El acantilado de las gaviotas

Ursula Llanos · Capítulo 19 de 20

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El acantilado de las gaviotas

Capítulo 19

Maquinalmente cortó la llamada sin contestarle. ¿Cómo iba a estar bien con el hombre que pretendía ser hijo de su abuelo a pocos pasos y desconociendo sus intenciones? ¿Qué podía hacer? Podía salir de la casa, abrir la puerta del garaje y con el coche ir en busca de Jaime para… ¿para qué? Mario o José, como se llamara, no había dado muestras de tener intención de agredirla. Al contrario, se había presentado con una botella de cava para hacer las paces con ella o… La lucecita que se encendió en su mente la obligó a abrir desmesuradamente los ojos. ¿Contendría algo la botella? Él era químico y conocería las sustancias que podría añadirle valiéndose de una jeringuilla con la que atravesar el tapón de corcho. Se dio cuenta ahora con toda claridad de que él no había llegado a beberse su copa y que la que le había entregado a ella se la había tomado Carmen, que en ese momento dormía el mejor de los sueños. ¿Contendría un somnífero? Y

si la respuesta era afirmativa, ¿qué pretendía con ello?

Notó que el sudor le llegaba ahora hasta la cintura mientras reflexionaba. Pero no podía salir huyendo con el coche. ¿Qué pensarían los dos si en realidad Mario o José no pretendiera hacerle daño y hubiera subido hasta su casa con la única intención de reconciliarse y reanudar su amistad? No, lo mejor sería que procurase aparentar normalidad, pero sin bajar la guardia. Quizás aspirara tan solo él a llegar a un acuerdo sobre el reparto de la herencia de su abuelo y por esa razón hubiera acudido a visitarla esa tarde con la botella de cava. Para crear un ambiente más amigable. Respiró hondo sin saber qué decisión tomar y finalmente pensó en Jaime. Le llamaría con cualquier excusa. Podía decirle que Carmen había enganchado una borrachera monumental y que convenía que la llevara a la casa de ella en su coche animando a Mario a despedirse también. O… daba

igual la excusa que utilizara. Lo importante era conseguir que se llevara a Mario consigo.

Apresuradamente marcó en la agenda de su móvil el número de Jaime y oyó la voz de la operadora repitiendo como una autómata que el aparato de él estaba apagado o fuera de cobertura. Estuvo a punto de dedicarle un exabrupto a aquella voz anónima, pero pensó que el temporal podía haber producido una avería en las líneas telefónicas. Como en cualquiera de los dos casos no era la operadora la culpable, respiró hondo nuevamente y le envió a él un mensaje, pidiéndole que acudiera urgentemente a su casa. Le repitió varias veces que era urgente y luego regresó a la sala de estar con el semblante impasible.

Desplomada en la butaca, Carmen dormía emitiendo de cuando en cuando un sonoro ronquido y Mario continuaba mirando el oscuro exterior, apoyado en la puerta de cristales de la terraza y de espaldas a ella. Volvió la cabeza al oírla entrar.

—No me has contestado cuando te he preguntado si te parecía bien que saliéramos los dos a contemplar el mar.

Laura examinó atentamente sus facciones. Aunque su cabello era liso y de color castaño, la humedad del ambiente se lo estaba rizando. Ya le caían sobre la frente unos ensortijados mechones, asemejándole al del chico niño de la fotografía que estaba sobre la mesilla del dormitorio que había sido de Jaime. También advirtió en ese momento que la raíz de ese cabello era negra como el carbón. Sin duda se lo había aclarado con algún tinte y planchado para alisarlo Las gafas de concha coadyuvaban igualmente a disimular el parecido con el chico niño que había sido, con la intención de no ser identificado, probablemente para llevar a cabo sus propósitos fueran los que fueran.

Aproximándose a la butaca que ocupaba Carmen, se situó Laura detrás, apoyándose en el respaldo, ya que le pareció el mejor parapeto del que disponía en ese momento.

