El acantilado de las gaviotas

Ursula Llanos · Capítulo 11 de 20

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El acantilado de las gaviotas

Capítulo 11

Cabizbajos, salieron del local de la entidad bancaria Roberto y Laura poco después. El calor a esa hora del mediodía era asfixiante y la calle aparecía desierta. Los dos se detuvieron junto al coche de él.

—¿Quieres que vayamos a comer a alguna parte o has quedado con alguien?, —le preguntó él.

—No, no he quedado con nadie.

—Pues ya que vives en este pueblo, indícame algún sitio donde podamos comer y donde nos encontremos a gusto.

—¿Qué te parece algún chiringuito del puerto?, —sugirió Laura—. Está un poco alejado de aquí, pero quizás te apetezca andar para despejarte.

—Lo que necesito es algo que me suba la moral, —la corrigió él—. Y

me considero incapaz además de andar más de un par de metros con este calor tan pegajoso. Anda, sube al coche.

Le guio ella que iba conduciendo a través de las desempedradas callejas del casco antiguo hasta que desembocaron en un paseo orillado de palmeras, donde las olas del mar iban a estrellarse contra el malecón. Un gran número de turistas, rojos como cangrejos y despellejados por el sol, se paseaban por él, aunque la mayoría comían en los multicolores chiringuitos ubicados en el paseo. En cuanto aparcó, Roberto le indicó una mesa libre en uno que anunciaba “comida española” y, abatidos, tomaron asiento en la misma, bajo la sombrilla. Roberto pasó una cansada mano por su frente.

—No lo entiendo, Laura. Es la primera vez desde que ejerzo la profesión que me sucede algo parecido. Como he comentado antes, el viejo que se llevó el dinero de tu abuelo, que ahora te pertenece a ti, tenía que ser idiota. Sin duda, ha robado la cinta de la cámara de seguridad para no ser reconocido, pero no hay tantas personas con mucha edad en el entorno de tu

abuelo. Ese viejo tenía que tener acceso a la casa en la que vives y a los documentos de aquel. ¿Cuántos viejos pueden encontrarse en ese caso?

Laura clavó sus ojos oscuros en el puerto donde cientos de barquitos estaban amarrados en el muelle. Un velero desplegaba sus velas en ese momento para, traspasando la bocana, salir al mar abierto.

—Ninguno, no hay ninguno, —repuso a media voz.

—¿Cómo que no hay ninguno?

Dudó ella en revelarle sus temores. ¿Qué podía perder? Quizás él pensara que estaba loca, pero optó por arriesgarse.

—No hay ninguno, Roberto. La persona de más edad que guardaba relación con él era doña Eulalia y ella no ha podido ser. Te parecerá una tontería lo que te voy a decir, pero creo que mi abuelo no ha muerto.

—¿Cómo dices?

—Lo que oyes. Desde que llegué a la casa, hace unos días, sentí la presencia de él, aunque no sabría explicarte cómo y ya la primera noche vi luz en su dormitorio. Estaba sola y cuando entré en ese cuarto para averiguar lo que lo motivaba no encontré a nadie, pero sé que había estado allí poco antes. A la noche siguiente le oyó el perro en su habitación y cuando llegamos corriendo para investigar lo que sucedía encontramos el contenido de los cajones de la cómoda por el suelo. Y el otro día…

Roberto la observaba escépticamente.

—¿Qué pasó?

—Que envenenaron a Sócrates, al perro.

—¿El perro se llama Sócrates?

—Sí, le pusieron ese nombre, porque es muy listo. Mi abuelo lo odiaba y la tarde en que fui a tu despacho, al regresar, lo encontré tirado en el patio a punto de morir por el matarratas que le habían mezclado con la comida.

Tuvo que ser él.

—Pero eso es absurdo, —objetó Roberto.

—Puede que lo sea, pero es la realidad. La tarde en que envenenó al perro se fumó también un cigarrillo en su despacho. A mi llegada a la casa, curioseé el cajón de su mesa y encontré una cajetilla de tabaco con tres cigarrillos dentro. Eran de la marca que le gustaba a él. Cuando vimos la

colilla en el cenicero, faltaba un cigarrillo en la cajetilla. Jaime se llevó la colilla para que analizaran el ADN, pero aún no tiene el resultado.

