El acantilado de las gaviotas
Capítulo 1
Olía a mar. La cálida brisa de la tarde traía olor a sal y a yodo, entremezclado con el aroma de los pinos que orillaban el camino vecinal.
Lo recorría en su automóvil dando vueltas y revueltas, ¿pero dónde estaba el mar?
Al fin lo vio, inmenso y azulado, bajo un cielo del mismo color, que se fundía a lo lejos con el agua, del que se separaba tan solo por una línea curva de un tono algo más intenso. El coche que conducía acababa de doblar una curva del camino y lo divisó a sus pies, por lo que detuvo el motor en la cuneta y descendió del vehículo. El viento alborotó sus cabellos dispersándolos en todas direcciones a la par que aspiraba la fragancia que allí se respiraba y que reavivaba recuerdos de su infancia. De aquellos años ya lejanos en los que en verano acudían a visitar al abuelo a su casa de la playa, a la que ahora se dirigía.
El recuerdo era borroso. Apenas si conseguía rememorar la imagen de un señor de pelo blanco y bigotes del mismo color, de altísima estatura y tez cetrina, que gruñía, disconforme con todo y con todos, ni la casa, oscura y silenciosa, mecida por el intermitente sonido de las olas. Allí, sentada en el borde de la silla de la sala de estar, merendaba con el abuelo y con sus padres, sin atreverse a levantar la mirada de su tazón de chocolate.
A su abuelo no le gustaban los niños, eso sí lo recordaba. Apenas si le dirigía una rápida y desaprobadora mirada cuando en verano le visitaban en esa casa sus padres y ella. Incluso la ignoró por completo en una ocasión en la que estos la dejaron a su cuidado en la casona durante una quincena del mes de julio para marcharse de viaje al extranjero. Dos semanas que imaginó interminables cuando aquellos se lo comunicaron y en las que el abuelo no se molestó en reparar en su presencia. Únicamente doña Eulalia
se interesó por ella. Era una enlutada señora que vivía en la casa, aunque no era pariente, pero tampoco formaba parte del servicio. Laura no se había preguntado nunca por el papel que desempeñaba esa mujer, de modales distinguidos y extremadamente parca de palabras, en el entorno de su abuelo. Este le gritaba en cuanto algo no estaba de su gusto, de eso sí se dio cuenta, y también del despego con el que la trataban sus padres. Incluso les oyó cuchichear a estos algo sobre ella que entonces no entendió.
Más tarde supo que doña Eulalia era el motivo por el que sus padres se habían distanciado tanto del abuelo. Le visitaban en su casa de Murcia en Navidades y en Semana Santa y en la de la playa en verano. En ninguna de esas ocasiones estaba presente doña Eulalia en la reunión familiar que se celebraba siempre en la sala de estar de una u otra casa, aunque vagaba como una silenciosa sombra de aquí para allá ocupándose de que la merienda estuviese lista, de que se la sirviesen sobre la mesa camilla cubierta con un mantelito de encaje y de que el café o el chocolate estuviesen bien calientes.
Al contrario que a sus padres, a Laura le caía bien. Había sido siempre amable con ella, aunque no pudiera decirse que le demostrara afecto, porque a su semblante jamás afloraban sus emociones. Más bien se asemejaba a una esfinge sin expresión y sin sentimientos que se moviera como una autómata para resolver cualquier problema doméstico por insignificante que fuese. Por eso le sorprendió que, en aquella ocasión en la que sus padres la dejaran en la casa de la playa para marcharse de viaje, doña Eulalia la acompañara a su dormitorio la noche de su llegada. El cuarto que le habían destinado, de muebles oscuros y pesados que bailaban en las desmesuradas proporciones de la estancia, se encontraba en la primera planta y la señora subió a su lado la escalera, pasó un brazo sobre sus hombros al entrar en la habitación, y se sentó a los pies del enorme lecho, mientras ella se introducía bajo las sábanas.
—Mi alcoba es la de enfrente, al otro lado del pasillo, —le dijo mirándola a los ojos por primera vez—. Si tienes miedo o… o si necesitas cualquier cosa, no dudes en venir a buscarme.
Por supuesto que Laura sentía miedo. Lo notaba en las costillas que le apretaban algo por dentro. La casa era demasiado grande y demasiado
oscura y aquel dormitorio lo era también, pero se apresuró a asegurarle lo contrario.
—Gracias, pero no tengo miedo. Ya he cumplido diez años.
