El fin de Fausta
Capítulo XIV
La explosión
Las nueve y media de la mañana acababan de dar en el reloj del convento de benedictinas de Montmartre.
Al fondo de la huerta del convento, junto a la pared de cerca que, por aquel lado, atravesaba la plazoleta en que se veían las ruinas de la horca, alzábase un pabellón, en medio de un jardincito particular, rodeado por un seto. En este pabellón tuvo Fausta escondida a Luisita desde el día que la robó y allí fue a buscarla para llevarla a la alquería minada la víspera y entregarla a Pardaillan.
Fausta subió la breve escalinata, abrió la puerta y entró resueltamente como si estuviera en su casa. No halló a la niña en la habitación donde penetrara, y suponiendo que, bajo la vigilancia de Perrine, estaría jugando en el jardín, sin inquietud ni contrariedad alguna se dispuso a salir para ir en su busca.
Se volvió, con este objeto, y quedóse como de piedra, clavada en su sitio y los ojos desmesuradamente abiertos. Pardaillan, con el sombrero en la mano y sonriendo con la sonrisa aguda, inquietante, que tenía en ciertos momentos, se interponía entre ella y la puerta.
—¡Pardaillan! —murmuró la princesa anonadada.
—Sí, señora, soy yo —repuso el caballero sin dejar de sonreír.
— ¡Pardaillan aquí! —repitió ella como si no pudiera dar crédito a sus propios ojos.
—¿Es mi presencia lo que os asombra? —dijo burlonamente el caballero—. Pues voy a explicarla, princesa. He querido, porque es de justicia, ante todo, daros las gracias como merecéis, y seguidamente deciros que me he llevado la niña para evitaros la molestia de acompañarla al lugar que me indicabais en vuestra carta.
—¿Os habéis llevado la niña?
—Sí, princesa, y por si el saberlo os devuelve la tranquilidad, os diré que en estos momentos se halla en Saugis, al lado de sus padres, que sabrán guardarla lo bastante bien para que no volváis a quitársela.
Fausta, repuesta de su estupor, comprendió que Pardaillan lo sabía todo, que se le escaparía una vez más y que una vez más estaba a merced de aquel hombre sin par. Y aquella mujer siempre fuerte y siempre soberanamente dueña de sí misma, perdió la serenidad, se sintió débil, anonadada y, no pudiendo tenerse en pie, porque se le doblaban las piernas, se sentó, medio desfallecida, en un sillón.
—¿Es posible que una cosa tan sencilla os haya conmovido tanto? — prosiguió Pardaillan en el mismo tono burlón—. ¡Caramba! Lo siento, porque yo creía que no podía hacer nada mejor ni más grato para vos, y me he engañado. Ya lo veis, princesa, estoy apesadumbrado, confundido…
—¡Demonio! —gruñó Fausta.
—¡Ah! ¡Ya caigo! Lo que os desespera, sin duda, es el no poder recibirme en la alquería donde me habíais citado y en la que, indudablemente, habréis hecho los preparativos necesarios para recibirme con todos los honores y halagos a que me tenéis acostumbrado desde que tuve la honra de conoceros… Lo veo claramente… ¡Por Pilatos! No se podrá decir que os he privado de ese placer. Princesa, vamos a la alquería.
Fausta se puso vivamente en pie.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Tú quieres…?
—¿Por qué no? Nada me lo impide… Además, por muy aventurero que yo sea, sé guardar las formas y mostrarme galante… Sería una lástima que resultaran estériles esos preparativos que tanto os habrán costado. Es muy natural y espero que no me negaréis esta inocente satisfacción.
Fausta le miró fijamente y le vio muy serio.
—Vamos —dijo.
—A vuestras órdenes, princesa —repuso Pardaillan inclinándose galantemente.
Con precipitación que delataba el temor que tenía de que hubiera descubierto su juego infernal, echó a andar delante, bajó apresuradamente a la cueva, tomó un farol, lo encendió y se dispuso a subir.
—Un momento, señorita —dijo Pardaillan deteniéndola—; os he dicho que sé mostrarme galante y no lo sería si permitiera que os tomaseis tantas molestias por mí.
Le quitó el farol de las manos y agregó:
—Tendré el honor de alumbrar. Enseñadme el camino, princesa. Os sigo.
Y la siguió, en efecto, como si no conociera el camino tan bien como ella. Tenía en los labios la misma sonrisa inquietante que cuando le recibió arriba, y no la perdía de vista.
