El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 7 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo VI

El enviado extraordinario del rey de España

Aquel día tenía Fausta que presentar a la reina regente sus cartas credenciales de enviada extraordinaria del rey Felipe III de España.

En la ciudad, como en la corte, esta presentación había tomado las proporciones de acontecimiento sensacional. En primer lugar, el enviado era una mujer, lo cual no se había visto jamás, y, en segundo término, esa mujer era maravillosamente hermosa y dotada de inmenso talento. Finalmente, habíase formado una leyenda en tomo de ella, leyenda basada en su lujo y generosidad.

Ya sabemos que no había quien igualara a Fausta para organizar un golpe teatral, y en el de su recepción oficial prodigó el dinero a manos llenas.

En el salón del trono se hallaba reunida toda la corte. Las dos cortes, hubiéramos debido decir: la de María de Médicis, que era la grande, la verdadera, y la del rey niño, más modesta y obscura de ordinario.

Sobre un estrado cubierto con rica alfombra flordelisada y bajo dosel de terciopelo, asimismo flordelisado, había dos sillones, dos tronos. Uno de ellos lo ocupaba el rey, que ostentaba el collar de las Órdenes, y el otro, su madre, la regente.

Junto al estrado se hallaban las clases de etiqueta, dos grupos muy distintos: uno, al lado del monarca, y el otro junto a María de Médicis. Eran los íntimos, los confidentes. Del lado del rey, Luynes, que no era todavía halconero mayor ni duque; Ornano, coronel de los Corsos; el duque de Bellegarde; el viejo marqués de Souvre, preceptor del rey, y el joven marqués de Montpouillan, hijo del marqués de la Forcé y el más temible rival de Luynes en el favor real, que compartían de momento. Todos éstos eran enemigos encarnizados de Concini.

Rodeaban a María de Médicis Leonor Galigai; Claudio Barbin, subintendente de finanzas; el marqués de Thémines y su hijo; el conde de Lauzieres y el señor de Chateauvieux, gobernador de la Bastilla.

Estos dos grupos, sonriendo cortésmente, se vigilaban estrechamente con recelo e inquietud.

El canciller, los ministros, los mariscales, los magistrados del Parlamento y los próceres de la aristocracia estaban allí: los Lorena, representados por el duque de Mayenne, gobernador de París y de la Ile-de-France; pero no se veía a los Guisas, ni al príncipe de Condé, ni al duque de Vendóme, ni al conde de Soissons, que estaban a la sazón reñidos con la corte.

Finalmente, estaba formada la guardia, armada de picas, con uniformes suntuosos y mandada por su capitán, el duque de Vitry.

Ocioso es decir que Concini no faltaba en la reunión. Le correspondía asistir a la recepción como mariscal de Francia, que lo era como Lasdiguieres, como primer gentilhombre de cámara y, sobre todo, como verdadero amo, ya que, por voluntad de María de Médicis, en el Louvre y en todo el reino era más amo que el mismo rey, al que, sin embargo, daba muestras de un respeto desmedido.

Mas no se había olvidado de tomar las debidas precauciones para su seguridad personal. Rospignac, su capitán de guardias, vigilaba y, con éste, sus lugartenientes Eynaus, Longval, Roquetaille y Louvignac.

Concini, pues, estaba en el salón del trono, y aunque por las prerrogativas de su cargo no le correspondía, ejerció de introductor de la señora embajadora extraordinaria.

Avínose a esto Leonor Galigai, que no retrocedía ante ningún sacrificio de su amor propio para congraciarse con la que seguía llamando respetuosamente «la signora». Pero afilaba sus armas en la sombra, y el día que se considerara bastante fuerte para ello, lucharía a brazo partido y no la soltaría hasta dejarla herida de muerte. Mas de momento tenía que doblegarse.

Fausta, por su parte, habíase dado cuenta, desde mucho tiempo atrás, de los ardides de Leonor; pero, fingiendo que se dejaba engañar, daba muestras de sincero cariño y amistad a Concini, la reina y sus favoritos.