—¿Cómo quieres salir a ver el mar con el tiempecito que hace?, —le preguntó con una voz sin inflexiones—. Es un disparate. Y, no quiero parecer una mala anfitriona, pero creo que deberías portarte como un buen

amigo y llevar a Carmen a su casa para que duerma la mona. ¿Sabes donde vive?

Él se la quedó mirando con el semblante impasible.

—Sí, claro que lo sé, pero aún queda cava en la botella. ¿No quieres que antes nos la acabemos?

Sus ojos, negros como el carbón, le brillaban al proponérselo y Laura sintió un escalofrío.

—Ya hemos bebido mucho los tres y tú tienes que conducir, —logró articular con un esfuerzo.

—Yo sí, pero tú no, —repuso él con una frialdad que le provocó un estremecimiento—. Tú puedes acabarte lo que queda. No creo que haya en la botella cava para más de una copa.

Hizo un esfuerzo Laura por sonreír, pero sin separarse del respaldo de la butaca. Tan solo logró esbozar una mueca.

—Ya, pero tengo que cuidar mi hígado.

Volvió a mirarla él como si la estuviera analizando. ¿Le sorprendería comprobar que se mantenía sobria pese a las dos copas que creía él que había tomado?

—¿Le pasa algo a tu hígado?

—No, porque no acostumbro a beber, —repuso ella con otro intento de sonrisa—. Gozo de una salud magnífica.

—Pues es una pena, —masculló él por lo bajo.

—¿Una pena?, ¿por qué es una pena?, —articuló en un tono pretendidamente ligero—. ¿Te molesta que tenga buena salud?

Mario la observó con una fijeza que le provocó un nuevo estremecimiento.

—Me resultaría todo más sencillo si fueras vieja, fea o padecieras alguna enfermedad grave, ¿no lo entiendes?

—¿Más sencillo para qué?, —balbuceó apenas con la garganta seca.

—Ya puedes imaginarte para qué, —replicó él apartándose de la frente los rizos que le habían resbalado hasta los ojos. No parecía el mismo que el primer día de colegio se le había acercado observándola admirativamente, pese a que su indumentaria dejaba mucho que desear y en su opinión estaba

hecha una birria. Probablemente lo había fingido para entablar una amistad con ella y tener así ocasión de llevar a cabo sus propósitos.

Pensó que debería disimular lo que sabía y conseguir que se marchara de una vez llevándose a Carmen, pero en su lugar se oyó decir a sí misma:

—¿Te llamas José, verdad?

Sin modificar su expresión hermética, él asintió con la cabeza.

—Si, José Mario Sandoval. Mario para los compañeros del colegio y José para ti.

—Y… —empezó Laura con la garganta cada vez más seca—. Y has venido esta tarde con la intención de que hablemos sobre la herencia de mi abuelo, ¿no es eso?

Se echó a reír él por primera vez.

—Bueno, yo no lo llamaría así. Esa herencia me pertenece exclusivamente a mí, no a ti. Yo soy su hijo. He vivido como tal en esta casa durante un tiempo. Nos marchamos porque mi madre consideró que era lo mejor, pero cuando se reencontró con mi padre al cabo de los años, este otorgó un testamento ológrafo en el que me reconocía como hijo suyo y me dejaba en herencia los bienes que como tal me correspondían. Durante el verano pasado se acercaba él a visitarla todas las tardes a una playa cercana donde veraneaba y le preguntaba a mi madre por mí. Pasaba las tardes mirando fotos en las que aparecía ella retratada conmigo. Estaba orgulloso de su hijo. A ti en cambio te tenía verdadera aversión.

Aquello era cierto. Evocó Laura su mirada fija en ella, expresando un cúmulo de reprobaciones, nunca expresadas de palabra pero que resultaban muy palpables.

—Yo… no hice nada para merecerlo, —musitó casi sin voz.

—Ser fea, —replicó él con absoluta frialdad—. Era ese un defecto que no toleraba en las mujeres.

—Yo no era una mujer, —objetó débilmente—. Era solo una niña y él era mi abuelo. No tenía derecho a odiarme porque me pareciese a él y consiguientemente no tuviera un físico agraciado.