Fausta marchaba delante con paso ligero y pensaba:
—¡Es un orgulloso, la personificación del orgullo! Por orgullo renunció el trono que tantas veces le ofrecí y por orgullo rehusó los honores y riquezas que los reyes, agradecidos, quisieron dispensarle. Por orgullo sigue siendo un aventurero sin casa ni hogar; el orgullo ha sido lo que le ha guiado en la vida y el orgullo le perderá… Sabe muy bien lo que le espera viniendo conmigo a la alquería y, sin embargo, no retrocede.
Llegó a la puerta secreta que daba a las cuevas de la alquería, la abrió y se hizo a un lado para dejar pasar a Pardaillan. El caballero comprendió que no lo hacía por cortesía, sino para dejar la puerta abierta, conforme había prometido a Albarán, y, sin hacer ninguna objeción, pasó, llegó a la escalera y puso el pie en el primer peldaño, como para tranquilizar a la princesa, la cual adelantó hacia él dejando, en efecto, la puerta abierta.
A su vez el caballero se hizo a un lado para que pasara Fausta, y dejó el farol al pie de la escalera, diciendo con mucha naturalidad:
—Dejo esta luz aquí porque supongo que hubierais hecho lo mismo si hubieseis venido sola mientras yo esperaba en la plazoleta.
Hizo una pausa y, como ella no protestara, añadió: —Además, así estará mejor alumbrada la escalera. Subió Fausta sin inquietud alguna, segura de que él la seguiría.
Una vez en la cocina, la princesa se sentó en un banquillo. Pardaillan cerró la puerta del sótano y se guardó la llave en el bolsillo. Se acercó a la puerta que daba a la plazoleta, se cercioró de que estaba bien cerrada, retiró la llave, que estaba en la cerradura, y se la guardó también. Después cerró cuidadosamente los postigos de las enrejadas ventanas y encendió los dos faroles que había encima de la mesa junto a la cual habíase sentado Fausta.
Hizo todo esto pausadamente, con calma desconcertante, sin despegar los labios. Fausta le miraba en silencio. Cuando hubo terminado, Pardaillan manifestó en tono glacial sus intenciones.
—No es necesario que os diga que sé muy bien lo que me espera aquí. Ayer, sin que os dierais cuenta de mi presencia, lo vi y lo oí todo…
Aquí estoy, en la situación que queríais tenerme, pero con la diferencia de que se han trocado los papeles y me voy a ir dejándoos encerrada aquí.
A pesar suyo Fausta se estremeció y miró despavorida a Pardaillan.
—Tranquilizaos, princesa —prosiguió éste—. No es ésa mi intención.
Fausta respiró aliviada de un peso enorme y el caballero continuó:
—Sabiendo lo que sé y habiéndome llevado a la inocente criatura de la que os queríais valer para atraerme a una emboscada mortal —lo cual, permitidme que os lo diga, es bastante odioso—, convendréis conmigo en que lo más fácil y cómodo para mí hubiera sido no venir aquí.
—¿Por qué no lo habéis hecho? —preguntó Fausta con curiosidad.
—Os lo diré, señora. Soy viejo y estoy cansado, terriblemente cansado… Les he proporcionado a los únicos seres que amo en este mundo una fortunita que les asegurará, si no la dicha, por lo menos una vida holgada, que viene a ser casi lo mismo… Hasta ahora he podido desbaratar todos vuestros proyectos, defraudar todas vuestras esperanzas y poneros en la necesidad de apelar a una fuga vergonzosa para salvar la cabeza que sentís os vacila sobre los hombros y, de consiguiente, nada tengo que hacer ya en este pícaro mundo. Me voy, pues, al otro. Os juro que me es indiferente morir de la muerte que me habéis preparado como de otro modo cualquiera. Moriré, por lo tanto, aquí, como vos queríais, y a la hora que habéis señalado; pero se me ha metido en la cabeza que hemos de hacer juntos el viaje eterno.
—¡Yo he de morir también! —gritó la princesa poniéndose en pie como movida por un resorte.
—Sí, señora —dijo Pardaillan con el acento de las resoluciones irrevocables—. Estaréis aquí, a mi lado, hasta que vuestro fiel servidor Albarán vuele la alquería. Y ahora, princesa, hablad, implorad, rugid, amenazad, que todo será inútil. Lloréis, supliquéis u os arrepintáis, en el supuesto de que en vuestro corazón haya cabida para el arrepentimiento, no me haréis desistir de mis propósitos. Nada ni nadie os podrá sacar de aquí ni os volveré a dirigir la palabra hasta el momento que yo mismo he señalado.
