El acantilado de las gaviotas
Capítulo 7
Esa noche durmió Laura de un tirón. Con Sócrates junto a la cama, tumbado sobre la alfombrilla de noche, no oyó ruidos sospechosos en el pasillo ni ningún sonido extraño que pudiera inquietarla. Tan solo el rumor acompasado del mar y los graznidos de las gaviotas, cuando ya de día se despertó al oír unos golpes en la puerta de su cuarto.
—Laura, soy yo, —oyó decir a Jaime—. ¿Puedes abrirme?
Restregándose los ojos, saltó del lecho para descorrer el pestillo y abrir la puerta. Él estaba ya completamente vestido, aunque con el rubio cabello algo revuelto resbalándole sobre la frente.
—Me marcho a mi casa a afeitarme y he pensado que debo llevarme a Sócrates a la clínica, si piensas bajar al pueblo a hacer la compra o a dar una vuelta, porque no creo que debamos correr el riesgo de que se quede solo en el patio otra vez. ¿Estás de acuerdo?
Le costó entender lo que le estaba diciendo. Sentía la cabeza embotada y recordaba solo vagamente los sucesos de la tarde anterior. Tras retroceder de espaldas el corto trecho que mediaba entre la puerta y la cama, se dejó caer a los pies de esta tratando de ordenar sus ideas. Mientras se ponía la bata sobre el camisón, como a retazos fue extrayendo de la niebla que poblaba su mente su llegada a la casa la tarde anterior y cómo había encontrado a Sócrates en el patio medio moribundo. Volvió a restregarse los ojos y levantó la cabeza hacia él que seguía inmóvil en el umbral de la puerta.
—¿Te marchas ya?, ¿qué hora es?
—Las ocho y tengo que abrir la clínica a las nueve. ¿Has entendido lo que te he preguntado?
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Sí, y me parece bien, pero no quiero que te quedes con él. Es mi perro.
Apoyado en el quicio de la puerta, sonrió él con sorna al oírla, quizás recordando la resistencia que había opuesto Laura días atrás a hacerse cargo del animal, alegando que no era su dueña.
—Te lo traeré cuando cierre la consulta al mediodía. ¿O prefieres que lo haga al anochecer?
En ese momento no podía saber ella qué prefería, porque no había trazado aún el programa de sus actividades. Con un gesto de su mano le indicó que se marchara.
—Vete con Sócrates, que te llamaré al móvil en cuanto averigüe lo que voy a hacer esta tarde.
Jaime asintió con la cabeza y despertó al perro tirando de él por el collar. Poco después oyó Laura como los dos bajaban la escalera y luego el ruido del portón al cerrarse tras ellos. Aún adormilada, se dirigió al cuarto de baño, dos puertas más allá de la de su dormitorio, para lavarse y en cuanto desayunó en la cocina volvió a subir. Se sentó a los pies de su cama, calculando mentalmente el dinero de que disponía para acercarse al pueblo con la intención de hacer una compra masiva. Ya vestida con un pantalón vaquero y una camiseta blanca, se contempló en el espejo que pendía sobre la cómoda y sonrió a la imagen que vio reflejada. Era una lástima que su abuelo no viviera ya y no pudiera apreciar el cambio que se había operado en aquella altísima chiquilla de gesto adusto, a la que tanto él como sus padres habían calificado de fea, sin preocuparse demasiado de que ella pudiera oírles. Pero no, se dijo. Con su abuelo no le unía ningún lazo afectivo, por lo que le tenía sin cuidado lo que hubiera podido opinar en el presente.
Después de calzarse unas sandalias blancas con tres centímetros de tacón, hizo la cama y después salió al pasillo dispuesta a acercarse al dormitorio que había sido el del abuelo para comprobar en qué estado lo había dejado Jaime. Supuso que el desorden más absoluto reinaría en el cuarto. Que habría dejado las sábanas revueltas y la colcha colgando de cualquier forma a los pies del lecho, pero, sin saber por qué, se detuvo a medio camino, junto a la puerta del dormitorio contiguo al suyo. Había sido
el de Jaime cuando ambos eran niños y apenas si le había dirigido una distraída mirada desde la puerta la tarde siguiente a la de su llegada.
Desde el pasillo, alargó la mano y a tientas encendió la luz de la lámpara del techo. Luego cruzó la estancia para abrir los postigos del balcón y seguidamente las puertas de cristales. Como el de ella, se alzaba sobre la playa de las gaviotas, y una de estas aves le pasó rozando, cuando se acodó durante un segundo en la balaustrada. Inquieta por la cercanía del ave, retrocedió dentro de la habitación y en cuanto cerró las puertas de cristales, dirigió una mirada en torno. La cama, con su colcha azul, cuyos volantes rozaban el pavimento, seguía cubriendo el lecho, tal y como la recordaba, con el cabecero de madera blanca adosado contra la pared. A saltar alocadamente sobre el colchón habían jugado Jaime y ella una tarde de lluvia muchos años atrás, recibiendo después una regañina de la cocinera.