Con la mirada fija en el barquito que salía ya a mar abierto, Roberto meneó incrédulamente la cabeza.

—No tiene sentido, ¿no comprendes? No es tan sencillo fingir la propia muerte y además, ¿qué ganaría con ello? Que yo sepa, no tenía acreedores que eludir ni enemigos declarados. Amigos tampoco, porque era una persona bastante difícil.

Laura sonrió sin ganas.

—Dime una cosa, ¿qué consecuencias tendría para mí el hecho de que él no hubiera muerto?

Sin perder de vista el barquito de vela, que navegaba ya libremente y que contemplaba como hipnotizado, Roberto se mesó pensativamente la barbilla.

—Obviamente, no serías ya su heredera. En ese supuesto absurdo, recuperaría tu abuelo los bienes que has heredado, pero no quedaría en mejor situación que antes de su muerte, fingida o no. No obtendría ningún beneficio. Salvo que se deshiciera de todo su patrimonio, no podría impedir que le heredaras antes o después, porque eres su única descendiente

¿comprendes? En realidad, ya lo intentó en su momento.

—¿Qué es lo que intentó?

Roberto se mordió los labios por haberlo dejado escapar.

—Preferiría que no te hubieras enterado, pero, al parecer, poco antes de sufrir el ictus otorgó otro testamento, un testamento ológrafo.

—¿Y eso qué es?

—Es un testamento escrito de puño y letra del testador, firmado por él, con expresión del año, mes y día en que se otorga. Debe ser protocolizado por el juez dentro de los cinco años siguientes al fallecimiento y sin cumplir ese trámite no sería válido.

—¿Y mi abuelo otorgó un testamento de esas características?

—Eso me dijo el chofer, cuando me llamó al despacho el día siguiente al de su fallecimiento. Me aseguró que doña Eulalia y él lo habían firmado como testigos, aunque ninguno de los dos había tenido oportunidad de leer las disposiciones que dejó escritas tu abuelo. Pero lo cierto es que, aunque

buscamos ese testamento por toda la casa, no dimos con él. Probablemente lo rompió antes de su muerte, porque de otra manera me habría comunicado su existencia.

Laura se acodó en la mesa y clavó en él sus grandes ojos oscuros.

—¿Y podía haberme desheredado en ese testamento?

Roberto sonrió ahora, como si le pareciese curioso que ella pudiera ignorar todo lo concerniente a una materia que a él le parecía que formaba parte del acervo cotidiano de todo el mundo.

—No, claro que no. Por ser la única descendiente en línea recta, eres su heredera forzosa. Pero sí podía haberte dejado la legítima estricta y disponer del resto de la herencia. Al parecer, escribió y firmó ese testamento cuando murió tu padre.

—Para que yo heredara lo menos posible, —continuó ella—. No me extraña, porque no me quería, —musitó, rememorando su alta y enjuta figura y la expresión adusta de su rostro cuando, siendo niña, fijaba su mirada en ella—. Fui una niña bastante feúcha, pero lo más gracioso es que, físicamente, me parezco muchísimo a él, por lo que no tenía nada que reprocharme.

Roberto le dirigió una mirada admirativa.

—¿Fuiste feúcha?, no me lo puedo creer.

—Pues sí. Me sobraba pelo por todas partes, igual que a él.

El camarero les interrumpió y los dos pidieron, lo mismo al igual que los turistas que les rodeaban en distintas mesas, tortilla de patata y jamón serrano de bellota, con cerveza de marca también española.

—¿Pensará el camarero que somos turistas también?, —le preguntó en tono distendido Roberto a ella, cuando aquel se alejó camino de la cocina.

Laura lo negó categóricamente.

—De mí, desde luego no lo pensará, —replicó riéndose—. Soy demasiado morena y tengo el pelo demasiado oscuro. De ti que eres más clarito, quizás.

Durante unos minutos los dos se olvidaron de la entrevista que habían mantenido con el director del Banco y disfrutaron de la comida y de su mutua compañía. El mar en completa calma, saturaba el ambiente de humedad rompiendo monótonamente contra el muelle y ella se lo señaló.

