El fin de Fausta

Michel Zévaco · Capítulo 4 de 35

Páginas del PDF

El fin de Fausta

Capítulo III

La dama blanca

La calle de los Fers, corrupción de Feure (Forraje), era el centro, de las que afluían a los Mercados, del comercio de paja, heno, cebada, avena y toda clase de piensos.

En una casa de aquella calle habitaba, desde un par de años atrás, una dama y su hija a quienes nadie conocía por sus verdaderos nombres. Cuando la dama se veía obligada a hacerlo, daba un apellido vulgar. En dicha casa llevaban las dos mujeres una vida muy modesta; pero como se daban aires de encopetadas damas, el vecindario daba el tratamiento de señora a la madre y de señorita a la hija.

Además, como vivían con cierto misterio y a menudo desaparecían por semanas enteras, sin que se supiera adónde iban, y reaparecían sin que fuera posible averiguar de dónde venían; y como, en fin, la dama solía vestir de blanco, muy sencillamente, y se resistía a contestar por el apellido que ella misma se había dado, la llamaban "la dama blanca".

Para levantar un poco el velo que envuelve a estas dos mujeres, entremos en su morada.

El recibidor, deficientemente amueblado, da la sensación de que es provisional. La ventana, que recae a la calle, está abierta de par en par, porque el día es muy caluroso. En medio de la estancia hay una mesita redonda y sentadas junto a ella están la madre y la hija.

La primera no aparenta más de treinta años, tiene bellísimos ojos azules, tez nacarada y dorado el cabello. Su porte es nobilísimo. La hija, que puede tener unos quince años, es la reproducción viviente de la madre y parece dotada de gran vigor físico y moral. Las dos están entretenidas haciendo labores de bordado, pero se adivina que sus pensamientos están muy lejos de su trabajo. La joven escucha atentamente los ruidos de la calle y de vez en cuando hace mohines de desagrado, que se reflejan en el rostro de la dama.

Pasan las horas con mortal lentitud para las dos mujeres, absortas en enervante espera.

De vez en vez habla la madre, con voz infinitamente dulce:

—Asómate a ver si viene.

La joven se levanta, se acerca a la ventana, vuelve a su asiento, suspira y dice:

—Todavía no, madre. ¿Pero vendrá? Desde que salió del infierno donde estaba, apenas si le hemos visto dos veces. Se fue en seguida… Hace ya muchos días que nos anunció su visita y en vano le esperamos desde entonces. ¿Vendrá hoy? Madre mía, el corazón me dice que no.

—No puede hacer lo que quiere —responde la madre—. No se pertenece a sí mismo, sino a su partido, mi querida Gisela —agrega con amargo acento—. Además, ¡tiene que tomar tantas precauciones!

Hace una corta pausa y continúa luego:

—¿Por qué perseguirá semejantes quimeras? ¡Cuántas lágrimas, cuántas crueles decepciones, humillaciones, disgustos y tormentos nos han costado a él y a mí! Sin contar que hemos perdido irremisiblemente los más bellos años de nuestra vida.

—Es él quien manda —dice afablemente Gisela.

—¡Éramos tan felices! —murmura la madre conteniendo a duras penas las lágrimas.

—Y volveremos a ser felices, madre; ya lo verás— replica la joven echándole los brazos al cuello y estrechándola apasionadamente contra su pecho.

—Tú sí, hija de mi alma —asegura la dama devolviéndole las dulces caricias—. Tú serás feliz como mereces.

Y sacudiendo la rubia cabeza con expresión de indecible desencanto, añade:

—¡Pero yo!… No puedo serlo ya, porque jamás volveré a encontrar a mi Carlos de antes, al Carlos que yo amaba, que adoraba porque era mío, solamente mío…

La dama blanca queda de nuevo sumida en sus tristes pensamientos, siniestramente evocadores de la dicha perdida.

Gisela suspira y contempla a su madre con ternura y pesadumbre.

Pasa el tiempo. Por vigésima vez Gisela se asoma a la ventana y un grito de júbilo se escapa de sus labios:

—¡Ya está aquí!

Abandona precipitadamente la ventana, corre al lado de su madre, la abraza, la besa, y riendo y llorando, enajenada de gozo, balbucea:

—¡Es él, mamá, es mi padre!… ¡Le he conocido por los andares! ¡Te digo que es él!… ¡No llores!… ¡Pero qué loca soy! ¡Voy a abrir!

Viva y ligera, graciosísima, corrió hacia la puerta, salió al rellano, desapareció en el corredor, descorrió los cerrojos, abrió la puerta exterior, salió a la acera y, con el corazón dándole brincos en el pecho, miró hacia la calle de las Hortalizas.

