El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 25 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo VI

 

Lo que no previó Pardaillan, que creía que había pensado en

todo

—¡Por las tripas del diablo!

—¡Por los cuernos de Satanás!

Escargasse y Gringaille, en cuanto les dejó el caballero, traducían así, sin elegancia pero con furiosa energía, la emoción violenta que sus últimas palabras les había causado.

—¿Has oído, Gringaille, lo que ha dicho el señor caballero?

—¡Caramba! ¿Te crees que soy sordo?

Y para demostrar que no lo era, repitió:

—Nuestro Juan estará irremisiblemente perdido si dejamos escapar esa maldecida princesa disfrazada de hombre.

—¡Por mil legiones de demonios! Hay que estar alerta, Gringaille, y si esa maldecida princesa, como dices, y sus acólitos intentan enredarnos…

—Darán con la horma de su zapato. No tengas miedo, Escargasse.

—Vamos allá, Gringaille.

—Vamos, Escargasse.

Entraron en la habitación del sótano y cerraron cuidadosamente la puerta.

Gringaille, para mayor seguridad, se metió la llave en el bolsillo y, como si esto no bastase, sentáronse entre la mesa y la puerta, para dar a entender que rehuían toda conversación, y con rudo ademán empuñaron sus aceros.

La emoción les había dado mucha sed. Llenaron dos cubiletes de estaño hasta los bordes, los vaciaron de un trago, los volvieron a llenar y apurar de un tirón, tomaron a llenarlos y los dejaron sobre la mesa, delante de ellos.

Fausta, que estaba junto a Albarán, silenciosa e inmóvil, los observaba. Mientras Pardaillan estuvo presente, no puso atención en ellos.

—Pardaillan les ha prevenido en contra mía —pensaba reparando en los aires de fieras que adoptaban —y me manifiestan, a su manera, que están sobre aviso.

Los dos compadres se dieron cuenta al fin del examen de que eran objeto y recobraron al punto su expresión y maneras ordinarias.

Fausta se levantó y, sonriendo, ligera, desenvuelta, con sus manecitas blancas y delicadas, tomó un rústico escabel, lo colocó rudamente al otro lado de la mesa, enfrente de ellos, sentóse a horcajadas, llenó de vino un cubilete y sin dejar de sonreír maliciosamente:

—¡Yo también tengo sed! —dijo.

—¡Caramba!

—¡Caracoles!

Y se tocaron con los codos para recomendarse mutuamente que tuvieran cuidado.

Pero Pardaillan les había mandado que tuviesen los mayores miramientos con los prisioneros, sobre todo con aquél, y que 110 les negaran nada, salvo el abrirles la puerta antes de la hora señalada.

—¡A vuestra salud, muchachos! —dijo Fausta acercando su cubilete para chocar con los suyos.

—A vuestra salud, señor —respondieron ellos muy pulidamente, y apuraron sus vasos de un trago.

Fausta apuró también el suyo, sin pestañear siquiera, hasta la última gota.

Charlaron.

Mejor dicho, Fausta, representando su papel de joven señor mal educado y sin escrúpulos, habló hasta por los codos y les interrogó hábilmente.

Pero los dos compadres representaron el suyo con no menos naturalidad y desenfado y se prestaron de buen grado a sufrir el interrogatorio a que quiso someterlos.

En realidad estaban más alerta que nunca, y así tenía que ser, porque sabían muy bien que aquel desenvuelto caballero era una mujer, una gran dama, una princesa, en fin. Y aunque hubieran sido tontos de remate, y de ello no tenían ni pelo, habrían comprendido que Fausta estaba representando una comedia, porque sus modales no eran propios de una señora.

Fausta, que no los conocía, no supo más que lo que ellos le quisieron decir.

Tenía demasiada confianza en su seguro golpe de vista, y como, por otra parte, sólo podía juzgar por las apariencias, y éstas eran falsas, cayó inevitablemente en un error del que hubo de arrepentirse.

—Estos pobres diablos han pasado toda su vida sirviendo a los demás —pensó—. Ofreciéndoles cien mil libras, tengo muchas probabilidades de conseguir que abran la puerta. Les haré beber y, cuando el vino se les haya subido a la cabeza, haré la prueba.

