El primer jinete del Apocalipsis
Capítulo 12
Washington, D. C.17 de abril de 1998
Era a mediados de abril y la ciudad aparecía luminosa con la primavera.
Cuando volvió de Santa Fe, Frank se encontró con que el invierno se
había acabado, por lo que el paisaje se había transformado. Las calles, los
parques y los setos resplandecían con los tulipanes y las azaleas, y parecía
que los arbustos estuviesen en flor.
Cuando llegó a su apartamento arrojó la maleta sobre la cama, se
desnudó, se puso una camiseta y unos pantalones cortos y se fue a correr
para desentumecerse un poco después de aquel vuelo tan largo. Corrió por
el parque de Rock Creek sin apartarse del carril bici. Cerca del zoo, y a lo
largo de casi medio kilómetro, el sendero de asfalto negro estaba lleno de
flores que se habían desprendido de una hilera de cerezos. De vez en
cuando una ráfaga de viento soltaba una lluvia de pétalos que caían por el
aire como si fuesen confeti. Pensó que tenía que olvidarse de París. Durante
unas cuantas semanas, en primavera, Washington era la ciudad más
hermosa del mundo.
O quizá sólo se lo pareciera, porque se había pasado las dos últimas
semanas en camionetas traqueteando por el desierto, donde no había nada
más que polvo, rocas y maleza. Allí, un solo arbusto de lilas habría parecido
un milagro.
Él iba detrás mientras un grupo de trabajadores de sanidad trataba de
atajar un brote de virus Hanta en la zona de Four Corners. De momento sólo
había habido dos casos, y estaban separados geográficamente casi doscientos kilómetros, pero con un virus que mataba al setenta por ciento de
los sujetos a los que infectaba, nadie quería correr riesgos.
A veces las casas que se estudiaban se encontraban en el interior de una
reserva india, aunque otras veces no. En cualquiera de los dos casos,
obtener permiso para poner trampas, tomar muestras de sangre o
inspeccionar las casas se convertía en un asunto arriesgado.
—¿Quieren registrar mi casa para buscar cagadas de ratón? ¿Quiénes
son ustedes?
—Estamos intentando prevenir otro brote como el que tuvieron en el
noventa y tres.
—Y los ratones… ¿son los causantes?
—Sí. En cierto modo sí. Se trata de un virus. Y los ratones lo extienden.
—Ah, ya. ¿Y cómo se llama ese virus?
—Sin Nombre.
—¿Y ése es el nombre? ¿El virus «Sin Nombre»?
—Eso es.
—Me está tomando el pelo…
Algunos se acordaban del 93. De las fiebres. Del pánico. De los muchos
que morían. Sabían más de lo que querían saber acerca de Sin Nombre, y
además aquel nombre no les hacía gracia. Pero para los que no habían
estado allí o no habían prestado atención, el nombre los sacaba de quicio y
les hacía adoptar una expresión que decía: «Fuera de aquí. Será mejor que
se busquen algo mejor que eso… ¿una enfermedad a la que ni siquiera le
ponen nombre?»
Otros reaccionaban con recelo.
—¿Quieren hacerme una prueba para ver si tengo anticuerpos? Si están
hablando del VIH, díganlo abiertamente, no me vengan con esa mierda de
«Sin Nombre».
Al final los trabajadores de la salud pública consiguieron lo que querían,
y no hubo un auténtico brote, pues sólo se dieron dos casos. Aun así, aquél
era un asunto interesante, y el reportaje resultaba fácil de escribir. Y lo más
importante de todo, pensaba Frank, era que ello haría feliz a Coe y le
proporcionaría a él el tiempo suficiente para darse un respiro e ir detrás del
reportaje que realmente le interesaba.
Se duchó, luego se sentó ante el ordenador y puso al día los gastos.
Imprimió una página y la metió en una carpeta de papel manila, junto con
los recibos. Se lo enviaría a Jennifer a la mañana siguiente.
Sacó el disquete del ordenador portátil, lo metió en la unidad de disco B
del ordenador que tenía encima del escritorio y copió los archivos del viaje.
Lo llamó «Nombre 1»; leyó las anotaciones y luego creó un archivo nuevo,
«Nombre 2». Siguió trabajando en el reportaje durante más o menos una
hora, pero eso fue lo máximo que pudo aguantar: estaban en primavera y
verdaderamente tenía ganas de salir.