Pardaillan se puso a dar vueltas por la cocina silbando una canción.
Desde que salió del convento para llevar a Pardaillan a aquella pieza, situada encima de la cueva donde estaban los barriles de pólvora que habían de hacer explosión a la hora fijada por ella misma, Fausta había calculado todas las posibilidades, menos la de que Pardaillan pudiera concebir el horroroso, el imposible proyecto de hacerla morir con él.
—¡Oh! —exclamó aterrada—. ¡No, no es posible que hagáis eso, vos que sois el hombre más generoso que ha podido existir en la tierra!
Pardaillan, fiel a su promesa, no le contestó. Fausta le conocía demasiado bien y sabía que guardaría silencio hasta el momento que había dicho. Luego si cumplía una cosa de tan poca importancia, mantendría también inexorablemente su palabra respecto a lo demás. Se sintió irremisiblemente perdida. Al fin y al cabo, era mujer y tuvo un instante de desfallecimiento.
Un instante nada más, pues con la fuerza de voluntad tan extraordinaria que la caracterizaba se repuso en seguida y dijo con calma soberana que Pardaillan admiró en su interior:
—Bueno. También yo estoy cansada, habéis desbaratado todos mis planes y nada puede retenerme ya en este mundo maldito. Muramos juntos, Pardaillan; es mucho más de lo que yo me hubiera atrevido a esperar.
Un silencio angustioso, sólo turbado por el ruido rítmico de los pasos del caballero, pesaba sobre ellos. Así transcurrieron varios minutos, que parecieron a ella mortalmente largos.
De pronto dijo Pardaillan:
—Señora, son las once menos diez minutos… En este momento, vuestro fiel Albarán, que sabe que no se ha de adelantar ni retrasar un segundo, cumple al pie de la letra vuestras órdenes: entra, mira, ve la puerta abierta y se retira a la gruta, donde esperará otros diez minutos. Cuando vuelva es menester que encuentre cerrada esa puerta, pues de lo contrario no se atrevería a prender la mecha. Voy a cerrarla. ¿Queréis acompañarme?
—Vamos —respondió Fausta.
Pardaillan sonrió y su sonrisa, que ella vio, decía claramente: «Pierde toda esperanza de escaparte». La princesa volvió la cabeza, avergonzada de haber dejado traslucir su pensamiento.
Bajaron. Pardaillan cerró la puerta y llevó a Fausta, asida por un brazo, a la escalera. Mientras ella subía, el caballero echó una mirada furtiva a la cueva donde Fausta había mandado colocar los barriles de pólvora que no cupieron en la que había debajo de la cocina. ¿Conocía acaso la existencia de aquella cueva y sabía que allí había pólvora? No lo ponemos en duda ni lo aseguramos.
Volvieron a la cocina. Pardaillan cerró de nuevo la puerta y tomó a dar vueltas por la pieza.
Fausta se sentó en el banquillo que abandonara poco antes.
Pasaron unos minutos espantosamente largos. Por valiente que fuera y por resignada que estuviera con su suerte, Fausta no podía por menos de temblar y sentía que un sudor frío bañaba su frente. Ella, sin miedo ni vacilación, habría prendido bravamente la mecha, a sabiendas de que sería ella la primera que volaría; pero aquella espera la volvía loca. Y se comprende. Los diez minutos que la separaban del instante en que había de saltar por el aire para caer destrozada, hecha pedazos, convertida en papilla sangrienta, le parecieron mil veces más largos que la hora que acababa de pasar, a pesar de que ésta habíale parecido un siglo.
De improviso, el reloj de una iglesia vecina dio una campanada. Fausta se dijo que al sonar la undécima, o quizá antes, todo habría acabado para ella. Adivinando que Pardaillan la observaba, se irguió altivamente y mostró un rostro impasible; pero mantenía los ojos desmedidamente abiertos, por temor de que si tenía la debilidad de cerrarlos delatara su emoción.
A la primera campanada no siguieron las otras diez y la explosión no se produjo. Esperó un poco más y entonces entrevió la verdad.
—¿Pero no son…?
—¿Las once? —interrumpió Pardaillan—. No, son las once y cuarto. Estabais tan abstraída, que no oísteis la hora.
—Entonces, ¿qué significa esto? ¿Por qué no ha hecho Albarán lo que le mandé?
Pardaillan tomó un farol y dijo:
—Venid conmigo, señora, y lo sabréis.
