El acantilado de las gaviotas

Ursula Llanos · Capítulo 10 de 20

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El acantilado de las gaviotas

Capítulo 10

Cuando al día siguiente terminó Laura de impartir la última clase, intentó por todos los medios desembarazarse de Mario, empeñado este en acompañarla a donde tuviera previsto dirigirse.

—¿Has quedado con alguien?, —le preguntó, escamado ante la resistencia que oponía ella a que caminara a su lado por la calle.

—Sí, con un amigo, —repuso evasivamente—. Ha venido de Murcia y tengo que resolver con él unos asuntos.

—¿Y esta tarde…? —empezó Mario.

—No, esta tarde probablemente tendré que atenderle. —Ante la insistencia que traslucía la mirada de él, decidió aclarárselo—. He quedado con el abogado de mi abuelo. Se ha ocupado de la testamentaría y ahora vamos a hablar con el director del Banco donde mi abuelo tenía abierta una cuenta corriente y depositados unos valores mobiliarios.

—Vale, vale, —la interrumpió él—. No tenía intención de ponerme pesado y no hay razón alguna para que me des explicaciones. —¿Puedo acompañarte al Banco o prefieres que te deje en paz?

Parecía molesto y Laura se sintió obligada a aceptar su compañía.

—No te enfades. Acompáñame, pero solo hasta la puerta del Banco.

—Está bien, —aprobó con expresión de niño enfurruñado—. En cuanto nos encontremos con ese abogado y te deje con él, pondré pies en polvorosa.

Pero tampoco entonces hizo intención de marcharse. Roberto la esperaba sentado en su coche en la misma puerta del Banco y Laura se despidió de Mario antes de que el otro descendiera del vehículo.

—Hasta mañana. Ya nos veremos en el colegio.

Al fin se dio él la vuelta y se marchó calle abajo y Roberto bajó del coche y se reunió con ella ante la puerta de la entidad bancaria.

—¿Quién es ese chico?, le preguntó en un susurro cuando el otro no podía oírles ya.

—Un profesor de química. Un compañero del colegio donde trabajo.

—Pues parecía empeñado en asistir a la reunión, —comentó él con cierta ironía.

Apenas si tuvieron que aguardar unos minutos a que el director les recibiera y este les hizo pasar a su despacho, un espacio acristalado dentro del local, con una pesada mesa repleta de papeles junto a un ordenador, y dos butacas destinadas a los clientes, donde tomaron asiento el abogado y Laura. El director era joven y parsimonioso, como todos los habitantes del pueblo que Laura había tenido ocasión de conocer, y dio muestras de apreciar mucho a Roberto al saludarle con un efusivo abrazo.

—Pues vosotros me diréis, —empezó, ajustándose sobre la nariz sus lentes sin montura y dirigiendo alternativamente su mirada al uno y a la otra, como si no tuviera otra cosa que hacer esa mañana que charlar amigablemente con los dos.

—Ya te comenté por teléfono que se trata de la testamentaría de don Andrés Villamil, —empezó el abogado con voz clara—. Los bienes inmuebles que dejó a su muerte ya están adjudicados a su heredera, —le explicó señalando a Laura—, y a la legataria, pero sabemos que poseía unos valores mobiliarios depositados en este Banco y una cuenta corriente, cuyo saldo, poco antes de su muerte era muy elevado. Venimos a pedirte información sobre ambos. Se me han pasado por alto al formalizar la escritura de adjudicación de la herencia y tendremos que rectificarla incluyendo esas dos partidas en el inventario.

El director volvió a ajustarse las gafas y sonrió como excusándose.

—Eres un magnífico profesional, Roberto, así que no considero necesario recordarte que el secreto bancario me obliga a actuar con pies de plomo en cuestiones como la que me estás planteando.

Impaciente, el abogado le interrumpió con un ademán.

—Y tú sabes también perfectamente que, cuando se trata de un único heredero a título universal, este está legitimado para solicitar la información

que te estamos requiriendo sin necesidad de obtener previamente autorización judicial.

El director empezó a rebullirse en su butaca.

—De acuerdo, de acuerdo. Pero antes tendrás que acreditarme que esta señorita, —dijo señalando a Laura— ostenta realmente la condición de única heredera a título universal del causante.

