El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 3 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo II

 

La refriega en la calle de la Cossonnerie

Pasaron tres días. Valvert, con su criado Landry Coquenard, volvió a su alojamiento de la calle de la Cossonnerie, pero iba cada día a visitar al caballero y, sin pensar en el peligro, paseaba luego por París, seguido siempre de su escudero.

Pardaillan, por su parte, recorría, solo, los más apartados rincones de París. Evidentemente buscaba algo o a alguien. Pronto lo sabremos. De momento sólo podemos decir que en esta nueva y seguramente última lucha emprendida contra Fausta, su único temor era que Juan interviniera. Sabía muy bien que su hijo no vacilaría en ponerse a su lado y le horrorizaba la idea de poner al hijo contra la madre en una lucha que necesariamente había de ser mortal.

Por fortuna, Juan se hallaba en Saugis, junto a su esposa, que estaba algo delicada, por lo que el temor de Pardaillan consistía en que aquél regresara de improviso. Para conjurar el peligro, el caballero envió a Saugis a Escargasse con objeto de tranquilizar a su amo y amigo anunciándole que el señor de Pardaillan iba a emprender un largo viaje, en el que le acompañarían él y Gringaille, porque se trataba de descubrir el paradero de Luisita.

Escargasse, aleccionado por el caballero, desempeñó tan hábilmente su misión, que Juan no sospechó nada y quedó al lado de su mujer. El criado volvió el día siguiente, por la mañana, y Pardaillan recobró la tranquilidad, porque estaba ya seguro de que Juan no iría a París sabiendo que su padre estaba ausente.

Mientras Escargasse hablaba, Pardaillan sacó de una cajita un saco pequeño, tomó de ésta un "buen puñado de monedas de oro, que colocó en una bolsa, y volviendo a sentarse frente al criado de Juan, le dijo:

—Toma esta bolsa y escúchame.

Pardaillan habló largo rato. Después Escargasse montó a caballo y tomó el camino de Orleáns.

No sabemos a punto fijo adonde se dirigía Escargasse; pero sí que el camino de Orleáns era también el del Mediodía…, el de España. El antiguo aventurero no se vería muy embarazado para hacerse entender en español, en italiano, en provenzal o en francés.

Mientras que Escargasse iba a Saugis, el parisiense Gringaille estaba en acecho en la calle de San Nicasio, donde se levantaba el palacio de Sorrientes, la morada de Fausta. Todas las mañanas iba allí, disfrazado convenientemente, y todas las tardes informaba a Pardaillan de lo que había visto u oído.

Como se ve, Pardaillan no estaba inactivo; probablemente preparaba la ofensiva contra Fausta. Pero, por su parte, Fausta y Concini no estaban de brazos cruzados. La princesa habíase aliado provisionalmente al mariscal contra Pardaillan.

No le costó mucho trabajo decidirle, porque Concini estaba tan resentido con el caballero como contra Valvert. Resultado de aquella alianza provisional fue que Leonor y el mariscal fueron con Fausta al Louvre y solicitaron audiencia de la reina, que se la concedió inmediatamente.

María de Médicis, lo mismo que Leonor, sentían admiración, no exenta de vago temor, por su compatriota la princesa Fausta. La acogió, pues, muy amablemente, tanto más cuanto que, ignorando la alianza que habían pactado, creía que Fausta iba a prestarle un servicio importante y desinteresado.

Fausta iba, empero, en son de queja y echó el resto, como suele decirse. Habló desplegando todos los recursos de su poder de seducción, que era irresistible cuando ella lo quería, y conquistó, subyugó a María de Médicis. Leonor y Concini, que la necesitaban y se creían lo bastante fuertes para demostrárselo cuando les hubiera servido, le dejaron hacer, apoyándola en cuanto podían.

Cuando se separaron, los cuatro estaban encantados unos de otros, lo cual no podía disgustar a Fausta, sino todo lo contrario, y María de Médicis no veía ya sino por los ojos de la duquesa de Sorrientes, porque, oficialmente, la princesa no tenía otro nombre.