Escanciábales vaso tras vaso y ellos bebían como esponjas, riendo interiormente, pues creían que la princesa quería embriagarlos y sabían muy bien la enorme cantidad de vino que habrían de tragar para ponerse siquiera a medios pelos. Y como ella bebía también casi tanto como ellos, suponían que no tardaría en rodar debajo de la mesa.

Fausta creyó, al fin, llegado el momento, e inclinándose hacia ellos les dijo con acento insinuante:

—Escuchadme. Sois unos pobres diablos y yo puedo haceros ricos de un golpe. ¿Qué diríais si yo…?

No pudo acabar, porque la interrumpieron con sonoras carcajadas.

—Gringaille —dijo Escargasse desternillándose de risa y descargando sobre la mesa puñetazos que hubieran derribado a un toro —, este joven caballero dice que somos unos pobres diablos. ¿Eh? ¿Qué te parece?

—¡Pobre hombre, qué equivocado está!… Por San Eustaquio, mi venerado patrón, os juro, señor, que estáis muy equivocado.

Y los dos a un tiempo, envolviéndola en una mirada desdeñosa, exclamaron:

—¡Pobres diablos nosotros!

—Poseemos cien mil libras cada uno.

—Y buenas tierras.

—Que nos producen, un año por otro, unas seis mil.

Fausta no sonreía ya. Evidentemente estaba de desgracia. Sin embargo, muy dueña de sí misma, no se arredró y tomó al punto su partido con la rapidez de decisión que constituía su fuerza. La sonrisa de niño reapareció en sus labios.

—¿Sois ricos? —dijo—. Me alegro. Pero ¿qué son cien mil libras comparadas con un millón? Porque es un millón lo que yo os ofrezco.

Los dos compadres rebrincaron estupefactos.

—¡Un millón! —exclamaron—, ¡Por los cuernos del diablo!

Fausta se inclinó todavía más hacia ellos y repitió acariciadora, hechizante:

—Sí, un millón… Abrid esa puerta y os entregaré un millón de libras.

Pálidos, fruncidos los labios y nublada la vista, Gringaille y Escargasse se encogieron de hombros abrumados por el peso de aquella palabra deslumbrante, mágica: "millón".

Cambiaron una mirada, una sola mirada furtiva, y esto bastó para que se entendieran y pusieran de acuerdo.

Fausta, anhelante, bajo su máscara risueña, les vio, de improviso, levantarse con igual movimiento mecánico y correr hacia la puerta.

—¡Ya son míos! —dijo jubilosa para sus adentros—. ¡Van a abrir!

Instantáneamente se puso en pie, agitada por un estremecimiento de alegría delirante, dio un salto de felino, flexible y ligero, para pasar por la puerta que Gringaille acababa de abrir. Pero, en el umbral, tropezó con la espada de Escargasse, que había desenvainado mientras Gringaille abría. La punta de aquella espada, que desgarró el terciopelo de su jubón y rozó la seda de su piel perfumada, contuvo el impulso de la princesa: unas pulgadas más y Fausta habríase ensartado por sí misma en el afilado acero.

—¡Atrás, vive Dios! —gritó Escargasse con acento de formidable rudeza.

Fausta levantó al techo sus puños cerrados con ademán de anatema, masculló una maldición, giró sus talones y volvió a sentarse junto a Albarán.

Mientras tanto, Gringaille, en el corredor del sótano, armaba un ruido infernal, gritando a voz en cuello:

—¡Maese Jacquemin!… ¡Jacquemin! ¡Hostelero del demonio! ¡Jacquemin! ¡Maldita sea tu estampa!

Tanto y tan bien gritó, que el hostelero bajó precipitadamente y preguntó, alarmado, qué pasaba.

—Venid, Jacquemin —mandó Gringaille entrando en la cueva y deteniéndose delante de la puerta, por lo que obligó al hostelero, que le había seguido dócilmente, a quedarse fuera, en el corredor—. Maese Jacquemin —prosiguió en tono imperioso—, tomad esta llave y encerradnos a todos. No bajaréis a abrir hasta esta noche, a la hora señalada por el señor caballero de Pardaillan. ¿Me habéis entendido? ¡Ea, largo de aquí y tened mucho cuidado de cerrar bien por fuera!