También seguía en el mismo lugar la cómoda de madera blanca, a juego con la cama, que ocupaba la pared contraria a la de la esta, el armario empotrado que contenía la ropa de él cuando era niño y la inevitable palangana en su soporte de madera blanca con el jarro metálico a sus pies.
Todo permanecía idéntico, salvo la fotografía con un marco plateado que se encontraba ahora sobre la mesilla. Laura se acercó a mirarla y la tomó en sus manos para estudiarla mejor. Una mujer de unos treinta y tantos años aparecía retratada en ella con un chiquillo al que abrazaba, pasándole un brazo sobre los hombros. La fotografía había sido tomada en la terraza de la casa, delante de un macizo de geranios, y al fondo se veía el mar. Se fijó ahora en el rostro de la mujer. Era joven y guapa, con unos grandes ojos negros y una melena rizada del mismo color. Recordaba ligeramente a Carmen, su compañera del colegio.
El chiquillo, cercano a la adolescencia, también era moreno, con el cabello negro y ensortijado como el de un gitano y tenía un gran parecido con la que sin duda era su madre. ¿Qué haría esa fotografía en el dormitorio de Jaime? Se lo preguntaría cuando este le devolviese a Sócrates, horas más tarde.
Consultó nuevamente su reloj y pensó dejar la inspección del dormitorio del abuelo para más tarde. Si posponía su bajada al pueblo, probablemente
haría un calor horroroso. Lo arreglaría cuando regresara de hacer la compra, decidió. Salió nuevamente al pasillo y apresuradamente descendió los peldaños de la escalera para cerrar luego desde el exterior el portón de entrada con llave.
—¡Hola!, —oyó decir a una voz masculina.
Con un respingo se giró en el porche hacia su derecha. Subido a su bicicleta y apoyado en el muro de la casa estaba Jacobo. Parecía haberse arreglado especialmente para la ocasión, pues además de vestir unos pantalones vaqueros impecables con la raya perfectamente planchada y una camisa de cuadros nueva, se había peinado hacia atrás los negros rizos dejando su frente despejada.
—¡Hola!, —repuso Laura sin detenerse—. ¿Me trae algo? No tengo ninguna carta para usted.
La contempló admirativamente con el descaro que le caracterizaba, mientras ella pasaba por delante de él para dirigirse al edificio adyacente y abrir la puerta del garaje.
—No, yo tampoco le traigo ninguna. ¿Es que no le escribe nadie?
Como si no le hubiera oído, introdujo ella la llave en la cerradura y abrió luego las dos grandes puertas de madera, resecas por la ausencia de barniz y la erosión producida por el aire salino. Olía a estiércol, como siempre, como si ese olor se negara a abandonar la cochera que había sido.
—He venido a saludarla, —continuó Jacobo cuando se convenció de que ella no le iba a responder.
—Pues muchas gracias. Ya he contestado a su saludo y voy a recomendarle ahora que no pierda el tiempo en venir a esta casa. En lugar de escribir a mis amigos cartas tradicionales, me comunico con ellos por utilizo correo electrónico, de manera que no es fácil que necesite sus servicios.
Jacobo la contempló miró con la cabeza ladeada y a ella le recordó a alguien en ese momento. ¿No se parecía al chiquillo de la fotografía enmarcada que se encontraba estaba en la mesilla del dormitorio que había sido el de Jaime? Le observó con más interés y él pareció esponjarse ante la nueva atención que le dispensaba ella.
—Me recuerda usted a alguien, —empezó cautelosamente Laura—.
¿Participaba de alguna manera en las reuniones que se celebraban en esta casa mientras vivió mi abuelo? Lo que quiero decir es si mantenía amistad con alguna de las personas que vivían aquí.
El hombre chico se echó a reír con cinismo.
—¿Yo?, no, claro que no. Su abuelo era un tipo muy estirado. Como le dije el otro día, solo soy el cartero. ¿Nunca le habló de mí?
Laura meneó negativamente la cabeza y entró en el garaje subiendo a introduciéndose su coche a continuación. Arrancó luego el motor y en cuanto salió al exterior bajó el cristal de la ventanilla para decirle adiós con la mano. Por el espejo retrovisor vio como se apartaba él con su bicicleta de la fachada de la casa y pedaleaba siguiéndola cuesta abajo. Le perdió de vista casi enseguida y cuando regresó una hora más tarde, en la cima del promontorio no encontró a nadie.
En cuanto llevó la compra a la cocina, se dirigió hacia el vestíbulo para subir a su dormitorio, pero en ese momento sonó el timbre de su móvil y al llevarse el aparato al oído reconoció la voz de Roberto.