Así que copió los archivos en un disquete, apagó el ordenador y se
dirigió a la cocina. Abrió la nevera y buscó en la parte de atrás de la misma
el estuche para llevar disquetes que guardaba detrás de la leche. Sabía que
eso de guardar las copias de seguridad de aquel modo era una práctica
extraña, pero muy efectiva. La nevera estaba fría pero no helada y, lo que
era más importante, quedaba aislada. Así, si hubiese un incendio, las copias
de seguridad se salvarían.
Era por la tarde, a última hora, y unos haces de luz entraban
oblicuamente por las ventanas cuando cogió el teléfono y llamó a Annie
Adair.
—¿Diga?
—Soy Frank Daly.
—¡Oh! —Hubo una pausa—. ¡Hola!
Entre las dos palabras, entre el «oh» y el «hola», la voz le cambió y
pasó del entusiasmo a la cautela.
Estuvieron hablando durante un minuto. Cómo le había ido a él. Cómo
le había ido a ella. ¿Había recibido el artículo que él le había enviado?
¿Aquel sobre la gripe?
—¡Oh, sí! Era muy bueno —le dijo Annie—. Me impresionó.
Le costó un poco, pero Frank logró abordar el tema:
—Estaba pensando… Ya sabe, quizá pudiéramos salir… ir a comer
algo.
—No sé. No me parece una idea demasiado buena.
—¿Por qué no?
—Porque… bueno, es que en realidad sigo sin poder hablar con usted.
—¡Pero si lo está haciendo ahora! Ahora mismo habla usted conmigo.
—Ya sabe a qué me refiero. Me refiero a… Kopervik. Hammerfest. A
todo eso.
—¿Cree que la he llamado por eso?
—Hombre…
—¡Dios mío, qué mente más suspicaz! ¡Kopervik! ¿Cree que quiero
hablar de Kopervik?
—Hombre…
—¡Ja! Kopervik… Le diré una cosa… ¿y si prometo no hablar de eso?
—Me parece que no le creería. Me parece usted bastante… tenaz.
—¿Tenaz? ¿Yo? No. No soy nada tenaz. Lo que sucede es que estoy
hambriento. ¿Y si se lo juró solemnemente? ¿Y si le doy mi palabra?
La risa nerviosa que oyó le indicó que Annie se lo estaba pensando.
—Vale. Le diré una cosa. Se lo juraré sobre un montón de Biblias.
Una risita.
—¿Qué me dice de eso? ¡Biblias!
—No me parece usted un tipo religioso.
—Vale… tiene razón. No lo soy. Así que… ¿qué le parece El arco iris
de la gravedad? ¡La Anatomía de Gray! Diga usted los libros que quiera,
los pondré todos juntos en un montón y lo juraré sobre ellos.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Luego se oyó decir a Annie:
—Pero… —Dejó escapar un suspiro—. Yo sé que usted quiere saber
cosas de la expedición. Si yo fuera usted… querría saber algo.
—Confíe en mí. Ya hice el artículo —le aseguró Frank—. Usted lo ha
leído. Ahora he cambiado a infecciones mayores y mejores.
—¿Como qué?
—Sin Nombre. Acabo de volver de Nuevo México.
—¿De verdad?
Poniendo su voz de locutor de noticias más untuosa, empezó a leer lo
que decía la pantalla que tenía delante.
—«Ya antes de que el invierno se instalase, a los expertos en sanidad de
Four Corners los preocupaba que el Peromyscus maniculatus se reprodujera
de manera peligrosa. Conocido con más frecuencia como el ratón ciervo
común…» —Hizo una pausa—. ¿Quiere usted que siga?
—No.
—Vale. Entonces, ¿qué hay de la cena?
—Pues…
Frank siempre tomaba las palabras «pues» o «quizá» como un
asentimiento. «No digas que no —solía rogarle a su madre—, di que
quizá.»
—¡Estupendo! —exclamó—. Hoy es viernes, ¿verdad? Ya sé que
encontraremos todo muy lleno, pero bueno… ¡la recogeré a las siete y
media!
Luego, sin darle tiempo a replicar, colgó mientras pensaba que si Annie
no quería ir, ya lo llamaría. «Y si no encuentra mi número, no estará
esperándome.»
Annie vivía aproximadamente a un kilómetro de distancia del
apartamento de él; residía en Mount Pleasant, en una casa que compartía
con una mujer llamada Indu, que procedía de Kansas, y un gurú informático
natural de Caracas que trabajaba por cuenta propia.
—Los dos trabajan esta noche —le dijo Annie; y se echó a reír—.
Somos un puñado de aburridos trabajadores.
Frank había tardado más en encontrar aparcamiento que en llegar hasta
allí, y así se lo explicó a ella mientras le abría la puerta del Saab.