Jacquemin, asombrado, tomó maquinalmente la llave.

—Señor —dijo—, me han mandado que os obedezca ciegamente, sin discutir; de consiguiente, voy a encerraros y no bajaré a abrir hasta la hora convenida. Pero permitidme deciros que, hasta que esa hora llegue, lo vais a pasar muy mal, porque temo —agregó señalando las botellas— que se os seque la lengua.

Gringaille, conmovido por esta delicada atención, no se hizo rogar.

—Maese Jacquemin —repuso—, sois un hombre excelente y os quedo muy reconocido. Bajadnos en seguida víveres y vino en cantidad suficiente para tres comidas. Lo que mejor os parezca, que no somos exigentes. Id, maese Jacquemin, y daos prisa.

Y como si no tuviera confianza en su compañero, Gringaille salió detrás del hostelero, le quitó la llave, cerró la puerta y se recostó contra ella.

—Aquí tenéis lo necesario para no morir de sed —dijo Jacquemin, depositando a los pies de Gringaille dos cestos que contenían veinticuatro botellas.

Subió luego por los víveres y pocos minutos después volvía a bajar con otros dos cestos muy grandes. Gringaille entreabrió la puerta e introdujo los cuatro cestos, que el hostelero le fue pasando.

Jacquemin cerró entonces la puerta, con doble vuelta de llave.

En el entretanto, Fausta, que permanecía sentada junto a Albarán, sumida en profunda meditación, notó que el herido se movía, gemía sordamente y se esforzaba por atraer su atención sin llamar la de sus carceleros, que estaban muy atareados poniendo encima de la mesa el contenido de los cestos.

—¿Sufres, mi querido Albarán? —preguntó la princesa mirándole.

El herido no tuvo fuerzas para contestar en seguida. Mas era evidente que quería decirle algo y la miraba con insistencia extraña, con mirada febril en la que parecía que había concentrado toda su vida.

Fausta, con infinitas precauciones para no tocarlo, porque le veía agotado, se inclinó sobre él, acercó un oído a sus labios y el coloso bisbisó una palabra, una sola, pero tan mágica que el sombrío rostro de la princesa se iluminó de repente y siniestro fulgor pasó por sus negras pupilas.

Levantó ella un poco la cabeza, le hizo una pregunta muda, con los ojos en los ojos del herido, y éste respondió con una mirada sobre sí mismo. Fausta le registró el bolsillo con extraordinaria rapidez y, cuando sacó la mano, tenía en ella un objeto que debía ser minúsculo, porque desaparecía por completo en su mano cerrada tan pequeñita.

Luego volvió a inclinarse y le susurró unas palabras al oído. Albarán le dio a entender con un guiño que había comprendido y la obedecería.

Fausta se levantó entonces y se aproximó a los dos hombres que, atareados, no habían puesto ninguna atención en aquel incidente que, por otra parte, había durado escasamente un minuto. Y aunque hubiesen reparado en él, no les habría chocado: el herido se quejaba y era muy natural que la princesa se inclinara sobre él para calmarle y consolarle con dulces palabras.

Gringaille y Escargasse la vieron, de pronto, a su lado examinando los vinos.

—Qué —dijo burlonamente Escargasse—, ¿os habéis reconciliado ya con vuestras tripas?

—Si volvéis para ofrecemos otro millón, ahorraos esa molestia, porque no tenemos ya la llave —le recomendó Gringaille.

—No hay cuidado de que podamos caer en la tentación.

Fausta les miró con expresión de contrariedad, y, como si no les hubiese oído, protestó con acritud:

—¡Estaba seguro! ¡Ese bruto hostelero no ha bajado ni un mal frasco de vino de Anjou, que es el que yo bebo!

—Vos tenéis la culpa —replicó Gringaille—. ¿Por qué no lo pedisteis?

