Edison
Capítulo 15. Hacia la cumbre
Capítulo 15
Hacia la cumbre
En este mismo año de 1889 ocurrió un hecho importantísimo en la vida gloriosa de
Tomás Alva Edison.
Se celebró en París su célebre Exposición, una de las más sensacionales que se
han organizado nunca. Y la visita de Edison, con Eiffel, el de la altísima torre de
hierro, fue la nota culminante del brillante certamen. Fueron días de auténtica
apoteosis para el Mago de Menlo Park. Presentó en ella tantos inventos que para la
habilitación del local donde exhibirlos se emplearon numerosos operarios durante
varios meses. Unas trescientas cajas enormes, cuyo flete costó trescientas libras,
fueron necesarias para contener los aparatos. Y el coste total de instalación fue de
15 000 libras. Un dato interesante es que un tercio del espacio concedido a los
Estados Unidos en el Palacio de la Maquinaria, fue adjudicado a Edison. Y su
exhibición fue la sensación mayor de aquel certamen universal.
Los inventos de Edison estaban clasificados en: telegráficos, telefónicos,
fonográficos, alumbrado eléctrico, conductores subterráneos, manufactura de
lámparas incandescentes, motores eléctricos, separación magnética y análisis de los
metales. Lo más llamativo de la instalación era una lámpara incandescente monstruo,
de doce metros de altura, montada sobre un pie de seis metros cuadrados. La bandera
americana, formada con bombillas blancas, encarnadas y azules, se mostraba a un
lado; al otro, el escudo francés, y en el frente se entrelazaban ambas, teniendo encima
el nombre de Edison y debajo la fecha: 1889. Todo esto formado con bombillas
iridiscentes.
Doce peldaños de lámparas de distinto color llevaban hasta el pedestal doble; en
una hornacina se colocó el busto del inventor, rodeado de diminutas bombillas. El
pedestal estaba coronado por un modelo perfecto de la bombilla tipo Edison,
aumentado 20 000 veces. En el interior de la base estaba el cuadro de distribución al
cuidado de un operario experto, quien, por medio de conmutadores, producía con la
luz deslumbrantes efectos. En el pedestal había varios dibujos de bombillas que se
iluminaban sucesiva e independientemente hasta que la luz llegaba a la gran lámpara.
Frente a este monumento, y sobre diversas mesas, se veían coleccionados
modelos de los más famosos inventos de Edison: los telégrafos díplex y cuádruplex,
el fonoplex, el telégrafo automático, y tantos otros. En otros puntos del Palacio de la
Maquinaria se exhibían otros inventos. Y además, en pequeño, había un sistema
completo de conductores subterráneos, con todos los accesorios que lleva el montaje
central. La instalación de las dínamos comprendía un sistema de tres cables, actuado
por una máquina de 500 bujías, una dínamo núm. 56 y 2500 de capacidad, y otra de 1200 voltios, que suministraba energía a los grandes focos que rodeaban toda la
instalación.
Sin embargo, aún resultó más popular y admirado que la instalación eléctrica, el
Templo Fonográfico, donde varias docenas de «máquinas parlantes en todos los
idiomas europeos» fueron el asombro de los miles de personas que las visitaron,
ansiosas de oír cada una su lengua nativa. Había también instalado un pequeño
pabellón donde los visitantes podían grabar su propia voz y experimentar luego el
placer de oírla. Fue un éxito rotundo, grandioso.
Y si todo ello despertó el interés y la viva curiosidad de las gentes, mayor fue
todavía el entusiasmo que causó la presencia vigorosa, joven a sus cuarenta y dos
años, modesta, sencilla y simpática de Tomás Alva Edison. París hervía entre
clamores y vítores. La figura del inventor, el americano del Oeste, que vestía una
simple chaqueta y llevaba las manos sin guantes, el hombre que se mostraba cordial
con todos, sin ninguna clase de orgullo y etiquetas protocolarias, llamó mucho más la
atención que todas las testas coronadas que se reunieron en la capital de Francia con
motivo del magno certamen.
París rindió plenos honores a Edison, las muchedumbres aplaudieron frenéticas al
paso de Tomás Alva, su bella esposa Mina y su pequeña hija Marión, única niña
habida en su anterior matrimonio con Mary Stilwell.
—Os brindo todo este entusiasmo —decía el Mago por lo bajo, dirigiéndose a su
esposa e hija.
—Sólo tú lo mereces, Tomás Alva —repuso Mina, profundamente emocionada y
orgullosa del marido.
—¡Todo es extraordinario, padre! —exclamaba la niña, contemplando jubilosa
aquel entusiasmo que despertaban a su paso.
—Pero un poco agobiador, hija —respondió el padre, de naturaleza modesta y
esquiva a esta clase de públicas manifestaciones.
