El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 2 de 19

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El mayor de los regalos

Dos

 

Por la mañana, Katelyn fue con la taza de té hasta la ventana del comedor para ver la nevada. El paisaje estaba cubierto con un manto blanco, una blancura esponjosa que tapaba el barro y pasto seco y le daba una belleza nueva. Unas nubes grises y compactas cubrían el horizonte.

Le pareció que el cielo estaba tan bajo que si salía al jardín, podría tocarlo con la mano. Era una ilusión, pero seguía sintiendo una añoranza muy profunda. Seguramente, porque quería escapar de esa casa y de ese padecimiento.

—Te lo he dicho. Por la mañana quiero té caliente, no templado. Es completamente intolerable.

Oyó la discusión en el piso de arriba seguida de unas pisadas furiosas por la escalera.

Al parecer, su madre estaba de mal humor. Katelyn agarró la taza con fuerza y fue trabajosamente hacia la cocina. Todavía estaba débil y no podía darse prisa, pero dejó de lado el dolor que le surgía del vientre mientras los pasos airados de su madre se acercaban cada vez más. La puerta de la cocina se cerró un segundo antes de que su madre entrara en el comedor.

—Está de un humor de perros esta mañana —comentó Effie mientras hacía huevos revueltos—. No te reprocho que quieras mantenerte alejada de ella. Quédate conmigo y te daré los mejores trozos de beicon. Tienes que comer después de todo lo que has pasado. Si no, ¿cómo piensas recuperar la salud?

—Me conformo con el té por ahora, gracias.

Katelyn dio un beso en la mejilla a la anciana. Effie Kerr llevaba en esa cocina desde que ella tenía uso de razón y había sido mucho más cariñosa que su propia madre.

—Estoy demasiado alterada para comer —añadió Katelyn.

—No me extraña, tal y como se han portado; como si hubieras hecho algo malo —Effie dejó la cuchara de madera y apartó un mechón de pelo rubio de la cara de Katelyn—. Ese marido con el que te casaron es el que ha hecho algo malo. Todo el mundo lo sabe. Nunca había oído algo parecido; que deshiciera un matrimonio como él lo hizo… Supongo que él sabe cómo hacerlo, pero creo que no está bien.

—No te indignes, Effie —Katelyn tomó las curtidas manos de la anciana entre las suyas—. No era feliz siendo la esposa de ese hombre.

—Me lo imagino.

Effie volvió a los fogones. Parecía mayor de lo que era y su espalda empezaba a arquearse. Su tristeza era tan patente como el calor que irradiaba la cocina.

La pérdida de su hijo había sido muy dolorosa. Katelyn se acordó de cuando Pete Kerr intentó matar al caballo y también se acordó de que el majestuoso animal la había dejado sin aliento. Había sido impresionante, como poesía en movimiento en medio de la oscuridad, como si lo hubiera escrito William Blake, como un animal en llamas en medio de la noche.

—Siéntate, chiquilla, y termínate el té —Effie sacó una silla de debajo de la mesa que había en el rincón—. A lo mejor unas galletas recién sacadas del horno te abren un poco el apetito.

—Huelen muy bien.

Katelyn agradeció sentarse. La silla era muy cómoda y la vista maravillosa. Apoyó los codos en la mesa, ya que no había nadie que pudiera reprenderla, y miró al mundo cubierto de blanco.

Ojalá el mundo pudiera quedarse así y que cada mañana fuera distinta. Sabía que fuera la temperatura sería heladora, pero sentarse, de espaldas a los fogones y con una taza de té en la mano era el mayor placer que había sentido durante los años que estuvo casada con el juez más respetado del condado.

Se estremeció al acordarse de Brett. Se le hizo un nudo en el estómago que le amargó ese momento de paz. Aspiró el aromático té e intentó olvidarse de él. No tenía ninguna necesidad de pensar en él ni en ningún otro hombre.

Estaba mejor sin marido. Sin un anillo en el dedo. Estaba más segura.

—Me alegro de que te sientas mejor, de que te hayas levantado —Effie dejó una cesta tapada en la mesa—. No te importe comértelos todos.

El olor a bollos con canela y azúcar recién hechos le hizo la boca agua.

—A lo mejor me como uno —concedió Katelyn.

—Buena chica.

