El primer jinete del Apocalipsis
Capítulo 24
Lo de Stern fue idea de Annie.
Era un estudiante de posgrado del Departamento de Estudios Religiosos
de Georgetown que estaba escribiendo una tesis doctoral sobre nuevas
religiones (o algo por el estilo). Habían salido juntos un par de veces («Sólo
a tomar café o al cine», decía Annie), y luego habían perdido la pista el uno
del otro durante dos años más o menos. Hacía un par de semanas Annie se
había tropezado con él en el Starbucks de la avenida de Connecticut,
enfrente de la panadería Uptown. Él le contó que seguía trabajando en la
tesis y que publicaba más o menos cada trimestre una revista llamada
Armageddon Watch. Trataba de cultos y nuevas religiones, de lavado de
cerebro y del milenio. «Soy experto en chiflados», le dijo en broma. Lo cual
hizo que ella quisiera decirle también algo gracioso relativo a su
especialidad, que eran los «bichos», pero entonces le tocó la vez en la cola
y Annie no supo si quería un capuchino o un café con leche y…
Y entonces Stern desapareció.
—Creo que es bastante probable que sepa algunas cosas sobre el
Templo —le explicó Annie a Frank—. Queda dentro de su campo.
Frank se mostró de acuerdo en que debían ponerse en contacto con él.
Encontraron a Stern en la guía telefónica. Vivía a bastante distancia de
Georgetown, en Reservoir Road. Annie lo llamó y Stern la invitó a ir a
verlo.
—¿Te importa que lleve a un amigo? Es que estamos trabajando en un
asunto juntos.
No, no le importaba en absoluto. Y en realidad resultó ser el perfecto
anfitrión. Se reunieron con él a la puerta del destartalado edificio donde
tenía el apartamento, y después de subir les hizo un té negro y animó a Frank en la curiosidad que mostró por los numerosos libros que tenía.
Estaban apilados todos juntos, grandes y pequeños mezclados,
amontonados en todas las superficies horizontales. Se encontraban en el
suelo, sobre las mesas, en el alféizar de la ventana, en los radiadores… en
todas partes excepto en estanterías (de las que no había ninguna).
Era mayor de lo que Frank había imaginado: no se trataba de un
muchacho, sino de un hombre de casi treinta años. Tenía unos ojos azules
acuosos, una calvicie incipiente y llevaba el pelo demasiado largo o
demasiado cortó para fuera lo que fuese que se suponía que era. Calzaba
botas, vestía téjanos y una camisa grande de franela y sonreía mucho.
Frank y Annie comenzaron a beberse el té a sorbos sentados al borde de
un sofá desvencijado cubierto con una funda verde. Desde un rincón de la
habitación, los Five Blind Boys de Alabama cantaban alabanzas a Jesús a
través de la rejilla negra de altavoces opuestos de marca Bose.
—Ben es un portento —comentó Annie para ablandarlo—. Su tesis es
fantástica.
Stern soltó una risita entre dientes.
—«Fantástica» es la palabra correcta. Tiene seiscientas páginas y no me
encuentro ahora más cerca del final que cuando empecé hace tres años.
Frank hizo una mueca de comprensión.
—Conozco el problema —le dijo—. Llevo meses trabajando en el
mismo reportaje.
—La cosa es que cuanto más sabes, más se complica la cosa, así que el
final cada vez lo veo más lejos. Es como la paradoja de Zenón de Elea —les
comentó Ben a modo de ejemplo—, sólo que no son matemáticas, sino
prosa.
—Me ha dicho Annie que escribes sobre cultos.
Stern se inclinó de un lado a otro moviendo los hombros mientras
sopesaba los comentarios.
—Eso creo. Cultos, sectas, nuevas religiones… la forma en que se los
llame depende del punto de vista.
—¿Y cuál es tu tesis?
Stern se encogió de hombros.
—Pues que cuanto más cambian las cosas, más inmutables permanecen.
—Huh-huh.
Stern sonrió.
—Es un estudio comparativo: los taboritas y la Humanidad Unida.
