El acantilado de las gaviotas
Capítulo 3
La despertaron los graznidos de dos gaviotas que se habían posado en la barandilla del balcón y se incorporó sobresaltada. Le había costado conciliar el sueño, pero ahora le supuso también un esfuerzo volver al presente y recordar los sucesos de la noche anterior. Tenía que haberlos imaginado, se dijo. Aquella casa tan grande, tan antigua y tan solitaria excitaba la imaginación de cualquiera. Ese día era domingo, pero al siguiente se acercaría al pueblo para encomendarle su venta a una agencia inmobiliaria y, en cuanto consiguiera transmitírsela a algún caprichoso al que le gustaran las casas antiguas en la que se produjeran absurdos fenómenos espectrales durante la noche, regresaría a Madrid con el dinero que hubiese obtenido e intentaría encontrar trabajo en algún colegio.
Más tranquilizada se levantó y se puso sobre el camisón la bata azul que había sido de su madre y que le quedaba algo grande, pero cumplía su cometido y ella no podía gastar un dinero que no tenía en un artículo de lencería tan superfluo.
Fuera, un sol resplandeciente se filtraba a través de los cristales del balcón, que abrió para apoyarse en la balaustrada a contemplarlo. Brillaba en un cielo intensamente azul sobre un mar en calma. Se deslizaba este suavemente hacia la playa, cubriendo la arena dorada con su espuma blanca, para luego retirarse llevándosela consigo. Era imposible que en aquel escenario hubieran ocurrido los sucesos de la noche anterior, se dijo.
Lo real era lo que podía ver ahora. Una mañana radiante y soleada, como solían serlo en toda época, incluso en invierno, en la costa de Murcia y tenía que haber imaginado el haz de luz que había creído ver que se escapaba bajo la puerta del dormitorio del abuelo.
Necesitaba un café que la despejase, por lo que volvió a entrar en su dormitorio y descorrió el pestillo de la puerta. El pasillo, iluminado por la claridad que penetraba por el balcón de su cuarto, no le pareció tan tétrico ni tan oscuro. Mientras descendía los peldaños de la escalera, recordó haber visto la tarde anterior en la despensa un paquete de café molido. Tendría que buscar una cafetera y desayunaría espléndidamente acompañando con la oscura infusión el bocadillo de mortadela que había traído de Madrid.
Probablemente estaría ya gomoso e incomestible, pero lo importante era matar el hambre de cualquier forma hasta que consiguiese realizar la venta de la casa.
Se encontraba en la cocina revolviendo el interior de los viejos armarios de madera que cubrían las paredes, cuando oyó el timbre de la puerta y respingó sobresaltada. ¿Quién podía ser el visitante? No conocía a nadie en la zona y en la cima del acantilado no había más casa que la de su abuelo, la que ahora era suya, por lo que no tenía vecinos que pudieran haber decidido acercarse a saludarla. Con suma precaución salió al pasillo y cuando desembocó en el vestíbulo se aproximó al portón para atisbar el exterior por la mirilla. Un hombre al que no conocía se encontraba en el porche.
—¿Quién es?, —le preguntó desconfiadamente a través de la hoja, con la mano colocada sobre la llave que la víspera había dejado puesta en la cerradura.
—Ábrame, vengo a traerle su perro, —oyó decir al desconocido.
Aunque el hombre no podía verla, meneó negativamente la cabeza, agitando su despeinada melena, y esbozó un gesto de desconcierto.
—¿Mi perro? Yo no tengo perro. Me parece que se ha equivocado usted.
La voz de él sonó ahora resignada, como si se viera obligado en ese momento a explicar algo que era evidente a una persona con una mente obtusa.
—Sí es su perro. Es el perro de esta casa y por esa razón se lo traigo.
Soy el veterinario del pueblo y he estado cuidando del animal desde que se marcharon sus anteriores habitantes. ¿Me abre o no? No puedo pasarme en este porche todo el día, ¿me entiende?
Había ido elevando la voz y Laura se sintió en ridículo al manifestar tanto recelo. Cuidadosamente descorrió el cerrojo del portón y luego abrió
este unos centímetros. Por la abertura distinguió a un joven alto y fornido que sujetaba por la cadena a un enorme mastín. Él acabó de abrir la puerta y entró con el perro en el vestíbulo, donde se la quedó mirando con el ceño fruncido.
—¿Ha venido usted con la nueva dueña de esta casa, verdad? Me llevé el perro la semana pasada, cuando doña Eulalia se marchó a Murcia, porque no sabíamos cuando iban a llegar ustedes, —repitió.
Laura levantó la vista hacia su rostro, bronceado por el sol, en el que destacaban unos ojos de un azul clarísimo. Su cabello era dorado, con algunos mechones más claros aún que le resbalaban sobre la frente y llegó a la conclusión de que no le había visto en su vida.
—¿Y usted quién es?
—Ya le he dicho que soy el veterinario del pueblo, —repuso pacientemente él—. Pero bueno, ¿se queda con el perro o no?, porque supongo que no me he equivocado y que ha venido usted a hacerse cargo de la casa por encargo de la nieta de don Andrés Villamil.
Sorprendida, enarcó las cejas.
—La nieta de don Andrés Villamil soy yo. Me llamo Laura Villamil.
La estupefacción más absoluta se pintó en el rostro de él, entremezclada con algo indefinible que quizás pudiera calificarse de añoranza. La miraba incrédulamente con sus clarísimos ojos azules entornados.
—¿Laura?, ¿eres Laura? No es posible.
Estudiaba incrédulamente sus facciones como si pretendiera reencontrar en ellas algo de las de la niña que había sido y ella terminó por impacientarse.