Concini, dio, pues, la mano a la duquesa de Sorrientes y la acompañó hacia las gradas del trono. Iba al lado de Fausta el conde de Cárdenas, embajador ordinario, que continuaba en el desempeño de sus funciones, y aunque subordinado de la enviada extraordinaria, no se mostraba muy pesaroso de una postergación que, en realidad, era aparente.

De pronto, a la derecha de Concini, se produjo un movimiento y todos miraron hacia aquel lado. Dos señores acababan de colocarse en primera fila: Pardaillan y Valvert.

Concini, ante esta aparición tan inesperada, se paró en seco y obligó a Fausta y a Cárdenas a detenerse.

Pardaillan y Valvert habían pasado unos días escondidos en la casa de la calle de los Forrajes, y como Concini los había buscado infructuosamente por todas partes, llegó a convencerse de que habían muerto, a pesar de que Fausta le repetía que se engañaba y que no creería en la muerte del caballero hasta que viera el cadáver con sus propios ojos.

—¡Están vivos! —rugió, en italiano, soltando una blasfemia horrible.

—Me he cansado de decíroslo —le dijo Fausta, en voz baja, también en italiano.

Y con el indecible acento de autoridad al que nadie podía resistir, agregó:

—Adelante, señor, y, ¡por Dios santo!, sonreíd. ¿No veis que todos se asombran de vuestra turbación?

Concini se repuso en seguida, buscó con la vista a Rospignac y con una seña muy significativa le designó a Pardaillan, que sonreía socarronamente. Rospignac, obedeciendo las indicaciones de su señor, hizo a su vez una seña a sus cuatro lugartenientes, y los cinco, deslizándose por entre la multitud de cortesanos, se fueron acercando al sitio donde estaba el caballero.

Fausta y Concini, impasibles, pero poseídos de vaga inquietud, continuaron avanzando majestuosamente hacia la reina madre.

Parecía, sin embargo, que ningún incidente desagradable se había de producir. Presentándose en aquel lugar y en semejante ocasión, Pardaillan no perseguía quizá otro objeto que el de dar señales de vida y advertir a Fausta que estaba más dispuesto que nunca a interponerse en su camino.

Rospignac y sus hombres, que habíanse colocado detrás de él, no tuvieron necesidad de intervenir y se retiraron, pero sin perderle de vista. Mientras el barón procuraba acercarse al mariscal, los otros cuatro miraban a hurtadillas al caballero, sin que por su actitud pudiera éste percatarse de la estrecha vigilancia de que era objeto.

Fausta, Concini y Cárdenas llegaron a los pies del trono y, tras de las reverencias de costumbre, el mariscal profirió con voz clara y ligero ceceo:

—Tengo el insigne honor de presentar a Vuestras Majestades a Su Alteza la duquesa de Sorrientes, enviada extraordinaria de Su Majestad Católica el rey de España.

Adelantóse entonces el conde de Cárdenas y en correctísimo francés, sin asomo de acento extranjero, dijo a su vez:

—Señor, tengo el honor de poner en las augustas manos de Vuestra Majestad las cartas credenciales de mi soberano, que Dios guarde, que acreditan como embajadora extraordinaria cerca de la corte de Francia a Su Alteza la duquesa de Sorrientes, aquí presente.

Las cartas no fueron entregadas al rey, sino al canciller, quien, rodeado de los demás ministros, se colocó al pie del trono al mismo tiempo que llegaban los embajadores. Luego, la reina y Fausta pronunciaron los discursos de rigor en estos casos.

La ceremonia protocolaria terminaba así y, por lo tanto, el papel que representaban los ilustres actores que en ella tomaban parte. El rey, de consiguiente, pudo retirarse. Pero el encanto cautivador de Fausta y la dulzura penetrante de su voz, que envolvía como una caricia, acabaron la conquista empezada con su belleza sin par. El monarca se puso en pie, bajó las gradas del trono, descubrióse galantemente, se inclinó con gracia que su extremada juventud hacía más encantadora, le tomó una mano y se la besó, diciendo:

—Señora, es sumamente agradable para Nos que haya recaído en vos la elección para representar a nuestro buen hermano el rey de España cerca de nuestra persona. Creed, os lo ruego, que os veremos siempre con sumo placer en esta mansión real que desde este momento podéis considerar como vuestra.

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