Frank hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Nunca he oído hablar de ellos.
Stern se removió incómodo en el asiento, como si lo hubieran pillado
leyendo una revista de ovnis.
—Bueno, entre ellos son manzanas y naranjas —le explicó—. Quiero
decir que son muy diferentes, pero que también… también son bastante
parecidos. Los taboritas eran una secta religiosa de Bohemia del siglo
quince. Declararon la guerra al clero y predicaban una especie de
milenarismo proactivo.
—¿Qué es eso? —preguntó Annie— ¿Cómo…?
—Creyeron que era cosa de ellos marcar el comienzo del milenio en
lugar de quedarse sentados esperando a que ocurriese.
—¿Y cómo se «marca el comienzo del milenio»? —le preguntó Frank.
—Librando al mundo del pecado. Y eso es lo que han intentado hacer
utilizando cualquier arma que tuvieran a mano: la daga, el pico, la catapulta,
la ballesta. Confiad en mí, es buena cosa que no tuvieran la bomba.
—¿Así que lo que hacían era ir por ahí matando gente? —quiso saber
Annie.
Stern levantó las cejas bruscamente mientras sacaba un paquete de
Camel del bolsillo de la camisa. Encendió un cigarro con un mechero
Zippo, dio una calada larga y dijo:
—Mataban a los pecadores. ¡Eh! Eran agentes del milenio. En eso
consistía su trabajo, su obligación, su deber religioso, en masacrar a
cualquiera que no formase parte de su movimiento. Porque así era como
distinguían a los pecadores. Eran todos aquellos que no pertenecían a su
creencia. Así que los mataban. Y también así era como limpiaban la tierra.
—Jesús —exclamó Frank.
—Exacto. —Después de que un frunce irónico le apareciese en la
frente, Stern se inclinó sobre el baúl de barco de vapor que hacía las veces
de mesa baja y agarró a Annie por la muñeca. Hablando en un susurro
malévolo, aligerado sólo por el intento de fingir acento checo, aquel estudiante ya madurito masculló—: Maldito aquel que retira la espada para
no derramar la sangre de los enemigos de Cristo. No hay piedad para
Satanás. No hay misericordia para el mal. Eso decía Jan el Pío.
—Uy —exclamó Annie al tiempo que retiraba el brazo y se frotaba la
muñeca.
—¿Y los otros? —le preguntó Frank.
Stern pareció desconcertado durante unos instantes y luego dijo:
—Ah… te refieres a la Humanidad Unida. Ellos eran… diferentes.
—Pero también has dicho que eran parecidos.
—Bueno, sí. Pero los separaban quinientos años en el tiempo, aparte de
sea cual sea la distancia, sicológicamente hablando, entre la Praga medieval
y la Santa Mónica en la época de la Depresión.
—Pues yo diría que la distancia era bastante grande —observó Frank.
—Yo también —añadió Annie.
—La Humanidad Unida brotó a principios de los años treinta —les dijo
Stern—. La dirigía un tipo llamado Arthur Bell, que hiló una teoría
conspiratoria sobre «nuestros amos secretos», los «banqueros
internacionales»…
—Vaya, vaya —bromeó Frank—, aquí vienen los judíos.
Stern, se echó a reír.
—¡Tienes razón! Fue una época en la que el antisemitismo era bastante
importante. Pero ese tipo también vendía el milenio, exactamente igual que
los taboritas. Sólo que en su caso la utopía tenía más que ver con el aire
acondicionado que con la reforma de las tierras.
Annie dejó escapar una risita.
—Pero tenía la misma idea —continuó diciendo Stern—. Dijo que iba a
haber un baño de sangre, una catástrofe natural seguida de una guerra como
el Armageddon que mataría no sé a cuántas personas, a la mayor parte de la
gente del mundo. Y aquello sería algo bueno, decía, porque marcaría el
comienzo de la Nueva Era. También conocida como «el milenio». También
conocido éste como «el cielo en la tierra». Después de la guerra todos
tendrían aire acondicionado gratis, una casa de veinticinco mil dólares y
semana laboral de dieciséis horas, a menos que quisieran jubilarse, en cuyo
caso recibirían una pensión.
