El mayor de los regalos
Tres
Dillon no podía hablar con ella. Algo le atenazaba la garganta. Cuando hubiera llegado a su lado, tendría la lengua paralizada y no habría forma humana de que dijera algo inteligible.
Sería mejor que se diera la vuelta y se alejara de allí antes de hacer el ridículo.
La silla de montar crujió cuando se movió para dar la vuelta al caballo y el sonido retumbó como un trueno entre el susurro de la nieve al caer.
Katelyn miró en su dirección con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el miedo. Los ciervos, inmóviles, levantaron la cabeza, aguzaron el oído y lo olisquearon. La mujer y los animales lo miraron fijamente como si fuera la encamación del demonio.
La mirada de Katelyn lo abrasó como una llamarada azul.
—¿Qué está haciendo?
El tono fue de ira y, efectivamente, también parecía sentirla. Dillon abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Lo cual no era de extrañar porque no sabía qué decir. ¿Debía excusarse por haberse entrometido? ¿Estaba enfadada por eso?
—¿Cómo ha podido…? ¿Qué clase de hombre es?
Se acercó a él hecha una furia y él no tenía ni idea de lo que había hecho.
—Yo… —Dillon pensó que tenía que decir algo—. Yo, de verdad, lo siento, señora.
—¿Lo siente? ¿Siente haber intentado matar a los ciervos mientras les daba de comer? ¿Cree que no me habría importado que les hubiera disparado?
—No, mmm…
Tenía la lengua atorada. Ella lo alteraba como no había hecho otra mujer. En ese momento subía la ladera rebosante de rabia e indignación.
Era una auténtica belleza. Tenía la cara sonrosada por el frío y la cólera, los puños cerrados y la melena al viento como una yegua al galope. Era todo pasión.
No era de extrañar que se hubiera quedado mudo.
Entonces se dio cuenta de que seguía apuntando a los ciervos, que ya habían desaparecido entre los árboles. Estaban los dos solos y, ruborizado, soltó el gatillo y guardó el rifle en su funda de cuero.
—Lo… siento… señora.
—¿Lo siente? —parecía como si ella quisiera tirarle algo a la cabeza—. Tendría que estar avergonzado por aprovecharse de esa manera. Es un hombre. Supongo que no debería sorprenderme…
Él supo a qué se refería.
—Se equivoca, señora. Vi huellas de felinos por allí atrás y pensé…
No encontró la palabra adecuada. ¿Qué iba a decir? Ella lo miró fijamente con aquellos ojos azules rebosantes de rabia y que lo acusaban de ser el peor hombre sobre la faz de la tierra. No podía pensar.
—Yo, mmm, no quería que le pasara algo, señora.
Terminó la frase, pero no era lo que quería decir. ¿Se había dado cuenta ella? Esos balbuceos habrían dado una impresión pésima de él.
—¿Un puma? —preguntó ella como si no estuviera segura de que decía la verdad.
Había sido un avance. Al menos no parecía que fuera a fustigarlo y tampoco lo miraba como si fuera un mamarracho. Se sentó más recto sobre el caballo.
—Me llamo Dillon Hennessey. Soy el domador de caballos que contrató su padrastro —se llevó una mano al sombrero.
Un montón de nieve le cayó en el regazo. Maldita fuera. Tendría que haberse quitado la nieve antes de intentar aproximarse a una señora. ¿Se habría dado cuenta ella?
Sí. Katelyn se mordió el labio inferior para contener la risa y arrugó los ojos.
Él se quedó un poco hundido. Ya se había portado igual con otras mujeres, pero no con una que le importaba tanto. Si no superaba esa timidez apabullante, nunca encontraría esposa, nunca tendría su propia familia.
—Bueno, gracias por protegerme —los ojos le brillaron con una luz distinta y había desaparecido la tristeza que había notado en ellos—. Recogeré el cubo y volveré a casa. No me gustaría servir de almuerzo para un puma.
