El acantilado de las gaviotas

Ursula Llanos · Capítulo 2 de 20

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El acantilado de las gaviotas

Capítulo 2

Olía a húmedo, como siempre. Era el mismo olor que percibía cuando acudía con sus padres a visitar a su abuelo años atrás. Un olor inconfundible a casa vieja y a verano que se entremezclaba ahora con algo indefinible que no supo identificar. Quizás se tratase del olor a soledad o a la tristeza por la cercanía del otoño que se fundía con el del mar, aunque era posible también que lo que alcanzaban a captar sus sentidos fueran los efluvios del abandono de sus antiguos moradores que flotaba aún en el aire.

El sol descendía en el horizonte cuando Laura abrió los postigos de madera del ventanal, que se alzaba en la pared frontera desde un poyete de un par de palmos de altura hasta el techo, y no calentaba ya al filtrar sus rayos a través de los cristales. Se paseó lánguidamente por el vestíbulo, yendo a posarse sobre el cojín de una vieja butaca de mimbre que debería haber sido desechada mucho antes, pero que aún permanecía junto al portón de entrada como un mudo testigo del paso de los años que el edificio había soportado.

Dejando caer su equipaje en el suelo del vestíbulo, Laura pasó a la sala de estar. Allí continuaba la mesa camilla con su tapete de crochet y con el mismo jarrón de flores artificiales que recordaba. Y en el mismo lugar de antaño, junto a la ventana, el butacón del abuelo se erguía majestuoso, pero ahora vacío. El abuelo ya no estaba, pero algo de su intangible presencia flotaba aún en el ambiente y Laura se estremeció. Por un instante creyó sentir que desde el otro mundo la miraba, desaprobadoramente como siempre.

Pero ya no era feúcha, se dijo deteniéndose frente a un espejo con marco dorado, que pendía sobre una cómoda, para verse reflejada.

Inesperadamente, al alcanzar la estatura de un metro setenta y tres

centímetros a los quince años, había dejado de crecer y su figura no recordaba ya a la de su infancia, larguirucha y excesivamente delgada.

Seguía siendo muy estilizada, pero su cuerpo se había redondeado armoniosamente. Tampoco sus cejas seguían uniéndose sobre su nariz. Con las pinzas de depilar de su madre suprimió a la misma edad el vello que poblaba su entrecejo y con un cepillo había logrado que su oscura melena mereciese el calificativo de lisa en lugar del de lacia. Había aprendido además a agitarla cadenciosamente en los momentos oportunos, lo que solía producir un efecto fulminante en el sexo contrario. No, si el abuelo la mirase ahora desaprobadoramente, no sería por su físico. Además no era una niña ya. En el mes de julio último había cumplido veintiséis años.

Con una última y recelosa mirada al sillón, retrocedió sobre sus pasos y, en cuanto recogió la maleta y la mochila, se dirigió hacia la escalera que arrancaba en el vestíbulo. Tenía que elegir un dormitorio antes de que se hiciera de noche, buscar ropa de cama y deshacer su equipaje. Luego cenaría uno de los bocadillos que había comprado en un bar en Madrid, antes de emprender el viaje, pues no podía permitirse el lujo de acercarse a la urbanización más cercana para tomar algo en una cafetería. Después de llenar el depósito del coche dos veces desde que saliera de Madrid, apenas si le quedaba dinero para sobrevivir más de una semana y debía economizar al máximo su escaso peculio.

La escalera estaba tan oscura como cuando visitaba al abuelo años atrás y subió apresuradamente los peldaños. No era miedosa, pero reinaba en la casa un silencio demasiado denso, tanto, que parecía oírse. Tampoco se percibía el menor sonido en la planta superior cuando al alcanzar el rellano avanzó por una espaciosa galería entarimada, con puertas a ambos lados.

Sin meditarlo se detuvo frente a la que daba paso al dormitorio que había ocupado durante aquella lejana quincena en la que, siendo niña, la habían dejado al cuidado de su abuelo. Tras abrir la puerta, encendió la luz. Estaba igual que entonces. Los muebles no le parecieron ya tan grandes, pero seguían siendo igual de oscuros, con la inmensa cama cubierta por la misma colcha azul, a juego con las cortinas que enmarcaban el balcón.