—¿Nos conocemos? No recuerdo haberle visto nunca a usted. Claro está que la última vez que vine a visitar a mi abuelo tenía diez años. ¿Vivía usted en la urbanización de la playa de La Escollera o quizás en el pueblo?
Él se echó a reír sin apartar los ojos de ella.
—¿Tanto he cambiado yo también? Soy Jaime.
Ahora fue Laura quien abrió la boca con asombro. ¿Jaime?, ¿cómo era posible? Cuando se despidió de él la última vez que visitara al abuelo con sus padres, era un chiquillo esmirriado al que ella le sacaba la cabeza. Su
cabello de tan rubio parecía blanco y sus ojos… sí sus ojos sí eran los mismos, de un sorprendente color azul.
—¿Eres Jaime?, no pareces tú, —musitó aturdida, buceando en su memoria para recuperar en ella algo del chiquillo, compañero de juegos de su infancia, que dejara años atrás encaramado al poyete de la placeta diciéndole adiós con la mano.
—Tampoco tú pareces la misma, —convino Jaime sin dejar de contemplarla con una mezcla de ternura y de nostalgia—. ¿Qué fue de aquel entrecejo que tenías?
—Me lo depilé, —replicó ella en el mismo tono.
—Tampoco has crecido tanto como prometías.
—En cambio tú que eras bajito y delgaducho…
Jaime volvió a reír.
—Sí, de pronto di un estirón y dejé sorprendidos a todos los que me rodeaban. Conseguí lo que ninguno hubiera podido imaginar que lograría.
Mirarles por encima del hombro.
Evocó Laura la alta y enjuta figura de su abuelo. Una especie de prepotente cacique a la que todos temían y que a ella la aterrorizaba cuando se dignaba clavar en la niña que había sido sus penetrantes ojos oscuros.
—¿A mi abuelo también?
El atractivo semblante de él se oscureció.
—No, a tu abuelo no. No me dio ocasión, porque cuando alcancé este tamaño me había marchado ya de esta casa. Dudo de que, en cualquier caso, me hubiera permitido ponerme a su lado para comparar nuestras estaturas, porque siempre me ignoró.
—Y a mí, —corroboró Laura—. No le gustaban los niños o quizás fuera que a mí me encontrara demasiado fea, pero tú, aunque canijo y esmirriado, tenías cara de angelote.
—¿Fea? A mí nunca me pareciste fea, —replicó Jaime sonriendo con sorpresa no exenta de melancolía—. Aunque tengo que reconocer que has mejorado bastante.
Se interrumpió para dirigir una mirada en torno como si quisiera apreciar si el vestíbulo continuaba teniendo el aspecto de siempre o si ella había tenido tiempo ya de introducir algún cambio. Debió de llegar a la
conclusión de que todo continuaba estando en su lugar, porque sonrió nuevamente.
—¿Cuándo has vuelto?
—Anoche, llegué anoche.
Él volvió a inspeccionar detenidamente el vestíbulo y fijó su mirada en el viejo sillón de mimbre con su raído cojín como si lo asociase con viejos recuerdos.
—Claro, por eso no has tenido tiempo aún de tomar decisiones sobre el mobiliario. Pero ahora, si te parece, voy a llevar el perro al cobertizo del patio y luego podrías invitarme a desayunar. Sé que mi madre te dejó la despensa bien provista.
Sus palabras, que confirmaron lo que ya había comprobado la tarde anterior, la alegraron tanto como cuando hizo ese descubrimiento la víspera.
Tanto, que olvidó oponerse a que le encomendara el enorme perro y se hizo a un lado para permitirle pasar al pasillo con el mastín y dirigirse a la cocina desde donde se accedía al patio al que había aludido. Aún no había tenido oportunidad de comprobar si se mantenía como antaño, cercado por de una tapia de unos dos metros de altura, enteramente oculta bajo unos jazmineros azules entremezclados con bougainvilleas de todos los colores. Las flores en aquella región parecían crecer y expandirse por doquier sin necesitar que nadie las cuidara. Recordaba también que al fondo de ese patio existía antaño una especie de cobertizo en el que se guardaban unos aperos de labranza, que nadie utilizaba, y en unos enmohecidos estantes de madera, frascos de cristal conteniendo herbicidas, raticidas y sprays contra los insectos. Tiempo atrás, el patio se utilizaba fundamentalmente para tender la colada, pero, por lo que podía recordar, su abuelo odiaba a los animales.
Resultaba, por tanto, sorprendente que hubiese sido propietario del mastín que Jaime le había traído. ¿Tanto habría cambiado aquel en sus últimos años?
—No puedo quedarme con ese perro ni con ningún otro, —se limitó a objetar, ya en la cocina a donde le había seguido—. He venido con la intención de vender esta casa y me marcharé en cuanto lo consiga. ¿Qué haría yo con este perrazo tan descomunal en un piso de Madrid?
Él parpadeó incrédulamente.
—¿Vas a volver a Madrid? Pensé que te quedarías aquí.
—No. Soy profesora de historia y necesito encontrar un trabajo. En Madrid hay cientos de colegios y en alguno me aceptarán, ¿comprendes?
Tirando del mastín la precedió al salir al patio por una puerta trasera de la cocina. Laura pudo comprobar de una sola ojeada que no había experimentado ninguna variación respecto a lo que conservaba de este en su memoria. Como antaño, las mismas enredaderas crecían exuberantemente rebosando la tapia y colgando hacia el exterior, la misma gravilla cubría el suelo rocoso y al fondo, adosado a la pared y algo más decrépito, vio el viejo cobertizo donde se escondían de niños. Incluso permanecía idéntico el viejo farol que colgaba del muro exterior de la cocina y que constituía la única iluminación del patio cuando oscurecía.