—Bueno, ¿por qué no vamos a pie? —sugirió Annie.
Y eso hicieron.
Había sido un día templado y lluvioso. Las aceras habían quedado
mojadas y limpias, y los arroyos de la calle no tenían la basura habitual.
Recorrieron juntos las seis o siete manzanas que había entre Mount Pleasant
y Adams-Morgan, y pasaron junto a grupos de borrachos y coches de
policía aparcados en doble fila; pasaron por la Barbacoa de Kenny y la
Iglesia de la Unificación. El aire estaba cargado de olor a madreselva y a
alcohol, a salsa y a rap.
—Cuénteme su viaje —le pidió Annie—. ¿Cómo es que se le despertó
el interés por el Sin Nombre?
—Por el nombre. Me parecía espantoso… como si fuera lo opuesto a lo
que dicen de Nueva York.
—¿Y qué dicen?
—Ya sabe, que como es tan bonito tuvieron que ponerle nombre dos
veces. Pero esto es tan malo que ni siquiera han querido ponerle nombre
una vez.
—Sí, siempre me he preguntado por qué lo llaman así.
—¡Pues yo puedo decírselo!
—¡Estupendo!
—Aunque es un poco decepcionante.
—¿Por qué?
—Porque se trata de una cuestión de corrección política. Antes lo
llamaban virus del Cañón del Muerto, por el lugar donde se dio por primera
vez. Pero eso no funcionó porque el cañón se encuentra en una reserva de
indios navajos, y los navajos se enfadaron muchísimo ante la idea de
ponerle a un virus el nombre de aquel lugar.
—¿Por qué?
—Porque fue el lugar donde años atrás se produjo una masacre. Los
blancos mataron allí a muchos indios hace unos cien años. Ahora los estaba
matando el virus, por lo que no parecía muy adecuado ponerle ese nombre
después del desastre que había tenido lugar con anterioridad. Quiero decir
que sería como llamar a Tay-Sachs «enfermedad de Auschwitz».
—¿Y qué pasó?
—Lo llamaron «virus Four Corners».
—Eso tiene bastante sentido —comentó Annie—. Con frecuencia, las
enfermedades reciben el nombre del lugar donde se ven por primera vez.
—La gripe de Hong Kong, Marburg, Ébola…
—Eso es.
—Todos son nombres de lugares —le explicó Frank—. Pero Ébola es
un río, por lo menos eso creo. De todos modos, lo que pasó fue que, cuando
decidieron llamarlo virus Four Corners, los habitantes del lugar se
disgustaron. Las cámaras de comercio, las instituciones turísticas… quiero
decir que cualquiera puede comprenderlo. Sería como vivir en un lugar que
se llamase «Villapolio» —Annie se echó a reír—. Así que no tenían nombre alguno que ponerle, y por eso al final acabaron por llamarlo así: virus Sin
Nombre.
—Pero lo tradujeron al español.
—Sí. Creo que también se pusieron sensibles con el tema lingüístico.
Acabaron en un restaurante etíope llamado Meskerem. No había
cuchillos, tenedores ni sillas. Se sentaron en cojines de cuero rellenos y
comieron un estofado picante con las manos, usando un pan esponjoso y
agrio llamado infera para levantar la carne y la verdura del plato y
llevárselos a la boca. Era la clase de cena que promovía una intimidad
informal, aunque sin embargo Annie, sentada frente a él, se mantenía
reservada. Daba la impresión de que estuviera dispuesta a saltar en el
momento en que él mencionase Kopervik.
Así que Frank no lo hizo. Procuró no tocar el tema. Estuvieron hablando
de la política de las enfermedades, y al cabo de un rato ella se metió de
lleno en la conversación.
—No lo creería usted —le comentó Annie—. Por todas partes hay
brotes de cólera, de tifus, de difteria… de lo que sea.
Incluso de peste. Y se informa a la Organización Mundial de la Salud, al
Centro para el Control de Enfermedades y a todos los demás. Pero ¿acaso el
Departamento de Estado se lo dice a alguien? Casi nunca. Porque si hacen
público que Tailandia está llena de enfermedades venéreas o que hay cólera
en Bolivia, se considera un acto político, un ataque al país del que se habla.
—Cualquiera diría que tendría que preocuparlos más la salud de la
gente.
—Y la otra cosa es: cada enfermedad tiene su propio grupo de presión.
Así que los fondos para la investigación tienen menos que ver con el bien
común para el mayor número de persona que con… no sé… con la
habilidad para trabajar desde el ángulo de las relaciones públicas.
