El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 6 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo V

 

Gisela de Angulema

Así diciendo, la duquesa se sacó del pecho un puñalito, que apretó con mano nerviosa, para demostrar que su amenaza no sería vana, y al mismo tiempo le envolvió en una mirada escrutadora que le llegó al alma. Mas por el fulgor sangriento de los ojos de su marido, comprendió que su amenaza no le contendría, sino todo lo contrario. Aquello era el derrumbamiento de su amor, de su dicha, y la angustia que oprimió su corazón la hizo tambalearse. Pero se sobrepuso a tan tremenda emoción y buscó en su cerebro enfebrecido la inspiración que había de dominar al duque. La encontró, al fin, y la manifestó con voz lúgubre: —Os prevengo también — dijo— que junto a mi cadáver encontrarán el de vuestra hija.

El duque, conmovido esta vez, lanzó un grito que revelaba todo su amor paternal:

—¡Mi hija adorada!

—Sí, vuestra hija —repuso Violeta con firmeza—; vuestra hija que, como verdadera Valois, no querrá sobrevivir a la deshonra de su padre y se matará conmigo. ¿No es verdad, hija mía?

—Cierto, madre mía —respondió Gisela—; yo no podría sobrevivir al deshonor de mi padre, y ese mismo puñal, enrojecido con vuestra sangre, madre idolatrada, me servirá para cortar una existencia que me sería insoportable.

Y mientras la madre le daba las gracias con una sonrisa y una mirada acariciadora, el padre, bañada la frente de frío sudor, imploraba con acento casi humilde:

—Gisela, hija de mi alma…

La joven, haciéndose la desentendida, prosiguió:

—Pero estoy tranquila y segura de que moriré de muerte natural. El cielo se desplomaría —añadió mirando a su padre con ojos relucientes— y se hundiría el universo antes que el duque de Angulema cometiera la más ligera falta contra el honor.

Dijo esto con tal acento de convicción, que era evidente que no habría poder humano que le hiciera perder esta santa confianza.

—¡Qué muchacha! —exclamó Pardaillan conmovido.

El padre dirigió a su hija una mirada de ardiente gratitud y se encogió como agobiado por el peso del concepto demasiado elevado que la joven tenía de él.

Salió el duque del aposento y bajó la escalera corriendo y gritando que iba a abrir. Inmediatamente cesaron los golpes tremendos que descargaban sobre la puerta.

—Señor de Pardaillan —preguntó entonces Gisela fijando en él su mirada límpida y con mucha gravedad—, señor de Pardaillan, ¿por qué mi padre, que os quería antes como a un hermano, os considera ahora como a enemigo mortal?

—Porque no llevamos el mismo camino —respondió evasivamente el caballero.

—Entendido —replicó Gisela con una seriedad desconcertante en una muchacha de su edad—: mi padre quiere recuperar el trono que heredó del suyo, Carlos Noveno, y vos os oponéis. ¿No es así, señor de Pardaillan?

El caballero, desconcertado por esta explicación imprevista, no supo qué contestar.

—Señor de Pardaillan —prosiguió la joven—, mi madre, mi abuela y aun mi mismo padre me enseñaron a conoceros y amaros desde mis más tiernos años diciéndome que sois la encamación del honor y de la lealtad. Os digo esto para que sepáis que siento por vos la misma veneración ferviente que por mi padre. Tengo tanta fe en vuestra palabra como en la de mi padre, que es todo lo que se puede decir, ¿verdad?

—¡Oh! —dijo jovialmente Pardaillan—. ¿Qué diantre vas a pedirme, traviesa Giselita?

—Que me contestéis seriamente, señor, porque veo que mi padre y vos no sois del mismo parecer. No sé a cuál de los dos he de creer, y esto me apena.

—Vamos, pregunta —le alentó Pardaillan tras de corta vacilación.

—Gracias, señor caballero. Escuchad lo que quiero saber: ¿estáis seguro de que mi padre no tiene ningún derecho al trono de Francia que quiere reivindicar como herencia dejada por su padre?

—Juro por mi honor que, conforme a las leyes que nos rigen, no tiene ningún derecho.

—¿Se lo habéis dicho?