Jaime extrajo del cobertizo un saco de pienso para perros que vertió en una desportillada palangana, así como un cubo que llenó de agua en el grifo de la cocina. Luego le entregó ambos objetos, señalándole al perro.
—Es su comida, pero conviene que se la des tú para que comprenda que eres su dueña. Los perros, y en general todos los animales, quieren a quien les da de comer.
Sin ganas de discutir, Laura buscó una sombra en aquel florido recinto, achicharrado por el sol, y el perro se abalanzó sobre la palangana meneando alegremente el rabo. El olor del pienso no era precisamente grato, pero al animal sí debía parecérselo porque lo engulló ruidosamente en un santiamén y luego se bebió el agua del cubo con unos sorbetones que cualquier persona de la capital hubiera considerado ordinarísimos.
—Tienes que ponerle la comida en la palangana todas las mañanas, —le explicó Jaime mientras regresaba con ella a la cocina—. Los perros comen una sola vez al día, ¿entiendes?
Ya dentro de esta última estancia, la recorrió con los ojos, buscando algo.
—Vamos a ver, —empezó, como si hablara consigo mismo—. El café debe de estar en la despensa y también las magdalenas que hace mi madre.
La última semana se dio la gran paliza preparando la masa de esos bollos y arreglando la casa para que la encontraras de tu gusto cuando volvieras.
Busca tú la cafetera mientras tanto, que yo iré a por el café.
—Ya la he buscado y no la encuentro.
Con un suspiro de resignación la extrajo él de un armarito bajo y se la entregó.
—¿Sabes hacer café? Si no sabes, déjame a mí y trae tú las magdalenas de la despensa. Están en una caja metálica.
Poco después se sentaban los dos en la mesa de mármol, ubicada en el centro de la cocina, con dos tazones de café con leche y un plato de las magdalenas, especialidad de Doña Eulalia.
—¿Cómo está tu madre?, —le preguntó ella—. Supongo que habrá lamentado marcharse de aquí.
Jaime se apresuró a menear negativamente la cabeza.
—No, no lo creo. Lo que incomprensiblemente sintió fue la muerte de tu abuelo, porque…
—… porque era inaguantable, —terminó Laura por él—. Recuerdo que en las dos semanas que pasé aquí hace muchos años, cuando mis padres se marcharon de viaje, no se dignó dirigirme la palabra. ¿Te hablaba o te saludaba a ti después cuando os cruzabais por el pasillo, en el tiempo que ha transcurrido desde entonces?
Jaime esbozó una mueca desdeñosa.
—¿A mí? Simplemente me ignoraba. En los años que siguieron a tu marcha, me hubiera gustado preguntarle cuando ibas a volver, pero no me atreví. Te esperaba verano tras verano.
Ella sonrió evocando su última visita al abuelo y la despedida de Jaime en lo alto del poyete de delante de la casa diciéndole adiós con aire desolado, mientras su padre arrancaba el coche para regresar a Madrid.
—Sí, recuerdo que prometiste enseñarme los fantasmas de la casa y anoche…
Él se la quedó mirando en silencio.
—¿Sí?, continúa, ¿qué ibas a decir?
—Que anoche comprobé que tenías razón. Me desperté de madrugada y, cuando me dirigía al cuarto de baño, vi un rayito de luz que escapaba por debajo de la puerta del dormitorio de mi abuelo. Entré en ese cuarto para averiguar qué lo producía pero en la habitación no había nadie. ¿Es que
sucedían esas cosas cuando éramos niños y por eso me dijiste que en esta casa había fantasmas?
En el bronceado semblante de él, de un tostado infrecuente en un hombre de cabello rubio y con unos ojos de color tan claro, se pintó la estupefacción más absoluta.
—¿Luz debajo de la puerta de ese cuarto?, no lo entiendo. Y tampoco recuerdo haberte dicho que en esta casa hubiera fantasmas, porque nunca los ha habido. Entre otras razones, porque no existen. ¿No lo imaginarías?
También se lo preguntó ella a sí misma en ese momento. Quizás estaba soñando algo semejante y al despertar había prolongado las imágenes que había entrevisto dormida y las había transferido a su presente real. El sol radiante que penetraba por la ventana abierta de la cocina la ratificó en la conclusión de que todo lo sucedido durante la noche había sido imaginación de sus sentidos. Parecía tan absurdo fantasear sobre fantasmas en una mañana tan soleada… Y más absurdo aún haber llegado a suponer que el espectro de su abuelo se paseaba por su dormitorio portando una linterna cuyo resplandor escapaba bajo la puerta de su dormitorio.
Se dio cuenta en ese momento de que sabía muy poco del que había sido dueño de la casa que había heredado y se quedó callada durante una décima de segundo preguntándose qué habría ocurrido quince años antes entre sus padres y él para que se hubieran distanciado hasta el extremo de no volver a hablarse. Sus padres no le dieron entonces a ella ninguna explicación. Simplemente se negaron a volver a visitarle en verano en su caserón del acantilado. Quizás supiera Jaime el motivo.
—Yo era pequeña y no me enteré de lo ocurrido, pero mis padres y mi abuelo debieron pelearse. ¿Sabes tú por qué?
Él hizo un gesto vago que podía interpretarse de muchas formas. Laura llegó a la conclusión de que lo sabía, pero que no se lo quería decir.
—¿Y de qué murió?, —insistió ella, cuando se convenció de que en cualquier caso él no estaba dispuesto a aclarárselo—. A mí me parecía muy viejo, pero a los niños todas las personas mayores se lo parecen.
