El primer jinete del Apocalipsis
Capítulo 2
FLASH
TEXTO DE TELEGRAMA 98 SEÚL 008070
SECRETO
INFO CIAE-04 DODE-01 INR-02
PÁGINA 01
de la embajada americana en seúl
a cía langleyva inmediata 8030
día washdc prioridad
etiquetas: pins, clavijas, jefe, n. asia/rok
TEMA: (k) DESERCIÓN - KANG YONG-PU
ref: seúl
1. texto entero secreto.
2. rok apsn informa fuerzas us/rok detuvieron rpdc-cit ciudadano kang yong-pu el
29-01— 98 a las 4:00. kang afirma entrar en zona desmil. misma noche vía «tubo infiltración» aprox. a 44 kilómetros oeste de sehyon-ni.
3. kang veterano inválido y «trabajador médico» dice deserción siguió incidente
militar tasi-ko.
4. apsn asigna credibilidad cero a afirmación kang. fuente, «velocípedo»
(pyongyang) informa ninguna actividad militar en cuerpo II.
5. kang considerado «inestable». deserción oportunista.
6. acción. ninguna acción recomendada. (sujeto debe ser devuelto tras prestar
declaración re tránsito de zona desmilitarizada.)
Taylor Fitch se aflojó la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa;
se recostó en el sillón y, dejando escapar un suspiro, leyó el telegrama por tercera vez aquella tarde. Cómo antes había sido reportero de prensa (bien,
de acuerdo, aunque fuera una tapadera, había escrito algunos artículos),
hizo una mueca que quería ser una sonrisa al ver el uso de aquellos
acrónimos sin explicación. ¿Cuánta gente sabía que la APSN era «la CIA de
Corea del Sur», la llamada Agencia para el Plan de Seguridad Nacional?
¿Cuántas personas podían decirle a uno que la RPDC representaba a la
República Popular Democrática de Corea (también conocidos como los
comunistas)?
La respuesta era casi nadie, eso era. Y Fitch no se refería al público. Se
refería a la Agencia.
El agente de la CIA se frotó la mandíbula y se preguntó si debería
teñirse la barba. La llevaba desde los tiempos de la universidad y se le iba
volviendo gris, como el pelo de las sienes. Y no le gustaba. En realidad lo
odiaba (aunque no tanto, tenía que admitirlo, como odiaba el reciente
aumento de volumen de su cintura). Quizá fuese conveniente apuntarse a un
club. Pudiera ser que…
Quizá debiera prestar atención a lo que estaba haciendo. Podía perder
veinte kilos de peso y el telegrama aún seguiría allí. Tenía que hacer algo
con él.
Algo como… archivarlo. Sencillamente, quitarlo del escritorio y fichar
para salir. No era como si aquel como se llamase formase parte del círculo
de allegados de alguien. No era miembro de la Asamblea Popular… ni
siquiera cercano a nadie. En realidad, a menos que el puesto de Seúl hubiera
metido la pata por completo, aquel tipo llamado Kang ni siquiera era
miembro del Partido de los Trabajadores Coreanos. Lo único que era… era
una especie de enfermero, y además rural.
Tasi-ko. ¿Dónde puñeta…?
Fitch se dio la vuelta en el sillón giratorio y consultó el gran mapa que
había colgado en la pared detrás de él. Era un mapa topográfico de Corea
del Norte que tenía en la parte de abajo una lista por orden alfabético de
ciudades, pueblos y aldeas. Al lado de cada uno de los nombres había una
serie de coordenadas que proporcionaban la longitud y la latitud en grados,
minutos y segundos.
El mapa estaba centrado en la zona desmilitarizada, una gruesa línea
verde que iba de este a oeste siguiendo el paralelo 38. Al norte de la línea
unos alfileres rojos marcaban el paradero de las unidades de infantería y
artillería de la República Popular Democrática de Corea, mientras que las
posiciones navales y los campos de aviación se encontraban señalados con
chinchetas azules y blancas.
