El primer jinete del Apocalipsis
Capítulo 7
Arjanguelsk
24 de marzo de 1998
—Se ha ido.
—No, tiene que ser un error —le dijo Daly. La ventisca ni siquiera
había amainado todavía, así que el empleado de la agencia marítima Polarsk
tenía que estar equivocado—. Se había programado que zarpara ayer, pero
mire… yo ni siquiera he podido llegar a Murmansk.
El joven le escuchaba con paciencia mientras se retorcía un largo
mechón de cabello grasiento alrededor del dedo índice. Luego repitió lo que
había dicho:
—Se ha ido.
—Pero… hay tormenta. ¡Hay un jodido huracán! ¡Nadie sale con un
tiempo así!
El empleado soltó un suspiro, aplanó una hoja de fax sobre el escritorio
que tenía delante y puso el dedo junto a una línea en mitad de la página.
—Sí, hombre, sí, ya le oigo, pero es que ese barco es un rompehielos…
uno de esos barcos que salen por delante de la tormenta.
—¿Qué?
Daly estaba sorprendido tanto por la utilización del lenguaje coloquial
que hacía el empleado como por lo que le había dicho. Por primera vez se
fijó en que el muchacho llevaba un pendiente de AC/DC.
—Sí —insistió—. Salió ayer a las once.
Daly se pasó una mano por el cabello y se recostó en el asiento. Tenía la
impresión de que el muchacho sabía de qué hablaba. Y entonces lo comprendió: no sólo había perdido el barco, sino que había zarpado antes
de la hora en la que estaba previsto que llegase él.
Cosa ésta que le cabreó al enterarse. De hecho, se había sentido
culpable durante todo aquel tiempo por hacer esperar a Kicklighter y a
Adair… se imaginaba que se habrían preguntado dónde se habría metido él
y todo eso. Y ahora resultaba que lo habían dejado en tierra, así, sin más.
¡Como si él los esperase a la puerta de un cine de Washington en lugar de
estar plantado en el Chernomorskaya, el jodido Chernomorskaya, en
Arjanguelsk!
—¿Sabe desde dónde puedo enviar un fax?
—Al Rex Mundi no. —El muchacho negó con la cabeza—. No es
posible.
—¿Por qué no?
—Porque… es un barco. —Se encogió de hombros—. Así que tiene
usted que enviar un télex.
—¿Télex? —Daly ni siquiera sabía bien qué era un télex. Una especie
de telegrama o algo así. Pero le dijo al chico—: Vale, pues enviaré un télex.
¿Dónde puedo hacerlo?
La oficina principal de correos se hallaba justo a la vuelta de la esquina,
en la ulitsa Voskresinia. Y eso estaba bien. Cuando Daly salió de la oficina
de la agencia marítima, el frío se abalanzó contra él como un perro
encadenado. Durante unos instantes fue como si se quedase literalmente
helado en el sitio. Aquel frío no era de la misma clase que el frío de Estados
Unidos, pensó. En realidad aquel frío no era igual al frío de ninguna parte.
Salía directamente del infierno, y mientras él seguía allí, paralizado, le
sorbió el corazón.
Soplaba un fuerte viento del norte que venía directamente de Murmansk
y le aguijoneaba la cara con una nieve guijarrosa que parecía mezcla de
hielo y arena. Daly sintió que un escalofrío le recorría todo el cuerpo;
encorvó los hombros, se cerró la parka más sobre la garganta y comenzó a
avanzar tambaleante. Dando un paso tras otro con mucho tiento, se orientó
por el témpano de hielo que figuraba era la acera y se encaminó colina
abajo hacia el río helado.
Era la hora del crepúsculo y no se veía mucho. La calle quedaba a su
izquierda, pero era más una noción que la realidad. Con la barbilla pegada
al pecho se encontró en un mundo monocromo; iba siguiendo las farolas de
la calle hacia el Dvina. Debajo de las farolas los postes de metal estaban
cubiertos de copos de nieve y resultaban casi invisibles; las luces colgaban
en el aire como por arte de magia, pálidas y borrosas, meciéndose movidas
por un viento gris.
