El mayor de los regalos
Uno
Jillian Hart
El mayor de los regalos
ePub r1.0
Titivillus 27.06.2022
OceanofPDF.com
Título original: The Horseman
Jillian Hart, 2004
Traducción: Juan Larrea
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
OceanofPDF.com
Uno
Montana, 1882
Katelyn Green se sentó en la cama y se tapó la cara con las manos, pero no pudo ocultar el dolor. La desolación, fría y oscura como la noche, se había adueñado de ella. No quería sentirla; la pérdida era abrumadora. Estaba vacía.
Tendría que estar acunando a su hija entre sus brazos, pero sólo tenía esa tristeza espantosa y profunda como un pozo sin fondo.
Se bajó de la cama intentando pasar por alto el dolor por su nacimiento prematuro y como si pudiera eludir el desconsuelo, pero la siguió hasta la ventana, donde apoyó la frente en el cristal gélido.
Si el bebé no se hubiera adelantado… Si no hubiera nacido muerto…
Intentó no pensar en ello y deseó tener un corazón tan duro como el cristal, tan frío como el mundo que estaba al otro lado de la ventana, tan impasible como las ramas sin hojas de los árboles y como la llanura cubierta de nieve de Montana.
La luna llena daba un poco de calidez a la luz heladora de las miles de estrellas que salpicaban el vacío de la noche. La luz plateada que se reflejaba en cada rincón de la planicie.
La noche la atraía como si pudiera ocultarse entre las sombras donde no llegaban la luz de la luna o las estrellas, donde la amargura no pudiera seguirla.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —preguntó la voz de un hombre en el piso de abajo.
Era una voz implacable por la ira. Katelyn se estremeció y sintió un nudo atroz en las entrañas. Temía a su padrastro, Cal Willman, pero no tanto como al marido que la había abandonado.
—No va a quedarse mucho tiempo con nosotros.
Cal empleó el tono imperativo que tenía siempre que bebía.
—Es mi hija. Creo que tengo que ayudarla.
Su madre replicó con una voz débil y quebrada, como acobardada.
Katelyn podía imaginarse a su madre en la sala, con las manos en el vientre y sin saber qué hacer. A Katherine Lyn Williams le costaba tomar decisiones y no sabía ver más allá de sus propias necesidades. Era una debilidad de su personalidad y de su corazón.
Katelyn sabía qué diría su madre después. Lo había aprendido con la horrible experiencia de haberse criado en esa casa y por las conversaciones que sus padres habían tenido sobre ella desde que llegó hacía cinco semanas.
—Tenemos que tener en cuenta nuestra reputación —la voz de su madre tembló por la preocupación—. Mis amigos me han apoyado mucho. Dicen que es espantoso cómo la ha abandonado su marido.
—¿Espantoso? Es un escándalo. Está arruinando mi negocio, eso es lo que está pasando. No puedo aguantarlo más.
—Ya, pero si también la dejamos de lado, imagínate qué pensarán de nosotros.
—Es inútil, sólo es una carga…
Inútil. Eso era lo que la llamaba Brett, el hombre que había jurado ante Dios quererla y honrarla. Katelyn cerró los ojos con todas sus fuerzas.
Si tuviera algún sitio a donde ir… Le había costado mucho volver. Caminó casi dos kilómetros tres días después de la intervención por haber perdido al bebé, a una hija, no a un hijo. Brett le había dicho que era inútil para él; que no valía nada y que podía sustituirla.
Era juez y encontró la forma de disolver los vínculos legales del matrimonio.
—Ningún hombre decente se quedará con ella —afirmó su padrastro con tono de repulsión—. No vamos a encontrar a nadie que se case con ella. Es estéril.
—Cuando se haya repuesto, puede ayudar con las tareas de la casa.
—¿No me has oído? —el desprecio de Cal fue tan frío y seco como la noche—. No quiero volver a ver a esa hija tuya. Es una deshonra y tengo que pensar en mi negocio.
Katelyn se tapó los oídos para no oír la réplica de su madre, que, como siempre, estaría repleta de sus preocupaciones egoístas. Eso no era un hogar, no era un refugio ni lo había sido nunca. Era otro infierno, como el que se encontró al casarse.
