El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 5 de 19

Páginas del PDF

El mayor de los regalos

Cinco

 

Dillon no podía creérselo. ¿Había oído bien o se lo había imaginado? Los hombres no vendían a sus hijas.

Al menos, los hombres buenos, se corrigió a sí mismo. No era la primera vez que había visto algo así. Lo había visto hacer a granjeros sin dinero que querían seguir en una partida de póquer.

—¿Realmente es un malnacido tan rastrero?

—Por lo menos no soy un vagabundo despreciable. Llévatela y lárgate.

Willman reunió la dignidad que le quedaba, se guardó el collar de oro y diamantes en el bolsillo de su bata de rayas negras y subió las escaleras.

Lo detestaba. Dillon se bajó el ala del sombrero, giró la cabeza hacia la puerta y vislumbró la sombra de ella en la cocina. Se había olvidado de que estaba allí, de que lo había oído todo.

Se quedó indeciso. ¿Se acercaba a ella? Si lo hacía, ¿la tranquilizaba o le ofrecía lo que sabía que ella quería, la oportunidad de escapar?

Si hacía eso último, ¿por qué iba ella a querer a alguien como él? Estaba seguro de que en cuanto se repusiera tendría los hombres que quisiera. Hombres vestidos con sus mejores galas, perfectamente peinados y con los modales adecuados para cortejar a la preciosa mujer que era.

Oyó el susurro de unas ropas, unas pisadas furtivas y ella desapareció. En el extremo opuesto de la casa, unos tablones crujieron bajo el peso de ella. Iba a marcharse muy deprisa. Ya tenía la respuesta. Efectivamente, no quería a alguien como él.

Esperaría hasta la mañana siguiente para aclarar el asunto. No iba a tratar a una mujer como si fuera una mercancía. Excepto que estuviera seguro de querer tener una esposa.

En ese caso, tendría que hablar con ella. Besarla. Saber qué decir cuando estuvieran cenando. También podía llegar a la luna de un salto… Sus pocos intentos de hablar con ella le habrían hecho pensar que era un necio balbuciente.

Además, en ese momento, creería que era un hombre capaz de comprarla.

Eso demostraba su filosofía de vida. Los caballos no eran el problema, lo eran sus dueños. Siempre pasaba lo mismo. Cuanto más tiempo dedicaba a eso, más disparatados le parecían los hombres.

Quizá hubiera llegado el momento de sentar la cabeza. Le había dado mucha vueltas durante el año anterior. Añoraba las tierras que tenía. Añoraba la sensación de tener raíces.

Si iba de un lado a otro era porque no tenía a nadie que lo retuviera. No tenía una mujer. Una casa era abrumadoramente solitaria para un soltero demasiado tímido como para cortejar a una mujer. Sin embargo, no tendría que cortejar a Katelyn. Ya era suya.

¡No podía plantearse comprar a una mujer! ¿Qué clase de hombre haría algo así? ¿Qué pensaría ella?

Se acordó de la sombra espectral de su cara en la cocina, de su aire introvertido. Sabía que era una actitud meramente defensiva. Una herida muy profunda.

Ella no volvería a confiar fácilmente en otro hombre y menos en un hombre que se ganaba la vida trabajando con las manos. Era un disparate imaginárselo y lo mejor que podía hacer era pensar en su próximo destino y en las yeguas que quería, porque el canalla de Cal Willman tenía tantas dificultades económicas que no podría reunir unos cientos de dólares.

La noche era atroz. La nieve caía con rabia de un cielo despiadado mientras avanzaba penosamente y el viento gélido atravesaba todas las capas de lana que se había puesto para no congelarse, pero estaba demasiado alterado y eso le daba igual.

La furia aumentaba con cada paso que daba, una furia que intentaba dominar. Era un ser indeseable y arrogante que creía que podía vender a una mujer como si fuera una de sus yeguas.

