El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 4 de 19

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El mayor de los regalos

Cuatro

 

 

Katelyn no podía dormir. Agitada, cerró las contraventanas para tapar el paso a la luz de la luna que entraba por la rendija de las cortinas. La oscuridad total no sirvió de nada. Todavía podía ver al jinete montado en su caballo como un guerrero de la antigüedad presto para la batalla.

Sintió náuseas. ¿Qué hacía allí tumbada? Podía levantarse y hacer una infusión. Algo que la sosegara. Sin embargo, se temía que una infusión no iba a borrar a Dillon Hennessey de sus pensamientos.

La cocina estaba oscura como una cueva. Abrió la tapa de los fogones y removió las ascuas para avivarlas. Resplandecieron como si se quejaran y echó unas astillas. Oyó un chisporroteo. Dejó la tapa abierta y puso encima un puchero de barro que había sacado del armario.

Era la recompensa por acabar con el caballo salvaje. Sintió que la ira le abrasaba como las llamas de los fogones, pero más intensa y destructiva. ¿Quién sería capaz de hacer algo a un animal tan bello? Todavía podía ver al magnífico caballo, con los músculos en tensión, que tocaba la mano del jinete.

¿Cómo había podido engañarlo? Katelyn, sin importarle el ruido, dejó el puchero de golpe sobre la encimera y rebuscó por los cajones para encontrar una cuchara. Si el jinete estuviera allí, se ocuparía de decirle lo que pensaba exactamente de él. De él, de su engaño, de sus espuelas, de sus pistolas, de su perversidad oculta tras un aspecto tímido y silencioso.

Habría podido hacer una lista de defectos en lo que tardó el agua en calentarse. Los defectos de Brett, los de su padrastro y los de todos los hombres que había conocido. Todos estaban muy satisfechos con su poder y con imponérselo a los demás. Independientemente del precio. Independientemente de quién lo padeciera y quién muriera…

Le abrasaron los ojos. Se le nubló la vista. La punzada de dolor en el centro del pecho aumentó y se extendió como si se hiciera astillas hasta que acabó en el suelo entre sollozos, sin poder respirar, sin poder ver, atragantándose para intentar librarse del dolor, ahogándose en la oleada que la arrastraba, muriéndose.

Tenía los brazos vacíos. Tenía el corazón vacío. Su cuerpo, su alma, su vida estaban vacíos. Sólo quería al bebé que amó. La niña de cara redonda con una sombra de pelo negro y una naricita como un botón y…

Las bisagras de la puerta que daba al exterior chirriaron. Oyó los pasos de un hombre. ¡Su padrastro! Katelyn se limpió la cara con la manga, pero las lágrimas siguieron cayendo. Se levantó como pudo para cerrar la tapa de los fogones y la única luz que había en la cocina se apagó.

Sin embargo, había sido demasiado lenta. Estaba detrás de ella, en el umbral de la puerta, y el viento de la noche entraba con él. Irradiaba frío y ella, en la oscuridad, se estremeció, se secó la cara y se tragó las lágrimas que tenía en la garganta.

—Estaba haciendo una infusión. No podía dormir.

Se le cayó la tapa de la tetera, pero el ruido que hizo hasta que se paró no cubrió el sonido de su respiración entrecortada.

—A mí me pasa algunas veces —dijo Dillon—. Las infusiones también me sientan bien.

La cocina estaba oscura, pero él no necesitó luz para verla.

A ella se le cayó la cuchara. Dejó escapar un gemido de fastidio y se arrodilló entre el susurro de su camisón. Llevaba un camisón con puntillas en el borde. Él lo sabía porque lo había visto la noche anterior. Era normal. Era una mujer refinada. Seguramente, también tendría puntillas en las mangas y en el cuello del camisón, alrededor del escote.

Al acordarse de los modales de ella, se quitó el sombrero.

—Huele a manzanilla.

—Sí.

Estaba de espaldas a él, pero no le ocultaba nada.

Había pasado la vida entre caballos e interpretar los sentimientos de otra criatura le parecía más fácil que el libro de poesía que leía todas las noches en su camastro. La había oído llorar y notaba algo parecido al dolor en el corazón.

