El acantilado de las gaviotas
Capítulo 18
Pasó el fin de semana en compañía de Ana y de Carmen, deseosas de enseñarle los rincones más agrestes y pintorescos de la costa. El sábado recorrieron a pie el Monte de las Cenizas y la Peña del Águila y el domingo recalaron en el coche de Laura en la bahía de Portmán, circundada por montañas que rodeaban la llanura costera.
En contra de lo que en ella era habitual, Carmen estaba taciturna y apenas si contestaba con monosílabos a las bromas de Ana que parecía estar disfrutando con el paseo. Laura se preguntó si no obedecería el mutismo de la muchacha a la circunstancia de no estar aprovechando esos días de fiesta para salir con Jaime en lugar de compartirlo con ellas. Le hubiera gustado preguntárselo, pero no se atrevió. Ana sí hizo intención de averiguarlo, pero solo obtuvo como respuesta un evasivo encogimiento de hombros.
Al atardecer regresaron al pueblo en el coche de Laura y en el de Carmen, que habían dejado aparcado junto a la casa de aquella, y, al igual que el resto de los lugareños, pasearon incansablemente por el paseo marítimo, donde se cruzaron con Mario que iba con una chica y que se hizo el distraído para no saludarlas.
Tampoco el lunes le dirigió la palabra a Laura durante los descansos entre clases. Le sorprendió esta varias veces mirándola de lejos y con aire ofendido, pero consideró que tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. Carmen, por el contrario, intentó un aparte con ella en varias ocasiones, aunque solo logró cuchichear a su oído unas palabras aprovechando un instante en el que Ana se separó de las dos para replicar con gracia a una broma de Samuel.
—Necesito hablar contigo. ¿Te vendría bien que subiera a verte a tu casa esta tarde?
La expresión de la chica era seria, pero no parecía estar molesta con ella, sino al contrario.
—Esta tarde he quedado en la agencia con los alemanes por el asunto de la venta de esos terrenos y con el abogado y no estoy segura de que este último no se quede a cenar. Podríamos vernos mañana que es martes a la hora que prefieras. Mañana no tengo nada que hacer.
—Yo sí, pero podría acercarme a tu casa a última hora de la tarde. ¿Te parece bien?
—Sí, sí, claro.
—Pues subiré a eso de las siete.
Ana había vuelto a unirse al grupo y también Samuel. Mario, en cambio, se había alejado al extremo más alejado del aula para contemplar a través de los cristales de la ventana como se iban agolpando en el cielo los negros nubarrones que amenazaban con descargar de un momento a otro.
Ana le señaló, riendo a continuación.
—Ya tenemos aquí el inicio de los tres días de viento de levante. Me parece que a Mario le preocupa mucho el cambio de tiempo.
Sin moverse del lugar donde se encontraba, al oírse nombrar, este giró la cabeza hacia ellos, cuidando de no cruzar su mirada con Laura, y sonrió forzadamente.
—Me preocupa, porque me temo que vamos a tener unos días pasados por agua, lo cual no resulta apetecible y menos en esta época en la que todavía se puede disfrutar de la playa.
Se volvió nuevamente hacia la ventana, dándole la espalda a Laura como si quisiera dejar muy claro que era esta la causante de su enfado. Ella ni se inmutó. Riéndose de algo que había dicho Ana, aunque no lo había llegado a entender, se dirigió hacia la máquina de café y se sirvió la oscura infusión en un vasito de plástico. Mientras lo veía caer, se le aproximó Ana para preguntarle en un susurro:
—¿Qué le has hecho a Mario?, está como una hiena.
Ella se encogió de hombros. En ese momento ni lo sabía ni le importaba.
—Creo que se ha molestado porque va a acompañarme esta tarde un abogado a la agencia inmobiliaria para negociar la venta de los terrenos.
Dice que al prescindir de él, le he dejado en mal lugar.
—Pero Mario es químico, no abogado —arguyó la chica observándola con curiosidad.
—Ya lo sé. Se pone a veces un poco pesado.
La mañana transcurrió lenta y se le hizo a Laura interminable. Sus alumnos apenas si atendieron sus explicaciones durante las clases y sus compañeros parecían estar tan alterados como el tiempo. El viento que silbaba alrededor del colegio parecía haber excitado los ánimos y durante los cortos lapsos de descanso entre clase y clase Ana y Carmen discutieron en un tono que terminó siendo agrio y poco habitual en dos amigas que se llevaban tan bien.
Cuando horas más tarde Laura salió del colegio y, ya en su coche dejó el pueblo atrás, un vendaval parecía recorrer la carretera arrastrando las hojas de los árboles que la bordeaban y zarandeando las palmeras que se doblaban sobre sí mismas a su paso. El temporal pareció arreciar cuando llegó a su casa dispuesta a prepararse algo rápido para comer. Cuando salió al patio con la intención de recoger a Sócrates, el viento huracanado dispersó su melena en todas direcciones, a la par que agitaba las bougainvilleas que trepaban por la tapia y cubrían también la fachada de la casa. Flores de todos los colores flotaban por el aire arrancadas de cuajo de las enredaderas por el viento, que se agitaba en remolinos para escapar luego hacia el pueblo como si pretendiera llevarle un mensaje de destrucción.