Ned apareció de entre las sombras y tuvo que hacer un quiebro con el caballo para apartarse.

—¡Eh! ¿Por qué estás tan acalorado?

Lo que había pasado en la casa no era incumbencia de nadie. Lo que le había ofrecido Willman le corroía las entrañas. Otro hombre lo habría aceptado. Era un país libre, naturalmente, pero las mujeres estaba a merced de los hombres que las tenían bajo su custodia. Era evidente para cualquiera que Cal Willman quería librarse de su hijastra.

¿A quién se la ofrecería después? ¿A Ned? ¿A Rhodes?

Allí estaba el vaquero de mirada gélida que acompañaba a Ned en medio de la tormenta. El hombre, bajo y miserable, seguía llevando el rifle montado y preparado. Estaba ansioso por matar a ese animal casi mítico para ganarse lo que consideraba una fortuna.

¿Qué pasaría si Rhodes hubiera encontrado al caballo indio y Willman le ofreciera a Katelyn como recompensa?

Las entrañas se le revolvieron con tanta fuerza que no vio el primer escalón del porche. La idea de que el vaquero pusiera sus manos sucias y rechonchas sobre esa piel satinada le nubló la vista. Una oleada de cólera se adueñó de él como un terremoto mientras se quitaba las botas de una patada y tiraba unos leños en la estufa con tanta fuerza que podría haber partido el acero.

Sabía que no era quién para protegerla.

—Vaya, el jinete está de buen humor —ironizó Rhodes mientras entraba en el barracón—. Supongo que te habrá fastidiado no conseguir la recompensa. Mejor, porque hay que ser un hombre de verdad para acabar con esa bestia. Conoce la llanura y dónde esconderse. No te preocupes más porque tengo pensado cómo sacarlo de su escondite.

—Si has pensado en llevar a una de las yeguas en celo de Willman, no va a servirte de nada —Dillon sabía que el animal estaba herido y que iba a ser muy difícil capturarlo—. Quítate las botas. No voy a limpiar toda esa porquería.

Cerró la puerta de un portazo. Necesitaba descargar su furia en alguien y sabía el peligro que eso suponía. No recordaba cuándo estuvo así de furioso la última vez. Era una furia ciega que crecía dentro de él como un huracán y que amenazaba con hacerle perder el dominio de sí mismo. Todo por una mujer.

Era un hombre triste y lamentable. La anheló mientras se lavaba la cara y los dientes frente al espejo partido del cuarto de aseo. El reflejo se lo confirmó. Tenía unas arrugas profundas en la cara y la frente. Estaba alterado, era evidente.

El camastro estaba helado y las mantas crujieron por la escarcha cuando se tapó con ellas. El viejo candil de latón daba una luz trémula, pero podía leer. Las pulidas palabras de William Blake lo arrastraron al poema, pero no se la quitaron de la cabeza.

Podía ver la luz en la ventana de su dormitorio si se inclinaba hacia la izquierda y alargaba el cuello. La casa estaba a oscuras excepto por la tenue luz en su ventana. Supuso que sería una vela que la iluminaba mientras estaba de pie junto a la cama. Se sintió como un delincuente por mirarla. Los hombres decentes no miraban furtivamente por las ventanas de las mujeres, pero, aun así, él miró. Ella había dejado abiertas las cortinas y la vio doblar algo con cuidado. Se inclinó, esbelta y elegante, y la curva perfecta de la espalda continuó en el cuello y resaltó la seductora redondez de sus pechos.

Sintió un deseo tan intenso como un latigazo. Se sorprendió. Era duro como una roca y sus calzones se tensaron en el vientre cuando se inclinó hacia el ventanuco que le permitía verla.

La tenue luz era como una caricia en su delicado contorno de mujer, como la caricia de un enamorado entregado. Apretó los puños con deseo. Debería estar avergonzado por desearla, pero lo que sentía no era sólo deseo.