Su respuesta le salió de la garganta sin que pasara antes por su mente, porque sus padres le repetían incesantemente que con esa edad había alcanzado la madurez necesaria para ser autosuficiente. Ya no debía mancharse el vestido ni llorar por las noches, aunque en el exterior se desatase una tormenta y los truenos conmovieran los cimientos de la casa en la que vivían, ni cuando al anochecer su cuarto se poblaba de sombras que danzaban para ir a fundirse con la oscuridad de los rincones. Ya era mayor y debía soportar la pesada carga de serlo, sin rechistar.
Quizás doña Eulalia intuyera esa noche lo que estaba sintiendo y las ganas de llorar que apenas si conseguía reprimir, porque de improviso levantó una mano y le acarició su oscuro cabello, lacio y siempre despeinado que llevaba recogido con un pasador en el lado derecho de la cabeza. Después se levantó silenciosamente y se dirigió hacia la puerta.
Desde allí se volvió hacia ella.
—Si necesitas algo, llámame. Ya te he dicho que estoy ahí enfrente.
A continuación se marchó cerrando la puerta al salir y Laura se rebulló en la cama tapándose la cabeza con las sábanas, aunque hacía calor. Se dijo bajito que ya era mayor para experimentar esa sensación de abandono que le dolía como si se le hubiese roto algo por dentro. Ya era mayor y por serlo debía comprender que sus padres la hubiesen dejado en la casa de la playa con el abuelo, aunque este no la quería y no se hubiera dignado mirarla dos veces desde que llegara esa tarde a la casa, enclavada frente al mar en la cima del acantilado.
Claro que el motivo residiría sin duda en que ella era una niña poco agraciada. “Morenucha”, como había oído decir a sus padres cuando creían que no les oía. “Demasiado alta para sus diez años y demasiado delgada”, solían comentar pesarosamente.
Laura examinaba su rostro frecuentemente en el espejo. Sus ojos eran grandes y oscuros, bordeados de pestañas largas y negras, su nariz recta y su boca bien dibujada. Lo que estropeaba el conjunto era su cabello excesivamente abundante y lacio y sus cejas demasiado pobladas, que se
juntaban sobre su nariz, dándole a su rostro una expresión de enfado permanente, aun cuando sintiera deseos de reír.
Tampoco su figura era armoniosa. A las niñas de su clase les sacaba más de la cabeza y los vestidos que le compraba su madre le colgaban de los hombros como si de una percha se tratase, incluso cuando un cinturón le recogía los vuelos en el talle.
Sin embargo, doña Eulalia no debía haberlo considerado así, porque a su manera le había demostrado cierto afecto e incluso le había acariciado el cabello. Además, Laura no conocía el significado de esa palabra tan terrible que pronunciaban sus padres en susurros ni el motivo por el que el abuelo le gritaba tanto.
Pero esos quince días que Laura había considerado que serían interminables no lo fueron así, sino al contrario. La tarde en la que se marcharon sus padres, merendaron antes de su partida en la sala de estar y cuando Laura terminó de tomarse el chocolate caliente con bizcochos que le estaba destinado, la mandaron a jugar con Jaime, el hijo de doña Eulalia, al que encontró sentado en el poyete de la terraza, sobre el acantilado, mirando al mar como si esperase la llegada de un barco que le trajese alguna noticia importante. Le conoció ese día, porque el chiquillo tampoco participaba nunca en las reuniones familiares. Tenía dos años más que Laura y en las ocasiones en las que habían visitado a su abuelo en los años anteriores vagaba por la casa como una sombra, sin atreverse a acercársele ni tan siquiera para saludarla.
Durante los días que siguieron se separaron tan solo cuando después de cenar les mandaban a la cama. Por primera vez en su vida se había sentido ella admirada por alguien. Jaime no parecía verla como los demás: excesivamente alta, demasiado flaca, morenucha y fea y quizás porque el chiquillo se sentía también aislado y solo en aquella casa tan grande y tan oscura, barrida por el viento que soplaba al atardecer y mecida por el constante sonido de las olas, se creó entre los dos un vínculo inolvidable.