—No, pero eso ahora da lo mismo, —contemporizó Mario avanzando un paso hacia ella—. He venido a buscar ese último testamento en las ocasiones en las que creía que tú no te encontrabas en la casa.

—¿Eras tú el que revolvías el dormitorio de mi abuelo por las noches?

—Sí, claro. Alumbrándome con una linterna. No me enteré de tu llegada, por lo que la primera noche que dormiste en esta casa estuviste a punto de descubrirme. Cuando oí que te acercabas a la alcoba en la que me encontraba, me escondí dentro del armario y luego me marché sin hacer ruido.

Buscó Laura en la garganta la voz que había perdido.

—¿Y fuiste también tú el que envenenó a Sócrates?

—Sócrates es ese perrazo enorme que tienes, ¿verdad? Pues sí. Estuvo a punto de hacerme pedazos una vez y parecía olerme en cuanto venía a escondidas a esta casa, por lo que pensé que era un estorbo.

—¿Y porque te molestaba lo envenenaste?, —repitió Laura en tono interrogante, sin acabar de creérselo por considerar una monstruosidad que un ser humano pudiera hacerle daño a su perro.

—Sí, ya te he dicho que sí. Además de ser enorme y un estorbo, es un tragón, por lo que se abalanzó sobre la comida que le traje, bien mezclada con raticida.

Le envolvió ella en una mirada de desprecio que no pareció hacerle mella. Ya no recordaba en nada al profesor de química que había conocido en el colegio. Con el cabello ensortijado coronándole la cabeza, aquellos ojos tan negros destacando en su rostro cetrino y un brazo en la cadera, más recordaba a un jactancioso tipejo farolero de arrabal que a un hombre de ciencia.

—¿Y después te fumaste un cigarrillo de la cajetilla que mi abuelo guardaba en el cajón de su mesa del despacho en esa habitación?

Mario hizo un gesto de asentimiento.

—Sí. No suelo fumar, pero sentí en ese momento que era una forma de reivindicar mis derechos sobre esta casa. Apoltronándome en su butaca y fumándome uno de sus cigarrillos, como habría hecho él si hubiera estado vivo.

—¿Y el testamento?

—No lo he encontrado por más que lo he buscado, pero ahora ya me da igual. Hablé el otro día con un abogado de Murcia y pienso interponer una

demanda de filiación para que se me reconozca como su hijo, reclamando al mismo tiempo la herencia que me pertenece.

—Eso me parece muy bien, —convino ella algo más tranquilizada—.

Los tribunales determinarán qué parte de esos bienes nos corresponde a cada uno.

Dejó escapar él una risita sarcástica.

—Eso sería demasiado fácil para ti, pero no para mí. El abogado me dijo que ese es un procedimiento largo y costoso y mientras tanto tú podrías dilapidar todo el dinero que has heredado injustamente en cuanto consigas vender los terrenos de la playa contigua y esta casa. Hay otra forma más sencilla de resolverlo.

—¿Cuál?, —inquirió ella notando como una bola de algodón se le atravesaba en la garganta.

—¿Cuál?, —la remedó él—. Salta a la vista. Contigo en el otro mundo lo heredaría todo yo, está muy claro. Lamento tener que tomar la decisión de obligarte a realizar el viaje al más allá, pero no voy a poder evitarlo, porque, como has reconocido tú misma, gozas de una magnífica salud.

Se quedó Laura inmóvil, como paralizada, experimentando un frío intenso. Hasta le pareció oír los latidos de su corazón, que le martilleaba dentro del pecho como si amenazara con detenerse de un momento a otro.

—¿Y cómo tienes previsto hacerlo?, ¿envenenándome con la botella de cava que has traído?

Mario volvió a mirarla con fijeza, con algo de extrañeza en su cetrino semblante.

—No. Contiene únicamente un somnífero que no sé cómo no te ha afectado, porque a Carmen le ha producido un efecto fulminante.

Laura bajó la cabeza para clavar los ojos en la cabeza de la chica que en la butaca en la que se apoyaba emitía sonoros ronquidos. Desde el lugar en el que se hallaba ella no podía ver su rostro, pero no era difícil advertir que dormía profundamente. Lo que Mario no sabía era que Carmen se había bebido las copas de las dos.