Tasi-ko se hallaba en el sector K-7. Eso era el Cuerpo II, en las
estribaciones de las montañas Diamond, a unos ciento treinta kilómetros al
norte de la zona desmilitarizada. En mitad de ninguna parte. Excepto…
Algo había ocurrido allí. O quizá no. La fuente con base en Pyongyang
no se había enterado de ningún «incidente», y Fitch tampoco. Pero eso no
significaba gran cosa. Corea del Norte era un lugar misterioso. Pasaban
muchísimas cosas de las que no se informaba ni dentro ni fuera del país. Así
que lo único que se podía decir en realidad era que aquel tipo, Kang, había
decidido vivir su vida y desertar. Y si era la hambruna lo que le había
empujado a hacerlo, ¿por qué iba a mentir? ¿Por qué iba a inventarse alguna
clase de «incidente» cuando lo único que tenía que decir era que tenía
hambre?
Así que quizá sí que hubiera ocurrido algo. Pero… ¿qué podría ser? El
telegrama no ofrecía pistas de ningún tipo, y Fitch creía saber por qué: Seúl
no lo había preguntado porque Seúl era perezosa.
Se suponía que aquél era un destino de élite, pero la realidad era que
casi siempre aquel puesto se conformaba con lo que los coreanos les daban;
mecanografiaban lo que fuese y lo enviaban a Langley. No lo procesaban.
No lo cuestionaban. Sencillamente lo pasaban y después se iban a la casa de
putas más cercana.
Fitch masculló para sí mismo y se volvió de nuevo hacia el escritorio.
Acercó más el teclado y redactó un telegrama que, despojado de los
encabezamientos, decía:
¿QUÉ «INCIDENTE»?
Luego le dio a la tecla de codificación del programa de procesador de
textos, imprimió los resultados y lo envió a Seúl por el gran fax rojo que descansaba, como un busto de Nathan Hale, sobre un pedestal junto a la
ventana.
La respuesta descodificada estaba encima de su escritorio al día
siguiente por la mañana. Según MOTOWN (que era la manera como a Seúl
le gustaba referirse a sí misma), Kang afirmaba que Tasi-ko había sido
destruida por completo hacía unos diez días. Eso, decía, se había llevado a
cabo mediante lo que parecía una explosión de aire combustible que se dejó
caer sobre la aldea unas horas después de que los soldados la acordonasen.
No había más supervivientes que Kang, y la aldea había sido enterrada por
excavadoras. No quedaba nada.
«Fuente afirma Tasi-ko era sede de epidemia desencadenada POR
MUJER ESPAÑOLA (NO IDENTIFICADA). AFIRMA QUE LA
ACCIÓN de rpdc siguió a la inspección realizada por médico, instituto para
Enfermedades Infecciosas de Pyongyang.»
«¿Qué mujer española? —pensó Fitch—. No hay mujeres españolas en
Corea del Norte. O si las hay, habrá tantas como banjos hay en Timor. Y sea
como sea, ¿cómo iban ellos a saber quién la había desencadenado?»
El mensaje acababa con una breve advertencia en la cual MOTOWN
ponía mucho énfasis en dejar claro que ellos no tenían modo de verificar
aquella historia, la cual, recordaban, les había sido ofrecida por una fuente
que en modo alguno podía considerarse fiable.
Tenían razón, desde luego, y Fitch pensó que había que admitir que
aquel tipo, Kang, cada vez parecía más loco. Sin embargo… no estaría de
más hacer un par de llamadas, porque nunca se sabía. Nunca se sabía.
Lo que necesitaba eran fotografías, fotos de Tasi-ko (o de lo que
quedase de ella). Y precisamente había un par de lugares en donde quizá las
tuvieran.
