El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 8 de 19

Páginas del PDF

El mayor de los regalos

Ocho

 

 

Efectivamente, era suya. Decirlo era distinto que esperarlo. Decirlo le daba un motivo para tener esperanza.

¿Por qué tardaba tanto el médico? Dillon dejó el sombrero en un sofá y fue de un lado a otro del vestíbulo de la posada. Ella no tenía buen color y eso tenía que ser un mala señal. El médico sabría lo que había que hacer. La idea lo tranquilizó aunque siguiera inquieto. No podía sentarse y esperar a que el médico bajara.

—Ha debido de recorrer más de un kilómetro desde que llevo aquí — comentó la señora Miller desde el mostrador—. Siéntese, me pone nerviosa.

—Perdone, señora —Dillon se ruborizó.

El sofá era pequeño y duro. No podía dejar de moverse. ¿Por qué se preocupaba tanto por Katelyn Green? Sólo sabía que cuando estaba cerca, su mirada se clavaba en ella como una flecha, imposible de detenerla. Pero esperaba que el resultado no fuera igual de funesto.

Unas mujeres preguntaron a la señora Miller cuál era el camino de la estación y él se quedó pensativo. Se levantó otra vez. ¿Estaría Katelyn pensando en marcharse en un tren? ¿Podría convencerla para que se quedara?

—Hennessey…

La voz del médico se abrió paso entre su desazón. Dillon se acercó al médico con una expresión de angustia más que evidente.

—¿Está bien?

—Lo estará.

El alivio lo dejó aturdido, como si se sintiera demasiado vulnerable.

—Ha sido un acierto que la viera —siguió el médico—. No está bien, no voy a engañarte. Lo ha pasado muy mal, si puedo adivinar la verdad de todo lo que no me ha contado. Su salud es delicada y hay que cuidarla. No se repone como debería.

—Pero dijiste que estará bien —Dillon lo soltó como si sintiera traicionado.

—Lo estará, pero necesita cuidado y descanso.

—Yo me ocuparé de ella y de que descanse.

Si era necesario, se quedaría allí unas semanas hasta que pudiera llevarla a su casa.

—Volveré a verla. Mientras tanto, tiene que quedarse en la cama.

Dillon le agradeció su tiempo y sus conocimientos. Agarró el sombrero y subió los escalones de dos en dos. Entreabrió la puerta y miró adentro. Las contraventanas y las cortinas estaban cerradas, pero un rayo de luz bañaba el cuerpo de Katelyn tapado por las colchas. Tenía las rodillas levantadas con las almohadas debajo. No se movía. ¿Estaba dormida?

Entró y cerró la puerta con sumo cuidado. Era un ángel que había bajado a la tierra para rescatarlo de la soledad. Eso esperaba. ¿Sería tan afortunado?

El silbido del tren sonó por todo el pueblo. Dillon miró la línea perfecta de su nariz y sus carnosos labios y se preguntó si la conseguiría. ¿La conseguiría si lo intentaba con todas sus fuerzas y arriesgaba todo lo que tenía? ¿Se marcharía ella en ese tren en cuanto pudiera aunque él le entregara todo su corazón? ¿Cómo iba un hombre a arriesgarlo todo, su misma esencia, si sabía que iba a perderlo?

Se arrodilló abrumado. Ella dormía indiferente a su tortura, indiferente a sus sentimientos ardientes, cariñosos y anhelantes el mismo tiempo.

Esa mujer tan delicada como la porcelana, tan suave como la seda, tan adorable que le dolía sólo mirarla… ¿Qué podía hacer para que ella lo quisiera? ¿Lo haría alguna vez? No lo sabía y eso hizo que tuviera miedo por primera vez en su vida. Acercó la butaca y se quedó mirándola.

 

Katelyn salió de entre la ensoñaciones producidas por el fármaco que le había dado el médico y vio una luz débil y distante entre la penumbra de la habitación. Su visión se aclaró y tomó aliento. Estaba agotada sólo de despertarse.

Lo primero que vio fue a Hennessey. Un hombre imponente entre sombras sentado en la butaca con los pies, sin botas, frente a la chimenea. Su silueta iluminada por las llamas, con la cabeza inclinada y un libro, como una Biblia, entre las manos.

—Cariño, te has despertado.

Una voz femenina, maternal y tranquilizadora surgió de la oscuridad. Una cara redondeada, delicada y enmarcada por rizos castaños apareció encima de ella.

—Tienes mejor color. Qué alegría —la mujer le ofreció una taza y un papel doblado con unos polvos dentro—. Tómate la medicina. Es lo que necesitas para sentirte mejor.