Probablemente no lo sería tanto.
Jaime se encogió de hombros. Parecía incómodo y deseoso de cambiar de conversación.
—Yo ya no vivía en esta casa, —repuso al fin—. Cuando cumplí dieciocho años me marché a Murcia a estudiar veterinaria y no volví aquí ni siquiera en vacaciones. Mi madre me visitaba entonces en la pensión en la que vivía. Después, cuando terminé la carrera, regresé a este pueblo y alquilé una casa de dos plantas. Tengo una clínica en la planta baja y vivo en la superior. Hace unos días he comprado el edificio.
—¿Tu madre se quedó en esta casa, cuando regresaste con la carrera terminada habiendo podido irse a vivir contigo?, —se extrañó ella estudiando atentamente su semblante.
—Si, no quiso abandonar a tu abuelo. Ya te he dicho que tengo una clínica de animales, fundamentalmente de perros y de gatos, aunque a veces me llaman para que asista al parto de alguna vaca. Me va bastante bien. ¿Y
tú a qué te dedicas?
Respiró hondo Laura recordando el colegio donde trabajaba y el despacho del director, la tarde en que la despidió.
—Me licencié en historia y daba clase en un colegio privado en Madrid, pero me despidieron. Poco después murió el abuelo y su abogado me llamó para decirme que había heredado esta casa. Por eso he venido. Quiero venderla y volver a Madrid a buscar trabajo.
Se acodó él en la mesa y se la quedó mirando pensativamente. Quizás rememoraba los tiempos en los que siendo niños se perseguían en la placeta o jugaban al escondite agazapándose tras las palmeras que crecían delante de la casa, porque su expresión era nostálgica.
—¿Y tiene que ser en Madrid donde busques trabajo? Podrías dar clase en un colegio privado del pueblo. ¿Lo recuerdas?
Ella meneó negativamente la cabeza.
—No, ¿por qué?
—Está enclavado cerca del paseo marítimo en un edificio nuevo y creo que este año no han conseguido cubrir todas las plazas de profesores. A este pueblo solo viene la gente a veranear, pero cuando se trata de trasladarse aquí para residir durante todo el año no es fácil encontrar voluntarios. —La observó con la cabeza ladeada antes de preguntarle—: ¿Tiene que ser forzosamente de historia de lo que des clase? ¿No te daría lo mismo enseñar geografía, latín o ciencias de la naturaleza?
Lo consideró ella en silencio antes de menear negativamente la cabeza.
—No me daría lo mismo, aunque en estos momentos mi penuria es tan absoluta que aceptaría cualquier trabajo que me ofrecieran. ¿Pero crees que me contratarían habiendo comenzado el curso hace unos días?
—Sí, si no han contratado aún a un profesor de historia, —replicó Jaime
—. Si te interesa, podría acompañarte mañana al colegio y presentarte al director. Somos viejos amigos. Su mujer tiene un perro y dos gatos de los que me ocupo, porque padecen unas diarreas descomunales a causa de las chucherías que se empeña su dueña en darles de comer. Se lo he explicado en todos los idiomas, pero no se da por enterada. ¿Qué te parece?
En ningún momento le había pasado por la cabeza a Laura la idea de quedarse a vivir en la casa de la playa del abuelo ni la de trabajar en un pueblo tan alejado de su entorno y de sus amistades, pero al rememorar los bocadillos de mortadela que la aguardaban en la mochila que había dejado en su dormitorio se animó a aceptar inmediatamente.
—¿Me harías ese favor?
—Por supuesto. Ya te he dicho que no es fácil encontrar profesores que estén dispuestos a trasladarse a este pueblo. Aunque corto, el invierno aquí es muy tristón y los niños a los que tendrías que dar clase por lo visto son insoportables.
Lo consideró ella en silencio. Probablemente no conseguiría en solo un par de días vender el caserón que había heredado ni los terrenos que mediaban entre la casa y la playa de La Escollera donde se apiñaban los veraneantes, por lo que necesitaba urgentemente un trabajo que le permitiese sobrevivir. Más tarde, cuando hubiera conseguido el objetivo que se había propuesto y hubiese logrado transmitir esos inmuebles, se plantearía despedirse del colegio y regresar a Madrid.
—Te agradecería muchísimo que me presentases al director, —replicó sin necesidad de detenerse a reflexionar sobre ello—. Aunque por lo visto he heredado una fortuna del abuelo, estoy sin blanca. Mis padres, al morir, no me dejaron nada más que deudas y desde que perdí mi trabajo en el colegio he sobrevivido de milagro.
Jaime le dirigió una mirada de soslayo. Parecía estar imaginando las dificultades por las que ella había tenido que pasar, porque sus ojos
traslucieron algo semejante a la ternura.
—Bueno, bueno, ya pensaremos cómo solucionar todos tus problemas mañana. Pero hoy es domingo, así que estamos de vacaciones y debemos preocuparnos solamente de divertirnos.
Aprobó ella sus palabras, aunque levantó una mano como pidiendo una tregua.
—Sí, pero antes me gustaría pedirte que me acompañases al dormitorio de mi abuelo. Quiero comprobar a la luz del día que no hay nada en esa habitación que pudiera producir lo que creí ver anoche, aunque seguramente sería un espejismo. No te importa, ¿verdad?
—Claro que no. Podemos incluso explorar toda la casa. Ha pasado tanto tiempo desde que viniste por última vez que probablemente ni siquiera la recuerdes.