La compasión se adueñó de él con tanta intensidad que le sorprendió. Lo dejó desarmado. Le dio valor para acercarse un paso, pero sólo uno. Era asustadiza y no quería asustarla por nada del mundo.

Se quedó parado con el sombrero en la mano y dejó que los segundos fueran pasando mientras ella dejaba reposar la infusión.

—¿Qué se necesita para conseguir una taza de eso?

—Apuntarme a la cabeza con una pistola cargada.

Qué curioso, ya no parecía tan asustadiza.

—Parece muy drástico. Estoy dispuesto a cambiarlo por un favor. A juzgar por su padrastro, podría necesitar que le echaran una mano de vez en cuando.

—¿Qué favor podría hacerme alguien como usted?

—No lo sé… Ensillar un caballo para que vaya al pueblo.

—Puedo ensillar un caballo y le agradecería que me dejara tranquila.

Efectivamente, no estaba asustada por él. Parecía furiosa y no podía entenderlo. Ni remotamente.

—¿Qué le parece un caballo ensillado en medio de la noche con mi palabra de que nadie sabría que se marcha?

Había dado en el clavo. Ella reaccionó como el chasquido de un látigo. Se puso en tensión.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Muy fácil. Parece que su padrastro no quiere que se quede aquí y usted no deja de mirar el camino —había captado su atención y colgó el sombrero en el respaldo de la silla—. Creo que una mujer que no quita la vista de la puerta es porque piensa marcharse.

—¿Se me nota tanto?

—Quizá para alguien que se fija, pero Cal Willman no es observador.

—Mejor…

Ella dejó escapar un suspiro de alivio. A Dillon le pareció que lo había soltado él. ¿Estaba pasándolo tan mal? Sabía que sufría por la pérdida de un hijo y de su matrimonio, pero ¿había algo más? Se acordó del moratón en la mejilla y supo que tenía que haber algo más.

—¿Qué me dice? —tenía que ser cortés y demostrarle que era un hombre amable—. ¿Me da un poco de esa infusión?

—No.

No era la respuesta que había esperado, pero, seguramente, era la que se merecía. Ya sabía que no le interesaba. La desilusión cayó como una losa en su corazón. Agarró el sombrero.

—Creo que será mejor que la deje en paz. Buenas noches, señora.

—Buenas noches.

—Espero que la infusión le ayude a dormir. Yo estoy tan cansado que dormiré a pierna suelta.

¿Qué replicaba? Katelyn apretó la cuchara hasta que le hizo daño en los nudillos. ¿Cómo podía dar caza a ese hermoso animal, al mismo que había engañado para que confiara en él, y luego dormir tan tranquilo?

¡Era un hombre espantoso! Lo aborrecía. Aborrecía todo lo que se refería a él y él representaba. Pensó en tirarle la cuchara. Lo habría hecho si no fuera mucho más fuerte que ella. Le habría devuelto el golpe, como cualquier otro hombre.

Aun así, lo que contaba era la intención.

Estaba harta de hombres brutales. Cuando vendiera las joyas, no tendría que depender de ninguno. Conseguiría un buen trabajo y un sitio donde vivir y nadie le haría daño. Nadie.

Estaría sola. Dormiría sola. Comería sola. Viviría sola. Pasaría sola las vacaciones.

Observó la enorme espalda de Hennessey mientras se alejaba, seguramente para buscar a Cal, y reparó en sus andares autoritarios. Supo con plena certeza que no necesitaba a ningún hombre.

La soledad era un precio bajo por la seguridad, por la tranquilidad, por lo posibilidad de estar, si no feliz, al menos conforme.

Era lo máximo que podía esperar.

El olor a manzanilla la sacó de sus ensoñaciones sobre el futuro. Tenía que reponerse. Estaba demasiado débil y dolorida para marcharse. Dillon había hecho que se diera cuenta de que tenía que pensar en muchas cosas. ¿Se llevaría un caballo? Podía tomar un tren, como había pensado, y dejarlo en el establo del pueblo. ¿Dónde acabaría? No tenía un horario de trenes, pero podía oír el silbato de la estación. Sabía cuándo llegaban y salían los trenes. Tomaría el primero de la noche, aunque fuera uno de carga que paraba para repostar agua y carbón. Tomaría las decisiones a partir de ese instante…

—¡Hennessey! ¿Eres tú? —la furia de Cal resonó por toda la casa.