—¿No hay en esta tierra galernas, como en el norte? El mar está siempre como un plato.

Él se apresuró a negarlo.

—Te sorprendería entonces los días en los que sopla viento de levante.

El agua se vuelve oscura y las olas se levantan varios metros y rompen estruendosamente contra las rocas o irrumpen en las playas dejándolas reducidas a la nada. Y en el acantilado donde vives, en esos días el viento debe de ser temible. —Se calló bajando la vista hacia su plato, ya vacío, como si no se atreviera a preguntarle lo que le pasaba por la mente. Al fin se decidió—. Oye, ¿no pasas miedo en esa casa? Recuerdo que una tarde en la que fui a resolver unos asuntos con tu abuelo parecía que el viento la iba a arrancar de cuajo de las rocas sobre las que la construyeron.

Laura se encogió evasivamente de hombros sin decidirse a aclararle que si conseguía conciliar el sueño por las noches era gracias a la presencia de Jaime que dormía en el cuarto que había sido del abuelo. Hasta ese momento había pensado que el comportamiento de este al brindarse a pernoctar en la casa era totalmente desinteresado, pero en ese instante se preguntó si no obedecería también a una especie de revancha. Con la mala intención que le caracterizaba, su abuelo le había relegado a una habitación inhóspita, destinada a los criados de la casa, y él se había instalado ahora, al menos temporalmente, en la que había pertenecido a su dueño.

—Estoy bien, dentro de lo que cabe, —murmuró en voz muy baja—.

Afortunadamente tengo a Sócrates, pero no pienso vivir en esa casa durante mucho tiempo. Mi intención es venderla y volver a Madrid en cuanto me sea posible.

—¿Te vas a marchar?, —le preguntó él. Parecía sentirlo sinceramente

—. También podrías comprarte un piso en Murcia con el dinero que obtengas de la venta —le sugirió—. El clima es magnífico y los murcianos somos alegres y muy hospitalarios. ¿O es que has dejado a alguien en Madrid?

Laura se apresuró a negarlo.

—No, claro que no. Es que he vivido siempre allí y por eso creo que me costaría a adaptarme a otro lugar.

Se quedaron los dos callados mirando al mar, inmóvil dentro del puerto y al fin ella rompió aquel silencio, tan denso que parecía oírse.

—Oye, he pensado que… ¿no tendrás por casualidad el teléfono del chofer de mi abuelo? He pensado que debería hablar con él. Quizás pueda aclararme algo sobre ese testamento ológrafo que me has comentado y también podría concretarme todo lo referente a la última enfermedad de mi abuelo.

Roberto sonrió con sorna.

—Tengo su teléfono, pero no por casualidad, sino porque se lo pedí.

¿Sigues pensando que tu abuelo sigue vivo y que ha fingido su muerte?

Tendría que haberle ayudado doña Eulalia y no la considero capaz.

—También quiero volver a hablar con ella, porque tengo la impresión de que sabe mucho más de lo que aparenta. ¿Tienes el teléfono del chofer a mano?

Él meneó afirmativamente la cabeza.

—Si, en mi despacho, pero te llamaré al móvil en cuanto lo localice. Y

ahora me temo que debo regresar a Murcia. Tengo a algunos clientes citados esta tarde.

—De acuerdo. Pagaremos a medias y a continuación puedes hacerme el favor de llevarme al colegio donde trabajo, porque he dejado mi coche aparcado allí, en la calle.

—¿Y por qué vamos a pagar a medias? Tenía intención de invitarte.

—No seas antiguo, —protestó ella—. Has perdido una mañana de trabajo. Lo menos que puedo hacer es invitarte yo.

—Ni hablar, —se opuso él.

—Pues entonces, a medias.

—Vale, —se resignó— pero la próxima vez…

Ya venía el camarero dispuesto a cobrarles y en cuanto liquidaron la cuenta se introdujeron en el coche de Roberto. La llevó él a recoger su vehículo y luego se despidieron bajo un sol abrasador.

—No olvides llamarme para darme el teléfono del chofer, —le recordó ella.

—Ni tú en llamarme a mí si te acercas a Murcia para hablar con él.

Podemos vernos allí y… y cuídate.

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