El primer jinete del Apocalipsis
Capítulo 1
Montañas Diamond
26 de enero de 1998
Al principio no lo oyó. El ruido nacía a mucha distancia, a cientos de
metros más abajo, un rugido lejano que llevaba el viento. Kang, que subía
pesada y lentamente por la ladera de la colina, llevaba la cabeza baja,
ignorando tanto el gemido del viento como el sonido que éste llevaba en sus
fauces.
El frío le entorpecía la marcha. Dos veces se había resbalado en el hielo,
y las dos había conseguido parar la caída con las manos hundiendo los
dedos en la capa de nieve, lo que, teniendo en cuenta los agujeros que había
en los guantes, era como agarrarse a hielo roto.
Aun así se sorprendió a sí mismo por haber llegado tan lejos como había
llegado, y además en pleno rigor del invierno. Era, al fin y al cabo, un
lisiado. Pero duro. Duro como lo eran los coreanos. Y aunque otros habían
recorrido antes aquel camino (había trepado a través de un bosque fantasma
en el cual mil pinos habían quedado reducidos a tocones), ellos tenían dos
buenas piernas que los llevaban.
Mientras que él sólo tenía una.
La mayor parte de los árboles los habían talado hacía años para hacer
leña. Pero al subir más alto, Kang vio que a algunos pinos los habían
despellejado vivos, les habían arrancado la corteza para conseguir comida.
O lo que servía de comida en los años de hambruna.
La madera suave, la que estaba justo debajo de la corteza, servía para
llenar el estómago. Y aunque apenas era digestible, resultaba agradable de masticar. Quitaba los dolores del hambre, al menos durante un rato, y la
misma corteza servía para hacer un té flojo.
Sin embargo, quitarles la corteza mataba a los árboles y hería la tierra.
Eran principalmente las mujeres quienes escalaban las colinas para
buscar hierbas silvestres, corteza y leña. Hasta que la enfermedad se la
había llevado, como se había llevado a tantas otras, la mujer de Kang había
subido por aquella misma colina armada con la misma sierra plegable que
ahora llevaba él y una cuerda de igual longitud.
Ella le había sugerido que fuera en aquella dirección. Y aunque el
camino era tremendamente inclinado, Kang había mantenido su promesa y
había hecho lo que ella le había sugerido. Desde la muerte de su esposa, él
había realizado aquella caminata una docena de veces, y había cambiado la
madera que había recogido por hierbas, arroz y un par de botas viejas.
Ahora ya conocía las colinas por encima de Tasi-ko tan bien como las
grietas que había en el techo encima de su cama.
Se detuvo unos instantes para recuperar el aliento y examinó el terreno
de la parte más alta de la colina para calcular la manera más práctica de
pasar por encima de las rocas y para decidir por adelantado dónde iba a
colocar cada pie. Aquello era más complicado de lo que hubiera podido ser
de otro modo, pues tenía una pierna de madera de la rodilla hacia abajo y
era insensible a las diferencias de posición del pie.
Ante él se extendía una zona abierta; eligió el camino cuidadosamente
para atravesar el campo de nieve, mostrándose cauteloso debido a las
hendiduras. Finalmente llegó a la cima de un risco y se encontró en el lugar
que buscaba, un bosquecillo de pinos robustos erizado de agujas verdes por
encima de la nieve.
Como ocurría siempre que iba allí, el rostro de su esposa destellaba ante
él, y los ojos le rebosaban de lágrimas. Luego se lanzó hacia el bosque y, al
encontrar un arbolito nuevo, le arrancó una rama del tronco y sorbió la
resina. Mientras lo hacía buscó a su alrededor un árbol apropiado, uno que
pudiera cortar con la sierra y arrastrar hasta la aldea.
Y entonces fue cuando lo oyó; lo oyó por primera vez en el silencio que
reinaba entre los pinos. Cabalgando a lomos del viento se percibía un ruido
claro y distinto, un gemido mecánico que reconoció al instante.
Era el sonido de la liberación, el clamor del rescate.
Kang volvió cojeando hasta el risco y se puso a mirar con los ojos
semicerrados colina abajo, hacia la carretera, donde un convoy de camiones
que la distancia convertía en miniaturas rodaba hacia Tasi-ko.