—Sí.

—¿Y no ha querido escucharos?

—Exacto.

—Es decir, que mi padre es… un… un mal hombre.

—¡Por Pilatos! —exclamó Pardaillan—. Tu padre no es un mal hombre en el sentido que le das a estas palabras ni en ningún otro sentido.

—Sin embargo, puesto que…

—Hay que distinguir, pequeña, hay que distinguir —interrumpió Pardaillan—. El que quiere apropiarse el bien ajeno a sabiendas de que no le pertenece, ése es un mal hombre. Mas el que, como tu padre, cree sinceramente que esos bienes le pertenecen, es… un equivocado.

Gisela, radiante, completamente, absolutamente convencida, porque Pardaillan había fallado la causa, exclamó batiendo palmas:

—¡Ya sabía yo que mi padre no tenía nada que reprocharse! Entonces —añadió haciéndose fuerte en lo que ella, en su cándida ignorancia de los subterfugios, traducía por aprobación tácita—, ¿queréis decirme por qué razón, vos, que tan indulgente sois siempre, os habéis mostrado tan severo con el señor duque de Angulema? Porque me ha parecido que le echáis en cara como un crimen lo que, según vuestra propia confesión, no ha sido más que un error.

La pregunta desconcertó a Pardaillan, que dijo para su coleto:

—¡Caramba con la niña! Se tira a fondo con unas estocaditas directas que tumbarían al esgrimidor más diestro.

Debemos advertir que el caballero, haciendo ver que ponía toda su atención en lo que le decía la joven, escuchaba los ruidos de la calle que llegaban a sus oídos claramente.

En aquel momento oyó el mido de una tropa que, debajo de la ventana, se ponía en marcha, y, en seguida, aldabonazos en la puerta de la casa contigua. No se necesitaba ser un lince para ver lo que pasaba. Aligerado, pues, del peso que le oprimía, a despecho de su aparente calma, dijo para sí con íntima satisfacción:

—¡Ya está! El duque ha querido mostrarse digno de su hija y ha impedido que Concini entre en esta casa persuadiéndole de que no estamos aquí. El florentino se ha ido con la música a otra parte; pero apostaría la cabeza a que Angulema no ha podido resistir a la tentación de echar un parrafito con el conde de Albarán.

No se engañó Pardaillan: el duque afirmó altivamente que las personas a quienes buscaban no habían entrado en su casa, y Concini, fiando en la palabra de Angulema, dio orden al gran preboste de que al frente de sus arqueros, llamara a la puerta de la vivienda contigua. El mariscal estaba decidido a registrar todas las casas de aquella calle.

Tampoco se engañó el caballero suponiendo que el duque se aprovecharía de la ocasión para tener una entrevista con Albarán. Efectivamente, mientras Concini y sus fieles seguían al gran preboste, el hidalgo español, a una señal del duque, entró en el zaguán, donde entablaron animada conversación.

Esto sucedía en el mismo instante que Gisela hacía a Pardaillan la pregunta que éste calificó de estocada directa, y esta idea asaltó de pronto su mente:

—Puesto que la adoración que antes sentía por la madre la siente ahora por la hija y esta niña parece que tiene gran ascendiente sobre su padre, ¿por qué no ha de poder hacer ella lo que su madre no puede hacer ya? ¡Qué tremenda derrota para Fausta si el duque abandonara la partida! ¡Voto a sanes! Vamos a intentarlo, que la puesta del juego merece la pena.

Tomada esta determinación, respondió al fin con seriedad que no tenía nada de afectada:

—Escúchame, hija mía, y procura entenderme: si me he mostrado tan severo con tu padre, reprochándole como un crimen lo que no es más que un error, es porque hay errores y errores; algunos son más criminales que el crimen más horrendo. El de tu padre, que fatalmente ha de tener horrorosas consecuencias, es uno de estos últimos. ¿Comprendes ahora por qué me he mostrado tan severo?

—¡Oh! —se excusó Gisela—. Ya sabía yo que un hombre tan bueno como lo sois vos no podía mostrarse tan severo sin tener para ello poderosas razones.