A ella le extrañaba que fuese tan distinto de su madre. Esta era alta, delgada y huesuda. Su cabello negro, recogido en un moño en la nuca, empezaba a cubrirse con hebras de plata y en su aceitunado semblante rara vez se pintaba una sonrisa. Por el contrario, la estatura de Jaime no
superaba la de Laura pese a que contaba dos años más, su cabello tenía el color de las espigas de trigo y su piel, sumamente bronceada por el sol, no recordaba a la enfermiza tonalidad que poseía la de doña Eulalia. La de una persona a la que nunca le deba el sol en el rostro. Probablemente esta no hubiese sentido nunca la tentación de tumbarse en la arena de la playa permitiendo que el astro rey la caldease por el mero placer de sentir su calor y hasta era posible que no hubiese descendido nunca a la caleta por la escalerilla de piedra para acercarse al mar y tocar el agua con las manos.
Recordaba haberle preguntado a Jaime si él se parecía a su padre y por eso era tan distinto de doña Eulalia, pero el chiquillo se había limitado a encogerse de hombros como si lo ignorase o como si en cualquier caso le tuviese sin cuidado.
Tampoco le había respondido cuando Laura intentó averiguar cómo se llamaba su progenitor y a qué se dedicaba. Habían pasado la tarde persiguiendo por la playa a las gaviotas y luego, cansados, se habían sentado en la arena para construir un castillo con almenas. Al oírla, había levantado hacia ella sus ojos de un azul clarísimo.
—¿Mi padre? Murió antes de nacer yo. No le he conocido.
—Pero sabrás al menos cómo se llamaba y si era rubio como tú, —
insistió Laura examinando curiosamente el aspecto del chiquillo que tenía a su lado, más parecido al de los turistas nórdicos que se tostaban al sol en la playa de La Escollera, la más cercana al pueblo, que al de los lugareños que había visto por allí.
Jaime, que parsimoniosamente levantaba una torre más alta que las demás, meneó negativamente la cabeza.
—No. Mi madre tenía una fotografía de él en su cuarto, pero hace tiempo que ya no está. Desde que puedo recordar, hemos vivido en Murcia, en casa de tu abuelo, o aquí durante el verano. Mi madre trabaja en las dos como ama de llaves.
No era eso lo que Laura había oído a sus padres. Estos habían utilizado otra palabra que no sonaba bien, pero como no había entendido su significado no se atrevió a discutírselo.
—¿Cómo ama de llaves? Creo que ya no existen las amas de llaves, —
le rebatió dudosa—. Me parece que eso es cosa del siglo pasado, cuando
había grandes mansiones y sus dueños disponían de un servicio al que era necesario dirigir.
—¿No? ¿Y la casa de tu abuelo no es una gran mansión?, —se burló el chiquillo.
Laura frunció el ceño y no tardó en encontrar el calificativo que le cuadraba.
—No, no es una gran mansión. Es solo un caserón viejo. Muy grande y muy viejo.
Jaime se había echado a reír con ganas.
—Estoy seguro de que ni siquiera lo has explorado nunca a fondo y deberías saber que, además de ser enorme, cuenta con unos cuantos fantasmas que se pasean por las noches por todas las habitaciones.
Laura le envolvió en una mirada desdeñosa.
—Eso es mentira. Mi padre me ha dicho que los fantasmas no existen.
El chiquillo la observó durante unos segundos con sus clarísimos ojos muy abiertos, como si se estuviese preguntando si Laura sería tonta o si lo estaría fingiendo.
—¿Y te lo has creído? Eso es lo que las personas mayores les dicen a los niños para que no sientan miedo por las noches, pero no es verdad. La próxima vez que vuelvas con tus padres a visitar a tu abuelo te lo demostraré.
—¿Me lo demostrarás?, —inquirió dudosa. ¿Sería cierto que su padre le había mentido sobre la existencia de los fantasmas?
—Sí, te lo aseguro. Podrás comprobarlo por ti misma.
—¿La próxima vez que venga?
—Eso es.
Pero no hubo una próxima vez. Quince días más tarde, cuando al atardecer subió a la casa con el chiquillo por la escalera de piedra que ascendía desde la playa, encontró en la sala de estar a sus padres que habían regresado para recogerla. Habían aparecido sin previo aviso y de su actitud no podía colegirse que la hubieran echado de menos ni que estuviesen deseosos de verla. Se limitaron a abrazarla y a reñirla después por llevar su lacia melena desgreñada, por venir rebozada en arena y por llevar además un palo en la mano. Era el palo con el que Jaime y ella ahuyentaban a las
gaviotas, pero sus padres no parecieron comprender su importancia ni lo mucho que los dos chiquillos lo valoraban.
