El mayor de los regalos
Catorce
—¿Has comido suficiente? —preguntó Dillon mientras retiraba la bandeja y dejaba la taza con la infusión—. Puedo traerte otro trozo de pastel o más manzanilla.
—No, gracias.
Katelyn sonrió desde la cama con el libro en el regazo y una manta de colores tapándola.
—¿No quieres nada más antes de que te duermas? Puedo hacerte un sándwich.
—Estoy bien, de verdad.
Ella intentó no reírse y él no se lo reprochó. No sabía ser un marido y tardaría en aprender.
Bajó las escaleras de dos en dos y sus pasos retumbaron por todos lados, pero la casa no estaba vacía si estaba ella. No le importaban los rincones oscuros a donde no llegaba la luz. Ella había llevado la serenidad a la casa con su sonrisa, con su presencia, con su belleza. Era muy afortunado. Lo había elegido, no porque no tuviera más remedio, sino porque quería estar con él. Allí, en una humilde cabaña hecha con troncos, rodeada de caballos, con él, compartiendo su vida. Quizá no estuviera a su altura ni le ofreciera una vida llena de lujos, pero le daría algo más. Le daría todo lo que tenía, todo lo que él era y todo lo que sería. La trataría muy bien, nunca le haría daño. Le borraría todas las sombras de su mirada y de su corazón. Como había hecho en el cercado cuando el caballo le comió de la mano. Quizá ya estuviera empezando a reponerse.
La oyó en el cuarto de baño. Se imaginó que estaba lavándose los dientes y preparándose para acostarse. Enjuagó los platos y los dejó en el barreño. Subió, siguió la luz de su cuarto y entró. Siempre la recordaría así, bañada por la tenue luz dorada del candil, como un ángel celestial. Se grabó en la memoria su forma de pasar la página con un elegante movimiento de la mano y la frente arrugada, concentrada en la lectura; su forma de agarrar la taza con la infusión y de dar un pequeño sorbo. Le entusiasmó cómo resplandeció desde dentro el verlo.
—¿Te gusta el libro?
—No puedo soltarlo —Katelyn puso la mano izquierda sobre a página del libro y le prestó toda su atención—. Debería estar dormida. Estoy agotada, pero no puedo dejar de leer.
—Yo, tampoco. Tengo el libro abajo. Lo abrí esta noche con la intención de leer un capítulo, pero cuando me di cuenta era medianoche. Me pasa siempre.
—A mí también —ella intentó contener un bostezo, pero se llevó la mano a la boca y se rió—. No tengo sueño, de verdad. Puedo leer otro capítulo.
—Cariño, puedes decirlo, pero eso no significa que sea verdad.
—Lo sé —reconoció ella mientras dejaba la taza.
La miró maravillado mientras ella levantaba los dos brazos y el camisón de franela se pegaba a la generosa curva de sus pechos. Luego, se quitó las horquillas que le sujetaban el moño y a él la sangre le hirvió como si fuera lava líquida. Unos mechones cayeron como si fueran una cascada dorada. A él le flaquearon las piernas. Podía verla en la bañera con el agua sobre su piel desnuda y tentadora. Cerró los puños para contener las ganas de tocarla, de abrirle el camisón y acariciar sus pechos como lo hacía la luz del candil. Con veneración y minuciosamente, hasta que ella lo deseara más y más. Hasta que se abriera a él como una flor al sol y él le daría tanto placer…
Si seguía pensando en eso el corazón iba a explotarle. Tenía que conservar algo de pólvora. Dillon tiró de las riendas. La deseaba con más fuerza de la que tenía un tornado, pero era un hombre paciente.
—Te ayudaré.
—¡Ah…!
Ella pareció sorprenderse y él se dio cuenta de que nunca esperaba nada, como si no estuviera acostumbrada a que la tuvieran en cuenta. Tomó el cepillo de su mano y se sentó en la cama. Estaba sentado en la cama donde dormía siempre solo y donde nunca esperó que llegara a dormir una mujer y menos esa mujer maravillosa a la que querría siempre.
Intentó asimilar el significado de aquello. Un amor así sólo pasaba una vez por la vida de un hombre, si tenía mucha suerte.
