El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 30 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo XI

La cita de Fausta

El día que la Gorelle había de llevar la carta de Florencia a Nicolasa era viernes.

Al filo de las diez, dejando en la casa a Landry Coquenard, Escargasse y Gringaille, Pardaillan y Odet salieron por la puerta que daba a la calle de la Cossonerie, con objeto de husmear un poco para darse cuenta por sí mismos del efecto que había producido en la población la voladura de las tres casas donde estuvieron los depósitos de pólvora y armas de Fausta.

Ante todo encamináronse al Grand-Passe-Partoiit, adonde llegaron en el momento que Nicolasa se disponía a salir en su busca.

—No podíais llegar más oportunamente, señor caballero —dijo la hostelera—. Acaban de traerme una carta para vos y os la iba a llevar, de acuerdo con vuestras instrucciones… Señor conde, si queréis ir a la cuadra, veréis cuatro caballos soberbios, ricamente enjaezados, que un palafrenero trajo ayer para vos de parte del rey. ¡Del rey, señor!

Pardaillan había tomado la carta que le presentara Nicolasa y no se dio prisa en abrirla, porque en el ancho sello que la cerraba vio el escudo de Fausta. No tenía que hacer grandes esfuerzos para adivinar lo que decía. Se la puso, pues, despreocupadamente en el cinturón y, después de haber dado las gracias a la hostelera con una sonrisa, dijo a Valvert:

—El rey ha tenido a bien reemplazar los caballos que nos mataron en aquella expedición que tan provechosa fue para él y tan ruinosa para nosotros. Vamos a verlos, conde.

Bajaron a las cuadras y examinaron los cuatro animales como peritos en la materia. Nicolasa no había exagerado: eran cuatro caballos soberbios, dignos de un rey. Valvert, brillantes de placer los ojos, prorrumpió en exclamaciones admirativas, sin disimular su alegría pueril. Pardaillan se limitó a decir:

—No hay pero que poner, sabe hacer las cosas bien; mas yo he gastado todo el dinero que tenía. Vamos a ver si ha pensado en reembolsarme.

Registró las pistoleras y en una de ellas encontró un saquito que sacó vivamente, le hizo saltar en la mano, como para sopesarlo, y dijo sonriendo satisfecho: —Aquí dentro hay mil pistolas, que no estarán de más en nuestros bolsillos. Algo es algo.

El caballero abrió el saquito y lo primero que vio fue una esquela, que desdobló.

—¡Caramba! —exclamó riendo—. El sello particular del rey… Y escrito de su puño y letra… «Al señor conde de Valvert»… ¡Demontre! ¡Qué indiscreto me vuelvo! Tomad y leed, Odet.

Valvert tomó el billete y lo leyó en voz alta:

«Esto no es más que el reembolso legítimo de lo que habéis gastado en nuestro servicio. De muy otra manera os demostrará su agradecimiento vuestro obligado y afectísimo, Luis, Rey.

—¡Qué honor, caballero!— exclamó Valvert enajenado de gozo.

—¡Y tanto!— repuso Pardaillan socarronamente.

Luego le puso en la mano cien pistolas y sacando otras monedas de oro agregó con su flema habitual:

—Estas ciento, para que se las repartan Gringaille Escargasse y Landry… Ahora, veinte a mi bolsillo… Así se ajustan las cuentas entre asociados decentes.

Haciendo estas reflexiones en voz alta, Pardaillan iba contando, imperturbable, las monedas que sacaba del saco.

—Y ahora —dijo luego— no es el asociado el que habla, sino el amigo: si necesitáis más, tomadlo sin contar; y si lo queréis todo, decidlo sin reparo.

—Gracias, señor —repuso Valvert—. A Dios gracias, me queda lo suficiente para vivir un año sin grandes apuros.

—¡Canastos! ¡Decid de una vez que sois rico!— dijo Pardaillan sin insistir más.

Volvióse hacia Nicolasa, que los había seguido y presenciado divertidísima aquella escena, y añadió:

—Tomad las setecientas setenta y cinco pistolas que quedan en el saco y ponedlas a buen recaudo… Y muchísimas gracias, querida.

La hostelera se fue en seguida llevándose la cantidad que le habían confiado y Pardaillan, tomando la carta que le entregaran poco antes, rompió la nema y dijo desdeñosamente:

—Veamos lo que quiere la señora Fausta.

A despecho de la indiferencia que aparentaba, debió «lar excepcional importancia a aquella misiva, de la que no tuvo prisa por enterarse, pues luego de haberla leído muy detenidamente, la volvió a leer con mayor atención aún, deletreando las palabras y tratando de adivinar lo que no se desprendía del texto.

Valvert leyó también la esquela, que estaba concebida en los siguientes términos:

«Pardaillan, ha llegado el momento de cumplir la promesa que os hice en San Dionisio.

»Conocéis, en la aldea de Montmartre, la plazoleta donde se alzaba la horca de las Monjas, que fue destruida por una explosión hace cinco años. Junto a las minas calcinadas de la horca, pasa un camino que conduce a la fuente del Hito. En dicho camino, al borde de la plazoleta, está la alquería de las Monjas. El sábado, a las diez de la mañana, llevaré a esa alquería a Luisa y la aldeana a la que estaba confiada y que no se ha separado de ella un instante desde que la tengo en mi poder.