—El hostelero no ha tenido tiempo de subir… Me parece que oigo sus pasos. Llamadle y decidle que venga de vez en cuando a preguntar si necesitamos algo.

Y como ellos hicieran un gesto, sin darles tiempo a formular su negativa les dijo bonachonamente:

—¿Creéis, acaso, que, desarmado como estoy, sería tan loco que pensara siquiera en arrollar a dos hombres de vuestro empuje y con esos espadones al cinto? No hay que exagerar, y puesto que hemos de estar diez horas juntos en este horrible calabozo, pasémoslas lo más agradablemente posible. Vamos, llamad al hostelero.

—Como quiera que no tenemos ya la llave —insinuó Escargasse—, no corremos el riesgo de dejamos engañar por este señor.

—Y como estamos armados y ellos no —apoyó Gringaille—, no hay cuidado de que puedan arrollarnos, como ha dicho el señor.

—Puesto que nos alojamos en la misma posada…

—El señor tiene razón —interrumpió Gringaille—, Pasemos las horas lo más agradablemente posible.

Fausta escuchó esta discusión con aparente indiferencia, pero en realidad anhelante, y cuando vio que descargaban puñetazos sobre la puerta y llamaban a Jacquemin a voz en cuello, fulguraron de nuevo sus ojazos negros y una sonrisa erró por sus labios.

La princesa no se había engañado: el hostelero estaba todavía en el sótano y respondió a la primera llamada.

—Maese Jacquemin —dijo Gringaille a través de la puerta—, hemos reflexionado…

—¿Queréis que os devuelva la llave? —interrumpió el hostelero.

—¡No, por los cuernos del diablo! Es que no queremos pasar el resto del día sin volver a veros, porque si necesitáramos algo, ¿comprendéis?

—Perfectamente —dijo Jacquemin—. He estado dando vueltas por el sótano para daros tiempo a reflexionar.

—¡Vive Dios! ¡Este hostelero vale más oro que pesa!

—Bajaré cada hora a preguntaros si necesitáis algo. ¿Os parece bien?

—Requetebién.

—¡Mi vino de Anjou! —interpuso vivamente Fausta levantando la voz para que la oyera Jacquemin—. Decidle que traiga seis botellas.

—¿Lo habéis oído, maese?

—Voy a buscarlas.

Dos minutos después la llave rechinaba en la cerradura y la puerta se entreabrió. Para infundirles confianza, Fausta se retiró al fondo del calabozo y, en vista de ello, Gringaille dejó entrar a Jacquemin, que colocó las botellas encima de la mesa. Escargasse entre tanto no apartaba los ojos de la princesa.

En el momento que el hostelero se retiraba, le dijo Fausta en tono autoritario:

—No os olvidéis de venir a recibir mis órdenes de hora en hora.

Maese Jacquemin se hizo cargo de que se hallaba en presencia de un gran señor acostumbrado a mandar y ser obedecido. Por otra parte, Pardaillan le había recomendado que tuviera los mayores miramientos con aquel personaje y le diera todo lo que pidiese, excepto, naturalmente, devolverle la libertad antes de las ocho de la noche. Se inclinó, pues, con respeto y dijo:

—No me olvidaré, señor.

Salió, dicho esto, y cerró cuidadosamente la puerta.

Fausta se acercó entonces a la mesa y contempló con visible satisfacción las botellas de vino de Anjou.

— ¡Este sí que es vino de cristianos! —exclamó.

Se pusieron a charlar y beber. Escargasse y Gringaille no tenían ya la menor inquietud. Fausta parecía que habíase resignado con su suerte y ponía al mal tiempo buena cara. Los dos compadres se decían a sí mismos que era lo mejor que podía hacer, ya que no podría contar con ellos para abrir la puerta. Y aun en el remoto supuesto que se embriagaran hasta el extremo de rodar por debajo de la mesa, podían estar muy tranquilos.

Después de haberse mostrado tan recelosos, se confiaron demasiado. A instancias de Fausta sacaron los naipes y la princesa se puso a jugar con ellos.