—Y cuando me hubiera quedado dormida, ¿qué tenías previsto hacer?,

—le preguntó tratando de aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

Él esbozó una mueca sardónica.

—Sacarte en brazos a la terraza y arrojarte por el acantilado. El somnífero que he mezclado con el cava no deja huellas y no se detecta en la autopsia. Únicamente descubrirán que has ingerido alcohol y deducirán por ello que, borracha como una cuba, resbalaste sobre el poyete de la terraza y te caíste desde lo alto del acantilado. Carmen lo corroborará.

—¿Estás compinchado con ella?

El rostro de Mario expresó sorpresa.

—¿Con Carmen? Claro que no, ni se lo imagina. No sabe quién soy ni el parentesco que me une con el que fue dueño de esta casa. Cuando despierte, le referiré yo lo que ocurrirá dentro de unos instantes y me creerá.

¿Por qué no habría de creerme?

Inmóvil tras el sillón en el que dormía Carmen, continuó ella con el semblante sin expresión:

—Y a continuación presentarás tu demanda de filiación y te adjudicarán toda la herencia, ¿no es así?

—Efectivamente. ¿No crees que lo he planeado muy bien?

Avanzó Mario otro paso hacia ella, pero le detuvo levantando una mano.

—Espera. Antes necesito saber una cosa más. ¿Quién falsificó la firma de mi abuelo para ordenar la venta de sus valores mobiliarios y luego retiró los fondos de su cuenta bancaria el mismo día de su fallecimiento?

Él se echó a reír con ganas, mientras intentaba inútilmente alisarse el cabello que, con la humedad, se le encrespaba más y mas formando una aureola alrededor de la cabeza. Sin las gafas de concha, que había dejado caer sobre la mesa camilla, dejando al descubierto unos ojos negros como el carbón y el color aceitunado de su rostro, su aspecto era ahora el de un gitano.

—¿Qué quien la falsificó? Yo naturalmente. Por fortuna, desde el día en que murió mi padre hasta que llegaste tú a esta casa, transcurrió un mes aproximadamente. Tuve oportunidad, por tanto, de venir y entrar en ella con la llave que mi padre le entregó a mi madre. Quería que regresara aquí para vivir con él y se la dio unos días antes de sufrir el ictus.

Con los ojos muy abiertos, Laura le había escuchado sin entenderle. Lo único inteligible para ella era que Jaime no había tenido nada que ver con la

falsificación de los documentos mediante los cuales Mario se había adueñado del dinero depositado en la cuenta corriente de su abuelo. Hubiera saltado de alegría, de no haber estado a punto de sufrir un paro cardíaco por el miedo que experimentaba. Lo disimuló, no obstante, adoptando la expresión imperturbable que definía a doña Eulalia.

—Entonces te caracterizaste para aparentar que eras una persona de mucha edad.

Él hizo un además afirmativo.

—Sí, en el armario del cuarto de mi padre encontré ropa suya. Ahora ya no está esa ropa, pero cuando se lo llevaron urgentemente al hospital no tuvieron tiempo de meterla en una maleta. Él era alto y delgado como yo.

Con una peluca, las gafas y una bufanda al cuello le hice creer al cajero que yo era el propio don Andrés Villamil en persona. Le grité además, porque sabía que mi padre tenía mal carácter. La verdad es que la escena me quedó muy bien. Probablemente he heredado las dotes artísticas de mi madre, que es actriz.

—¿Y qué has hecho con ese dinero?

Mario se echó a reír.

—Me lo he gastado, claro, no había tenido nunca tanto. Me compré el coche que conoces, un piso en Alicante, donde pienso instalarme en cuanto remate esta operación, y adquirí también unos cuantos caprichos más.

Dio otro paso hacia Laura y ella volvió a levantar una mano para detenerle.

—Espera. Me falta por saber otro detalle. ¿Por qué te vendaste la muñeca izquierda y te pusiste el reloj en la derecha cuando fuiste al Banco a retirar el dinero de la cuenta de mi abuelo?