Se dirigió en línea recta a abrir los postigos de este y cuando el sol de la tarde penetró en la habitación, entró también con él el olor del mar y su

rítmico sonido. A sus pies las olas rompían incansablemente contra los riscos y se retiraban después para volver a abalanzarse contra ellos como si pretendiera socavarles, una vez y otra y otra. Rugiente e incansable. Salió al balcón y lo contempló en silencio diciéndose que habría pocos panoramas en el mundo que pudiesen ser más hermosos que el que tenía ante su vista.

El mar era inconmensurable y único. A lo lejos y a su izquierda, la luz del faro de Cabo de Palos giraba en semicírculo trazando una estela luminosa sobre el agua, cuyo color comenzaba ya a tornarse verdoso. Una gaviota cruzó volando frente al balcón y luego regresó para revolotear emitiendo ríspidos graznidos, como si aguardase algo de la muchacha que, inmóvil, contemplaba el paisaje apoyada en la balaustrada. Sin duda pretendía que le arrojase al aire algo comestible, pero no estaba dispuesta a compartir con ella el bocadillo de mortadela que iba a constituir su exigua cena, por lo que se apresuró a entrar nuevamente dentro del dormitorio. Sabía que las gaviotas podían ser muy agresivas y no estaba dispuesta a recibir un picotazo. Un instante más tarde el ave se posaba en la barandilla del balcón graznando sin dejar de mirarla fijamente y Laura se alarmó. Recordaba con toda claridad las ocasiones en las que, años atrás, Jaime y ella se habían visto obligados a salir corriendo, perseguidos por una enfurecida bandada de esas aves. De golpe cerró la puerta de cristales del balcón y retrocedió dejándose caer sentada a los pies de la cama. Allí estaba a salvo, se dijo.

Dormiría con el balcón cerrado. Aunque en la costa de Murcia el mes de septiembre solía ser cálido, necesitaba poder cerrar los ojos sin sobresaltos y con la seguridad de que esa gaviota u otra no pudiesen tomar por asalto su dormitorio durante la noche.

Sin moverse desvió su mirada hacia el soporte de madera blanca que en la esquina de la habitación sostenía una palangana de porcelana en la que años atrás debía lavarse al levantarse por las mañanas. Tenía un jarro metálico a sus pies que por aquel entonces encontraba siempre lleno de agua. Lo cierto era que nunca utilizó esa palangana, pues a Jaime y a ella les bastaba con bañarse en el mar y no echaban en falta poder utilizar el único cuarto de baño de la casa, que se reservaba el abuelo en exclusiva, Sonrió al recordarlo. En el presente le parecía imposible poder prescindir de

la ducha, pero de niña la obligación de lavarse constituía una molestia de la que se libraban siempre que podían.

Poco después descendía nuevamente la escalera con su ordenador portátil en la mano. Cuando entró en el despacho de su abuelo, lo depositó sobre la mesa y se dejó caer en el butacón tapizado en pana color burdeos en el que él solía acomodarse para repasar las cuentas del Banco, gruñendo por lo bajo. ¿Qué habría sentido allí sentado?, se preguntó. Probablemente se habría creído el rey del mundo y por esa razón trataba tan despóticamente a todos los que le rodeaban. La mesa tenía un único cajón y lo abrió con curiosidad, pero lo que contenía en su interior no le dijo nada.

Un papel secante, unos bolígrafos, dos folios de papel en blanco y una cajetilla de tabaco de una marca que no conocía, con tres cigarrillos dentro.

Como ella no fumaba, la guardó de nuevo en el cajón y se puso en pie.

Del despacho pasó a inspeccionar la cocina, con la esperanza de localizar algo comestible en la enorme despensa. Algo que hubiese olvidado doña Eulalia al trasladarse a Murcia. Se utilizaba para esa finalidad un cuarto pequeño, con alacenas adosadas a las paredes, al que se accedía desde la cocina. La encontró bien provista por lo que dejó escapar un suspiro de alivio. La cocina, en cambio, le pareció más vieja aún de cómo la recordaba, aunque disponía de unos electrodomésticos que antaño no existían. Dentro de la nevera descubrió un pollo asado, una botella de leche sin abrir y un cestillo con melocotones. Sin duda debía agradecérselo a doña Eulalia que, previendo que se encontraría cansada la noche de su llegada, había procurado evitarle que se viera obligada a acercarse al pueblo para cenar.