—¿Cree que eso está mal?
Annie se encogió de hombros.
—Es así, sencillamente. No se le puede echar la culpa a la gente. Ellos
se apasionan cuando las personas a las que aman sufren. Y al mismo tiempo
hay demasiado dinero de por medio, por consiguiente…
Annie tenía rasgos de pura sangre, piernas largas y postura de bailarina.
Era lo suficientemente bonita como para que, al pasar entre las mesas
ocupadas de camino al servicio de señoras, los ojos de Frank no fueran los
únicos que la siguieran. Y sin embargo, al cabo de quince minutos de
conocerla en el Instituto Nacional de Salud, ya sabía que ella no tenía alma
de mujer bonita. Le daban apuro los piropos y era incapaz de flirtear, o al
menos eso parecía. Era asustadiza y tímida, y evitaba el menor roce físico.
Tenía una ingenuidad que resultaba tanto más sorprendente porque
coexistía con lo que Frank sabía que era una inteligencia brillante. Por una
parte probablemente era un genio, y por la otra no estaba tan resabiada
como las niñas de sexto grado con las que él había hablado en la escuela
elemental Hiñe (aquello formaba parte del programa de «rodaje» del Post).
Pero aunque parecía incómoda charlando de cosas triviales, Annie tenía
sentido del humor y le encantaba hablar de su trabajo. Y tenía una risa
prometedora, una risita atolondrada que a veces se le escapaba.
Así que Frank se limitó a las cosas con las que ella se sentía cómoda;
escuchó atentamente lo que Annie le contaba y condujo la conversación por
el camino adecuado para apartarla de cualquier otra cosa. Y funcionó.
Comprobó que se relajaba con él, que se ablandaba a medida que la tensión
desaparecía. Era algo que Frank tenía en común con su padre, aquella
flexibilidad de carácter que le permitía convertirse en el interlocutor
perfecto para cualquier persona con quien estuviera, ya fuera su propósito
seducir o sacar información. A veces aquel «don» que tenía incluso llegaba
a preocuparlo.
Pero ni siquiera el recuerdo de su padre, de quien había estado
intentando distanciarse toda su vida, podía apartarlo de trabajarse a Annie
Adair. Cuando ella regresó a la mesa, Frank se inclinó hacia adelante y le
cogió la mano. Se produjo un momento embarazoso en el que ella intentó,
por acto reflejo, soltarse, pero él se las arregló para retenerla.
—Espere un segundo. No es que me ponga sentimental. Sólo quiero
mirarle la palma de la mano.
—¿Por qué?
Se notaba que ella tenía sospechas de que quizá él estuviera riéndose de
ella.
—Para poder leerle el futuro.
—: No sea tonto.
Pero relajó la mano.
Frank se puso a acariciarle la palma y luego cada uno de los dedos.
—¿Así que no cree que pueda leerle el futuro?
—No.
—Pues puedo.
Annie soltó una risita.
—¿Y cómo ha adquirido esa habilidad? ¿En una escuela para aprender a
leer la palma de la mano?
—Por favor —le indicó Frank en tono oficioso—, nosotros no lo
llamamos «escuela para aprender a leer la palma de la mano». Se trata de la
Escuela Americana de Quiromancia. «Una escuela para aprender a leer la
palma de la mano» es donde se aprende a distinguir un coco de un dátil. —
Una risita—. Y no, no me gradué. Pero sí que escribí un artículo en una
revista sobre un quiromántico.
—¿De verdad?
—Sí. Usted ha visto los carteles, ¿verdad? Hay en ellos una mano roja
grande con unos números encima, y suele estar en la ventana de una casita
blanca, justo al lado de la carretera, entre un sitio que vende banderas y otro
que se dedica al cuidado de los peces. Y yo pensaba: ¿quién irá a ver a esta
gente?
—Pues gente a la que le gustan los peces, yo diría. Y que tiene
banderas.
—Y palma en las manos —convino Frank—. Así que me dirigí a cierta
«Madame Rurak», el «Oráculo de Hyattstown». Y con el permiso de ella,
hablé con algunos de sus clientes. Y resulta que la clientela es
verdaderamente diversa. Están los mismos que van a los quiroprácticos,
sólo que lo que ella les arregla es la psique, no la espalda.
—¿Y eso es todo? Ya sabe, todo ese montón de chorradas.
Frank se encogió de hombros y siguió acariciándole la palma y
mirándosela fijamente.
—No sé. No era como si estuviera manejando números de la loto. Era
una mujer intensa, ¿sabe? Muy concentrada. Pero todo lo que decía era bastante general.