Ella era algo más. La anhelaba con el corazón, con cada centímetro de su cuerpo, con toda su alma. La quería mucho.

El vozarrón de Ned bramó desde el otro extremo de la casa mientras descorchaba una botella de whisky y otros hombres irrumpieron echando pestes del tiempo y del maldito caballo que se les había escapado. El mido le recordó dónde estaba. No quería que lo sorprendieran fisgando a una mujer que estaba fuera de su alcance.

Se reclinó sobre las almohadas y levantó el libro para que le diera la luz. Leyó, pero esa noche las brillantes imágenes y las vigorosas palabras no lo conmovieron. Estaba demasiado cansado, tenía demasiado frío, estaba demasiado distraído. Quizá lo mejor fuera dar por terminado el día.

Dejó el libro, apagó la luz y se arropó con las mantas. Poco a poco, fue entrando en calor y los demás hombres fueron tirándose en sus camastros. El barracón quedó a oscuras, con el ruido de los ronquidos ebrios y el azote de la nieve en las paredes.

El agotamiento cayó sobre él como un peso muerto, pero no pudo dormir. La sangre le bullía en las venas y seguía con la dureza entre las piernas. Se negó a pensar en ella. No volvería a desearla. La respetaba demasiado. Aun así…

Se inclinó hacia la ventana. La luz seguía brillando como un reclamo en la noche. ¿Estaría acostada entre sábanas con encajes? ¿Llevaría puesto ese camisón con puntillas que tenía que ser tan delicado como su piel?

Esos pensamientos sólo complicaban más las cosas. Incómodo, se sentó y se destapó para que el frío le sofocara la sangre.

Aunque castañeaba los dientes y tiritaba de pies a cabeza, seguía teniendo ese problema concreto. Parecía que iba a durarle un buen rato.

Se tapó la cara con las manos. El día siguiente iba a ser complicado. Tenía que estar preparado. Si pudiera dejar de pensar en ella, quizá también pudiera dormir un poco.

Quizá… lo que quería al día siguiente no podía esperar.

La conversación con Willman lo había alterado. Recordaba haber sentido el silencio abrumador de Katelyn en la cocina. Él, naturalmente, no compraría una esposa, pero si ella quisiera…

¿Se había vuelto completamente loco?

Un movimiento al otro lado de la ventana llamó su atención. El destello de una visión en la tormenta que se desvaneció antes de que pudiera saltar del camastro y quitar la escarcha de la ventana con la uña del pulgar. Era ella. Un retazo de mujer, una sombra en la noche, pero el corazón le palpitó como no lo había hecho jamás.

Katelyn no pudo volver a la cama. No pudo dormir después de aquello. No pudo soportar quedarse en la casa, por muy débil que estuviera, y se dirigió hacia la puerta de atrás.

Ése día ya había pasado mucho tiempo levantada y el dolor le atenazaba el pecho. La tempestad fría y oscura cayó sobre ella. Recibió con agrado el viento helador en el alma mientras no dejaba de repetirse las palabras de su padrastro.

La cólera la invadió y todo adquirió un color negro e insondable. El malnacido le había quitado las joyas, todo lo que tenía en el mundo. Lo único que llevaba encima cuando salió de la casa de su marido. No tenía familia ni amigos ni a donde ir. Hizo un esfuerzo por alejar de su cabeza aquellos recuerdos espantosos y llegó a los establos. Se apoyó en la puerta antes de abrirla para recuperar el resuello. Si lo conseguía, se marcharía. Compraría un billete de tren y saldría corriendo.

El médico le había dicho que tenía que descansar. Le había explicado las complicaciones que temía. Ella cerró los ojos para ahuyentar el pánico que le producía el recuerdo de las manchas de sangre en el camisón, en las sábanas y en…

Eludió la imagen, pero no la idea. Se estremeció de miedo mientras el viento la barrió como si fuera el contacto de una persona en la espalda. Había seguido su consejo. Estaba tan débil que no pudo hacer otra cosa, pero ¿cómo había terminado? Había recuperado algo de fuerzas y estaba sin blanca. ¿Qué sería de ella? Seguía estando demasiado débil para viajar.