Tenía un hambre devoradora, por lo que engulló medio pollo en la mesa de la cocina y cuatro melocotones y a continuación salió al pasillo y se dirigió a la escalera. Los peldaños crujían bajo sus pies conforme iba ascendiendo y también chirriaba la tarima de la galería cuando alcanzó la planta superior. En aquel silencio cualquier sonido parecía amplificarse y reproducirse luego, chocando contra su propio eco. Indecisa, se detuvo al comienzo del pasillo. Fuera había anochecido ya y aunque había dejado abierta la puerta de su dormitorio al bajar a la cocina, a través de la puerta de cristales del balcón no penetraba ya claridad alguna, por lo que el

corredor aparecía ante sus ojos como un alargado y oscuro manchón. Creyó oír algo al fondo del mismo, algo como el chasquido del entarimado bajo las pisadas de alguien invisible. Al menos Laura no distinguía más que sombras, fundiéndose con otras en la negrura que se extendía ante su vista.

Asustada, le pareció que retrocedía a aquella tarde en la que se encontraba en la playa con Jaime haciendo un castillo en la arena y hasta le pareció oír la voz del chiquillo asegurándole que en la casa había fantasmas que se paseaban de noche por las habitaciones. Le había prometido demostrárselo cuando al año siguiente regresara ella a la casa con sus padres a visitar al abuelo, pero no habían vuelto nunca más, aunque no sabía por qué. ¿Sería cierto que en la casa había fantasmas?

Tras unos instantes de atemorizada vacilación, meneó negativamente la cabeza para convencerse a sí misma de que su propia pregunta era absurda.

Se dijo que la madera vieja crujía porque… porque sí, porque era vieja, porque en ella solía anidar la carcoma y quizás otros insectos cuyo nombre desconocía, pero ella no era ya una niña. Ya no tenía derecho a sentir miedo de la oscuridad ni del imaginario sonido de pisadas en una casa solitaria, enclavada en la cima del acantilado. Sus padres se lo habían repetido hasta la saciedad. Desde los diez años era mayor y debía cargar con el lastre de no poder asustarse en ninguna circunstancia.

El recuerdo de esas palabras de sus padres la animó a continuar avanzando por el pasillo y al llegar a su dormitorio encendió la luz. Estaba tal y como lo había dejado, con la maleta abierta y sin deshacer sobre la cómoda, el bolso encima de la cama y la mochila con los bocadillos en el suelo. Afortunadamente ya no se vería obligada a cenar el de mortadela que había reservado para la ocasión. Gracias a doña Eulalia había disfrutado de un ágape opíparo y ahora tenía por delante una noche reparadora en la que sin duda descansaría sin interrupción. Se lo repitió varias veces hasta que se convenció a sí misma y finalmente, porque aún se removía en su mente un resquicio de duda, cerró la puerta de la habitación con pestillo. Luego se puso el camisón, se metió en la cama y apagó la luz de la mesilla de noche.

A través de los cristales de la puerta del balcón veía cómo la luna iba ascendiendo en la oscuridad del firmamento y cómo, de cuando en cuando,

cruzaba por delante alguna gaviota desorientada, pero no tardó en cerrar los ojos y en quedarse profundamente dormida.

Se despertó de improviso con una sensación extraña. ¿Dónde estaba? Lo recordó de pronto y se incorporó sobre un codo para mirar a su alrededor.

Por la oscuridad que vislumbraba a través de los cristales del balcón comprendió que aún era completamente de noche, pero tenía que ir al cuarto de baño, ese era el motivo por el que se había despertado.

Retirando las sábanas del lecho, bajó las piernas al suelo y se calzó las zapatillas que había dejado la noche anterior sobre la alfombrilla azul de pie de cama. Sabía que el único cuarto de baño se encontraba tres puertas más allá, junto al dormitorio que había sido el del abuelo. Entre este y el que ella ocupaba, se hallaba el que había pertenecido a Jaime, en el que algunas noches jugaban los dos mientras los demás dormían.

Tras encender la luz de la mesilla, se dirigió bostezando hacia la puerta, descorrió el pestillo y salió al pasillo. Se encontraba tan adormilada, que ni siquiera recordó que antes de acostarse, al subir de la cocina, había experimentado una sensación muy parecida a la del miedo al oír los secos crujidos de la madera. Lo que notaba ahora era el aturdimiento que produce el sueño, por lo que avanzó vacilante por el corredor restregándose los ojos, sin sentir otra cosa que la necesidad acuciante de llegar al cuarto de baño cuanto antes.

