El acantilado de las gaviotas
Capítulo 9
Instantes después se dirigió al vestíbulo para subir a su cuarto. Los peldaños crujían bajo sus pies mientras ascendía por la escalera con Sócrates que saltaba alegremente a su alrededor como si hubiera rejuvenecido y recuperado la edad en la que era un cachorro juguetón. En cuanto alcanzaron el pasillo superior, el perro echó a correr hacia el dormitorio de Laura, cuya puerta estaba entreabierta. La luz de la luna se filtraba por los cristales del balcón iluminando tenuemente la habitación con su luz azulada, pero ella se apresuró a encender la lamparita de la mesilla y dirigió una temerosa mirada en torno. Aún podía llamar a Jaime al móvil y pedirle que regresara porque tenía miedo, pero no se atrevió. Probablemente Carmen estaría con él e imaginaría algún absurdo. Recordó las palabras que en ocasiones parecidas le repetían sus padres:
—Ya eres mayor y como lo eres no debes asustarte ni pedir ayuda.
Probablemente ellos no se habrían encontrado nunca solos en un caserón oscuro enclavado en la cima de un acantilado donde el sonido del mar era lo único que podía percibirse.
Sentada en la cama se puso el camisón y las zapatillas e iba ya a introducirse en el lecho cuando pensó que sería conveniente acercarse antes al cuarto de baño, por lo que se echó encima la bata, ya que había refrescado bastante. Sócrates no debía de tener sueño, porque salió como una tromba al pasillo en cuanto ella abrió la puerta del dormitorio y encendió la luz, echando a correr en esa dirección. Debía poseer el mastín un instinto especial, porque adivinó a donde se dirigía ella y se sentó delante de la puerta de esa habitación a esperarla.
Una tenue capa de polvo, mezclada con arena, cubría ya el pavimento de madera. Se había dado cuenta poco antes de que sus compañeros del
colegio llegaran a la casa esa tarde, pero entonces esa capa de polvo era uniforme, por lo que parpadeó sorprendida al detenerse en el pasillo junto al perro. Las nítidas huellas de unas pisadas parecían salir del cuarto de baño y dirigirse hacia el fondo del corredor. Unas huellas que no estaban marcadas sobre el entarimado cuando ella había subido a ducharse unas horas antes para quitarse la sal del agua del mar ni cuando había creído ver que una sombra se movía al pie de la escalera que comenzaba en ese lugar.
Sin duda su autor tenía que ser un hombre que poseyese unos pies muy grandes, se dijo sintiendo que se le erizaba el vello de los brazos. Se preguntó si no debería encerrarse en su dormitorio esa noche y aguardar a que Jaime acudiera a la casa a llevarse a Sócrates al día siguiente para averiguar con él a quién pertenecían, pero pudo más la curiosidad. Las huellas se encaminaban hacia la escalera que al fondo de la galería llevaba a la planta superior, retranqueada y de menores dimensiones que las otras dos, donde tiempo atrás estaban las habitaciones de los criados. Recordaba que el dormitorio del chofer y de su mujer era un cuarto grande, cuya ventana daba al patio donde tendían la colada y donde ahora encerraban a Sócrates.
La cocinera ocupaba otro más pequeño, con ventana a la fachada posterior y sabía que aún quedaba otro de una sola cama que no se utilizaba y en el que ella no había entrado nunca.
Sin detenerse a pensarlo encendió la luz de esa escalera, de peldaños altos y estrechos, y empezó a subir por ellos. Encantado con la excursión nocturna que estaban realizando, Sócrates la adelantó. Le oyó brincar algo más arriba, corretear después sobre su cabeza emitiendo algún que otro ladrido y luego… nada. El más absoluto silencio pareció extenderse hasta el infinito. Ni siquiera se percibía allí el ruido del mar ni el sonido de las ráfagas de viento. Incluso las gaviotas habían enmudecido.
Durante una décima de segundo cruzó por su mente la idea de que debería retroceder sobre sus pasos. Descender los peldaños que había subido ya y correr de vuelta por el pasillo para encerrarse en su dormitorio, pero tenía que recuperar antes a Sócrates que había desaparecido de repente.