Había en su tono un velado reproche, como si la responsabilizara de los años que habían transcurrido desde que él la despidiera encaramado al poyete que cercaba la fachada. Era entonces tan bajito y tan pequeño y su expresión traslucía tal desolación…
Juntos subieron la escalera que arrancaba en el vestíbulo y al alcanzar el pasillo de la planta superior fue él abriendo a su paso las puertas que, a ambos lados, permanecían cerradas. La primera de la derecha daba paso al dormitorio de Laura, por lo que siguieron de largo y entraron en el que había pertenecido a doña Eulalia, enfrente del de ella. Jaime descorrió la falleba de los postigos del balcón y la luz del sol se paseó por una habitación que debía llevar tiempo cerrada, porque olía a la humedad característica de las casas cercanas al mar. El mobiliario de que disponía era sobrio. Una cama grande con cabecero de madera oscura y una mesilla sobre la que Laura vio una fotografía con marco plateado en la que podía verse a su hijo, con no más de doce o trece años, con su rubísimo cabello y sus claros ojos azules mirando a la cámara. Le enterneció verle. Era la imagen de él que había retenido tanto tiempo en su retina, la del chiquillo con aire extranjero y solitario, que se deslizaba silenciosamente por las habitaciones sin que nadie le hiciera caso. Sonreía ahora, despreocupadamente en apariencia, cuando desvió la mirada de la fotografía hacia el rostro de ella, pero era imposible que no experimentara
un resentimiento hondo contra su abuelo por el maltrato de que había sido objeto por parte de este durante su infancia.
En una esquina de la habitación divisó la inevitable palangana en su soporte de madera blanca y recordó que tampoco doña Eulalia tenía derecho entonces a utilizar el cuarto de baño. ¿Cómo podría haber aguantado ella durante tantos años al tirano de su abuelo?
Al acercarse Laura al balcón advirtió que este se alzaba precisamente sobre el portón de entrada. Las flores rojas de la bougainvillea, que se enroscaban en los pilares del porche, se posaban sobre la barandilla del balcón y trepaban por la fachada, asidas a los verdes tallos de la enredadera.
Cubrían también de follaje el tejadillo del porche, a la sombra de ese balcón. Aunque no recordaba que nadie se ocupara antaño de regarla, había sobrevivido incomprensiblemente durante muchos años, lo mismo que los geranios de la placeta.
Salieron los dos al pasillo y dejaron atrás el dormitorio de Laura.
Contiguo a este se encontraba el cuarto que había ocupado Jaime, con una sola cama, la palangana y un balcón volado sobre la playa, como el de ella.
Aún retenía entre sus paredes pintadas de color azul los recuerdos de aquellos días de verano, en los que Jaime y ella jugaban en esa habitación al anochecer sin que nadie les vigilara ni les regañara por dar saltos sobre el lecho ni por arrojar a la playa desde el balcón aviones de papel.
La habitación siguiente era el cuarto de baño, espacioso, destartalado y decrépito, con su anacrónica tina, sus grifos de hierro y su lavabo desportillado. Un cuarto de baño reservado en exclusiva al abuelo, en el que ellos jamás entraron, porque eso sí que les hubiera costado un serio castigo.
Y a continuación se hallaba la sacrosanta alcoba del dueño de la casa.
Qué distinta le pareció ahora a Laura, a la luz del día y en compañía de Jaime. Sus dimensiones eran aún mayores que las de los restantes dormitorios y su mobiliario también más oscuro que la de estos, pero por lo demás no inspiraba ninguna sensación de temor. ¿Qué podía haber producido el haz de luz que escapaba por debajo de la puerta la noche anterior?
Levantó la mirada hacia el semblante de Jaime y comprobó que sonreía con aire indiferente, como si no asociase aquella habitación con ningún
acontecimiento desagradable, lo que a Laura le extrañó. Recordaba ella que una tarde en la que jugaban los dos a las canicas en el pasillo de esa planta, se les coló una por la puerta entreabierta de ese dormitorio. A gatas introdujo él una mano dentro la alcoba con la intención de recuperar la canica. El abuelo estaba sentado en su butaca leyendo el periódico y les dedicó un grito tan estentóreo que les obligó a recular hacia el corredor, asustadísimos.
—¿No te acuerdas de… no te acuerdas de aquella tarde en que perdimos aquí dentro una canica y que…?
Él se echó a reír con ganas.
—Claro que me acuerdo. El berrido de tu abuelo conmovió los cimientos de la casa. Me acuerdo como si fuera ayer.
Desvió él la mirada de su rostro y se giró en redondo sobre sí mismo para estudiar la habitación.
—¿Ves como no hay nada en este cuarto que haya podido producir la luz que creíste ver salir anoche por debajo de la puerta?, —le preguntó en un tono intrascendente, sumamente tranquilizador—. Probablemente tendrías alguna pesadilla.
La tomó por el codo para hacerla salir del dormitorio.
—Al fondo del pasillo comienza una escalera y arriba están los dormitorios que ocupaban los criados, —le explicó señalándosela—.
¿Quieres que subamos?
—No, en este momento no.
—¿Qué te parecería si bajáramos ahora a bañarnos a la playa?, —le propuso Jaime—. Por fortuna en esta tierra el verano es muy largo y el agua, aunque estamos a finales de septiembre, aún estará calentita. ¿Te apetece?
Evocó Laura la solitaria playita bordeada de escollos donde jugaban de niños. Un promontorio rocoso la separaba de otra playa desierta, contigua a los terrenos que había heredado de su abuelo y más allá, en la playa denominada de La Escollera, el bullicioso complejo turístico de los veraneantes rompía el plácido silencio del entorno en el que estaba enclavado, sin que sus ecos alcanzasen la quietud que envolvía la cumbre del acantilado.
