El mayor de los regalos
Seis
Casi había amanecido y Dillon seguía sintiéndose como un idiota.
«¿Por qué si no ibas a pedirme que me casara contigo?» Podía recordar su perplejidad como si todavía la tuviera delante. «No tengo nada de valor. Ni siquiera esta tierra.»
Ella había creído que quería medrar casándose con la hija de un hombre rico. Aunque en ese momento no fuera tan rico, se dijo a sí mismo mientras agarraba el atizador de la chimenea.
Había estado sembrado. Su primera propuesta de matrimonio a una mujer no podía haber sido más desastrosa. Quizá debiera mantenerse completamente alejado de las mujeres. Entonces, no haría el ridículo; al menos conservaría la dignidad.
No creía que el mismísimo Shakespeare hubiera podido encontrar las palabras para describir lo humillado que se sentía esa mañana. Además, no terminó allí. Se metió en el camastro y se puso a dar vueltas pensando en ella.
Pedirle que se casara con él había sido un error de cálculo, pero se acordaba de cuando ella llegó al rancho. Hacía un mes. Él ya había conseguido algunos avances con aquella yegua alazán. La habían maltratado mucho. Effie salió de la cocina con algo de comida y entonces lo oyó.
Era inevitable enterarse cuando Effie cotilleaba porque no le parecía necesario hacerlo con un susurro. Dijo que le pobrecilla se había presentado medio muerta la noche anterior. El médico llegó y se fue y no creyó que fuera a sobrevivir.
Sintió pena por ella, por su tragedia, pero cuando la vio la noche que se descolgó de su ventana… él no volvió a ser él mismo.
Removió las cenizas y vio como revivían las ascuas por el contacto con el aire. Abrió bien el tiro porque quería un buen fuego. El barracón estaba helado. Se había levantado el primero y muy temprano. Era un buen momento para pensar y tenía mucho que pensar.
El barracón estaba en silencio, excepto por los ronquidos. Cuando los troncos ardieron, Dillon se agachó y se calentó las manos.
Fue una delicia tenerla apoyada en él. Se acordó de la sensación de su cuerpo contra su pecho. Frágil y femenina. Cuando la rodeó con los brazos y notó que el pelo se enganchaba en la barbilla sin afeitar, algo cambió dentro de él. Se le aceleró el pulso y se le despertó el alma.
Quiso protegerla; cuidarla; abrazarla. No soltarla nunca.
¿Por qué? La había visto muy pocas veces. Casi no la conocía. No sabía casi nada de ella. No sabía cómo había sido su infancia. ¿El hombre bueno que ella conoció fue su verdadero padre? ¿Había querido siempre a los caballos? ¿Por qué se casó con un hombre que la trataba mal? ¿Cuál era su comida favorita? La lista podía ser interminable.
¿Qué sabía?
Que cuando la miró el mundo de disipó. Todo lo que le había importado siempre, todo lo que él era, cobró vida como si se despertara. Hizo que se sintiera mejor de lo que era.
Ella no tenía tan buen concepto de él. Había pensado que quería dinero. Aunque, quizá, ésa era la experiencia que tenía. Quizá el hombre que la repudió había hecho eso. Quizá no vio la mujer que era sino la fortuna de su familia. Una fortuna menguante, se corrigió. Eran malos tiempos e iban a ser peores. Iba a llevarse las tres yeguas aunque Cal Willman reuniera el dinero.
No iba a marcharse de allí con una esposa. Sintió una decepción profunda y lacerante. Él la quería como esposa. ¿Acaso eso no lo convertía en mucho más ridículo? Quería a una mujer que no lo quería a él.
Oyó unos ruidos. Los hombres estaba despertándose y quejándose al tener que ponerse la ropa rígida por el frío. Había que dar de comer a los caballos y limpiar los establos. Él tenía que despedirse de los caballos. Los amigos de cuatro patas a los que entendía mejor que a los de dos.