En total había seis camiones que transportaban tropas, un jeep y un par
de remolques con excavadoras de color naranja sujetas a la parte de atrás.
Al mirarlos tal como hacía Kang era posible seguir el sendero que el
convoy había tomado, un sendero que serpenteaba a través del valle. Los
neumáticos con cadenas, que mordían la nieve y el hielo, revolvían la tierra
de tal manera que casi parecía que los camiones hubiesen trazado una línea
a través de los irregulares contornos del terreno.
Por primera vez desde hacía semanas, a Kang se le levantaron las
comisuras de la boca en una sonrisa. Con un gruñido de alivio se dejó caer,
se sentó en la nieve y, utilizando una pequeña herramienta que llevaba para
tal propósito, se ajustó los tornillos de la pierna artificial. Ahora las cosas
irían mejor.
No es que hubieran podido ponerse peor de lo que ya estaban. Aquél era
él invierno más monstruoso que nadie recordaba, una estación de frío
paralizante en la que el hambre se había vuelto hambruna y ésta se había,
convertido en plaga. En aquel momento, treinta y una personas, una cuarta
parte de la aldea, yacía en el suelo de la fábrica; los cadáveres se
encontraban amontonados como haces de leña. (Aquel edificio, que era de
cemento y tenía forma de ataúd, era un lugar donde se habían fabricado
escobas, buenas escobas, durante más de veinte años. Kang pensó que ahora
el edificio estaba tan muerto como sus moradores. Sin combustible, los
tornos se habían quedado silenciosos, al mismo tiempo que el aire se iba
haciendo más quieto y frío.)
Si visto por fuera el edificio resultaba desalentador, el interior era
aterrador: un improvisado depósito de cadáveres pavimentado con cuerpos
de hombres, mujeres y niños cuyos miembros llenos de ampollas habían
adquirido un asombroso color azul en los días anteriores a su muerte. Como
era el único trabajador médico de Tasi-ko, había sido de Kang la
responsabilidad de acarrear los cadáveres al lugar donde ahora yacían, en
espera de ser enterrados en primavera.
Hasta que había visto los camiones que serpenteaban hacia la aldea,
Kang había empezado a dudar de que, en primavera, quedase alguien para
enterrar a los muertos. Y si por casualidad quedaba alguien, no parecía
probable que fuera él, o que tuviera la fuerza para manejar un pico y una
pala.
Ahora se sentía avergonzado, avergonzado de la amargura de aquellos
pensamientos. En algún momento, quizá cuando murió su mujer, se había
rendido al pesimismo. Había empezado a pensar que el sufrimiento de
Tasi-ko había pasado inadvertido, o que hacían caso omiso del mismo
porque se trataba de una aldea remota e insignificante. Aquéllos eran
pensamientos subversivos, como bien sabía Kang. Si los compartía con los
demás, pudiera ser que debilitasen la resistencia de todos los ciudadanos. Y
eran pensamientos erróneos además de subversivos. Resultaba evidente que
la vida de un campesino de Tasi-ko era tan valiosa como la de un ingeniero
de Pyongyang. La prueba estaba allí, en la carretera que tenía debajo.
Simplemente había sido cuestión de tiempo y de asignación de los escasos
recursos.
La presencia del ejército fue una reprimenda a sus pensamientos
negativos. Los camiones contendrían en su interior comida y medicinas, y
médicos, médicos auténticos, no trabajadores médicos como él. Aquéllas
eran personas que habían ido a la universidad en Pyongyang. Ellos sabrían
qué hacer.
Mientras que él no podía hacer nada. En menos de un mes había visto
cómo la aldea quedaba diezmada a causa de una enfermedad cuyos
síntomas eran tan violentos y raros qué, al oír hablar de ellos, habían
enviado a Tasi-ko a un médico del Instituto de Enfermedades Infecciosas de
la capital.
El médico que habían enviado era bajo y muy viejo, un hombre
compacto como una nuez y con incisivos grandes y amarillos. Fumaba un
cigarrillo importado tras otro y hablaba a borbotones salpicados de largos
silencios. Kang sabía que, si aquel hombre fumaba tanto, es que debía de
ser alguien importante. Pero aun así, a Kang no le cayó bien.