—Señora…

Una voz masculina atravesó la ferocidad del viento y la nieve. Se dio cuenta de que él estaba tocándole la espalda. El jinete la protegía de las acometidas del frío.

—La llevaré otra vez a la casa. Allí hace calor. Un hombre abrigado moriría de frío en un momento. Alguien tan frágil como usted no puede quedarse aquí.

—No puedo volver todavía.

Ella no supo por qué se lo había dicho. Él no lo entendería.

—Lo pasa mal en la casa, ¿verdad?

—Como siempre. Por eso me casé. Pensé que cualquier sitio sería preferible a vivir con ellos.

Se había equivocado, pero no le dijo la verdad. Había algo peor: vivir con un hombre que quería un hijo varón por encima de cualquier cosa, cualquier cosa, y presenciar cómo lo destruyó eso, antes de destruirla a ella.

—La desesperación puede sacar lo peor de un hombre o lo mejor — reflexionó el jinete—. En cualquier caso, pone a prueba la pasta de la que está hecho.

—¿Lo mejor? Me gustaría verlo.

Ella no lo creía. Había dejado de creer en todo.

¿Por qué no había cambiado de sitio las joyas? La furia contra Cal y contra sí misma estaba a punto de acabar con ella. Sin salud ni nada de valor estaba a merced de su padrastro. El hombre que la ofreció a Hennessey como si fuera un caballo en venta.

El jinete abrió la puerta por encima de su cabeza y ella pudo sentir el calor del heno y los caballos.

—¿No cree en la bondad de los hombres?

—No.

—¿Nunca? ¿No cree que haya un solo hombre bueno en todas estas tierras?

—Hubo uno. Mi padre fue un hombre bueno.

—¿Por qué no entra y me habla de él?

Ella supo lo que se proponía. No estaba allí por la bondad de su corazón. Ningún hombre hacía nada sin pedir algo a cambio. Ella se temía qué podía querer. ¿Qué había pasado entre su padrastro y él? ¿Le había pagado con dinero o no?

—¿Qué hace aquí fuera en una noche como ésta? —preguntó ella.

—No podía dormir. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

—¿Su próximo trabajo…?

—No. Creo que volveré a casa una temporada. No me preocupa mi próximo trabajo. Acaban encontrándome.

La agarró del codo y la llevó hacia la oscuridad. Ella se apartó. Sabía lo que estaba tramando.

—Ganará más con los caballos. Incluso con las joyas. Sacará unos cientos si las vende.

—No quiero las joyas de una mujer y tengo bastantes caballos.

¿Por qué no tenía esposa? La oscuridad lo ocultaba y él fue sigilosamente hasta el pasillo. Katelyn pudo oír el taconeo de sus botas y el sonido metálico cuando encontró un farol.

Se encendió una cerilla que iluminó trémulamente su rostro curtido. Era guapo. Siempre pensó que lo sería, pero al verlo tan cerca era arrebatador. Tenía una frente ancha sobre unos ojos muy expresivos; los pómulos altos y prominentes de sus antepasados y la misma mirada orgullosa. Una nariz recta y no muy grande, pero que encajaba perfectamente en su cara. Una boca tan firme que parecía tallada en piedra, pero que no parecía áspera. Una mandíbula fuerte, como él, y que apretaba tanto que los músculos del cuello se tensaban mientras la miraba.

—Me han repudiado, eso ya lo sabe. No fui una buena esposa.

—Me temo que eso es cuestión de opiniones.

—No quiero casarme otra vez.

—¿Cómo? Si su padrastro me la ha ofrecido, podría hacer lo mismo a alguien peor. ¿No lo ha pensado?

