El mayor de los regalos

Jillian Hart · Capítulo 7 de 19

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El mayor de los regalos

Siete

 

Dillon vio cómo se le cerraban las pestañas y su respiración tomaba una cadencia sosegada mientras sus dedos seguían agarrados al borde de la manta.

Una vez dormida, no parecía ni herida ni recelosa. Era como un ángel sin preocupaciones ni dolor en la cara. Él se ocuparía de ella. Era una promesa que pensaba cumplir.

El viento había amainado y la nevada era menos intensa, pero era difícil viajar así, con la única compañía de la solitaria llanura. Sin embargo, con un poco de suerte, esa noche dormiría en su casa. Su casa quizá fuera su hogar si estaba Katelyn. Quizá ella quisiera quedarse cuando la viera. Tenía caballos y un hermano al que echaba de menos. Quizá acabara teniendo un motivo para quedarse.

Se agitó en sueños con un sonido muy delicado. A él le pareció poesía. Como la calidez de su cuerpo, el contacto de su muslo, el encanto de su mejilla al moverse, la cabeza que buscaba un sitio más cómodo en su hombro.

La ternura se asentó en su corazón. Se quedó un rato mirándola; escuchando el suave ritmo de su respiración; memorizando la cavidad del centro de su carnoso labio superior; preguntándose cómo serían sus besos.

¿Sería suya? Era peligroso pensar que lo sería. Ella había dejado muy claro lo que sentía hacia él. Sin embargo, una mujer en su situación, sola y sin nadie que pudiera ayudarla, quizá necesitara un amigo o un sitio al que considerar su hogar.

Todo era posible.

Eso significaba que su trabajo consistía en protegerla. En ocuparse de ella. Era un hombre que se tomaba en serio el trabajo. Preocupado, se quitó el guante y metió los dedos por debajo del guante helado de ella. Tenía la piel suave y fría, pero no mortalmente fría. Se encargaría de que estuviera a salvo mientras dormía. Mirarla era muy íntimo. Podía ver las venas diminutas de los párpados; podía trazar la línea recta de su nariz; podía oler su delicado aroma a lilas.

¿Existía la más mínima posibilidad de que fuera suya? ¿Podía hacer algo para que ella cambiara de idea? Eso esperaba.

La arropó con parte de la manta de bisonte que él llevaba. Él no tenía importancia. Al arroparla, sus nudillos le rozaron la barbilla. Desgraciadamente, llevaba guantes, porque estaba seguro de que su piel era lo más delicado que había tocado en su vida. Sintió un arrebato de anhelo, una ternura hasta entonces desconocida para él. Alargó una mano y le metió unos mechones debajo del gorro.

¿Nunca más volvería a tenerla tan cerca? El tiempo lo diría.

Mientras ella dormía bien abrigada, él se estremeció y contó los kilómetros que recorrían.

 

Katelyn se despertó por la fricción de los patines del trineo. Estaba muy oscuro. ¿Dónde estaban? Se incorporó en el asiento y notó que le dolían todos los músculos del cuerpo. La manta le cayó de los hombros hasta el regazo.

—La tormenta es demasiado fuerte para seguir —Dillon se inclinó para hablarle al oído, pero a ella le costó entenderlo por el viento—. Nos quedaremos aquí esta noche. ¿Te parece bien?

Ella asintió con la cabeza. Nunca había tenido tanto frío ni había estado tan entumecida. El trineo dio un vaivén al pasar por una zona con nieve derretida. Se dio cuenta de que estaban en un pueblo, pero no era el que ella había esperado ver al despertarse. Era más pequeño. Acogedor y limpio, con faroles en los escaparates de las tiendas, con postes cubiertos de nieve para atar los caballos y escalones para subir a las aceras de tablones, pero no había nadie caminando o cabalgando en la tormenta.

Los caballos se detuvieron delante de un edificio de tres pisos que había en una esquina. Un cartel encima de la puerta decía que era la posada de Bluebonnet. ¿Tan al norte estaban? No le había preguntado al jinete hacia dónde se dirigía. Le había dado igual. No era la casa de su padrastro. Eso era lo único que le importaba. Estaba libre.

Relativamente libre. El jinete dejó escapar un gruñido al estirar las piernas, que también las tenía entumecidas por el frío. Se bajó penosamente y desapareció entre la cortina de nieve.

Ella también tenía que intentar moverse. Se sentía congelada. ¿Podría estirar las rodillas? Lo intentó con bastante buenos resultados. Le dolieron todos los músculos, pero insistió. Entraría y tomaría una taza de café caliente para entrar en calor. Seguro que en su bolso tendría algunas monedas para pagarla.