Pese a que esta vez su carcajada fue estruendosa, Carmen siguió durmiendo pacíficamente emitiendo algún que otro ronquido.

—¿Que por qué? Fue un magnífico golpe de efecto. El veterinario, ese hombre que te cuida el perro y que antes salía con Carmen, había ido a recogerla al colegio con la muñeca vendada y el reloj en la contraria a la que se lleva habitualmente. Me fijé en ese detalle y me dio una idea. Pensé se le quedaría grabado al cajero y ayudaría a despistar a la policía.

—Ya, —masculló Laura, reprimiendo el deseo de intentar atizarle un puñetazo en el estómago. Por ese detalle había interpretado ella que Jaime era el responsable de la falsificación de los documentos de su abuelo y de la posterior retirada de los fondos de la cuenta corriente de la que este era titular, para apropiarse de los mismos. Y lo peor era que ella, como una estúpida, había obrado después en consonancia con esa interpretación.

—¿Y el traje de caballero que apareció sobre la cama de mi abuelo?,

¿también lo dejaste tú?

Mario volvió a reír.

—Claro. Te habías ido a comer con ese abogado que le gusta tanto a Ana y aproveché el rato que ibas a ausentarte para venir a esta casa y colocarlo sobre su cama.

—¿Y qué pretendías con ello?

—¿Que qué pretendía? Precisamente lo que conseguí. Que tú te asustaras y que las personas de tu entorno pensaran que estabas chalada y que veías visiones. Así no se extrañarían tanto cuando se enteraran de que habías resbalado desde el poyete de la terraza en una tardecita tan horrible como la que hace hoy.

Se quedó mirándole desconcertada. Se lo estaba comentando con tanta frialdad… Pero lo importante en ese momento era librarse del peligro que representaba él. Sabía que no tenía la menor posibilidad de salir con bien si se le acercaba lo suficiente, porque no tenía a mano ningún objeto con el que pudiera defenderse. Tal vez si consiguiera llegar hasta el portón, lograra escapar de la casa y esconderse en algún lugar hasta que Jaime leyera su mensaje y viniera en su ayuda…

Como si le hubiera leído el pensamiento, Mario salió de la sala de estar y por el pasillo se dirigió apresuradamente hacia el vestíbulo, donde le oyó dar dos vueltas a la llave del portón que siempre dejaba ella puesta en la cerradura. Seguramente se la había guardado en el bolsillo, pero no esperó para averiguarlo a que regresara a la sala de estar. Abandonando el parapeto de la butaca en la que roncaba Carmen, salió corriendo silenciosamente detrás de él silenciosamente para encaminarse por el pasillo en dirección contraria. Ya había anochecido y ese corredor estaba a oscuras, por lo que no la vio Mario cuando este regresó a la sala de estar. Pasó de largo ella por

delante de la puerta de la cocina y al llegar a la escalera de servicio ascendió apresuradamente los peldaños de dos en dos sin encender previamente la luz. No podía perder el tiempo en buscar el conmutador y además la oscuridad le favorecía.

Al alcanzar el corredor de la primera planta se detuvo aguzando el oído.

Por el sonido de sus pasos dedujo que Mario se encontraba en el pasillo que llevaba a la cocina y que acababa de quedarse inmóvil también intentando localizarla. De puntillas y una planta sobre su cabeza, avanzó Laura, en dirección a la escalera principal, que terminaba en el vestíbulo. Estaba oscuro como boca de lobo y apretó silenciosamente el paso, oyéndole subir ahora por la escalera de servicio. Una tablilla del entarimado crujió bajo los pies de Laura. En el silencio de la casa resonó como un estallido y le alertó a él, que remató en un santiamén el tramo de escalones que le faltaba para alcanzar la primera planta y una vez allí, se lanzó en su persecución.