Notó un vacío en las entrañas. Era lógico. El jinete tenía razón. Cal había dicho que estaba buscando una solución. Una que le fuera rentable, naturalmente. Su padrastro no podía obligarla a casarse con nadie, pero podía hacerle la vida tan imposible que ella eligiera cualquier cosa con tal de salir de allí. Como había elegido a Brett.

—Suba al pajar. Tiene una buena vista.

—No quiero sentarme para estar con usted. Había venido para estar sola.

—Yo también. Podemos estar solos los dos juntos. Vamos.

El maltrecho farol iluminaba el suelo con su vaivén. Los caballos resoplaban y se agitaban molestos. Hennessey se detuvo al final del pasillo.

—¿Por qué no sube y me explica el motivo para ni siquiera pensar la propuesta que voy a hacerle?

—¿El motivo? No será provechosa para mí.

—No puede saberlo. Da por supuesto que no soy mejor que su padrastro o que el canalla que la maltrató —extendió la mano con la palma hacia arriba, como hizo con el caballo—. Al menos, acompáñeme, dígame que no y asunto zanjado.

Ella avanzó casi involuntariamente.

—Puedo decírselo aquí mismo.

—Sí, pero si me rechaza aquí y ahora, vuelvo al barracón para lamerme las heridas y mañana me marcho, nunca sabrá qué ha pasado con el caballo.

Dillon esbozó una sonrisa triunfal mientras subía la escalera con el farol en la mano. Ella siguió avanzando, como atraída por el tenue resplandor.

Él la miró desde arriba con una ceja arqueada.

—¿Tiene curiosidad?

¿Acaso no era lo que esperaba? A los hombres les gustaba dominar. Les gustaba tener la sartén por el mango. Por eso no podía casarse otra vez. Sin embargo, tampoco tenía a donde ir. Esa verdad le pesó como un yunque de una tonelada mientras se agarraba al peldaño.

—Muy bien.

El jinete la agarró primero de la muñeca y luego del codo para ayudarla a subir como si fuera una pluma. Eso le recordó lo fuerte que era. No era tan grande como Brett, pero sí más fornido. Duro como el hierro.

El poder latente en su cuerpo alto y esbelto la asustó. El contacto la confortó como un tazón de chocolate caliente en una tarde fría y lluviosa.

Se apartó cuando pisó los tablones cubiertos de heno. Rodeó un montón de heno para alejarse de él.

—La nevada está remitiendo —la voz de Hennessey retumbó en las vigas que ella estaba esquivando.

—Seguro que una nevada tan temprana es mala señal. Será un invierno largo y frío.

—Eso quiere decir que la situación de su padrastro empeorará. Esta cantidad de heno no le durará si el invierno es largo. Este verano quiso ahorrarse unos dólares y salir adelante contratando menos segadores. Puede salirle caro.

—Sé lo que está intentando hacer.

—Muy bien. No lo niego, pero es un país libre y tengo derecho a preguntar.

Ella se acordó de él en la llanura a medianoche. Se acordó de cómo la protegió mientras daba de comer a los ciervos. Se dio cuenta de que no le temía.

No era gran cosa, pero por eso lo siguió hasta el fondo del pajar, donde él abrió el portón. El aire de la noche entró.

—¿Tiene frío? —le preguntó él—. Puedo dejarle mi zamarra.

Ya estaba quitándosela. Era un chaquetón de piel vuelta con una lana muy esponjosa. Ella se dio cuenta de que sería muy suave y de que olería a él.

—No. Estoy bien. Además, no pienso quedarme mucho tiempo.

—Veremos lo que puedo hacer para que cambie de idea —él se metió las manos en los bolsillo con un gesto nervioso, impropio de alguien tan alto y fuerte—. Mire, la tormenta ha cesado. Algo es algo.

