El mayor de los regalos
Dieciocho
¿Cómo iba a reunir la fuerza para marcharse? Miró a Dillon que estaba dormido y despeinado después de haber hecho el amor. Lo amaba tanto que le dolía el corazón. No podía decirle la verdad todavía. Lo amaba demasiado. Como él la amaba a ella.
—Katelyn… —susurró él entre sueños mientras alargaba una mano.
Ella la tomó, pero no permitió que la estrechara contra sí. Él suspiró y tomó la mano con fuerza, aunque estuviera dormido, como si quisiera sujetarla para siempre. ¿A qué precio? Ella le había fallado. Era cuestión de tiempo que su amor por ella fuera erosionándose como la arena de una playa barrida por el mar. Pasaría el tiempo y aunque él hubiera aceptado su infecundidad, su deseo de tener un hijo no sería correspondido, se haría cada vez más intenso hasta que un día la mirara con la decepción reflejada en los ojos.
La muerte lenta de su amor sería muchísimo más dolorosa. Además, si se quedara, estaría pidiéndole demasiado a él. Sintió un miedo insoportable a no ser suficiente para él. Lo amaba demasiado como para no estar a la altura. No podía hacerle eso ni hacérselo a sí misma. Todo acabaría igual en cualquier caso.
Marcharse. Ésa era la única solución para los dos. A él le dolería, pero se repondría. Ella no podía aguantar más tanto sufrimiento. Era como una serpiente que se enroscaba alrededor de ella, que le oprimía el cuerpo, el corazón y el alma. No había escapatoria para esa pena sombría.
Nunca la habría.
Sería más feliz sin ella. Pensar en las ventajas de su marcha para Dillon le dio las fuerzas necesarias para soltar su mano; el valor para quitarse el anillo; la fe para afrontar un futuro sin el amor de su vida.
Lo miró una vez más antes de cruzar la puerta. El amor hacia él le abrasó las entrañas como un sol eterno que lo iluminaría todo, hasta la oscuridad de su miedo y su desdicha.
Lo hacía por él; para que tuviera una vida mejor; para que pudiera encontrar una mujer que le diera un hijo. Bajó las escaleras con las piernas temblorosas. Estaba desmoronándose por dentro.
Tenía que seguir. Estaba haciendo lo correcto. Cruzó la sala entre el susurro de sus pasos. Esa casa no se quedaría siempre vacía. ¿Acaso no se pasaba él la vida de un lado a otro por eso, cuando tenía dinero, tierras y caballos y podría quedarse allí para formar una familia?
Salió y la luz estaba dejando paso a las sombras. La oscuridad llegaba pronto en esa época del año y la sintió muy dentro de sí. Las sombras se alargaban en su interior y borraban toda la felicidad que había conocido en ese sitio.
Algún día, los niños correrían por allí entre gritos. Niños con el pelo rebelde y negro de Dillon que luchaban sobre la hierba o buscaban una cuesta para tirarse sobre la nieve. Niñas con los hoyuelos de Dillon que jugaban con sus muñecas en el porche o cabalgaban por las interminables praderas.
Podía ver a Dillon sentado en el porche una tarde de verano leyendo alguna revista y satisfecho con sus hijos jugando alrededor… y con una mujer hermosa y cariñosa que llevaba una bandeja con limonada. Era una escena preciosa. El mejor regalo que podía hacerle. Su vida de infelicidad se compensaba con la de él.
Katelyn le pidió perdón y sintió remordimiento mientras avanzaba por el camino. Quiso darse le vuelta. Quiso con toda su alma volver corriendo, meterse en la cama y hacer el amor apasionadamente con él. No dejarlo nunca más. Cada paso era un suplicio. Cada bocanada de aire le abrasaba en la boca. ¿Qué pasaría si volvía? ¿Estaría esperándola? ¿La rechazaría Dillon? ¿Qué porvenir tendrían? No saldría bien. Ella nunca sería lo que él quería y lo amaba demasiado.
Tenía que seguir adelante aunque estuviera desgarrándose por dentro y fuera dejando restos de su corazón y de su alma por el camino. Con cada paso que la alejaba de casa de Dillon, más perdía de sí misma.
Encontraría alguna forma de sobrevivir. Existiría, se haría vieja con el paso del tiempo, pero no viviría. Eso era imposible. Había dejado tras de sí su corazón y su alma, lo más vulnerable y profundo de sí misma, que también era una parte de Dillon.
Lo amaría siempre. Siempre le estaría agradecida. Él le había dado un regalo más valioso que el oro. Le había dado amor. Le había enseñado lo que era el amor sincero y que ella se lo merecía, aunque hubiera sido poco tiempo. Haberse sentido amada la había cambiado. Gracias a él podría soportar la desolación que se le avecinaba; gracias a los recuerdos que él le había proporcionado y al amor que anidaba en ella.