—Seguramente no tenga que preocuparse por eso. He visto lo delicada que es con ellos…
En cuanto las palabras salieron de su boca, pensó que era imposible que hubiera dicho algo tan ridículo. Tendría que hacer un esfuerzo para olvidarse de que lo había dicho.
Primero se quedaba mudo y luego no podía callarse. Podría haberle dicho directamente que le gustaba mucho, habría sido más digno.
—Quiero decir que echaré una ojeada mientras está por aquí.
Dillon se aclaró la garganta para parecer hosco. Era un hombre curtido, que se había criado en plena naturaleza.
Ella recogió el cubo y se pasó un mechón por detrás de la oreja mientras lo miraba a través de las tupidas pestañas.
—Entonces, me parece que tengo que disculparme por haberme enfadado con usted. Vi el rifle y pensé lo peor. Lo siento.
Ella levantó la cara y el vio, con toda claridad, un moratón en la mejilla del tamaño del puño de un hombre. El viento le revolvió el pelo y volvió a taparle la marca.
La ira le abrasó el pecho como un incendio imposible de dominar. Apretó las mandíbulas. Apretó los puños. Si el hombre con quien se casó estuviera allí, le enseñaría una buena lección.
—Tengo que volver.
Ella se dio la vuelta para evitar su mirada y para darle a entender que no le interesaba.
Se alejó entre la nieve. Él no pudo soportar que se marchara de aquella manera.
—Usted gusta a los ciervos —Dillon se dijo que acabaría harta de esos ridículos intentos de hablar con ella—. Quiero decir que es muy raro que se acerquen a una persona.
Katelyn lo miró por encima del hombro, pero siguió andando.
—Mi abuelo también lo hacía. Los ciervos se acercaban a él —insistió él.
Katelyn se preguntó por qué intentaba hablar con ella. Siguió andando con esfuerzo por el dolor, pero notaba la mirada del jinete en su espalda.
—Tenemos un don con los animales.
¿Estaba cortejándola? Ella se dio la vuelta justo cuando él se encogía de hombros y un montón de nieve caía al suelo y asustaba al caballo, que dio un respingo.
—Tranquilo…
La voz del hombre fue un sonido grave y cálido como un sorbo de ponche de ron, mientras le acariciaba el cuello al caballo con un gesto lleno de suavidad para alguien tan imponente.
Katelyn se estremeció y se preguntó si sus caricias serían tan delicadas como parecían. Sin embargo, ella sabía que en ese mundo frío e implacable no había héroes fuertes, tiernos e íntegros.
Dillon Hennessey sería fuerte, amable y un poco desconcertante cuando hablaba con las mujeres, pero seguía siendo un hombre y soltaría un zarpazo cuando quisiera, como el puma que acechaba por aquellas praderas. En realidad, era despiadado. Su naturaleza era ésa.
¿Lo era? Cada vez que miraba por encima del hombro lo veía en la elevación, en medio de la nevada, con el rifle preparado, pero no amenazador. Como un guerrero protector, leal y vigilante mientras ella se alejaba entre la nieve cada vez más alta.
No había pasado mucho tiempo con los ciervos, pero había aclarado un dilema. Al menos sabía algo más de Dillon Hennessey. Sonrió al acordarse de ese hombre grande como una montaña que balbucía y parecía desorientado.
Abrió la verja. Estaba en casa por el momento. Cuando se dio la vuelta para despedirse con la mano, sólo vio viento, nieve y llanura.
El jinete había desaparecido.
Conservó su imagen durante todo el día y hasta el anochecer. El sol se desangró lentamente y las sombras extendieron su manto de oscuridad. Katelyn se quedó en su habitación con una vela encendida. Le llevaron la cena en un bandeja, pero no pudo comer.