El perro se había guarecido dentro del cobertizo y le costó trabajo a Laura sacarle de allí. Tirando del collar le obligó a atravesar el patio cuando las primeras gotas comenzaban a caer. Los nubarrones cada vez más negros, dejaron escapar de golpe su pesada carga sobre la tierra como si no pudieran soportar su peso y en el escaso espacio que tuvieron que recorrer desde el cobertizo a la cocina, la lluvia racheada le empapó la cara.
Estornudando y luchando contra el viento, consiguió Laura cerrar tras el perro y ella la puerta de cristales, apoyándose con todo su peso contra la hoja de madera. El aire silbaba por los intersticios de esta y cuando al fin este le ganó la batalla y se filtró dentro de la cocina, salió al pasillo para recorrerlo y ascender luego por la escalera con su olor a humedad y a otoño.
Durante la reunión que por la tarde mantuvo en la agencia inmobiliaria, el viento no aminoró su ímpetu, sino al contrario. Las ventanas del local trepidaban bajo sus acometidas y las ráfagas que recorrían libremente la calle, se colaban por los resquicios de las maderas de las ventanas con un sonido agudo, como si pretendieran augurar un mal inminente.
Pese a ello la reunión fue muy satisfactoria. Acordaron que Roberto redactaría el contrato de compraventa y que volverían a verse en la agencia a la semana siguiente, en cuanto lo tuviese preparado. Cuando aquel y Laura se despidieron de los asistentes y salieron nuevamente a la calle, intercambiaron una mirada de optimismo. Las negociaciones iban por buen camino y pronto podría ella disponer del dinero que tanto necesitaba para encauzar su futuro y marcharse de allí para olvidarse de Jaime.
Apenas si tuvieron tiempo de intercambiar unas palabras en la puerta de la agencia. El vendaval estuvo a punto de arrancarle a él el maletín de las manos y a Laura la zarandeó como si fuera una hoja, esparciendo su melena en todas direcciones.
—Tengo que regresar pronto al despacho, para preparar unos escritos que me urgen —le dijo él levantando la voz para hacerse oír sobre el bronco sonido del viento—. Pero podríamos tomarnos antes un café para celebrar los prolegómenos de la transacción que vamos a formalizar. El día de la firma lo festejaremos con una botella de cava. ¿Qué te parece?
—Me parece bien —aprobó ella, sujetándose el cabello con ambas manos—. Aunque no me gusta el cava. Prefiero la sidra que también tiene burbujas. Pero vamos a buscar una cafetería antes de que nos volemos los dos con este vendaval tan horroroso.
Corriendo por la acera en fila india, no tardaron en encontrar un local en la misma calle mayor y tomaron asiento en una mesa algo apartada de las que ocupaban unos lugareños que jugaban a gritos al dominó.
—¿Qué vas a hacer con el dinero? —le preguntó él cuando el camarero les trajo los cafés que le habían solicitado—. ¿Lo has pensado ya?
Laura hizo un gesto de asentimiento mientras removía con la cucharilla el azúcar dentro de la taza.
—Sí, sí lo he pensado. Lo primero, arreglar la gotera que hay en el techo de uno de los dormitorios. No sé cómo, en vida de mi abuelo, dejó
este que fuera extendiéndose más y más, con el consiguiente riesgo de que terminara desplomándose el tejado sobre la cama. Me parece incomprensible, sobre todo, porque mi abuelo no tenía problemas económicos, sino al contrario.
Roberto se echó a reír.
—No, no los tenía, pero después de morir tu abuela amasó una pequeña fortuna, precisamente porque era bastante agarrado. Jamás gastaba un euro sin habérselo pensado antes varias veces. Tendrás que efectuar bastantes reparaciones y modernizar la casa. —Levantó la mirada del café para clavar en ella sus ojos castaños—. ¿Piensas quedarte o por el contrario tienes intención de regresar a Madrid?
Rememoró Laura la mirada que le había dirigido Jaime al despedirse de ella el día anterior y experimentó la misma sensación de abatimiento que se reflejaba en el semblante de él cuando se lo comunicó.
—Me voy a marchar. Nunca pensé que lo sentiría tanto. —Ante el gesto interrogante de él, continuó—: Es que esta tierra tiene algo especial. No sé si es la luminosidad que derrocha el sol desde que amanece o la alegría de la gente o el color del mar tan intensamente azul. —Bajó nuevamente la cabeza hacia su taza de café para que Roberto no pudiese adivinar el verdadero motivo—. No sé. Lo que sé es que me va a costar trabajo adaptarme a vivir lejos de aquí.
La expresión de él traslucía incomprensión ante lo que consideraba falta de lógica de ella.
—Pero entonces, ¿por qué te quieres ir? ¿O es que hay alguien en Madrid que te está esperando?
Hizo un esfuerzo Laura por recordar los rostros de los amigos que dejara allí. De unos amigos que fueron desertando uno tras otro cuando murieron sus padres y se encontró sin medios económicos que le permitieran mantener el nivel de vida que llevaba hasta ese momento y continuar residiendo en la casa en la que había crecido y que consideraba suya. Solo le quedaba Emilia que se había casado recientemente y con la que ya no podría contar tanto como antes.
—No —murmuró— no he dejado a nadie importante. Es solo que…
No podía decirle el verdadero motivo, por lo que procuró dirigir la conversación hacia otros derroteros y se inclinó hacia Roberto sobre la mesa.
