El acantilado de las gaviotas

Ursula Llanos · Capítulo 6 de 20

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El acantilado de las gaviotas

Capítulo 6

No tardó más de quince minutos en llegar Jaime a la casa y en llamar al timbre, pero a ella se le hicieron eternos. Por fortuna no tuvo que explicarle nada. Traía en la mano un maletín y se limitó a preguntarle:

—¿Dónde está?

—En el patio. Lo he encontrado en el patio. Acabo de regresar de Murcia y lo he encontrado…

No la dejó terminar. La apartó de su camino y echó a correr hacia la cocina, seguido de ella que en ese momento se recriminó interiormente por la indumentaria que vestía y por la altura de sus tacones que le impedían moverse deprisa y con la imprescindible estabilidad. Cuando le alcanzó, ya estaba él inclinado sobre el perro y, en cuclillas, le había introducido una sonda por el hocico. Con la otra mano sostenía en alto, sobre su cabeza, un frasco de suero salino.

—¿Cómo está? ¿Crees que se pondrá bien?

—No lo sé, —fue la escueta contestación de él.

—¿No lo sabes? ¿Qué es lo que le han echado en ese bote que está en el suelo?

Aún en cuclillas y sin volver la cabeza, Jaime se encogió de hombros.

—Tampoco lo sé. Tendré que llevármelo para analizarlo.

—¿Te puedo ayudar?, —se ofreció ella tímidamente ella temiendo que aceptara su propuesta.

—Sí, busca un cubo y tráemelo. Pero date prisa.

—Sabía ella que al fondo del patio había un lavadero, construido seguramente en una época anterior a la existencia de las lavadoras, que ella lo había conocido ya en desuso. La bombilla que colgaba del aplique del muro exterior de la cocina no alcanzaba a iluminar ese cobertizo, por lo que

caminó cautelosamente en esa dirección temiendo dar un mal paso sobre la gravilla que cubría el suelo de tierra y torcerse un tobillo. La luna comenzaba a ascender en un firmamento tachonado de estrellas y a su incierta claridad intentó localizar el objeto que él le había pedido entre el sinfín de aperos de labranza y objetos inidentificables que se apilaban alrededor y encima de lo que había sido una pila.

—Laura, ¿quieres traerme ese cubo de una vez?, —le gritó él sin levantar la cabeza—. ¿Qué estás haciendo?

Estaba buscándolo, pero no encontraba nada que se le asemejara. Al fin dio con algo parecido a una cubeta de albañilería y con ella en la mano volvió junto a Jaime. Él se la quitó impaciente y e comenzó inició la operación de a extraerle el líquido del estómago y a echarlo en la cubeta, pero Laura fue incapaz de asistir expectante a la nauseabunda operación que practicaba él, para la que no parecía necesitarla. De espaldas a los dos y luchando por contener las lágrimas, le preguntó con un hilo de voz:

—¿Te ayudo?

Jaime emitió un gruñido que no fue capaz de interpretar y ella se quedó en pie a su lado, reprimiendo las arcadas y con la mirada fija en un punto indeterminado de la oscura bóveda del cielo. Provenía del mar una brisa fresca y tiritó, asqueada y mareadísima, con su vestido sin mangas, frotándose sus brazos desnudos con las manos.

Cuando fue capaz de dominar las náuseas que le había producido la operación que Jaime estaba practicando y se giró hacia los dos, ya estaba él recogiendo sus instrumentos y guardándolos nuevamente en su maletín. Lo dejó en el suelo y luego se agachó para coger en brazos al enorme animal.

—Vamos a llevarlo a la sala de estar para observar como evoluciona.

Aún tenía la mayor parte del contenido del bote sin digerir en el estómago, por lo que quizás hayamos llegado a tiempo. Dependerá, claro está, de la clase de sustancia que le hayan suministrado.

El perro debía de pesar muchísimo, por lo que se sintió obligada a ofrecerse de nuevo a ayudarle.

—¿Quieres que lo transportemos entre los dos?