En un sitio caliente y con algo en el estómago, podría tomar una decisión sobre lo que iba a hacer y cómo iba a hacerlo.

Se bajó del trineo, pero cayó de rodillas por el dolor y la debilidad. Sintió un dolor muy intenso en el vientre. Se llevó las manos ahí, pero comprobó que no era lo único que le dolía. Tenía cada músculo del cuerpo y cada articulación inflamados por la fatiga. La cabeza le daba vueltas. El suelo se inclinó y la nieve cayó de costado. Tomó aliento y esperó a que el mundo volviera a su posición normal. Tenía que seguir adelante.

Los seis pasos que tuvo que dar la parecieron seis kilómetros. Las rodillas no la sujetaban. Las lágrimas le abrasaban los ojos y cada paso fue un suplicio. Estaba completamente aturdida.

—Katelyn.

El jinete le habló al oído y la agarró del codo. ¿De dónde había salido? Se dio la vuelta para mirarlo y vio sus ojeras y el gesto de agotamiento de la cara. Aun así, estaba guapo, inquebrantable.

—Estás muy débil, cariño.

Él lo dijo con un tono muy grave, con una calidez en la que cualquier mujer se sumergiría como si fuera un baño de agua caliente. Notó que ella se sumergía y eso era, precisamente, lo que no quería hacer. Incluso apoyarse en él sería desastroso. ¿Acaso no había aprendido esa lección? Ella era fuerte y podía mantenerse de pie. Podía subir los escalones y entrar en la posada sin la ayuda de ningún hombre.

Dillon, sin embargo, la tenía agarrada de la cintura y era delicioso apoyarse un poco en él. La tomó de la nuca con un gesto cargado de ternura, con una calidez como la que despierta las raíces en hibernación. Ella, como cuando se percibe la proximidad de la primavera, notó una atracción que le removió lo más profundo del alma.

—Apóyate en mí —le dijo Dillon con el calor del aliento acariciándole el lóbulo de la oreja.

¿Cómo iba a apoyarse en un hombre? Estaba demasiado débil para combatir la avalancha de recuerdos. Recordaba los comentarios ácidos de Brett, sus menosprecios para enseñarle cuándo podía hablar una mujer. Cerró los ojos con todas sus fuerzas para luchar contra los recuerdos y contra la nieve que le impedía moverse.

—Katelyn, estás agotada. Déjame que me ocupe de ti.

—Ya cometí ese error.

—¿Dejar que un hombre se ocupe de ti? No sería muy hombre.

Dillon la tomó en brazos, como si fuera una niña acunada contra su pecho granítico. Ella apretó más los ojos cuando sus mejillas se posaron en su cuello. Pudo oír con toda claridad su pulso firme y poderoso. Se desentumeció.

Cuando se puso a andar, notó sus músculos que se ponían en tensión y se relajaban. Su fuerza la invadió como la marea en una playa. Nunca se había sentido tan segura y protegida; tan conmovida de una forma nueva y rara.

Él forcejeó un poco con el pomo de la puerta antes de entrar en la posada, que olía a humo de madera y muebles encerados. Ella reconoció la amplitud de un vestíbulo de hotel y eso significaba que tendría que estar con él en un dormitorio. Un terror, cortante como el viento de la tormenta, se apoderó de ella mientras se preguntaba qué haría él. ¿Cómo la trataría?

Sin embargo, la abrazaba de una forma protectora, no posesiva. La miró con una intensidad sosegada. Tenía las cejas fruncidas por la preocupación, con una expresión de curiosidad cariñosa, con un gesto afable en las arrugas de la cara.

—Sé que tienes frío —susurró él—. Sólo necesitas descanso. Te repondrás. ¿De acuerdo?

Fue como si hubiera captado sus temores. A ella le fastidió, pero también lo agradeció, y no pudo explicar dos reacciones tan distintas. No tuvo fuerzas para rechistar mientras Dillon la llevaba escaleras arriba. Su cuerpo se movía contra el de ella con un ritmo muy íntimo que le despertaba más sensaciones.

Se sentía abrigada y segura entre sus brazos. El candil del descansillo iluminó sus rasgos como si fueran de bronce, como si no fueran de carne y hueso, como si estuvieran hechos de algo más duro que los músculos y los huesos. Era un guerrero, un protector, un mito que había cobrado vida en esa noche fría y oscura sólo para ella.

Dillon abrió la puerta con el pie y la dejó sobre la colcha de la cama. El agotamiento la arrastró al sueño como si fuera una piedra enorme atada al extremo de una cuerda. Lo último que vio fue al jinete que se inclinaba sobre ella con una expresión de preocupación y rectitud mientras le acariciaba la mejilla.