—Aparte del coste que me suponga reparar el techo de ese dormitorio, tendremos que pensar en qué invertir el dinero de la venta —comentó en tono deliberadamente ligero—. Ese hijo de mi abuelo… —se interrumpió como si acabara de caer en la cuenta—. ¿Si existe sería tío mío, no?
—Sí, claro. Si es un hijo extramatrimonial de tu abuelo, sería un hermano de tu padre y, por tanto, un tío tuyo.
—¿Ahora se llaman extramatrimoniales? —le preguntó con cierta sorna
—. ¿No se llamaban antes hijos naturales?
Roberto hizo un gesto de sesudo asentimiento.
—Sí, pero el cambio de calificativo de esos hijos obedece a una modificación del código civil, que les ha equiparado a los hijos matrimoniales, que antes se denominaban legítimos.
Laura se acodó pensativamente en la mesa apoyando la barbilla en una mano.
—No sé. Me pregunto qué pensaría mi abuela, a la que no he conocido, si pudiera enterarse de que su marido era un pendón y que la mitad de los bienes que adquirieron juntos mientras ella vivió, podrían llegar a pertenecer a un hijo que él había tenido por ahí no se sabe con quién.
Roberto meneó negativamente la cabeza, como si quisiera expresar que la conclusión a que había llegado ella no era la acertada y que la cuestión era bastante más complicada.
—No es tan sencillo, Laura. Los bienes que has heredado tú no eran gananciales de tus abuelos, porque en ese caso, ese chico que al parecer se llama Pepico, no heredaría la parte que le hubiera correspondido a tu abuela a la liquidación de la sociedad. Esa parte la heredarías exclusivamente tú, aunque Pepico pudiera demostrar mediante las pruebas de ADN que era hijo de tu abuelo, ¿lo entiendes?
Ella meneó negativamente la cabeza.
—No, es demasiado complicado.
Roberto hizo un gesto de impaciencia.
—A mí no me parece tan complicado, aunque es posible que lo sea, porque el visitante que recibí ayer a última hora de la tarde tampoco lo entendió. Al final, todo lo que se le ocurrió preguntarme fue que si en el caso de que el descendiente legítimo falleciera sin testamento y sin familiares próximos, ese hijo extramatrimonial heredaría todos los bienes.
Laura dio un respingo en la silla.
—¿Estaba hablando de mí?
Roberto parpadeó desconcertado, como si hasta ese momento no se le hubiera ocurrido, y de improviso su semblante traslució cierta alarma.
—¿De ti?, no, no, hablaba en hipótesis, no mencionó a nadie en concreto.
—No mencionó a nadie, pero planteó un supuesto similar, por no decir idéntico, ¿no?
Frunció él el ceño intentando rememorar hasta en sus menores detalles la conversación que habían mantenido.
—Pues ahora que lo dices… sí. El supuesto era muy parecido y…
recuerdo que… recuerdo que hubo algo que me chocó.
—¿Qué es lo que te chocó? —trató de puntualizar ella.
—Es que no consigo traerlo a la memoria. Era algo importante.
—¿Cómo qué? —insistió Laura, impacientándose ante la parsimonia que parecía derrochar él. Se había acodado también en la mesa y reflexionaba con el rostro entre las manos.
—No consigo acordarme.
—Pero te preguntó si heredaría él todos los bienes si el descendiente legítimo fallecía. ¿No es eso lo que me has dicho?
—Sí, sí.
—Y le contestaste que sí, que lo heredaría todo él, ¿verdad? —rezongó ella sarcásticamente—. Solo te faltó aconsejarle la clase de veneno que debería utilizar para mandarme al otro barrio.
Levantó Roberto la cabeza para clavar en ella una mirada en la que podía leerse lo injusto que le parecía su comentario.
—¿Por qué dices eso?
—Porque probablemente ese visitante que recibiste era Pepico, que ahora será un hombre y se llamará Pepe. ¿Qué aspecto tenía?
Él parpadeó confuso.
—¿Qué aspecto?, pues… pues un aspecto corriente. Pero sí, sé que, como ya te he dicho, había algo en él que me chocó.
Inspiró aire Laura para acumular paciencia.
—¿Y no sabes qué fue lo que te chocó?
Se acarició él la barbilla como si ese ademán pudiera ayudarle a puntualizar el detalle que se negaba a acudir a su memoria.
—Me acordaré en el momento más insospechado y te llamaré al móvil para comunicártelo. Y ahora me tengo que marchar, porque se me está haciendo tarde. Te acompañaré hasta tu coche para asegurarme de que no se te lleva el viento.
El vendaval efectivamente arreciaba por momentos y cuando salieron a la calle se vieron obligados a luchar contra el ímpetu con el que se abatía contra ellos dificultándoles avanzar por la calle. Al llegar al lugar donde ella había aparcado el coche se despidieron.
—Te llamaré en cuanto me acuerde de ese detalle que me intrigó —le aseguró él—. Y no te preocupes, porque seguramente sería alguna tontería.