Bajaron.
El caballero le mostró abierta de par en par la puerta de la cueva minada, bajó el farol y le enseñó la mecha.
—Como veis —le hizo observar—, vuestro Albarán prendió la mecha, de la que no queda ni vestigio. Pero mirad.
Con el pie derribó la pirámide que formaban los barriles, que cayeron deshechos.
—¡Estaban vacíos! —exclamó Fausta asombrada.
Pardaillan prosiguió:
—Ayer, en cuanto os fuisteis, me tomé la molestia de vaciarlos e inutilizar la pólvora.
Fausta recobró instantáneamente todo su aplomo. Su calma no era ya fingida.
—Entonces ¿por qué me habéis dicho que teníamos que morir juntos?
—Para que supierais por propia experiencia cuán horribles son los minutos para el condenado que sabe que va a morir. Ahora que lo sabéis, espero que no someteréis a nadie al suplicio que me teníais reservado.
—Bueno, ¿qué pensáis hacer conmigo? —preguntó Fausta con rara afabilidad, tal vez porque había adivinado las intenciones de Pardaillan.
—Nada, señora —respondió fría y desabridamente el caballero —. Podéis marcharos. Os perdono.
—¿Que me perdonáis? —chilló Fausta, sin que se pudiera decir si se asombraba de tanta magnanimidad o se rebelaba contra aquella palabra «perdón» que le cruzaba el rostro como un latigazo.
—Sí, señora, os perdono. Quiero que, si vivís, podáis decir a vos misma: «En todos nuestros encuentros he querido matar ruin y traidoramente al caballero de Pardaillan; y cada vez que él me tuvo en su poder, no intentó siquiera herirme.» Esta vez, como tantas otras, os perdono también. Marchaos, señora.
Extendido el brazo, Pardaillan le mostraba la puerta con ademán tan imperioso y tan desdeñoso gesto que Fausta, humillada, vencida, salió despaciosamente sin atreverse a proferir palabra.
Bajó la princesa, tomó el farol que el caballero había dejado al pie de la escalera, miró furtivamente hacia arriba, como temerosa de que aquél la espiara, abrió la puerta secreta de la cueva, la volvió a cerrar y se dirigió al fondo de aquel sótano que, al parecer, no tenía otra salida.
Mas otra puerta se abrió y la princesa, dejando el farol en el suelo, pasó a un estrecho corredor y se acercó a los barriles.
Recuérdese que, al transportarlos, los españoles reventaron un barril.
Fausta hundió las manos en él y tuvo un gruñido de fiera.
—¡Pólvora! ¡Y en buen estado! Pardaillan, tú no has pasado por aquí… ¡Me perdonas, dices! ¡Pues yo no te perdono! ¡No saldrás vivo de esta casa!
Gruñendo así, trabajaba febrilmente. Volcó el barril, y la pólvora formó un montón del que fue tomando grandes puñados con los que hizo un reguero que llegaba hasta la puerta que acababa de abrir. Luego tomó la luz del farol y la aplicó a la pólvora, que empezó a crepitar.
Un largo serpenteo de fuego corría hacia el extremo opuesto, donde estaban apilados los cinco barriles llenos de pólvora.
Fausta, en cuanto hubo prendido el reguero, echó a correr como si le hubieran brotado alas en los pies y desapareció en las tinieblas.
Pardaillan, que habíala seguido desde arriba con la mirada, se preguntaba a sí mismo:
—¿Qué ira a hacer? ¿Entrará en la cueva donde están los barriles que no he querido destruir? ¿Prenderá fuego a esa pólvora?… Sin embargo, ella sabe muy bien que se jugaría la vida. Si lo hace, ¿se podrá decir que la he matado yo? No; hace un momento se lo advertí diciéndole: Si vivís, y una mujer como ella entiende con medias palabras. Es ella misma y no yo la que va a decidir de su suerte. Si muere, será ella la que se habrá matado y nada podrá reprocharme la conciencia.
Hechas estas reflexiones, que cruzaron por su mente con rapidez prodigiosa, bajó a su vez. Al pasar echó una ojeada a las dos puertas abiertas, situadas a pocos pasos una de otra, como para adivinar la que Fausta había abierto, y siguió adelante sereno, calmoso, tranquilo, como si ignorase que la muerte se cernía sobre él.
Pasó, abrió la puerta y la cerró en el mismo momento que estalló un trueno horroroso, tembló el suelo, se derrumbaron las paredes y se levantó una columna de humo y llamas…
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