El cielo estaba cubierto por una capa de nubes tormentosas y caminó sobre la nieve. Unos copos grandes, raudos y secos empezaron a caer. El viento llegó del norte como un torbellino.
No era una buena señal.
Abrió la puerta y entró. Era la misma puerta que había sujetado la noche anterior para que entrara Katelyn. ¿Cuánto tiempo se había quedado en el granero? ¿Habría mirado las estrellas entre las nubes y pensado en él? ¿Habría vuelto corriendo a su preciosa casa y a su cálida cama contenta de haberse librado de él?
Un relincho le llamó la atención. La yegua castaña de raza árabe, uno de los caballos que él había adiestrado, estaba apoyada contra la puerta de su establo y coceaba el suelo con fuerza para que le hiciera caso.
—Buenos días, preciosa.
Sacó un caramelo de menta del bolsillo y se lo puso en la palma de la mano, como hacía siempre. La yegua, encantada, lo tomó entre sus suaves labios.
—Voy a llevarte conmigo —le dijo en la lengua de su abuelo, que era un sonido de paz para todas las criaturas vivientes—. Eres una belleza.
La yegua apoyó la frente en su hombro como respuesta. Él sintió la calidez de ese entendimiento. La confianza. Ella confiaba en él. Habían recorrido un trayecto muy arduo juntos, pero había tenido recompensa. Sintió un afecto muy intenso. Sería una aportación maravillosa para su manada.
Terminaría pronto el trabajo. ¿Se iría a casa? ¿Se quedaría un tiempo? ¿Se marcharía incapaz de aguantar la soledad de la casa vacía? De sentarse solo tarde tras tarde, de dormir solo noche tras noche. Quizá pudiera remediarlo. Avanzó por el pasillo, sacó más caramelos de menta y acarició más hocicos suaves y ansiosos. Había muchas formas de conseguir una novia. Ya tenía cierta experiencia con una mujer. No había sido una experiencia fructífera, pero la noche anterior pudo hablar con Katelyn sin trabucarse como un zopenco. Había revistas donde las mujeres ponían anuncios para buscar marido. Quizá alguna fuera simpática, amable y delicada como un ángel caído del cielo.
El problema era que ninguna le gustaría. Ninguna sería Katelyn.
Podía hacerlo. Podía resistir a Cal. Katelyn se frotó los ojos, que le escocían por haber dormido muy poco, respiró hondo, se puso muy recta y abrió la puerta de la biblioteca.
Cal estaba sentado en una butaca de cuero muy grande con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos. La curva de su espalda era imponente entre las sombras. La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las cortinas como testigo del abatimiento que reinaba en la habitación. La derrota flotaba en el aire como motas de polvo.
Ella no se había dado cuenta de lo mal que estaba pasándolo. Había estado demasiado dolida para apreciarlo. Una sensación de presagio le sacudió las entrañas.
—Deja la bandeja en la mesilla y márchate —ordenó Cal sin moverse.
Tenía que decirlo. Tenía que ir hasta él y decírselo. Sus pies no pasaron del umbral de la puerta.
—¡He dicho que la dejes!
Cal, con la cara congestionada, se dio la vuelta violentamente. Cuando se dio cuenta de que era ella y no la doncella, la furia se convirtió en resentimiento.
—¿Qué quieres? ¿Has venido a despedirte?
Katelyn hizo acopio de fuerzas.
—No voy a ninguna parte. He venido a por mis joyas.
—¿Qué joyas? —él se levantó y la miró como una deidad colérica—. ¿Qué joyas?
—Las que robaste del tablón suelto que hay en mi cuarto. Vi que se las ofrecías al jinete.
Ella, con la cabeza muy alta, le aguantó la mirada y cerró los puños. No iba a dejarse intimidar por él ni por ningún otro hombre.
—Esos diamantes son míos y quiero que me los devuelvas.
—Si has perdido algo, es culpa tuya. No me vengas con reclamaciones.