Arrancó Laura el motor y después de decirle adiós con la mano enfiló la calle para, sorteando las adyacentes, salir finalmente a la carretera bajo un cielo tormentoso que auguraba un nuevo e inminente chaparrón. Las primeras gotas de agua las recibió en la nariz, cuando después de meter el coche en el garaje de su casa, cruzó la placeta y metió la llave en la cerradura. El olor a humedad que el vestíbulo solía irradiar se había acrecentado expandiéndose por el pasillo y por la cocina, donde se dirigió inmediatamente para saludar a Sócrates, al que había dejado en esa estancia, cerrando la puerta tras ella al marcharse hacia el pueblo. El perro la recibió con grandes muestras de satisfacción que en ese momento estaban más que justificadas, pues el cielo parecía haber decidido desplomarse sobre el caserón convertido en agua. Luego, seguida del perro, volvió a salir al pasillo, camino del vestíbulo para subir a su dormitorio a cambiarse la ropa que llevaba por otra más cómoda.
Cuando, con Sócrates tras ella, llegó a su cuarto, le sobrecogió el rugido del mar, pese a que había dejado cerrada al marcharse la puerta de cristales del balcón. Aullaba como un gigante enfurecido y en cuanto se enfundó en
un pantalón vaquero y en una camiseta blanca, se aproximó a contemplarlo apoyando la frente contra el vidrio. En nada recordaba a la calmosa extensión de agua azul que divisaba desde ese mismo observatorio los días anteriores y que se mecía suavemente hacia la playa. Ni tan siquiera su color era azul ya, sino verde oscuro y se alzaba tempestuosamente sobre sí mismo, arremetiendo contra los riscos que desaparecían bajo la rugiente espuma que les sepultaba, como si el recipiente en el que se debatía se le hubiera quedado pequeño de repente. Laura no lo había visto nunca así. Ni tampoco desde que llegara a la costa había tenido ocasión de contemplar un cielo tan oscuro, tan amenazador. Parecía dispuesto a unir sus negros nubarrones con las olas gigantescas que se levantaban imponentes para enroscarse furiosas sobre sí mismas y desplomarse después hirviendo en plena efervescencia. Era un espectáculo grandioso que asustaba. También el viento silbaba al introducirse por los intersticios de las viejas maderas de los balcones. Atravesaba luego su dormitorio para salir al pasillo y recorrerlo de extremo a extremo con un gemido que le erizó el vello de los brazos.
Laura levantó la cabeza hacia el techo. La lluvia repicaba en el tejado con un rumor sordo y constante y recordó de improviso la gotera del cuarto que de niño había ocupado Jaime.
—Tendremos que subir con un cubo por si estuviera cayendo agua del techo —le comentó a Sócrates que observaba impasible la furia desatada de la naturaleza con la cabeza ladeada—. En cuanto cobre algo, arreglaremos esa gotera, ¿verdad? Pero ahora bajaremos a buscar un cubo a la cocina.
Vamos.
Seguida del perro bajó a la habitación indicada, cerrando los postigos de las ventanas a su paso para impedir la entrada del agua y del vendaval por las rendijas de las maderas. Luego, con el cubo colgando de su mano por el asa, alcanzó la vieja escalera que comenzaba en un ensanche del pasillo, junto a la cocina. Los peldaños, de madera desgastad a os por el uso, atestiguaban que había sido utilizada durante muchos lustros por los criados que tiempo atrás trabajaran en la casa para los antepasados de su abuelo. ¿A cuántos años se remontaría la construcción del edificio?, se preguntó mientras comenzaba a ascender los estrechos escalones que llevaban a la
planta superior y, rebasando esta, continuaba hasta la última. Aún era de día, pero esa planta estaba a oscuras. El corredor carecía de ventanas y las puertas de los dormitorios estaban cerradas, lo mismo que las ventanas de esas habitaciones, por lo que Laura accionó el conmutador de la luz eléctrica que iluminó el fondo del pasillo con la polvorienta bombilla que pendía por un cable del techo. Se balanceaba a impulsos de una ráfaga de aire de la que no consiguió averiguar su procedencia, pero que se paseaba libremente por el corredor.
Con Sócrates en pos de ella llegó hasta la puerta que cerraba el fondo del pasillo y la abrió encendiendo inmediatamente la luz de esa habitación.
Un chorro de agua caía sobre el pavimento desde la gotera del techo y se apresuró a colocar el cubo bajo aquel para recogerla. La lluvia repiqueteaba allí sobre el tejado con un sonido constante, conforme arreciaba de intensidad. Dentro de unos instantes tendría que vaciar el cubo. ¿Dónde podría encontrar otro que le sirviera de repuesto mientras cargaba con el primero hasta el aseo para arrojar su contenido en el inodoro?
En ese momento sonó el timbre de la puerta y respingó sobresaltada.
¿Quién podría venir a visitarla en una tarde tan desapacible? ¿Sería Jaime?
Con el corazón golpeteándole dentro del pecho, como si llevara en su interior una maquinaria descompuesta, se dio media vuelta y bajó de dos en dos los peldaños de la escalera, seguida de Sócrates. Desembocaba esa escalera en un ensanche del pasillo más allá de la cocina y cuando ambos llegaron a la planta baja se encaminaron sin pérdida de tiempo hacia el vestíbulo, donde Laura, sin atisbar el exterior por la mirilla, abrió seguidamente el portón.
Era Carmen. Laura vio que había dejado su coche al otro lado del poyete de la placeta y que, aunque se protegía bajo un paraguas, su oscura y rizada melena estaba empapada. Pendía sobre sus hombros dejando escapar de cuando en cuando unas gotas de agua y sus grandes ojos negros aparecían circundados por unas oscuras ojeras.