Tenía que pensar en muchas cosas. El miedo estaba haciendo mella en su valor. Se levantó de la butaca y apartó la alfombra que tenía a los pies de la cama. Allí, bajo unos tablones que había soltado, estaba su porvenir. Desenvolvió el bulto de tela y lo sujetó entre las manos. Los diamantes resplandecieron incluso a la tenue luz de una vela. Las piedras preciosas estaban engarzadas en un collar de oro y dos anillos, regalos de su rico marido a su adorada esposa.
Eso era lo que él decía en las fiestas cuando fingía que era un marido cariñoso y atento. Cuando ella no podía decir la verdad.
Detestaba todas y cada una de las piedras. El anillo de boda, el anillo de aniversario, el collar que le regaló cuando se enteró de que estaba embarazada y que podía estar engendrando a su hijo varón.
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Los diamantes pasaron a ser un arco iris borroso. Volvió a envolverlos cuidadosamente y los guardó. Detestaba esos diamantes con toda su alma, pero le comprarían un porvenir. Pensaba vender cada pieza y disfrutar al saber que Brett ya no podía tocarla y que ella no lo necesitaba.
No necesitaba a nadie.
Empezaría una vida nueva. Sola. Como quería estar.
—Katelyn… —la voz de su padrastro al otro lado de la puerta le sonó áspera.
Colocó la alfombra y se levantó rápidamente mientras las bisagras anunciaban su inminente entrada. Cal Willman la miró desde la puerta con los ojos entrecerrados.
¿Qué había visto? Tendría que buscar otro escondite. Su padrastro era de los hombres que se hacían con todo lo que querían. Era un hombre grande y más alto que el jinete, pero todo él era brutalidad. Se sentía pequeña y vulnerable y detestaba sentirse tan enferma. Dentro de una semana se habría repuesto y se marcharía al abrigo de la noche como si nunca hubiera estado allí. Nunca volvería a verlo.
—¿Hay algún motivo para que irrumpas en mi cuarto? —preguntó ella sin alterarse.
—Es mi casa.
—Sí, pero no tienes derecho a entrar en mi dormitorio sin llamar.
—La escritura está a mi nombre y entraré donde quiera.
—Sí, pero mi padre construyó esta casa con sus manos. Lo vi clavar cada tablón. ¿Le pasa algo a mi madre?
Su padre había sido bueno con ella y tenía el leve recuerdo de un hombre alto, fuerte, con un sombrero de ala ancha para darle sombra a la cara cuando trabajaba al aire libre y que hablaba con ella mientras construía la casa. Ella tenía cinco años.
—Tu madre no ha estado bien desde que llamaste a la puerta de esta casa y te desmoronaste en el suelo del salón. Te he visto dar un paseo hoy. Si estás suficientemente bien como para dar un paseo por el campo e intentar tus argucias con uno de mis empleados, también lo estás para largarte de esta casa.
—¿Crees que quiero estar con otro hombre después de lo que he pasado?
—¿Acaso no es lo que queréis todas las mujeres? ¿No queréis un hombre que os lo pague todo? —apretó la mandíbulas impecablemente afeitadas—. Si quieres un hombre, yo te lo buscaré.
—No necesito un marido.
—Yo no te necesito a ti. Entiende lo que voy a decirte. Si vuelves a humillar el nombre de mi familia, te arrepentirás del día que viniste arrastrándote hasta esta casa. ¿Lo has entendido?
—No deberías preocuparte por mi humillante conducta.
Ella lo dijo sin alterarse y sin amilanarse. Nadie iba a intimidarla en la casa que construyó su padre.
Los ojos azules de Cal brillaron como el acero. Tenía los puños cerrados y las mandíbulas tan apretadas que parecía que iba a romperse los dientes, estaba rebosante de una furia gélida.
—Nadie va a juzgarme en mi casa, señorita. Recuérdalo o saldrás de una patada antes de saber quién te la ha dado.