Fue al conseguir abrirlos cuando se detuvo en seco. Por debajo del dormitorio del abuelo salía un haz de luz. Una lucecita macilenta que se reflejaba como una estela luminosa sobre el brillante entarimado del pavimento. Se quedó como inmovilizada durante unos segundos y después volvió a restregarse los ojos. ¿Cómo era posible? Estaba segura de que, al acostarse, por debajo de la puerta del cuarto del abuelo no se escapaba claridad alguna. ¿Se trataría quizás de uno de los fantasmas de los que antaño le había hablado Jaime?

Consiguió con esfuerzo recuperar el uso de sus piernas y dirigirse hacia ese dormitorio. Tenía ya la mano en el picaporte de la puerta cuando la lucecita se apagó y el pasillo recuperó aquella oscuridad tan densa, tan impenetrable. Tuvo que repetirse varias veces a sí misma que ya era mayor y que por serlo no tenía derecho a sentir miedo. De tanto asegurárselo sus

padres, casi había llegado a convertirse en una obsesión, pero algún residuo de ese sentimiento se le había quedado enquistado dentro, porque notó que lo estaba experimentando en ese instante y que se le había localizado en las rodillas que le temblaban lastimosamente.

Pero tenía que sobreponerse. No podía echar a correr hacia su cuarto como un conejo asustado para taparse la cabeza con las sábanas. Ya era mayor. Se lo repitió bajito y de un tirón abrió la puerta y encendió la luz.

En la habitación no había nadie. Desde el umbral comprobó que, aunque de menores proporciones que las que había grabado en su retina años atrás, el dormitorio continuaba estando tal y como recordaba, con el cabecero de la inmensa cama de madera oscurísima contra la pared del fondo y el lecho cubierto por una colcha de color granate. A los pies de este y junto al paño de su derecha, permanecía la misma cómoda sobre la que colgaba un espejo con marco dorado y a su lado distinguió el enorme armario empotrado en el que el abuelo guardaba su ropa. Junto al balcón, cuyos postigos estaban herméticamente cerrados, la butaca donde aquel se sentaba en ocasiones a leer seguía ocupando el mismo lugar.

Penetró dentro de la estancia y se dio una vuelta sobre sí misma buscando con los ojos lo que hubiera podido ocasionar el débil resplandor que se escapaba instantes antes por debajo de la puerta. De la lámpara que colgaba del techo desvió la mirada hacia el velón que descansaba sobre la mesita de noche. No, ninguno de los dos era capaz de producirlo. ¿No lo habría imaginado?

Desconcertada, abandonó el dormitorio cerrando la puerta tras de sí.

Seguidamente se dirigió al cuarto de baño, contiguo a la habitación de su abuelo. Alicatado hasta media altura con azulejos blancos y cuadrados, disponía de una oxidada tina de zinc con patas doradas, que antaño usaba el abuelo. Estaba adosada contra la pared de la derecha y se la reservaba él en exclusiva. Los demás habitantes de la casa tenían que limitarse a utilizar la palangana de la que estaban dotadas todas las alcobas. Sostenidas sobre un soporte alto y blanco, con un jarro lleno de agua a sus pies, se suponía que bastaban para el aseo diario de doña Eulalia, de los niños y de los criados, ya que estos disponían además de los servicios que les prestaba un cuartucho que se hallaba junto a la cocina, en la planta baja, con un

desportillado inodoro, cuya cisterna, instalada en la pared a bastante altura, se accionaba con una cuerda de esparto.

Estaba ya lavándose las manos en el lavabo con un agua helada, cuando creyó oír con toda claridad un golpe seco. Había sonado en el dormitorio de su abuelo. ¿Habría regresado del más allá para darse una vuelta por su cuarto?, se preguntó a sí misma con sus grandes ojos oscuros agrandados por el pánico. Se repitió bajito que ya era mayor, que ya contaba veintiséis años, por lo que no tenía derecho a asustarse, pero en esa ocasión no fue capaz de convencerse a sí misma ni de intentar averiguar qué lo había producido. Con toda la velocidad que le permitían sus piernas echó a correr hacia su dormitorio y una vez dentro cerró la puerta con pestillo.

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