Transcurrieron tres días sin que Fausta ni Concini dieran señales de vida; pero el cuarto, cuando volvió Pardaillan a su alojamiento de una de las misteriosas caminatas que se daba por París, encontró una esquela que se apresuró a abrir al reconocer la letra de Valvert.

La esquela decía:

«Os espero en mi casa. Venid, señor, cuanto antes.»

Pardaillan ciñóse una sólida espada, se puso un buen puñal al cinto, tomó una bolsa llena de monedas de oro y salió en seguida.

La calle de la Cossonnerie, como casi todas las que desembocaban en el Mercado, debía su nombre al comercio que en ella predominaba, que era el de volatería.

En el momento que llegó Pardaillan debía ser el de más venta, porque el número de compradores y vendedores era muy considerable. Si el caballero no hubiese estado tan preocupado por la esquela demasiado lacónica e inquietante de Valvert, habría reparado en las miradas aviesas y en las caras patibularias de los aficionados a las aves que llenaban la calle.

Pero, como decimos, Pardaillan estaba preocupado y sin ver nada llegó a casa de Valvert, subió apresuradamente las escaleras y llegó a la buhardilla.

La llave estaba puesta en la cerradura y no tuvo que llamar.

Valvert paseaba agitadísimo por su aposento, asomándose de vez en cuando a la ventana, y en cuanto vio al caballero exclamó, como aliviado de un gran peso:

—¡Al fin habéis venido, señor! Hace dos horas mortales que sudo de impaciencia y sobresalto esperándoos.

—Pero ¿qué pasa? —preguntó Pardaillan.

—¿Cómo que qué pasa? —exclamó Valvert maravillado—, ¿No me habéis avisado que os espere aquí?

El caballero le miró con ojos fulgurantes y viéndole tan sorprendido enarcó las cejas y dijo con la frialdad que adoptaba cuando presentía que la lucha estaba próxima:

—¡Esto es muy raro! Me pedís que venga en seguida, os pregunto por el objeto de vuestra llamada y me devolvéis la pregunta…

—Yo no os he pedido nada, señor —protestó Valvert más asombrado aún—. Al contrario, sois vos quien me habéis ordenado que os espere y no me mueva de aquí hasta que os viera.

Pardaillan, adivinando lo que había sucedido, repuso sin perder su calma habitual: —Respondedme brevemente y sin preguntarme nada. ¿Cómo y cuándo os mandé que me esperarais aquí y no os movierais de este aposento hasta que viniera?

—Hace un par de horas encontré encima de la mesa una esquela — respondió lacónicamente Valvert.

—Enseñadme esa esquela.

Valvert tomó el escrito del mueble donde lo había guardado y lo entregó al caballero. —Está mi letra tan bien imitada, que me hubiera engañado a mí mismo —dijo Pardaillan después de haberlo recorrido con la vista—. Pero ni yo he estado aquí durante vuestra ausencia, ni he escrito esta misiva. En cambio, he recibido otra escrita por vos.

Así diciendo, el caballero entregó al joven el lacónico billete que recibiera en la posada donde se alojaba.

Y con el mismo asombro que Pardaillan exclamó Valvert:

—¡Esta letra es mía!

—¡Pardiez! Pues por eso no sospeché nada.

—Sin embargo, yo no he escrito esas líneas. ¿Qué significa esto?

—Significa —explicó fríamente Pardaillan —que han querido reunimos aquí a los dos. En esto veo la mano de Fausta.

Y sujetándose bien la espada, añadió con voz de mando:

—¡Vámonos en seguida, Odet! El techo se va a desplomar sobre nuestras cabezas, el suelo se va a hundir bajo nuestros pies, la casa va a derrumbarse o será presa de las llamas, ¿qué sé yo? ¡Vámonos, vámonos, y Dios quiera que no sea ya demasiado tarde! Echaron a correr escaleras abajo. Valvert recobró instantáneamente la sangre fría que hacíale igual a Pardaillan…, al Pardaillan de veinte años.