Reprimió Laura su decepción y debió manifestar su extrañeza al verla, porque Carmen esbozó una sonrisa de disculpa.
—Perdona, ya sé que habíamos quedado en vernos mañana, pero necesitaba desahogarme con alguien y por eso estoy aquí. ¿No te importa,
verdad?
—Claro que no —la tranquilizó ella, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Hemos terminado la reunión más pronto de lo que pensaba y mi abogado ha regresado a su despacho porque había quedado con un cliente, así que has venido oportunamente. Estoy sola. Pasa.
La precedió hacia la sala de estar y comprobó consternada que a la otra le chorreaba su melena, rizadísima ya, debería secarse inmediatamente el pelo si no quería coger un constipado. Carmen aceptó el secador que Laura le ofrecía y después de utilizarlo en el cuarto de baño, volvió a bajar con ella a la sala de estar. Allí se dejó caer en la butaca del abuelo como si estuviera mortalmente cansada. Se filtraba una luz grisácea a través de los cristales de la puerta de la terraza que apenas si le permitía a Laura distinguir el rostro de la chica. Se levantó para encender la lámpara de pie y la que descansaba sobre la mesita cercana al sofá y luego se dirigió a la otra chica. Ahora que podía ver con claridad sus facciones, la encontró pálida, pese a lo tostado de su piel, y con una expresión amarga, inusual en su risueño semblante.
—¿Quieres tomar algo? —le preguntó.
Carmen levantó la cabeza hacia ella y sonrió con algo de timidez, lo que en ella no era habitual.
—Sí, algo alcohólico, si no te importa. Necesito entonarme.
No solía beber Laura y no sabía lo que podía haber en la despensa, por lo que insistió.
—¿Algo alcohólico?, ¿cómo qué?
—Da lo mismo, lo que tengas. Ginebra, whisky, coñac, lo que tengas.
Salió Laura de la habitación seguida de Sócrates que, al parecer, no estaba dispuesto a separarse de su lado y ya en la despensa olisqueó el perro todo lo que quedaba a su alcance, mientras ella, de puntillas, intentaba identificar las botellas que se encontraban en lo alto de la alacena. Escogió una de ginebra y regresó a la sala de estar con un vaso en el que había echado unos cubitos de hielo. Carmen estaba secándose los ojos con un pañuelo cuando ella entró en la habitación y se sentó a su lado arrimando una butaca.
—¿Me vas a decir qué es lo que te pasa?
Su visitante asintió con un sorbetón, mientras se servía ginebra en el vaso que Laura le había entregado.
—Sí, claro que sí. No me gusta molestar a nadie con mis quejumbreos, pero esta mañana he discutido con Ana y… bueno, tú eres mi mejor amiga.
Su mejor amiga después de Ana, se dijo Laura. Probablemente se había decidido a subir a verla, porque ese momento no podía recurrir a la otra, después del enfrentamiento que habían tenido las dos esa mañana. Pero no le importaba convertirse momentáneamente en el paño de lágrimas de la chica, sino al contrario. Su sola presencia la hacía sentirse culpable y escucharla era lo menos que podía hacer para descargar ese sentimiento.
—Anda, cuéntame. ¿Qué es lo que te ocurre?
Carmen dio un nuevo sorbetón y se secó un lagrimón con el dorso de la mano.
—Es Jaime.
Reprimió Laura un respingo de sobresalto. ¿Se habría enterado la otra de lo que había sucedido unas noches dos noches antes? Procuró no dejar traslucir sus emociones al preguntarle.
—Sí, ¿qué le pasa?
La otra agitó negativamente su oscura melena, cada vez más rizada por las puntas por la humedad del ambiente.
—No le pasa nada. Me pasa a mí. Llevábamos saliendo cerca de un año y yo pensaba… pensaba que él me diría algo sobre los dos y sobre nuestro futuro. Y hoy, al terminar las clases…
—Sí, ¿qué ha pasado?
Carmen clavó en ella sus grandes ojazos, bordeados de largas pestañas.
—Que he ido a buscarle a su clínica para comer con él. He sido yo la que se lo he propuesto, porque últimamente se mostraba un tanto esquivo conmigo. Como me estaba cansando de esperar y esperar durante tantos meses sin que él se decidiera a insinuar siquiera lo que sentía por mí, he tomado yo la iniciativa y…
—¿Y qué?
La chica esbozó un gesto tímido.
—Que me ha contestado que me consideraba una magnífica persona y una gran amiga en la que podía confiar, pero… pero nada más.
Durante una décima de segundo Laura estuvo a punto de saltar de alegría, pero se contuvo a tiempo, diciéndose que Carmen era solo una parte del problema y ni siquiera era la más importante de este. Lo realmente trascendente era que él había falsificado unos documentos para apropiarse de un dinero que no le pertenecía. Claro que jugaban tantas circunstancias atenuantes a su favor…
Con el semblante tan impasible como la propia doña Eulalia, le preguntó:
—¿Te ha dicho que para nada más?
Carmen tomó un sorbo de ginebra y meneó negativamente la cabeza.
—No, claro que no, hubiera sido una grosería. Lo he entendido yo que no soy tonta. Ya había notado que en las últimas semanas me evitaba siempre que podía, aunque yo me plantaba en su consulta todas las tardes.