Eso era lo aterrador. Su matrimonio fue peor todavía y no tenía a donde ir, no podía acudir a nadie, no tenía porvenir, se había desvanecido como una bocanada de humo, como si nunca hubiera existido.
Su padrastro lo había dicho. Ningún hombre decente la querría. Ella se preguntó si había hombres decentes, maridos que trataban a sus esposas con cariño y respeto.
Quizá no existieran los hombres así, como los príncipes de los cuentos que leyó de niña o como los héroes de las novelas que tanto le gustaba leer. Los héroes íntegros, valientes y con corazón eran mera ficción, nada más.
¿Qué podía hacer? No podía quedarse allí y todavía no tenía fuerzas suficientes para marcharse. El desaliento la sacudió en las entrañas como un látigo de siete puntas. No podía quedarse ni un minuto más. Tenía que escapar, aunque, efectivamente, sólo fuera durante unos minutos. Pasó las manos por las hojas de la ventana y levantó el cierre con el pulgar.
—Podemos hacer otra cosa —volvió a oír la voz de su madre—. Podemos mandarla a algún sitio. Podemos encontrarle alguna alternativa y lavamos las manos. Diremos que se ha ido con unos familiares.
El frío de la noche fue como una bendición, como un sueño hecho realidad. Katelyn aspiró el aroma gélido del invierno y lo guardó en los pulmones antes de sacar la bata del armario y ponérsela sobre el camisón.
Se sintió llamada por la oscuridad, no por la luz de las estrellas, y salió por la ventana. Las amargas voces de sus padres se convirtieron en un murmullo y dejó de distinguir las palabras. Sólo notó el suelo bajo la ventana.
Le irritó la debilidad que le recorrió las piernas, el peso de sus pies mientras los arrastraba por el jardín de rosas durmientes. Los tallos estaba envueltos con tela y con paja amontonada en la base. Estaban hibernando. Las envidió y siguió su camino.
Las últimas hojas caídas crujieron bajo sus zapatillas mientras avanzaba hacia la interminable llanura. El dolor del vientre se le reflejaba en las rodillas con cada paso que daba. El médico le había dicho que tardaría mucho tiempo en reponerse. Había perdido demasiada sangre durante el parto y después.
Se arrastró por el jardín. Notó que la noche la envolvía, como si fuera mágica y tuviera vida, como si la luz de la luna hubiera abierto un sendero de plata a sus pies y las estrellas fueran un resplandor de esperanza en el cielo de terciopelo.
La última vez que sintió esperanza fue cuando, en medio de su desolador matrimonio, sintió el movimiento de su bebé en el vientre, la débil, casi inapreciable palpitación de una vida nueva. Eso también había desaparecido.
Se llevó las manos al vientre vacío. Debería haber muerto con el bebé. Cerró los ojos con todas sus fuerzas para que las lágrimas no brotaran. Estaba muerta a todos los efectos.
Daba igual lo que su madre y su padrastro decidieran hacer con ella. La alternativa que encontraran no sería peor que ese desconsuelo. Un desconsuelo tan profundo que era como una noche infinita, sin luna ni estrellas.
Lo oyó antes de notar el cambio en el aire, como el susurro de un arcángel, luego, oyó el estruendo atronador que resonó con tanta fuerza que sacudió el desánimo de la noche, se abrió paso por el silencio del jardín, y retumbó en el alero la casa y en la hilera de establos.
Un relincho penetrante la avisó justo antes de que una sombra apareciera al galope. Los cascos delanteros golpeaban el suelo violentamente con él recortado contra el cielo. La visión la atrajo pese al dolor que sentía con cada paso.
Podía notar la furia del caballo, su fuerza indómita. Volvió a soltar un relincho que le recordó un grito de guerra. Se agarró al borde del corral y vio, maravillada, al magnífico animal que saltaba sin esfuerzo la cerca de dos metros.
Era imponente. Contuvo el aliento al ver que el caballo se posaba y corría con una levedad rebosante de elegancia hacia los establos. La oscuridad de la noche fue engulléndolo hasta que sólo quedó el choque de los cascos contra el suelo helado.
La puerta del barracón se abrió con el estrépito de una detonación y la luz del interior se derramó en la oscuridad.
—¿Qué pasa? —preguntó un hombre.