A Katelyn se le cayó la cuchara otra vez. La recogió y la dejó en la encimera mientras se juraba no hacer más ruidos. No podía volver a ver a su padrastro esa noche.

—Sí, acabo de volver —Dillon lo dijo con un tono distendido.

¿Por qué no iba a ser así? Ella sabía que estaban cortados por el mismo patrón. Unas lágrimas de rabia le escocieron en los ojos y se clavó las uñas en la palma de las manos.

Quizá, si no hiciera ningún ruido, Cal no sabría que ella estaba allí.

—Te debo quinientos cuando te vayas. No me hace gracia, jinete, pero te agradezco que me hayas resuelto el problema.

—Entiendo. Un hombre con su reputación como criador no querrá que un caballo indio se mezcle con sus carísimas yeguas.

—Me alegro de que lo entiendas. No me olvidaré de los quinientos. Tenemos un problema con un puma. No estaría mal mandar a un par de hombres bien armados y que usen su esqueleto para atraer al maldito gato. Yo lo agradecería mucho.

¿Lo agradecería? Era una forma muy delicada de decir que lo pagaría. Dillon sintió una repugnancia que no pudo soportar. Solía evitar los enfrentamientos siempre que podía. La mayoría de las veces no merecían la pena.

Otras, sí.

Contuvo la respiración y se acordó de la mujer que estaba en la habitación de al lado. Habló con tranquilidad para no asustarla, pero con una seriedad implacable.

—No sé bien cómo van a hacerlo los muchachos.

—Ya. Están cansados, ¿no? Supongo que mañana por la noche dará lo mismo.

Cal debió de pensar que resultaba intimidante desde lo más alto de la imponente escalera de madera.

Dillon separó los pies y se puso en jarras.

—No. Yo ceo que mañana por la noche tampoco será posible.

—¿Por qué?

—Hay dos motivos. El primero es que los hombres no han vuelto todavía. Siguen por ahí buscando ese caballo indio.

El tono desafiante del jinete sonó como un trueno invernal.

Katelyn se acercó a la puerta sin que la vieran. Podía ver el brazo y el codo del jinete y la punta redondeada de su bota derecha.

Sin embargo, podía notar su presencia como si fuera una tormenta que se acercaba cargada de una fuerza contenida.

—¿Cuál es el otro motivo? —preguntó Cal.

Katelyn sabía la respuesta. Era poco dinero, quería más de quinientos dólares. Sabía cómo eran los hombres. Cal y él discutirían, se intercambiarían insultos, mostrarían sus lados más rudos y Dillon entregaría el caballo que había escondido por la cantidad que le pareciera aceptable.

¿Por qué estaba escuchando? Tenía que tomar la infusión, volver a su cuarto y olvidarse del jinete. Era igual que su padrastro y que los otros hombres que perseguían a un caballo herido en beneficio propio.

—El verdadero motivo es muy sencillo —Hennessey se agarró al remate del poste de la escalera con una mirada retadora—. No he atrapado al caballo.

—¿Qué quieres decir? Estabas allí. Lo herí. No pudo escapársete.

—Es un diablo muy escurridizo.

Claro, Hennessey empezaría a negociar en ese momento. Primero conseguiría el dinero que quería y luego le llevaría el caballo. Katelyn, asqueada, se dio la vuelta silenciosamente y con una decepción tan pesada como un yunque. No quería oír nada más.

—¡Me da igual lo listo que sea ese trozo de carne para perros! Quiero que me traigas ese caballo.

Katelyn se quedó paralizada. ¿Qué había pasado con el caballo? El pulso le martilleaba en el pecho y esperó, anheló, que el animal hubiera escapado.

—No puedo hacerlo. Lo siento, señor.

Katelyn se sintió aturdida por el alivio. O quizá fuera por los sentimientos tan extremos que se debatían dentro de ella. Orgullo por el caballo herido que había eludido al jinete y furia contra Dillon por haberlo perseguido. Era un canalla. Un hombre fuerte que perseguía al débil, al más vulnerable. Sintió náuseas.

—¡Entonces vuelve allí fuera! —la furia de Cal retumbó en el silencio de la casa—. ¡Largo! Inmediatamente.