Al final el médico examinó a una docena de pacientes, cuatro de los
cuales habían muerto desde entonces. Apuntaba los síntomas que presentaban y le hacía preguntas a Kang sobre el desarrollo de la
enfermedad. Tomó muestras de sangre de cuatro aldeanos y dispuso que a
dos de los fallecidos los envolviesen en sábanas y los trasladasen a la
capital para hacerles allí la autopsia.
Cuando el médico se disponía a marcharse, Kang le preguntó qué tenía
que hacer en su ausencia, pero el viejo no le respondió. Encendió otro
cigarrillo y, asomándose a la ventanilla del coche, apuntó hacia el edificio
donde se guardaban los muertos.
—Todo esto es cosa de la señora española —le dijo—. ¡La señora
española ha hecho esto!
Aunque no le correspondía a Kang contradecir a un médico importante
de Pyongyang, no pudo contenerse. Cuando el coche se puso en marcha
echó a correr tras él.
—Pero, doctor… ¡eso no es así! No hemos tenido ninguna visita.
Ningún extranjero… —De pronto, el coche empezó a alejarse y Kang
preguntó a voz en grito—: ¿Qué puedo hacer?
El viejo se volvió en el asiento para echar una última mirada y meneó la
cabeza. Kang se quedó en la carretera pensando que aquel hombre estaba
loco.
Pero todo aquello no importaba ya. El viejo había vuelto. Había
regresado con medicinas… y excavadoras para enterrar a los muertos.
Kang era consciente de que tenía que darse prisa en bajar de la colina
para ayudar a los soldados. Pero el frío le hizo titubear. Cualesquiera que
fueran las medicinas que pudieran traer los soldados, cualquiera que fuera
la comida que trajesen, resultaba casi imposible encontrar leña, de manera
que habría sido una pérdida de tiempo subir tan arriba con semejante frío
para volver con las manos vacías.
Abandonó el risco y se dirigió a la ladera boscosa que se encontraba a
cien metros de distancia; se precipitó sobre un árbol pequeño y,
arrodillándose en la nieve, comenzó a serrar con furia el tronco con la
pequeña sierra plegable. La resina era pegajosa y se pegaba a los dientes de
la sierra, pero al final el árbol se desplomó. Kang se puso en pie con
dificultad. Ató la cuerda alrededor de las ramas más cercanas a la base del pino, dio media vuelta y echó a correr de nuevo hacia el risco, arrastrando
el árbol detrás de él por medio de la cuerda.
Se detuvo en lo alto del risco para recuperar el aliento, y lo que vio
desde allí lo dejó desconcertado. Aproximadamente a un kilómetro al sur de
la aldea, tres camiones y un remolque, lo que suponía la mitad del convoy,
se detuvieron en medio de la carretera y se quedaron allí esperando.
Mientras tanto, los otros camiones siguieron su camino; entraron con
estruendo en la aldea y… pasaron de largo.
Excepto el jeep. El jeep se detuvo en la placita que, en tiempos mejores,
había servido de mercado para los granjeros de por allí. Los aldeanos que
andaban haraganeando en medio del frío se sintieron atraídos por el jeep
como virutas de hierro por un imán, aunque Kang sabía en qué consistía la
verdadera atracción: la promesa de medicinas, comida y noticias.
Echó a andar de nuevo, pero acto seguido vaciló. La parte del convoy
que se había detenido al sur de la ciudad no se había movido del sitio. Los
camiones seguían plantados en medio de la carretera con los motores
apagados mientras los soldados se paseaban por los alrededores fumando
cigarrillos y con las Kalashnikov colgadas del hombro.
Y allí, al norte, se repetía la misma escena. La otra mitad del convoy se
paró más o menos un kilómetro después de pasar Tasi-ko. Los soldados
saltaron de la parte de atrás de los camiones y se pusieron a esperar.
Era un panorama inquietante, incluso visto desde tan alto. Estaban
poniendo la aldea en cuarentena. Y aunque a Kang le molestaba ver a
Tasi-ko aislada de aquel modo, empezó a comprender la prudencia de
aquella medida. Fuera cual fuese la pestilencia, había que contenerla.