Cerca de allí un quitanieves avanzaba adelante y atrás en la plaza, la
ploshchad Lenina, amontonando la nieve en las esquinas. «Podría quedarme
aquí algún tiempo», pensó Daly mientras los dientes le rechinaban a causa
del frío.
Al llegar a correos subió los escalones helados que conducían hasta la
puerta, la abrió de un tirón y entró en una especie de capullo caldeado que
olía a madera húmeda, a sudor y a tabaco barato. Varios hombres y mujeres
con las caras enrojecidas iban y venían llevando ropas abultadas o hacían
cola delante de las distintas ventanillas numeradas. Daly fue de una persona
a otra preguntando:
—¿Télex? ¿Télex?
Pero nadie parecía entenderle. Finalmente un hombre que iba ataviado
con un sombrero de pieles lo cogió por la manga y le explicó, en un inglés
perfecto y sin acento, cómo se enviaba un télex.
Daly se dirigió a un mostrador de la parte de atrás y redactó un mensaje
en el reverso de un sobre del hotel New World Áster de Shanghai.
Dr. Benton F. Kicklighter. Expedición Kopervik.
M/V «REX MUNDI».
Frec. 333-80
Hace un día tormentoso y oscuro.
Plantado en Arjanguelsk.
Me reuniré ustedes Hammerfest
el 28
Frank Daly
Repasó el mensaje; deseaba ardientemente añadir algo más, un
vituperio, algo desagradable que pusiese en evidencia su disgusto por
haberlo dejado plantado. Pero aunque era capaz de guardar rencor hasta en el otro mundo, en lo referente a su vida profesional se había disciplinado a
sí mismo para no quejarse… por lo menos cuando no iba a servirle de nada.
Leyó de nuevo el mensaje, frunció el entrecejo y arrugó el sobre. En
primer lugar, se pagaba por palabras, y la tarifa era lo bastante elevada
como para descartar cualquier cosa que no fueran nombres y verbos. Y
además Kicklighter no parecía la clase de tipo que se divirtiera con
facilidad. No apreciaría aquello de «Hace un día tormentoso y oscuro». Al
contrario, a juzgar por las pocas conversaciones que habían mantenido, el
profesor le había causado la impresión de ser un hijo de puta
condescendiente que sufría un caso terminal de SGH: síndrome del gran
hombre. ¿Qué era lo que le había dicho exactamente?
«A decir verdad, señor Daly, no me impresionan mucho los periodistas.
Tienen ustedes tendencia a no prestar atención durante demasiado rato.»
Y luego había emitido aquel sonido, había rechazado a Daly y al mundo
del periodismo con sólo un chasquido de la lengua. Daly había tenido que
hacer un verdadero esfuerzo de voluntad para mantener la boca cerrada. En
otra época, no hacía de ello tanto tiempo, le habría replicado a aquel
hombre que a él tampoco le impresionaban demasiado los virólogos… de
quienes por cierto se comentaba que tenían el pene bastante corto. Pero en
lugar de eso se había encogido de hombros y, poniendo cara de sentirse
avergonzado, expresó la esperanza de que el doctor le diera una oportunidad
de probarse a sí mismo.
Daly se puso a buscar otro pedazo de papel y, al no encontrar ninguno,
alisó el sobre del hotel chino y redactó el mensaje por detrás:
Plantado Arjanguelsk.
Reunir Hammerfest. Daly
Pensó que aquello estaba mejor. Cuatro palabras y sólo el apellido.
Daly. Como Carlomagno, sólo que irlandés.
Se le ocurrió que quizá debería añadir el nombre de Annie Adair en el
encabezamiento del télex… pero no. Aunque la expedición había sido idea
de ella, de Annie (según el archivo del Instituto Nacional de Salud), seguía
siendo solamente la ayudante de Kicklighter. Los grandes hombres tendían
a ser estrictos en cuestiones de protocolo, incluso en lo concerniente a un protegido, o especialmente en esos casos. Mejor, pues, omitir el nombre de
ella.