Katelyn se acordó de la visita del médico. Él habló de la recuperación física. No había consuelo. Ni los polvos amargos ni el té con miel sofocarían su dolor verdadero. Lo había aceptado. Sabía que el dolor de su corazón duraría eternamente.

—Vaya, hermosa señora —Hennessey se acercó hasta los pies de la cama—. Me alegro de que tengas mejor aspecto. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Necesitas algo?

—No —ella no pudo mirarlo a los ojos.

—La señora Miller está aquí. Dijo que no era correcto que estuviera solo contigo.

—Tiene razón.

—¿Lo ve, señor Hennessey? —intervino la señora Miller desde un rincón—. Se lo dije. Tiene que perdonarlo, señora. Algunos hombres han vivido demasiado tiempo en el campo y no saben comportarse decente y civilizadamente.

—Lo reconozco —Dillon no parecía nada arrepentido—. Le hice una promesa y pienso cumplirla.

Katelyn cerró los ojos. Dillon era un problema y ella no tenía fuerzas para encontrar la solución. Quizá se hubiera equivocado al salir corriendo cuando todavía no se había repuesto tanto como para viajar en medio de la ventisca. Pero tampoco podía dejarse llevar por el pánico y empeorar las cosas. Se repondría y luego se ocuparía de él. ¿Qué podía hacer mientras tanto? Nada. No era un caballo que se daba a cambio de algo. No era propiedad de nadie. Se valía por sí misma y no lo necesitaba.

Un paño caliente pasó por su frente con cierta torpeza y comprendió que no lo sujetaba la maternal señora Miller. Era él, un hombre con sus propios planes. ¿Qué quería?

Lo miró con los ojos entrecerrados. Vislumbró su rostro, fuerte y afable, y volvió a cerrarlos. ¿Cuánto tiempo llevaba observándola? ¿Cuánto tiempo pensaba quedarse?

El dolor no había remitido, pero se sentía extrañamente liviana entre las sábanas de algodón. Infinitamente cansada. El dolor era como una zarpa en el vientre. Sabía que si se dejaba llevar por el sueño, no se daría cuenta de lo que le dolía. Abrió los ojos otra vez cuando el paño pasó por la barbilla. Él no dijo nada cuando sus miradas se encontraron. Ella lo sintió como un trueno que retumbó en el cielo y estremeció el suelo que pisaba. La excitación la abrasó como un rayo y cada centímetro de su cuerpo le cosquilleó mientras él se apartaba. Él había dicho que era suya. A ella le pareció que estaba repitiéndolo sin palabras. Su mirada era intensa y posesiva. Él se inclinó sobre ella y la besó abrasadoramente en la frente. De todo corazón. Con ternura. Con sinceridad.

Dillon se sentó, abrió el libro y buscó la página donde lo había dejado, pero ella conservaba una señal indeleble en la carne. Un mechón de pelo oscuro cayó sobre su frente cuando se inclinó un poco sobre el libro. Katelyn sintió una opresión en el pecho y no se debía ni al agotamiento ni a la medicina. Escuchó su voz grave mientras leía y sintió un anhelo como el que siente una noche de invierno por el amanecer. Sólo un hombre le había leído mientras estaba enferma en la cama. Otro hombre alto como el cielo, recto como un guerrero de la antigüedad, justo y más fuerte precisamente por la delicadeza que había mostrado con ella. Katelyn se preguntó, aunque no se atrevió a esperar, si Dillon Hennessey sería un hombre como había sido su padre.

—Debería irse, señor Hennessey —la señora Miller dejó a un lado el bordado y se levantó de su sitio junto al fuego—. Es casi medianoche. También tiene que descansar.

—Es una forma muy elegante de decir que un hombre no debería estar en el cuarto de una mujer. No va a engañarme.

Él cerró el libro y lo dejó en la mesilla de noche. Había llegado el momento de estirar las piernas.

—Es lo correcto.

—Me da igual lo correcto. Sólo me importa ella.

—Entonces, piense en su reputación.

La señora Miller lo miró con los ojos entrecerrados y los brazos cruzados, como si se hubiera preparado para una pelea. Sería mejor que se preparara para perder porque no pensaba marcharse. Él se levantó y todos los huesos le crujieron. Era un espanto tener treinta años y supuso que eso sólo era el principio. Se había roto un montón de huesos. Adiestrar los caballos de los demás suponía tener que tratar con animales complicados y hasta el jinete más diestro daba alguna vez con sus huesos en el suelo.