También Laura echó a correr por la galería. Pasó de largo por delante de la puerta del dormitorio de su abuelo, luego por la del baño, después por la de la habitación que había pertenecido a Jaime y seguidamente por la de su dormitorio, para precipitarse luego escalones abajo, oyendo las pisadas de él cada vez más próximas. Le oía ya jadear. Mario se encontraba a su espalda a menos de dos metros de distancia por lo que, como acostumbraban a hacer Jaime y ella cuando eran niños, se encaramó a la barandilla y se dejó resbalar por el pasamanos a riesgo de romperse la crisma, hasta que al llegar al vestíbulo descendió de un salto y luego echó a correr hacia el ala contraria de la casa. Atravesó el salón con sus muebles enfundados, semejantes en la oscuridad a sombras espectrales, y pasó luego al comedor sorteando las sillas que rodeaban la mesa central.

Oyó como Mario, se detenía al pie de la escalera principal, preguntándose sin duda hacia dónde se habría dirigido, lo que le supuso una ventaja por efímera que fuese.

Acababa de llegar Laura al despacho, cuando le oyó tropezar con alguna de las butacas del salón y silenciosamente se deslizó dentro de la habitación, rodeó la mesa en la que solía sentarse su abuelo a trabajar y se escondió tras los cortinones granate que enmarcaban la ventana y que llegaban hasta el suelo. Luego aguzó el oído. La lluvia, que se desplomaba

ruidosamente sobre el tejado repiqueteando con furia contra las tejas, acallaba los pasos de su perseguidor. También el vendaval aumentaba de intensidad gimiendo con un quejido sordo en torno del caserón, mientras Mario entraba en el comedor buscándola, momento que aprovechó Laura para salir al pasillo y echar a correr de nuevo por este en dirección a la escalera de servicio.

Una ráfaga de viento envuelta en humedad se filtró por alguna parte y recorrió el oscuro corredor despeinándola y erizándole el vello de los brazos, para luego continuar su ruta hacia el vestíbulo con un silbido agudo.

Allí zarandeó el portón y los cristales de la ventana, pese a que estaban cerrados los postigos. Después debió de ascender por la escalera de servicio y luego se expandió por el corredor buscando un hueco para huir.

Los pasos de Mario se oían próximos. Debía de estar ahora en el despacho de su abuelo, por lo que se detuvo durante una décima de segundo en el pasillo sin saber a dónde dirigirse. Después comenzó a subir nuevamente por la escalera que arrancaba junto a la cocina, diciéndose que quizás lo mejor fuese dar vueltas por la casa, de escalera en escalera, dando lugar así a que transcurriese el tiempo y llegara Jaime en su ayuda.

Estaba a punto ya de alcanzar la planta superior, cuando oyó los pasos de Mario al pie de la escalera por la que acababa de ascender, por lo que en cuanto alcanzó el rellano, echó a correr por el pasillo. No podía esconderse en el interior de alguno de los dormitorios porque no tenían otra salida que la puerta que daba al pasillo y, si la acorralaba dentro, no tendría escapatoria. Angustiada y como una exhalación, echó a correr hacia el final del corredor oyendo las pisadas de Mario a su espalda. Acortaba la distancia que les separaba. Se encontraba ya en el rellano y ahora la seguía pasillo adelante. Estaba ya a punto de alcanzarla, cuando llegó a la puerta de su cuarto y sin detenerse a meditarlo la abrió, abalanzándose dentro de la habitación con la intención de cerrar a su espalda la puerta con pestillo, pero Mario se lo impidió, empujando de golpe la hoja de madera con el hombro. Tropezó Laura con el soporte de la palangana y esta cayó al suelo con estrépito partiéndose en varios trozos.

Sócrates dormía sobre la alfombrilla de pie de cama y levantó la cabeza al oírla entrar como un ciclón. A continuación incorporó su enorme

corpachón, al tiempo que se ponía alerta levantando las orejas y se adelantaba hacia la puerta, a la par que ella, sin encender la luz, cogía la jarra de metal que se utilizaba para llenar de agua la palangana. Un segundo después, Mario con un nuevo empujón a la puerta, se precipitó dentro del dormitorio y Laura le sacudió con la jarra en la cabeza. Se tambaleó durante una décima de segundo profiriendo una imprecación malsonante, pero se recuperó inmediatamente y como un energúmeno encendió la luz, mientras Laura retrocedía de espaldas hacia el balcón. No obstante, no llegó a dar él más de dos pasos dentro del cuarto. Con un estentóreo gruñido el perro le detuvo en seco mostrándole los dientes.