—Muy bien. El error de tu padre será criminal porque, para adueñarse de la corona que ambiciona, sacrificará sin vacilar y sin pesadumbre millares de existencias sobre las que no tiene ningún derecho.

—¿Cómo? —interrogó Gisela abriendo tamaños ojos.

—Voy a explicártelo. Comprenderás que el rey niño, Luis Trece, no se dejará despojar sin defenderse un poco, ¿verdad?

—Evidente.

—Tu padre, comprendiendo que con sus solas fuerzas y el apoyo de los pocos partidarios que ha podido agrupar en tomo suyo no podrá derrocar al rey actual y ocupar su trono, se ha visto derrotado de antemano, y sin titubear ha aceptado los ofrecimientos de la princesa Fausta.

—La que fue su enemiga y a la que tantas veces había combatido y derrotado.

—Exacto. Veo, por tu confusión, que esta alianza te parece extraña y, ¿por qué no decirlo claro?, indigna del duque de Angulema. Pero tu padre en esta alianza no ha querido ver más que las ventajas que le reportaría…

Gisela bajó la cabeza avergonzada. Era evidente que, a pesar de todo su respeto, juzgaba severamente la conducta de su padre. Pardaillan, que leía sus impresiones en el rostro expresivo de la joven, continuó:

—¿No has oído hablar de los horrores de la Liga?

—¡Ay! Sí, señor.

—Pero lo que no te han podido decir, porque son muy pocos los que lo saben, es que esa Liga fue obra de la princesa Fausta… La espantosa guerra civil que durante tantos años puso el reino a sangre y fuego; el amontonamiento de cadáveres, de ruinas, de devastaciones, fue obra de Fausta, a quien se le metió en la cabeza que el duque de Guisa había de suplantar a Enrique Tercero en el trono de Francia…, que habría de compartir con ella. Ahora bien, lo que Fausta no pudo lograr con Guisa, la duquesa de Sorrientes lo intenta con el duque de Angulema…

—Que habrá de compartir el trono con ella —interpuso la duquesa sin poderse contener.

—Yo no he dicho eso —replicó Pardaillan.

—Pero lo pienso yo —rebatió Violeta—. No sabéis mentir, amigo mío. Además, la conducta que Carlos observa conmigo desde que salió de la Bastilla, basta para dejarme presentir el horrible abandono que me espera.

Pardaillan miró a Gisela y la vio pálida y conmovidísima.

Un silencio impresionante pesó sobre los tres personajes de esta escena. Gisela y su madre callaban, horrorizadas de lo que descubrían en la conducta del duque. De súbito, Pardaillan planteó la cuestión a la joven.

—Y ahora te pregunto yo: aun admitiendo que tu padre tuviera derechos indiscutibles, ¿aceptarías tú en conciencia una corona adquirida por los medios que acabo de indicarte?

—¡Antes la muerte! —exclamó la joven en un arranque de indignación.

—¡Por Pilatos! ¡Esperaba esa respuesta! —dijo Pardaillan—. Tú me entiendes.

—¿Y cómo no os ha entendido así mi padre, que es la lealtad personificada? Quizá no se lo habéis explicado bien.

—Mejor que a ti. Pero tu padre, obsesionado por esa idea fija, se tapa los oídos para no escucharme y se pone una venda en los ojos para no ver. Sólo hay en el mundo una persona que tenga sobre él bastante imperio para hacerle entrar en razón.

—¿Quién?

—Tú.

—¿Yo? ¿Cómo?

—Más que por él es por ti por lo que quiere ser rey: para que seas infanta de Francia.

—¡Pero yo no quiero serlo, y a esa costa mucho menos!

—Bueno, pues se lo dices, pero de manera de convencerlo de que, pese a toda su autoridad de padre y de jefe de la casa, no podrá hacerte cambiar de parecer.

—¡Vaya si se lo diré así! ¡Y qué va a ser en seguida, en cuanto suba! ¡Ya está aquí!

El duque de Angulema abrió en aquel momento la puerta y dijo, encarándose con Pardaillan:

—Caballero, ya habéis visto que, a pesar de lo que habéis dicho, no he querido entregaros a vuestros perseguidores.