—Es el diablo, ha vuelto —respondió Pete, uno de los empleados más antiguos, mientras cruzaba la puerta—. Yo sé cómo ocuparme de él. Apártate.
Un sonido metálico rasgó el silencio de la noche. El sonido un rifle al cargarlo.
Katelyn vio con espanto que el hombre más bajo y corpulento levantaba el rifle. Tenía que detenerlo…
El disparo desgarró la quietud de la noche. Ella, impotente, se aferró al tablón de la cerca. El caballo relinchó. Estaba vivo.
El alivio la dejó aturdida. Ya había tenido bastantes tragedias. Ya había presenciado bastante dolor.
—¿Estás loco? —la voz de un hombre retumbó como un trueno mientras agarraba el rifle por el cañón—. Podrías haberlo matado.
—Era lo que quería. Él mató a mi único hijo el año pasado y juré sobre su tumba que si se atrevía a volver, lo mataría.
—Vuelve con tu botella —el desconocido descargó el rifle en su mano —. Nadie va a hacer nada a un animal mientras yo esté aquí. ¿Entendido?
—Los caballistas vais y venís y creéis que lo sabéis todo, pero verás que tengo razón. La única forma de tratar a una bestia como ésa es con una bala.
El anciano agitó un puño como si fuera una advertencia o una maldición y volvió a la oscuridad del barracón.
El hombre se quedó solo con el rifle en la mano.
Era un hombre peligroso. El miedo le atenazó el pecho. Esa noche, había decidido proteger al caballo.
El anciano lo había llamado «caballista». Sería el domador de caballos que su padrastro había contratado hacía algún tiempo. Katelyn le había oído hablar de eso más de una vez. Al parecer era un hombre errante, que había estado en todos lados y había hecho de todo y que, además, tenía un don especial con los caballos. Se rumoreaba que tenía sangre india.
El viento cambió. Las sombras se hicieron más oscuras. Katelyn notó que la mirada del caballista se clavaba en ella como si hubiera cargado el rifle y la apuntara al corazón. Se le pusieron los pelos de punta y la carne de gallina.
Fue como si las estrellas fueran apagándose una a una hasta que sólo quedaron los dos. El hombre, imponente y amenazante, con un rifle en la mano y ella, vestida con una bata y zapatillas. Si era un hombre peligroso, se había quedado sola con él. Quizá no fuera lo más sensato. Podía darse la vuelta y largarse por donde había llegado.
Retrocedió un paso con las rodillas temblorosas. Largarse no era tan fácil como había imaginado. El dolor se le clavaba en las piernas como un alambre de espinos. Quizá debiera reponerse antes de ponerse en marcha.
El hombre la miraba fijamente. Era desasosegante. Aunque no podía verle la cara, tenía algo especial. Algo elemental y poderoso, como si fuera de hierro y no de carne y hueso.
Estaba entre sombras. La luz iluminaba su imponente figura, pero la sombra ocultaba su cara.
Estaba segura de que era una cara ruda, curtida por el tiempo, el sol y la violencia. Sin embargo, ¿por qué un hombre así había salvado la vida de un animal?
El caballo seguía relinchando y coceando en el cercado. Su lamento era estremecedor. ¿Qué le pasaba? Entonces, un relincho muy delicado le respondió.
El caballo levantó la cabeza y arqueó el orgulloso cuello. Como si se exhibiera ante una yegua, se pavoneó por el corral. La luz de las estrellas bañó su elegante lomo, era como un sueño hecho realidad.
Ningún hombre era como un sueño. Katelyn, desencantada, se dio la vuelta. Sus pasos vacilantes hicieron crujir la hierba congelada con un chasquido que indicaba claramente dónde estaba. Se hizo el silencio, hasta el viento cesó, y notó la presencia de aquel hombre tan claramente como el gélido suelo que estaba pisando.
Algo rozó su mejilla. Como una pluma. Fugaz. Inesperado. Dio un respingo. Estaba sola. Otro copo de nieve le rozó la punta de la nariz. El tercero le cayó en el ojo izquierdo.
Se sintió ridícula por ser tan asustadiza. Lo único que la rodeaba eran millones de copos de nieve que llenaban la oscuridad de la noche.