Subió un peldaño más y luego otro. La luz de la escalera no alumbraba el rellano que tanteaban ya sus pies y palpó la pared buscando el
conmutador. Al accionarlo, una bombilla macilenta dejó escapar su incierta claridad que proyectó al fondo del pasillo y le permitió distinguir el cable que pendía del techo al otro extremo de donde ella se encontraba. Por alguna razón, alguien debía haber arrancado el casquillo que sostenía la bombilla y esa parte del corredor estaba a oscuras y sin posibilidad de iluminación eléctrica. Una ráfaga de viento se filtró por los intersticios de alguna ventana mal cerrada y se dispersó por el pasillo balanceando la única bombilla, que iluminó alternativamente sus dos extremos y la desvencijada puerta que tenía a su derecha. Correspondía al dormitorio que había ocupado el chofer con su mujer en vida del abuelo y Laura la abrió encendiendo simultáneamente la lámpara del techo. No era una lámpara, era tan solo otra solitaria bombilla rezumante de polvo, pero le permitió distinguir la cama de matrimonio cubierta por una raída colcha floreada y la silla de anea, adosada a la pared contraria, junto a la desportillada palangana de zinc. El pavimento, de madera carcomida, estaba revestido también por una capa de polvo en el que se marcaban las mismas pisadas de unos pies grandes, cuyas huellas la habían alertado abajo. No había en cambio señales de las patas del perro, lo que evidenciaba que Sócrates no había entrado en la habitación. Los astillados postigos de madera afianzaban la única ventana y desde el exterior una gaviota picoteó los cristales emitiendo luego un graznido que la sobresaltó.
Estremecida aún por la inoportuna intervención del ave, salió Laura apresuradamente al pasillo para abrir la puerta siguiente, la del dormitorio de la cocinera. Constaba de una sola cama con cabecero de hierro forjado, de otra silla de anea idéntica y de otra palangana, con las mismas huellas de pisadas en el polvo del pavimento, pero allí tampoco había dejado Sócrates las suyas. Solo le quedaba por revisar el dormitorio que cerraba el fondo del pasillo, el que no se utilizaba, en el extremo iluminado por la polvorienta bombilla que a intervalos seguía balanceándose impulsada por unas ráfagas de viento de las que desconocía su procedencia. La puerta estaba entreabierta y en cuanto traspuso el umbral el aire frío de la noche le dio de lleno en el rostro, cargado de la humedad del mar y de su olor. Se hallaba la ventana abierta de par en par, lo que pudo apreciar en cuanto encendió la luz. Sócrates estaba sentado junto al desvencijado lecho que poseía un
oxidado cabecero de hierro forjado. Esa habitación no disponía de la silla de anea ni siquiera de la palangana habitual en las restantes alcobas de la casa.
Era demasiado estrecha para que cupiera otra cosa que la cama y en el techo pudo ver una gotera aún húmeda.
—¡Sócrates!, ¿qué haces aquí? Llevo un rato buscándote y me has asustado, —le regañó.
El mastín emitió un alegre ladrido cuando se le acercó para cogerle por el collar e intentó abalanzarse sobre ella, alzándose sobre sus patas traseras para plantarle las delanteras sobre los hombros y darle un lametón, pero Laura no se lo permitió.
—Estate quieto y vamos abajo a dormir. ¿No sabes que mañana tengo que madrugar?
Se acercó a la ventana para cerrarla antes de marcharse. Caía sobre el tejado de la planta de los dormitorios y más allá distinguió el mar como una mancha oscura que se agitaba con su característico sonido.
De improviso aguzó el oído. En el absoluto silencio que envolvía la casa había escuchado algo. Algo que podía identificar como el sonido de pisadas. Alguien subía por la escalera, pues percibía distintamente el crujido de los peldaños bajo sus pies, rítmicos, acompasados. Se llevó una mano a la boca para no gritar. En aquel estrecho y desvencijado dormitorio no había escondite posible y se quedó quieta, como paralizada.
El estentóreo ladrido de Sócrates la sacó de su marasmo. Había conseguido desasirse de ella y salir al pasillo para recibir al intruso, probablemente con una dentellada, por lo que Laura echó a correr detrás.
Una silueta alta y sin formas definidas se perfilaba confusamente en la oscuridad del extremo opuesto del corredor y el perro se había abalanzado sobre él. Pero no para atacarle. Laura interpretaba ya el significado de sus ladridos y captó que estaba saludando alegremente al recién llegado, del que inmediatamente reconoció su voz.
—¿Qué hacéis aquí a estas horas?, —le oyó decir.
Dejó escapar un suspiro de alivio al identificar a Jaime en la sombra desdibujada del fondo del pasillo.
—¿Eres tú? ¡Qué susto me has dado! No esperaba ya que volvieras esta noche.
La silueta que apenas distinguía fue adquiriendo contornos definidos conforme iba entrando en la zona iluminada del corredor.
—He pensado que no estarías bien en esta casa los dos solos y por eso he regresado. Hasta que se aclare quien es el responsable del envenenamiento de Sócrates, dormiré en esta casa. Si te parece bien, claro.