Las sociedades científicas llevaron al sabio de homenaje en homenaje, porque el
triunfo de la Exposición casi se debía por entero a él. El Municipio de París también
le agasajó con brillantes banquetes. Y lo más destacado de la intelectualidad francesa
del momento, artistas, escritores, sabios, fueron reunidos por la revista «Fígaro» en
un gran banquete dedicado al Mago de Menlo Park. El editor de la publicación y
organizador del homenaje, le dedicó un brindis emocionante, que era un claro
resumen de la meteórica carrera hecha por Edison, un hombre que ciertamente no era
un científico que todo lo aprendió en libros. La ciencia de Edison era innata, intuitiva.
Y por eso maravillaba y admiraba a sus colegas.
La Asociación Francesa de Ingenieros Civiles dio otro banquete al inventor, en lo
alto de la Torre Eiffel. Presidió el propio autor y constructor de la famosa torre.
Gounod, el célebre músico, que se contaba entre los distinguidos invitados, cantó y
tocó para Edison, y compuso para su bella esposa un inspirado trozo musical. Fue
quizá lo que más agradeció el inventor y lo que más vivamente le emocionó.
En resumen, la estancia de Edison en París fue apoteótica. El humilde vendedor
de periódicos, el sencillo telegrafista de Michigan, el modesto americano del Oeste,
fue entre tanto monarca de la sangre o del talento el auténtico rey de París.
Y cuando de regreso a América le preguntaron por su estancia en París, en el
colmo de su campechanía y jovialidad se expresaba así:
Comidas, comidas y comidas a todas horas. Pero no me hicieron hablar, y eso les tengo que agradecer.
Chauncey Depew pronunció un discurso en mi nombre, y Reid tres o cuatro. Pero no pude acostumbrarme
a tanta comida. Al mediodía tenía que sentarme a la mesa a lo que ellos llaman «déjeuner», que duraba
hasta casi las tres de la tarde, y pocas horas después venía una comida monstruo. Aquello era horrible…
Aquélla fue una breve etapa triunfal a destacar de entre las muchas por las que
tuvo que atravesar el inventor, muy a pesar suyo, pues Edison era enemigo de la
gloria bullanguera hasta la exageración. Pero no siempre le fue posible evitar tales
demostraciones. Y la Exposición de París fue la menos evitable de todas.
Vuelto a su querida patria, Edison prosiguió incansable sus experimentos y
ensayos, dedicado siempre a la búsqueda de la resolución de nuevos problemas.
Uno de los que captaron pronto su interés fue el convertir en elemento industrial
la locomoción automóvil. Y, como de costumbre, fiaba el éxito de la empresa en la
electricidad.
Se habían construido automóviles movidos por el vapor. Pero resultaban caros,
incómodos, pesados y muy feos, con su chimenea y traqueteos. Edison ideó dotarles
de acumuladores de suficiente intensidad para que resultasen sencillos, limpios,
rápidos y ligeros. Los acumuladores que se conocían entonces eran los clásicos de
láminas de plomo reaccionando con el ácido sulfúrico. Pero realmente eran de un
peso excesivo y muy engorroso, debido a los constantes recambios. Intentar
modificarlos era poco menos que imposible, pues sus defectos eran muchos y
tremendos.
Los estudios primeros respecto al asunto que llevó a cabo Edison estuvieron
dirigidos a buscar unos acumuladores ideales. Instaló un grandioso laboratorio en
Silver Lake, dedicándole única y exclusivamente a estas investigaciones. Organizó
cuadros de ingenieros, químicos y experimentadores que trabajaban bajo sus órdenes
directas. Las tareas sólo se interrumpían a la hora de cenar. De sobremesa se
cambiaban impresiones, y se prolongaba la reunión hasta horas avanzadas de la
noche.
Nos dará una idea del trabajo realizado el hecho de que las experiencias llevadas
a cabo se catalogaban en series de diez mil. Después de ímprobos ensayos y pruebas,
Edison decidió construir los acumuladores a base de hidrato de níquel para el polo
positivo y óxido de hierro en el negativo.
Por fin lanzó al mercado unos aparatos de dicho sistema que ofrecían positivas
ventajas sobre los antiguos. Se incrementó mucho la venta, llovieron los pedidos, y la
locomoción automovilística dio un gran paso hacia adelante.
Pero Edison sabía que aquello no era todo lo que él había querido encontrar, y
repentinamente suspendió la fabricación de acumuladores.
—¿Por qué lo hace, señor? —le preguntaron.
—Hay que perfeccionarlos.
—¿Aún más?
—Sí; no hemos alcanzado el aparato definitivo. Existe un inconveniente que no
he acabado de solventar, y me preocupa.
—¿Cuál es?