Eso le hizo pensar en Katelyn. Quizá hubiera llegado el momento de cambiar. Siempre había sido un hombre independiente que había ido solo por la vida. Le costaba saber que su futuro ya no dependía enteramente de sí mismo. ¿Ella lo aceptaría? Lo dudaba, pero era una esperanza que le daba fuerzas para servirse un vaso de agua de la jarra que la señora Miller llevó hacía una hora; que le daba la decisión que necesitaba para encender el candil, para hacer caso omiso de los comentarios cáusticos de la posadera y para sentarse en esa butaca que estaba machacándole la espalda. Se inclinó sobre el libro, dio un sorbo de agua para aclararse la garganta y siguió leyendo.

La ventana se abrió de golpe por una súbita ráfaga de viento. El candil se apagó. Dillon volvió a cerrarla y prendió la mecha. Había llegado otra tormenta, pero le dio igual. Tenía todo lo que le importaba.

 

El viento aullaba. Era un sonido quejumbroso que hacía que le pareciera no ser la única desdichada. El anillo de bodas resplandecía a la luz de los candelabros.

Brett estaba enfadado otra vez; ella podía oír el choque del decantador con la copa. Farfullaba algo ininteligible para sí mismo, pero el tono era inconfundible. Ella había vuelto a fallarle. No podía hacer nada, sólo podía agarrarse el vientre dolorido y pensar qué decirle para tranquilizarlo.

Esa noche no había forma de tranquilizarlo. Su rostro, congestionado por la furia, apareció delante de ella. Estaba en el salón. Muy enfadado.

Ella le dijo lo arrepentida que estaba. No había pensado en la imagen que daría paseando por la calle en su estado. No volvería a hacerlo. Él se dio la vuelta para mirarla. Había dicho algo equivocado. ¿Qué más quería de ella? ¿Qué aplacaría su furia? La palma de su mano le dio en la mejilla derecha y la tumbó por encima del brazo de la butaca. Era una indecencia salir así. Soltó el puño. Ella notó el dolor del pómulo. Palabras furiosas. Más golpes. Hasta que estuvo acurrucada alrededor del niño que estaba esperando y sintió que empezaba a soltar sangre. ¡Su bebé! La primera contracción hizo que soltara un grito.

—Katelyn… —unas manos enormes la agarraron del brazo.

El viento sopló con rabia y los chasquidos del fuego apagaron su grito. Un hombre enorme la miraba y la sujetaba sin aprisionarla.

—Es el láudano. Has tenido una pesadilla. Estás bien.

Dillon Hennessey, con el rostro arrugado por el agotamiento, la ayudó a recostarse en las almohadas. Los ojos le resplandecían con un brillo extraño y tenía las mandíbulas muy apretadas. Ella notó algo húmedo en las manos. Sus lágrimas.

—Pobrecilla —dijo la señora Miller desde la otra punta de la habitación —. ¿Está bien?

—Ha sido un sueño. Vuelva a dormirse. Yo me ocuparé de ella.

La mayoría de los hombres habrían parecido autoritarios, pero él sólo parecía como si fuera a hacerse cargo de algo, como si ella pudiera depositar su confianza en él. No quería confiar en él. En ningún hombre. Nunca más.

—¿Quieres una taza de té? Creo que todavía está caliente.

—No, gracias —no podía decir lo que quería.

Él, como si lo hubiera entendido, se sentó en la cama al lado de ella. El contacto fue extraño y reconfortante. Sabía que estaba mal. No quería necesitarlo, pero sentía muchos dolores distintos. No podía ser malo que quisiera que la reconfortaran un poco.

La cama crujió cuando él se inclinó para recoger el libro del suelo. Ella sintió dolor cuando él se irguió con el libro en las manos y el colchón se agitó.

—¿Quieres que lea para ti?

Ella negó con la cabeza y un dolor en la garganta.

—Muy bien. ¿Qué quieres? Dímelo y te lo daré.

Ella cerró los ojos. ¿Qué quería? Era una necesidad que no entendía y le abrasaba el alma. Sus dedos se acercaron a los de él. Él entrelazó los dedos con los de ella y puso las manos sobre su rodilla. La sujetaba como un ancla sujeta un barco en el mar.

—Duérmete, Katelyn. No pasa nada. Yo estaré aquí.

Horas más tarde, cuando se despertó, el amanecer era oscuro como la noche y la ventisca azotaba con furia. Hennessey estaba medio dormido, sentado y con los dedos entre los de ella. Sosteniéndola. Manteniéndose firme. Ella también se mantenía firme.

OceanofPDF.com