El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 9 de 19

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El mayor de los regalos

Nueve

 

Dillon se despertó con un sobresalto. La puerta se cerró y él parpadeó mientras miraba alrededor. Se había dormido. Se pasó los dedos por el pelo y notó los calambres en la espalda.

Katelyn se los compensó. Esa mañana tenía mejor aspecto. Seguía pálida como las sábanas, pero estaba mejor. Contuvo las ganas de acariciarla. De pasarle los dedos por los pómulos. De besarle la punta de la nariz. Algún día lo haría. Algún día besaría sus labios sonrosados. Algún día la estrecharía contra el pecho mientras dormía.

La sangre le bulló y apartó esos pensamientos de su cabeza. Esa mujer era suya y pensaba respetarla y honrarla; tratarla tan bien que sólo lo quisiera a él.

El moratón de la mejilla era una sombra muy leve, pero cada vez que lo miraba sentía una punzada de rabia. La habían maltratado brutalmente. El sueño de la noche anterior… Tuvo que ser espantoso para ella. Pasó la mano por su cara. Sería mejor que nunca se cruzara con el juez que había sido su marido, que la había arrojado a la calle como si fuera basura. Conocía a ese tipo de hombres. Había trabajado en los ranchos de muchos hombres ricos y sabía que en los corazones de los ricos anidaba la misma vileza que en los de los pobres. Los ricos la barnizaban mejor con el dinero. Sólo un cobarde pegaba a una mujer. Sólo un hombre muy rastrero abandonaba a una mujer porque no le había dado un hijo varón.

Él deseó poder decirle que sería feliz con una docena de hijas. La idea de tener una familia con ella le atenazaba la garganta. Le abrasaba los ojos. Lo mejor sería tenerla de esposa. La adoraría. La querría tanto que ella se olvidaría de cualquier otro hombre.

Katelyn parpadeó y gimió. ¿Sería otra pesadilla? La idea de que ella tuviera miedo lo desesperaba. ¿Debía despertarla o consolarla? Ella se lamentó otra vez con un sonido grave y penoso. Tomó su cara en una mano. Quiso transmitirle que estaba a salvo y lo estaría siempre.

Ella dejó de gemir y apretó la mejilla contra su mano. Se le partió el corazón y derramó todo el amor que sentía por ella. Katelyn abrió los ojos, lo vio y suspiró con un sonido parecido al alivio. La había reconfortado y eso le encantaba.

—Buenos días —la saludó porque para él era el mejor día de su vida—. ¿Qué tal estás? ¿Quieres algo? ¿Té? ¿Agua?

Ella echó una ojeada por la habitación.

—¿Dónde está la señora Miller?

—Ha debido de ir abajo. ¿Qué necesitas? Yo te lo traeré.

—Yo, mmm, necesito a la señora Miller —ella se mordió el labio inferior.

—¿Por qué? Yo te ayudaré… —Dillon cayó en la cuenta—. Claro. Iré a por ella. Espera un momento.

Dillon, abochornado, salió del cuarto sin mirarla. Encontró a la señora Miller en la cocina preparando unos huevos revueltos. Era el desayuno para los demás huéspedes. La convenció para que lo dejara hacerse cargo. Había cuidado de sí mismo durante trece años y sabía manejar una sartén. Además, Katelyn la necesitaba y eso era más importante que hacer el desayuno a unos desconocidos. La señora Miller lo llamó impertinente, que no era lo peor que le habían llamado en su vida, y le dio la espátula.

Él buscó otra sartén, derritió mantequilla y frió unas patatas. Cocinar en unos fogones era un lujo. ¿Cuantas noches se había hecho la cena en una fogata? Muchísimas. Había llevado una vida muy solitaria, pero, quizá, esa soledad hubiera llegado a su fin. Haría todo lo posible para que fuera así.

 

—Esta mañana se siente mejor, ¿verdad? —le preguntó la señora Miller mientras dejaba una taza de té en la mesilla—. Es una suerte que el señor Hennessey se preocupe tanto. Ha pasado aquí toda la noche, aunque sea muy incorrecto. No he conseguido que se marchara.