Evidentemente, no era un conquistador consumado. Katelyn apoyó el hombro contra el marco de la puerta. Tenía que ser sincera con él. Parecía como si estuviera pasando un mal rato.

—Sé lo que le ofreció mi padrastro.

—Lamento que tuviera que oírlo. Tuvo que sentirse muy mal. Quiero decir… —él vaciló y se pasó una mano por la cara—. Usted no es un animal.

Tampoco era muy elocuente. Ella se mordió el labio inferior para no sonreír. Era lo contrario que los hombres que había conocido; los amigos de su padrastro o de Brett.

—Efectivamente, no soy ganado que se compra o se vende. Me alegro de que lo entienda.

—Perfecto. Entonces siéntese conmigo. También puede disfrutar de la vista ya que está aquí —él se sentó con los pies colgando y extendió la mano para ayudarla—. No tiene prisa en volver a la casa, ¿verdad?

—Verdad.

Hennessey no sería sofisticado, pero sí era perspicaz y decía las palabras exactas para retenerla con él. Además, entendía la situación. Eso era lo importante. No iba a tomar en serio a Cal.

Sintió un alivio tan profundo como el cielo, donde se podía ver la ligera curva de la luna entre las nubes. La llanura se extendía con una quietud gélida, como expectante.

Quizá ella se sintiera así. Quizá no estuviera aliviada porque el jinete lo había entendido sino que estaba preocupada por lo siguiente que fuera a hacer Cal. ¿Adónde la mandaría antes de que hubiera podido marcharse por su cuenta? ¿A quién la ofrecería?

Cal estaba desesperado y ella lo sabía. Además, era orgulloso y lo único que le preocupaba era aparentar que las cosas le iban bien. Haría cualquier cosa por mantener la fachada. Incluso la vendería al mejor postor.

Se estremeció; repugnada, aterrada. La calma después de la tormenta. El reflejo de la luna en kilómetros y kilómetros de superficie nevada hacía que el mundo pareciera una perla. Era tan hermoso que dolía mirarlo. Se preguntó dónde estaba su horizonte, qué le depararía esa mañana.

¿Qué pasaría si uno de los peones encontraba al caballo? ¿Se quedaría con ella en vez del oro y los diamantes?

La única alternativa era escaparse esa noche, pero todavía no estaba tan fuerte como para viajar. Además, sin dinero no podía pagarse un billete de tren y no sobreviviría a un viaje en diligencia por todo Montana.

—¿Quiere saber qué pasó con el caballo?

Ella levantó la cabeza bruscamente.

—Dijo que se le escapó.

—No, dije que no lo capturé. No fui sincero. Lo alcancé en un pequeño cañón de las montañas. Me cercioré de que estaba a salvo y borré mis huellas cuando volví.

—¿Estaba malherido?

Estaba muy preocupada. Dillon pensó que le gustaba más por su ternura. En su trabajo había llegado a conocer una cantidad incontable de mujeres hermosas y privilegiadas que consideraban que sus magníficos caballos sólo eran una extensión de sus elegantes carruajes.

Siempre había pensado que a la mujer de un hombre como él por lo menos tenían que gustarle los caballos.

—Creo que la bala lo alcanzó en lo alto de una pata. No lo vi bien porque era de noche y todo fue muy rápido. Cuando lo acorralé, no me dejó acercarme. Por lo que vi, no era grave de momento, pero si la bala sigue allí, necesitará atenciones.

—¿Los otros hombres del rancho no lo encontrarán?

—No si lo saco de allí.

—Entonces, ¿lo capturará y lo domara? ¿Lo someterá? —añadió con desdén.

—No someto a los animales, los adiestro.

—¿No es lo mismo? Ahora no lleva las espuelas puestas, pero las usa. También lleva un látigo.

—No uso espuelas.

—Todos los jinetes las llevan.