Traicionado por China, apaleado por las inundaciones y acosado por la
hambruna, su país difícilmente podría soportar otro desastre más.
Una vez más pensaba de forma, peligrosa, sediciosa. Pero lo que
pensaba era la verdad. Y una segunda verdad era que estaba muy cansado y,
al estar cansado, le faltaba la energía para «quitar las malas hierbas del
jardín de sus pensamientos».
Aquélla era la metáfora que a Kang le habían enseñado en el ejército;
había servido durante seis años como oficial médico en una unidad de
reconocimiento en la zona desmilitarizada. Algunos pensamientos eran flores, pero otros eran malas hierbas. E incluso otros eran víboras. Se
necesitaba una vigilancia constante para identificar correctamente cada uno
de ellos.
Pero «la vigilancia constante» requería más energías de las que Kang
podía gastar. Con los años había perdido demasiadas cosas: la pierna a
causa de una mina de tierra, su mujer debido a la enfermedad. Durante la
última semana había comido poco más que algunas hierbas silvestres, y
ahora… ahora su cabeza, sus pensamientos, eran cualquier cosa menos un
jardín. Eran una auténtica ruina, y a él, sencillamente, le daba igual. ¿Qué
más podía hacerle el mundo?
De pronto, un megáfono eléctrico comenzó a crepitar y a silbar en la
plaza. Kang se esforzó por oír lo que se decía, pero a medida que las
palabras subían flotando por la ladera de la colina se iban apagando, de
modo que resultaba imposible entenderlas. Pero vio el efecto que causaban:
rechazada ahora, la gente se apartaba del jeep y desaparecía en el interior de
sus hogares. Y al cabo de poco rato la aldea, un agrupamiento de casas de
madera y una fábrica abandonada, todas decrépitas y rodeadas de
barbechos, se encontraba tan vacía como una aldea fantasma. Sólo entonces
el jeep se marchó de la plaza del mercado dejando tras de sí un penacho de
humo blanco procedente del tubo de escape mientras rodaba hacia el norte
para dirigirse al segundo bloqueo de la carretera.
Primero una cuarentena y ahora un toque de queda, pensó Kang. Pero…
¿en pleno día? ¿Por qué? ¿Y los médicos? ¿Dónde estaban los médicos? La
cara de Kang, que había permanecido impasible durante tanto tiempo, se
arrugó al fruncir el entrecejo. Lo que veía no tenía sentido, y su instinto le
decía que actuase con cautela. Y aunque parecía bastante improbable que
alguien se diera cuenta de su presencia desde allí abajo, tan lejos, se quitó la
bufanda roja que le había hecho su mujer con la lana de un jersey viejo. Se
metió la bufanda dentro de la chaqueta y se sentó en el árbol que había
llevado a rastras hasta allí. Luego rompió una ramita de una de las ramas
mayores y se puso a masticarla sin dejar de vigilar la carretera.
En el transcurso de la hora siguiente no ocurrió gran cosa más. Salvo
por los soldados y las barricadas, la carretera que conducía a Pyongyang
permanecía vacía. Demasiado vacía. Nunca estaba muy transitada, pero ahora se hallaba completamente desierta. Ni un solo coche, camión o peatón
llegó a ninguna de las dos barricadas. Aquello sólo podía significar que
había otras barricadas nías lejos de la aldea, y que las que él veía servían
para un propósito muy diferente del que había imaginado en un principio.
No estaban allí para impedir la entrada del tráfico. Estaban allí para que la
gente no saliera.
A Kang, el corazón le dio un vuelco en el pecho.
Después, bruscamente, comenzó a haber movimiento. Como si les
hubieran dado una señal, los soldados que se encontraban a ambos lados de
la aldea se precipitaron en desbandada hacia los bordes de la carretera,
donde se agazaparon dentro de unas zanjas. Kang no sabía cómo interpretar
aquello… ni siquiera cuando vio el avión que se acercaba por encima de las
montañas.
Como todos los aviones que había visto, aquél era un avión militar. Su
piel de aluminio de color marrón apagado parecía absorber la luz del sol.