Nunca había cepillado el pelo de una mujer y no sabía si estaba haciéndolo bien. ¿Lo hacía con demasiada fuerza? Ella dejó escapar un sonido de satisfacción. ¿Le gustaba? Siguió cepillándole el pelo y el aroma a rosas le inflamó la sangre. La deseaba con toda su alma. Pasó el cepillo hasta la punta de los mechones y ella se arqueó casi imperceptiblemente, como si disfrutara.
—¿Te gusta? —susurró él con la boca pegada a su oreja.
Sintió que el placer recorría la espina dorsal de Katelyn. Él supo la respuesta antes de que ella asintiera con la cabeza, notó sus verdaderos sentimientos hacia él, nuevos y cariñosos.
—Tienes un pelo precioso.
Dillon pasó los dedos entre las hebras doradas y las apretó en el puño. Cuando lo abrió los rizos saltaron como un resorte y le cayeron por el cuello y los hombros. El amor hacia ella se apoderó de él e hizo que se sintiera inmenso. Ese amor no tenía límites ni medida.
Pronto, ella lo desearía, anhelaría el placer de sus caricias, sería ella quien iría a sus brazos y lo besaría. Ella lo invitaría a la cama, le permitiría que le desabrochara el camisón para que le pasara las manos por sus pechos perfectos y por su vientre y separaría los muslos para recibirlo.
—Por la mañana tengo que ir al pueblo —a Dillon le costaba disimular el deseo, pero lo intentó—. Saldré temprano y volveré a mediodía. Será un viaje demasiado largo para ti. Si me haces una lista, te compraré lo que quieras.
—¿Qué vas a hacer?
—Tengo que comprar víveres para los caballos. Grano, heno… Parece que el invierno se presenta crudo.
—¿Lo dices por la nieve?
—Por eso y por los animales. Los perros de las praderas y las aves se han hecho nidos o madrigueras muy consistentes. Ellos saben estas cosas.
—¿Lo has aprendido de tu abuelo?
—Sí. Aprendí muchas cosas. Era un gran hombre.
—Todavía lamentas su pérdida.
—Constantemente —el cepillo se paró a medio camino.
Katelyn se preguntó cómo habría sido tener lazos familiares que la ampararan, que la hicieran más fuerte en vez de doblegarla. Entonces, se dio cuenta de que, efectivamente, lo sabía.
Lo fue el cariño incondicional de su padre, su cariño protector e intachable. Saberlo, aunque fuera una relación distinta, hizo que creyera en el hombre que tenía sentado al lado con un brillo de amor apasionado en los ojos.
Dillon dejó el cepillo y le pasó los nudillos por el mentón.
—Estás triste.
—Estoy pensando en mi padre.
Aunque la caricia era una promesa inquebrantable de amor, le costaba abrir el corazón como si fuera una habitación para que entrara alguien; para confiar en alguien, aunque fuera Dillon, con todo su ser, con todo lo que ella era.
Debería ceder, dejar que la oleada de sentimientos la arrastrara para que Dillon la mantuviera a salvo y nunca la abandonara.
—¿Estás preparada para acostarte? —preguntó él con un tono de cierta intimidad.
Ella, incapaz de hablar, asintió con la cabeza y notó que los sentimientos de él se adueñaban de ella y amenazaban con arrollarla.
Él, sin decir nada, le quitó la colorista manta del regazo y la dejó sólo con el camisón que le había regalado él. Se sintió extrañamente desnuda, como si la tela no la cubriera, aunque él ya la había visto sin ropa alguna. Él dobló las mantas y ahuecó las almohadas mientras ella metía los pies y se relajaba. La abrazó y la besó. El roce aterciopelado de sus labios hizo que ella levantara las manos y lo agarrara de los hombros. El movimiento de su lengua era una caricia profunda e íntima que derritió las defensas que cubrían su corazón, se lo abrió en dos como un remolino lento y doloroso.
—Que duermas bien, esposa mía.
Dillon apoyó la frente en la de ella con un amor rebosante de ternura, con una corriente invisible y poderosa que la alcanzó en lo más profundo.
La tapó hasta la barbilla y apagó el candil. Le quedó una última imagen de él, como la estatua en bronce de un hombre fuerte como la tierra, noble como el sol y cariñoso como el amanecer. Su amor era un resplandor que no se desvaneció en la oscuridad cuando él salió y cerró la puerta. Sus pasos fueron desapareciendo por las escaleras.