Él le indicó con un ademán que se apartara de su camino.

—No, no, puedo con él. Lo que tienes que hacer es vaciar la cubeta en el inodoro que está junto a la cocina y enjuagarla después.

Olía que apestaba y se tambaleó ella ante la sola idea de acercarse a aquel artefacto tan pestífero. Se agachó al fin para cogerla con una mano y se tapó la nariz con la otra. Manteniéndola lo más alejada posible de su cuerpo le siguió a él dentro de la cocina y luego continuó camino hacia el aseo donde la vació en el retrete. La enjuagó después en la pila de la cocina y a continuación se apoyó en la pared, incapaz de sostenerse. ¿Cómo podría Jaime realizar una operación tan repugnante sin alterarse lo más mínimo?, se preguntó.

Inspiró aire varias veces y, en cuanto fue capaz de mantenerse erguida sobre sus tacones sin dar más arcadas, se dirigió a la sala de estar. Jaime acababa de depositar al perro en el suelo, delante de la apagada chimenea, y ella se inclinó para acariciarle la cabeza. Mantenía los ojos cerrados, pero aún estaba caliente.

—¿Quién ha podido ser?, —se preguntó a sí misma en voz alta reprimiendo un sollozo—. Lo he dejado en el patio cuando me he marchado esta tarde a Murcia a eso de las cuatro y estoy segura de que he cerrado esa puerta con llave, lo mismo que el portón de entrada.

Jaime se había sentado junto a Sócrates en una sillita baja, la que años atrás utilizaba doña Eulalia para coser, y levantó la vista hacia ella, que se había dejado caer en una butaca, pálida como una muerta.

—Quien haya sido, ha debido saltar la tapia del patio. Medirá unos dos metros de altura, así que no es muy difícil.

—¿Han saltado la tapia para envenenar a un perro?, —objetó Laura, secándose un lagrimón con el pañuelo—. No tiene ningún sentido. No tenemos vecinos a los que puedan molestar sus ladridos y aparentemente no parece que haya entrado nadie a robar, al menos no en esta planta. Pero tampoco hay nada en los dormitorios que pueda interesar a un ladrón.

Aunque…

Una sospecha la asaltó de pronto, por lo que se levantó de un salto para salir de la habitación y atravesando el salón y el comedor, se dirigió al despacho del abuelo con toda la celeridad que le permitían sus tacones. Al abrir la puerta encendió la luz y desde el umbral fijó la mirada en el cuadro

que pendía sobre la chimenea. Se le acercó para desplazarlo sobre sus goznes y dejar al descubierto la caja fuerte. Seguía cerrada y aparentemente incólume, pero ahora sabía donde estaba la llave y el número de la combinación, por lo que decidió que subiría a su dormitorio a buscarlos.

Aprovecharía también para cambiarse de calzado y ponerse una chaqueta.

Salió al pasillo y se dirigió hacia el vestíbulo encendiendo luces a su paso. Unos apliques en la pared, rodeados de fotografías enmarcadas, iluminaban la escalera con una luz tenue y subió apresuradamente los peldaños, desembocando en la galería de la planta superior. El silencio era casi total, roto tan solo por el lejano sonido del mar rompiendo suavemente contra la costa. Venía envuelto ese sonido en la ráfaga de viento que provenía de su dormitorio y que olía a mar. Sin duda se habría dejado abierto el balcón de su cuarto al marcharse esa tarde a Murcia. Entonces hacía calor, pero ahora, al ponerse el sol, había bajado mucho la temperatura, acorde esta a esas horas con la estación del año en la que se encontraban, aunque el otoño no parecía ser en Murcia como en Madrid. En la costa levantina donde se hallaba, era como una prolongación del verano, aunque con un calor menos sofocante.

Cerró el balcón en cuanto entró en su dormitorio, tras encender la luz de la lámpara del techo y buscó en el primer cajón de la cómoda, frente a la cama. Allí estaba. Una llavecita pequeña y un papel doblado con la combinación de la caja. Su traje estampado no tenía bolsillos y no le permitía la libertad de movimientos que necesitaba, por lo que se lo quitó, lo mismo que los zapatos, y en su lugar se vistió con unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca sobre la que se puso una chaqueta de punto.