Kang estuvo observando el avión mientras se acercaba más a Tasi-ko con
los motores rugiendo en el aire helado. De pronto una parte del fuselaje se
desprendió y cayó, dando volteretas, hacia la aldea. Kang no podía creer lo
que veía. El avión se inclinó hacia el este, se niveló y aceleró en dirección
al horizonte mientras Kang, sin pensarlo, se puso en pie de un salto.
Abrió la boca para gritar o para chillar… al avión, a la aldea, a los
soldados… pero era demasiado tarde. El mundo se puso a latir. Se produjo
un destello de luz y hubo un ruido sordo que sorbió el aire del cielo.
Durante unos instantes vio una oleada de luz abrasadora que se ondulaba en
todas direcciones desde Tasi-ko. Luego, una marea de calor se aplastó
contra el risco, lo que hizo que él cayese. Jadeó para tratar de respirar,
volvió a jadear y cayó presa del pánico al comprender que no había aire en
el aire: sólo calor y olor a pelo quemado.
«Los están matando a todos», pensó. Frenético, resbaló sobre el hielo y
cayó con fuerza cuan largo era. Una ducha de luz se disparó detrás de sus
ojos y algo se le agrietó en lo más profundo de la cabeza. La visión de Kang
se hizo borrosa y lo último que vio antes de perder el sentido fue Tasi-ko
estremeciéndose en un mar de llamas.
Cuando despertó era de noche y el aire estaba cargado de olor a humo y
resultaba cortante. Sentía la cara como si se le hubiera arrancado la piel de
las mejillas, y la parte de atrás de la cabeza le latía rítmicamente, como un
tambor. Con los dedos de la mano derecha se tocó el lugar donde tenía el
dolor, justo detrás de la oreja, y al instante la retiró, impresionado por el
chichón sangrante que tenía allí. Durante un momento el estómago se le
revolvió y le dio la impresión de que el pecho le iba a estallar. Pero no
ocurrió nada.
Se oía a las máquinas rugir a lo lejos, hacia la izquierda, muy abajo.
Abajo. ¿Dónde estaba él?
Kang se sentó despacio y miró a su alrededor. Se encontraba sobre un
risco exactamente igual al que había por encima de Tasi-ko. El suelo,
cubierto de hielo, estaba liso y aquí y allá había tocones de árboles que
sobresalían en la nieve. Se dio la vuelta para mirar el lugar de donde
procedía el ruido y vio excavadoras que se movían de un lado a otro en un
campo de escombros; los faros de una docena de camiones iluminaban la
escena.
Se hallaba en un lugar elevado, por encima de unas obras de
construcción. Pero… ¿cómo había llegado hasta allí? Estaba recogiendo
leña y… El dolor de cabeza que tenía le hacía imposible pensar. Un torrente
de imágenes rotas le serpenteaba por el interior del cráneo: un avión
marrón, un jeep, el rostro de su esposa… fuego.
Necesitaba un médico, e instintivamente llamó a los hombres que se
veían allá abajo. Pero no podían oírle, desde luego. Con gran esfuerzo se
puso en pie y comenzó a bajar por la ladera de la colina dando voces que se
apagaban a causa del ruido atronador de las excavadoras. Una rociada de
piedras pequeñas le precedió en una pequeña avalancha y, al acercarse más,
vio por primera vez que el equipo de trabajadores estaba formado por
soldados, y que éstos llevaban puestas máscaras de gas.
Raro.
Se encontraba a mitad de camino en la ladera del risco cuando uno de
los soldados se dio cuenta de su presencia y se puso a gritar. Aliviado, Kang
se detuvo para recuperar el aliento y, de pie en medio de un montón de
cantos rodados, comenzó a agitar las manos haciendo señas y a gritar a su vez. Pero luego ocurrió una cosa extraña. El soldado se llevó la
Kalashnikov al pecho y empezó a disparar de aquella manera tan
disciplinada como lo hacían los soldados, salpicando el aire que flotaba
entre ambos con breves descargas de disparos que sonaron en el silencio
reinante casi como el código telegráfico que utilizaban los barcos en alta
mar.