Allí estaba el caballista. Era algo más que una sombra y estaba cerca. Demasiado cerca. Estaba apoyado en la esquina de la cerca sin sombrero ni pelliza. Tenía el rifle a lo largo del muslo. Parecía invencible, como un guerrero de la antigüedad.
Le interesaba el caballo, no ella. Katelyn se detuvo para tomar aliento. Estaba temblando de miedo y frío, pero no podía apartar la mirada de ese hombre casi invisible.
—Hola, muchacho —él lo dijo con un tono de confianza y seguridad—. Te gustaría ir de cortejo, ¿verdad? Mala suerte, los establos están cerrados.
Katelyn no podía dar crédito a sus ojos. El caballo dejó de cocear el suelo y se paró. Ladeó la cabeza, miró fijamente al hombre que había osado dirigirse a él y resopló con desdén.
El hombre no se ofendió.
—Los hombres me han dicho que te llaman el diablo con motivo.
El caballo mostró los dientes.
—Entiendo. Eres un tipo duro. Yo también lo soy, creo —el hombre conservó la amabilidad en el tono de la voz—. Es bastante poco corriente que un hombre se tope con un caballo indio como tú. Tienes unas señales muy claras. ¿Sabes lo valioso que eres por eso?
—Quinientas monedas de oro —contestó un empleado desde el barracón.
Eso captó la atención del caballista.
—¿Por qué? ¿Es un caballo perdido? ¿Ofrecen una recompensa por él? A mí me parece salvaje.
—Cal Willman quería capturarlo y domarlo para poder montarlo. A un caballo con esas señales se le podría sacar dinero como semental, aunque sea de una raza salvaje. Ese caballo armó jaleo y mató al hijo de Pete antes de escaparse con unos caballos árabes premiados. Le costó un dineral a Willman. Estuvo a punto de arruinarlo. Despidió a un montón de gente y desde entonces hemos tenido que llevar todo esto entre unos cuantos empleados.
—Me pregunto si Willman sigue ofreciendo esa recompensa por él — intervino otro de los peones—. Creo que podríamos hacernos con ella.
—¿Cómo que podríamos? —replicó el primer peón—. Quiero el dinero para mí solo.
Katelyn comprendió por qué su padrastro había vendido la casa del pueblo y, con curiosidad, no pudo evitar acercarse entre las sombras para oír mejor la conversación.
Sin embargo, sus ojos se encontraron con el caballista. Seguía inmóvil, sin perder de vista al caballo salvaje y con la nieve amontonándose en sus rizos negros y sus hombros.
Iba a capturarlo. Sin embargo, ¿cómo iba a hacerlo? Si el caballo se había metido allí de un salto, también podría salir antes de que lo acorralaran. La cerca no iba a retenerlo. ¿Qué lo retendría? El magnífico animal seguía su rítmico trote por el establo como si él también lo supiera y no tuviera miedo.
Ella, para sus adentros, le pidió que saliera corriendo mientras pudiera. El caballo se detuvo y se sacudió la nieve. Volvió la cabeza hacia el hombre con las orejas levantadas y las ventanas del hocico muy abierta para oler al hombre que lo miraba.
—Tú y yo vamos a ser cómplices.
La afirmación del caballista hizo que los otros hombres soltaran una carcajada.
—¡Sigue soñando, Hennessey! —exclamó uno de ellos—. No eres suficientemente hombre para hacerte con esa recompensa tan golosa. Aunque estoy seguro de que te gustaría.
—No me importaría conseguirla, pero tampoco me importa no conseguirla.
El caballista se subió a la cerca y bajó al corral. Se acercó lenta y confiadamente al caballo; como un depredador que acecha a su presa seguro del resultado.
—Eres muy guapo, ¿verdad?
El caballo dejó escapar un relincho de advertencia que estremeció a Katelyn.
—Tenemos los lazos preparados —dijo uno de los peones mientras se acercaba al cercado con los demás—. Apártate, Hennessey. Deja que los vaqueros de verdad se ocupen de esto.
—Muy bien, Ned, pero vais a asustarlo —el caballista soltó un látigo que tenía enrollado en el cinturón—. Adelante. Intentadlo. Descansaré unos minutos mientras veo cómo lo lazáis. No será una tarea difícil para unos vaqueros tan curtidos como vosotros.