Los últimos rayos de luz se desvanecieron. Un crepúsculo sombrío con nubes plomizas cayó sobre ella, opresivo y angustioso.
Dillon se despertó entre las sombras y supo que ella se había marchado. Lo notó. No le sorprendió ver el anillo en la almohada como una demostración de que siempre había tenido razón. Ella se había cansado de esa vida que él le ofrecía y se había marchado.
¿Por qué le hacía eso? Saltó de la cama. Agarró el anillo, se puso los pantalones, buscó la camisa y como no la encontró sacó una limpia del cajón. Katelyn no iba a marcharse de esa manera. No iba a dejarlo con la duda de por qué se había marchado cuando él había creído que iba a quedarse. Se había adaptado. Era feliz.
¿Acaso no se había aferrado a él por el placer y se había movido a su ritmo cuando alcanzaron el clímax? ¿Acaso no le había dado todo lo que ella era y todo lo que tenía como había hecho él? ¿Cómo podía hacerle eso? ¿Cómo podía clavarle un cuchillo cuando había conseguido que fuera todo lo vulnerable que puede llegar ser un hombre?
Llamó a su caballo con un silbido. Él levantó la cabeza y se acercó al galope. Dillon abrió la puerta del cercado, lo agarró de la melena y se montó de un salto.
Estaba tan furioso que no recordaba haberse sentido así jamás. La oscuridad no le permitía ver su rastro en la nieve, pero sabía a donde iba. Se alejaba de él y de su amor por ella.
La encontraría en el camino, cabizbaja, con las manos entre la falda, con una chaqueta de lana sobre el vestido de algodón.
Ella miró por encima del hombro al oír los cascos sobre la nieve. Se quedó boquiabierta y cerró los ojos, pero se dio la vuelta hacia el pueblo. Con la cabeza alta y con los hombros caídos.
¿Qué se proponía? Quería matarlo. Paró el caballo en seco y desmontó de un salto. Su furia aumentó cuando ella siguió andando como si no lo hubiera visto. Tomó aliento para serenarse y la siguió.
—¿Vas al pueblo?
Ella no lo miró y siguió su camino.
—Pensé que no te despertarías tan pronto.
—¿Es la única explicación que vas a darme? Quiero una mejor —le exigió Dillon, que iba a su lado—. Me casé contigo, te di todo lo que tengo y todo lo que soy. ¿Esto es lo que vas a darme tú? ¿Vas a dejarme sin despedirte siquiera?
No era lo que había esperado que dijera. Katelyn había previsto un arrebato de ira. Se había acostumbrado a su primer marido y su genio, pero Dillon era distinto. Irradiaba tanta furia que le extrañaba que la nieve no se derritiera, pero estaba tranquilo, firme y equilibrado.
¿Era siempre un hombre bueno independientemente de la situación? ¿Era siempre el hombre integro que ella había conocido aunque estuviera fuera de sus casillas? Sintió que la vergüenza le oprimía el pecho, pero su decisión de marcharse era la correcta.
—Pensé que era mejor que me marchara así; mientras pudiera.
—¿Qué significa eso? —preguntó él mientras se pasaba los dedos por el pelo.
No llevaba sombrero y cuando se fijó más, Katelyn comprobó que llevaba la camisa medio desabrochada y la zamarra completamente abierta. Tampoco llevaba bufanda ni guantes que lo protegieran del frío y del viento. ¿Se había alterado? Se acordó de las veces que había ido a buscarla al borde del pánico porque pudiera rechazarlo. ¿No lo entendía? ¿Iba a obligarle a decir las palabras que lo alejaran de ella para siempre?
—Creía que me amabas.
—Te amo más que a cualquier otra cosa, ¿no lo entiendes?
—No, creo que no. Sólo entiendo que te marchas, que me abandonas. ¿Por qué? ¿Porque estás cansada de ser la esposa de alguien como yo?
—No estoy cansada.
Él debería haberla dejado marcharse tranquilamente. No debería haber salido detrás de ella y obligarla a mirarlo a los ojos para comprobar su dolor.
—Te he hecho daño, puedo notarlo.
Katelyn le pasó la mano por la mejilla, áspera por la incipiente barba.
—¿Daño? Estás matándome. Como si me hubieras pegado un tiro en medio del pecho. Si no soy suficiente para ti, deberías haber tenido el valor de decírmelo.
—No se trata de ti, Dillon. ¿No lo entiendes? —ella se secó los ojos—. Me has hecho llorar y no puedo llorar. Si lloro, me daré cuenta de que estoy desgarrándome por dentro y si me doy cuenta de eso, también me daré cuenta de todo lo demás. Por ejemplo, de que te amo con todo mi ser; de que alejarme de ti también está matándome, pero tengo que hacerlo. Tengo que marcharme.
—¿De qué estás hablando?