—¡No salgáis, por los cuernos del diablo! —gritó desde abajo una voz.

—¿Eres tú, Landry? —preguntó Valvert, inclinándose sobre la barandilla.

—Sí, señor —respondió Coquenard—. Volved a subir, señores. Es ya demasiado tarde. Subieron los peldaños de cuatro en cuatro y Landry les alcanzó en el rellano del último piso. Pardaillan, que pensaba en todo, antes de entrar quitó la llave de la cerradura, cerró por dentro, examinó luego la puerta y dijo apesadumbrado:

— Esta puerta no resiste ni el tercer golpe.

Mas sin preocuparse por esto, se volvió para escuchar a Landry, que decía, contestando a una pregunta de Valvert:

—Señor, hasta la del Mercado de las Hortalizas, la calle está ocupada por los arqueros, mandados por el gran preboste en persona, el señor Luis Seguier. La calle de San Dionisio está tomada también por los arqueros, a las órdenes de los tenientes del preboste, los señores Ferraud y Lefour. En cada calle hay cincuenta hombres y sería una locura intentar abrirse paso. No nos queda más recurso que huir por la ventana, a riesgo de rompemos los huesos si resbalamos o nos da el vértigo.

—Veamos esa ventana —dijo Pardaillan.

Se acercó a la buhardilla, seguido de Odet y Landry, y los tres miraron a la calle, procurando que no les vieran. El caballero hizo un gesto de admiración y Valvert observó: —Concini y Rospignac están delante de la puerta y Roquetaille, Longval y toda la jauría que de ordinario les acompañan.

—Y el conde de Albarán, que representa a Fausta en esta ocasión — concluyó Pardaillan.

* * *

La calle de la Cossonnerie extendíase desde la de San Dionisio hasta la del Mercado de las Hortalizas, en pleno Mercado general, y en ella había un destacamento de arqueros. Landry Coquenard no había exagerado diciendo que eran cincuenta, mandados por el gran preboste en persona. En la calle de San Dionisio otra tropa numerosa cerraba el paso y en ambas calles la circulación se había interrumpido. Multitud de curiosos se apiñaban detrás de los arqueros y, sin saber de lo que se trataba, instintivamente se ponían del lado de la fuerza y empezaban a gruñir sordamente.

En el espacio que quedaba vacío entre las dos tropas de arqueros, se hallaban Concini, Rospignac y los tenientes de los ordinarios, Roquetaille, Longval, Eynaus y Louvignac. Unos treinta individuos de caras patibularias, en los que Pardaillan no había reparado, formaban detrás de los ordinarios, a quienes obedecían. Sin contar a Concini y los jefes, había allí más de cincuenta hombres armados hasta los dientes.

Albarán estaba al lado de Concini, pero sólo llevaba su fuerza habitual de diez individuos. Se limitaba a observar y parecía que había dejado al mariscal al cuidado de dirigir las operaciones.

En resumidas cuentas, las fuerzas que sitiaban la casa componíanse de unos doscientos hombres. Porque no había duda que se trataba de un sitio en toda regla.

—Vamos, cuéntanos todo lo que sabes —dijo Pardaillan a Landry.

—¡Ah! ¡Es tan poco lo que sé! —suspiró Coquenard—. Volvía yo a casa. Al llegar a San Eustaquio, vi al gran preboste y sus arqueros, que venían de la Cruz del Traidor, pero no puse atención en ellos y proseguí mi camino. Al cabo de un rato me di cuenta de que llevaban la misma dirección que yo y, ¡necio de mil! esto no me dio que pensar. Llegué a la calle de la Cossonnerie. Maquinalmente volví la cabeza para ver si los arqueros me seguían y vi que ocupaban la calle del Mercado de las Hortalizas, cerrando la entrada de la nuestra. Esto me intrigó algo y empecé a sentir cierta inquietud. Seguí adelante hasta la calle de San Dionisio y vi que también allí los arqueros cerraban el paso. Me encontré, pues, entre dos tropas. Entonces vine aquí… y ya sabéis lo demás.