Sobre en mano, Daly se puso al final de una larga cola que llevaba a la
ventanilla de los télex. Salía vapor de la espalda de la mujer que tenía
delante de él, y en el aire flotaba un olor acre a causa de los cigarrillos
turcos. La gente arrastraba las botas por el suelo de madera húmedo, lo que
producía una especie dé chasquido. De vez en cuando oía voces de personas
norteamericanas y británicas en medio de aquel estruendo, pero no lograba
localizarlas. La cola se movía a tirones y avanzaba medio metro cada vez, a
lo que seguían largos períodos de espera inquieta. No es que le importase
demasiado. No tenía que ir a ningún sitio ni tendría que hacerlo en varios
días.
Finalmente envió el télex. Después entró para ver a la empleada de
Sputnik y hacer una reserva en un vuelo para Hammerfest, en Noruega.
Para darle a la tormenta la oportunidad de despejarse y al aeropuerto de
Arjanguelsk tiempo de sobra para limpiar las pistas, quitar el hielo de los
Ilyushin y abrirlo al tráfico, eligió un vuelo que salía tres días más tarde,
con lo cual se situaría en Hammerfest antes del día que el Rex tenía
planeado regresar.
Una vez hecho aquello, no le quedaba mucho más que hacer aparte de
regresar al Chernomorskaya… y trabajar.
Cuando volvió a su habitación, sacó el ordenador portátil de la mochila
y vaciló durante unos instantes. Tenía el transformador que necesitaba y el
convertidor apropiado para el enchufe, pero no quería utilizarlos. No, tal
como estaba la energía eléctrica; a cada momento la luz del techo
parpadeaba como una estrella que se estuviera preparando para convertirse
en nova. Si trabajaba con el abastecimiento de energía eléctrica que tenía el
hotel, era probable que acabase con el disquete hecho un revoltillo. Mejor
sería utilizar pilas. Con el abrigo puesto podría trabajar hasta que se le
congelasen los dedos o el fluido se terminase. Lo que ocurriera antes.
Arrimó una silla, se sentó ante el escritorio y encendió el ordenador.
Cuando por fin apareció la línea de comando, entró en el directorio /GRIPE
y sacó las anotaciones de la entrevista que había escrito en Shanghai la
semana anterior.
Liu Shin-Li, doctor en Medicina, Univ. Pekín. Johns Hopkins, De. en Filosof. Jefe,
Cepa Gripe, Inst. de Enfermedades Inf. Y Alérg. Autor «la señora española en China: visión de conjunto histórica» ("Revista de Epidemiología Este-Oeste). 1918:10 millones de muertos (¡Sólo en la India!)— Gripe en todo el mundo. Rev. rusa. «Evolución» frente a «Cambio». Epidemia, pandemia. Cambio de H-l «que ya tenía que haberse producido» ¿Próximo año? S-L: «No quiero especular. Bicho interesante.»
Daly había ido a Shanghai para entrevistar a Shin-Li porque era el
epidemiólogo número uno de China, y China era el epicentro de todas las
gripes pandémicas de la historia.
La entrevista ocupaba unas cinco páginas, y había otras diez páginas de
misceláneas: un breve relato de la visita que Daly había hecho a una granja
china, extractos de varios artículos técnicos que había metido con el escáner
en el ordenador portátil, citas del artículo de Shin-Li sobre la pandemia de
1918 y, por último, el artículo por el que había tenido noticia por primera
vez de la expedición a Kopervik.
Este último era una nota de dos párrafos del Record, la revista quincenal
editada por los empleados del Instituto Nacional de Salud:
El jefe de la sección de gripe visitará el Ártico.