El primero de esos lugares era la Oficina de Reconocimiento Nacional u
ORN. Era una oficina subsidiaria de la CIA, con un gasto de seis mil
millones de dólares al año, que estaba especializada en fotografías de alta
resolución tomadas por satélites espía. Por desgracia, la ORN exigía que
cualquier petición de imágenes debía tener el permiso de la oficina de
enlace de la Agencia, lo cual significaba que el peticionario necesitaba proporcionar una contraseña única a uno de los Programas Especiales de
Acceso de la Agencia.
En este caso, sin embargo, no había ningún programa, y por lo tanto
tampoco había contraseña alguna. Fitch simplemente estaba siguiendo una
corazonada, por lo que la oficina de enlace puso mala cara.
Afortunadamente el Pentágono mostró más ganas de cooperar que la
ORN, y Fitch se aseguró de que podía conseguir lo que necesitaba de la
Agencia Nacional de Imágenes y Mapas. Aquél era el único proveedor
militar de imágenes desde el espacio, y en muchos aspectos sus archivos
eran más extensos que los de la propia ORN. Mientras que esta última se
concentraba en objetivos ultrasensibles, tales como despliegues de tropas y
situación de reactores nucleares, la misión de la Agencia Nacional de
Imágenes y Mapas (ANIM), era mucho más amplia.
Aparte de una imponente serie de misiones militares convencionales, la
Agencia Nacional de Imágenes y Mapas tenía la tarea y la inmensa
responsabilidad de trazar en tres dimensiones los mapas del mundo, del
mundo entero, mientras al mismo tiempo vigilaba cualquier cambio que
sufriesen las líneas costeras y detallaba los cambios climáticos y las
explotaciones agrícolas de cada uno de los continentes.
Era esta última responsabilidad la que Fitch tenía en mente cuando se
puso en contacto con la oficial de enlace en la Agencia Nacional de
Imágenes y Mapas y le explicó lo que estaba buscando: «pix».
—Bueno, ha venido usted al lugar adecuado. ¿Y qué clase de «pix»?
—Corea del Norte.
La mujer hizo un sonido que no la comprometía, una especie de gruñido
ahogado por algún tipo de mueca.
—¿Eso es un sí?
—Bueno, depende. Es un lugar grande.
Fitch se dio la vuelta en el sillón y buscó Tasi-ko en el índice del mapa.
—Tengo las coordenadas aquí mismo.
—Démelas.
Así lo hizo.
—¿Tiene usted un marco temporal?
—Sí. En realidad tengo dos. Necesito algo que se fotografiara la semana
pasada, y también una foto del mismo lugar aproximadamente un mes
antes.
—Antes y después —dijo la mujer.
—Exacto.
—Bien… Veré qué puedo encontrar, pero si lo encuentro, ¿qué tipo de
resolución necesita?
—Ésa es la buena noticia —le comentó Fitch—. No necesito gran cosa.
Las fotografías del terreno, nada más. Bueno, siempre y cuando se pueda
distinguir la diferencia entre un aparcamiento y un arrozal.
—Oh, bien —aceptó la mujer, que iba cobrando ánimos—. No creo que
eso sea ningún problema. Aunque si quiere saber la verdad, me parece que
usted podría obtener todo lo que quiere a través de Internet.
—No estoy conectado a Internet —le explicó Fitch.
—¡Pues debería estarlo!
—En realidad no. Si lo estuviera tendrían que matarme.
—¿Qué quiere decir?
—Es un asunto de seguridad. Ninguno de los ordenadores que hay aquí
están conectados al teléfono.
—Bueno, sólo por si acaso. Estamos en uve doble, uve doble, uve
doble, punto, nima, punto, com. —Hubo una pausa y luego le preguntó—:
¿Lo ha apuntado?
—Sí —respondió Fitch—. Ya lo tengo. Pero hasta que no esté
conectado… ya sabe, es dudoso.