—Laura, ¿eres tú? ¿Te llamo en mal momento?
La voz de él denotaba que iba a comunicarlo algo muy satisfactorio, porque sonaba como si acabara de obtener un triunfo que le enorgullecía.
—Sí, dime.
—He averiguado que tu abuelo tenía una cuenta corriente en un Banco de ese pueblo en el que vives y que la cantidad depositada en esa cuenta era muy considerable. Puedo acercarme el martes para que vayamos los dos a hablar con el director. ¿A qué hora te vendría bien?
Con el aparato junto al oído, se encaminó ella hacia la sala de estar y se dejó caer en su butaca favorita, la más alejada del sillón de su abuelo.
—Pues… —vaciló ahora. Hasta la una no finalizaba su última clase y probablemente le haría perder a él toda la mañana si por su causa se veía obligado a desplazarse a la costa para ayudarla a resolver esa cuestión. Pero acababa de decirle que en esa cuenta tenía su abuelo mucho dinero y no podía desaprovechar la oportunidad de recuperarlo—. Pues… podría salir del colegio termino la última clase a la una, —añadió tras reflexionar durante una décima de segundo—. Termino la última clase un cuarto de
hora antes, pero entre unas cosas y otras no consigo salir del colegio hasta esa hora la una. Pero no quiero incordiarte, —se preocupó.
—No me incordias, —le oyó decir a él—. Tu abuelo me nombró albacea de su herencia en su testamento y es mi obligación conseguir que se cumplan sus últimas voluntades. ¿Dónde quieres que quedemos el martes?
—En el Banco. ¿Qué Banco es?
Le dijo él su nombre y dirección y quedaron en la puerta del mismo el martes siguiente a la una y cinco. Después Laura se lo agradeció efusivamente y en cuanto cortó la comunicación apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca dándole vueltas en la cabeza a las palabras de Roberto sin querer creer en su buena suerte. Una vez que averiguaran el número de la cuenta corriente de su abuelo, Roberto se ocuparía de demostrarle al director que el dinero le pertenecía a ella por ser la heredera de su titular y, en cuanto lo retirara, podría marcharse de allí. Le encomendaría a Jaime que se ocupase de la venta de los inmuebles que había heredado y cuando recibiera su importe tendría la oportunidad de reorganizar su vida en Madrid y abandonar un tétrico caserón donde sucedían cosas inexplicables.
Algo que no llegó a concretar empañó el optimismo de sus reflexiones.
Echaría de menos a Sócrates. Era un mastín enorme y no se adaptaría a la vida en un piso. Tendría que regalárselo a Jaime y también le perdería de vista a él, al mejor amigo de su infancia. Al llegar a ese punto sintió algo indefinible, entremezclado con una vaga sensación de añoranza, como si hubiera perdido algo difuso, algo que se desvanecía como el humo cuando intentaba darle forma. Por su mente atravesaron velozmente imágenes que creía olvidadas. El húmedo olor a verano de la casa y las acompasadas pisadas del abuelo camino del despacho cuando Jaime y ella se escondieron aquella noche tras las cortinas que enmarcaban el balcón para que no pudiera verles cuando entrara en la habitación. Las cartas de él plagadas de faltas de ortografía y con los renglones torcidos rezumando soledad. La playa de las gaviotas al atardecer, pero sobre todo la tarde en la que sus padres regresaron de su viaje y pasaron a recogerla y cómo se despidió de ella aquel chiquillo sucio, que era Jaime, sin imaginar que tardaría ella quince años en volver.
Meneó enérgicamente su larga y oscura melena para alejar esos pensamientos. No eran más que recuerdos de su niñez, de una etapa de su vida ya superada, se dijo. Los olvidaría de nuevo y los sustituiría por hechos tangibles y por nuevas relaciones.
Se lo refirió a Jaime cuando este regresó por la noche con Sócrates.
Mientras cenaban en la terraza, le comentó la conversación que había mantenido con el abogado y la cita que había concertado con él para el martes siguiente. Le aclaró que la intención de ambos era pedirle información al director del Banco en el que su abuelo era titular de una cuenta corriente y donde tenía depositados sus valores mobiliarios y luego le preguntó:
—¿Tienes idea de cuanto dinero podía haber en esa cuenta?
Jaime parecía abstraído y tuvo ella que repetirle la pregunta. Parpadeó varias veces antes de clavar en ella sus clarísimos ojos azules.
—¿Que si lo sé?, claro que no. Ya te he comentado que me marché de esta casa hace diez años, en cuanto cumplí los dieciocho.
—Pero venías a bañarte a nuestra playa y luego te duchabas en la tina del abuelo, —le recordó Laura con sorna.