No era bien recibida y no le extrañaba. Estaba en medio de sus constantes disputas. Era un recordatorio constante de que se había mancillado el nombre de la familia.
—Este escándalo me ha costado la mitad de las operaciones del banco. Me pregunto cómo vas a compensarlo.
Él se había imaginado que ella escondía algo, algo de valor. La fugaz mueca de satisfacción de sus labios le advirtió que debía tener cuidado. Le exigió que le entregara el dinero que tuviera cuando llegó allí, arruinada y sin hogar. Ella le mintió en lo referente a las joyas, que llevaba escondidas en un bolsillo diminuto de la falda.
Tenía que encontrar otro escondite que no fueran los tablones. Esas joyas podían valer lo suficiente como para empezar una vida nueva en algún otro sitio.
Cal se marchó dando un portazo. La llama flameó y se apagó.
Ella se quedó en medio de la oscuridad, completamente perdida. En el exterior, el resplandor de las estrellas se reflejaba en el manto de nieve. La luz nacarada la llevó hacia los cristales empañados de la ventana. Allí estaba el jinete, con una mano sujetando las riendas y la otra sobre el muslo. Era una sombra formidable que se recortaba contra el aterciopelado cielo negro y los refulgentes prados grisáceos, como todo lo bueno que había en el mundo.
Era un hombre. No podía dejarse engañar por las apariencias. Todos los hombres eran iguales por dentro.
Aun así, él la dejaba sin respiración y le aceleraba el pulso. Detuvo el caballo al llegar al cercado y pareció como si mirara hacia su ventana. Ella no sintió un estremecimiento de miedo, sino una oleada de calor, como si un rayo hubiera caído en su habitación. ¿Podía verla? ¿Estaba mirándola?
Era como si el mundo se hubiera quedado en silencio. La ira hacia su padrastro se esfumó. ¿Por qué parecía como si sólo existieran ellos dos? Sobre todo, ¿cómo era posible si no podía verle la cara?
Pasaron los segundos al ritmo de las palpitaciones mientras el hombre la miraba desde las sombras y ella lo miraba a él. ¿Qué significaba esa punzada que notaba en el centro del pecho? ¿Por qué tenía las palmas de las manos húmedas de calor y no de miedo?
Él la alteraba y la atraía como el suelo a un meteorito. Se acercó más a la ventana. Se agarró al frío alféizar y vio que él levantaba un brazo para tocarse el sombrero, el saludo de un hombre de campo, antes de cabalgar hasta el extremo de la cerca y alejarse con la espalda muy recta y fundirse con la noche.
El lazo entre ellos se rompió y Katelyn se encontró otra vez con el mundo que la rodeaba. La escarcha en las hojas de la ventana, el olor a cera de la vela y las voces de una discusión en la otra punta de la casa. Un estruendo le indicó que la discusión se había puesto violenta.
¿Por qué los hombres tenían que dominarlo todo? Como decía Brett, estaban al mando de su propio castillo. ¿Qué suponía eso para las mujeres con las que se casaban? Esas mujeres que habían cortejado galantemente antes de jurarles amor eterno. El jinete, pese a su timidez en un principio y su aspecto mítico de esa noche, no podía ser distinto. ¿Acaso no llevaba espuelas? Doblegaba la voluntad de los caballos con un látigo.
Desilusionada, se sentó en la mecedora que había en un rincón. El libro que había estado leyendo cayó al suelo, pero casi no lo oyó por los gritos y los ruidos que atravesaban las paredes. Eso era el matrimonio. Eso eran casi todos los matrimonios que había conocido, entre otros, el suyo.
Se tapó la cara con las manos. No lo recordaría. No permitiría que los pensamientos retrocedieran. La desdicha se apoderó de ella y la atenazó hasta que no sintió nada. Era mejor así. Lo mejor era no sentir nada.