Daly golpeó repetidamente la tecla para ir pasando páginas con el dedo
mientras estaba recostado en la silla repasando las anotaciones de pantalla
en pantalla. Lo vio como una serie en tres partes. Había empezado con dos
mil palabras, datos básicos sobre los virus de la gripe y, en particular, sobre
la «señora española»; luego fue a la segunda parte, la expedición a Edge. La
había llamado «funeral marcha atrás». Y luego acababa con un relato del
trabajo de Kicklighter en el Instituto Nacional de Salud y su teoría sobre las
capas de proteínas.
Si todo salía a las mil maravillas, quizá pudiera colocar el reportaje en
Harper’s o en el Smithsonian y luego utilizar el artículo publicado a fin de
conseguir un contrato para escribir un libro. Y precisamente ésa era la idea:
convertirse en reportero en excedencia del Post y pasar a trabajar como
escritor independiente. A trabajar por sí mismo, en otras palabras, en lugar
de hacerlo por cuenta ajena.
El único problema ahora era que había perdido el barco en Murmansk y
que además también iba a llegar tarde al «funeral marcha atrás». Lo que
significaba que había perdido la mayor parte de la variada información de la
que disponía… a menos que lograse encontrar algún modo de contar la
historia a través de los ojos de otra persona.
Annie Adair era una posibilidad. O quizá algún miembro de la
tripulación, o alguno de los científicos de la Administración Nacional de la
Atmósfera y los Océanos. Ellos podrían hablar del frío, de las máquinas y
del permafrost, y también de la terrible soledad de una isla situada en los
confines septentrionales del mar de Noruega.
Pero habría sido mejor (¿a quién quería engañar?: habría sido mucho
mejor) si hubiera estado allí él mismo cuando abrieran las tumbas. Con un
apagado gruñido, Daly se inclinó hacia adelante y tecleó «Parte 1». Luego
pulsó la tecla de retorno y empezó a trabajar en el primer párrafo. Por fin
media hora después tenía algo que le gustaba:
(Shanghai) La llamaban la «señora española», aunque era cualquier cosa menos
eso. Tenía sus raíces en China, no en España, y lejos de ser una señora era una asesina. En realidad pocos meses después de llegar a Estados Unidos había matado a más ciudadanos americanos que todos los que habían muerto en la primera guerra mundial.
Y la zorra estaba poniéndose en marcha otra vez.
Daly cruzó los brazos y se recostó en la silla. Con una sonrisa en los
labios leyó lo que había escrito y pensó: «No está mal. Es un buen
anzuelo.» Sólo que no le permitirían utilizarlo. Nunca lograría colar una
línea así. Era demasiado interesante. Hizo una mueca, sustituyó las palabras
«la zorra» por «ella» y continuó tecleando.
El doctor Liu Shin-Li, jefe de la especialidad de la Gripe en el Instituto de Alergias
y Enfermedades Infecciosas de Shanghai, dice que «la gripe española fue una de las pandemias más mortales de la historia del mundo, pues llegó a matar a treinta millones de personas en todo el mundo».
Daly frunció el entrecejo y pensó: «Bueno, más o menos.» El inglés de
Shin-Li no era ni mucho menos tan bueno como él hacía que pareciera.
Pero… eso era lo que había dicho.
La rapidez con que la enfermedad mataba era tan asombrosa como mortal el virus.
En Westport, en Connecticut, una mujer que jugaba al bridge afirmó que tenía tres cartas de corazones… y cayó hacia adelante, muerta. En Chicago un hombre paró un taxi… y murió antes de poder abrir la puerta. En Londres, un guardameta de fútbol saltó para parar un balón… y cuando llegó al suelo estaba muerto.
A decir de la gente que las conocía, todas aquellas personas parecían gozar de
buena salud… hasta el momento en que murieron. Pero otros millones de personas tuvieron menos suerte y sufrieron una gran cantidad de síntomas, síntomas tan variados y distintos entre sí que daba la impresión de que padeciesen una docena de enfermedades.