Las fotografías llegaron aquella misma tarde; se las entregó en mano un
mensajero del Pentágono justo cuando Fitch se estaba poniendo el abrigo
para irse a casa. De pie en la puerta, abrió el sobre y sacó un par de
imágenes de 11 x 14. La primera era una fotografía en color falso del
Landsat que cubría un arco de noventa y dos segundos, unos tres kilómetros
de ancho. Mostraba un agrupamiento de lo que parecían cabañas de
hormigón rodeadas de campos en barbecho en las estribaciones de las
montañas Diamond. Una anotación al dorso proporcionaba la hora, la fecha
y las coordenadas:
13.07.23Z
13-1-1997
38º 41'16" N, 126º 54'08" E
La segunda imagen era en blanco y negro y llevaba un sello al dorso
que indicaba que era producto de un programa de reconocimiento de las
Fuerzas Aéreas cuyo criptónimo se había borrado. La fotografía estaba
fechada el 28 de enero de 1998 y daba las mismas coordenadas que la
primera. Y aunque el arco era algo diferente, sólo treinta grados, la imagen
que se veía no era en modo alguno ambigua.
Mostraba un campo, con nieve alrededor.
El corazón de Fitch comenzó a latirle más de prisa al mover los ojos de
una fotografía a la otra y viceversa. Comprobó las coordenadas por segunda
vez, pero en realidad no había necesidad alguna de hacerlo. La misma
carretera de dos carriles atravesaba también el «aparcamiento». «Jesús —
pensó—, es como un truco de magia. Ahora lo ves, ahora no.»
Y aunque sabía perfectamente lo que representaban aquellas fotografías,
una masacre, también se daba cuenta de que, como había sido el primero en
notarlo, obtendría muchos méritos por ello. Quizá hasta una medalla, o por
lo menos una felicitación. Y por eso, allí de pie en la puerta de la oficina
con la certeza de tanta muerte en las manos, una sonrisita le apareció en las
comisuras de los labios.
Tardó cuarenta y ocho horas en obtener una copia del interrogatorio de
Kang, y cuando llegó el texto resultó que todavía estaba en coreano;
veintiséis páginas de hangul acompañadas de una disculpa automática de
MOTOWN (cuyos traductores, se decía en la nota de disculpa, iban «todos
atrasados»). Fitch había tenido la esperanza de darle una traducción a cada
uno de los que formaban el Grupo de Trabajo de Tasi-ko (nombre que tenía
que confesar resultaba en cierto modo pretencioso). Pero puesto que no era
posible, decidió que era mejor invitar a Harry Inoue. Al ser norteamericano
de origen japonés, Harry dominaba con fluidez el coreano y otros cuatro
idiomas.
El grupo lo formaban cinco personas. Además de Fitch e Inoue estaban
Janine Wasserman, veterana oficial que era abogada y acababa de regresar
al cuartel general después de una visita de trabajo a Seúl; Alien Voorhis,
analista reputado que se había pasado la mayor parte de su vida profesional
en el Centro de Interpretación Nacional de Fotografías, y George Karalekis,
físico que ostentaba el cargo de director de Ciencia y Tecnología.
Fitch les dio a cada uno de ellos la bienvenida a la pequeña sala de
reuniones que había reservado aquel viernes por la mañana y comenzó a
repartir copias de las fotografías que había recibido de la Agencia Nacional
de Imágenes y Mapas. Después le preguntó a Harry Inoue cuánto tiempo
pensaba que tardaría en traducir aquel informe.
—Bueno, eso depende —le contestó Inoue—. ¿Puedo llevármelo a
casa? —Fitch negó con la cabeza, y el lingüista se encogió de hombros—.
Entonces el martes.
—De acuerdo —respondió Fitch—. Entretanto, ¿por qué no le echa un
vistazo? Mire lo que dice.
Inoue hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y empezó a leer.
Cuando todos hubieron tomado asiento, Fitch explicó por qué se
encontraban allí. Les contó cómo un sanitario llamado Kang había cruzado
la zona desmilitarizada de noche y luego había contado una historia que
podría haber sido, increíble… si las fotografías que tenían delante no la
hubieran confirmado. Por alguna razón, el ejército de Corea del Norte había
utilizado lo que parecían, de acuerdo con el testigo, explosivos de aire
combustible para destruir una aldea entera. Y además una aldea amistosa. Si
podía confiarse en un censo de hacía treinta años, se había asesinado a más
de cien personas.