Seguidamente se despidieron del abuelo, que abrazó a su hijo, pero que a Laura ni siquiera la miró, e iniciaron el viaje hacia Madrid, donde vivían.
Jaime les vio ir encaramado al poyete que rodeaba la pequeña placeta enlosada que precedía a la fachada principal del edificio. Dos arriates de geranios que nadie regaba crecían allí profusamente y las hierbas invadían las juntas de las losas de color rojo, descoloridas por la sal del mar.
Quizás el chiquillo se hubiese subido a esa cerca para retener durante el mayor tiempo posible la imagen de ella, que le decía adiós con la mano a través del cristal posterior del automóvil. El coche descendía la cuesta que desde lo alto del acantilado llevaba al pueblo y Laura asomó la cabeza por la ventanilla.
—¿Volverás?, —fue la última pregunta que le formuló el niño, inmóvil en el poyete y con una desolación inmensa reflejada en su sucio semblante.
—Claro, el año que viene.
Su pequeña figura fue empequeñeciéndose más y más conforme el coche se iba alejando de la casa, pero Laura le recordó siempre así. Con su rubio cabello despeinado por el viento y aquella expresión de soledad absoluta, de desesperación.
No regresaron nunca más. Escuchando detrás de la puerta del cuarto de estar de su casa de Madrid, oyó a su madre despotricar contra el abuelo y a su padre corroborar las palabras de esta, tras una conversación telefónica de estos dos últimos. Laura no llegó a saber el motivo. Contaba entonces once años y la trataban como lo que era, como a una persona mayor cuando había que reñirla y como a una chiquilla el resto de las ocasiones, pero lo cierto es que no regresaron a Murcia por Navidad ni a la casa de la playa en el verano.
Pero Laura no se olvidó de Jaime. Había sido el único amigo de su infancia y le escribía sin que sus padres se enteraran. El sobre y el papel los cogía del despacho de su padre sin que este se diera cuenta y le pedía dinero para el sello diciéndole que lo necesitaba para enviarle una carta a una monja de su colegio que había sido trasladada a otra ciudad. Las que le mandaba él, plagadas de faltas de ortografía y con los renglones torcidos,
las recibía en casa de una amiga que había llegado nueva a su clase meses antes y que era tan poco agraciada como ella. Esa falta de atractivo las unió, aunque la otra que se llamaba Emilia, no se asemejaba a una espingarda como Laura, sino que por el contrario, era bajita y rechoncha, con unas gafas de gruesos cristales que le deformaban la línea de sus ojos, achicándoselos.
Guardaba las cartas de Jaime en un cajón de la cómoda de su cuarto debajo de los cuadernos y de los libros del colegio y las releía a veces, sobre todo cuando se sentía triste. Supo por ellas que su madre le había matriculado por primera vez en una escuela pública y que tenía muy malas notas en gramática, porque escribía mal y con muchas faltas de ortografía.
Le decía también que ahora tenía amigos en esa escuela, pero que contaba los días que faltaban para que llegara el verano y regresara ella a la casa de su abuelo. Y meses más tarde, cuando al fin llegó el verano, le escribió una carta que la hizo llorar. Contenía un párrafo que la emocionaba siempre, pese a que su ortografía no podía ser más desafortunada:
“He vajado a nuestra playa a perseguir a las gabiotas y he corrido detrás de ellas con un palo como hacíamos aquel berano, pero no estavas tú. ¿Es que no vas a volber? ”
Encerraba la última frase tanta añoranza, que Laura se la repetía bajito, como para sí misma, cuando experimentaba la sensación de que no era importante para nadie. Ni para los que habitaban en su casa ni para las niñas de su colegio. Solo para él que aguardaba impaciente su regreso.
En los años que siguieron no oyó a sus padres pronunciar el nombre de su abuelo ni este volvió a llamar por teléfono. Laura no dejó de escribirle a Jaime cuando creció, aunque su imagen se fue borrando poco a poco de su retina. Era solo ese amigo de la infancia que unos niños tienen y otros se inventan. Nunca se le ocurrió pensar que habría cumplido años a la vez que ella. Cuando fantaseaba sobre él, le veía con su pelo rubio y sus clarísimos ojos azules corriendo en la playa tras las gaviotas o despidiéndose de ella aquella tarde, encaramado al poyete de la placeta, pero siempre con la misma edad.