Cuando levantó la cabeza, lo vio a través de la ventana. Era la silueta distante de un hombre y un caballo, pequeña contra la inmensidad del cielo, pero no insignificante. Cabalgaba muy recto, como si nada pudiera asustarlo, como si ejerciera la autoridad sobre todos los seres vivos de la llanura. Lo notó como un ascua ardiente en la yema de los dedos; como si hubiera encendido un llama en el extremo de una mecha apagada y ennegrecida.
¿Qué tenía aquel hombre? Ya no era una colegiala que esperaba que un hombre singular se enamorara de ella. Se sentía vieja y desilusionada al acordarse de que una vez suspiró con la esperanza de que un hombre pudiera amarla sinceramente. Un hombre refinado y rico como Brett Green, con los trotones más envidiados del condado. Un hombre que la había tratado con respeto, que la había cortejado con palabras amables e intenciones elevadas, que por su compromiso le había regalado un diamante deslumbrante cuando sus amigas habían recibido unos anillos de oro normales y corrientes.
No existía el idilio ni el galanteo. No existía el amor de un hombre que conquistar.
El regusto amargo le quemó el pecho. ¿Por qué conservaba esperanzas? Tenía la muñeca vendada y todavía se le notaban los moratones en la cara; tenía el vientre yermo y el corazón vacío. ¿Por qué suspiraba cuando miraba al jinete?
Supuso que porque lo natural en una persona era esperar que la amaran sinceramente. Independientemente del daño tan intenso que le había hecho Brett e independientemente de lo maltrecho que tenía el corazón, quería creer que existía un hombre digno y de una pieza. Y que él pudiera amarla.
Que ella pudiera inspirar amor.
El jinete captó su atención otra vez. Había vuelto y no estaba solo.
Se maravilló al verlo desmontar con un movimiento liviano y él, tras soltar las riendas, se alejó de su caballo. La luz de las estrellas enaltecían la curva de su cabeza y la palma de su mano extendida.
El caballo indio salió de entre las sombras con la cabeza en alto, la orejas erguidas, la cola levantada y cada músculo en tensión. El cuello y el lomo reflejaban el resplandor de las estrellas y sólo se movían su melena agitada por el viento y borde del sombrero de Dillon. El hombre y el caballo se midieron, quietos como estatuas.
No dio crédito a sus ojos cuando el caballo levantó uno de los cascos y se acercó al jinete inmóvil. Él mantenía la mano extendida. ¿Por qué no se alejaba corriendo el caballo?
Katelyn se aferró al borde del cercado antes de darse cuenta de que estaba fuera, con la ventana abierta a sus espaldas y el frío atravesando sus enaguas de franela. Sintió un escalofrío, pero le dio igual que la sangre se le congelara en las venas. Tenía que mirar. Tenía que ver lo que estaba pasando.
Todo a su alrededor estaba expectante. Un búho dejó de ulular como si escuchara el melódico ronroneo de la voz del jinete.
Elevó el tono lenta y sosegadamente para formar la serie de sonidos más delicada que había oído. ¿Qué estaba diciendo? Fuera lo que fuese, el caballo estaba extasiado, como lo estaba ella, por los apacibles y viriles sonidos. Ella nunca había oído algo parecido. Sus palabras rebosaban ternura y un respeto cercano a la veneración. Katelyn se bajó de la cerca y entró en el corral. Se sentía tan atraída por la voz del jinete como lo estaba el caballo salvaje.
El animal estiró el magnífico cuello para oler. La melena subía y bajaba al ritmo del viento y los músculos se contraían bajo las manchas de su pelaje. Se acercó un centímetro más a la mano de Dillon.
Katelyn pisó una rama diminuta, pero el crujido fue como un latigazo para el caballo. Ella se quedó petrificada, pero fue demasiado tarde. El imponente animal giró de un salto como si lo hubiera atacado un puma.
El jinete habló, emitió un sonido cauto y lastimero, una combinación de vocales que ella no había oído nunca. Significaran lo que significasen, el caballo se detuvo y se volvió para atender al hombre.