Sola en el silencio y la oscuridad, se sintió amada, con el cuerpo anhelantemente vivo, desgarrada de deseo hacia un hombre excepcional. ¿Cómo podía ser tan afortunada? ¿Qué había hecho para merecer a Dillon? La oscuridad no respondió. Tampoco lo hizo la noche cuando se levantó y se sentó junto a la ventana. La nieve caía como cuentas de cristal iluminadas por la luna. Las nubes acabaron imponiéndose y taparon la luna. Sólo quedó la nieve, el viento y la desolación. Se acordó de todas las noches que se sentó sola junto a la ventana cuando era la esposa de un juez; llena de esperanza por el hijo que crecía dentro de ella. Como más tarde, en el rancho de su padrastro, cuando observaba la noche y se sentía como si hubiera sido ella la que había muerto.
En cambio, en ese momento, experimentaba un extraño despertar al amor y la felicidad. Cuando había renunciado a cualquier esperanza, cuando había perdido todo lo que le importaba, el destino le sonreía. ¿Por qué le habían dado la oportunidad de amar a ese hombre increíble? Era insólito que un hombre amara a una mujer estéril que no podía darle un hijo. Más insólito era poder amar y abrazar a un hombre tan excepcional durante el resto de sus días.
Era demasiado maravillosos para ser verdad. ¿Cuánto duraría la felicidad con Dillon? Observó la nevada, vio el final de la tormenta y se durmió cuando la proximidad del amanecer llegó a la pradera.
Katelyn oyó el débil eco de unas herraduras y se destapó. ¿Sería Dillon? Lo había echado de menos. Había echado de menos su presencia, su sonrisa tímida, sus pasos por la casa.
Estaba a punto de abrir la puerta cuando vio una mujer en un carruaje tirado por una yegua. ¿Sería una vecina? ¿Sería alguien que había enviado Dillon desde el pueblo? Había dicho que contrataría una lavandera.
Sin embargo, la mujer que se bajó del refinado carruaje no parecía una lavandera. Llevaba un traje de algodón muy sencillo, pero tenía un porte noble sin ser arrogante. Cuando se vieron, ella sonrió franca y afablemente.
—Hola, señora Hennessey.
Era la primera vez que la llamaban por su nombre de casada y le gustó, le pareció natural.
La mujer, delgada y rubia, levantó un cesto bastante grande. Ese cesto tenía algo especial.
—Me llamo Mariah Gray y vivo en el rancho de al lado. Nuestros maridos son amigos. Yo traje le cesta con la cena de la otra noche. Felicidades por su matrimonio.
—Gracias. Me alegro de conocerla. Pase, por favor —hacía frío, pero Katelyn se sintió orgullosa del fuego que crepitaba en la chimenea y de la casa—. Yo me…
Se oyó un débil lamento que salió de la cesta. La señora Gray apartó la tela y miró con cariño a una carita redonda que estaba a punto de echarse a llorar. Era tan pequeño que no podía tener más de un mes. Como mucho, dos. Era un niño con ojos azules que levantaba los puños para protegérselos del frío con la tela.
—Es Jeremy y parece enfadado porque no lo he presentado primero — la señora Gray se encogió de hombros y meció el cesto para tranquilizar al niño—. Los viajes en el carruaje siempre lo dejan dormido, menos hoy, que esperaba que durmiera un buen rato para poder conocerla.
Las palabras de la mujer reflejaban un amor inmenso hacia su hijo y Katelyn hizo todo lo posible para mantener alejados sus recuerdos.
—Pase, por favor. Aquí hace más calor. Me alegro de que haya venido. Quería agradecerle la cena que nos hizo. El pastel de chocolate es el mejor que he probado jamás.
—Muchas gracias. Si quiere, puedo darle la receta.
—¿Quiere quedarse a tomar un té?
—Me encantaría.
Katelyn colgó el abrigo de su visitante de la repisa de la chimenea y la acompañó a la cocina. No podía mirar al bebé. Se entretuvo poniendo el agua a calentar y midiendo la cantidad de té para echarlo en la tetera. Hizo caso omiso de los sonidos del bebé, que ya estaba contento por ser el centro de atención.
Mariah Gray había dejado el cesto al lado de la mesa, a una distancia prudencial de los fogones. Le quitó las mantas y las manoplas mientras le hablaba suavemente.
Cuando Katelyn llevó el azucarero y la jarra con leche a la mesa, vio dos puños diminutos que se agitaban en el aire. No podía pensar en la niña que nunca sujetó entre sus brazos y a la que nunca dijo palabras de cariño. Le temblaron las manos y el azucarero se volcó sobre la mesa.
