El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 2 de 35

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El fin de Fausta

La Dama Blanca

 

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Capítulo I

El secuestro de Luisita

Hacía un tiempo espléndido. Era uno de esos días primaverales precursores de un verano próximo y muy caluroso. El perfume que se desprendía de los rosales que crecían a orillas del camino embalsamaba el aire. Pardaillan, Valvert y sus acompañantes hicieron un viaje delicioso, que no turbó ningún suceso desagradable.

Mas en cuanto llegaron a la casita de campo en que vivía la buena Perrine, tuvieron la primera decepción: las puertas y ventanas cerradas decían claramente que la vivienda estaba vacía. Llamaron repetidas veces y, como nadie les contestara, preguntaron a los vecinos y supieron que aquella misma mañana habíase detenido delante de la casa una litera, escoltada por varios hombres de armas a caballo; que de la litera bajó una dama principal, a juzgar por su porte, entró en el edificio y media hora después salía acompañada de Perrine, que llevaba consigo a una niña de corta edad.

La niña parecía muy contenta. Un muchacho le preguntó que adonde iba, y ella contestó que a ver a su mamá. Perrine no manifestaba la menor inquietud; era evidente que seguía de buen grado a la dama. Las dos mujeres y la niña subieron al vehículo, que en seguida se puso en marcha.

El caballero de Pardaillan regaló un escudo al aldeano que les dio estos informes, y se alejó, diciendo en voz baja a Valvert:

—¡Lléveme el diablo si esa dama principal no es la mismísima Fausta!

—¿De veras creéis que es ella? —preguntó Odet con manifiesta incredulidad.

—Vamos a registrar la casa —repuso Pardaillan desentendiéndose de la pregunta del joven.

Pasaron la cancela, forzó Gringaille la puerta con mucha limpieza y Pardaillan entró en la vivienda, seguido de Valvert, que se preguntaba intrigado qué buscaría allí el caballero.

Pardaillan buscaba sencillamente un indicio para asegurarse, primero, de que había sido Fausta la que había robado a la niña —pues de que había sido robada no tenía la menor duda— y, segundo, adivinar, si era posible, el móvil que la había guiado.

Y encontró más de lo que hubiera podido desear. En la primera pieza donde entró vio, a la primera ojeada, una hoja de pergamino clavada a la mesa con un puñalito.

El caballero se acercó a la mesa y miró el arma, que tenía el mango de oro cincelado y cuajado de piedras preciosas.

—Solamente Fausta, que es riquísima —dijo para sí—, puede permitirse el lujo de tirar así una fortuna.

Tomó luego el pergamino y lo leyó con mucha atención. Decía así:

“Pardaillan, he visto a Luisita y la he encontrado tan

preciosa que, ¿lo creeréis?, he quedado prendada de ella. Sintiendo que no podría vivir separada de esta adorable criatura, me la llevo conmigo. Estoy en mi derecho porque, al fin y al cabo, soy su abuela.

”¡Oh! Estad tranquilo, que sólo de vos depende el

encontrarla un día. Os doy palabra de soberana de que os la devolveré si vos, obrando cuerdamente, desistís de vuestro empeño de desbaratar los proyectos que sabéis y que sólo vos sois capaz de echar por tierra. Para devolvérosla, esta es una condición sine qua non. Si os obstináis en molestarme, podéis vestiros ya de luto y hacer que se vistan también de negro sus padres. Muerta para vos y para ellos, jamás la volveréis a ver.

”¿Me entendéis, verdad, Pardaillan? Consultad con

vuestra conciencia si debéis llevar la desesperación al corazón de esos padres. Tengo absoluta confianza de que me daréis palabra de honor de permanecer neutral en la lucha que sabéis, y así os podré devolver inmediatamente la niña”.

La carta estaba firmada con una inicial: F.

Pardaillan dejó el pergamino encima de la mesa y se quedó pensativo, jugando maquinalmente con el puñalito que, sin darse cuenta, tenía en la mano.

Valvert le miraba contristado, sin atreverse a moverse ni a dirigirle la palabra para no distraer de sus pensamientos a su viejo amigo, al que veía profundamente apenado y perplejo.

Por último, el caballero sacudió la cabeza como para ahuyentar las negras ideas que le obsesionaban, volvió a tomar el pergamino y se lo entregó a Valvert, diciéndole con voz cavernosa:

—¡Leed!

Odet leyó de cabeza a rabo la misiva y, viéndole como anonadado, Pardaillan le preguntó:

—¿Qué me decís ahora de la señora Fausta?

—Que es un verdadero monstruo —repuso el conde—. ¡Una madre capaz de sacrificar fríamente sus hijos a sus abominables proyectos de ambición! ¡Oh! ¡Es el demonio!

