El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 13 de 35

Páginas del PDF

El fin de Fausta

Capítulo XII

 

La salida del Louvre

En la antesala que Pardaillan y Valvert hubieron de cruzar, vieron a Louvlgnac y Roquetallle, apostados allí por orden de Concini; muy mal escondidos, sin duda, puesto que a la primera ojeada fueron descubiertos.

—¡Nos están acechando! —dijo Valvert al oído del caballero.

—¡Pardiez! Se necesitaría estar ciego para no verlo.

Pasaron de largo y los dos ordinarios les siguieron, pisando sus huellas sin apresuramientos, con la diestra en la empuñadura de la espada, atento el oído y el ojo avizor.

Pardaillan y Valvert llegaron sin dificultad ni tropiezo alguno a la puerta principal del castillo y salieron.

Pero en cuanto hubieron franqueado el umbral, se pararon, estupefactos.

En la calle, formando dos filas por entre las que tenían que pasar, había cincuenta guardias de a caballo, inmóviles y rígidos en sus sillas, y al frente de ellos su propio capitán.

Y antes que Pardaillan y Valvert pudieran darse cuenta de lo que pasaba, Vitry se volvió hacia sus hombres y mandó:

—¡Presenten armas!

Al mismo tiempo que Vitry, descubriéndose, se inclinaba sobre el cuello de su caballo, los guardias saludaban rindiendo sus espadas, de la misma manera que sus compañeros habíanles saludado antes en el salón del trono rindiendo sus alabardas.

Los honores militares que se les reirían sorprendieron tan agradablemente a los dos hidalgos, que no podían dar crédito a sus propios ojos. Mas, repuestos en seguida, descubriéronse a su vez y correspondieron marcialmente al saludo del capitán y de los soldados.

Chambergo en mano, Vitry hizo adelantar dos pasos a su caballo, acercóse a Pardaillan y dijo respetuosamente:

—Caballero, el rey me ha mandado que os sean rendidos honores y os escoltemos, a vos y a vuestro acompañante, hasta vuestro domicilio. Estoy, pues, a vuestras órdenes.

—Señor de Vitry —repuso el caballero devolviendo saludo con saludo y sonrisa con sonrisa—, os ruego que signifiquéis a Su Majestad mi más profundo agradecimiento por el inmerecido honor que se digna dispensarme.

—Así lo haré, señor —prometió Vitry.

—Muchísimas gracias por vuestra condescendencia.

Evidentemente, puesto que se trataba de una orden dada por el rey y las órdenes del rey no podían discutirse, el caballero tenía que inclinarse, aunque sufriera su modestia.

—Señor de Vitry —prosiguió Pardaillan—, hace mucho tiempo que he tenido ocasión de comprobar que sois muy cumplido caballero. De momento sólo puedo deciros que nos consideramos muy honrados yendo en vuestra compañía.

Vitry hizo una señal. Dos guardias echaron pie a tierra y ofrecieron sus caballos a Pardaillan y Valvert, que montaron en seguida. Entonces el caballero presentó al capitán a su joven compañero. Odet y Vitry cambiaron los saludos de rigor y poniéndose luego los tres al frente de la tropa, echaron todos a andar en dirección a la calle de San Honorato.

Charlando con Vitry, el caballero de Pardaillan se volvía con frecuencia, levantábase sobre los estribos y miraba atrás por encima de las cabezas de los soldados. Así fue como descubrió varios grupos apostados, distanciados unos de otros, que les seguían como tranquilos paseantes. Pardaillan, que reconoció a Stocco entre aquellos individuos, sonreía maliciosamente.

Stocco vio, con desagradable sorpresa, a Pardaillan y a Valvert salir del Louvre, hablar con Vitry, montar a caballo y ponerse al frente de aquella importante escolta. No obstante, ateniéndose a las órdenes recibidas, les siguió con sus veinte espadachines, creyendo que al final de la calle encontraría a Concini, quien le daría nuevas instrucciones.

—¿Qué os parecen esos paseantes? —preguntó Pardaillan a Valvert.

El joven se volvió a su vez y dijo, después de haber mirado los grupos.

—Que están pidiendo a gritos la horca. Vienen contra nosotros y, por lo visto, no les hace maldita la gracia el acompañamiento que llevamos.

—Si no me engaño —repuso Pardaillan asintiendo con un movimiento de cabeza—, en la calle de San Honorato encontraremos otros grupos a los que desagradará mucho más nuestra escolta. Concini, a quien habrán avisado ya, estará dado a todos los demonios al ver fracasada miserablemente la celada que con tanto cuidado nos había tendido.

—Indudablemente, con nosotros lleva siempre las de perder.

Pardaillan no se engañaba: Concini sabía ya que sus planes habían sido desbaratados. Roquetaille y Louvignac, que habían seguido al caballero y a Valvert hasta la calle, oyeron lo que Pardaillan y Vitry dijeron, y en el momento que aquél presentaba a Odet al capitán, echaron a correr para dar a su amo cuenta de lo que pasaba.

Concini, que estaba ya furioso, al saber la novedad creyó volverse loco. Aunque los guardias del rey hubiesen sido diez veces menos, el orgulloso favorito no podía con semejante acto de violencia escarnecer públicamente la autoridad real.

Así lo comprendió en un momento de lucidez y tuvo el suficiente dominio sobre sí mismo para renunciar a su proyecto, que hubiera podido tener para él graves consecuencias. Hizo, pues, seña a sus hombres de que se apartaran y dejaran pasar a los guardias y a quienes éstos escoltaban a pocos pasos de distancia.

OceanofPDF.com