—A mí ya me va bien —bromeó Frank.
—A mucha gente le gustó. Bell se hizo rico.
—Así que escribes sobre el hecho de que esos dos tipos, Jan el Pío y
Arthur el Aire Acondicionado, compartieron un sueño.
—Exacto —le dijo Stern—. Ellos y otros millones de personas a través
de los siglos. Todos compartían, todos comparten el mismo sueño
sangriento. ¿Quieres más té?
—Sí —aceptó Frank—. Por favor.
Stern le llenó la taza y se volvió hacia Annie.
—Bueno, entonces —empezó a decir en un tono que indicaba que iba
directo al grano—, ¿qué ocurre?
—¿Que qué ocurre? —preguntó ella.
—Bueno. Sé que no me has llamado para decirme que me quieres… y
de todos modos me dijiste que estabais trabajando juntos en una cosa. Me
dijiste que tú y Frank trabajabais juntos en algo.
—Oh, sí —respondió Annie—. Así es. Estamos trabajando en una…
cosa.
Se volvió hacia Frank, sonrió y estuvo tan cerca de parpadear con
coquetería como podía hacerlo una microbióloga. De ese modo le pasó con
soltura la pelota.
Frank suspiró y se aclaró la garganta.
—Bueno, pues tenemos interés en el Templo de la Luz —dijo sin
ambages.
Durante unos instantes pareció que Stern se quedaba sin aire. Se le puso
el cuerpo tenso, aunque ligeramente; luego se recostó en el sillón y les
dirigió una mirada que sostuvo. No dijo nada durante largo rato. Finalmente
se volvió hacia Annie con una expresión que parecía tener reservada para
alguien que quisiera venderle un Rolex de cincuenta dólares.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Annie parpadeó. Frank frunció el entrecejo.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó a su vez Annie.
—¿Que qué quiero decir? ¡Por Dios, Annie! Hace que no te veo…
¿cuánto tiempo? Dos años. ¿Y de repente sales de la nada, me llamas y me dices: «Ah, por cierto, éste es amigo mío y tenemos interés en el Templo de
la Luz»? ¿Es una broma?
—No —le aseguró Frank—. No es una broma.
Hasta aquel momento, Stern había tenido la mirada puesta en Annie.
Ahora se volvió bruscamente hacia Frank.
—¿Con quién estás? —le preguntó en tono flemático.
—¿Que con quién estoy? —repitió Frank—. No estoy con nadie. Estoy
con Annie.
—Escribe para el Post —le explicó Annie.
—¡No me digas! —Stern ladeó la cabeza—. ¿Cuál es tu número de
teléfono?
—¿Mi número de teléfono?
—Sí. El del trabajo. ¿Qué pasa si te llamo al Post?
—Bueno, en realidad ahora tengo un permiso.
Stern puso los ojos en blanco.
—Dame un respiro —dijo.
—¡Hablo en serio! Mira.
Frank sacó la cartera y le enseñó su pase de prensa y la identificación
del Washington Post.
—Cualquiera puede falsificar uno de ésos —le indicó Stern—. Es una
mierda.
—¡Exacto! Por eso se sabe que es auténtico, porque el del Post es
barato —le dijo Frank.
—Esto es ridículo —intervino Annie—. ¡Soy yo, Ben! ¿Qué estás
pensando?
Ben no le hizo caso y siguió mirando a Frank.
—Entonces, si tienes un permiso, ¿en qué estás metido?
—Tengo una beca Sam Johnson.
—¿Y eso qué es?
—Celebran una especie de concurso cada año. Los periodistas entregan
propuestas diciendo lo que harían si tuvieran un año para escribir sobre lo
que les interesa. Así que les entregué una propuesta y… les gustó.
Stern le sostuvo la mirada.
—¿Y era sobre el Templo de la Luz?