—¿Dónde están las mías? —Dillon levantó una bota—. Mi abuelo fue un gran guerrero de la tribu Nez Perce. Podía hablar con los caballos. Una voz delicada, una mano delicada y un trato delicado son suficientes. ¿No me ha visto trabajar con las yeguas de su padrastro?

Ella sacudió la cabeza y se quedó mirando hacia el horizonte. Como si estuviera helada por dentro.

—¿Qué me dice si le hago dos propuestas?

Él se levantó porque ella seguía de pie. Katelyn tenía los ojos entrecerrados y se puso tensa al ver que él se acercaba.

Olía como olía su belleza. A flores en primavera y a luz de estrellas. El impacto fue ardiente, duro e imprevisto.

La deseó con una avidez que desconocía y no se creyó que estuviera allí, a punto de ofrecerse. Sin embargo, ¿cómo podía esperar que ella lo aceptara?

—No tengo mucho que ofrecer a una mujer como usted —decidió ser completamente sincero—. Tengo una casa y unas tierras al noreste de aquí. Son unas tierras buenas y fértiles. Tengo una manada de yeguas que he ido reuniendo de aquí y allá. Mi hermano las vigila. Sus tierras están al lado de las mías.

—¿También se dedica a los caballos?

Era una buena señal que todavía no hubiera salido corriendo.

—Sí. Mi casa no es como las que usted conoce. Es suficientemente sólida para aguantar los violentos vientos del norte y tiene una vista tan bonita como ésta. Le prometo por mi honor y todo lo que soy que es un sitio donde estará segura. Nadie, absolutamente nadie, le hará nada si está allí. Cásese conmigo. Nunca le daré un motivo de infelicidad.

Ella se dio la vuelta como si le hubiese hecho daño. Cualquier esperanza que él hubiera tenido se hizo añicos. No lo quería.

Sin embargo, era un hombre. Era fuerte. Podía resistirlo. Tomó aliento e intentó asimilarlo.

—¿Cuál es su segunda propuesta? Dijo que tenía dos —ella lo preguntó con tono cansino y abatido.

Él sabía que no le interesaba. Era un hombre con los pies en el suelo y le dijo lo que ella quería saber.

—Que me ayude con el caballo salvaje.

—¿Qué le hará si no acepto su propuesta? —preguntó ella con tono de preocupación.

—No se preocupe, nunca le haré daño. Su bienestar no depende que se case conmigo, pero el bienestar de usted sí.

—No puedo. No puedo volver a casarme con nadie.

—¿Por qué?

Porque tenía miedo. Porque era estéril, se contestó a sí misma. ¿Qué hombre no quería un hijo? Las habladurías se habían difundido por el rancho. Él tenía que haber oído los rumores, pero estaba allí; delante de ella. ¿Por qué? ¿Qué quería? ¿Creía que ella tenía dinero?

—Sé que la maltrataron. Sé lo que pasó.

El jinete le puso una mano en la mejilla. El contacto le dolió por dentro, como una escarcha abrasadora sobre la piel desnuda. Quizá no le doliera el contacto sino la compasión que transmitió su voz.

Ella no estaba acostumbrada a la compasión. Ningún hombre era así en la vida real. Tenía que querer algo. Ella se había blindado contra los sentimientos, había hecho todo lo posible por ser menos vulnerable y ésa era la prueba. Él creía que era rica. Tenía sentido. Brett sí era un hombre rico.

—Claro, está preparada para marcharse. No cree que un caballista sea adecuado para una dama como usted. Quizá tenga razón, pero en este momento es todo lo frágil que puede ser una mujer. Necesita tiempo para reponerse. ¿Qué me dice de lo de esta noche? Su padrastro quiere que se vaya de aquí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

—Porque no tenía a donde ir.

Ella detestaba oírlo. Detestaba lo sola que se sentía.

—¿Y ahora?

Ella sacudió la cabeza. Tampoco tenía a nadie ni a donde ir.