En cuanto se calzó unas sandalias sin tacón, salió apresuradamente del cuarto con la llave y el papel en la mano y descendió la escalera dejando a su paso todas las luces encendidas para disipar las sombras oscuras que parecían danzar a sus anchas por el caserón.

Ya en el despacho, volvió a desplazar de la pared el cuadro con el retrato de su abuelo, metió la llave en la cerradura de la caja y con el papel en la mano hizo girar convenientemente la rueda de la combinación. Tiró luego de la puertecilla y la abrió de par en par. Al atisbar su interior, esbozó decepcionada una mueca. Dentro no había nada. Ni dinero ni papeles, nada.

Volvió a colocar el cuadro en su lugar y observó la imagen retratada en él. La miraba con aquella expresión adusta y desdeñosa, tan suya. Como la había mirado siempre.

¿Habría sido él quien envenenara a Sócrates?, se preguntó. Sabía que no había querido nunca al perro y que si había transigido en que permaneciera viviera en su casa había sido por darle gusto a doña Eulalia en los tiempos en los que la relación entre los dos había sido satisfactoria. Pero, según decían todos, el abuelo había muerto, por lo que no era posible que hubiera regresado del más allá para envenenar al pobre animal.

Fue entonces cuando vio algo que la dejó perpleja. En la repisa que cubría la chimenea distinguió un cenicero que ya se encontraba en ese lugar cuando llegó a la casa tres días antes, pero que ahora contenía una colilla, aplastada sobre un montoncito de ceniza. Ella no fumaba y el único que la había visitado desde que llegara a la playa había sido Jaime. ¿Sería suya esa colilla?

Regresó apresuradamente al cuarto de estar. Sócrates continuaba inmóvil en el mismo sitio donde le había dejado Jaime minutos antes y este seguía sentado a su lado. Levantó la cabeza hacia ella cuando la oyó entrar y enarcó las cejas al ver su expresión.

—¿Qué pasa? ¿Has encontrado algo?

—Sí, la caja fuerte está vacía. He estado esta tarde en Murcia y he visitado a tu madre. Me ha dicho ella donde estaba la llave y la combinación y acabo de abrirla. No hay nada dentro, ni dinero ni papeles, ni nada. Quería preguntarte además si fumas.

Desconcertado, enarcó las cejas.

—Sí, de vez en cuando, ¿por qué lo preguntas?

—Porque he encontrado una colilla en el despacho. ¿Puede ser tuya?

El parpadeó perplejo.

—¿Mía? no lo creo. No recuerdo haber fumado aquí, el domingo, anteayer el lunes cuando te traje a Sócrates, aunque es ni cuando cenamos aquí ese mismo día por la noche, aunque es posible. ¿De qué marca es el cigarrillo? Yo fumo tabaco rubio, americano.

Ella hizo un gesto de ignorancia.

—No lo sé. Ven a comprobarlo.

Con una última mirada a Sócrates, la siguió Jaime al despacho y una vez allí examinó atentamente la colilla del cenicero, olisqueándola después.

—Es un cigarrillo turco, —dictaminó con seguridad sin detenerse a meditarlo—. Huelen de una forma especial.

—¿Turco?, ¿y conoces a alguien que fume esa clase de cigarrillos?

—No, no conozco a nadie. Recuerdo que los fumaba tu abuelo que los encargaba en el estanco del pueblo e iba apestando la casa con el humo y llenando de colillas los ceniceros, con gran desesperación de mi madre.

Laura abrió desmesuradamente los ojos.

—¿Mi abuelo?, ¿los fumaba mi abuelo?

Jaime observó extrañado su expresión. Parecía como alucinada.

—Sí, los fumaba él, pero no creo que quedara ninguna colilla en los ceniceros cuando mi madre se marchó de esta casa. Sabes que era una maniática de la limpieza.