—Yo no veo ningún cadáver —dijo Voorhis mientras miraba las
fotografías por la parte inferior de las gafas bifocales—. Lo único que veo
es un montón de escombros.
Fitch asintió.
—Tiene razón. Kang podría estar equivocado. Quizá escapase alguien
más.
—Puede que escapasen todos —sugirió Wasserman.
Fitch la miró. Wasserman era una mujer alta y fornida de cerca de
cuarenta años, con una voz áspera y unos ojos azules y penetrantes. Iba
vestida, elegante como siempre, con ropa que Fitch supuso era de diseño.
(Alguien había dicho que aquella mujer tenía mucho dinero y que estaba
emparentada con los Guggenheim, o pudiera ser que con los Rothschild.
Dinero antiguo, en cualquier caso, y además a montones.)
—¿Qué quiere decir? —le preguntó.
Wasserman se encogió de hombros.
—No sería la primera vez que los norcoreanos recolocasen a la
población. Y tampoco sería la primera vez que decidiesen escenificar algo.
Fitch se quedó pensando en ello durante unos instantes y luego
comentó:
—Buena observación. Es posible que los hayan trasladado. Y también
es posible que quieran ese lugar para otra cosa. —Hizo una pausa—. Pero
no es eso lo que dice Kang. Y ese hombre es nuestra única fuente.
Karalekis intervino con la pregunta obvia:
—Bueno, y ya que usted lo menciona, ¿qué es lo que dice exactamente
el señor Kang? ¿Cuál fue el motivo de toda esta destrucción?
Fitch se volvió hacia Inoue y levantó las cejas.
Inoue se aclaró la garganta y se inclinó hacia adelante, sin apartar la
mirada del informe.
—Dice, y estoy traduciendo al pie de la letra, que la aldea se encontraba
en mitad de una epidemia. Que estaba muriendo mucha gente.
—¿Y explica ese hombre de qué estaban muriendo? —le preguntó
Karalekis.
Inoue negó con la cabeza y volvió la página.
—No. Dice que nunca había visto nada así. Fiebre de cuarenta y un
grados. Genitales gangrenados. —Miró inquisitivamente a Karalekis, cuya
cara se mantuvo inexpresiva. Después Inoue pasó otra página—. Vómitos
como proyectiles, hemorragias explosivas por la boca, por la nariz, por los
ojos… ¡Dios mío, escuchen esto! Dice que algunos de ellos se volvían
azules. «Azul brillante.» —Karalekis asintió, más para sí que para nadie
más—. ¿No le sorprende eso? —le preguntó Inoue—. ¿No le sorprende que
las personas se volvieran azules?
Karalekis se encogió de hombros.
—Eso ocurre a veces. Se llama cianosis.
Fitch se volvió hacia él médico.
—¿Sabe usted de qué está hablando ese tipo? ¿Hay algo en todo esto
que le diga a usted algo?
Karalekis puso los ojos en blanco.
—Podría ser cualquier cosa.
Fitch e Inoue se quedaron mirándolo fijamente. Al final Fitch dijo:
—No. No podría ser «cualquier cosa». No podría ser un resfriado
común, por ejemplo. Tampoco podrían ser hemorroides.
Karalekis soltó una risita.
—No me refiero a eso. Quería decir que no sé hasta qué punto el señor
Kang es un observador fiable. No sé qué estudios tiene ni…
Wasserman se inclinó hacia adelante.
—¿Podríamos… por favor? No veo qué tiene esto que ver con que el
ejército norcoreano destruya una aldea. Así que algunas personas estaban
enfermas…
—Al parecer, muy enfermas.
—¿Y qué?
Inoue levantó un dedo y lo movió en el aire.