Un caballero de altivo porte acababa de entrar, a pie, en la calle. Gisela le miraba con ojos brillantes, velados por las lágrimas, en los que se leía su amor filial.

En aquel momento, una carreta cargada de heno, que estaba parada dos puertas más abajo, se puso en marcha en dirección contraria a la que llevaba el caballero. La calle era estrecha y la carreta, cuya carga de heno alcanzaba la altura de un primer piso, obstruía el paso. La joven tuvo que entrar en el zaguán y el caballero que pegarse a la pared. La carreta pasó, al fin, lenta y pesadamente, chirriando y tirada por dos vigorosos percherones.

El caballero prosiguió su camino y, viendo a su hija en el umbral de la casa, apretó el paso, la tomó en brazos, la estrechó efusivamente contra su pecho y besó su frente virginal y sus dorados bucles, murmurando:

—¡Hija! ¡Hija de mi alma! ¡Mi adorada Gisela!

—¡Padre! ¡Padre mío! —balbuceó la jovencita— ¡Al fin habéis venido sano y salvo! ¡Loado sea Dios!

Ensimismáronse de tal suerte, que permanecieron abrazados unos minutos, creyendo ambos que sólo había pasado un segundo.

* * *

Pardaillan sabía muy bien que en la calle de los Fers estaba el mercado de forrajes, y pensó que, si tuviera la suerte de llegar hasta dicha calle, tendría quizá la otra suerte de descubrir algún montón de paja o de heno al que pudiera saltar sin riesgo de romperse los huesos.

Y cuando los tres fugitivos llegaron a la calle de los Fers, el caballero vio la carreta, que iba muy despacio. Entonces cambió Pardaillan unas palabras con sus compañeros y los tres saltaron, sin experimentar más sensación que una fuerte sacudida.

La carreta continuó su camino llevando en lo alto de su pirámide de heno al caballero de Pardaillan, al conde Odet de Valvert y al escudero de este último, Landry Coquenard.

Pero, por desgracia, la carreta iba hacia la calle de las Hortalizas, es decir, hacia Concini, Albarán, el gran preboste y sus arqueros.

Por lo tanto, Pardaillan y sus compañeros, después de tan admirable alarde de fuerza y agilidad; después de haber escapado cien veces a la muerte, corrían el riesgo de caer en el cepo como pajarillos, pues desde lo alto de una carretada de heno no podrían hacer un movimiento ni defenderse. Y esto cuando creían que habían salido con bien del aprieto.

—¡Por Pilatos! —gruñó Pardaillan—. No podemos seguir encaramados en esta montaña de heno sin peligro de que nos ensarten como alondras. Bajemos, puesto que no hay otro remedio; pero la maldecida Fausta no nos tendrá a merced suya sin que nos hayamos defendido.

Pero antes de abandonar aquel retiro momentáneo, desparramó la vista buscando un hueco donde pudieran ocultarse y escapar de Concini y de su ejército de esbirros y asesinos.

Casualmente la carreta iba por mitad de la calle, y ésta era tan estrecha que, como hemos visto, Gisela tuvo que guarecerse en el zaguán de su casa y su padre arrimarse a la pared para evitar que les lesionase el heno, que casi rozaba los edificios.

Pardaillan y sus compañeros, desde lo alto de la carreta, estaban al nivel de un piso de las viviendas que la carga de ésta rozaba. El caballero vio, a pocos pasos, una ventana abierta de par en par. Dos o tres rodadas más y se encontrarían ante aquella ventana.

Pardaillan no se preguntó siquiera quiénes serían los moradores de aquella casa; pensó únicamente en que, si lograba refugiarse en ella, ganaría unos segundos o muchos segundos quizá. Y esto podía ser su salvación y la de sus compañeros.

Con la punta de su espada señaló a Odet y a Landry la ventana abierta, y con la agilidad y rapidez de decisión de que tan gallardas muestras habían dado, asiéronse a la barra que servía de apoyo, saltaron al interior y cerraron los postigos.

Ni el caballero desconocido, ni su hija, ni el carretero vieron esta maniobra. No podían sospechar siquiera que tres hombres pudieran conservar el equilibrio en lo alto de aquella montaña de heno ambulante.

La carreta prosiguió su camino chirriando con insoportable traqueteo; pero fue detenida pocas toesas más allá de la vivienda de la dama blanca.

El conductor se quedó pasmado al verse rodeado por toda la manada de lobos de Concini y su asombro trocóse en miedo cerval al reconocer al gran preboste, que le sometió a un detenido interrogatorio.

OceanofPDF.com