—Por supuesto, —admitió Roberto colocando sobre la mesa la enorme cartera que sostenía sobre sus rodillas—. Te traigo toda la documentación necesaria a ese respecto: el certificado de defunción de don Andrés Villamil, el certificado del Registro de Actos de Última Voluntad, así como la copia autorizada del testamento y la escritura de adjudicación de la herencia.

El director examinó concienzudamente los documentos conforme el otro se los iba entregando y terminó por hacer un gesto de asentimiento.

—Perfecto. Ahora dime qué quieres saber.

—En primer lugar, el estado de la cartera de valores. No he encontrado los títulos acreditativos de los mismos. Los guardaba en la caja fuerte de su casa, pero evidentemente alguien se hizo con ellos mientras don Andrés Villamil estaba en coma. Sé que los tenía depositados en este Banco.

El otro hizo un gesto de asentimiento, antes de ponerse en pie y salir del despacho. Poco después regresaba con una carpetilla de archivo repleta de papeles. Fue examinándolos uno tras otro y seleccionó uno que le mostró al abogado.

—Aquí está su carta ordenándonos la transmisión de esos valores. Está fechada el día quince de agosto último. Consecuentemente, vendimos esas acciones e ingresamos el dinero de la venta en su cuenta corriente. Como verás, esta carta está firmada por él.

El abogado estudió la firma, comparándola con la estampada en otro documento que sacó de su cartera y que parecía ser un calco de la primera.

—Me parece incomprensible, —murmuró como para sí—. Tengo entendido que don Andrés sufrió un ictus el día cinco de agosto último y que desde ese día estuvo en coma hasta el veinte del mismo mes, en que falleció. Es imposible que en el estado en que se encontraba hubiera firmado esta carta.

El parsimonioso director empezó a perder su inveterada calma. Se quitó las gafas, las limpió nerviosamente con un pañuelito de papel que extrajo de su bolsillo, y luego volvió a sujetarlas sobre su nariz, mientras comentaba:

—Es su firma, Roberto, ¿qué quieres que te diga? Tal vez tuvo un lapso de lucidez y pudo resolver sus asuntos económicos in extremis.

—Lo dudo, —masculló el abogado por lo bajo.

—¿Decías algo?

—No, nada. Vamos a ver ahora el saldo de su cuenta corriente el día de su fallecimiento. Si ingresasteis en esa cuenta el producto de la venta de sus acciones, debe arrojar una suma bastante considerable.

Tras consultar otro documento que extrajo de su cartera, le proporcionó el número de la cuenta corriente y el director buscó ese dato en el ordenador que tenía sobre su mesa y no tardó en facilitárselo.

—Pues tengo que darte una mala noticia, —comentó levantando su mirada hacia él—. En esa cuenta queda tan solo un remanente de un euro.

El abogado enarcó interrogativamente las cejas.

—¿De un euro?, no es posible. Según el certificado bancario que le enviasteis la semana anterior y que te he traído también, el depósito de la cuenta ya era muy elevado antes de la venta de los valores mobiliarios.

¿Cuándo se produjo el último movimiento?

Tecleando en el ordenador, el director buscó ese nuevo dato.

—El día 20 de agosto, a las nueve de la mañana.

Roberto intercambió una sorprendida mirada con Laura.

—Don Andrés falleció ese día, a las cinco de la madrugada. Está claro que alguien retiró el dinero de su cuenta ese mismo día en cuanto amaneció y abrió el Banco, después de que él hubiera muerto. ¿Quién fue y cómo lo hizo?

Inexpresivamente el director se encogió de hombros.

—Eso tendremos que preguntárselo al chico que sustituye al cajero durante el mes de agosto. No cabe dentro de lo posible que esa persona retirara el dinero de la cuenta por medio del cajero automático, porque la cantidad era muy alta. Tuvo que venir con un talón firmado por el propio don Andrés Villamil que era el único titular de la cuenta.

Los dos hombres se miraron con la misma sospecha reflejada en sus pupilas, mientras Laura paseaba su mirada de uno a otro sin acabar de entender a qué obedecía su mutismo. Al fin se atrevió a preguntárselo al abogado.

—¿Qué pasa, Roberto? No entiendo a qué conclusión habéis llegado.

Él se volvió hacia ella con una expresión de cansado desconcierto en su semblante.

—Lo que has oído significa que, o bien tu abuelo no permaneció quince días en coma después de sufrir el ictus o bien otra persona falsificó su firma dándole a este Banco la orden de que transmitiera sus valores mobiliarios y horas después de su muerte retiró los fondos de su cuenta corriente.