—Sé que usted también se ha quedado. Gracias.

—Las órdenes del médico, señorita, que todavía están vigentes. Túmbese. El médico fue muy claro en ese sentido. Ha pasado por algo muy grave. Yo también perdí un hijo. El primero. Todavía lo llevo clavado en el corazón. Aunque fue hace treinta años.

—Lo siento —Katelyn contuvo la oleada de tristeza que iba a dominarla.

—Yo también. Es difícil asimilar tanto dolor, pero el tiempo me ha ayudado. Algún día tendrá más hijos, como yo he tenido, y eso la ayudará a llenar ese vacío. Creo que el señor Hennessey podría servirle de ayuda. Un soltero a su edad… es muy serio y está buscando esposa.

Katelyn también intentó contener ese dolor. La posadera no sabía que nunca tendría más hijos ni familia que le llenara ese vacío. El porvenir era un espacio en blanco. Ella sola.

—Un hombre de esa edad será un buen marido. Hágame caso —la señora Miller ahuecó las almohadas—. Ha visto mundo. Se ha librado de todas las tentaciones. Ya ha hecho todo lo que quería hacer y será un marido estable. Ya lo he visto otras veces. Créame, si vive lo suficiente, conocerá la pauta de las cosas. El señor Hennessey la adora. ¿Espera que le ofrezca un anillo pronto?

—Sólo espero poder levantarme pronto de esta cama —Katelyn no quería pensar en Hennessey—. No puedo pagarle lo que le debo, pero a lo mejor puedo trabajar aquí.

—Se preocupa demasiado —la señora Miller se paró junto a la cama y le dio una palmada en la mano—. Primero recupérese y luego preocúpese. Además, no está sola. Eso era lo que intentaba decirle. Cuando un hombre como su señor Hennessey la corteja, va en serio. Él ha pagado su estancia aquí. Y también al médico, creo.

Ella, molesta, desesperada e irritable porque no se encontraba bien, quiso decirle que no era su Hennessey. Sin embargo, respiró hondo y empezó a contar. Cuando llegó a catorce, se había sosegado. Se alegró porque él apareció por la puerta como si tuviera algún derecho sobre ella. Parecía satisfecho consigo mismo, confiado e insolente. Dominó la habitación con su presencia.

Ella debería odiarlo por eso, por hacer que se le acelerara el pulso y le volvieran los recuerdos. Su voz cuando leía en voz alta para que se durmiera; su caricia en la cara para reconfortarla y cómo había cedido ella y había estrechado su mejilla contra la cálida palma de la mano. Estaba avergonzada de haberlo necesitado. Ya no lo necesitaba.

—Ya sé que el médico ha dicho que tomes caldo y té, pero me he imaginado que tendrías hambre.

Ella se dio cuenta de que llevaba una fuente con huevos revueltos, queso derretido encima, trozos de cerdo crujiente y patatas fritas en mantequilla. La señora Miller se llevó la mano a la garganta.

—¡Caray! ¡Sabe cocinar! No puedo creerme lo que estoy viendo. Creí que corría el riesgo de que espantara a mis huéspedes si lo dejaba solo en la cocina.

—Soy un hombre de palabra —él guiñó un ojo para quitar hierro a su afirmación.

Sin embargo, era una verdad que Katelyn no se atrevía a creer.

—He dejado las fuentes en el homo. No sé las habitaciones de los huéspedes.

—Será mejor que vaya.

La señora Miller se acercó a él, se detuvo para mirar la fuente que llevaba en las manos, sacudió la cabeza con incredulidad y, con una sonrisa de felicidad, salió al vestíbulo.

—¿Tengo razón? ¿Tienes hambre? —preguntó Dillon mientras se acercaba a la cama.

—¿Y tú? ¿Dónde está tu comida?

—No se lo digas a nadie, pero he probado toda la comida de la cocina —acercó la silla y se sentó—. Supongo que estarás acostumbrada a una cocina mejor, pero al menos está caliente y puede comerse.

—Huele muy bien —la boca se le estaba haciendo agua—. No sabía que los hombres supieran cocinar.