Pardaillan iba a contestar, pero Gisela no le dio tiempo. En cuanto su padre acabó de hablar, se acercó a él y rodeándole el cuello con sus brazos blancos y torneados, imploró con acento zalamero:

—Padre, padre mío…

—¿Eh? ¿Por qué estás tan conmovida? ¿Tan grave es lo que vas a pedirme?

—Haréis de mí la mujer más feliz o desgraciada de la tierra, según me concedáis o me neguéis lo que deseo.

—Habla sin temor, que haría yo hasta lo imposible para asegurar la dicha de mi hija amadísima.

Dijo esto el duque medio en serio, medio en broma. No manifestaba inquietud, sino curiosidad, pues no podía sospechar siquiera los propósitos de la joven. Gisela le tomó de la mano, le llevó frente a Pardaillan y, poniéndose de repente muy seria, dijo en tono suplicante, pero con firmeza:

—Os suplico que hagáis las paces con el señor de Pardaillan, porque a pesar de las apariencias, a pesar de todo, es el mejor de vuestros amigos, el único amigo verdadero que habéis tenido en vuestra vida, padre mío.

Muy serio también, con voz grave, como entristecido, el duque consintió:

—¿Que haga las paces con el señor de Pardaillan? ¡Pero si no deseo otra cosa! Por lograrlo, haría yo los más penosos sacrificios. Mas falta saber si el señor de Pardaillan está dispuesto a aceptar la paz que le ofrezco.

—Duque —dijo el caballero, como si a él se hubiese dirigido Angulema —, estoy dispuesto a borrar de mi memoria el recuerdo de las diferencias que nos han separado y a tenderos lealmente mi mano de amigo. Tanto más cuanto que aprecio en todo su valor lo que acabáis de hacer por mí. Pero ya sabéis, duque, que no podremos ser buenos amigos sino bajo las condiciones que os di a conocer en el palacio de Sorrientes.

—Pues no hablemos más de eso —replicó Angulema desabridamente.

Y volviéndose hacia Gisela que, como Violeta, Odet y Landry, les habían escuchado con ansiedad, añadió, dulcificando el tono:

—He hecho todo lo que he podido, hija mía; pero ya ves que el señor de Pardaillan continúa siendo intratable. No soy yo, sino él, quien quiere que seamos enemigos. Así, pues, echemos tierra a este asunto.

—Hay un medio muy sencillo de hacer las paces con el señor de Pardaillan —insistió Gisela sin arredrarse—: aceptad las condiciones impuestas por el caballero que, como suyas, no pueden ser contrarias a vuestro honor.

—¡Basta! —interrumpió severamente el duque—. No os permitiré jamás que tratéis cuestiones que no pueden interesar a una muchacha de vuestra edad y de las cuales no sabéis ni media palabra.

—Perdonadme, monseñor; pero, muy al contrario de lo que creéis, entiendo mucho de esas cuestiones.

El duque adivinó que Pardaillan había informado a su mujer y a su hija, y acuciado por la inquietud de saber el alcance de sus revelaciones, quiso leer en los rostros de Gisela, Violeta y Pardaillan.

Pero su mirada sólo encontró la de Gisela. La duquesa habíase retirado a un rincón con Pardaillan, quien le presentaba ceremoniosamente al conde Odet de Valvert. El grupo parecía que se desentendía de la discusión que tenían en aquel momento el padre y la hija.

Angulema no pudo disimular su mal humor.

—¡Sencillísimo! —exclamó—. ¡Y tanto! Realmente no tiene importancia que se renuncie a una corona para conservar la amistad de un hombre.

—Si ese hombre es el caballero de Pardaillan —replicó la joven.

—¡Vive Dios! ¡Dijérase que sois osada de discutir conmigo! —rugió el duque exaltado.

—¡Padre!

—¡Basta he dicho! Retiraos a vuestras habitaciones y no salgáis de ellas sin mi permiso.

Creía él que con este acto de autoridad brutal saldría momentáneamente del paso, pero que no conseguiría nada. Gisela, en efecto, se inclinó respetuosamente ante él diciendo:

—Obedezco, monseñor. Pero —agregó irguiéndose— permitid que os diga que por vuestro propio interés deberíais renunciar a esa corona, como os lo aconseja el señor de Pardaillan y yo os lo suplico.