—Como las galletas de la fortuna.
Frank hizo una mueca.
—Más o menos.
Annie se echó a reír.
—Bueno, ¿qué le parece que obtenían de ello? Me refiero a las personas
que iban a ver a aquella mujer.
—Siempre parecían marcharse de buen humor. Tuve la impresión de
que les proporcionaba cierta clase de solaz teniendo en cuenta cómo les
había ido en la vida. Ella solía decir… ya sabe, está aquí mismo, en la
palma de la mano, todo está ya escrito. No importa lo que hubieras hecho,
todo habría salido igual porque ya está escrito. Podrías haber comprado
Intel a los diez años, podrías haber aprendido a tocar la guitarra, podrías
haberle pedido a Sherry Dudley que fuera al baile de la escuela… y todo
aquello no hubiera supuesto diferencia alguna. Porque todo está dispuesto
de antemano: la línea de la vida, la línea del amor. Y a la gente le gusta eso.
Al parecer sirve para quitarles de encima la presión.
Annie se echó a reír.
—¿Y quién era Sherry Dudley?
—No puedo hablar de eso —murmuró Frank.
De nuevo ella soltó una risita.
—Pero usted no cree en ello, ¿verdad?
—¿En qué? —Frank le dobló los dedos de uno en uno y luego se los
acarició mientras se los volvía a estirar—. ¿Se refiere al destino? —Se
inclinó sobre la mano de Annie y se quedó mirándola con mucha atención
—. Pues claro que creo. Veo… a alguien… ¡nuevo! Alguien nuevo en su
vida.
—¿De verdad? —comentó Annie con una voz cargada de escepticismo.
—Sí. Y va a ser maravilloso. Usted debería hacer todo lo que esa
persona le diga.
—¿Y esa persona es alto, moreno y guapo?
Frank miró más atentamente la mano.
—Pues sí, desde luego, es alto y… hmmm… ¡no está mal! Nada mal.
Pero… —Movió la cabeza de un lado a otro y frunció el entrecejo—. No es muy moreno. Más… oh, no sé. Irlandés o algo así. Tiene los ojos azules. Y
un corazón de oro. Nunca habla de Kopervik. Esas cosas.
—Comprendo.
—Hay más. Es una línea increíblemente detallada. Y resulta que ese
tipo se siente sentimentalmente muy apegado a su coche, que ya debería
haber cambiado.
Levantó la mirada hacia ella.
—¿Y ese coche es un Saab? —Annie dejó escapar una risita—. ¿Por
casualidad?
Frank le echó una rápida ojeada a la palma de la mano de la muchacha.
—¡Me parece que sí, que es un Saab! Es asombroso. ¡Debería probar
usted esto! Lo que quiero decir es que ni siquiera tiene una mano sobre la
que trabajar y… Dios mío, tiene usted un don natural.
Fueron a tomar un helado a Bob’s. La conversación giró hacia la
familia. La de Annie no habría podido ser más diferente de la de él, un clan
que se remontaba al Mayflower New England cargado de académicos y de
hombres de Wall Street.
—Se pasan gran parte del tiempo organizando bailes de caridad. Eso le
da a mi madre excusa para gastarse un montón de dinero en ropa y no
sentirse culpable.
—¿Ése sería ese legendario «dinero antiguo» de usted?
—Bastante antiguo. Pero no tan legendario. Mi abuelo hizo su agosto en
la Depresión. Hubo quien se arruinó y quien hizo dinero. Mi abuelo hizo
dinero. ¿Y usted?
—En realidad… Yo no tengo familia… quiero decir… en realidad no.
Annie frunció el entrecejo.
—Todo el mundo tiene familia.
Frank se encogió de hombros.
—Tengo algunas tías y primos, pero no los veo nunca. Y no tengo
hermanos. Mi madre murió. Y mi padre y yo nos peleamos.
—Eso es muy triste.
—En realidad no —la corrigió él—. No, si conociera usted al viejo.
Regresaron caminando hasta la casa de ella. Hacía más fresco y una
tormenta retumbaba en el horizonte. Annie se sentía más cómoda con él ahora, se la veía más relajada; se apoyaba en él de vez en cuando, le tocaba
el brazo para hacer algún comentario.
Hasta a él lo asombraba su propia contención. Ni una palabra acerca de
Kopervik, excepto en una ocasión, y fue en broma. Y luego, cuando
llegaron a la puerta de Annie y ésta lo invitó tartamudeando a entrar
—«Podría hacer un poco de café», sugirió—, él rehusó. Si entraba no sería
capaz de mantener las manos alejadas de aquella mujer. Y eso podía ser
maravilloso, pero también podía convertirse en un problema.