—A mí me pasa por lo menos una vez al día —reconoció Mariah—. Siempre se me cae algo.
Fue un intento muy amable de que no se sintiera torpe, pero no le importaba la torpeza. Era el bebé tan pequeño e indefenso; tan precioso. El dolor la desgarró por dentro. ¿Sabía Mariah lo afortunada que era?
Katelyn recogió el azúcar, limpió la mesa y puso las cucharillas, las tazas y los platos. Para cuando llenó la tetera, Mariah había llevado una silla junto a la ventana y estaba acunando el cesto con los pies. Los diminutos puños se pararon y la cara se relajó.
—Es un encanto —consiguió decir Katelyn.
—Gracias. Nunca pensé que fuera a tener un hijo propio. Me casé más tarde de lo que suelen hacerlo casi todas las mujeres. Ha sido una bendición.
Katelyn tuvo que clavar la mirada en su taza vacía. Vacía como ella. Que Dillon pudiera amar a una mujer estéril le dio fuerzas y por eso pudo servir el té sin derramarlo. Por eso pudo dejar el recuerdo de su hija en un cajón bien cerrado dentro de ella. Tenía a Dillon, un hombre excepcional, que la amaba. El recuerdo de sus caricias le deshizo el nudo que le bloqueaba la garganta y pudo respirar.
—¿Sabes coser? —le preguntó Mariah mientras agarraba el azucarero —. Me gustaría que vinieras a casa el viernes que viene a nuestra reunión semanal de costureras. Nos juntamos tres y nos encantaría que te apuntaras para poder conocerte.
—Nunca he ido a una reunión de ésas, pero iré encantada —era una buena ocasión de hacer amistad con los vecinos—. ¿Qué tengo que llevar?
—Nada, sólo tu cesta de costura. Las chicas se alegrarán mucho de conocerte —el bebé dejó escapar una queja—. Ah, y a Jeremy también le gustará volver a verte. Le gusta ser el centro de atención.
Mariah lo sacó del cesto y lo sostuvo entre los brazos. El niño se frotó la cara con los puños.
—¿Quieres sostenerlo?
Katelyn sacudió la cabeza ante la amable oferta de su amiga y se echó más leche en el té.
—No, gracias. Parece contento donde está. Empieza a quedarse dormido.
—Es muy bueno. Cuéntame algo de ti. ¿De qué parte de Montana eres? Dillon sólo ha dicho que se enamoró de ti a primera vista y que se casó antes de que cambiaras de idea.
Katelyn tuvo que hacer un esfuerzo para entender lo que había dicho. No podía apartar la mirada del bebé, de sus labios rosas y del hoyuelo que tenía en medio de la barbilla…
Katelyn volvió a cerrar aquel cajón y echó la llave. No iba a recordar o se desharía en un millón de trozos irreparables.
—Buenas tardes, Mariah.
La imponente figura de Dillon apareció en la cocina y dejó en la mesa una caja de madera rebosante de cosas. Ella reconoció una lata de melaza, té y un paquete de azúcar. Se quitó el sombrero y también lo dejó en la mesa.
—¿Qué nos has traído hoy? Es una preciosidad.
—Sí que lo es.
—Hola, chiquitín…
Dillon levantó el diminuto niño con sus enormes brazos y lo estrechó contra el pecho. Con destreza y confianza, como lo hacía todo. Un hombre poderoso que era más fuerte por su delicadeza. Sería un buen padre. Katelyn sintió un arrebato de tristeza, tristeza por lo que nunca podría ser. Dillon la miró con anhelo, con un deseo evidente e intenso. Efectivamente, quería ser padre. No quería disimular el deseo. ¿Qué hombre no quería un hijo como él?
Sin embargo, la había elegido y se había casado con ella. ¿Por qué? ¿Quería decir eso que por mucho que quisiera un hijo la quería más a ella?
—Bueno, hombrecito, me ha encantado verte. Vuelve cuando quieras y trae a tu madre. Mariah, muchas gracias por venir.
Dillon dejó al niño en brazos de su madre, dio un beso en la frente a Katelyn, agarró el sombrero y salió por la puerta.
—Desde luego, está enamorado de ti —comentó Mariah con un brillo en los ojos—. Qué afortunada eres. Que te amen plena y sinceramente es lo máximo… y poder amar de la misma forma. Amar más de lo que creíste posible.