Buscaba siempre una excusa para no salir a pasear o a cenar conmigo. Unas veces porque, según me decía, tenía mucho trabajo y otras porque estaba cansado o le dolía la cabeza.
Tomó otro sorbo de ginebra y sus grandes ojos oscuros comenzaron a brillar de una forma diferente como si el alcohol que se le deslizaba por las venas hubiera ascendido ya hasta sus pupilas.
—Cualquiera en mi caso se hubiera dado cuenta de que él se había cansado de mí —continuó en otro tono—. Incluso Ana me lo insinuó un par de veces, pero, como es natural, yo no lo quería creer.
Laura le dio unas afectuosas palmaditas en la mano que la otra había dejado caer en el brazo del sillón.
—Claro, es una reacción muy natural la de no querer ver lo que a una no le conviene, pero tú vales mucho Carmen y encontrarás a otro que te merezca.
Con un nuevo sorbo terminó con el contenido del vaso y se lo tendió a Laura.
—Ponme un poco más. Esta ginebra está buenísima.
Ella empezó a preocuparse.
—Oye, ¿no te estarás amonando, verdad?
—¿Yo?, qué va —replicó la chica con voz pastosa—. Me encuentro mucho mejor. ¿Qué es eso que silba alrededor de la casa?
Se refería al gemido del viento que giraba en torno del edificio. Una ráfaga se había filtrado por la puerta de cristales por la que se accedía a la terraza aventando los visillos de encaje y los tapetitos de crochet de las butacas, para expandirse después por el pasillo, como si hubiera logrado escaparse de su encierro y vagara ahora, libre. Carmen se había puesto torpemente en pie e intentó dar unos pasos, vacilante.
—¿No te parece… no te parece que el suelo se está moviendo? —
inquirió con voz aguardentosa.
—No bebas más —le ordenó Laura quitándole el vaso de la mano.
—Es que ahora me encuentro mucho mejor —alegó tambaleándose—.
Fíjate que… hasta tengo ganas de reír.
Laura la empujó suavemente para hacerla sentar de nuevo en la butaca y en ese momento sonó el timbre de la puerta. Sócrates levantó las orejas y ella la cabeza preguntándose quien podría ser a esas horas de la tarde en las que ya empezaba a oscurecer y en las que el temporal arreciaba.
Carmen se incorporó ligeramente para preguntarle:
—¿Tienes… tienes visita? ¿Esperabas… esperabas a alguien?
—No, claro que no. Voy a ver quien es.
Seguida de Sócrates, salió al pasillo para encaminarse en dirección al vestíbulo y mirar por la mirilla. Reconoció a Mario con el rostro grotescamente distorsionado por la curvatura del cristal y le abrió. Había dejado también él el coche aparcado al otro lado del poyete, y había tenido asimismo la precaución de coger un paraguas que sostenía en una mano, por lo que no se había mojado al atravesar la placeta. En la otra mano llevaba una botella de cava que le mostró.
—Vengo a disculparme y a hacer las paces contigo.
El viento arremolinado zarandeaba los geranios de los arriates y las palmeras que crecían más allá del poyete y despeinó su melena, que tuvo que apartar de su rostro para que no le ocultara la visión. Una húmeda ráfaga se introdujo en el vestíbulo y agitó todo lo que encontró a su paso con un rumor sordo que se entremezclaba con el fragor del mar enfurecido.
—Pasa —le animó ella haciéndose a un lado—. Hace una tarde de perros.
—Debería haberte llamado antes de venir —se disculpó él sin atreverse a penetrar en el vestíbulo, mirando desconfiadamente a Sócrates, que, impasible, jadeaba tras ella con la lengua fuera.
Laura apartó al perro sujetándole por el collar.
—Pasa —repitió—. No te va a hacer nada.
—Es que aún me acuerdo de aquella tarde en que tu abuelo lo azuzó contra mí. No creas que se me ha olvidado.
Le precedió ella hasta la sala de estar, donde él se detuvo en la puerta, sorprendido al ver a Carmen.
—¡Hola! —le saludó ella sin moverse de la butaca—. ¿Has tenido la misma idea que yo? Hace una tarde ideal para venir al acantilado a visitar a Laura. ¿No crees que hace una tarde ideal? —y se echó a reír a continuación como si hubiera dicho una cosa graciosísima.
A Mario no pareció alegrarle la presencia de la chica ni tampoco la cercanía de Sócrates, porque permaneció indeciso en el umbral. Con la mirada fija en este último le preguntó a Laura:
—¿No podrías… no podrías encerrar a ese perro en algún sitio para que podamos tener una reunión agradable? He traído esta botella para celebrar la recuperación de nuestra amistad, pero…
—Está bien, no te preocupes —replicó Laura—. No puedo sacarlo al patio porque está lloviendo a mares, así que lo subiré arriba. Ponte cómodo mientras tanto y siéntate.
Tirando del collar de Sócrates se dirigió con él hacia la escalera y comenzó a subir los peldaños. El vendaval aullaba alrededor de la casa y cuando alcanzó ella la planta superior oyó también como zarandeaba las puertas del balcón de su cuarto conforme se aproximaba a este. Tenía previsto dejar al perro en su dormitorio, pero antes de bajar de nuevo para reunirse con sus visitantes se aproximó para mirar el exterior. La lluvia se deslizaba contra los cristales enturbiándolos, pero pudo atisbar el oleaje de un mar embravecido que se agitaba a sus pies. La playa había desaparecido ya, invadida por el agua que ahora luchaba por socavar la base del acantilado sobre el que se alzaba su balcón. Era un espectáculo inmenso y terrorífico en el que las fuerzas de la naturaleza parecían haberse desatado, libres de toda atadura.