—Me parece una idea estupenda, —aprobó ella—. ¿Has traído bañador?
—Claro, lo tengo en el coche. ¿Y tú?
—Yo lo tengo en la maleta, pero me cambiaré ahora mismo. ¿Sabes si funciona la tina del cuarto de baño? Parece un poco oxidada, pero me gustaría darme una ducha.
Jaime se echó a reír con ganas.
—¿Te acuerdas? Solamente la usaba el egoísta de tu abuelo y los demás teníamos que conformarnos con una palangana que llenábamos con un jarro de agua fría, incluso en septiembre, porque a principios de octubre nos marchábamos a Murcia. Pero me has preguntado por la tina y sí, sí funciona.
Su expresión era extraña ahora. Parecía denotar por primera vez un resentimiento hondo, que Laura atribuyó a la egolatría de su abuelo y al uso exclusivo que este hacía del cuarto de baño de la planta superior, con desprecio absoluto por los restantes habitantes de la casa considerados familiares. Estos utilizaban la palangana de cada dormitorio y el inodoro del aseo, ubicado junto a la cocina, que el abuelo consideraba un lujo, aunque aquellos se vieran obligados a bajar una planta para utilizarlo.
Laura le observó con curiosidad con sus grandes ojos oscuros, preguntándose si no le estaba ocultando algo.
—Y si dejaste de vivir con tu madre y con mi abuelo hace diez años,
¿cómo sabes que funciona la tina? ¿Venías a esta casa a ducharte?
Su pregunta le dejó desconcertado, pero luego reaccionó echándose a reír nuevamente.
—Pues sí. Excepto en pleno invierno, vengo a bañarme a nuestra playa la mayor parte de los fines de semana y luego subo a ducharme en el cuarto de baño de tu abuelo. No se enteró mientras vivió, porque aprovechaba para ello las temporadas en las que él residía en su casa de Murcia. Era mi venganza.
Por primera vez se preguntó Laura por el motivo por el que Jaime hubiera vivido los primeros años de su vida con su madre y con el abuelo en una u otra casa de este. Le vino a la memoria entonces el malsonante calificativo que sus padres habían dedicado a doña Eulalia. No lo había entendido de niña, pero ya era mayor, ya sabía lo que significaba. ¿Sería
posible que Jaime fuese hijo de su abuelo? No se atrevió a preguntárselo e inquirió en su lugar:
—¿Y cómo entrabas aquí?, ¿tienes acaso una llave?
Despreocupadamente él asintió.
—Claro. Tenía que ocuparme de darle de comer al perro y de sacarle de paseo. Se llama Sócrates.
—¿El perro se llama Sócrates?
Jaime volvió a asentir.
—Sí, le bauticé yo con ese nombre, porque es muy listo.
—¿Era de mi abuelo?
Él meneó negativamente la cabeza.
—No. Lo recogió mi madre un verano hace seis años Su dueño lo había abandonado en una cuneta cuando contaba solo unos días. Mi madre lo trajo a esta casa y lo crio con biberón. A tu abuelo no le gustaban los animales, pero transigió por no contrariar a mi madre y porque descubrió que podía azuzarle contra todo el que se atrevía a acercarse a la casa o a la playa de las gaviotas, que consideraba suya. Por aquel entonces yo ya vivía en el pueblo, pero acepté ocuparme de Sócrates cuando ellos se trasladaban a Murcia. Es un perro muy fiel y un buen guardián. ¿Te gustan los animales?
Laura se lo preguntó a sí misma. No lo sabía, porque no había tenido nunca ninguno. Sus padres no lo habrían consentido y ella estaba demasiado absorta en sus estudios y en divertirse los fines de semana como para haber pretendido adquirir una mascota.
—Pues… supongo que sí, pero me parece una crueldad tener un mastín en un piso. Es un perro demasiado grande y ya te he dicho que no me puedo quedar con él.
—De acuerdo, —aceptó magnánimamente Jaime—. Me lo llevaré de nuevo cuando te marches, pero me harías un favor si te ocuparas de él mientras estés aquí. Y ahora será mejor que nos pongamos el bañador. Yo utilizaré el dormitorio de mi madre para cambiarme y tú el cuarto de baño,
¿te parece?
Parecía sentirse él tan a gusto en la casa como si fuera de su propiedad, pero a Laura no le extrañó. Había vivido en ella una gran parte de su vida y era natural que la sintiese suya. ¿Cómo le sentaría que pasase a ser de un
extraño y se viera obligado a olvidarse de la tina del abuelo y de la playa de las gaviotas, a la que únicamente se podía acceder desde la terraza?
—Voy al coche a por el bañador, —le advirtió él dirigiéndose hacia la escalera—. Te esperaré en la sala de estar.
Poco después descendía ella los peldaños con un bikini rojo, que sabía que la favorecía, bajo un albornoz blanco que había sido de su madre. Le quedaba demasiado grande, dos tallas mayor que la suya, pero cumplía su cometido que era lo importante. Jaime la aguardaba apoltronado en una butaca de la sala de estar con un bañador de cuadritos azules y blancos y la camisa de color azul eléctrico que entonaba con el de sus ojos y con la que había acudido a la casa esa mañana. Qué guapo se había vuelto con los años, se dijo. Parecía mentira que aquel chiquillo esmirriado que apenas si le llegaba al hombro se hubiese transformado en ese hermoso ejemplar del género masculino. Se puso él en pie en cuanto la vio aparecer y sin efectuar el menor comentario ambos se dirigieron a la terraza, a la que se accedía desde la estancia en la que se encontraban.