—Es un robo y sé que el jinete podría confirmar que le ofreciste mi collar como pago.
—¿Tu collar? Lo tomé como parte del pago de la factura del médico, que es muy considerable. ¿Acaso piensas pagar tú la factura? ¿Qué me dices del alojamiento y los inconvenientes que nos has causado a tu madre y a mí?
—Devuélveme las joyas y yo, encantada, me haré cargo de mis facturas.
—¿Puedes compensarme por todo lo que he perdido con el banco? Dependo de mi reputación y mis mejores clientes del pueblo están retirando su dinero de mi banco. Tu divorcio ha sido un escándalo y está arruinándome.
—¿Arruinándote?
Lo que le había hecho Brett al repudiarla era inconmensurable y Cal quería culparla de sus fracasos con los negocios.
—El año pasado, Clemming, mi competidor perdió volumen de negocio. ¿Sabes lo que pasó? Quebró. Tuvo que vender lo poco de valor que tenía su banco y su casa, dejó el pueblo y se fue al este a vivir con unos familiares. ¿Sabes por qué?
Por su hija, se contestó Katelyn para sus adentros. No tenía las más mínima posibilidad de recuperar las joyas.
—Porque su hija se metió en líos —siguió él—. La gente pensó que qué banquero era ése. Que si no podía mantener a sus hijos por el buen camino, cómo podía llevar un banco. Eso dijeron. Perdieron la confianza y me dieron a mí sus asuntos.
—Tus problemas económicos vienen de tiempo atrás. Yo no soy la causa.
—No, pero sí serás parte de la solución —señaló una serie de papeles que había en el escritorio—. Hay está la factura del carbón. Más de doscientos dólares. El viejo Hal enterró a su mujer hace un mes. Estará encantado de quedarse contigo. ¿Qué me dices de esto? —Cal agarró un papel y lo agitó en el aire—. Un pagaré por dos de mis mejores yeguas. Creo que Johnson, el subastador, estaba quejándose de su mujer. Quizá te acepte.
—No puedes venderme y lo sabes, Cal.
Era imposible hablar con un hombre tan arrogante y que, a juzgar por su mirada, estaba desesperado. Un hombre para el que su reputación y las apariencias de riqueza lo significaban todo, y estaba punto de perderlas.
Se oyeron unos pasos sobre la alfombra. La doncella, que llegaba tarde con el desayuno, tenía una expresión de angustia. Katelyn salió del despacho y la dejó pasar para que recibiera los furiosos comentarios de Cal sobre su retraso.
Fue al vestíbulo. Se marcharía ese mismo día. Como fuera. El médico había dicho que no había recuperado las fuerzas, pero le daba igual. Haría un equipaje con todo lo que pudiera cargar. No era mucho. Lo que pudiera encontrarse allí fuera, y sola, era mejor que quedarse en esa casa.
Dillon había esperado complicaciones. Los hombres lo miraban mientras trabajaban. Le pareció una mala señal. Guardó los lazos en la alforja. Casi había terminado.
Afortunadamente, llevaba los revólveres a ambos lados de las caderas. Era un tirador diestro, pero ellos eran muchos más. Si Willman había pensado que era una diana fácil, se había equivocado completamente.
Dillon lo notó antes de que los caballos se agitaran en sus establos. Notó las intenciones del hombre antes de oír sus pisadas.
—Así que no me has hecho caso. Te dije que dejaras a los caballos en paz —Willman debía pensar que era el juez de ese asunto y estaba acompañado por Ned—. Si te llevas esas yeguas, te cuelgo, muchacho.
—¿A quién estás llamando muchacho? —Dillon no se preocupó por disimular su desdén—. Tú eres quien necesitas un pistolero, no yo. No voy a llevarme tus yeguas. Voy a llevarme a tu hijastra.
Sus ojos gélidos brillaron con sorpresa y cierta satisfacción.
—¡Ah! Entonces llévatela y lárgate.