Huelga decir que ella perdía siempre. Gringaille y Escargasse no hacían trampas y reían a carcajadas a cada carta que le fallaban. Viendo el montoncito de oro que iban formando, decíanse con indecible contento que el resto del día pasaría más pronto y más agradablemente de lo que habían pensado y provechosamente también, ya que, además de comer, a dos carrillos y beber hasta la saciedad, se embolsarían un buen puñado de pistolas.

Transcurrió así una media hora. De improviso, Albarán empezó a revolcarse en la cama y a lanzar lastimeros gemidos. De momento, los jugadores no le hicieron caso; pero el conde gritaba tanto, que al fin tuvieron que interesarse por él. Fausta, representando su papel a maravilla, no quería de ninguna manera que abandonaran el juego, y les costó Dios y ayuda convencerla de que era necesario socorrer al herido. La princesa consintió, al fin, pero de mal talante, en que se interrumpiera por un momento la partida, y Gringaille y Escargasse se levantaron riéndose del malhumor del supuesto caballero.

Examinaron al herido y echaron de ver que el apósito se había removido, por lo que tuvieron que proceder a una nueva cura.

—Tened un poco de paciencia, señor —dijo Gringaille—. Dentro de cinco minutos estaremos listos.

Fausta se levantó, como para dominar su impaciencia, y llenó los tres vasos. Sus carceleros estaban inclinados sobre Albarán, vueltos de espaldas hacia ella. Con movimientos rápidos, pero metódicamente calculados y ejecutados, la princesa, levantó una mano, en la que tenía el pequeño objeto que había sacado del bolsillo a Albarán —un frasco diminuto lleno de un líquido blanco como el agua — y vertió, por partes iguales, su contenido en dos vasos.

Pausadamente, con calma siniestra, se guardó el frasco y aproximóse a sus carceleros, haciendo una seña imperceptible a Albarán.

Terminada la cura, reanudaron el juego.

En cuanto estuvieron sentados, Fausta tomó su vaso y lo chocó con los de sus compañeros de partida, brindando por su salud. Ellos no tuvieron otro remedio que corresponder al brindis y apurar sus cubiletes. Al cabo de diez minutos, Fausta, que los observaba a hurtadillas, tuvo la satisfacción de ver que la droga que les había suministrado empezaba a surtir sus efectos: estaban sofocados, vacilaban sobre sus escabeles, ebrios perdidos; balanceaban la cabeza, bostezaban ruidosamente y hacían sobrehumanos esfuerzos para mantener abiertos los ojos, que se obstinaban en cerrarse, como si sus párpados fueran de plomo.

El efecto se produjo con rapidez fulminante, primero en Escargasse, que cayó desplomado sobre las losas, donde se quedó inmóvil.

No estaba muerto, porque se le oía roncar.

Viendo caer pesadamente a su compañero, Gringaille adivinó lo sucedido e hizo un esfuerzo para levantarse y proferir unas palabras; pero no logró una cosa ni otra y a su vez cayó inerte.

Fausta se levantó e hizo una seña a los dos acólitos de Albarán, que hasta entonces habían permanecido tendidos en sus jergones durmiendo o fingiendo que dormían. Los colosos se arrojaron en seguida sobre Escargasse y Gringaille y comenzaron a desarmarlos, mientras Fausta interrogaba con su calma inmutable:

—¿Cuánto tiempo estarán dormidos así?

—Hasta las cuatro de la tarde, por lo menos —contestó Albarán.

—Son las nueve —calculó Fausta—. Creo que antes de las cuatro habré terminado lo que tengo que hacer; pero no importa, hay que prever hasta lo imposible. Tú les vigilarás hasta las ocho de la noche.

Los dos espadachines le presentaron respetuosamente los espadones de Gringaille y Escargasse y los sólidos puñales que les encontraron escondidos debajo del jubón. La princesa escogió la espada que le pareció mejor y se la ciñó en seguida. Les preguntó luego si se sentían con bastantes fuerzas para secundarla y, habiéndole contestado ellos afirmativamente, les miró de pies a cabeza.

—Tomad esta espada —dijo a uno de ellos—. Me acompañaréis a París.

Y al otro:

—Tomad este puñal. Velaréis por vuestro jefe hasta que llegue la litera que enviaré para trasladarlo a mi palacio.