—No, se trata de virus emergentes. —El ceño fruncido de Stern se hizo
más profundo—. Puedes llamar a la fundación si quieres. Está en la guía
telefónica.
—¿Y cómo sé yo que la fundación no es una tapadera? —quiso saber
Stern.
—¿La Fundación Johnson? ¿De qué?
—Del Templo.
—¿Del Templo?
—¿Por qué no? El Templo da dinero a media docena de fundaciones,
como el Instituto para Experiencias Religiosas o la Fundación Gaia. Están
en todas partes. Tiene buenas relaciones públicas.
—Puede ser. Pero a esta fundación no le dan dinero. Fíate de mí. Al
viejo Coe le daría un infarto.
Stern continuó mirándolo; luego asintió, como si acabase de tomar una
decisión.
—Déjame que te enseñe una cosa —le dijo a Frank.
Se puso en pie, atravesó la habitación y se acercó a un escritorio que
había junto a la ventana. Apartó un montón de papeles, cogió una revista,
volvió a sentarse en el sillón y entonces le pidió a Frank:
—Examínala.
Y tiró la revista encima del baúl de barco de vapor que había entre ellos.
Era el número de primavera de Armageddon Watch; treinta y dos
páginas de papel tosco grapado por la mitad. En la portada se anunciaban
llamativamente reportajes sobre la Iglesia de la Cienciología e Internet,
sobre una secta de santería del oeste de Louisiana y sobre un balneario en el
que se hacían lavados de cerebro en el sur de la India.
Frank fue pasando las páginas una a una hasta que llegó a la ocho. Allí,
empotrada en una columna puesta debajo del encabezamiento de
«Personalidades», había una fotografía de Luc Solange mirando al sol con
los ojos entornados mientras sujetaba lo que debía de ser el timón del
desaparecido Crystal Dragon. El título rezaba: «Timonel.»
Frank se lo enseñó a Annie.
—Es guapo —comentó ésta, en cuya voz se notaba que estaba un poco
sorprendida.
Debajo de la fotografía había un párrafo breve.
Una rara aparición del gurú del Templo de la Luz, Luc Solange, en el
mar, a bordo del Crystal Dragon, buque insignia del Templo. Después de
quince años en Estados Unidos, Solange, suizo de nacimiento, se ha puesto
otra vez en marcha; su último viaje ha sido a Tokyo, donde dirigió unas
palabras a la organización Chosen Soren en noviembre pasado. (Foto:
Anón.)
—Buen trabajo —le dijo Frank.
—Tengo trescientos cuarenta y un suscriptores —le comentó Stern—.
La mayoría de ellos pertenecen al mundo universitario, y también hay
algunos padres. Un par de periodistas, unos cuantos investigadores privados
y… naturalmente las propias sectas. Ellos son los que dan apartados de
correos como dirección.
—¿Has escrito mucho sobre el Templo? —le preguntó Frank.
Stern dijo que no con la cabeza.
—Éste es el primer artículo en más de un año. En cierto modo estoy
tanteando el terreno.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Annie.
—Quiero decir que es peligroso. Es un problema. No me conviene. —
Hizo una pausa momentánea—. ¿Recuerdas la última vez que estuvimos
juntos?
Annie asintió y dijo:
—Por entonces yo iba a presentar mi gran propuesta. Hace dos años de
eso.
Stern hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
—Por cierto, ¿cómo te fue?
Annie echó una rápida ojeada a Frank.
—La rechazaron.
Stern hizo una mueca en señal de comprensión.
—¡Qué desastre! Bueno, pues ésa fue la última vez que escribí algo
acerca del Templo. Hasta ahora.
—¿Qué escribiste la primera vez? —le preguntó Frank.
—Un poco de lo mismo que os he contado. Encontré conexiones entre
Solange y algunos líderes de sectas anteriores, y puse de relieve las
similitudes. Lo apodé el «apocalíptico secular» que ha sustituido los Diez
Mandamientos por los principios de ecología profunda. Y también es un
personaje proactivo. Quiere provocarlo.
—¿El qué?