La cocinera, satisfecha, volvió a los fogones y Katelyn agarró un bollo. La superficie pegajosa le recordó a cuando era una niña y se sentaba en esa misma mesa a comer esos mismos bollos.

Algo se movió entre la nieve y la distrajo. Se metió un trozo de bollo en la boca y lo masticó distraídamente sin apartar la mirada de los cristales empañados. Sólo vio la nieve caer en el patio.

Hasta que volvió a aparecer. Una sombra fue acercándose y contuvo la respiración. ¿Sería un ciervo? ¿Un alce? Había vivido mucho tiempo en la ciudad y había echado de menos el contacto con los animales. Se puso el abrigo, fue al granero y agarró una bolsa con grano. Quizá los animales se acercaran y podría verlos comer.

Sin embargo, no era un ciervo ni un alce, era Dillon Hennessey montado en un caballo blanco y negro. Alto y erguido en la silla, parecía un guerrero de la antigüedad curtido e invencible. Como si nada pudiera derrotarlo o arredrarlo.

Notó un cosquilleo que le empezó en la nuca y le bajó por toda la espina dorsal. ¿Qué tipo de hombre era Dillon Hennessey? ¿Qué le importaba? No le gustaban los hombres; no le interesaban después de lo que había pasado.

Entonces, ¿por qué no podía dejar de mirarlo? ¿Por qué el cosquilleo era más intenso a medida que él se acercaba a la ventana?

Iba preparado para el frío y no podía verle la cara. No pudo ver nada más que lo que había visto la noche anterior en la oscuridad. Sin embargo, se notaba que era un hombre muy fuerte y su perfil entre sombras parecía granítico.

Se estremeció. Sería un hombre arisco. ¿Acaso no lo eran todos? Seguramente, emplearía látigos, espuelas y mucha crueldad para domar a los caballos.

Se le presentó la imagen del puño levantado de Brett y sacudió la cabeza como si quisiera expulsarla de allí. Le pasara lo que le pasase, nada sería tan malo como haber estado casada con aquel hombre.

Rodeó la taza de té con las manos y se la llevó a los labios. Lo olió profundamente. Tenía que serenarse. No podía ser tan asustadiza. Estaba a salvo.

Notó algo, una sensación rara, como si una pluma le hubiera rozado el lado de la cara. El jinete estaba mirándola desde el otro lado del cristal. El ala del sombrero daba sombra a su cara y sólo pudo ver su mirada azul, penetrante y tranquila, antes de que la nevada se lo tragara y ella se quedara mirando los copos con una extraña agitación en el pecho.

—Effie, ¿sabes algo del nuevo?

—¿Del caballista? —la cuchara de madera rascó la sartén de hierro—. Llegó hace un mes o así. Tu padrastro lo trajo para que se ocupara de las yeguas nuevas. Se dice que Dillon Hennessey es el mejor. No existe caballo que no pueda domar.

—Qué mala suerte para los caballos.

Katelyn se quedó mirando el bollo. Se le había quitado el apetito.

—Los caballos no sirven de gran cosa si no pueden tirar de un coche — Effie dejó la sartén en la encimera y sacó las lonchas de beicon—. He oído decir que viene de Texas, pero que trabajó un tiempo en Wyoming. Ha estado en todos lados. En California, Colorado y Nuevo México, pero siempre vuelve a Montana. Los chicos dicen que esta zona es como su casa.

—Creía que habías dicho que es de Texas.

—No lo sé muy bien. Él no habla mucho y ya sabes que Pete no se entera de nada. Seguramente, eso sea lo que él cree que ha oído decir sobre Hennessey. Yo no he hablado con él. Es muy reservado.

Un solitario. Un hombre errante. Katelyn se acordó de que la noche anterior se mantuvo separado de los otros hombres, como si estuviera por encima de ellos.

Pero, ¿por qué iba a estarlo? No era distinto. Era un caballista que llevaba espuelas y dominaba todo lo que podía al precio que fuera. Como cualquier hombre.

—Come, chiquilla, con lo que has comido no se alimentaría ni un pajarito.

Effie dejó un plato con huevos y beicon en la mesa y Katelyn arrugó la nariz.

—No tengo hambre.

—Da igual. Come o me enfadaré.