»Sería inútil que os presentarais antes del día y la hora que he señalado.

»Podéis haceros acompañar de quien gustéis; pero yo os juro que iré sola, sin ninguna escolta, al lugar de la cita. Ya sabéis, Pardaillan, que no me he rebajado jamás a mentiros.»

Después de haber leído la carta, Valvert esperó un instante mirando al caballero, que estaba muy abstraído.

Pardaillan tomó al fin el papel que Odet le presentaba, lo rompió en pedazos muy menudos y, vuelto a la realidad, dijo sonriendo:

—No sé todavía si iré a la cita que me da Fausta…, pero sí que vamos a ir en seguida a las tierras de la abadesa de Montmartre… Al pasar, si os parece, recogeremos a nuestros compañeros, pues me jugaría la cabeza a que encontraremos por allí a Fausta, a Albarán o a sus satélites.

Salieron de la hostería. No habían andado cincuenta pasos por la calle de San Dionisio, cuando tropezaron con la Gorelle, en la que no pusieron atención; ella, por lo contrario, les reconoció a la primera ojeada, se paró un instante y les siguió con la vista, sonriendo enigmáticamente.

El caballero y el conde se internaron en la calle de los Forrajes y la Gorelle entró en el Grand-Passe-Partout. Cumplía honradamente lo que había prometido a Florencia y ésta habíale pagado con tanta largueza.

Nicolasa tomó la carta, echó una mirada a la vieja rapaz y la despidió para ir corriendo en busca de Odet que, según creía, no podía estar muy lejos.

Desgraciadamente, Pardaillan y Odet se habían ido ya. Se detuvieron delante de la casa del duque de Angulema, donde el caballero dio un silbido, al que desde dentro contestaron con otro igualmente modulado, y, prosiguiendo su camino, fueron a apostarse en la calle de la Cossonnerie, frente a la posada de La marrana que hila.

Nicolasa llegó entre tanto a la calle de los Forrajes. Si se hubiera asomado a la calle del Mercado de las Hortalizas, quizá los hubiera visto; pero no se le ocurrió esto. Sacóse de la faltriquera una llave y después de mirar en tomo suyo para cerciorarse de que no la espiaban, abrió la puerta y entró en la vivienda.

En aquel momento, Landry, Escargasse y Gringaille, con la espada al cinto y las capas al hombro, salían por la calle de la Cossonnerie. Pardaillan les hizo seña de que le siguieran y, tomando del brazo a Valvert, encamináronse hacia la calle de Montmartre.

En el barrio de este nombre, Pardaillan alargó el paso. Los otros le seguían sin saber adónde les llevaba. Dejando atrás el puente de los Porcherons, por el que pasaba el albañal, el caballero siguió avanzando y descubrió, a lo lejos, una litera, que subía por una empinada cuesta. Cabalgaba junto a la litera un individuo de gigantesca estatura y escoltaban al vehículo ocho jinetes, armados de punta en blanco.

—Mirad— dijo Pardaillan a su compañero, señalando al coloso.

—¡Albarán!— exclamó Valvert.

—El mismo —confirmó el caballero—. Apenas curado de la estocada que le disteis, ya está otra vez en funciones como si tal cosa.

—Parece que escolta a la señora Fausta.

—Ya os dije que me jugaría la cabeza a que los encontraríamos por estos andurriales. Ahora bien, ¿sabéis por dónde pasa ese camino? Por delante de la abadía de Montmartre y atraviesa la plazoleta donde está la alquería de que habla la carta.

—¿Suponéis que va a esa alquería?

—Apostaría doble contra sencillo. Pero no creáis que irá allí en derechura y a la luz del sol.

Pardaillan se echó a reír con una risa que hubiera puesto carne de gallina a Fausta si la hubiera oído, e hizo señas a los tres bravos, que se acercaron rígidos como soldados, El caballero empezó por entregarles las mil libras que les había destinado. Repartiéronse ellos el dinero fraternalmente, con rapidez y precisión que denotaban cuán duchos eran en la operación aritmética que se llama división.

—Escargasse —dijo entonces Pardaillan—, llevarás contigo a Landry y haréis lo que os voy a decir.

Con su concisión y claridad habituales, les dio unas órdenes. Escargasse y Landry se lanzaron en persecución de la litera, a la que siguieron desde lejos con la destreza reveladora de gran experiencia en aquellas tareas.

Pardaillan y Valver, acompañados de Gringaille, tomaron un camino de travesía y después de una marcha larga y acelerada llegaron a la falda de un cerro sobre el que se alzaban cinco molinos. Al pie de aquella eminencia había una cantera abandonada y poco más allá, hacia el Norte, otro molino que agitaba en el espacio sus largas aspas.

Durante el camino el caballero debió dar instrucciones a Valvert y Gringaille, porque se limitó a decir señalando el molino solitario:

—Gringaille os guiará.

El conde y su acompañante se dirigieron corriendo hacia el punto indicado. A un centenar de pasos del molino estaba la fuente del Hito, y entre ésta y aquél veíase la entrada de otra cantera abandonada igual a la que había al pie del cerro de los cinco molinos, donde Pardaillan habíase quedado solo. Valvert, guiado por Gringaille, se internó en aquella cantera, en la que les dejaremos para seguir a Pardaillan.

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