—La falta de conductibilidad entre el hidrato de níquel y el tubo metálico de
contención. En estos acumuladores he empleado el grafito, pero no acaba de
satisfacerme el resultado.
Figura 27. Tomás Alva Edison en su laboratorio de Orange. (Por
cortesía del «Edison Laboratory National Monument». West
Orange. Nueva Jersey).
Y cuando él decía esto no había nadie que pudiera disuadirle. Así es que
prosiguió los estudios. E ideó un sistema que le acreditaba una vez más como genial
mecánico. Introdujo el níquel, reducido a láminas delgadísimas y de un peso
específico inferior al del aire, en los tubos de cobre, de modo que el contacto se
estableciese directamente entre los metales. Este fue el acumulador ideal. Y con él, la
locomoción autónoma por la electricidad era una auténtica realidad, no un sueño
imposible.
Figura 28. El primer «Juke-Box» (un níquel en la ranura), inventado
por Edison. Es una aplicación de su fonógrafo. (Por cortesía del «Edison Laboratory National Monument». West Orange. Nueva
Jersey).
Pero este invento no le dio toda la gloria que era de esperar y que merecía su
esfuerzo. Porque surgieron los motores de explosión, y la bencina triunfó en toda la
línea. Sin embargo, es fácil suponer que aquel invento tan logrado dará sus frutos
algún día. Y entonces se reconocerá a su autor todo el mérito que tiene. Pues no cabe
la menor duda de que el agente llamado a producir maravillas en todo momento es y
será la electricidad y no la bencina.
Menlo Park era ya chiquito para la extraordinaria envergadura que alcanzaban las
empresas de su genial fundador. Y Edison tuvo que trasladar sus laboratorios a
Orange, donde fundó el laboratorio físico-químico más completo del mundo.
Allí siguió laborando sin descanso, fiel a su máxima de inventar cada día algo
nuevo, buscando aplicaciones de aquel algo maravilloso que había descubierto y se
llamaba electricidad.
En el año 1915, la fama científica de Tomás Alva Edison quedó consagrada
mundialmente al serle otorgado el Premio Nobel de Física. ¿Cabe mayor premio para
un hombre que se había hecho a sí mismo, que todo lo debía a su voluntad y tesón, a
su inteligencia inaudita, a su constancia indomable? ¿Cabe mayor triunfo para aquel
muchachito de doce años que se lanzó a la aventura de la vida vendiendo periódicos
en los andenes del «Grand-Trunk»? ¿No es cierto que merece el aplauso eterno de la
humanidad la figura de aquel mocetón del Oeste que a su llegada a Boston fue
considerado un inculto patán? Tomás Alva Edison había ganado a pulso el Premio
Nobel y todos los honores que le fueron concedidos a lo largo de su existencia.
En 1917, los Estados Unidos declararon la guerra a las potencias centrales de
Europa, tomando, por lo tanto, parte activa en el conflicto mundial. El gobierno de la
República confió entonces a Edison la resolución de importantísimas cuestiones
químico-industriales. Y el inventor pasó dos años dedicado exclusivamente a
investigaciones relacionadas con el gran conflicto, dos años dedicando toda su
ciencia al servicio de la patria. Consiguió dotarla de las materias primarias para la
fabricación de las anilinas, productos que hasta aquel momento fueron importados de
Alemania. Ideó los alambiques calentados eléctricamente, con el foco calorífico en la
masa líquida, eliminando así el hogar de los mismos. También consiguió solucionar
el problema de los motores de explosión mediante el algodón de pólvora, que aplicó a
los aeroplanos. Logró los sistemas telefónicos entre los navíos, los aparatos nocturnos
de óptica, los amortiguadores de choques para los barcos, los medios de esconder la
línea del horizonte, la extinción de incendios en los vapores, la protección de los
observadores contra las nubes de humo… y otras mil medidas beneficiosas, entre las
que destaca el invento que ideó para contrarrestar la acción destructora de los
submarinos.
—Hay que encontrar un medio para prevenirse contra las fatales sorpresas de los
sumergibles. Confiamos en usted —le dijeron.
—Lo encontraré —prometió Edison, muy resuelto.
Y todo el pueblo americano vivió pendiente de aquella promesa, esperando acabar
de una vez con las horrendas muertes que provocaban los imprevistos ataques
submarinos.
Figura 29. Edison, incansable investigador, fue ayuda eficaz para los
Estados Unidos en tiempos de guerra. (Por cortesía de la Casa
Americana de Madrid).
Edison trabajó día y noche, con el mismo entusiasmo e ímpetu de sus años
mozos, a pesar de que entonces ya había cumplido los setenta arios. Tuvo que realizar pruebas y más pruebas. Como todos sus inventos, fue el resumen de largas horas de
trabajo, estudio, ansiedad, incertidumbre. Nada debido a la casualidad, todo al
esfuerzo. Pero, al fin, decidió convocar a una comisión de técnicos para darles cuenta
de sus trabajos y verificar las pruebas definitivas.