Katelyn asintió con la cabeza. El cajón de su corazón estaba resquebrajándose.
—Sí, soy muy afortunada.
—Sí, amar a alguien tanto que darías la vida por él —dio un beso en la frente de su hijo—. Mira lo que puede nacer de ese amor.
Cuando la visita de Mariah terminó, cuando se terminó el té y la conversación, Katelyn miró de soslayo al niño. A la capota de punto que cubría su cabecita calva, a cómo agitaba los puños mientras Mariah intentaba ponerle las manoplas. Mariah fue a buscar el abrigo a la sala y se lo puso.
—Hasta dentro de unos días.
Katelyn la miró cómo colocaba bien el cesto antes de montarse en el carruaje. Era algo muy normal, lo había visto hacer cientos de veces, pero era algo que ella no haría nunca. Al menos, para el hijo que nunca daría a Dillon. Se le presentó un porvenir desolador. No habría fiestas de cumpleaños, ni primeros pasos, ni el primer día de colegio, ni graduación, ni boda, ni nietos a los que malcriar. Sólo una casa vacía donde nunca se oirían las risas de un hijo. Los días pasarían uno detrás de otro mientras ella cosía o bordaba o limpiaba el polvo. Pasaría las tardes de invierno delante de la chimenea y las de verano en el porche.
La tristeza la abrumó y abrió de par en par el cajón de su corazón hasta que cayó de rodillas con la cara entre las manos. Las lágrimas le nublaron la vista, le rodaron por las mejillas y acabaron en el suelo de madera. Quería un bebé que nunca tendría.
—Katelyn… —la puerta de atrás se abrió y su voz retumbó por toda la casa—. ¿Querías ayudarme con el caballo indio?
—Sí —se enjugó las lágrimas con el borde de la manga—. Ya voy.
—Tranquila —su tono era optimista, adorable—. Te esperaría toda la vida.
Él la amaba. ¿Por qué estaba llorando en vez de estar celebrándolo? El dolor atenazaba su corazón como una garra gélida.
Dillon podía amarla aunque fuera estéril. Él podía tener en brazos otro bebé y no querer uno suyo. Incluso en ese momento estaba esperándola pacientemente y le había hablado con una voz rebosante de amor, no de desprecio.
—Katelyn, cariño, ¿te pasa algo?
Estaba arrodillado a su lado, como su caballero andante que nunca la defraudaría. Ni siquiera en ese momento, cuando no podía explicarle que estaba llorando por el hijo que había perdido y por el que no podía tener, cuando se sentía tan vacía.
Él la llenaba con su amor y su compasión; con su integridad infinita mientras la estrechaba contra el pecho y le transmitía las palpitaciones de la vida.
—Lo siento —susurró él contra su cabeza—. No me paré a pensar lo que podía recordarte ver un bebé. No te reprocho tu dolor. Es una pérdida devastadora, pero, cariño, no lo has perdido todo. Sólo es lo que te parece.
Podían haber sido unas palabras vacías y una lástima artificial, pero no era así. Su dolor, el dolor que sentía ella, se le reflejaba en el rostro, su tristeza lo había entristecido, su desolación la había hecho propia.
Dejó que la abrazara hasta que no le quedaron lágrimas. Él se las borró con los pulgares y le borró su recuerdo con una serie de besos que despertaron su deseo. Ese hombre la amaba por lo que era y lo que no era. Así era como ella quería amarlo. Quería amarlo plenamente, carne contra carne, y que fuera parte de ella. Alejar ese dolor con la esperanza de un amor nuevo y más grande.
—Tienes que descansar.
La besó en la frente. Era su caballero andante, su salvador. La ayudó a levantarse, como un Ave Fénix que renacía de sus cenizas. Sintió un resplandor, como una llamarada, cuando él le pasó el brazo por los hombros para guiarla porque no podía ver, no sabía a donde iba. Sólo le importaba él. Su contacto, su presencia, su amor que iluminaba las sombras de su interior. Se aferró a él, a la audaz pasión de su beso, a la necesidad de los dos, a la necesidad de paladearlo, de abrazarlo, de atarse a ese hombre al que amaba más que a cualquier cosa. Cualquiera.