Y mientras eso sucedía, el tiempo se dilató. De pronto Kang
comprendió dónde estaba, que era precisamente donde le parecía estar: en
el risco que se alzaba por encima de Tasi-ko. Y entonces se acordó:
LOS ESTABAN MATANDO A TODOS.
El canto rodado que había a su lado escupía piedras mientras las balas
de 9 mm lo golpeaban. Aun así, Kang no se movió. Tenía los ojos fijos en la
lejanía, sin hacer caso de los soldados que corrían hacia él, y miraba el
terreno baldío lleno de cráteres que se extendía allí, humeante e iluminado
por los faros de los camiones. Tasi-ko había desaparecido.
Darse cuenta de aquello le produjo más miedo aún que las armas, lo
asustó de un modo que nunca había sentido antes. Porque aquél era un
miedo que no tenía punto de origen ni enfoque. Venía de dentro y de fuera
al mismo tiempo. Era terror, puro y oceánico, e irradiaba de él como el calor
irradia de una hoguera.
Asustado, Kang dio media vuelta y echó a correr; gateó por la ladera de
la colina de roca en roca, avanzó de una roca a otra. Detrás de él, sus
perseguidores iban perdiendo terreno a medida que se adentraban en las
colinas frías, oscuras y desconocidas para ellos, y agitaban las linternas
describiendo arcos enormes e inútiles. Pronto se hizo evidente que no tenían
ni idea de qué camino había seguido Kang y que, además, empezaban a
pensar que se habían perdido.
Sin embargo, Kang seguía avanzando. Lejos de sentir la habitual
torpeza de la pierna de madera, cubría el terreno con inmaculada economía,
invisible como una sombra en la noche. Y aunque le ardían los pulmones y
tenía agotados los cuádriceps, continuó subiendo y adentrándose cada vez más en las montañas, hasta que las voces de los soldados se fueron
apagando hasta reducirse a nada y dejaron de oírse las excavadoras.
Al cabo de cuatro o cinco horas en medio de aquel frío helador, Kang
llevaba la camisa empapada de sudor y el muñón se le había convertido en
un amasijo ensangrentado. Tenía los dedos congelados, el cráneo fracturado
y la cara era toda ella una ampolla. Las partes del cuerpo que no le dolían
era porque estaban muertas. Así de simple.
Pero siguió avanzando, y por fin encontró una especie de sendero que
conducía colina abajo. Siguiéndolo, emergió de las montañas justo cuando
la noche se iba haciendo gris para convertirse en alba. Al encontrarse junto
a Victory Road siguió la carretera sin pensar y sin importarle adónde iba. La
verdad era que no tenía ningún sitio a donde ir y, eso resultaba evidente, se
estaba muriendo. Lo más probable era que la energía que le quedaba
desapareciese pronto. Se sentaría a descansar y ahí acabaría todo. Si tenía
suerte, habría un árbol y podría recostarse en él… cerrar los ojos… y
sencillamente dejarse ir.
Tenía ganas de morirse de ese modo, como un viejo monje, soñando con
el mundo. Verdaderamente aquella imagen le levantó el ánimo y, mientras
caminaba al lado de la carretera, mantuvo los ojos abiertos por si veía el
árbol perfecto. El árbol de la muerte. Su árbol.
Pero no lo encontró por ninguna parte. La mañana dio paso a la tarde, el
aire se calentó y, poco a poco, el día se disolvió en el atardecer. Cayó la
noche, bajó la temperatura y Kang seguía caminando.
Así transcurrió el segundo día, y luego el tercero. Instintivamente y sin
pensar, Kang se dirigía de manera trabajosa hacia el único lugar que
conocía tan bien como los alrededores de Tasi-ko: la zona desmilitarizada
de Corea. Una tierra de nadie vigilada muy de cerca que recorría más de mil
seiscientos kilómetros y que se extendía desde el mar Amarillo hasta el mar
de Japón. La zona desmilitarizada era a la vez una reserva natural y un
suelo asesino. Surcada por debajo con una maraña de túneles y erizada de
minas de tierra, era una cinta de color verde en un mar de lodo y hielo:
tranquila, poblada de bosques y peligrosa. La puerta de entrada al Sur
Vampiro, Corea del Sur.
Quizá allí encontrase su árbol.
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