—Ya lo he hecho —Dillon se abrió la zamarra para mostrar la pistola cargada—. Nuestros asuntos están zanjados. ¿De acuerdo?
—He acabado contigo, jinete.
Una gota de sudor cayó por la sien de Willman.
—No, yo he terminado contigo. Ned y Rhodes, no os metáis en esto. No tenéis que usar esas pistolas que lleváis —dijo Dillon—. No quiero líos. ¿Vosotros?
Ned sacudió la cabeza, pero Rhodes lo miró fijamente con la mano en la empuñadura de la pistola. Estaba esperando un motivo.
Los hombres lo dejaron pasar y él notó la mirada de Cal clavada en la espalda. Dillon cargó sus bultos en el trineo. Sus caballos lo esperaban pacientemente entre las sombras de establo.
Todavía tenía que hacer algo más. Ni siquiera la impresionante nevada le impidió que se dirigiera hacia la casa principal. No llamó. Decidió que no necesitaba permiso para llevarse lo que era suyo. Hizo caso omiso de la señora Willman que estaba en la mesa del comedor y cruzó el vestíbulo.
Llamó a su puerta y la abrió.
La habitación estaba inmaculada. La cama tenía una colcha de satén y unos almohadones a juego. La alfombra y las cortinas también hacían juego entre sí. El pequeño escritorio y el tocador estaba llenos de objetos muy delicados.
Dirigió la mirada hacia el armario, que estaba abierto y vacío. Katelyn se había marchado.
Cuando Dillon había recorrido un kilómetro, la tormenta era aterradora. Afortunadamente, él era un rastreador muy bueno. Le había enseñado su abuelo, el guerrero indio, que cazaba al estilo tradicional. La nieve caía copiosamente, pero había encontrado una pista.
Estaba acercándose. Apartó la nieve recién caída sobre la leve pisada de una mujer. La pisada de Katelyn. Se imaginó el pie que la había dejado. Pensó en esa mujer y pasó el dedo cubierto por un guante por el contorno de la huella.
Sólo de pensar en ella notaba el pecho henchido de delicadeza. Era una sensación rara que se extendía por debajo del esternón.
Parecía que ella estaba cerca de la alambrada que seguía el camino hacia el pueblo. Sería fácil encontrarla. El viento soplaba con fuerza y hacía que la nieve lo tapara todo. Ella, al menos, era bastante lista para encontrar el camino. Mucha gente se perdía en esas tormentas y acababa vagando por la llanura hasta morir congelada.
Le castañeaban los dientes y tenía la manos metidas en las axilas para que no se le congelaran. Los patines del trineo se deslizaban por la nieve y los cascos de los caballos chocaban contra el suelo. ¿Por qué la seguía? A lo mejor ella estaba ya en el pueblo bebiendo una taza de té caliente frente a la chimenea del hotel más elegante.
Le pertenecía. Ése era el motivo. La habían maltratado y él se dedicaba a sanar los corazones maltrechos. Todos y cada uno de los caballos con los que había trabajado tenían motivos sobrados para no confiar en los hombres. Se acordó de su mirada de tristeza la noche anterior y supo que Katelyn lo había pasado peor que mal. La habían traicionado, abandonado y repudiado. Él también había trabajado con caballos en esas circunstancias.
Vislumbró una sombra entre la cortina de nieve.
—¡Katelyn! —gritó con las manos en la boca.
Era una leve forma que aparecía y desaparecía entre la ventisca. Tenía que estar medio congelada. El abrigo tan refinado que llevaba no podía protegerla.
—Katelyn… —repitió aunque el celoso viento se llevó sus palabras.
La agarró del brazo y señaló hacia el camino por donde habían llegado. La cortina de nieve volvió a caer y la borró de su vista. Se quitó la nieve de los ojos y soltó una maldición. Era un disparate. Ni siquiera podían hablar. ¿Por qué estaba ella allí? ¿Tan mal concepto tenía de él?