Effie lo dijo con un tono muy serio, pero sus ojos reflejaban cariño. Era el único cariño que había conocido desde que era niña. Agarró el tenedor. Haría un esfuerzo por Effie, aunque sintiera cientos de nudos en el estómago.

Effie desvió la mirada hacia la ventana.

—¿Tenías algún motivo para preguntar por Dillon Hennessey?

A Katelyn le pareció que podía ser fruto de su imaginación, pero también le pareció que Effie lo había preguntado con un tono de complacencia muy poco corriente.

—Mera curiosidad. Las cosas han cambiado mucho desde que me fui.

—Es verdad. ¿Cuánto tiempo estuviste casada?

—Cinco años —Katelyn lo sabía muy bien—. Ha cambiado mucho. Me pregunto si mi padrastro ha conseguido por fin conservar a los empleados.

—En absoluto. Si Pete no fuera primo de tu madre, hacía tiempo que nos habríamos ido. Es muy difícil trabajar para Cal Willman, te lo aseguro. Hennessey va de un lado a otro, de rancho en rancho. Creo que le pagan bien. Tuvimos que esperarlo un año y medio. Tiene mucho trabajo. Eso dice algo a su favor, ¿no crees?

—Supongo…

Katelyn miró fijamente los huevos que tenía delante. No debería haber preguntado nada sobre el caballista.

Effie se llevó el puchero de la encimera como si tal cosa, pero esa mujer no hacía nada sin algún motivo.

—Es atractivo, ¿verdad? Cualquier mujer se daría cuenta de que Dillon Hennessey es rudo como una montaña y además muy guapo.

—No me he dado cuenta.

—Mientes muy mal, cariño —Effie inclinó el puchero para llenar la taza de Katelyn—. Hasta yo, a mi edad, me fijo en un hombre guapo. Aunque, realmente, no es guapo, ¿verdad? Curtido. Imponente. Parece un hombre capaz de defender a una mujer de cualquier amenaza. Eso es lo que una mujer necesita de su marido.

—Déjalo, por favor. He tenido un marido y nunca querré otro.

—¿Qué será de ti? —Effie dejó el puchero en la mesa y sacó una silla —. He oído lo que dicen cuando creen que nadie puede oírlos. Quieren buscarte una solución y no será una agradable.

—No necesito que me busquen nada. Me iré en cuanto esté bien.

—¿Y si no piensan esperar tanto? ¿Adónde ibas a ir? Es un mundo muy cruel para una mujer sola.

—Puede ser un mundo muy cruel para una mujer casada.

—No, sólo si la mujer se casa con el hombre equivocado. Te lo aseguro, podría irte mucho peor que con Dillon Hennessey.

—¿Qué? Effie, te he pedido que lo dejaras. No puedo soportarlo.

Katelyn dejó el tenedor y apoyó la cabeza en las manos. Todavía estaba débil por el maltrato de un hombre. ¿Creía Effie que estaba deseando entregar su vida a otro hombre?

—Bueno… Bueno… —la cocinera acarició delicadamente el hombro de Katelyn—. No quería alterarte, pero ten presente que necesitas algo mejor que lo que tu padrastro vaya a buscarte. La mejor manera de salir de aquí es casándote con el hombre que tú elijas; un hombre que te trate bien, como te mereces.

—Effie… —Katelyn parpadeó para contener las lágrimas. ¿Qué haría sin Effie? Estaría completamente sola—. La comida va a enfriarse. Será mejor que vayas. Ya sabes cómo se pone mi madre.

—Es verdad —Effie puso los ojos en blanco exageradamente y se levantó con un suspiro—. Pero piensa lo que he dicho. El señor Hennessey no ha estado casado, al menos eso me han dicho. A su edad, un hombre quiere sentar la cabeza y tener hijos a los que transmitir sus conocimientos.

Effie, con una sonrisa, salió de la habitación con dos fuentes de comida.

Ella no podía darle hijos y Effie lo sabía. Todo el mundo lo sabía. ¿Acaso no había sido un motivo de habladurías desde que llegó al rancho hacía un mes? El médico le había dicho que no podría tener hijos. No le interesaba el caballista, no quería volver a estar a merced de ningún hombre otra vez, pero saber que estaría completamente sola, sin hijos ni familia, le dolía como una herida mortal.