¿Comprendes?

Con los ojos muy abiertos, Laura hizo un gesto de asentimiento.

—Sí, ¿pero quién puede haber sido?

Impasible en apariencia, el director marcó un número interior en el aparato de teléfono que tenía sobre la mesa y le dio unas concretas instrucciones a su interlocutor. Después se volvió de nuevo hacia ellos.

—Va a venir ahora el muchacho que sustituye al cajero en el mes de agosto. Hace un par de meses que se ha trasladado a este pueblo y casi no conoce a casi nadie, pero quizás recuerde a quien le entregó todo el saldo de la cuenta corriente de don Andrés Villamil. Le he pedido también que traiga el recibo del dinero que tuvo que firmar esa persona y el talón con el que lo retiró.

Poco después aparecía en el despacho un chico muy jovencito con una encrespada pelambrera pelirroja y un semblante lleno de pecas. Parecía nervioso y observó recelosamente a los dos visitantes. Contestó a las preguntas del director más alterado aún de lo que ya estaba al entrar.

—¿Si recuerdo quien retiró el dinero de la cuenta?, claro que lo recuerdo. Era un señor muy alto y muy mayor. Con toda seguridad puedo identificarle en las cintas de las cámaras de seguridad.

—¿Era muy alto y muy mayor?, —le preguntó Laura casi sin voz, rememorando la estatura de su abuelo—. ¿Está seguro?

—Desde luego. Tenía además un genio de mil demonios. Había llamado dos días antes para que tuviésemos preparado el dinero y se puso como una

hiena, porque lo conté y tardé un par de minutos en entregárselo. Aquí traigo el recibo que firmó y el talón, —añadió mostrándoles un papel muy fino, escrito con una tinta roja y el documento al que había aludido en segundo término.

Roberto se los quitó de las manos y comparó las firmas con la estampada en la carta que ordenaba al Banco la transmisión de los valores mobiliarios, así como la que figuraba en el testamento. Era idéntica. En el talón estaba reseñada la misma fecha del fallecimiento de don Andrés Villamil. Desconcertado cruzó su mirada con la de Laura que traslucía además suma inquietud.

—¿Y recuerda algún detalle más del hombre al que le entregó el dinero que pueda ayudarnos a identificarle?, —le preguntó al chico.

Este reflexionó durante unos instantes con su pecoso semblante contraído por el esfuerzo de concentrarse.

—¿Algún detalle? No, bueno, sí, pero no sé si les servirá. Llevaba una venda en la muñeca izquierda y el reloj de pulsera en la derecha.

A ninguno de los presentes pareció interesarles ese dato y el chico se encogió de hombros como disculpándose.

—¿Podríamos ver ahora la cinta de la cámara de seguridad que se grabó a las nueve de la mañana del día 20 de agosto?, —le preguntó Roberto al director.

—Naturalmente, —repuso este que limpiaba nuevamente los cristales de sus gafas con unas manos temblorosas. A continuación se dirigió secamente al chico—. Tráeme esa cinta inmediatamente y la veremos en la sala de proyección. —Cuando el muchacho salió del despacho, se volvió hacia Roberto—. Me parece que vas a tener que interponer una querella contra ese viejo gruñón por… ¿por robo?

—Aún tengo que estudiar a fondo este asunto, —murmuró el abogado acariciándose pensativamente la barbilla—. Pero… no sé, hay algunas cosas que no entiendo. ¿Por qué ese viejo gruñón, que se llevó un dinero que no le pertenecía, reseñó en el talón la fecha del fallecimiento del causante?

Debería haber hecho constar en ese documento otra anterior a la del ictus que sufrió, para eludir la responsabilidad por la comisión de un delito.

El otro se encogió de hombros, como quitándole importancia a las acciones del viejo.

—Hay mucho ignorante suelto, Roberto. Probablemente ese hombre no sabía tampoco que quedaría grabado en la cinta de seguridad del Banco y sería por tanto inmediatamente reconocido. Para ser un delincuente hoy día, hay que ser muy listo.

Ya volvía el chico pelirrojo corriendo y con expresión de susto. Venía con las manos vacías y el director levantó la voz más de lo necesario al verle regresar sin la cinta que le había pedido.

—¿No has traído…?

—No, señor, —le interrumpió el chico—. La hemos buscado Tomás y yo y ha desaparecido. Falta precisamente la que se grabó en la mañana del día veinte de agosto.

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