Laura no lo recordaba, pero hizo un gesto de asentimiento.

—Sí, yo no soy una maniática, pero me molestan también mucho las colillas, por lo que también habría limpiado este cenicero de haber encontrado dentro los restos de un cigarrillo. Tiene que pertenecer a la persona que ha entrado esta tarde en la casa y que ha envenenado a Sócrates.

Recordó de pronto la cajetilla de tabaco que había visto en el cajón de la mesa de despacho de su abuelo la tarde de su llegada y se dirigió al butacón para sentarse en él y abrir el cajón seguidamente. La cajetilla continuaba estando en su lugar, pero en lugar de tres cigarrillos contenía ahora solamente dos.

—¿Lo ves?, —le preguntó triunfalmente a él, mostrándosela—. Falta un cigarrillo, el que se han fumado esta tarde, cuya colilla está en el cenicero.

El semblante de él expresó la incredulidad más absoluta.

—No digas tonterías. ¿Piensas que ha venido alguien esta tarde deliberadamente a envenenar al perro y que luego se ha sentado en este despacho a fumarse un cigarrillo? Es la cosa más absurda que he oído en mi vida. Habrá sido algún imbécil del pueblo que disfruta haciendo daño a los animales. Aunque parezca mentira, hay mucha gente que es así. Habrá saltado la tapia del patio, pero no ha podido entrar dentro de la casa, porque

según has dicho antes has dejado esa puerta cerrada con llave y no está forzada, así que es imposible que se haya sentado en este despacho a fumar.

Ella meneó enérgicamente la cabeza, manifestando así su oposición a lo que Jaime acababa de opinar.

—Ya sé que es absurdo, pero ha tenido que ocurrir como te he dicho y las pruebas son el bote de hojalata que hemos encontrado en el patio y esa colilla. Ninguna de las dos cosas ha venido volando por el aire.

—El bote puede haberlo traído la persona que ha saltado la tapia.

—El bote sí, pero la colilla, no.

—No, en eso tienes razón.

Se quedó mirando él pensativamente el cenicero y luego recorrió con la mirada la habitación. Parecía estar en orden, pero ahora que se fijaba mejor percibió un ligero olor a tabaco flotando en el ambiente. Alguien había estado fumando en ese despacho no mucho antes.

—Me has dicho que tú no fumas, ¿verdad?, le preguntó con el ceño fruncido.

—No, no fumo.

—Y no has tocado antes la colilla.

—No, ¿por qué?

—Voy a llevársela a un amigo para que analice su ADN. Este pueblo es relativamente pequeño y quizás podamos averiguar así quien ha sido el responsable de lo que le ha sucedido a Sócrates. Ve junto a él a ver como sigue, que no tardaré.

Regresó Laura a la sala de estar y se sentó junto al perro en la sillita baja que había dejado libre él. Con una mano le acarició cariñosamente la cabeza para pasarla continuación por su lustroso lomo y en ese momento notó como el animal movía ligeramente una pata. De la alegría estuvo a punto de echarse a llorar.

—¡Jaime!, —le llamó a gritos.

Sobresaltado, reapareció él en la puerta de la sala de estar un instante después con el maletín en una mano y el bote de hojalata en la otra. Sin duda había venido corriendo desde el patio, porque jadeaba ostensiblemente.

—¿Qué… qué es lo que sucede?

Laura se lo señaló.

—Sócrates, se ha movido.

Dejó Jaime el bote en el suelo y echó a correr hacia el perro con su maletín, pero el animal no se dejó reconocer, como sin duda pretendía.

Acababa de abrir los ojos con aire soñoliento y levantó segundos después la cabeza bostezando ruidosamente. Laura intentó abrazarlo, pero él se lo impidió.

—Deja al pobre animal ahora, que lo vas a ahogar. ¿No ves que aún está convaleciente? —Con un gesto le indicó que se sentara nuevamente en la sillita baja—. Estate ahí un momento quietecita que voy a por la colilla.