Dillon, como si no se hubiera dado cuenta de la presencia de ella, como si no hubiera oído el chasquido de la rama, se mantuvo donde estaba y sin apartar la mirada de caballo. Era como un mago curtido, solitario y misterioso que tenía hechizado al caballo, que lo había inmovilizado como no habría hecho ningún lazo.
Nunca había visto un hombre así. No había tocado la pistola que llevaba al cinto. La mano libre, enfundada en un guante de cuero, no se había acercado al lazo que tenía en la cadera. Se limitaba a atraer al caballo cada vez más cerca, no a capturarlo.
El caballo salvaje dio otro paso receloso. Un par de metros separaban al hombre y la bestia. Los dos bañados por el brillo de las estrellas.
Las palabras de Dillon eran como un amanecer después de una noche gélida y desolada. Como una luz delicada y acogedora que ella anhelaba para su corazón sumido en las tinieblas. Le dolía el pecho como si se lo hubiera atravesado una bala.
La visión del caballo salvaje que se acercaba a él hizo que ella también quisiera acercarse. Deseó posar su mano en la mano de Dillon, percibir su calidez y dejarse arrastrar por la belleza y la delicadeza. ¿Habría un hombre en el que se pudiera confiar?
El caballo ya estaba a unos centímetros de la yema de los dedos. Receloso pero absorto, alargó el cuello y cubrió esa distancia. Las ventanas de su hocico se abrieron para recibir el olor del jinete.
Un estallido atronador rompió el embrujo. El caballo dejó escapar un relincho cargado de dolor y miedo. Un segundo disparo retumbó por toda la llanura mientras el caballo salía volando. La nieve se tiñó se sangre.
Lo habían herido. La rodillas de Katelyn cedieron y cayó sobre la nieve dura como el hielo. ¿Quién sería capaz de disparar a un animal tan bello?
—Maldita sea, Hennessey —la ira de su padrastro llegó como un vendaval—. ¿Por qué no has pegado un tiro a ese animal inútil? No podía creerme lo que estaba viendo. ¿Qué ibas a hacer? ¿Ibas a atarlo antes?
Katelyn se dio la vuelta para esconder la cara. ¿Era real lo que había presenciado? ¿El jinete había embaucado al animal para capturarlo? Dillon no habría hecho daño al caballo, ¿verdad?
—No había pensado atarlo —contestó el jinete.
El espanto la alcanzó como un latigazo en la espalda. El jinete no estaba hecho de leyenda y luz de luna. Sólo había sido el resplandor de las estrellas y un fruto de su imaginación desbocada. La ilusión de querer encontrar un hombre al que amar.
Después de lo que había sufrido, debería saber que ese hombre no existía. El viento fue como una bofetada en la cara y el frío le llegó hasta los huesos. Se arrodilló a los pies de un álamo, tan desolada como una noche sin estrellas.
—Entonces, ¿qué te pasa? —preguntó Cal—. A los caballos, muchachos, no puede haber ido muy lejos con esa bala que le he metido. El hombre que lo tumbe se llevará un premio de quinientos dólares.
—¿Cómo los pagará? —preguntó Pete entre los murmullos de los peones.
—En especie, si queréis.
El tono ostentoso de Cal no engañó a nadie y mucho menos a ella. Las dificultades económicas de su padrastro debían de ser considerables.
Sin embargo, su orgullo parecía ser más importante y sus siguientes palabras llegaron desde los establos.
—Ned, ensilla mi caballo. Quiero acabar con ese problema. Estoy harto de que ese semental mestizo persiga a mis yeguas de pura raza.
Katelyn, con espanto, vio que el jinete se montaba inmediatamente en su caballo y sin mirar a ningún lado se lanzaba hacia la oscuridad de la llanura llevándose con él los últimos retazos de inocencia que le quedaban a ella.
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