Los reunió junto al lecho de Albarán, les dio órdenes claras y precisas que, según su costumbre, les hizo repetir para cerciorarse de que la habían entendido bien, miró de nuevo su reloj y dijo:

—¡Atención! El hostelero ha de bajar de un momento a otro.

Pasaron unos minutos y Jacquemin no se presentó. Fausta se tranquilizó a sí misma diciendo que, en su impaciencia, no había calculado bien la hora. Pero como pasara el tiempo sin que el hostelero diera señales de vida, comenzaron los tres a llamar a gritos, a la vez que golpeaban la puerta con las empuñaduras de sus espadas y puñales.

Maese Jacquemin no parecía.

—¡Ese maldito hostelero se ha olvidado de la hora! —gruñó Fausta—. Esperemos.

Mas pasó una hora más y otra, y Jacquemin como si se hubiera muerto. Los espadachines, sin embargo, no habían cesado de llamar un momento, armando un estrépito infernal.

Transcurrieron varias horas más sin que se modificara aquella angustiosa situación. Gringaille y Escargasse, según los cálculos de Albarán, habían de volver en sí de un momento a otro. Los ataron entonces de pies y manos y los amordazaron convenientemente.

Los amigos de Pardaillan se despertaron, en efecto; pero, aturdidos aún, tardaron en darse cuenta de su verdadera situación. Hicieron esfuerzos sobrehumanos para librarse de sus ligaduras, pero viendo que no lo conseguirían, se resignaron fácilmente en vista de que la "maldecida princesa", que tan mala jugada les había hecho, no había conseguido abrir la puerta. Y ya que no podían vengarse de otra manera, se dieron el gustazo de envolverla en una mirada burlona, en la que se leía la alegría frenética que su derrota les causaba.

Ocioso es decir que Fausta estaba hecha una furia.

Finalmente, hacia las seis de la tarde, cuando había perdido ya toda esperanza, oyó un ligero ruido, lejano aún.

Instantáneamente corrió hacia la puerta y empezó a golpearla con fuerza.

—¡Voy! ¡Voy! —contestó Jacquemin desde lejos todavía.

Fausta esperó y, cuando le oyó junto a la puerta, gritó enojada, pero no en tono de amenaza, que hubiera podido atemorizar a aquel hombre a quien hubiese querido matar con sus propias manos:

—¡Bribón! ¿Así es como haces lo que se te manda?

—Perdonad, señor —se excusó el hostelero—. Tuve que salir para un asunto importante, en el que creía que sólo invertiría una hora o dos todo lo más y me han entretenido demasiado.

—Bueno, hombre, bueno. Tráeme más vino de Anjou, porque lo hemos apurado todo y me abrasa la sed.

—Vuelvo en seguida, señor, vuelvo en seguida.

Pasaron dos o tres minutos, que a Fausta, en el paroxismo de su furor, le parecieron siglos. Por último, oyó los pasos de Jacquemin y el rechinar de la cerradura en la puerta…

El hostelero, que no podía ni sospechar siquiera lo que había ocurrido, iba a entrar, confiado y cargado de botellas, cuando recibió un empujón tremendo y cayó de espaldas, en el corredor, con gran estrépito de vidrio que se hacía añicos. Y antes que pudiera levantarse, un individuo, armado de puñal, se arrojó sobre él, le asió por el cuello, le arrastró al interior de la cueva, cerró seguidamente la puerta, se guardó la llave en el bolsillo y se aprovechó del atontamiento del cuitado para atarle como si fuera un fardo.

Fausta echó a andar sin preocuparse por lo que pasaba en el sótano, seguida de un espadachín que le iba pisando los talones. Subió corriendo la escalera, cruzó la sala del establecimiento y pasó a la cuadra, donde encontró su caballo. No se entretuvo en ensillarlo: le puso solamente el bocado, montó rápidamente a pelo y lo lazó al galope diciendo:

—Aunque tenga que reventar diez caballos, es preciso que llegue antes que el conde de Valvert… ¡Y llegaré, cueste lo que cueste!

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