—Hasta el verano pasado, —replicó él con la mirada perdida en la oscuridad del mar que se extendía ante su vista—. Cuando él se trasladó a esta casa en el mes de junio, empecé a bañarme yo en la playa de las Caracolas y me duchaba en mi casa. No le volví a ver en los últimos diez años, lo que a decir verdad, no lamento en absoluto. —Clavó la mirada en ella para añadir—: Como es natural, no me preocupé por averiguar como andaban sus finanzas.
—¿Y no le preguntaba por ti a tu madre?
—¿Tu abuelo?, —se echó a reír sin ganas—. No, claro que no. El día en que cumplí dieciocho años fui a despedirme de él. Al fin era mayor de edad y podía perderle de vista. No sé si recordarás que nací en septiembre.
Estaba sentado en la mesa de su despacho y sabía yo por el chofer que esa tarde iba a acercarse a Murcia para acudir a la consulta del dentista. Entré con mi maleta a cuestas y le dije que me marchaba a vivir a Murcia y que iba a tomar el autobús frente a la playa de las Caracolas.
Laura se inclinó hacia él.
—¿Y qué? ¿Te ofreció su coche y el chofer para llevarte a tu nuevo destino o para acercarte hasta esa playa?
Impasible, Jaime se la quedó mirando con una expresión indefinible.
—¿Me estás preguntando lo que me contestó tu abuelo?, —le preguntó sarcásticamente, para luego añadir—: Se limitó a levantar durante una décima de segundo la vista de unos papeles que tenía sobre la mesa y a decirme adiós. Pero solo pronunció esa palabra: “adiós”.
Disimuló Laura la conmiseración hacia Jaime que le inspiraba el comportamiento de su abuelo, sabiendo que a aquel le molestaba que le compadecieran.
—Entonces… ¿Tuviste que ir andando hasta esa playa con la maleta a cuestas?
Él volvió a reír, sin asomo de rencor. Parecía recordarlo como un acontecimiento divertido.
—Sí, pero realmente la maleta pesaba poco, porque apenas si tenía nada dentro.
—¿Y tu madre no protestó?, —se extrañó Laura preguntándose cómo era posible que doña Eulalia se hubiese preocupado tan poco por su hijo y no hubiese sido capaz de enfrentarse al tirano que había sido su abuelo.
Él desvió nuevamente los ojos hacia la lejanía. La luna ascendía ya en el firmamento trazando un surco que resplandecía en el agua y lo miraba sin que su semblante trasluciera ninguna emoción.
—Pues… pues no lo sé. Ella me acompañó hasta la puerta y lloró bastante.
Se quedaron los dos callados mirando al mar que se agitaba suavemente hacia la base rocosa que sustentaba la terraza. Soplaba una brisa fresca y Laura se preguntó cómo habría podido pensar que por marcharse a vivir a Madrid llegaría a olvidar su infancia y lo que había significado Jaime para ella, aunque solo hubieran compartido entonces unos días en verano. Quizás porque lo que les había unido residía en su mutua soledad, en la sensación de que ninguno de los dos les importaba a nadie más.
De improviso se levantó él. Con las manos en los bolsillos y sin mirarla, murmuró:
—Es muy tarde ya, por lo que será mejor que me vaya a la cama.
Mañana tengo que abrir la clínica a las nueve. Soy el único veterinario del pueblo, así que no puedo permitirme el lujo de cerrarla en sábado, ya te lo he dicho antes.
Decepcionada, Laura se levantó también. Había pensado que por ser fiesta pasarían el día juntos y se bañarían en la caleta, como a su llegada. O
que se acercarían a algún lugar bullicioso de la costa, como Cabo de Palos o la Manga.
—¿Y pasado mañana?, —le preguntó disimulando su fastidio.
—El domingo he quedado con un amigo que tiene un rebaño de ovejas y quiere que le dé mi opinión sobre su estado de salud, así que pasaré el día con él.
—¿El domingo también?, ¿por qué trabajas en domingo?
—Precisamente hemos quedado porque es fiesta, —repuso él con el semblante sin expresión—. Entre semana no puedo dejar la consulta.
Volveré a la hora de cenar.
El día siguiente se le hizo a ella interminable. Se bañó con Sócrates en la playa de las Gaviotas, paseó con él por la cima del acantilado, vio todos los programas de la televisión, que en su mayoría no le parecieron soporíferos, y bostezó hasta la saciedad, oteando por la ventana de la cocina el regreso de Jaime, que se le desencajó la mandíbula. Él no apareció regresó a tiempo para la cena y tuvo que contentarse con hacerlo lo hizo sola en la terraza, con la única compañía del perro, donde le estuvieron aguardando un par de horas más. Luego subieron los dos al dormitorio de ella, sintiendo por la escalera el crujido de los peldaños bajo sus pies. Se encerró por dentro con pestillo y se tapó la cabeza con las sábanas hasta que se durmió y, no le oyeron llegar.
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