 

Soñó con él, con el dolor del viento hiriente y el roce de sus nudillos en la barbilla, la caricia más delicada y afectuosa. Soñó con la tormenta cegadora y con su aparición; con la sensación de estar a salvo entre sus brazos y con su contacto. Todavía podía notar su caricia en la mejilla, una caricia suave como una pluma.

Cuando abrió los ojos, comprobó que era el extremo de la almohada que estaba doblado debajo de su mandíbula. No era él. ¿Se sintió decepcionada?

Katelyn fue a moverse y todo el cuerpo se quejó. No era el dolor penetrante del abdomen, sino que estaba entumecida y no podía estirar los músculos.

¿Estaba sola? Una luz grisácea se colaba entre las cortinas y dejaba ver el respaldo curvo de una butaca de orejas junto a la chimenea de ladrillo. Todavía se oía el chisporroteo y unas llamas mortecinas daban una luz tenue a la habitación.

Efectivamente, estaba sola. Casi había esperado encontrarlo allí sentado y mirando cómo dormía. Seguía con su imagen grabada en la cabeza, con su cara sobre la de ella, con aquella ternura en los ojos. Quizá se lo hubiera imaginado.

Sus zapatos estaban delante de la chimenea y su abrigo y su bufanda en el respaldo de la butaca para que se secaran. ¿Estaría él cerca?

¿Por qué no dejaba de pensar en él? Su voz le daba vueltas en la cabeza. Intentó incorporarse, pero la debilidad pudo con ella y se dejó caer contra las almohadas. Estaba aturdida y tenía sed. El dolor del abdomen se hizo más intenso y se extendió por las piernas. Escondió la cara entre las almohadas y contuvo unas lágrimas de furia y desesperación. Tenía que descansar. Luego se sentiría bien. Tenía que estar bien.

Oyó unos pasos en el pasillo. Se quedó paralizada. El pomo giró lentamente y la puerta se abrió con un susurro. Dillon entró con una bandeja. El olor a sopa de pollo invadió el ambiente. Dejó la bandeja en una mesita redonda que había junto al fuego.

Se arrodilló con elegancia masculina y confiada. Podría haber sido un caballero andante que se arrodillaba en una capilla. Echó unos leños al fuego, que lo agradecieron con estrépito. La luz pasó de ser anaranjada a ser dorada y lo bañó con un halo celestial.

Si volvió hacia ella como si hubiera notado su mirada. Esbozó una sonrisa lenta y torcida.

—Buenos días… o, mejor dicho, buenas tardes.

Ella se tapó hasta la barbilla. ¿Tenía que recordarle lo poco apropiado que era estar con él en una habitación cuando estaba acostada? Ella se sonrojó, pero él pareció no darse cuenta y echó más leña al fuego con una destreza natural, como lo hacía todo. Se concentró en la tarea sin importarle que las llamas fueran cada vez más altas. Cuando terminó, levantó su imponente figura y dirigió su atención hacia ella.

—¿Qué tal estás? Estás más blanca que las fundas de las almohadas.

—Estoy cansada, nada más.

Al menos, eso esperaba.

—A mí me parece que es algo más.

Se acercó a la cama y el taconeo de sus botas le pareció alarmante.

—Estoy bien, de verdad.

Tenía que estar bien. Para demostrarlo, se irguió bruscamente. La cabeza le dio vueltas y la visión se le nubló.

—Venga, túmbate. Así…

Le puso las manos en los hombros y la empujó hasta que se recostó en las almohadas. Sus palabras la confortaron y esperó a que la habitación dejara de dar vueltas. Le costaba mucho pensar. Sólo podía intentar soportar el dolor que la dominaba.

Cuando se le aclaró la visión, lo vio inclinado sobre ella como un caballero ante su rey, con unos hombros fuertes y grandes capaces de aguantar cualquier peso. Sin embargo, su pelo negro recogido detrás del cuello con una cinta de cuero hacía que también pareciera extrañamente vulnerable.

La habitación se asentó y la luz volvió. No había ningún caballero arrodillado ante ella. Era Hennessey que la agarraba de las manos como un ancla para mantenerla segura.

—Es algo más que cansancio, ¿no? —él arqueó una ceja y la miró con ternura—. Cierra los ojos y descansa.

—Pero…

—Lo peor sería que te inquietaras por un montón de tonterías —sus manos callosas podrían haber sido ásperas, pero su fuerza era reconfortante —. Yo me ocuparé de todo lo que necesites. Pide lo que quieras, y lo haré. ¿Qué te parece?

Las lágrimas se le agolparon en la garganta y los ojos. Era amable. Amable cuando ella se sentía impotente y él fuerte.