El tono en que habló le pareció tan extraño al duque, que vivamente impresionado, preguntó a pesar suyo:

— ¿Por qué?

—Porque tendríais al señor de Pardaillan en contra vuestra — respondió Gisela sin vacilar y con igual firmeza.

—¿Y os basta saber que estaría contra mí para que juzguéis mala mi causa? ¿De manera que entre su apreciación y la de vuestro padre no vaciláis? ¿Es la suya la que vale? Estaba yo muy lejos de esperar esa falta de confianza… que me apena profundamente.

Parecía, en efecto, apesadumbrado. Gisela bajó la cabeza, para disimular quizá las lágrimas que brotaban de sus ojos.

—Padre mío —dijo juntando las manos—, dejad hablar a vuestra hija, que siente por vos sólo respeto y veneración y moriría antes que proferir una palabra ofensiva para vos. Juzgo mala vuestra causa no porque, como habéis dicho, el señor de Pardaillan estaría en contra vuestra, sino porque os habéis aliado con una mujer que fue antaño el enemigo más encarnizado de vuestra casa, el verdugo implacable y feroz de mi santa madre; porque contáis con el apoyo del rey español, con el oro y las tropas de España, es decir, con el enemigo hereditario y mortal de nuestra patria, que vendrá a causar nuevos estragos, y llamado por vos, padre mío.

—Eres cruel, hija mía —murmuró el duque, quebrantada su voluntad.

—No —protestó vivamente Gisela—; os salvo, padre mío, haciéndoos ver el error espantoso que ibais a cometer. Porque, a Dios gracias, se trata de un error todavía reparable.

La mirada centelleante de lealtad que tenía obstinadamente fija en su padre, deslumbró a éste, que desvió la vista, bajó la cabeza, se retorció nerviosamente las guías del bigote y, finalmente, en voz baja, como avergonzado, murmuró a modo de excusa:

—Por ti principalmente deseaba yo esa corona, que, en justicia, debería pertenecerme.

Era esto una confesión tácita.

El efecto que produjo en su hija fue terrible: le pareció que todo se derrumbaba en torno de ella. Un tinte lívido cubrió el carmín de sus mejillas; enarcáronse sus cejas y un velo ensombreció el brillo de sus ojos luminosos.

Gisela se desentendió de la confesión de su padre y se limitó a decir con voz desconocida, como toda su actitud:

—Si la deseáis para mí, os tomáis una molestia inútil, porque os advierto respetuosamente, monseñor, que iría descalza, cubierta de andrajos el cuerpo y de ceniza el cabello mendigando en las puertas de las iglesias, antes que aceptar una realeza adquirida con los medios que queréis emplear.

—En resumidas cuentas —dijo el duque con amargura— me propones que renuncie a la herencia de mi padre.

—Mejor sería que renunciarais también a vuestros títulos de conde de Auvernia y duque de Angulema y a todos vuestros bienes. ¡Con qué orgullo y qué alta la frente proclamaría yo que era hija del hidalgo de gotera Carlos de Valois, que había preferido la miseria a cometer una acción indigna del hijo de un rey! Mientras que, por lo contrario, me moriría de vergüenza sabiéndome hija del duque de Angulema que, merced a una princesa Fausta y a un Felipe de España, que le impusieron por la fuerza bruta, había llegado a ser rey de una Francia tan asolada, disminuida, desmembrada. Porque no lo dudéis, monseñor: se llevarían la mejor parte.

Exaltábase la noble y altiva muchacha; erguíase altanera y fulguraban sus ojos de tal manera, que el duque se sintió pequeño ante ella. Seamos justos: de todo lo que ella había dicho, sólo una cosa habíale impresionado hondamente y le hizo decir con voz temblorosa:

—Gisela…, hija mía adorada…, ¿tendrías valor para renegar de tu padre?

—No renegaría jamás de mi padre: me haría cuenta de que había muerto.

—¡Hija mía! —sollozó Angulema—. ¿Eres tú la que me hablas así?