En plena y turbulenta adolescencia decidió Laura ir a la universidad para licenciarse en historia. Fue entonces cuando la imagen de Jaime se fue tornando borrosa hasta ir desvaneciéndose en la oscuridad de sus recuerdos infantiles. Durante esos años tuvo un par de novios desgreñados, compañeros de clase, que sus padres no aprobaron. Laura se cansó de ellos enseguida. Ninguno de los dos pasó de primero de carrera, enloquecidos como estaban por participar en todas las huelgas que se organizaban y en fabricar unas enormes y reivindicativas pancartas que cada vez exigían una cosa diferente. Ella sí terminó sus estudios y consiguió colocarse como profesora de historia en un colegio privado. Tenía pocas horas lectivas, por lo que su sueldo era bastante reducido, pero como vivía en casa de sus padres disponía del suficiente para sus caprichos y para sus viajes.
De improviso, sin ningún cataclismo que lo predijera, su pequeño mundo se vino abajo. Sus padres, viajeros infatigables, que nunca habían demostrado necesitar a Laura como parte de sus vidas, tomaron un avión rumbo a Canadá para celebrar sus bodas de plata y aquel se estrelló poco antes de aterrizar. Después, todo se tornó confuso. Un amigo de su padre que era abogado le explicó que la casa en la que vivían era alquilada y que ella podía subrogarse en el contrato de arrendamiento de sus padres, pero pronto advirtió que no podía pagar la renta con su sueldo de profesora.
El abogado le explicó también que sus padres no le habían dejado nada en herencia. Habían vivido alegremente, habían disfrutado hasta el último segundo, sin ahorrar un céntimo. Incluso el viaje a Canadá lo habían financiado con un préstamo que Laura debería devolver ahora si aceptaba la herencia. ¿Qué herencia iba a aceptar si no le habían dejado nada?, se preguntó al oírle, con la mente tan neblinosa como si la hubiera invadido una nube de algodón.
Esa pregunta debió formulársela al abogado en voz alta, porque este se enfrascó en un galimatías sobre la aceptación de la herencia a beneficio de inventario, que ella no escuchó y que en cualquier caso no hubiera entendido. Lo único que le había quedado claro era que debería abandonar el piso en el que vivía y buscarse otro que pudiera pagar.
Se trasladó a una pensión de mala muerte con su ropa, su ordenador portátil y sus libros, pues los muebles se los quedó el dueño de la casa para
resarcirse de la última mensualidad que no le habían abonado sus padres. Y
lo peor estaba aún por llegar. A los pocos días de instalarse en la pensión la llamó el director del colegio a su despacho. Se deshizo primero en alabanzas sobre la valía de Laura y sobre la empatía que había demostrado con sus alumnos, para concluir diciéndole que se veía obligado a prescindir de sus servicios. El colegio iba mal y no tenía más remedio que efectuar recortes en su personal.
Laura le escuchó sin esbozar un solo gesto. No le había escuchado, porque había intuido el motivo por el que la había citado en su despacho antes de que comenzara a hablar. Se limitó a hacer un gesto de asentimiento y a ponerse en pie para abandonar la habitación. Como una autómata recorrió el largo pasillo con aulas a ambos lados y salió a la calle. Estaba lloviendo. El agua que caía de las nubes racheada por el viento le empapó el rostro, pero se limitó a secársela con un pañuelo sin que le incomodara mojarse. Le hubiera dolido en cambio que luciera un sol resplandeciente, le hubiera parecido incongruente. Llovía como tenía que llover, como debía escenificarse la tarde que estaba padeciendo. Una tarde de mediados de septiembre en la que el viento arrancaba nostálgicamente las hojas amarillas que quedaban en los árboles, a la par que las nubes dejaban caer sobre Madrid el agua que les sobraba.
Tropezando con los adoquines de la calle, mal pavimentada, llegó a la pensión. El edificio no disponía de ascensor, por lo que subió por la escalera hasta su cuarto, una habitación pequeña en la que solo cabía una cama, con una mesilla a su lado. Se sentó en el lecho e intentó pensar sin conseguirlo.
Entonces sonó su móvil. Era el hijo del abogado de su abuelo que vivía y tenía su despacho en Murcia. La llamaba para comunicarle que su abuelo había fallecido y que le había dejado en herencia la casa de la playa y unos terrenos cercanos. Aquella casona tan grande y tan vieja de la que tan solo recordaba la mesa camilla de la sala de estar y la playa que se extendía a sus pies, en la que jugaba antaño con Jaime a perseguir a las gaviotas y sí, aquel dormitorio enorme que había sido el suyo durante la quincena en la que sus padres la dejaron al cuidado del abuelo.