Abrió los ojos. No serviría de nada sufrir toda la mañana. La tristeza no cambiaría el pasado. Nada podía cambiarlo. Lo único que podía hacer era seguir adelante. Hacer lo que pudiera ese día y en el solitario porvenir que la esperaba.

Dio vueltas con el tenedor a los huevos revueltos. Estaban deliciosos porque Effie era una cocinera excepcional, pero no tenía hambre. ¿Cómo iba a tenerla? Se sentía muerta por dentro y nada iba a cambiarlo, y mucho menos un plato de comida.

Sin embargo, la comida sí le daría fuerzas. Quería salir de esa casa más que cualquier otra cosa en el mundo. Llenó el tenedor con huevos revueltos y se lo metió en la boca. Masticó e hizo un esfuerzo por tragarlo.

Cuando terminó, dio un sorbo de té y miró la nevada. De vez en cuando le parecía ver un movimiento en la incesante cortina de copos blancos; era una sombra, su sombra.

Sin embargo, estaba equivocada. No había ningún hombre grandioso cabalgando en la ventisca como una leyenda viva.

¿Por qué estaba pensando en él otra vez?

No necesitaba otro hombre. Sólo quería que la dejaran en paz.

Se acarició el dedo anular. Todavía tenía una leve marca que le recordaba el anillo que había llevado; que había prometido honrarlo, amarlo y obedecerle. Fue un error tremendo, un error que no iba a cometer otra vez.

Terminó la taza de té y la dejó en la mesa. Ese día tenía más fuerza, se sentía mejor.

Quizá fuera a esparcir grano por el campo. Atraería a los animales y disfrutaría con la visión de criaturas hermosas. Quizá esa serenidad le aliviara un poco el dolor del alma.

Y se olvidaría de Dillon Hennessey.

 

Tal y como había supuesto, Dillon no volvió a ver el caballo con esa nevada. Aun así, tenía que intentarlo. Se dedicaba a los caballos y no podía dejar que se le escapara un semental como ése.

Había algo que le decía que el caballo iba a volver. De modo que él también podía volver al barracón para tomar una taza de café caliente.

Aunque la costaba abandonar la persecución. La costaba dirigirse a casa y renunciar a la posibilidad de encontrar el caballo. Era una animal magnífico. No podía olvidarlo, como tampoco podía olvidar a la mujer, a Katelyn Green.

¿Cómo iba a olvidarla? Le había parecido como un ángel bajado del cielo al verla al otro lado de la ventana iluminada por el resplandor dorado del farol. Era más que hermosa. Esa cascada de pelo dorado que le enmarcaba el rostro ovalado hacía que pareciera la bondad hecha mujer. Era una cara dominada por unos ojos de un azul muy especial, una nariz pequeña y delicada y una boca tan perfecta que sería le envidia de todas las rosas del mundo.

Si cerraba los ojos y rebuscaba en su interior la imagen de la mujer perfecta, sería Katelyn Green. Nunca había visto otra como ella y, sinceramente, lo que le atraía no era su belleza.

Era otra cosa. Algo que sólo tenía ella. No sabía qué era y era un hombre poco ducho con las palabras o los sentimientos; no conocía a las personas como conocía a los animales. Cuando esa mañana se encontró con la mirada de la señorita Green, captó la delicadeza serena que había en ella. Algo muy singular.

Allí, en las tierras que tenía al lado de su hermano, había una yegua como ella, con ojos grandes y asustados, y tardó casi dos años en conseguir que le dejara acariciar su cuello sin ponerse nerviosa. No quería decir que la mujer fuera como un caballo, pero él conocía a los caballos, no a las mujeres. Efectivamente, la mujeres era un misterio para él. Su madre murió cuando era un niño pequeño. No la recordaba. Se quedó solo con su padre y sus cinco hermanos. Su padre no volvió a casarse, nunca intentó reemplazar al amor de su vida, y en su infancia no hubo la influencia de ninguna mujer.

Como hombre, le desconcertaba la idea de acompañar a una de esas criaturas vestidas con trajes vaporosos y cuyos pies no tocaban el suelo como los de los demás mortales. Las mujeres eran completamente distintas y demasiado refinadas para su gusto.