—No voy a hacerlo —replicó el jinete sin amilanarse.

Katelyn recuperó la esperanza. ¿Qué había dicho? ¿El caballo estaba vivo?

—No voy a permitir que se le haga daño al caballo. Cuando me contrató, hicimos un trato, Willman. Le dije que no habría malos tratos. Yo no voy a hacerlo. No voy a tolerarlo. Sólo los cobardes hacen daño a los animales.

Estaba como un caballero andante a los pies de la escalera, bañado por la luz en medio de la oscuridad, como un soldado solitario que luchaba por lo que era justo.

Era una ilusión y ella lo sabía, pero estaba equivocada. Dillon no había cazado al animal y saberlo la dejó temblando. Los ojos le abrasaron.

Había sido vil con él. Se acordó de sus torpes intentos de hablar con ella en la cocina y de que había dado por supuesto lo peor. Se había equivocado. Se había equivocado respecto al caballo. ¿Respecto al hombre?

—No, Willman —siguió Dillon con una furia contenida—. Ni por todo el dinero que pueda robar o pedir prestado para pagarme. Es el momento de dar por terminado nuestro trato.

Los improperios de Cal hicieron que Katelyn sintiera asco, pero no intimidaron a Dillon.

—Si no tiene el dinero —propuso el jinete con firmeza—, cobraré mi sueldo en especie. Me he fijado en tres de sus yeguas. Me conformaré con eso.

—Canalla codicioso. Si te llevas esos caballos, serás un ladrón y me ocuparé de que te pongan una soga al cuello. En este condado todavía colgamos a los cuatreros.

—Cobrar lo que me debe no es un robo. Cualquier jurado estará de acuerdo.

—¿Para qué queremos un jurado? Haz el trabajo por el que te pago.

—Entonces, págueme lo que me debe o le obligaré a sacar esa soga. No es lo bastante hombre para ponerla alrededor de mi cuello.

—Muy bien. Me libraré de ti, pero eso no salvará la vida del caballo.

Cal bajó la escaleras hecho una furia y al pasar junto al jinete lo golpeó con fuerza en el hombro.

Hennessey no se inmutó. Se mantuvo como una montaña de granito, como si nada pudiera afectarlo.

Era el único hombre que ella había conocido que podía enfrentarse a su padrastro.

Se oyó el chirrido de una puerta en el otro extremo del vestíbulo, pero no era la puerta del despacho donde Cal tenía la caja fuerte. Era la puerta del dormitorio de Katelyn.

¡Buscaba las joyas! Ella se quedó sin respiración por el espanto. Se llevó las manos al cuello para intentar tomar aire. Sus planes cayeron por tierra ante sus ojos cuando vio que su padrastro se acercaba con algo resplandeciente en una mano extendida.

—Toma. Es todo lo que tengo. Valen varios cientos. Un vagabundo como tú no vale más.

—No me interesan las joyas de mujer. Le he dicho que quiero dinero o me llevaré las yeguas. Usted elige la forma de pago.

Katelyn se derrumbó con las manos en la cara. Era imposible. ¿Cómo había podido olvidarse de cambiar de sitio las joyas? Había sido por él, por el jinete. Al verlo salió de su dormitorio y se olvidó de todo lo demás. Era una injusticia después de todo lo que había sufrido.

—No puedo permitir que te lleves las yeguas. Son lo único que me dan cierta solvencia. Si tuviera el dinero, te pagaría —Cal estrujó el collar en su manaza—. En esta casa hay muchos tesoros, seguro que hay algo que te puede interesar.

—La pintura o los candelabros de plata no me sirven de nada. Tiene hasta mañana por la mañana para conseguir el dinero, si no, dejaré el asunto en manos del sheriff.

—No, espera. Hay algo que puedes llevarte. Sé que la deseas. He visto cómo la mirabas.

Katelyn se quitó las manos de la cara. Levantó la cabeza y pudo ver el gesto de triunfo en la cara de Cal y el de espanto en la del jinete.

—¿Me vendería a su hija?

—Es mi hijastra y no me sirve de nada. Sabe cocinar y puede limpiar. Además, te calentará la cama. Seguro que vale trescientos dólares.

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