—Me crié con seis hermanos y sin madre. Mi padre cocinó hasta que yo tuve diez años. Luego, me hice cargo.

Dillon agarró otra almohada y se la puso detrás de la espalda para que se sentara. Estaban tan cerca, que Katelyn pudo notar el calor de su cuerpo y una calidez que se adueñaba de ella. También olía bien; era un olor masculino y a madera.

—¿Estás cómoda?

Él la miró a los ojos y fue un contacto más inquietante que si la hubiera tocado. Un contacto que la dejó sin respiración y la aturdió. Ella consiguió asentir con la cabeza.

—Muy bien.

Él, satisfecho, agarró una bandeja de la mesilla, ella supuso que era la del té del día anterior, y se la puso sobre el regazo para que pudiera comer.

—Su desayuno, señora. Cocinado especialmente para usted.

—¿Y los demás huéspedes? —preguntó ella—. ¿No has cocinado para ellos a la vez?

—Estás desconcertando a un hombre que te corteja y, según he oído en ciertos círculos sociales, eso es muy descortés —él se sonrojó levemente—. Esperaba más de ti, Katelyn.

—¿Un hombre que me corteja? Creía que esperabas ser mi dueño. Como te prometió mi padrastro.

Una ceja muy oscura se arqueó en una cara que no parecía cruel ni enfadada. Imposible en Hennessey, que con su mirada penetrante y sus manos diestras podía encandilar a un caballo a la luz de las estrellas. Su contacto también podía encandilarla. Él había posado una mano en su hombro, justo al lado del cuello, y con su pulgar trazaba un atrevido círculo en la base de su cuello. Era una caricia posesiva. Quería detestarlo, quería decirle que la dejara en paz, pero era algo más que posesiva.

—Éste será un país libre, pero es el país del hombre. No te preocupes, no voy a obligarte a que te cases conmigo. No soy de ese tipo de hombres. Sin embargo, tengo la esperanza de que te lo plantees.

—¿Estás proponiéndome matrimonio otra vez?

—No. Estoy cortejándote. Proponértelo sería empezar la casa por el tejado.

—Pero la oferta de mi padrastro…

Ella no pudo terminar. No pudo reconocer que era una mujer que ningún hombre querría. Además, no tenía por qué decirlo. Todo el mundo en el rancho sabía cuál era su situación y estaba segura de que el jinete también lo sabía.

—La oferta de Willman fue una crueldad. Te ayudé a salir de esa casa porque nunca había visto una mujer mejor que tú. No soy gran cosa, pero recuerda que tengo mis tierras en Montana, que trabajo mucho y que seré mejor para ti que cualquier otro hombre de este país.

—Querrías dominarme como a esos caballos que sometes.

Ella no se engañaba, pero el atractivo de su voz y su fuerza la enganchaban como un anzuelo y tiraban de ella cuando quería escapar.

Su pulgar le recorrió el cuello y le acarició la barbilla. Era hipnotizador. Brett nunca la había tocado así. Ella cerró los ojos, intentó cerrarse entera a esa necesidad.

—No someto a los caballos —él se inclinó para susurrarle al oído—. Les demuestro que pueden confiar en mí.

—¿Confiar? He visto cómo se someten los caballos para poder montarlos.

—No has visto cómo lo hago yo.

Sabía que no lo había mirado por la ventana como la había mirado él. Si lo hubiera hecho, sabría que no doblegaba a los caballos, que no usaba espuelas ni látigo. Utilizaba el contacto y las palabras. ¿Serviría eso con una mujer?

—Mi padre se dedicaba a los caballos.

El afecto le bajó la guardia y la tensión desapareció debajo de las manos de Dillon.

—¿De verdad? Entonces, el rancho era suyo…

—Hace mucho tiempo. Yo tenía seis años cuando él murió. Lo suficientemente mayor para recordarlo, para darme cuenta del vacío en mi vida cuando falleció.

—¿Fue un accidente? Muchos hombres morían al domar caballos. Era muy frecuente en su profesión.

—Se cayó en primavera y murió a mediados de verano.