—El Apocalipsis. El Armageddon. Como quieras llamarlo. Si lees lo
que ha escrito, Solange dice que él es la última figura «histórica del
mundo»…
—¿Qué quieres decir?
—Jesús, Buda…
—Solange —sugirió Annie.
—Exacto. Y su importancia radica precisamente en ese hecho: él es la
comadrona del fin de los tiempos. O al menos eso es lo que dice.
—Pero… ¿por qué habría nadie de querer ser una cosa así? —le
preguntó Annie.
Las cejas de Stern se movieron arriba y abajo.
—Pues porque Solange no ve las cosas como tú y como yo. Su punto de
vista sobre el mundo es egocéntrico, está centrado en la ecología.
—Primero la Tierra —apuntó Frank.
—Exacto. La gente no es el factor principal. Lo es la naturaleza. Lo que
busca Solange es la restauración del Edén… lo cual, entre otras cosas,
significa el fin de la civilización industrial.
—Parece un hombre peligroso —comentó Frank.
—Puedes apostar a que sí. Por eso es por lo que lo llaman «el Primer
Jinete».
—¿El Primer Jinete? —repitió Annie.
Stern asintió.
—Sí, del Apocalipsis.
Los tres quedaron en silencio un rato tomando té. Luego Frank dijo:
—¿Y a ti qué es lo que te pasó? Quiero decir… ¿qué pasó entre ellos y
tú? Has dicho que estás tanteando el terreno al publicar la fotografía.
—Bueno, sí. El artículo que escribí entonces fue bastante directo, en
realidad. Principalmente, fue una recopilación de cosas que otros habían escrito, sobre todo periodistas, y cierta perspectiva histórica en las líneas
que acabo de darte. En realidad el único material nuevo procedía de un par
de informes que conseguí de un amigo que trabaja en el Departamento de
Justicia, en California. Su hijo desapareció en la secta de los Hijos de Dios
hace unos diez años, y él se ha convertido en un activista contra las nuevas
religiones desde entonces. Pero bueno… ellos vinieron a por mí.
—¿Quién vino a por ti? —le preguntó Annie.
—El Templo. O como a ellos les gusta llamarse a veces, «los mansos».
Me pusieron bajo vigilancia.
—Estás de broma.
—No —les aseguró Stern—. Fue igual que en las películas. Siempre
había alguien que me seguía a todas partes. Había un coche en la calle, a la
puerta de mi apartamento, dieciséis horas al día, desde las seis de la mañana
hasta las diez de la noche, siete días a la semana.
—Eso parece caro —comentó Frank.
—Me sentí halagado. Bromeaba con ellos cuando pasaba junto al coche.
Luego me mataron al perro.
—¿Qué?
—Oh, noooo —exclamó Annie—. Al perro labrador no. ¡A Brownie no!
—Alguien le dio comida envenenada. ¡Ya sabes cómo era! Se comía
cualquier cosa con tal de que no fuera comida para perros. Pobrecillo… Y
luego empezó a sonar el teléfono toda la noche; cambié de número varias
veces, incluso solicité que no apareciera en la guía telefónica, pero daba
igual… así que arranqué la clavija. A continuación empiezan a presentarse
personas en mi despacho para hablarme a gritos. Quiero decir que con
aquella gente no se podía hablar.
—¿Qué aspecto tenían? —quiso saber Frank.
—Parecían estudiantes. Más o menos normales. Lo único anormal era
que gritaban mucho… y que arrojaban sangre por todas partes.
Annie palideció.
—Una vez irrumpió una mujer en la biblioteca arrastrando detrás de ella
a un niño pequeño, ¡y diciendo a gritos qué me había «pillado» con él! Justo
después de aquello un par de personas del departamento, entre las que se
encontraba uno de los que dirigían la tesis, empezaron a recibir e-mails.
—¿Qué clase de e-mails? —preguntó Frank.
