El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 18 de 35

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El fin de Fausta

Capítulo XVII

 

El regreso

Los primeros pasos los dieron en silencio. Pardaillan miraba a Fausta a hurtadillas. Muy tranquila y serena, marchaba a su lado con paso firme y seguro.

—¿Cómo diantre habéis podido cometer la imprudencia de aventuraros por estos caminos sola, sin la menor escolta? —preguntó de improviso Pardaillan.

Fausta no quiso evadir la pregunta y respondió con voz triste:

—Ya sabéis que no soy cobarde. Además, yo creía que no había nada que temer. Por añadidura, iba armada y sé manejar la espada bastante bien.

—De acuerdo; pero ¿cómo habéis tenido la ocurrencia de venir a estos sitios y no a otros?

—Porque tengo la malhadada costumbre de cerciorarme por mis propios ojos de cómo se cumplen mis órdenes.

—Y en esta ocasión valía la pena de tomarse esa molestia. Cuatro millones son una cantidad respetable. Mas precisamente por la importancia de la suma no debisteis arriesgaros sin fuerte escolta.

—Ya os he dicho que creía que no había nada que temer. Había tomado las medidas necesarias y estaba segura que nadie sabía nada de esos millones que habían de llegar.

—Pues yo lo sabía.

—Cierto. Y esto me hace sospechar que tengo en mi casa algún traidor, pues de lo contrario no estaríais tan bien informado.

—Palabra de honor de que os engañáis. Vos misma me dijisteis que habían de llegar esos millones.

—¡Yo! —exclamó Fausta estupefacta.

—Sí, vos —repitió Pardaillan—. Recordad que me introduje en vuestra casa. Mientras estuve escuchando en el gabinete obscuro, me dijisteis, sin quererlo, desde luego, cosas interesantísimas, y ésa fue una de ellas.

—Os creo por vuestra palabra; pero es el caso que ni yo misma sabía la fecha exacta en que llegarían esos millones…, y de seguro no he sido yo quien os he dicho qué vía tomarían para llegar clandestinamente a mi casa, ni el camino que seguiría Albarán para ir a posesionarse de ellos, ni que sería Albarán el encargado de hacerlo. Insisto, pues, en que alguien ha tenido que venderme, al menos en estos extremos.

—Y yo insisto en que os engañáis. Estos extremos los he sabido por mí mismo y sin grandes esfuerzos, por cierto.

—¿Me permitís preguntaros cómo…?

—¿Por qué no? Pues de la manera más sencilla del mundo. Envié a recorrer el camino de España a un hombre de mi confianza, que tiene muy buen olfato, es muy listo y habla el español como los nacidos en Castilla. Ese hombre tropezó muy pronto con un convoy. A pesar de que los hombres que lo escoltaban vestían como criados de casa noble, el mío olfateó en ellos a soldados; y a despecho de que hablaban correctamente el francés, conoció, por el acento, que eran españoles. Trabó conversación con ellos, les convidó a beber y el vino desató las lenguas. No sabían gran cosa, pero lo poco que dijeron bastó para que yo adivinara el resto. En cuanto al señor de Albarán, es vuestro brazo derecho y era muy natural que fuera el encargado de recibir el convoy de vino de España que viajaba ora por tierra, ora por vía fluvial. Mandé, pues, a otro compañero a vigilar al señor de Albarán, y cuando este compañero volvió esta mañana a decirme que el conde había salido a dar un paseo matinal por este camino, comprendí que había llegado el momento de obrar. Ya veis, princesa, que no he tenido necesidad de comprar la complicidad de nadie.

—Os creo— repuso Fausta, que no dudó jamás de su palabra y para sus adentros admiraba los inagotables recursos de aquel espíritu siempre activo y emprendedor—. Y ahora ¿qué vais a hacer de ese dinero?— añadió tras de breve pausa.

—¡Pardiez! Entregadlo a quien le pertenece.

—¡Cómo! —exclamó Fausta fingiéndose sorprendida—. ¿Vais a entregarme ese dinero después de habérmelo quitado?

—He dicho que lo entregaré a quien le pertenece — replicó fríamente Pardaillan— y no que lo voy a restituir.

—Sin embargo… creo que es a mí a quien pertenece.

—Pues estáis muy equivocada. Ese dinero pertenece ahora a Su Majestad el rey Luis Trece.

—¡Caramba! ¡Qué cosa tan rara! ¿Podéis explicarme por qué arte de birlibirloque ese dinero, que es mío y muy mío, pasa a ser propiedad del rey de Francia?