Aterrado, se dio media vuelta y seguido por el mastín echó a correr por el pasillo huyendo del animal, para lanzarse luego escaleras abajo con Sócrates pisándole los talones.

Laura se llevó una mano al corazón para intentar acallar el ritmo descompuesto de sus latidos. ¿Qué podía hacer ahora? Tenía que escaparse de la casa. Tenía que encontrar la llave del portón y coger también la del coche para abandonar el edificio y bajar hasta la comisaría del pueblo para denunciar a Mario. ¿Pero la creería la policía cuando le dijese que él había intentado matarla? Objetaría que era un respetable profesor de química y ella una histérica que había bebido demasiado y veía visiones. Que Carmen, una amiga de los dos, podría corroborarlo cuando despertara de la juerga que se habían corrido los tres.

Pero no importaba que la policía no la creyera. Lo trascendente era escapar del peligro que corría dentro de la casa, pues en cuanto Mario lograra reducir a Sócrates encerrándolo en el patio o en cualquier otra parte volvería a por ella.

Aterrorizada, salió al pasillo tratando de localizar el lugar donde se encontraban los dos por los ladridos del mastín. Parecían provenir de la sala de estar por lo que, en cuanto cogió de su bolso la llave del coche y se la guardó, bajó silenciosa y apresuradamente la escalera. Al llegar al vestíbulo oyó distintamente los gritos de Mario en la sala de estar. ¿Dónde podría haber escondido este la llave del portón? Quizás en su bolsillo. Sin la llave no podía escapar, por lo que se acercó a la puerta de esa estancia por si la hubiera dejado a la vista. Desde el umbral de la puerta vio que Sócrates

había acorralado a Mario contra la puerta de cristales de la terraza y le había dado una dentellada en un tobillo que mantenía entre sus fauces. Mario gritaba despavorido, luchando por abrir la puerta de la terraza y en cuanto lo logró salió cojeando, arrastrando con él al perro que no estaba dispuesto a soltar su presa. Empapados por la lluvia que se abatía como una cascada sobre los dos y zarandeados por el vendaval que aullaba girando en círculos a su alrededor, luchaba Mario por conseguir que Sócrates soltara su tobillo.

Lo logró al fin, pero el perro echó a correr tras él por la terraza e, indiferente por completo a la violencia de la lluvia y del viento que se desataban en derredor, le arrinconó contra el poyete que circundaba la terraza. Mario se encaramó sobre este de un salto intentando librarse de los colmillos del animal, que, no obstante, volvió a clavárselos en el tobillo con verdadera saña.

En ese instante sonó el timbre de la puerta, pero Laura no lo oyó. Como paralizada en la puerta de la terraza y con los ojos desmesuradamente abiertos por el pánico, vio como Mario hacía un encarnizado intento de soltarse del animal echándose hacia atrás sobre el poyete, pero perdió el equilibrio. Agitó los brazos en el aire buscando desesperadamente algo a lo que asirse y finalmente cayó de espaldas al vacío desde lo alto del acantilado. Laura salió corriendo a la terraza y se abocó sobre ese poyete para intentar distinguir su cuerpo en el oscuro abismo que se abría a sus pies.

El agua del mar rugiendo contra los riscos la salpicó o quizás fuera la lluvia que la empapó de arriba abajo o las lágrimas del espanto que sentía que se le desbordaban por los ojos. Cogiendo a Sócrates por el collar volvió a entrar con él en la sala de estar, donde Carmen seguía roncando a pierna suelta y extrajo su móvil del bolsillo de su pantalón para llamar llorando a la policía.

—Vengan, vengan a la casa del acantilado de las gaviotas. Un…

compañero… un compañero del colegio se ha resbalado y se ha caído desde la terraza sobre los riscos. Había bebido mucho y… por favor vengan ustedes.

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