—Si persistís en vuestros designios, mi madre y yo moriríamos y en las gradas de ese trono que ambicionáis encontraríais los cuerpos rígidos de vuestra esposa y vuestra hija, que sólo vivían por vos y para vos. Y entonces, viendo que para sentaros en aquel trono ensangrentado teníais que pisar los restos mortales de unos seres que os fueron tan queridos, comprenderíais cuán criminal fue vuestro error y retrocederíais horrorizado.

—¡Basta, basta! —gimió el duque.

Y estrechándola fuertemente contra su pecho y cubriéndola de besos, añadió:

—¡Calla! ¿Cómo has podido decir cosas tan tremendas? ¡Calla! Haré todo lo que quieras, absoluta mente todo lo que quieras, con tal que vivas…

—¡Ah! —exclamó Gisela lanzando un grito de júbilo—. ¡Ya sabía yo que volveríais de vuestro acuerdo, padre de mi ama!

—¡Al diablo la corona! —balbució Angulema—. ¡Al diablo todas las coronas de la tierra! ¿Qué valdrían ellas comparadas con el dulce collar de los brazos de mi hija rodeando mi cuello?

—¡Y los de mi madre! —rectificó Gisela, separándose de él suavemente.

La duquesa, que estaba junto a ellos, esperaba pacientemente que le llegara su turno.

—Vaya —dijo Pardaillan—, la batalla ha sido ruda; pero, como lo esperaba yo, la niña ha triunfado. Violeta, tenéis sobrado motivo para estar orgullosa de vuestra hija. Acerquémonos ahora.

Y así lo hicieron.

En la emoción bienhechora que le trastornaba y regeneraba, encontró el duque la pasión radiante, el sol deslumbrador que había iluminado su ardiente y heroica juventud: la pasión exclusiva que la dulce Violeta había conservado intacta como el primer día.

Y el abrazo efusivo que con toda su alma dio Angulema a su mujer, las suaves, las tiernas palabras que le susurró al oído, hiciéronle experimentar la consoladora sensación de que habían vuelto los hermosos días de amor de los tiempos pasados.

Luego le tocó la vez a Pardaillan, que contemplaba conmovido aquella reconciliación. El duque hacíase cargo de que su mujer y su hija esperaban un compromiso formal que hiciera las paces con el caballero, como le había pedido Gisela.

—Pardaillan —dijo de muy buen grado—, os doy palabra de honor de que he roto con la duquesa de Sorrientes y que no intentaré nada contra el rey Luis Trece mientras estéis vivo.

Violeta y Gisela estaban demasiado contentas para poner atención en estas palabras que hemos subrayado; pero no pasaron inadvertidas al caballero, que dijo para su coleto:

—¡Mira por dónde ha encontrado el medio de deslizar en su compromiso una restricción que le deja libre para proceder más adelante como tenga por conveniente! Sin embargo, veo que es sincero… ¡Ah! No curará jamás de esa enfermedad que le corroe.

Reflexionó un momento y agregó, para su capote, encogiéndose de hombros:

—¡Bah! Cuando yo haya muerto estaré desligado de toda promesa. Poco debe importarme lo que pueda hacer entonces. Lo esencial es que, de momento, Fausta se verá en un aprieto muy serio.

Y en voz alta, observando que su silencio causaba asombro, dijo acto continuo:

—Duque, tendré siempre presente vuestro juramento y en la forma y términos que lo habéis prestado.

Pasadas las primeras efusiones, el caballero habló de los asuntos más serios.

—Monseñor —preguntó, ¿qué pensáis hacer respecto a la duquesa de Sorrientes?

—Iré mañana mismo a verla y le diré lealmente que no debe contar conmigo para nada, porque renuncio a mis pretensiones a la corona — respondió el duque sin titubear.

—¡Eso sería una locura! ¿Creéis que Fausta os perdonaría lo que ella consideraría como una traición?

—¡Bah! ¿Qué podría hacer ella contra mí?

—¡Pardiez! Encerraros nuevamente en la Bastilla.

—¿En la Bastilla? —repitieron a un tiempo Violeta y Gisela abrazando al duque como para escudarlo con sus cuerpos.