Él parecía furioso y cariñoso al mismo tiempo. La estrechó contra su pecho para que se sintiera segura.
—Cariño, ¿por qué tienes que marcharte?
—Porque…
Ella intentó soltarse del abrazo, pero él la retuvo con firmeza, como si estuviera manteniendo su palabra de protegerla y no dejarla abandonada aunque ella estuviera destrozándole el corazón. Tenía que decirle la verdad.
—No puedo darte un hijo.
Él se quedó helado, sus brazos se hicieron de hierro. ¿Podría ella sobrevivir a su rechazo? ¿Podría soportar que no la apartara de él?
—Mi querida esposa, cuando me casé contigo no estaba buscando alguien para procrear —le tomó la cara entre las manos y la miró a los ojos —. Te amé la primera vez que te vi. Así de sencillo. Como brillan las estrellas o sopla el viento, porque no podía ser de otra manera. Te amo y nada va a debilitar mi amor. Ni las decepciones, ni las complicaciones, ni la muerte.
—Pero acabarás resentido —ella lo tomó de las manos para intentar soltarse—. Pasará el tiempo y cuando no haya hijo alguno, empezarás a reprochármelo. Empezarás a amarme menos y no puedo soportarlo. Nunca podré tener un hijo y lo mejor es que me marche ahora. Tú puedes encontrar a otra persona y podemos ahorrarnos toda esa amargura…
—Cariño, me dedico a los caballos y he ayudado a que nacieran desde que era un niño. Sé cómo son las cosas y me imaginaba que existía la posibilidad de que no pudieras tener hijos. ¿Por qué no me lo dijiste? Sé que es muy triste para ti, pero que te alejes de mí no tiene nada que ver con que no puedas tener hijos; tiene que ver con tu falta de fe en mí.
Ella se apartó y se tambaleó cuando él permitió que se soltara.
—Ya, vas a sacrificar tu felicidad a cambio de la mía, ¿se trata de eso? —estaba enfadado. Estaba destrozado por culpa de la mujer que amaba—. Yo me he mantenido a tu lado. He sido paciente. He sido cariñoso. Te he demostrado una y otra vez el hombre que soy.
—Eres un hombre muy bueno, Dillon, pero créeme, el tiempo lo cambiaría todo. Quieres un hijo y no puedes negarlo.
—No lo niego. Me gustaría tener un hijo, pero a lo mejor soy un hombre con un corazón tan grande que te querría más. ¿Cuándo vas a darte cuenta de eso? Estoy completamente entregado a ti. Ahora y siempre.
Él era demasiado bueno para ser verdad, pero lo era. Era un hombre de carne y hueso tan fuerte que podía amarla incondicionalmente.
—Puedes marcharte, puedes tomar el tren y desaparecer de aquí, pero no puedes acabar con el amor que siento por ti. Yo no voy a deshacer este matrimonio ni voy a encontrar a otra mujer a la que querer. Seré tuyo o no seré de nadie el resto de mi vida.
—Pero si…
—No hay peros. Te amaré por encima de las dificultades, las desdichas y las felicidades que puedan venir. ¿Y tú? No puedo hacer que me ames. He hecho todo lo que he podido y no lo he conseguido. O confías en mi amor por ti o no. Si te miro, creo que sé cuál es tu respuesta.
Dillon se llevó las manos a la cara como si estuviera desesperado. ¿Cómo era posible que ella estuviera haciéndole sufrir? ¿Era posible que él la quisiera tanto? ¿Por qué no podía creerlo? Tenía razón, él no había hecho nada; había sido ella.
Dillon parecía un guerrero después de la batalla. Cabizbajo, con las manos a la espalda, los hombros muy rectos y las piernas separadas. Abatido y sin esperanzas. Un hombre que lo había perdido todo.
Ella puso una mano en su espalda. Había héroes en la vida real, hombres fuertes y delicados. ¿Cómo no iba a tener fe en él si él tenía tanta en ella? Quizá eso fuera el amor, un acto de fe. Como echarse a nadar mar adentro con la confianza de que las olas te devolverán a la playa.
Abrir su corazón era lo más difícil que había hecho en su vida; exponer lo más sensible que tenía y amar a ese hombre más de lo que podía amarse a sí misma; amarlo más allá de la duda y el miedo; amarlo hasta donde alcanzara su alma.
Dillon, como si hubiera captado el cambio en su corazón, la estrechó contra su pecho, donde se quedaría el resto de su vida.
La luna asomó detrás de una nube para iluminar débilmente la pradera. La nieve resplandeció como una perla negra de muchos kilómetros en todas direcciones. Sólo la interrumpió una silueta oscura y majestuosa en un alto.
—Mira —le susurró Dillon—. El caballo indio; está conforme.
El caballo salvaje levantó la cabeza y el viento agitó su melena. El jinete lo saludó con la mano y el animal desapareció en la oscuridad de la noche.
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