Lo deseaba con la dulzura de un amanecer, cuando la luz es inocente y delicada. Lo deseaba con la pasión cegadora del sol y se derritió cuando la sentó en el borde de la cama, apoyó las manos en sus caderas y le formuló la pregunta sin palabras.
Sí. Ella lo necesitaba. Como no había necesitado a ningún hombre. Le abrasaba por dentro. A él se le oscureció la mirada y el pecho le subió y bajó rápidamente. Ella sintió un destello de miedo como un rayo en un cielo despejado. Fugaz. Solitario.
—Dímelo y pararé. ¿Entendido?
Sus palabras fueron como un bálsamo. Él ya estaba tumbado y le quitó la ropa con habilidad hasta que estuvo desnuda y algo asustada. Detestaba estar asustada. La agarró de las caderas y se sintió vulnerable, expuesta, y con ganas de aferrarse a él, de ser parte de él, de sentirlo en cada rincón de ella.
Tenía que ser así. La duda se abrió paso en ella incluso cuando él quedó iluminado por la luz que entraba por la ventana, mientras se quitaba la camisa y transmitía una mezcla de adoración y temor. Anhelaba que le acariciara los costados.
Visto y no visto, como si ella supiera lo que iba a sentir, le acarició un pecho. Fue un placer intenso y perfecto.
—Eres el amor que he estado esperando toda mi vida —susurró él mientras se tumbaba desnudo a su lado—. Lo supe la primera vez que te vi. Supe que sólo te querría a ti.
—Yo no he conocido nunca a un hombre como tú.
Ella se dio cuenta de que era verdad. Era bueno, fuerte y consistente. Un hombre en el que podía confiar profundamente.
—Cariño, todavía no he terminado.
La besó con ternura, con un roce maravilloso. La abrazó y ella pudo captar su dureza y todas sus diferencias. Era magnífico y su contacto la derretía como el contacto de ella lo derretía a él. Necesitaba una sensación nueva en esos rincones vulnerables y dominados por las sombras. Katelyn abrió los brazos y lo recibió. Él se movió como si estuviera hecho para estar allí. El empuje de su virilidad, dura y gruesa, hizo que ella se abriera, no con brusquedad sino inexorablemente, y sintió que la llenaba plenamente y le alcanzaba el corazón. La alcanzó con un amor tan profundo que la abrasó como si resplandeciera.
Sintió su amor abrumador, toda su fuerza, su palpitación cuando la tomó de las caderas para enseñarla a moverse con él. Consiguieron un ritmo que la adaptó completamente a él y él le besó la frente, la cara y los labios.
Dillon sentía veneración. Un amor tan grande que nada podría extinguirlo. Ella lo abrazaba, se agarraba a sus hombros y a sus caderas, su calidez satinada lo envolvía mientras él empujaba con más fuerza cada vez. Estaban destinados el uno al otro. Lo sintió con el cuerpo, el corazón y el alma. Desbordado, le acarició la cara. Era increíblemente hermosa. Era muy afortunado por tenerla como esposa, por haberse ganado su confianza y su amor. Era su esposa, apasionada y enamorada. Siguió moviéndose hasta que notó que ella se deshacía alrededor de él con una palpitación ardiente, sedosa y húmeda. Que ella confiara en él de aquella manera, que se entregara así, lo elevó hasta un punto sin nombre.
Acometió más deprisa, con más fuerza. Ella alcanzó el clímax y gritó y él derramó todo lo que tenía, su amor y su simiente. Ella lo veneró con besos en el cuello y la cara, lo honró con las caricias de sus dedos en la espalda. Su ternura lo cambió, lo hizo mejor, más fuerte; lo renovó.
—Te amo, Katelyn —la abrazó, sin respiración y sin salir de ella—. Pensar que estoy contigo así… Te quiero con toda mi alma.
—Yo también te quiero.
Nunca había sentido nada parecido a esa felicidad sin estridencias que le había quedado después de que la pasión se enfriara en sus venas, mientras se abrazaban y descansaban. Dillon le pasó un dedo por la nariz, los labios y la barbilla. Luego, siguió descendiendo hasta acariciarle un pezón. El placer fue como una llamarada cada vez más intensa. Él tomó el pezón entre los labios y ella se arqueó al notar que su dureza cobraba vida dentro de ella.
Nunca había imaginado que el amor pudiera ser así. Dejó que la amara otra vez, con más delicadeza, más lentamente. No fue una unión de los cuerpos, sino, asombrosamente, de los corazones.
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