—Su padrastro tiene apuros económicos. Me hizo una oferta, pero va a tener más gastos. Tendrá que contratar a alguien en mi lugar. ¿Cómo va a pagar el carbón y los salarios? ¿Cuánto tardará en ofrecerla a otra persona?

—Ya lo había pensado.

—Si se queda aquí, ¿qué pasará? ¿Quiere ir al altar con Rhodes? La verdad es que a su padrastro le da igual lo que le pase, pero a mí no. Podría irle mucho peor que casándose conmigo.

Ella empezó a temblar. Fue un estremecimiento muy frío que le empezó en el alma y se adueñó de toda ella. No podía confiar en un hombre. No podía hacerlo otra vez.

Hennessey, como un caballero a la luz de la luna, se arrodilló y le tomó las manos.

—Cásate conmigo —sus palabras, profundas y sinceras, eran como una letanía en la quietud—. Katelyn por favor, sé mi esposa.

—No —ella tiró, pero él le había sujetado las manos con fuerza—. No tengo nada. Sólo tengo mi ropa y algunos libros. Cal me robó lo poco que pude llevarme cuando me echaron de mi casa.

—¿Después de dar a luz? —él se levantó—. Lo siento. Es espantoso.

La agarró de la nuca y la estrechó contra el pecho. Ella aspiró el olor a noche y nieve de su zamarra e intentó dominar las sensaciones que la abrumaban. El cuero contra la cara. El calor de su cuerpo. Su dureza. El sonido de su respiración, su ritmo.

—Te mantendré a salvo. Te lo juro.

Parecía convencido. Como si fuera capaz de mover montañas si fuera necesario. Lo notó en su contacto, en el cuerpo que la abrazaba con fuerza, que hacía que se sintiera protegida.

Casi lo creyó.

—No tengo nada de valor. Ni siquiera esta tierra. Pasará a la familia de Cal.

—Ya te lo he dicho. Yo tengo mi tierra. No lo entiendo. ¿Crees que me importa?

—¿Por qué si no ibas a pedirme que me casara contigo?

Ella se alejó de la protección de sus brazos.

—¿Es lo que piensas? ¿Crees que soy de los que se casarían con una mujer por lo que tiene? —Dillon no había estado nunca tan furioso, ni con Cal Willman—. ¿Realmente tienes un concepto tan bajo de mí?

—Quería ser sincera.

—¿Sincera? Me has mirado y has pensado que si podía maltratar a un animal, por qué no iba a casarme con una mujer por su dinero —estaba avergonzado, qué equivocado había estado—. Creo que eres la mujer más maravillosa que he conocido. Eres hermosa y amable y sé que pido demasiado. Un trabajador como yo no puede pretender que la hijastra de un hombre rico sea su novia. Aunque ella no tenga a donde ir ni nadie que la ayude.

—¿Me lo has pedido por lástima?

—No. Te lo he pedido porque no me imagino que un hombre como yo pueda ser tan afortunado de tener una esposa como tú. Si te casaras conmigo, estaría agradecido todos los días de mi vida.

—No puedo. No puedo.

El dolor gélido le atenazó el corazón mientras lo miraba alejarse. Oyó las botas bajar los peldaños y avanzar por el pasillo del establo.

Si se casara con él, no se quedaría allí; no estaría sola. Oyó el portazo. No lo necesitaba. No le interesaba su propuesta.

Entonces, ¿por qué se quedó mirándolo mientras pasaba por debajo? Se había llamado trabajador. No podía olvidar sus palabras. Sus palabras sinceras y delicadas. «Eres la mujer más maravillosa que he conocido. Eres hermosa y amable.»

Estaba equivocado, pero era un placer oír algo afectuoso. No recibía mucho afecto.

Lo vio avanzar con ímpetu, pero sin perder el dominio de sí mismo. La cabeza alta y la espalda recta. Estaba enfadado, pero ¿le había hecho daño?

OceanofPDF.com