—Esperen un minuto —les pidió; y pasó un par de páginas—. Aquí
dice: «Querían…» Bueno, no sé, la palabra más cercana que encuentro
traducida sería «cauterizar». Dice que querían cauterizar el lugar.
—¿Y cómo iba a saber el señor Kang cuáles eran los motivos que tenía
el ejército? ¿Es que acaso se lo dijeron? —preguntó Wasserman.
Inoue pareció desconcertado.
—No —contestó—. Tiene usted razón. Es sólo algo que supone él. Pero
dice que estaba perdiendo uno de cada tres, uno de cada cuatro, pacientes,
cuando llegó un médico de Pyongyang. Y que fue justo después de eso, una
semana o así después, cuando el pueblo fue… destruido.
—Así que se figura que lo «cauterizaron».
Inoue asintió.
—Como una herida.
—¿Y si no trataban de controlar la enfermedad? —se le ocurrió
preguntar a Wasserman— ¿Y si lo que estaban haciendo era ocultarla?
—¿Y por qué habrían de querer ocultarla? —inquirió Fitch a su vez.
—Porque la economía es un desastre, las fábricas están cerradas, la
población se muere de hambre y nada funciona como es debido —
respondió Wasserman—. Lo último que les conviene es más publicidad
negativa.
—¿Y cree usted que serían capaces de matar a cien personas por eso?
Wasserman se quedó pensando en ello. Finalmente dijo:
—Seguro.
Karalekis se volvió hacia Fitch, que soltó un suspiro exasperado.
—¿Y el médico, el de Pyongyang? —preguntó Karalekis—. ¿Qué dijo
de la epidemia?
—Dijo… —Fitch echó una ojeada rápida a Wasserman y, al ver la
expresión escéptica que ésta tenía en la cara, se corrigió a sí mismo—.
Perdone. No sabemos qué dijo el médico. Pero según el señor Kang, el
médico le echó la culpa de todo aquello a… eh… una mujer española.
Wasserman se echó a reír a carcajadas, y Fitch apretó los dientes hasta
hacerlos rechinar.
—¡Oiga! ¡Les estoy diciendo lo que dijo aquel tipo!
La sala quedó en silencio. Voorhis se sonó la nariz y Karalekis tosió,
pero nadie sabía qué decir. Finalmente Inoue rompió el silencio.
—En realidad no es eso —dijo.
Fitch pareció perplejo y fastidiado, todo a la vez.
—¿Qué no es eso?
—No es eso lo que dijo. —Inoue dio unos golpecitos a la transcripción
que tenía delante—. No dijo «una mujer española». Dijo «la señora
española». Dijo que el médico le echó la culpa a «la señora española».
—Oh, bueno, en ese caso, perdone —se excusó Fitch.
Inoue hizo un gesto desventurado, como para explicar que él sólo
trataba de ayudar, cuando de pronto se dio cuenta de que Karalekis lo estaba
mirando con fijeza.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—¿Qué ha dicho usted… exactamente?
Inoue pareció apurado.
—¿Se refiere usted a lo de la transcripción? —Karalekis asintió—.
Bueno, era sólo un detalle, pero… según el señor Kang, el médico dijo…
—Miró la página del informe—. El médico le echó la culpa de todo a la
señora española.
—La señora española —repitió Karalekis.
—Sí. Eso es lo que pone aquí que dijo.
—No… «una mujer española».
Inoue negó con la cabeza.
—No.
Karalekis le sostuvo la mirada al traductor durante un buen rato. Luego
tragó saliva con fuerza y se dio la vuelta para quedar frente a Fitch.
—Me parece que será mejor que llame usted a Atlanta —le sugirió.
—¿«Atlanta»? ¿Qué es «Atlanta»? —le preguntó Fitch.
—Al CCE, el Centro para el Control de Enfermedades. Si su hombre
tiene razón, esa cosa podría matar a más gente que la segunda guerra
mundial.
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