—He traído una bandeja de la cocina. Me he imaginado que tendrías hambre. Yo la tenía. Me he comido todas sus existencias de huevos y beicon. Pasamos por una buena tormenta, ¿verdad?

Ella asintió con la cabeza, era lo máximo que podía hacer y aun así la visión se le nubló otra vez.

—No fue casualidad que llegáramos aquí. Mis caballos han pasado por muchas ventiscas.

Se apartó y el calor de sus manos la abandonó. Ella se enjugó los ojos mientras él avanzaba en la penumbra de la habitación con unos pasos tranquilizadores y su porte la distraía del dolor que sentía.

—Están acostumbrados a viajar, como yo. Hemos cruzado casi todo el oeste. Esos caballos y yo hemos vadeado inundaciones en Nuevo México, aguantado avalanchas en Colorado y cruzado incendios en las praderas de Texas —se oyó el choque de unos utensilios de metal y un líquido al servirlo—. Toma.

Él se arrodilló delante de ella y le ofreció una taza. A ella le temblaron las manos. La taza estaba llena hasta el borde y la derramaría. Él, como si hubiera leído sus pensamientos, se la acercó a los labios y la sostuvo mientras sorbía. El agua fría fue como un bálsamo para su garganta.

—¿Quieres probar la sopa que he traído?

Tanta amabilidad empezaba a dolerle en el pecho. Ella asintió con la cabeza. ¿Qué clase de hombre era? No lo sabía, pero tampoco le daba miedo estar a solas con él.

Se oyeron otra vez los ruidos metálicos y él volvió. El borde del cuenco le rozó el labio inferior. No estaba demasiado caliente. Sorbió lentamente y dejó que la sopa la calentara por dentro; que la reconfortara.

Otra vez esa palabra. No quería que un hombre la reconfortara.

No podía darse la vuelta mientras él sujetaba firmemente el cuenco. Lo miró por encima del borde.

—Me alegro de haber vuelto. Me crié aquí. Por eso acepté el trabajo en el rancho de tu padrastro. Supuse que me vendría bien estar cerca de mi casa, para variar.

El estómago se le estaba revolviendo. No se encontraba bien.

—Estás poniéndote más pálida, si es que eso es posible. Creo que ha sido una buena idea haberle pedido al médico que pasara por aquí.

El recio pulgar de Dillon le secó la esquina de un ojo.

—No puedo pagar a un médico —ella lo dijo con cierta brusquedad y con una voz tan baja que él tuvo que inclinarse para oírla—. Tengo que descansar, no necesito un médico.

Dillon estaba seguro de que no era sólo cansancio. Estaba débil. Estaba afligida. Tenía el pelo extendido sobre la funda de la almohada, que era increíblemente blanca en contraste con su palidez grisácea. Notó un miedo que le atenazó el pecho.

—Katelyn, descansa. Duerme todo lo que tengas que dormir.

Estaba dispuesto a que el médico se ocupara bien de ella. ¿Dónde estaba? Ya debería haber llegado. Si no se daba prisa, iría a buscarlo en medio de la nevada y lo llevaría agarrado del cuello de la camisa.

Ella cerró los ojos. Sus párpados eran como dos medias lunas encima de las mejillas. El agotamiento le dibujaba unas arrugas muy profundas en la frente y en los bordes de la boca.

Quizá se hubiera equivocado al ayudarla. Si hubiera sabido que su salud era tan frágil, la habría llevado de vuelta a su casa sin hacer caso de sus súplicas. Ella era lo más importante, una mujer excepcional. ¿Por qué la habían repudiado?

Le pasó las yemas de los dedos por la frente. Sabía que no estaba bien tocarla de esa manera, como si tuviera derecho, pero no podía evitar intentar borrarle la preocupación. No podía soportar que estuviera enferma. No podía soportar que se preocupara.

Ella se quedó dormida y él supo que daría su vida por ella. La cuidaría hasta el último aliento.

Llamaron a la puerta y el médico entró, dejó el maletín negro y se quitó el abrigo.

—Buenas tardes, Hennessey.

—Hola, Haskins. Te agradezco que hayas venido.

Dillon se levantó y se acercó a la cama. Katelyn lo oyó, pero el dolor pudo más que ella. No estaba bien. Entreabrió los ojos y vio a un hombre de la edad de Hennessey, con una mirada que daba confianza y que estaba remangándose la camisa.

—¿Eres responsable de esta mujer? —preguntó el médico.

—Sí, es mía.

Dillon lo dijo casi con un susurro, pero a ella le pareció un estruendo.

Por eso había sido tan atento esa mañana. Había dicho que era suya. Ella cerró los ojos con todas sus fuerzas, pero no consiguió borrar la imagen de Hennessey mirándola desde la puerta con el sombrero en la mano y el corazón a la espera.

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