Embarcaron en un navío de guerra, en el que Edison había preparado su aparato,
y se hicieron a la mar. Se había simulado un ataque por varios submarinos. Y el gran
físico consiguió anunciarlos todos mucho antes de que el periscopio de los mismos
apareciese en el lejano horizonte.
Fue un enorme triunfo, pues gracias al aparato la tripulación podía prepararse
para una defensa eficaz. Así se salvarían muchas vidas.
El aparato consistía en lo que sigue: una combinación de antenas de tubos de
latón, provistos de diafragmas fonográficos, mantenía en comunicación el seno del
agua con el interior de una cabina, donde un observador permanecía constantemente
con los auriculares puestos. De este modo, se percibía el movimiento de los
submarinos a más de mil metros de distancia.
El hallazgo de esta infinidad de innovaciones le mantuvieron en tensión, en
estudio constante, en ensayo continuo durante estos dos años febriles, dolorosos, en
que el inventor, sin tener en cuenta su avanzada edad, renunció incluso a sus
acostumbradas vacaciones de La Florida.
—Tienes que descansar, Tom —le recomendaba la esposa, temiendo que
enfermara—. Arruinarás tu salud.
—Mi patria me necesita, pequeña —respondía siempre.
—Sí, pero te necesita vivo. Y tú estás haciendo oposiciones para que sea todo lo
contrario.
—Soy fuerte, Mina. Y el trabajo es parte de mi vida. ¿A quién mejor puedo
dedicar mi tarea cotidiana que a toda América en momentos tan difíciles y penosos
como los actuales?
Y ante la imposibilidad de convencerle, Mina le cuidaba con todo el cariño que le
profesaba, con todas las atenciones posibles, con todo el mimo y amor de una esposa,
madre y compañera a la vez.
Es curioso observar que todos los inventos realizados por Edison durante este
período de la guerra, fueron encaminados a la defensa de los combatientes, ninguno
de ellos a la ofensiva, a la destrucción. Él, que conocía todas las substancias
existentes, que había obrado maravillas que hasta entonces nadie imaginó, que tenía a
sus órdenes a los científicos más ilustres y a los obreros más expertos, no inventó, al
llegar la guerra, ninguna nueva arma mortífera, ningún gas asfixiante. Pudo hacerlo,
pero no lo hizo. Prefirió laborar en evitación de la muerte, no para aumentarla todavía
más de lo que la propia furia de los pueblos hacía. ¿No es éste un rasgo que evidencia
bien a las claras el carácter generoso, bueno, sincero, del mago? ¿No demuestra que
Edison como hombre era tanto o más excepcional y grande que como inventor?
Figura 30. A edad muy avanzada, empezó Edison los ensayos sobre
una planta gigante, de la que surgiría el caucho sintético. (Por
cortesía de la Casa Americana de Madrid).
Sinceramente, creo que Tomás Alva Edison era todo un personaje, un hombre
que, a pesar de vivir encerrado casi materialmente en su laboratorio, entregado al
estudio e investigación, sentía latir en su pecho un corazón inmenso, abierto a todas
las virtudes humanas.
Cuando terminó esta guerra mundial, Edison decidió descansar un poco, reducir
la marcha de su trabajo, para poder entregarse con más constancia y asiduidad a las
muchas distracciones y placeres que eran sus predilectos, y a los que pudo dedicar
bien poco tiempo en su azarosa o infatigable existencia.
Pero estaba visto que al genial inventor le estaba vedado el dedicarse a la paz de
su hogar y su familia y saborear los deleites que bien merecía su espíritu. Henry Ford,
el famoso fabricante de automóviles, uno de sus más íntimos amigos y fiel discípulo
de sus enseñanzas, le dijo un buen día:
—Necesito hacerte una importante consulta, maestro.
—¿De qué se trata? —preguntó él, complaciente siempre.
—¿Crees posible obtener un caucho artificial que cumpla exactamente todos los
fines del auténtico?
—Quizá sí. No he pensado nunca en ello.
—¿Y querrás pensarlo ahora? Es algo muy interesante para la industria
automovilística en general, y para mí en particular.
—Lo pensaré.
Y lo pensó. Edison hizo plantaciones de arbustos latescentes y comenzó ensayos
puramente de laboratorio. Dirigió personalmente todos los trabajos aquellos del
caucho y otros muchos, hasta que en octubre de 1931, agotada su extraordinaria y
robusta naturaleza, tuvo que guardar cama, iniciando la etapa final del fabuloso
camino recorrido a lo largo de sus intensos, apretados y activos ochenta y cuatro
años.