Aliviadísima, se apresuró a dar su conformidad.
—Claro que me parece bien. Te lo agradezco muchísimo. ¿Has averiguado ya qué sustancia le mezclaron con el arroz?
Jaime hizo un gesto de asentimiento. Parecía cansado.
—Sí, un raticida. El mismo que utilizaban en esta casa cuando vivía tu abuelo. Lo guardaban en el cobertizo del patio y probablemente la persona que lo mezcló con la comida del perro lo cogió de ese armario. Lo comprobaré mañana.
—¿Y la colilla que encontré en el despacho?, ¿cuándo te dará tu amigo el resultado del ADN?
—Me dijo que tiene mucho trabajo pero que procurará realizar las pruebas cuanto antes y que me llamará, —repuso él. Luego se interrumpió para dirigir una ojeada al oscuro pasillo y a las cerradas puertas de los dormitorios—. Pero no me has contestado, —insistió—. No me has dicho que hacéis Sócrates y tú aquí a estas horas.
Se había detenido Jaime a unos pasos de ella y pudo ver ahora su expresión y el rictus duro de sus labios, por lo que vaciló sin atreverse a referirle la verdad.
—Cuando me iba a acostar hemos… he notado una corriente de aire que provenía de esta planta y hemos subido para averiguar su procedencia.
Estaba abierta la ventana de ese cuarto, —le explicó señalándole la habitación que había dejado a su espalda. Luego añadió—: No conocía yo ese dormitorio. Cuando yo era niña no se utilizaba, ¿verdad?
Tardó Jaime en contestar y cuando lo hizo su voz le sonó ronca, como si la hubiera contenido en la garganta antes de dejarla escapar.
—Sí, sí se utilizaba. Ese dormitorio era el mío.
—¿El tuyo?, —se sorprendió Laura—. No puede ser, el tuyo estaba junto al mío, lo recuerdo perfectamente, en la planta de abajo.
Jaime la tomó del codo para indicarle que avanzara hacia la escalera y ambos comenzaron a caminar en esa dirección.
—Dormí en el contiguo al tuyo hasta que tu abuelo decidió que me subiera aquí arriba, con los criados.
Laura se detuvo antes de empezar a bajar por los escalones para volverse hacia él y mirarle de frente.
—¿Y por qué?
—Porque el que yo ocupaba lo destinaron a otra persona. A un chico algo mayor que yo. Él y su madre vivieron en esta casa cerca de un mes, pero, cuando se marcharon, tu abuelo opinó que el dormitorio que me correspondía era el que acabas de visitar y no permitió que recuperara el anterior.
Laura parpadeó perpleja.
—¿El que te correspondía era el de esta planta, con los criados?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Tu abuelo no explicaba el motivo de sus órdenes. Simplemente las daba.
—¿Y tu madre no protestó?
Jaime se encogió de hombros.
—Supongo que sí, pero el que mandaba era tu abuelo. Imagino que esperaba este que esa mujer regresara con su hijo. Se llamaba Julia y dormía en el cuarto que ocupas tú ahora.
Recordó Laura lo que le había referido doña Eulalia a ese respecto.
Efectivamente, en la segunda planta no quedaban más dormitorios después de alojar en la casa a los dos que Jaime acababa de mencionar. Levantó la mirada hacia él, que a su lado comenzaba a bajar los escalones.
—Debió de ser muy duro para ti, —murmuró—. ¿Lo fue?
Jaime volvió a encogerse de hombros.
—Toda mi infancia lo ha sido. Mientras fui un niño me sentí peor tratado que un perro callejero.
Se quedó callado, descendiendo desganadamente los peldaños y Laura vaciló antes de hacerle la pregunta.
—Odiarías a mi abuelo, ¿verdad?
Frunció el ceño pensativo. Acababan de desembocar en el pasillo de la primera planta y la lámpara que pendía del techo iluminó su semblante totalmente inexpresivo.
—Supongo que sí, pero solo conservo un recuerdo vago de lo que sentía por él. Desde que me marché a Murcia a estudiar, hace diez años, no volví a verle, ni siquiera en vacaciones.
—Pero venías a ocuparte de Sócrates.
—Sí, por encargo de mi madre y cuando ellos se habían trasladado a Murcia al terminar el verano.
Caminando por el pasillo acababan de llegar al dormitorio de ella y se volvió hacia Jaime para despedirse.
—Olvídalo. No se merecía que tu madre y tú vivierais con él en esta casa.
—Ni tampoco se merecía una nieta como tú, —musitó él en apenas un susurro—. Hasta mañana.
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