Aunque consiguiera captar la atención de una mujer, no sabría qué hacer después. No sabía decir lindezas ni halagarlas engañosamente para engatusarlas. Seguramente, necesitaría un montón de halagos para conseguirlo. Aunque consiguiera hablar en vez de quedarse mudo, ¿qué podía decir? No tenía mundo ni educación. Sólo sabía de caballos.

No podía imaginarse acercándose a Katelyn Green para preguntarle su opinión sobre el semental que más convenía a la yegua purasangre que estaba en celo.

La misma yegua que quiso el caballo la noche anterior, cuando Katelyn Green había salido sólo con unas zapatillas y una bata, con el pelo suelto y arremolinándose alrededor de ella por el viento y la nieve. Quería saber qué había estado haciendo y por qué, si estaba decaída, se había levantado para pasear casi como un espectro.

Estaba seguro de que a sus padres no les sobraba la compasión. El aspecto implacable y los modales ásperos de Cal Willman le habían dicho todo lo que tenía que saber. Había conocido a cientos de hombres ricos como él y todos eran iguales. Eran hombres sin escrúpulos que sólo pensaban en sí mismos.

En cuanto a su mujer, era adusta como una ventisca. Se notaba por la forma de dejar de lado a su propia hija.

Le gustaría saber qué había pasado. No podía evitar sentir lástima por Katelyn Green. No podía dejar de darle vueltas. Quizá reuniera suficiente valor para preguntarle a alguno de los empleados qué había pasado para que volviera dolorida y sin hijo a casa de sus padres y qué pasaría con ella en el futuro.

Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero era un hombre. Distinguía a una mujer hermosa y disponible. Estaba más solo de lo que quería reconocerse. Llevaba mucho tiempo queriendo casarse, pero nunca había sido capaz de hablar con una mujer y mucho menos de cortejarla.

Eso había acabado siendo un problema. Tenía una casa donde no vivía. Tenía una cama donde no dormía. Tenía una vida que no vivía porque no tenía con quién vivirla. Daría cualquier cosa por tener una esposa cariñosa.

Daría su alma por casarse con una mujer como Katelyn Green.

Sin embargo, ella, aunque se hubiera repuesto de su pérdida, casi ni lo había mirado. Apostaría cualquier cosa a que no sabía su nombre. Además, ¿qué importaba que lo supiera? Él se marcharía dentro de unas semanas, en cuanto hubiera terminado el trabajo que tenía que hacer.

El nuevo caballo, muy poca cosa en comparación con el magnífico caballo negro, estaba mejorando bastante y las yeguas problemáticas estaban reaccionando. Terminaría el trabajo y se marcharía como siempre, con el bolsillo repleto de dinero, hacia el siguiente rancho que lo necesitara.

No le gustaba la idea de marcharse a finales de mes. Aunque tampoco le gustaba ese sitio. La verdad era que no podía soportar ni a Cal Willman ni a su esposa. Lo que echaría de menos, más incluso que a los caballos que había allí, era a la rubia preciosa que hacía que fuera muy consciente de que era un hombre.

¿Había oído algo o se lo había imaginado? Era la voz de una mujer.

—Así… No tengas miedo. Acércate más. No voy a hacerte nada, te lo prometo.

Tenía que ser Katelyn. ¿Quién iba a ser si no? No era Effie, la cocinera. El tono era demasiado delicado. Tampoco era la señora Willman, que tenía una lengua tan ponzoñosa que podría envenenar a una serpiente de cascabel. No podían ser las doncellas porque las dos eran chinas y hablaban muy poco inglés.

—Muy bien… ¿Lo ves? No va a pasarte nada.

Katelyn tenía que estar detrás de la elevación, a unos diez metros. Paró el caballo bruscamente. Siempre era tranquilo con su caballo, pero la idea de verla le ponía nervioso.

Estaba sola. ¿Qué debía hacer? Podía seguir cabalgando y saludarla con la mano al pasar. Podía pararse y hablar con ella. Pero, ¿qué le diría? Se le había paralizado la lengua. ¡Maldita timidez!

Podía ver el desastre inminente. Se acercaría a ella, se pararía, apoyaría el puño en la silla de montar, como había visto que hacían otros hombres para parecer más rudos, y empezaría a balbucir como un tonto.

Ella se quedaría atónita.