Así que se quedaron de pie en la puerta, con cierta incomodidad, hasta
que Frank dijo:
—Bueno, ha sido estupendo. Ya la llamaré.
Y tras saludarla con un ligero gesto de la mano, dio media vuelta, bajó
los escalones de la fachada y caminó hasta el lugar donde se encontraba el
Saab.
Mientras conducía de regreso a Adams-Morgan, y mientras escuchaba
un poco de jazz, pensó en la velada que había pasado en compañía de Annie
Adair. Sabía que el hecho de haberse contenido daría buen resultado, pero
lo que no sabía era cuál sería ese resultado. ¿Era Annie lo que quería… o
era Kopervik? No estaba seguro. Ella lo atraía, pero claro, lo atraían muchas
mujeres. Y además… además no sólo lo atraía ella. Le gustaba. Era dulce y
lista y divertida…
Era evidente que quería las dos cosas: Annie y Kopervik. Kopervik y
Annie.
Y en ningún orden en particular.
En la semana que siguió, Frank recibió varias cartas formales de media
docena de agencias que acusaban recibo de las peticiones basadas en la Ley
de Libertad de Información que había hecho. Poco después recibió otra
contestación más, y ésta tenía cierto peso.
El paquete, que venía de la Fundación Nacional de Ciencias, tenía algo
más de un centímetro de grosor, y Frank comprendió, incluso antes de
abrirlo, que el material que contenía sería una excepción. De lo contrario no
habría sido procesado y enviado con tanta rapidez.
Pero tenía que leerlo, y como decía el bluesman, «Nunca se sabe,
¿verdad?».
Se sentó a la mesa de la cocina, abrió el paquete y se encontró con
sesenta páginas de documentos. El primero era una carta que decía que
había que considerar los documentos adjuntos como una respuesta completa
a la petición que había hecho, y que no habría más. Pegado a la misma
había un folio escrito por las dos caras que explicaba las diversas
exenciones a la Ley de Libertad de Información.
Las cincuenta y siete páginas restantes hacían referencia, en su mayor
parte, a la propuesta original de subvención que Kicklighter y Adair le
habían hecho a la Fundación Nacional de Ciencias unos dos años antes.
Frank examinó detenidamente la propuesta desde el título hasta las notas
finales, pero no había nada en aquello que no hubiese visto antes.
Eso dejaba sólo tres hojas más.
La primera de ellas era una carta que llevaba el membrete de la
Fundación Nacional de Ciencias. Tenía fecha del 11 de junio de 1977,
estaba dirigida al doctor Kicklighter, rechazaba la petición que éste había
hecho y empezaba así:
Lamentamos que la Fundación sea incapaz de proporcionarle la ayuda para su
reciente solicitud de subvención (Ref. 96-14739). En el supuesto de que las prioridades de investigación cambiasen o tuviésemos disponibles fondos adicionales…
Nada nuevo. La página siguiente del paquete era también una carta, si
bien más reciente. Llevaba fecha del 17 de febrero de 1998, iba dirigida al
director de la Fundación Nacional de Ciencias y estaba firmada
«cordialmente». Pero eso era todo. No se podía leer nada más porque todos
los renglones del texto se habían tachado con un rotulador de punta de
fieltro. En el margen, el redactor había escrito B(l).
Bingo.
Incluso sin mirar la hoja explicativa, Frank sabía que la exención B(l)
estaba reservada a asuntos de seguridad nacional. Lo cual confirmaba lo
que le había sugerido la presencia de Neal Gleason en Hammerfest: que
había algo más que «pura ciencia» en la expedición a Kopervik.
Y eso, a su vez, sugería un motivo para la súbita indisponibilidad de
Kicklighter y la falta de disposición de Annie a hablar de Kopervik o de lo
que había ocurrido allí. Si aquello era un asunto de seguridad nacional,
probablemente les habrían hecho jurar que guardarían el secreto.
Pero… ¿por qué? La propuesta de subvención se encontraba allí mismo,
delante de él, publicada en su totalidad, sin que hubiesen cambiado ni una
palabra. La propuesta describía todos y cada uno de los aspectos de la
expedición y el propósito de la misma. Era todo de lo que trataba la
expedición. Así que, ¿qué interés había en hacerles jurar que guardarían el
secreto? A menos que hubiera algo más implicado en todo aquello, algo que
no constaba en la propuesta.