Él no iba a obligarla a casarse. Estaba helado hasta el tuétano y cada vez de peor humor.
Volvió a agarrarla del brazo para indicarle que pensaba llevarla de vuelta a la casa, pero en ese momento preciso, la tormenta cesó. El viento se quedó en silencio y dejó de nevar. Los latidos del corazón se le apaciguaron y, milagrosamente, la mano enguantada de ella lo agarró de la zamarra. Él supo la pregunta antes de que ella se quitara la bufanda de la boca con la otra mano y gritara. Dillon sacudió la cabeza. No podía oírla.
—Casa —él dijo la única palabra que importaba.
El puño le retorció más la zamarra y él notó la desesperación.
—Demasiado frío —insistió Dillon.
—No —ella fue tajante.
¿Estaba tan desesperada como para escapar de él? Soltó la mano de la zamarra y la tomó entre las suyas.
—… pueblo… —una ráfaga de viento se interpuso entre ellos—. Por favor.
Iba a matarlo, pero se tragó el dolor por su rechazo. Si no hubiera dicho «por favor» con tanta angustia que ni la tormenta podía mitigarla… La ternura le atenazó el pecho y lo dejó impotente.
Las lágrimas estaban congelándose en sus mejillas y volvió a taparle la cara con la bufanda. Le secó las lágrimas antes de que le abrasaran la delicada piel. La vista se le había adaptado a la ventisca y pudo ver los ojos almendrados de ella entra el gorro y la bufanda. Notó la súplica como si se la hubiera dirigido directamente al alma.
—Vamos.
La agarró con fuerza del brazo, la protegió como pudo con su cuerpo y la llevó hacia una de las yeguas. Dejó su mano sobre el cálido flanco del animal y se acercó a su oído.
—¿Puedes montar?
—No voy a volver. No voy a volver —contestó ella con la obstinación del viento.
—Muy bien. Déjame que te ayude.
—No necesito ayuda.
—Sí la necesitas.
Ella no lo quería, pero ¿podía confiar en él? Orientarse y avanzar en medio de vendaval de viento y nieve era más difícil de lo que se había imaginado.
—¿Me ayudarás de verdad? —preguntó ella muy cerca de su oreja—. ¿No vas a engañarme?
—No soy de ese tipo de hombres.
Ella no sabía qué tipo de hombre era, pero necesitaba ayuda. Podía seguir la alambrada sólo hasta allí. ¿Encontraría el camino que llevaba al pueblo? Todas las señales estaban tapadas por la nieve y la tormenta era impenetrable.
Ella no podía ver al jinete, por muy cerca que estuviera, pero él sí la veía porque la agarró del codo para sujetarla. Estaba ofreciéndole que montara en el trineo. Agotada y helada, levantó un pie sin soltarse de Dillon y se sentó con un suspiro de agradecimiento.
Notaba los copos nieve en la cara como si fueran miles de astillas congeladas arrastradas por un viento infernal, pero el jinete la cubrió con unas mantas. Lo vio fugazmente, el sombrero y el perfil, pero la tormenta la envolvió y se lo quitó de la vista. Se sintió sola en un mundo vasto y helador. Apretó los dientes para que no castañearan.
Entonces, él se montó a su lado. Notó su muslo de hierro y el hueso del codo cuando agarró las riendas. Ella le pertenecía. Lo sintió. No tuvo que darse la vuelta para saber que las yeguas árabes no estaban atadas detrás de trineo. No tuvo que preguntarle si había aceptado las joyas como pago. Se había quedado con ella.
Se sintió impotente y desdichada. ¿Qué porvenir la esperaba?
La noche no llevó cobijo, sólo el interminable rugir de la ventisca y el martilleo de la nieve contra la espalda. El tiempo se alargaba eternamente. El agotamiento se adueñó de ella como si fuera plomo. Estaba tan cansada que no podía preocuparse por lo que pudiera pasar. Se dejó caer contra el costado del jinete y se le cerraron los ojos.
OceanofPDF.com