Desde allí se podía sentir ya el sabor de la sal en el aire. Lo traía la brisa desde el mar. El sol brillaba en lo más alto mientras descendían a la playa por la escalera de piedra que arrancaba junto al poyete que la circundaba.
Una cala pequeña encerrada entre peñascos, entre los que describía una profunda curva. Un enorme risco se adentraba en el mar sobresaliendo del agua, como un inmóvil vigía contra el que las olas se debatían sin descanso levantando nubes de espuma.
Laura respiró hondo, aspirando aquel olor a yodo tan añorado. No había vuelto a ver el mar desde que visitaran al abuelo por última vez. Sus padres preferían la montaña y sus amigos los países de Europa del Este cuando viajaban en vacaciones, pero ella lo había extrañado, había experimentado la nostalgia de su ausencia, de su color tan azul, del cadencioso sonido de sus olas. Al llegar al pie de la escalera sus pies se hundieron en la arena dorada y fina de la playa y por un instante se sintió feliz, como si acabara de conseguir algo largamente deseado. Dirigió una mirada de reojo a su acompañante para comprobar si experimentaba las mismas sensaciones. El sol le daba de lleno en los ojos que mantenía guiñados y sonreía como si
reviviera algo especialmente grato. Una gaviota revoloteó sobre sus cabezas y Laura dio un respingo. Jaime desvió hacia ella su mirada y se echó a reír.
—No te asustes, estamos en septiembre.
—¿Y porque estemos en septiembre no me tengo que asustar de las gaviotas?, —protestó ella—. Aún recuerdo el picotazo que me atizó una en una ocasión en la que bajamos los dos a esta playa a perseguirlas con un palo.
Jaime volvió a reír.
—Sí, pero el motivo de que se comportasen de una forma tan belicosa con nosotros dos reside en que siempre veníais a visitar a tu abuelo en el mes de julio. Las gaviotas anidan durante los meses de abril a julio y en ese espacio de tiempo son especialmente agresivas, sobre todo si te acercas a sus nidos que suelen alojar en la arena o en las rocas de los acantilados. Te atacan si te acercas a sus polluelos. Pero en septiembre se han tranquilizado bastante, salvo en el caso de que te vean con algo comestible, porque entonces se abalanzan a comérselo. No hemos bajado nada comestible a la playa, ¿verdad? Pues no te preocupes, porque no te van a hacer nada.
Sin fiarse demasiado, Laura dirigió una aprensiva mirada a la bandada que les había seguido y que revoloteaba en torno de los dos. Recordaba que ese comportamiento de las aves solía ser el habitual tiempo atrás cuando eran niños, pero entonces no le preocupaba, sino al contrario, porque gozaba de la insensatez propia de la infancia. Con los años había perdido esa insensatez, pero no había logrado en cambio conseguir la valentía que en opinión de sus padres acompañaba siempre a la madurez. La noche anterior había sentido miedo, pese a su edad, y no descartaba volver a sentirlo en la que se avecinaba si un acontecimiento similar volvía a producirse.
—Cómo se nota que eres veterinario, —comentó con sorna—. ¿Sabes cómo curar a todos los animales?
Jaime volvió la cabeza hacia ella y sonrió guasonamente.
—A los hipopótamos no y a los cocodrilos tampoco, pero es que además en este playa no me he encontrado nunca con ningún animal de esas especies. Son bichos de agua dulce.
—¿Y estudiaste veterinaria porque te gustaba?, —insistió Laura.
Él no tuvo que meditar la respuesta.
—Sí, pero también porque aquí, en este pueblo, esa profesión tenía una salida fácil y yo no podía esperar.
En su semblante había vuelto a aparecer esa expresión extraña que la había sorprendido anteriormente al comentar el uso de la tina que su abuelo se reservaba en exclusiva.
—Y cuando te marchaste, ¿qué años tenías?
—Dieciocho, —repuso escuetamente él—. Por aquel entonces dejaste de escribirme.
Ella esbozó una mueca, como excusándose.
—Bueno, acababa de estrenar mi adolescencia. La mía fue un tanto tumultuosa. ¿La tuya también?
Él se encogió evasivamente de hombros.
—No mucho, porque no tenía tiempo de experimentar ira contra el mundo. Tenía que trabajar y que estudiar.
Levantó ella la mirada para estudiar su semblante. Había desviado los ojos hacia el horizonte y los mantenía clavados en la línea azulada que deslindaba el mar del firmamento.
—¿Tenías que trabajar?, ¿mi abuelo no se preocupó de mantenerte mientras fuiste estudiante, ni tu madre tampoco?
Jaime volvió a encogerse de hombros.
—A tu abuelo siempre le tuve sin cuidado y mi madre no disponía de dinero que enviarme, pero tampoco me hizo falta. Asistía en Murcia a las clases en la facultad de veterinaria por las mañanas y me coloqué en un restaurante de la plaza de San Juan, donde trabajaba como camarero sirviendo comidas y cenas.
—¿Y dónde vivías?
—En una pensión de la calle de La Fuensanta, a la sombra de la catedral. Nos alojábamos allí estudiantes, gente joven, y la verdad es que lo pasábamos bien.
Iba Laura a seguir indagando sobre el tema, pero Jaime la interrumpió.
—Vamos al agua. Te echo una carrera hasta el risco y luego, cuando regresemos a la playa, perseguiremos a las gaviotas como antaño. ¿Has traído un palo?