Un hombre curtido como él no podía ser tímido. Tenía que ser descarado. Tenía que hablar con ella como hablaba con todo el mundo.

Era rudo. Había domado caballos asesinos y se había enfrentado a un puma. Lo habían coceado, mordido, pisoteado, estrellado contra cercas y lo habían tirado al suelo infinidad de veces. Era uno de los mejores en su trabajo.

Una mujer preciosa y delicada no podía aterrarlo.

Podía hacerlo. Sólo tenía que acercarse a ella, sonreír y saludarla.

Azuzó al caballo para que acelerara el paso. Había demasiada nieve y no podía ir más deprisa, pero se habría puesto a galope tendido, habría pasado de largo junto a esa mujer y nunca más habría pensado en ella.

La vio al llegar a lo más alto de la elevación y se paró. En medio de la ladera cubierta de nieve estaba ella con un capote azul oscuro que la tapaba desde el cuello a los tobillos y con un cubo con comida colgado de la mano izquierda.

Se sintió dominado por la dicha. Parecía un ángel de Navidad. Los copos de nieve le caían en el gorro de lana, en sus delicados hombros y en sus pechos, mientras la melena dorada cubría parte de su espalda. La nieve resaltaba la curva de su cintura y sus caderas y le daba una elegancia femenina que lo dejó sin aliento. La veneración se adueñó de él como la deliciosa brisa de la mañana.

Entonces, captó un levísimo movimiento en la arboleda que había al costado de la ladera. ¿Sería un depredador? Todo el mundo sabía que a los pumas no les gustaba cazar en la nieve, que en días como ésos preferían quedarse en sus cuevas. Él había visto rastros de felinos a unos ochocientos metros al norte. Sin embargo, eso no significaba que si un puma solitario estuviera hambriento no fuera a buscar comida.

Katelyn podía ser esa comida. Estaba sola, con el cubo para dar de comer a los pájaros e inconsciente del peligro que la acechaba.

La sangre le bulló con un sentimiento protector. Con mucho cuidado, sacó el rifle de su funda y lo montó sin hacer el más mínimo ruido. Apuntó al extremo de la arboleda y vislumbró una sombra. Tensó el dedo sobre el gatillo al ver que la sombra se dirigía hacia ella.

No se movía con la velocidad de un puma. Él tomó aliento y oyó su melodiosa voz.

—Muy bien. ¿Lo ves? Nadie va a hacerte nada. Acércate. Muy bien.

Era de una delicadeza celestial. Él pensó que una voz como ésa podría amansar hasta a un puma. No era sólo la voz; era toda ella, la bondad que irradiaba. Él lo vio con toda claridad y esperó a que la primera cierva saliera de su refugio para comer el grano que Katelyn había tirado por el suelo. Era grano, no semillas para pájaros.

Dillon no podía creérselo. La cierva fue hasta ella seguida por dos cervatillos. Todos olisquearon como si examinaran a Katelyn, que permanecía inmóvil como una estatua.

Cubierta por la nieve, como una mezcla de poesía y cuento de hadas, la mujer miró a los animales mientras comían. El viento agitó los mechones dorados y le curvó las puntas como si fueran los dedos de un enamorado.

¿Sentiría eso si acariciaba su pelo? Dillon, atónito por haberlo pensado, bajó el rifle. Se imaginó que pasaba las yemas de los dedos por esa cascada dorada y supo que sería suave como la seda que se vendía en la tiendas más exquisitas, donde sólo lo más ricos podían comprar. Toda ella sería satinada…

Ese pensamiento no era muy respetuoso. Tomó una bocanada de aire para no seguir por ese camino. Era un hombre y no podía evitar desearla, pero eso no significaba que fuera a dar rienda suelta a sus pensamientos. No tenía derecho, no era su esposa.

Nunca lo sería.

No, a ella la cortejaría alguno de los hombres elegantes de la ciudad. Alguno de esos con casas enormes en la calle más selecta; alguno de esos que nunca salían ni llevaban vaqueros ni olían a caballo y cuero. Alguno de esos que después de cenar bebían brandy en el salón de su casa.

No uno de esos que se tomaban una pinta de cerveza en el barracón.

Se entristeció. Si tuviera un sueño, sería Katelyn Green.

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