Y por eso estaba allí luchando con el viento. Dejando atrás Santa Ana, se había desviado de la autovía que en la provincia de Murcia llevaba al
Cabo de Palos y enfilado otra comarcal que conducía a la abrupta costa ubicada más al sur. Tras bordear una curva del camino, había detenido el coche en la cuneta al percibir por la ventanilla el inolvidable olor del mar.
Prudentemente, tras descender del vehículo, se aproximó al borde del acantilado para contemplar aquella inmensa extensión azulada que poseía un aroma propio y una calmosa cadencia también única. Igualmente su sonido era especial. No se parecía a ningún otro y sin saberlo ella lo había echado de menos durante los años que habían transcurrido desde que visitara con sus padres al abuelo por última vez.
Pero debía continuar camino adelante para llegar a la casa antes de que anocheciera. Había recogido en Murcia la llave que le había entregado el hijo del abogado de su abuelo y se dirigía ahora al edificio que ya le pertenecía, para comprobar si se encontraba en buen estado para, en caso afirmativo, ponerlo a la venta. Con el dinero que obtuviera podría alquilar otra vivienda en Madrid y sobrevivir, aunque le llevara un tiempo encontrar trabajo.
Palpó el bolsillo de su pantalón vaquero para comprobar que la llave de la casa continuaba dentro. El abogado le había entregado al mismo tiempo la escritura notarial que acreditaba que la había adquirido ella por herencia de su abuelo, a la par que los terrenos próximos. La había firmado él en una notaría de Murcia con el poder que le había enviado ella semanas antes. ¿Se mantendría en el mismo estado en el que la recordaba? Alta y oscura, recortándose en la cima del acantilado sobre un cielo escandalosamente azul, con el mar a sus pies, oscilando suavemente este en ocasiones hacia la playa y en otras rugiendo contra la costa como si estuviera enfurecido.
Con un suspiro se introdujo nuevamente en su vehículo, un Ford Fiesta de segunda mano de color azul grisáceo, y arrancó el motor. El camino avanzaba ahora en línea recta, con el mar a su derecha, y no tardó en divisar a lo lejos la oscura y solitaria mole de la casa en lo alto del acantilado.
Ahora que se iba acercando distinguió las ventanas de la planta baja y los balcones de la planta superior herméticamente cerrados. El edificio constaba de una planta más, retranqueada y con el tejado abuhardillado. Sus ventanas tenían también los postigos de madera bien afianzados y sin saber por qué sintió frío. Parecía una casa abandonada. No se veía un alma por los
alrededores, lo que no era de extrañar porque la tumultuosa urbanización de los veraneantes se hallaba a más de un kilómetro de distancia, en una playa cercana. El abuelo había vendido los terrenos a una promotora años atrás, reservándose los que mediaban entre esa urbanización y su vieja casona para que, según les comunicó a sus padres, no le molestase su algarabía.
Laura recordaba que hasta allí no llegaba el estridente sonido de la música de las discotecas ni el alboroto de las diversiones de los turistas. Antaño no lo había advertido, pero en ese momento experimentó la impresión de que la casa del abuelo parecía estar aislada del resto del mundo sobre el rocoso promontorio, con la única compañía de las gaviotas que revoloteaban a su alrededor.
Al acercarse más al edificio se preguntó si encontraría dentro a doña Eulalia que la estuviese esperando para darle la bienvenida. El abogado le había dicho que esta había heredado la casa de Murcia, en la que vivía en invierno con el abuelo, y sin duda se habría trasladado ya allí, porque cuando descendió del coche, después de aparcarlo al otro lado del poyete que circundaba la placeta, no vio ningún vestigio de que la casa estuviese habitada. La placeta seguía igual que antaño, con los mismos arriates de geranios que crecían exuberantemente, desbordantes de flores de todos los colores, pese a que nadie los regaba.
Una gaviota pasó graznando junto a ella cuando rebasó la cerca y la atravesó. Por tres escalones se accedía al porche, apuntalado por dos pilares ocultos tras una bougainvillea que cubría de flores rojas el frente del edificio y trepaba hasta el balcón, volado sobre aquel. Introdujo la llave en la cerradura, al tiempo que la gaviota revoloteaba en dirección al mar, mientras ella empujaba la puerta y entraba en el vestíbulo.
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