Un médico de la ciudad de Nueva York informó de que sus pacientes estaban
«azules como moras, y escupían sangre». Alcanzar los cuarenta y un grados de fiebre era cosa corriente, como lo eran las hemorragias violentas por la nariz y los interminables ataques de vómitos y diarrea. La gangrena de los genitales fue algo muy extendido, y también hubo casos de leucopenia, ceguera súbita y pérdida completa del oído.
Los pacientes lloraban al menor contacto, y los médicos estaban totalmente
perplejos por una enfermedad cuyos síntomas eran similares a los de otras muchas enfermedades terribles. En una base militar se trató a cientos de soldados por lo que los médicos pensaron que era un ataque de gas de cloro. En otros lugares, a las víctimas se las operaba de apendicitis o se las trataba de neumonía, cólera, disentería, tifus o fiebre de la mosca de la arena.
Al final se encontraron con que la mayoría de los fallecidos habían muerto de
ataques de tos, ahogándose en una mezcla desangre y mocos al tiempo que los pulmones se les disolvían, adquiriendo la textura de «gelatina de grosella».
La luz de la batería parpadeó en el ordenador y Daly miró el reloj. Eran
las siete pasadas y empezaba a tener hambre. Pero el artículo iba bien, y
además en la calle hacía un frío congelador. Continuó escribiendo.
Según el doctor Shin-Li, «los patos silvestres son la principal reserva del virus, y
nosotros tenemos más que ningún otro país del mundo. No sólo eso, sino que como nosotros criamos pollos, patos y cerdos juntos, el virus puede moverse entre ellos, de unas especies a otras, cambiando a medida que avanza».
Debido a que la gripe tiene forma cambiante y a que los animales se intercambian
virus constantemente, las mutaciones son frecuentes. Mientras que los microbios como la viruela y la polio son extremadamente estables, la gripe es un virus del ARN con una estructura química segmentada que sólo se mantiene unida por lazos muy débiles. Al carecer de la función del ADN que protege contra la mutación, el virus se mezcla constantemente de nuevo en los, animales que son portadores del mismo. Esto significa que hay segmentos que se separan sólo para volver a combinarse con otros segmentos, generando así nuevas cepas de la gripe.
Es esta característica la que obliga a los científicos a desarrollar nuevas vacunas
cada año.
La luz de la batería lucía firmemente ahora, una irregularidad
momentánea de color amarillo suave en la superficie mate del ordenador
portátil. Daly calculó que le quedaban unos diez minutos antes de que la
batería se agotara.
Por qué la gripe española fue la más mortal de todas las gripes es el tema del
estudio que lleva a cabo el doctor Benton Kicklighter.
La luz de la batería lanzó un destello y el ordenador soltó un pitido que
hizo que Daly se sobresaltase. Le quedaba un minuto aproximadamente
antes de que el ordenador se apagase, pero no quería dejar de escribir ahora.
Estaba llegando a una parte del artículo que le molestaba hacía tiempo, la
parte que para él no tenía sentido. Era aquella que trataba de la expedición y
el motivo sobre el que se había montado la misma. Si permanecía ante el
ordenador y seguía escribiendo sobre ello, o si lo intentaba, quizá fuera
capaz de adivinarlo. Como mínimo tendría que ser capaz de articular su
propia confusión, cosa que era el primer paso para enderezar el reportaje.
Pero no en aquel momento. El ordenador volvió a pitar y, tras dejar
escapar un suspiro, Daly guardó el archivo en un disquete y apagó el
ordenador. Luego lo metió en la mochila y empujó ésta debajo de la cama.
Tenía los dedos rígidos y el estómago le rugía, aunque después de echarle
un vistazo al montón de nieve que había apilado cerca de su ventana y de
fijarse en que la ventisca seguía en el patio de luces, el apetito le
desapareció de repente. Parecía que iba a tener que tomarse las comidas en
el sótano del Chernomorskaya.
¿Por qué no se sentiría contento?
OceanofPDF.com