Dillon notó su tristeza como si fuera propia. Ella amaba a su padre y pudo imaginarse el resto. Una viuda sola para hacerse cargo de un rancho; unas tierras y unos caballos que suponían una pequeña fortuna; un banquero despiadado y que adoraba al dinero por encima de todas las cosas. Todo eso explicaba lo que había presenciado en el rancho familiar de Katelyn y que casaran a la hijastra para mejorar la posición social de la familia. No se había casado por amor.

Era importante tenerlo en cuenta. Una mujer necesitaba que la quisieran, como un hombre. Quería encontrar a alguien que completara su corazón. Como le pasaba a él.

Le pasó la palma de la mano por el hombro y a lo largo del brazo. Ella cedía a su contacto. Era algo muy sutil, como si fuera un gato que buscaba sus caricias. En apariencia, no se movía en absoluto, pero él notaba una leve elevación; aunque quizá fuera un deseo de afecto.

Era el primer paso en el peligroso deseo que sentía él.

—Come antes de que se enfríe la comida.

Él apartó la mano, rompió el contacto, pero no la conexión. Ella levantó el tenedor, probó la comida y se le iluminaron los ojos.

—Está muy bueno. Gracias.

Otro paso. Pequeño, pero seguro.

—Ha sido un placer.

La tímida sonrisa de ella fue todo el estímulo que necesitó. Agarró un libro que había dejado en la mesilla, un libro que había sacado del fondo de una de sus alforjas.

—¿Te gusta Dickens? —preguntó él.

—Me encanta —contestó ella con un brillo en los ojos.

Dillon, más confiado, abrió el libro por la primera página. Afortunadamente lo había leído infinidad de veces, si no, se trabucaría todo el rato. ¿Cómo iba a concentrarse si tenía las manos húmedas y empezaba a notar sudor en la frente? Quizá por eso nunca hubiera sido capaz de cortejar a una mujer.

Leyó mientras ella comía. Hizo un esfuerzo por concentrarse en la historia cuando ella lo abrasaba y hacía que se sintiera como si tuviera el pecho abierto, como si ella pudiera ver todo lo que era, ¿y lo que no era?

¿Qué tenía que hacer para que lo quisiera? Iba a descubrirlo.

Él había dicho que esperaba que se lo planteara, que se planteara casarse con él. Ella intentaba no tenerlo presente, pero cada vez que lo miraba se acordaba. Una y otra vez. Hasta que tuvo que rendirse a la evidencia. Su padrastro la había entregado a Hennessey y él intentaba cortejarla con su estilo vacilante e inexperto.

Ella se sabía la historia de memoria y él estaba destrozando la narrativa de Dickens. Se equivocaba y perdía el hilo aunque intentara disimularlo.

Brett la había cortejado con las palabras y los regalos indicados. Había sido encantador y había conseguido que ella creyera que podía ocuparse de todo.

—¡Uf! Tengo que beber agua —Dillon se aclaró la garganta y dejó el libro en el borde de la cama—. ¿Quieres algo? ¿Un té? ¿Agua?

—No, gracias.

—¿Quieres otra cosa de la cocina? La señora Miller tiene café y zumo de manzana, creo.

—No, gracias.

—¿Estás segura? —él agarró la jarra y se sirvió—. Las tiendas están abiertas. Si quieres voy a la calle y te traigo lo que quieras.

—Eres un hombre muy servicial.

—Será porque quiero darte una buena impresión —él sonrió por encima del borde del vaso—. ¿Da resultado?

—Depende de cuál sea esa impresión.

—Mostrarte el marido que podría ser —Dillon dio un sorbo—. Útil, considerado… Tengo entendido que tener la capacidad de traer la cosas es muy apreciado en un marido.

—No, eso es en un perro —bromeó ella.

—Tienes razón —Dillon se rió de sí mismo y dejó el vaso con un gesto de incredulidad—. He hecho el ridículo, ¿verdad?

Ella se encogió de hombros para no darle la razón. No tenía experiencia cortejando mujeres, pero era sincero. Se había ocupado de ella, durante el poco tiempo que lo conocía, más que su madre en toda su vida. Por no hablar de su marido, que había jurado quererla y honrarla eternamente ante Dios y un centenar de testigos.