Tengo que guardarla en una bolsita de plástico que llevo en el maletín y mañana a primera hora se la llevaré a ese amigo mío, que trabaja en el hospital de la Arrixaca. ¿Me has entendido?

Sí le había entendido, pero Sócrates no estaba dispuesto a comportarse durante mucho tiempo como un paciente recién recuperado. Trabajosamente se levantaba ya sobre sus cuartos traseros meneando la cola, como si estuviera celebrando su regreso a la vida. Laura decidió que ya no estaba tan enfermo como Jaime decía y le acarició la cabeza.

—¿Quién ha sido?, di, —le preguntó como si el perro pudiera entenderla—. ¿Quién ha entrado esta tarde en esta casa y ha intentado envenenarte? Es una lástima que no sepas hablar.

Ya regresaba Jaime, que se detuvo en el umbral de la puerta contemplando el cuadro que formaban Laura, sentada en la silla baja, de charla con Sócrates, que también se había sentado a su lado moviendo el rabo. Sin moverse del quicio consultó su reloj de pulsera.

—Bueno, debería marcharme ya. Es tarde y el perro, afortunadamente, se está recuperando. —Vaciló mientras realizaba un recorrido visual por la habitación y luego se giraba para mirar a su espalda. Acabó por fijar sus preocupados ojos en el semblante de ella—. ¿Estaréis bien aquí los dos solos esta noche?

Laura tardó en responder. También ella paseó su mirada por la estancia y por el pasillo que veía a través de la puerta abierta de la sala de estar. A lo lejos se oía el mar, pero era el único sonido que podía percibirse. Imaginó lo que se avecinaba, sería una esa noche, sola en el caserón, con la única

compañía del con mastín, que apenas si se sostenía sobre sus patas y que no podría perseguir al intruso que decidiera deambular por el cuarto de su abuelo para… ¿para qué?

—Pues… —Se interrumpió sin saber cómo continuar.

—¿Sí?

—No, no creo que vayamos a estar bien. Yo quería… quería pedirte un favor.

—¿Qué favor?

—Quería que… si no te importa… si no te supone un trastorno, quería pedirte que te quedaras a dormir esta noche. Tengo miedo del hombre que se ha fumado el cigarrillo y ha dejado la colilla en el cenicero. No sé cómo ha entrado en la casa, pero podría volver y no creo que pueda contar yo con Sócrates. El pobre bastante tiene con sostenerse sobre sus patas.

Jaime se la quedó mirando sin decir palabra, pero no tardó en reaccionar.

—De acuerdo, no me supone ningún trastorno, aunque mañana tendré que levantarme temprano para acercarme a mi casa a afeitarme antes de ir a la consulta. Porque supongo que no habrá en esta casa una maquinilla,

¿verdad?

Esbozó ella un gesto de ignorancia, pero luego objetó:

—Pero mañana es sábado. ¿Trabajas también los días de fiesta?

—Sí, en el pueblo abre casi todo y soy el único veterinario —luego añadió—: Si te parece bien, dormiré en el cuarto de tu abuelo. Así seré un espectador de primera fila de esos destellos de luz nocturnos de los que me has hablado y de la dispersión por el suelo del contenido de los cajones de la cómoda, del que también me has hablado.

Era indudable que no creía que se hubieran producido los sucesos de las noches anteriores que ella le había referido, pero sí parecía inquieto por lo que había ocurrido esa tarde en ausencia de Laura, porque era evidente que alguien había entrado en el patio de la casa esa tarde y había envenenado a Sócrates.

—¿No prefieres tu antiguo dormitorio?, —le sugirió ella, que sentía en ese momento un alivio inmenso al saber que no se quedaría sola esa noche en el caserón.

—No. No guardo buenos recuerdos de aquellos tiempos, ya lo sabes. Si te da igual, prefiero el dormitorio de tu abuelo con sus misterios nocturnos.

Y ahora, si te parece, deberíamos pensar en cenar.

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