Se lo preguntaba con la misma expresión traviesa que tenía cuando era un niño canijo y ella una chiquilla feúcha y zanquilarga. Hubiera sentido añoranza de esos años si Jaime, acto seguido, no la hubiera cogido en brazos y arrojado al agua como si hubieran retrocedido en el tiempo para volver a ser de nuevo los críos de entonces. Jugaron después a perseguirse y terminaron por tumbarse en la playa sobre la arena caliente, sintiendo el ardor del sol sobre su piel. Más tarde volvieron a la casa a ducharse por turno en la tina del abuelo y ya vestidos, la invitó él a comer en un chiringuito de Cabo de Palos. Después pasearon por el pueblo y al anochecer regresaron a la casa a cenar huevos fritos con chorizo. Los había comprado él en una tienda del pueblo que no cerraba nunca. La cena la compartieron con Sócrates, que, sentado en el suelo al pie de la mesa de la terraza, movía el rabo satisfecho. Jaime se lo señaló.
—Si esta noche tienes miedo a los fantasmas, súbetelo para que duerma delante de la puerta de tu dormitorio. Es un magnífico guardián y no permitirá que ningún espectro agite su sábana delante de tus ojos. Se la arrancaría a mordiscos. Tienes que dormir bien para estar despejada mañana y no decir demasiadas tonterías en la entrevista con el director del colegio.
Vendré a buscarte a las diez, porque antes tengo que hablar con él. ¿Estarás lista?
—Por supuesto, —le aseguró Laura—. ¿Pero crees que será oportuno que aparezca contigo en el colegio antes de que ese director te haya dado su conformidad y esté dispuesto a entrevistarme?
—Por esa razón te recogeré a las diez, —replicó despreocupadamente él
—. Para que me dé tiempo a hablar antes con él.
—¿Y crees que accederá?, —insistió ella, resistiéndose a creer en su buena suerte.
—Seguro que sí. Soy muy persuasivo y me tiene en gran estima.
Levantó Laura la mirada hacia él. Sonreía con guasa con una seguridad de la que carecía tiempo atrás, cuando era un chiquillo solitario del que nadie se ocupaba.
—No sabes cuánto te lo agradezco.
—Bah, no hay nada que agradecer. Y hazme caso en lo que te he dicho antes sobre Sócrates. Con el perro apostado en la puerta de tu cuarto,
dormirás de un tirón, porque no permitirá que se te acerque el fantasma de tu abuelo, que, dicho sea de paso, está muy bien donde está.
—Sí, pero… —intentó objetar.
—No seas tonta y hazme caso, —insistió él—. Comprobarás que duermes mucho más tranquila y que no ves rayos de luz escapando por debajo de la puerta del dormitorio de tu abuelo ni ninguna otra aparición de ultratumba. Hazme caso.
Se marchó un par de horas más tarde y Laura, al decidirse a subir a acostarse, miró al perro indecisa. ¿Por qué no?, se preguntó. Sus padres se hubieran reído de ella si se hubieran enterado de que lo utilizaba como guardián de su dormitorio durante la noche, pero ya no estaban sus padres.
La habían dejado sola en un caserón enorme, plenamente convencidos de que era imposible que sintiera miedo, porque se había hecho mayor, como si por el hecho de serlo pudiese afrontar sola el Apocalipsis más terrorífico.
Sin dudarlo más, acarició la enorme cabeza del perro y le indicó que la siguiese. La madera de la escalera parecía crujir menos ahora que sus pisadas iban acompañadas de los sonidos que producían las pezuñas de Sócrates, que por lo dócil podría parangonarse con una mansa y enorme oveja de grandes y gachas orejas.
Le señaló la puerta de su dormitorio cuando alcanzaron el pasillo y se detuvieron allí un instante, pero luego lo pensó mejor. Con el mastín dentro de la habitación estaría más segura. Le hizo entrar y se puso apresuradamente el camisón introduciéndose a continuación entre las sábanas. También Sócrates se aprestó a dormir. Dejó caer su enorme corpachón sobre la alfombrilla de pie de cama y apoyó la cabeza sobre sus patas, cerrando los ojos a continuación. Los dos debieron conciliar el sueño al mismo tiempo.
La despertó el gruñido del perro y encendió adormilada la luz de la lámpara de la mesilla. Sócrates se había incorporado con las orejas tiesas como si se mantuviese alerta ante la proximidad de algún peligro. Movía inquieto el rabo con los ojos fijos en la puerta del dormitorio, que al acostarse Laura había cerrado con pestillo, y luego se levantó de un salto dirigiéndose hacia la pesada hoja de madera oscura. ¿Qué habría intuido el animal? Sin duda, algo extraño en el pasillo.
Laura lo dudó. No sabía si quería salir con el perro a averiguarlo o si por el contrario lo que deseaba era acurrucarse en la cama y taparse la cabeza con la sábana. Sócrates volvió la cabeza hacia ella. Parecía arengarla a salir del lecho y a afrontar lo que le había alertado. Luego empezó a ladrar abalanzándose contra la puerta del dormitorio. La actitud del perro la decidió. No podía volver a dormirse con los estruendosos ladridos que profería, por lo que optó por arriesgarse a salir a la galería. Se puso la bata de su madre y las zapatillas y con suma precaución descorrió el pestillo de la puerta.
El pasillo estaba oscuro y silencioso. No se escapaba luz alguna por debajo de la cerrada puerta del dormitorio de su abuelo hacia el que Sócrates echó a correr como una exhalación, seguido de ella, que se detuvo al alcanzar la puerta. Con la frente perlada de sudor la abrió y alargó la mano hacia el conmutador de la luz encendiendo la lámpara del techo, mientras Sócrates ladraba y ladraba desaforadamente. Cuando se iluminó la habitación, se llevó una mano a la boca para no gritar. En el dormitorio no había nadie, pero los cajones de la cómoda estaban abiertos y su contenido esparcido por el suelo.
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