Como el caballero, el joven estaba convencido de que Fausta llevaría a cabo sus amenazas.

Siguió un largo silencio. Pardaillan reflexionaba retorciéndose las guías del bigote con gesto maquinal. Estaba impasible, sin manifestar indignación, cólera o pena. Consideraba fríamente la situación angustiosa en que Fausta le había colocado y buscaba el medio de parar el golpe sin herir la susceptibilidad de su demasiado escrupulosa conciencia.

—En resumidas cuentas —dijo, al fin, pensando en voz alta—, tengo que escoger entre faltar a la palabra que di al difunto rey Enrique Cuarto, que sería deshonrarme a mis propios ojos, o abandonar a mi nietecita y llevar, como ha escrito muy acertadamente esa Fausta infernal, la desesperación al corazón de mi hijo y de mi nuera, lo cual sería una acción malvada.

Metió el puñal en su vaina de terciopelo, dobló el pergamino, se lo guardó en un bolsillo y dijo, como si hubiera tomado ya una determinación:

—Aquí no tenemos ya nada que hacer. Vámonos.

Salieron del edificio, cruzaron el huerto, montaron a caballo y, al trote largo, atravesaron la aldea sin proferir palabra. Cuando dejaron atrás la última casa, pusieron sus monturas al paso y cambiaron impresiones.

Valvert empezaba a darse cuenta de que Fausta era un temible adversario con el que no debían olvidar ninguna precaución ni tener ninguna distracción, porque podría serles funesta. Iba, pues, ojo avizor y el oído atento. Pardaillan, que habíale visto volver la cabeza con frecuencia y escuchar con atención, le preguntó:

—¿Qué buscáis?

—Señor —dijo Odet sin responder directamente—, la señora Fausta sabía, sin duda, que vendríais a esa casa, puesto que os ha dejado escrita una carta dirigida a vos, y esto es muy chocante.

—Lo sabía o lo había adivinado —rectificó Pardaillan.

—Es lo mismo. Y sabiéndolo, no sería raro que nos tendiera un lazo en el camino o en la misma casa.

—Evidentemente, pero no lo ha hecho. Con Fausta hay que estar siempre alerta, observar y reflexionar. Habéis leído su carta y, si hubieseis reflexionado, sabríais que Fausta espera una respuesta mía y os hubierais dicho, como me lo he dicho a mí mismo, que no emprenderá nada contra mí ni contra vos, que estáis de mi parte, hasta que haya recibido esa respuesta.

—¡Pardiez! ¡Qué necio soy! ¿Cómo no se me ha ocurrido eso? — exclamó Valvert.

Llegaron a Bagneux hablando de lo mismo. Preguntaron allí y nadie supo darles razón de la litera, escoltada por varios hombres de armas montados que ellos indicaron.

—Bueno —dijo Pardaillan—. La niña no ha sido llevada a París…, por lo menos directamente. Fausta ha tomado precauciones para que yo no pueda descubrir su paradero y rescatarla.

Prosiguieron su camino y llegaron al Grand-Passe-Partout sin que les ocurriera nada digno de mención. Pasaron juntos la tarde y todo el día siguiente. Ni Fausta ni Concini dieron señales de vida.

Mas al tercer día, un cuarto de hora después de haber llegado Valvert, que pasaba la mayor parte de su tiempo al lado del caballero, anunció Nicolasa que dos señores, que habíanse quedado en la sala grande, insistían en que era necesario que hablaran con el caballero de Pardaillan.

—Decidles que suban —mandó Pardaillan con los aires de gran señor que le eran peculiares.

Y en cuanto Nicolasa desapareció, cerrando la puerta, añadió:

—¡Que me descuarticen vivo si no son enviados por la señora Fausta para saber mi respuesta!

Y como Valvert hiciera, por discreción, un movimiento de retirada, Pardaillan dijo vivamente:

—Quedaos, hijo mío, que no estaréis de más a mi lado.

Valvert permaneció en el cuarto, pero se retiró discretamente a un rincón.

Nicolasa introdujo a los dos visitantes y se fue en seguida. Pardaillan reconoció en uno de aquéllos a la propia Fausta, que vestía traje masculino con gran desenvoltura. El otro era el gigantesco Albarán.

Los cuatro personajes se saludaron cortésmente y cambiaron los cumplidos de rigor, como si no fueran enemigos mortales.

Fausta y Albarán rehusaron los asientos que Valvert les ofrecía, señal evidente de que la visita sería corta. En efecto, Fausta dijo sin más preámbulo:

—Caballero, vengo por la contestación de mi carta, que me consta habéis recibido.

—¡Cómo, princesa! —exclamó Pardaillan maravillado y con aire burlón —, ¿Venís por ella vos misma? ¡Qué honor para mi pobre zaquizamí!