Frank se quedó mirando fijamente la carta tachada. Podía proceder de
cualquier parte: FBI, CIA, el Pentágono… no había manera de saberlo.
Frustrado, le dio la vuelta a la última página del paquete, que también
era una carta. Con fecha de 23 de febrero de 1998, ésta también iba dirigida
al director de la Fundación Nacional de Ciencias.
En tres frases breves, el autor agradecía al director la ayuda prestada y
anunciaba que la fundación se sentía «contenta de informar que había
decidido financiar la expedición Kicklighter-Adair a Kopervik». La carta
estaba firmada así:
Muy afectuosamente,
A. Lloyd Kolp
Dir. Ejec.
Frank echó una ojeada al membrete.
Compass Trust
Las oficinas estaban en McLean, a unos tres semáforos de la CIA. Lo
cual no significaba nada, desde luego. O por lo menos no significaba
nada… necesariamente.
Pero… ¿A. Lloyd Kolp? ¿Quién era él cuando no dirigía el Compass
Trust?
Frank se recostó en el sillón; tenía las cartas sobre la mesa delante de él
dispuestas cronológicamente de izquierda a derecha. «Primero, la
Fundación Nacional de Ciencias rechaza la propuesta de Kicklighter.
Transcurre un año y medio y entonces, súbitamente, alguien de los servicios
de espionaje, de la Inteligencia, se implica en ello. Cómo, no lo sabemos.
Con qué fin, tampoco lo sabemos. Pero se implica. Y una semana después
llega una carta a la Fundación Nacional de Ciencias agradeciendo al
director su ayuda (¿qué ayuda?), mientras anuncia la decisión de la
fundación de financiar la expedición.»
¿Tenía la segunda carta relación con la tercera? Todo era posible…
«Así es como uno se vuelve loco», pensó Frank. Era como tratar de
hacer un puzzle cuando faltan la mitad de las piezas.
Se recostó en el respaldo y se puso a mirar al techo. El ventilador daba
vueltas lentamente. Los ojos de Frank se posaron en el calendario que había
al lado del teléfono. Los días que había ido a correr los había marcado con
un círculo. Quizá tendría que ir a correr, pero…
No tenía ganas de hacerlo. El cielo parecía encapotado y él estaba
seguro de que iba a llover a cántaros. La única pregunta era cuándo. Cruzó
la habitación, se acercó al escritorio y conectó el ordenador.
Todavía tenía acceso a Nexis, gracias al Post (o, más exactamente,
gracias a su habilidad para hacerse con la contraseña en el archivo «Setup»
del ordenador de su despacho). Y se alegraba de que así fuera porque aquel
servicio era asombrosamente caro, e Internet no era más que un sustituto
útil. Si utilizaba Internet para averiguar algo acerca del Compass Trust, lo
más probable era que tuviese que sortear gran cantidad de información
sobre «Orientación».
Con Nexis, uno iba directo al corazón de las cosas… y sólo al corazón.
La base de datos era ingente: básicamente todos los periódicos y
publicaciones del mundo, desde el Times hasta la Revista de Robótica, de
veinte o treinta años atrás. Lo único que tenía que hacer era seleccionar la
parte de la base de datos que quería («Noticias») y teclear las palabras que
buscaba: «Compass Trust» y «fundación». Treinta segundos después tenía
una lista de todos los artículos en los que aparecían aquellas palabras.
Había once citas, que se remontaban hasta 1981. Varias de ellas eran
duplicados de las otras o reimpresiones de artículos de servicio por cable.
Pero la información relevante se reducía al hecho de que el Compass Trust
había sido fundado por J. Kendrick Mellowes, «un filántropo conservador».
Frank sonrió ante aquella identificación. Resultaba incuestionable que
Mellowes era eso, pero también era (y en particular) un «fan del espionaje»
que había pagado un ojo de la cara por un nombramiento a la Junta Asesora
del Presidente sobre Inteligencia Extranjera.
Frank volvió a la pantalla principal e inició otra búsqueda: esta vez
buscó «A. Lloyd Kolp». Momentos después la pantalla tembló ligeramente
y apareció una lista de cinco artículos.
El más reciente de éstos era de tres años atrás. En él se informaba de
que el general A. Lloyd Kolp dejaba, su puesto en el Instituto de
Investigación Médica del Ejército sobre Enfermedades Infecciosas.
Después de unas vacaciones con su familia, se esperaba que el general
asumiera el cargo de director ejecutivo del Compass Trust.