Pardaillan volvió a mirar por la ventana. Los arqueros, ocupando las entradas y salidas de las dos calles, permanecían inmóviles. Concini y sus hombres, delante de la puerta, tampoco se movían. El mariscal hablaba animadamente con Albarán, que asentía con inclinaciones de cabeza.

—¿Qué estarán tramando? —murmuró Pardaillan despechado.

Lo único que le angustiaba era el no conocer los planes del enemigo. Sin dejar de observarlo, examinó el tejado y tradujo su pensamiento con estas palabras:

—Si tuviéramos que huir por ahí, habría noventa y nueve probabilidades sobre ciento de que cayéramos a la calle y nos convirtiéramos en papilla.

—Pero habría una probabilidad de escapar —observó Valvert.

—¡Atención! —recomendó Landry Coquenard—. Entran en la casa.

En efecto, unos treinta espadachines entraban silenciosamente, de dos en dos. Rospignac había tomado bravamente el mando de los asaltantes.

Pardaillan reflexionó un instante y dijo luego:

—No hay que pensarlo más. ¡Vámonos!

Se dirigió hacia la buhardilla. Indudablemente había calculado ya todas las probabilidades y fijado la dirección que deberían seguir cuando estuvieran en el tejado, porque añadió:

—Ninguno de esos bribones se atreverá a perseguirnos por ese camino, porque se necesita estar en situación desesperada, como nosotros, para aventurarse en él. No hay cuidado de que nos ataquen por la espalda; de consiguiente, puedo pasar el primero, tanto más cuanto podrían estar acechándonos desde una de las buhardillas que veo allí enfrente. Fiad en mí y seguidme, procurando no poner un pie en falso.

Desenvainó. Valvert y Landry le imitaron.

El caballero se puso a horcajadas en la ventana y se deslizó suavemente por el canalón. Con la espada en la mano anduvo unos pasos por el alero y se detuvo para esperar a sus compañeros.

Abajo, en la calle, su aparición fue saludada con gritos espantosos. Desde las ventanas de sus domicilios algunos vecinos, que sintieron imperiosa necesidad de dar pruebas de su valor y magnanimidad, vociferaban:

—¡Miradlo!

—¡El truhan se escapa!

—¡Detenedle! ¡Detenedle!

Casi en seguida apareció Landry Coquenard y, detrás de él, Odet de Valvert.

—¡Adelante! —mandó Pardaillan.

Fue verdaderamente espantosa la carrera de aquellos tres hombres que escalaron tejados puntiagudos, bajaron pendientes pronunciadísimas, mantuvieron el equilibrio en las gárgolas y saltaron por encima de abismos insondables. Veinte veces creyeron unos y otros que había llegado su último momento y que su muerte sería horrorosa. Pardaillan no despegaba los labios y sus compañeros discernían claramente que no cesaba de orientarse.

Abajo, en la calle, no se moderaba aquella caza del hombre por el hombre. Concini y su jauría, levantadas las cabezas, seguían, en cuanto les era posible, a las piezas que querían cobrar. ¿No llegaría acaso el momento en que una calle demasiado ancha cerrara el camino a los fugitivos o que, cansadísimos, se vieran obligados a detenerse? En este caso, saliendo por una buhardilla, se les podría prender fácilmente.

Pardaillan se paró en un canalón. Valvert y Landry se colocaron a su lado. Los tres hombres cambiaron unas palabras y seguidamente se lanzaron al vacío.

Concini, su jauría y Albarán corrieron hacia la calle del Mercado de las Hortalizas, para tener la satisfacción de ver los cadáveres de aquellos enemigos a los que odiaban a muerte.

Pardaillan y sus compañeros habían saltado desde la altura de un cuarto piso y era inevitable que se estrellaran en el suelo. Quizá no habían muerto aún; pero, de resultas de una caída semejante, la agonía no podía durar mucho. Albarán podría dar a su señora seguridades de que habíase desembarazado para siempre de Pardaillan.

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