El jinete la había cuidado con la apariencia recia de un hombre de campo. Había conseguido que volviera a soñar con un simple roce de sus manos grandes y curtidas. Ella no quería que pasara eso.

—Por eso dijiste lo que dijiste sobre la impresión que quería darte. Me parece que no estoy haciéndolo muy bien.

—No había visto nada peor, es verdad.

—Soy un caballista. Conozco a los caballos, pero no sé embelesar a las mujeres.

—¡Ah! ¿Estás intentando embelesarme?

—Sin ningún resultado. Evidentemente, no estás embelesada.

Parecía avergonzado, pero tenía algo asombroso, algo que la atraía tanto que sólo podía fijarse en él mientras se sentaba en la cama a su lado, aunque no fuera nada correcto. Quizá ella no quisiera que fuera correcto. El pulso se le aceleró y esperó que volviera a tocarla. No estaba embelesada, era mucho más.

—Ha merecido la pena intentarlo.

No parecía arredrado. Parecía tan digno como siempre, con la espalda recta y el gesto firme, pero había algo en sus ojos… ¿Lo habría ofendido?

Él recuperó el libro y lo miró como si se lo pensara.

—¿Quieres que siga leyendo para entretenerte o también ha sido un intento ridículo?

Era la ocasión de que se fuera. Entonces, ¿por qué había alargado la mano? ¿Por qué se iluminó un rayo de esperanza cuando posó la mano en la mano de él?

—Me encanta la lectura.

—¿De verdad?

Él ladeó la cabeza y la miró como si quisiera captar su sinceridad. Luego, aumentó la intensidad, como si quisiera llegar hasta su corazón.

Ella se tapó el pecho con la manta. Tenía que marcharse inmediatamente. Era un error dejar que se quedara, que creyera que iba a plantearse el matrimonio, que siguiera cortejándola.

—Entonces, seguiré leyendo hasta que me digas que pare.

Iba a besarla. Lo supo como si él se lo hubiera dicho. Los ojos se le oscurecieron y la miraron a la boca. Sus labios se separaron como si estuviera preparándose. Lentamente, mientras los labios de ella palpitaban de miedo y deseo, él se inclinó.

La habitación se nubló y la luz se apagó. Él la besó en la boca apasionadamente. Fue un beso que empequeñeció a cualquier otro. Firme y rendido al mismo tiempo. El placer la dominó como un resplandor repentino.

Dillon tomó su cara entre las manos y la besó con todo su corazón. Tanta belleza la obligó a corresponderle.

Él se apartó y la dejó deslumbrada y aturdida, irreversiblemente cambiada. ¿Cómo podía hacer tanto un beso? ¿Cómo podía alcanzarle el corazón a través de tanta aflicción? ¿Cómo podía hacer que sintiera? Lo había conseguido. Por encima de su pérdida, por encima de la traición de su marido, Dillon Hennessey había conseguido que se sintiera nueva. Había conseguido que se sintiera viva. Plenamente viva y había vuelto a ser una mujer con deseos y necesidades.

Él abrió el libro y empezó a leer como si no hubiera pasado nada extraordinario. Su voz grave, aterciopelada como las sombras en penumbra, la envolvió, la abrigó, la cobijó. Ya no oía la historia de Dickens, sino a Hennessey, al hombre firme, amable y orgulloso que era.

¿Qué tipo de hombre era en realidad? ¿Por qué quería que volviera a besarla? Avergonzada por necesitarlo de esa manera, cerró los ojos. Intentó contener la oleada de sensaciones que no entendía. Se negó a seguir.

Si quería que la besara otra vez, sólo tenía que incorporarse. Sabía que él la abrazaría con sus poderosos brazos y que le daría, por un instante, la ocasión de estar viva otra vez.

Llamaron a la puerta y Dillon cerró el libro.

—Es el médico.

Dillon le levantó la mano y le dio un beso en la palma. Una caricia ardiente que hizo que soñara que se podía amar a una mujer como ella; aunque fuera un poco.