—Sí, en la Bastilla —repitió Pardaillan con vehemencia—. Ignoráis, duque, que Fausta tiene en su poder una orden firmada por la reina con la fecha en blanco…

—¿Por qué no nos retiramos a nuestras posesiones de Orleáns? — sugirió la duquesa interrumpiendo al caballero—. ¡Seríamos allí tan dichosos al lado de vuestra madre!

—Es lo mejor que podríais hacer —corroboró Pardaillan, a quien Violeta dio las gracias con una ardiente mirada de reconocimiento.

—Sí, no nos queda otro recurso —asintió el duque—.

Pues bien, permaneceremos escondidos en esta casa los días estrictamente necesarios para hacer nuestros preparativos y volveremos a Orleáns.

—Os olvidáis, monseñor —interpuso Pardaillan—, que el señor de Albarán conoce esta casa. Así como habéis reconocido la necesidad de abandonar París, reconoced también la de hacerlo hoy mismo, sin perder un instante. Cuando estéis al abrigo de toda asechanza en vuestros dominios, podréis reíros de la señora Fausta. Yo me encargo de avisarle a su debido tiempo, o sea cuando hayáis puesto entre ella y vos la respetable distancia de varias leguas. Además, como no fuera para asesinaros, no creo que se atreviera a ir a Orleáns, puesto que ella nada puede hacer contra vos sin el concurso de María de Médicis y Concini, y la reina, como el favorito, estarán demasiado contentos por haberse desembarazado de vos para pensar en molestaros. Partid, pues, en seguida.

El consejo era muy atinado y el duque, acuciado por los ruegos de su mujer y su hija, lo aceptó sin gran dificultad. Los preparativos estuvieron hechos en un santiamén, porque Violeta y Gisela vivían en aquella casa con nombres supuestos y habían llevado a ella lo estrictamente necesario.

Una hora después el duque y su familia despedíanse de Pardaillan, a quien dejaron dueño de la casa, autorizándole para que dispusiera de ella y de todo lo que en ella quedaba como mejor le pareciera. Los duques se llevaron con ellos a la única criada que tenían en aquella vivienda misteriosa que estaba dispuesta, sin duda, para facilitar una posible evasión de Carlos de Angulema. Y otra hora después, el padre, la madre y la hija, escoltados por seis jayanes armados hasta los dientes, cabalgaban tranquilamente camino de Orleáns.

En la casa, herméticamente cerrada, que parecía abandonada, Pardaillan, Valvert y Landry quedaron instalados cómodamente.

—Landry —dijo Pardaillan en cuanto estuvieron solos y dueños de la plaza—, ve a dar una vuelta por la cocina. La duquesa me ha dicho que hay provisiones bastantes para dos o tres días y que la bodega no está vacía. Prepáranos, pues, una buena comida.

Dicho esto, Pardaillan tomó del brazo a Odet y se lo llevó consigo diciendo:

—¡Quién sabe lo que puede suceder! Por si nos atacaran aquí, vamos a visitar detenidamente nuestro retiro, para ver el partido que se puede sacar de él y los medios de defensa de que podemos disponer.

La visita fue rápida, pero no por esto menos concienzuda y con el golpe de vista infalible que caracterizaba a los dos.

—Bajemos a la bodega y busquemos el pasaje que conduce a la calle de la Cossonnerie.

El pasaje subterráneo lo encontraron en seguida: terminaba en una casa de la susodicha calle. Entreabrieron la puerta, echaron una ojeada fuera y dijo Pardaillan:

—Esta salida está a dos pasos de la calle de las Hortalizas y de la famosa hostería La marrana que hila.

En ese punto hay siempre mucha afluencia de público y podremos pasar sin que nadie repare en nosotros.

Volvieron a la casa de la calle de los Forrajes y como Landry les anunciara que la comida estaba preparada, el caballero gritó:

—¡A la mesa, Odet, y ataquemos bravamente, que los manjares son exquisitos! Pero, sin dejar de dar trabajo agradable a las mandíbulas, porque estamos hambrientos, tengamos los ojos muy abiertos, el oído atento, la espada al cinto y el puñal al alcance de la mano. No olvidemos que Fausta, en la sombra, ronda sin cesar en nuestro derredor, acechando un descuido para caer sobre nosotros rápida e inexorable como el rayo.

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