Sócrates se había dejado caer sobre la alfombra de pie de cama, que era su lugar predilecto para dormir y ella le amonestó con un dedo.
—No te muevas de aquí, ¿eh? Sé buen chico y échate una siesta hasta que los dos que han venido y que están abajo se marchen.
El perro pareció entenderla, porque, con la cabeza apoyada en sus patas delanteras, cerró los ojos, dispuesto a obedecerla. Ella tomó una chaqueta de punto del armario y se la echó sobre los hombros antes de salir de la habitación cerrando la puerta tras de ella. El temporal que estaban padeciendo se había llevado el verano entre sus ráfagas y la casa estaba demasiado fresca y demasiado húmeda, como si la lluvia que arreciaba en el exterior se hubiera filtrado ya en el interior de sus paredes.
Ahogando un estornudo se dirigió a la escalera y empezó a bajar por ella, preguntándose en qué estado se encontraría Carmen después de los dos vasos de ginebra que se había tomado. Probablemente no estaría en condiciones de conducir cuando se le hiciera la hora de marcharse y ella deseaba imperiosamente quedarse sola para llamar a Jaime. Tenía que decirle que todo había sido un malentendido. Que se había equivocado al conceptuar la relación que mantenía con la otra, pero que necesitaba que le explicara el motivo por el que había pensado que el dinero de la cuenta bancaria de la que su abuelo era titular le pertenecía. Por ella, podía quedárselo. Solo necesitaba entenderlo y si conseguía justificarle, no se marcharía ya de esa casa ni de aquella costa tan soleada siempre, aunque cuando soplaba viento de levante se transformase en otra muy distinta. Por fortuna el temporal que originaba ese viento solía durar tres días tan solo, según le habían comentado todos, y tres días pasaban de cualquier manera.
Oyó las voces de sus dos visitantes cuando llegó al pie de la escalera, Le pareció que cuchicheaban algo y le extrañó que Carmen, con dos vasos de ginebra encima, fuese capaz de controlar el tono de su voz. Al alcanzar el umbral de la sala de estar la distinguió medio derrengada en su butaca, con el vaso vacío en la mano y una sonrisa estúpida en su bonito semblante. La ensortijada melena le ocultaba medio rostro y de improviso la sospecha que le había acometido unos días antes volvió a asaltarla. La chica se parecía muchísimo a… ¿a quién?
Mario había arrimado una butaca y estaba sentado a su lado susurrándole algo de lo que tan solo podía percibir el sonido de su voz, pero sin entender sus palabras. Él volvió la cabeza al oírla entrar y se puso en pie.
—¿Dónde tienes unas copas para el cava? Lo he enfriado en la nevera de mi casa y está a punto.
Laura meneó dubitativamente la cabeza. Ni siquiera había tenido tiempo de averiguar si había copas en el caserón que había heredado.
—Pues… la verdad es que no lo sé.
Carmen se echó a reír estrepitosamente.
—¿No sabes donde tienes las copas? —le preguntó arrastrando mucho las palabras. Se incorporó luego con dificultad para recorrer la estancia con los ojos—. Mira… mira… en los armaritos bajos… de la librería —le recomendó—. Probablemente… estén guardadas… estén guardadas ahí.
La obedeció Laura, seguida de Mario que permaneció a su espalda, mientras ella se agachaba para abrir uno de los armarios ubicados bajo los estantes de libros que enmarcaban la chimenea. Efectivamente las copas estaban allí, lo mismo que media docena de vasos tallados. Cogió tres copas y se enderezó, dándole una a él y llevándole otra a Carmen, aunque pensó que le haría un favor a esta última impidiéndole que bebiera más. Mario abrió la botella y el corcho fue a estrellarse contra el techo, yendo a caer después en el asiento de la butaca que había dejado ella libre, lo que provocó otra carcajada de la chica, que alargó su copa hacia él.
—Creo que Carmen no debería beber más —opinó Laura, intentando evitar que Mario se la llenase.
—¿Y por qué no?, —protestó Mario—. Eres demasiado seria y demasiado formal, Laura. ¿No ves que se está divirtiendo?
—Lo que veo es que está enganchando una mona de mucho cuidado —
replicó secamente.
Como si no la hubiera oído, llenó él las copas de las dos y luego hizo lo mismo con la suya propia. La dejó sobre la mesita que tenía al lado de su butaca y después le sonrió a ella que había ido a dejarse caer en el sillón que ocupara poco antes.
—Bueno, ¿amigos otra vez? Ayer me comporté como un estúpido.
Reconozco que lo natural es que quisieras que te acompañara un abogado para negociar la venta de los terrenos con los alemanes. Y por cierto,
¿llegasteis a un acuerdo?
—Sí, —replicó Laura—. Roberto va a redactar el contrato y en cuanto lo tenga listo nos reuniremos nuevamente con los alemanes, que en esa ocasión irán también acompañados por un a abogado.
—Así que probablemente estará todo resuelto la próxima semana, ¿no es así?