—Con mucho gusto. Ese dinero, en resumidas cuentas, es una mercancía como otra cualquiera, y habéis de saber, en el supuesto de que lo ignoréis, que el rey tiene derecho a confiscar toda mercancía que entre fraudulentamente en su reino. No me negaréis, porque es la verdad, que con fraude han entrado en Francia esos barriles de vino español. El rey, por lo tanto, ejerce un derecho que ni el mismo rey de España le podría disputar. Y ahora, dicho sea entre nosotros, añado, dado el empleo que pensabais dar a esos millones, aun prescindiendo de ese derecho, que el rey puede y debe confiscarlos.

—Tenéis razón —reconoció Fausta, que bajó la cabeza, vencida, y suspiró.

—Vamos, parece mentira que una pérdida de dinero os afecte de esa manera —dijo Pardaillan—. Aunque creo que no es esa pérdida lo que os apesadumbra, sino el no poder realizar lo que os proponíais con ese oro. Habéis perdido una puesta, pero la partida de juego continúa y quizá tendréis el desquite. ¿Por qué os apuráis entonces? Os he visto perder cantidades más importantes sin que por ello abandonarais el juego. ¿Por qué estáis tan abatida esta vez?

—Porque entonces conservaba mi libertad —contestó Fausta—. Para las personas de acción, como lo somos vos y yo, el estar libre es una ventaja inapreciable…, y hoy soy vuestra prisionera. ¿Comprendéis?

—Prisionera mía, ciertamente —repuso Pardaillan—, a menos que…

Fausta le miró un instante y dijo con voz clara y firme:

—¿A menos que…?

—Que aceptéis las proposiciones que voy a haceros —acabó el caballero.

—Vengan esas proposiciones.

—Os devolveré la libertad que os es tan querida, si me devolvéis a Luisita.

Fausta se estremeció: no esperaba semejante proposición, tal vez porque, embargada por otras preocupaciones, habíase olvidado de aquella niña, de su nieta, que podía ser un precioso rehén en sus manos.

—Es imposible —respondió con sequedad—, a no ser que… ¿Me permitís que os haga una pregunta?

—Hacedla.

—Os puedo decir ahora mismo dónde está la niña, que antes de dos horas podría estar en vuestros brazos. Si os la entregara en seguida, ¿me devolveríais en seguida la libertad?

—En seguida, no —contestó categóricamente el caballero.

—¿De manera que no me devolveríais la libertad hasta que los millones españoles hubieran ingresado en las arcas del rey de Francia?

—Exacto.

—¿Sacrificaríais a vuestra nieta por esos millones?

—Sin vacilar y sin remordimientos.

—Pues bien, yo tampoco vacilo: prefiero sacrificar mis millones y mi libertad a cambio de retener a la niña a mi lado.

—Como gustéis —replicó Pardaillan con indiferencia.

Hacía alarde de tal tranquilidad, que Fausta, a pesar suyo, sintióse fuertemente impresionada y se quedó muy pensativa. Pardaillan sonreía mientras ella reflexionaba y decía para su coleto, mirándola con el rabillo del ojo:

—Ya está, sin que se haya dado cuenta, en la pista a donde yo quería llevarla. ¡Lléveme el diablo si no la sigue!

Cuando estaban ya a la vista de las primeras casas de San Dionisio, Fausta decía mentalmente:

—¿Por qué no? ¿Por qué no le he decir dónde está la niña? En resumidas cuentas, el toque está en llevar a Pardaillan al lugar donde está su nieta, dejarle un momento a solas con ella, para que pueda cerciorarse de que no ha sufrido daño alguno ni ha sido sustituida por otra y demostrarle de manera que no deje lugar a dudas de que será devuelta a sus padres… Esto es muy fácil; lo difícil es conseguir que Pardaillan permanezca unos instantes en la casa cuando la niña se haya ido… Entonces él no saldría vivo de allí… Esta sería la mejor solución del problema.

Del brazo de Pardaillan continuaba marchando en silencio, buscando paciente y metódicamente todos los recursos de su espíritu infatigable para alcanzar el objeto que perseguía; y tan absorta estaba en estos pensamientos, que olvidó su situación y no recapacitó que para hacer caer al caballero en la emboscada que le preparaba, lo primero que hubiera debido hacer era librarse de sus manos.

Pardaillan la dejó meditar a sus anchas sin intentar distraerla. Llegaron a las primeras casas de la aldea donde los reyes de Francia dormían su último sueño. Pardaillan se detuvo para hacer volver a

Fausta a la realidad arrancándola a sus ensueños.

—Señora —dijo—, vamos a pasar por lugares muy concurridos y no sería imposible que pidierais auxilio y amotinarais a los transeúntes contra mí. Os aconsejo que no lo intentéis siquiera y os dejéis llevar dócilmente a donde os conduzca. Os lo aconsejo vivamente por vuestro bien.

Fausta conocía demasiado bien a Pardaillan para saber que nunca amenazaba en vano, y asintió con un movimiento de cabeza.

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