Frank se recostó en el asiento y dejó escapar un suspiro. Sabía quién era
Kolp. E incluso sin mirar los otros artículos, supo lo que decían. Echó una
rápida ojeada a los titulares para ver si estaba en lo cierto y vio que era así:
El jefe del Instituto de Investigación Médica del Ejército
afirma que el virus del mono no es amenaza
Las instalaciones Reston, desinfectadas: Kolp visita el lugar
El general se había hecho famoso durante un par de semanas cuando se
le pidió al Instituto de Investigación Médica del Ejército sobre
Enfermedades Infecciosas que cerrase y desinfectase un centro privado de
investigación sobre primates que tenía sus instalaciones en Reston, en
Virginia. Los monos habían muerto a docenas y se temía que alguna
enfermedad terrible pudiera escaparse de aquel lugar.
Kolp y sus tropas habían entrado en el centro. Y finalmente se había
escrito un libro acerca del incidente.
Pero Frank sabía que el Instituto de Investigación Médica del Ejército
sobre Enfermedades Infecciosas tenía una historia más oscura. Detrás del polisilábico instituto (cuyas siglas, IIMEEI, resultaban realmente difíciles
de pronunciar) había un nombre más simple y más antiguo: «Fort Detrick.»
A sólo unos kilómetros de Camp David, y verdaderamente muy cerca de
numerosas hileras de casas que se habían construido recientemente, Detrick
había sido el centro de acción para las investigaciones del Pentágono sobre
armas biológicas.
Aquello era, desde luego, un esfuerzo puramente defensivo; o al menos
eso se le dijo al público. Pero la realidad era que ninguna nación podía
desarrollar defensas contra aquellas armas si no entendía qué armas eran,
cómo funcionaban y cuáles podían ser sus limitaciones.
Lo cual significaba que tenían que construir y probar todas las armas.
Y así era como los investigadores del Pentágono trabajaban con algunos
de los virus y toxinas más peligrosos del mundo: botulin, ricin, ántrax
pulmonar, peste neumónica.
Se habían dedicado grandes recursos a lo que se conocía como el
«armamento» de agentes biológicos. Equipos de científicos exploraban
diferentes métodos de «aerosolización» tratando de identificar un único
método que garantizase la máxima dispersión. Otros trabajaban en técnicas
de microencapsulación, buscando el modo de impedir el deterioro de los
agentes biológicos expuestos al agua, al calor y al aire.
Otros investigadores aplicaban su talento en incrementar el poder letal
de agentes bacteriológicos y virales, en búsqueda de factores de aumento de
la mortalidad. Otros usaban la tecnología que combinaba de nuevo el ADN
para crear gérmenes nuevos y más peligrosos.
Todo eso en nombre de la defensa propia. Puesto que otros países
podían desarrollar armas biológicas, Estados Unidos se había visto obligado
a hacer lo mismo para poder inventar antídotos y estar preparado en caso de
ataque. Algunos pensaban que la investigación seguía en marcha a pesar de
los tratados que la prohibían, pero ¿quién podía asegurarlo?
Frank comenzó a tamborilear con los dedos sobre el escritorio. Detrick.
Kolp. Y Mellowes. Compass Trust. No hacía falta ser un genio para
adivinar que la expedición a Kopervik se había asustado por algo. Y
Annie… ¿ella qué? ¿Lo sabía? ¿Cómo no iba a saberlo? La expedición
había sido cosa suya. Había sido idea suya en un principio.
Apretó la tecla de imprimir y esperó a que fueran saliendo los artículos.
No era más que una corazonada; en realidad no podía demostrar nada,
pero sabía lo suficiente sobre aquella clase de cosas como para sospechar
que el Compass Trust era un conducto, un mecanismo de financiación para
proyectos que el Pentágono y la CIA querían dirigir «bajo mano».
La pregunta era: ¿por qué aquella expedición? ¿Y por qué ahora? ¿Por
qué iba el Pentágono a financiar en secreto un proyecto para recuperar un
virus que se había perdido hacía mucho tiempo, y que además era muy
peligroso, de debajo del permafrost? La respuesta parecía obvia: porque el
proyecto era ilegal, o violaba algún tratado, como el que prohibía la
investigación de armamento de gérmenes.
Mientras cerraba el ordenador se fijó por primera vez en que había
empezado a llover y que él estaba sentado allí casi a oscuras. Se recostó en
el sillón, soltó un suspiro y se puso a reflexionar; pensó que la oscuridad
encajaba con el estado de ánimo que se cernía sobre él.
«Jesús —pensó—. ¡Annie! ¿Cómo has podido, nena?»
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