—Eres un malnacido, Hennessey. No existe caballo que no pueda domar.
Ned se metió entre los tablones de la cerca y agitó el lazo.
Hacía mucho tiempo que Dillon Hennessey había aprendido a tratar a los necios como Ned y tuvo cuidado de no dejar que la ira se adueñara de él. Era de gatillo fácil cuando estaba por medio el trato que los hombres daban a los caballos. Él era así. Creía que había que respetar a los animales.
Y a las mujeres.
Ya se había fijado en ella antes de esa noche. ¿Qué hombre no se habría fijado? La había visto por las ventanas de la casa; silenciosa, pálida, como afligida. Había perdido un hijo. Podía entender que era doloroso para una mujer.
Lo que no podía entender era que un hombre la hubiera abandonado.
Era hermosa. Seguramente, era la mujer más hermosa que había visto. Era delicada, refinada y tan frágil como esas muñecas de porcelana que había visto en el escaparate de la tienda del pueblo. Era demasiado exquisita para los hombres como él. ¿Por qué la miraba siquiera?
Porque a pesar de que intentaba tomar decisiones sensatas, cometía errores. Y mirar por el rabillo del ojo a la hija del dueño tenía que ser el peor error que podía cometer un hombre como él.
—Estás espantándolo, Ned.
Dillon no podía creerse lo que estaba viendo. ¿Qué iban a hacer esos cuatro hombres? Podían echar toda la cuerda del mundo alrededor del cuello del caballo y no serviría de nada. No podrían sujetarlo.
La verdad era que nada podría sujetarlo.
Nada, excepto su nobleza. Un caballo como aquél decidía si confiaba en un hombre o no. Ése era el secreto para tratar con animales complicados. Eso y bastante delicadeza.
Era un secreto que, evidentemente, Ned no conocía. La cuerda golpeó en la cabeza del caballo, que lo apartó con una sacudida del cuello. Otro lazo voló por el aire. Él se giró como una mezcla de sombras y materia y salió corriendo.
—¡Lo tengo! ¡Lo tengo! —gritó Ned mientras sujetaba el lazo con todas sus fuerzas.
—Aguanta, Ned —le animaron los peones.
Iba a ser divertido. Dillon se preguntó cuánto tiempo aguantaría Ned. Como mucho, treinta segundos. El caballo dio un salto y pasó como un Pegaso por encima de la cerca. Ned se estrelló contra los tablones.
Los gritos de dolor de Ned precedieron a toda una serie de maldiciones mientras el extremo de la cuerda desaparecía con el caballo, que volvió con la manada de yeguas y galoparon hacia las colinas. Sólo quedó el viento y la tormenta.
—¡No te muevas, gandul! —gritó Ned mientras se levantaba y se sacudía la nieve—. Si me hubieses ayudado, lo habría sujetado.
—Dijiste que dejara a los vaqueros de verdad que se ocuparan de eso y es lo que he hecho.
El comentario enfureció a Ned, pero a Dillon le dio igual. No hacía caso de los exabruptos del peón.
Lo que no le daba igual era el caballo. Era un fugitivo del rancho y eso le parecía interesante. Se enteraría del motivo de la recompensa y de por qué el caballo había vuelto al rancho.
Se oyó el relincho de una yegua que llegó de los establos. Fue un sonido triste y desolado.
Una hembra. Siempre se reducía a lo mismo. Cuando ella era especial, ¿qué podía hacer un pobre macho?
Sufrir. Dillon miró por encima del hombro hacia las sombras del otro extremo de la cerca. Se había ido. Sólo quedaba la oscuridad y un manto de nieve. Los copos empezaban a cubrir sus pisadas.
Dillon las miró. Eran pequeñas y delicadas.
Como ella.
Sintió cariño. Algo muy raro. Algo muy peligroso.
Estaba solo. Quería una esposa, pero era completamente imposible que le hermosa Katelyn Green quisiera un hombre como él.
Sabía cuándo apostar y cuándo retirarse. Se quedó un buen rato entre la nieve mientras pensaba en ella, que era tan huidiza como el caballo en la noche.
Y el doble de inalcanzable.
OceanofPDF.com