—Esperaré fuera.

Él le dejó la mano en el vientre con cariño y autoridad. Ella no pudo mirarlo mientras se alejaba. Detestó que el taconeo de sus botas se filtrara en todos sus sentidos y sólo existiera él. Él mientras hablaba en voz baja con el médico y mientras cerraba la puerta. Podía sentir su presencia en el pasillo como una fuente de calor sólo para ella.

Miró al médico con una sonrisa vacilante. Contestó sus preguntas. Soportó la exploración. Atendió a sus consejos.

—Le debilidad durará un tiempo —el médico acercó una silla y se colocó bien las gafas mientras la miraba sombríamente—. Ha perdido mucha sangre por el parto.

—Sé que tardaré en reponerme, pero ¿cuánto?

—Ha tenido una recaída por el viaje. Tardará mucho en superar el trauma y lo que más me preocupa es su recuperación emocional. La pérdida que ha sufrido es la peor que puede tener una mujer.

Las lágrimas le abrasaron los ojos, pero Katelyn hizo un esfuerzo por contenerlas.

—Hago todo lo que puedo.

—También necesita tiempo para eso.

Ella sabía que el médico intentaba ser amable, pero, por algún motivo, su compasión le dolía más.

—No me ha contestado. Me preocupa que la factura del hotel y sus honorarios van creciendo. Tengo que poder trabajar.

—Tiene que curarse. Calculo otras dos semanas. No tiene fiebre ni otras complicaciones. Volveré dentro de unos días. Si empeora, llámeme.

Él se levantó para marcharse y Katelyn intentó conservar las esperanzas cuando hizo la pregunta.

—¿Cree que no puedo tener más hijos?

El médico se quedó helado y apesadumbrado.

—Con certeza, no puede tener más hijos. Lo siento —contestó él.

—Gracias.

Esperó a que el médico se hubiera marchado para soltar la primera lágrima. Era el vacío, el final. La certeza de que no acunaría a un hijo entre los brazos. No tendría una familia. Había perdido la única ocasión.

¿Qué podía importarle el beso de un hombre? Escondió la cabeza entre las almohadas cuando la puerta se abrió otra vez. Eran los pasos de Hennessey. Era la caricia de Hennessey en la espalda. No la consoló. Tenía el corazón helado y las esperanzas congeladas.

Había dejado que la besara. Dillon no podía pensar en otra cosa mientras la miraba dormir. Ver su pelo caer a lo largo del cuello y vislumbrar un poco de su piel por el escote del camisón le quitaba todas las fuerzas. Era muy especial. Seguía sin entender que un hombre la hubiera rechazado. Era hermosa, inteligente y amable. Tenía un corazón de oro y un halo invisible alrededor de la cabeza. Estaba seguro porque cuando la besó, cuando sus labios rozaron los de ella, el deseo que tenía almacenado ardió como un infierno. ¿Qué más podía pedir un hombre?

 

No había ninguna mujer en el mundo tan especial como ella y tenía alguna posibilidad de que ella lo aceptara. Tenerla como esposa y amante…

La idea de meterse en su cama casi lo hace añicos. ¿Qué se sentiría al soltarle los lazos del cuello y deleitarse con sus pechos y entrar hasta lo más profundo de su cuerpo de mujer?

El médico había dicho que al día siguiente podría levantarse un rato. Dentro de una semana o dos, como mucho, ella tendría suficientes fuerzas y podría comprar un billete de tren para abandonarlo para siempre. Tenía que darse prisa. La había besado y ella lo había permitido y le había correspondido. Eso significaba que seguiría adelante con su plan de enamorarla; de demostrarle el hombre que era. Quizá no fuera un hombre cultivado y rico, pero era recto y la amaría como ningún otro hombre lo haría. Si conseguía demostrárselo, ¿le importaría a ella? ¿Se marcharía aunque le entregara su corazón y le mostrara su alma?

Además, ¿cómo podía contenerse un hombre si tenía delante lo que había anhelado toda su vida? ¿Pasaría el resto de sus días desolado por su pérdida?

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