Le extrañó a Laura su tono. Parecía como si estuviera calculando algo.
—Pero vamos a brindar —les propuso tomando nuevamente la copa en sus manos y poniéndose en pie para aproximarse a ellas. Chocó la suya con las de las dos y luego se la llevó a los labios.
Carmen se bebió la suya de un trago y Laura fingió probarla, aunque no llegó a beberse el ambarino líquido. El alcohol le sentaba mal y el cava, además de no gustarle, le producía dolor de cabeza. En ese momento sonó el móvil de él y lo extrajo del bolsillo de su pantalón.
—Perdonad, —les dijo saliendo al pasillo para encaminarse hacia el vestíbulo con la intención de mantener una conversación con su invisible interlocutor sin ser molestado por las voces de ellas. Cuando se quedaron solas, Carmen le señaló a Laura su copa.
—¿No te la bebes?, —le preguntó con voz pastosa.
—Es que el cava no me sienta bien, —repuso Laura—. Pero no quiero hacerle un feo a Mario. Es muy suspicaz y se enfada por todo.
Sin decir palabra, le quitó Carmen la copa de la mano y se la bebió de un trago. Luego se la devolvió. Ya regresaba Mario con el móvil en la mano y al ver que las copas de las chicas estaban vacías se las llenó de nuevo, aproximándose luego a la puerta de la terraza. Había cesado momentáneamente de llover y a través de los cristales podía verse la tumultuosa agitación del mar bajo unos nubarrones negros como el carbón que iban confundiéndose con la oscuridad del crepúsculo. Comenzaba a anochecer y un viento huracanado barría las hojas de los árboles cercanos, que el vendaval había arrojado sobre el rojo pavimento de la terraza. Las levantaba luego en círculos para hacerlas girar sobre sí mismas, antes de
llevárselas lejos flotando por el aire. Mario volvió la cabeza para indicarle a Laura que se le aproximase.
—Ven, ¿crees que podremos ver con este temporal el faro de Cabo de Palos? En una noche como esta la luz de ese faro es imprescindible para que se orienten los barcos que hayan salido a navegar.
—Dudo que haya salido a navegar ninguno, —repuso ella acercándosele con la copa en la mano, para atisbar el exterior tras los cristales.
—De todas formas me gustaría comprobarlo, —insistió Mario—. ¿Te importa si abro la puerta y salimos fuera?
—Nos vamos a volar, —objetó Laura, girando la cabeza hacia Carmen, esperando que esta la apoyara. La chica se había quedado dormida como un tronco, con la cabeza apoyada en el respaldo de la butaca y la copa vacía en la mano que le colgaba del brazo de aquella. Se le acercó para quitársela y depositarla sobre la mesita donde poco antes había dejado él la suya y en ese momento sonó su móvil. Lo extrajo del bolsillo de su pantalón vaquero y se lo llevó al oído, al tiempo que salía al pasillo y reconocía la voz de Roberto.
—Laura, ¿te cojo en buen momento?, —le oyó decir.
—Sí, claro que sí. Estoy en casa con unos amigos que han venido a tomar una copa de cava conmigo. ¿Pasa algo?
La voz de él le sonó alterada.
—Sí, pasa que he caído en la cuenta de lo que me chocó el otro día cuando vino a visitarme ese chico del que te he hablado.
—¿De qué chico?, —inquirió ella sin comprender.
—Del chico que me preguntó por la demanda de reconocimiento de paternidad. ¿No recuerdas? Sabía que me había extrañado algo en él y acabo de caer en la cuenta.
—¿Sí?, ¿y qué fue lo que te extrañó?
—Me extrañó que se tratara de uno de los profesores de tu colegio, aunque me ha costado recordar su rostro, ¿entiendes?
No, no entendía nada y le estaba poniendo nerviosa la pachorra de él.
—¿De qué profesor me hablas?
—Del que te acompañaba la otra tarde al Banco y parecía empeñado en asistir a la reunión que íbamos a tener en la agencia con los alemanes. ¿No te acuerdas que te lo comenté?
Incrédulamente Laura apartó el móvil de su oído como si el aparato pudiera darle una respuesta a su muda pregunta.
—¿Me estás hablando de Mario?, —le preguntó casi sin voz volviendo a aplicarlo a su oído.
—No sé como se llama, pero el hombre que me visitó fue precisamente el que te acompañaba esa tarde. En mi despacho y me dijo que se llamaba…
que se llamaba José Sandoval.
—José Sandoval, —repitió ella casi sin voz—. En el colegio figura con el nombre de Mario, como Mario Sandoval. ¿Es él al que de niño le llamaban Pepico?
—Me temo que sí. Te lo digo para que lleves cuidado. No sé lo que pretenderá, pero por si acaso no vuelvas a quedarte a solas con él hasta que aclare yo si se trata de ese Pepico, ¿has comprendido?
¿Que no volviera a quedarse a solas con él?, se preguntó aterrada.
Mario, José o Pepico estaba en la sala de estar, a tan solo a unos pasos de ella, y en una noche tempestuosa en la que se encontraban solos en lo alto del acantilado con la única compañía de una chica que se había quedado dormida a consecuencia de una borrachera monumental. Sintió que un sudor frío le resbalaba por la espalda, al tiempo que sonaba destemplada en su oído la voz de él.
—Laura, ¿por qué no me contestas? ¿Estás bien?
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