisamente porque estaba en el distrito de este nombre,

lugarejo cercano a Nueva Jersey. Al principio era un reducido local con algunas

modestísimas viviendas donde se albergaban los obreros. Pero con los años se

convirtió en una formidable villa a expensas del importante centro de fabricación del

coloso americano. Aquél era el laboratorio central, pues funcionaban otros muchos,

todos dirigidos por Edison. Allí trabajaba el inventor personalmente, planeando los

inventos que luego se convertirían en feliz realidad gracias al esfuerzo aunado de

todos sus colaboradores, fieles adeptos a su sabiduría.

 

Figura 7. A muy avanzada edad, Edison todavía se interesaba por el perfeccionamiento de la telegrafía. Fue una de sus grandes pasiones.

(Por cortesía de la Casa Americana de Madrid).

 

A Menlo Park se le conoció por la «Cueva del Mago», porque por mago se tenía a

Edison, hacedor de auténticas maravillas. Aquel lugar se convirtió con el tiempo en el

centro de investigación más extraordinario, donde se estudiaban toda clase de

materias. Edison no despreciaba jamás lo pequeño, ni le asustaba lo grande. A todo

dedicaba su atención, a todo se atrevía, porque si algo era difícil, más satisfacción

sentía al resolverlo. Edison se sabía libre económicamente y libre para dirigir sus

actividades según le pareciese. Lo único que en verdad le importaba era descubrir

cosas. Y por eso aplicaba su mente prodigiosa a los más insólitos e inverosímiles

problemas.

Menlo Park vio nacer sus primeros inventos. Y desde allí fue creciendo su fama a

ritmo acelerado hasta proyectarse en el mundo entero.

El nombre de Menlo Park era y es reverenciado en América y fuera de ella.

Más adelante dedicaremos un capítulo entero, que bien lo merece, a Menlo Park,

la «Cueva del Mago», escenario de una vida fabulosa.

«Tengo tantas cosas que hacer y la vida es tan corta, que he de darme prisa…».

¿Te acuerdas, lector, de esta frase dicha por Edison y que se la inspiró la lectura de

los libros de Faraday? Fue un día frío, ensombrecido por el hambre y la fatiga. Edison

había pasado la noche en vela y hablaba con su compañero de infortunio Milton

Adams, en Boston.

Pues bien, aquella frase espontánea, cargada del espíritu sanamente ambicioso de

su autor, pareció presidir todos los actos de su vida. Porque se afanaba en trabajar, en

idear, en descubrir cosas nuevas a cada instante. Y lo genial es que lo conseguía.

Dedicaba su atención a un sinfín de inventos a la vez, como solía, cuando apareció la

primera máquina de escribir. Fue inventada por M. Scholes. Estaba construida de

madera, pero sin fijeza alguna, a causa del desigual alineamiento de las letras. Las

palancas se cruzaban y el manejo resultaba demasiado lento por la complejidad de

registros. Su uso comercial era del todo imposible.

Pero Tomás Alva Edison la tomó por su cuenta. Estudió en ella y la perfeccionó.

Construyó el aparato de metal en todas sus piezas, le dio fijeza y estabilidad, y graduó

con máxima precisión el movimiento horizontal del carro con el vertical de las

palancas. Al final, salió de sus manos una máquina de escribir, bajo cuyo tipo está

construida todavía en la actualidad la Remington.

Estas máquinas de tipo primitivo escribían con tinta. Así, no se podía aplicar el

papel carbón para obtener varias copias a la vez.

—Tengo que idear algo para acabar con esta deficiencia.

—No lo creo posible, señor. La máquina así construida es lo más perfecta que se

podía imaginar —aventuró uno de sus colaboradores.

—¡No existe lo imposible! ¡En Menlo Park no quiero que jamás se pronuncie esa

palabra! Hay que estudiar hasta la extenuación y conseguir todos los propósitos.

—Sí, señor —repuso el apabullado técnico ante la enérgica y sincera protesta.

Y también entonces logró redondear su idea, inventando el «mimeógrafo», o

aparato multicopiador.

Se escribía a máquina, sin tinta, de modo que el tipo golpeaba en seco sobre una

hoja de papel parafinado, otra invención suya. Éste quedaba sin la parafina en todos

los trazos de las letras. Se sujetaba después en un marco articulado con un tablero en

forma de libro, y sobre éste se colocaba la hoja destinada a recibir la copia. Una vez

cerrado el aparato, se pasaba sobre la hoja de papel parafinado un rodillo con tinta

grasa, que se colaba a través de las letras sin la capa protectora de parafina y se

marcaba en el papel. Podían obtenerse, con este procedimiento, unas doscientas

copias.

Luego amplió el invento para copiar escritos hechos con pluma. Ésta se substituía

por un punzón y se escribía en la hoja de papel parafinado, puesto sobre una superficie de acero estriado con pequeñísimas ranuras. Los trazos marcados con el

estilete quedaban sin la parafina, y la reproducción o calco se reducía a una operación

de estarcido.

La inventiva de Edison llegó a más todavía: a suprimir el tablero de acero

estriado, operando con una curiosísima pluma, que llamó «pluma eléctrica». Ésta era

un tubo metálico del diámetro y longitud de un lápiz corriente. En su interior

funcionaba un diminuto motor eléctrico que impulsaba en rapidísimos movimientos

de avance y retroceso un finísimo estilete, con el que se picaban las letras sobre el

papel de parafina. Después se podían copiar por el procedimiento ya explicado.

¡Ah! Me olvidaba decir que Edison inventó en un principio el papel parafinado

para envolver los caramelos, dulces, tabletas de chocolate y pastillas de goma de

mascar. Además de lograr una ventaja económica muy considerable, evitaba el riesgo

que encerraban las envolturas de papel de estaño, que puede contener cantidades

variables de plomo y producir combinaciones de sales tóxicas.

Y así se sucedía el tiempo y se sucedían los inventos. Todo iba a una velocidad

vertiginosa. Menlo Park era una colmena, en la que no se conocía el descanso y sí, en

cambio, la satisfacción en toda la extensión de su significado.