Y agregó, poniéndose muy serio:

—Ante todo, permitid que os restituya este juguetito, que hicisteis muy mal en dejarlo en una casa abandonada en la que cualquier bribón hubiera podido introducirse.

—Sabía yo que caería en buenas manos —repuso Fausta tomando el puñalito que le presentaba el caballero.

Titubeó un momento y al fin se decidió:

—¿No queréis conservar esta arma como recuerdo mío?

—Aceptaría gustoso, si fuera un arma ordinaria; pero, señora, es una joya de mucho valor y con gran pesar mío tengo que rehusarla — respondió muy cortésmente Pardaillan. —Pues no hablemos más de esto —dijo Fausta sin insistir.

Se guardó el puñal en el jubón y prosiguió:

—Pasemos a lo que más interesa.

—Es decir, a la respuesta que esperáis de mí —precisó Pardaillan—. Señora, me conocéis demasiado bien para no saber de antemano cuál ha de ser mi respuesta.

—No obstante, deseo oírla de vuestros labios.

—Pues bien, os diría que no sé por qué motivo habían de variar mis intenciones acerca de vos. Estas intenciones os las expuse lealmente en la entrevista que os dignasteis concederme en vuestra casa, a la que asistió el señor duque de Angulema y cuyo final hubiera debido ser funesto para mí. Pero ¿qué queréis, princesa? Nadie mejor que vos podría saber que tengo la piel demasiado dura y no se me mata tan fácilmente. —Recordadme lo que me dijisteis entonces —insistió Fausta desentendiéndose de las burlas de su interlocutor.

—Os dije —repuso Pardaillan mirándola fijamente— que, mientras yo viva, no seréis reina de Francia. Esto fue lo que os dije y repito ahora.

—¿Luego estáis decidido a combatirme?

—Con todas mis fuerzas —replicó el caballero.

—¿Lo habéis pensado bien?

—Princesa, he tenido un día entero y dos noches para pensarlo; mucho más tiempo del que necesitaba.

Valvert, mudo testigo, como Albarán, de este duelo, admiraba la serenidad con que los dos adversarios se batían: Pardaillan, frío y sonriendo socarronamente; Fausta, inmutable. Parecía que hablaban de vulgaridades a las que no daban la menor importancia. Viéndoles tan tranquilos, nadie hubiera dicho que trataban de cosas terribles de las que dependía su propia suerte y la de una infinidad de personas, entre ellas el rey niño, Luis XIII.

Con la misma calma soberana, sin que su fisonomía o su actitud revelara la más ligera contrariedad, sin que su voz armoniosa dejara traslucir la amenaza, Fausta replicó:

—¿Abandonáis, pues, a vuestra nieta? ¿Condenáis a la desesperación a vuestro hijo y a vuestra nuera?

—No abandono ni condeno a nadie —dijo Pardaillan sin acalorarse—. Pero he reflexionado que la suerte de mis hijos depende de la lucha que me habéis obligado a emprender contra vos. El toque está en saber cuál de los dos triunfará y si durará mucho esta contienda. Estoy convencido, conforme os he dicho y repito, de que os derrotaré y la situación de mis hijos quedará aclarada. En cuanto a la duración de la lucha, estoy también seguro de que será breve. No puede ser de otra manera.

—¿De suerte que pensáis en quitarme la niña?

—No lo pienso, señora; estoy seguro de que recuperaré mi nieta.

Dijo Pardaillan esto con tal aplomo, que Fausta, a pesar del dominio que tenía sobre sí misma, se estremeció visiblemente.

—Pues buscadla —elijo.

—Ni la buscaré, ni la encontraré ni os la quitaré. Vos misma me la entregaréis.

—¿De veras? —repuso Fausta irónicamente.

—Estoy seguro —repitió Pardaillan saludando ceremoniosamente.

Y erguido, recalcando las palabras, insistió:

—Vos misma me la devolveréis… y os consideraréis dichosa cuando lo hayáis hecho.

—¡Eso lo veremos! —replicó Fausta disimulando su ira con una sonrisa —. Creo —añadió seguidamente— que no tenemos ya nada más que decimos.

—Exacto —confirmó fríamente el caballero.

Saludáronse cortésmente, como al principio de su entrevista. Pardaillan acompañó galantemente a la princesa hasta la puerta, donde se despidieron con otra reverencia ceremoniosa.

—Ahora, mi joven amigo —dijo el caballero cerrando la puerta y volviéndose hacia Odet—, hay que estar alerta. La tigresa anda suelta por ahí y nos dará mucho que hacer. —Estaré siempre prevenido, señor —le tranquilizó Valvert—. Además, me parece que no somos tan débiles que nos dejemos devorar así como así.

Pardaillan sonrió satisfecho.

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