—Oh, de esa clase de asuntos insustanciales. Correo de odio. Quiero
decir… verás, un miembro del departamento es homosexual, cosa que no es
ningún secreto, así que naturalmente recibió esas diatribas homofóbicas. Y
el que dirige la tesis es afroamericano, así que ¿adivináis lo que le mandan a
él? ¡Toda esa basura de Identidad Cristiana!
—¿Y tu nombre salía en los mensajes?
—No, son mucho más sutiles que eso. Lo firmaban como el «Vengador
Blanco» o algo así. Pero eso no importaba, porque lo mandaban a través de
mi ordenador y la policía pudo seguirle el rastro.
—¿Cómo lo enviaban a través de tu ordenador? —le preguntó Frank.
—Es bastante fácil. Irrumpieron en el apartamento cuando yo no estaba,
entraron en el ordenador, enviaron el e-mail y ya está.
—Eso es horrible —comentó Annie.
—Me detuvieron —continuó Stern—. ¡Iban a acusarme! ¡Por un delito
de odio! ¿Te imaginas?
—Pero no pudieron —le dijo Frank.
Stern asintió y se echó a reír.
—Sí, metieron la pata. Yo estaba impartiendo un seminario cuando salió
el e-mail. Y el encabezamiento lo decía bien claro: jueves, dos quince de la
tarde. De manera que era imposible que pudiese enviarlo.
—¿Y qué pasó?
—Nada. La policía se puso en contacto con los abogados del Templo,
y… ¿sabéis lo que dijeron? Dijeron que yo estaba loco. Que probablemente
era yo quien había envenenado a mi perro. Y luego sugirieron que quizá yo
hubiese cambiado el reloj del ordenador, cosa que en realidad es bastante
fácil. Habría podido hacerlo, pero… ¡vaya!, ¿por qué tomarse la molestia
pudiendo mandar las cartas a través de un remailer anónimo en el que ni
siquiera saldrían los encabezamientos?
—De modo que… ¿ahí acabó todo? —le preguntó Frank.
Stern negó con la cabeza.
—No. La cosa continuó durante meses. Enviaron un impreso de cambio
de dirección a la oficina de correos, de manera que mi correo electrónico desapareció, lo cual supuso un gran problema, porque alguien empezó a
cargar cosas en mis tarjetas Visa y MasterCard.
—¿Qué cosas? —preguntó ahora Annie.
—Pues esas cosas que le ponen a uno en una situación embarazosa, esa
clase de cosas que pueden meterlo a uno en líos sólo por estar en la lista de
correspondencia. Pornografía violenta. Productos químicos precursores de
metano. Había mil dólares en llamadas a números novecientos, y
suscripciones a revistas de la Asociación Norteamericana del Amor entre
Hombres y Muchachos y de la Iglesia de la Montaña.
—¿Qué es la Iglesia de la Montaña? —quiso saber Annie.
—Es algo que tiene un cariz nazi. Pero la cuestión es que yo tenía a un
montón de agencias de recaudación siguiéndome los talones… por no
hablar del Departamento para la Lucha contra la Droga ni de los de
Aduanas.
Annie puso los ojos en blanco.
—Luego presentaron un pleito por difamación…
—¿Por qué? —preguntó Frank.
—¿Por qué no? Podían permitirse ese lujo. Y a mí me costó un riñón y
parte del otro sólo conseguir que lo anulasen.
—¿Y luego?
—Luego nada. Pararon.
—¿Pararon? —repitió Annie.
—Sí. Lo dejaron correr, sencillamente… Como si hubieran logrado su
propósito y estuvieran pensando ahora en cosas más importantes. Supongo
que fue una advertencia.
—Dios mío —murmuró Frank.
—Y por eso estoy un poco paranoico —añadió Stern—. Quiero decir
que he vuelto a sacar a Solange en la revista… y lo que sé es que a
continuación aparecéis vosotros preguntándome por el Templo. Ya podéis
imaginaros por lo que he pasado.
Frank asintió.
—Sí. Ya me doy cuenta.
—Voy a hacer más té —dijo Annie.
Y se puso en pie. Sin decir palabra cogió la tetera de la tapa del baúl y
se la llevó a la cocina.
Stern miró a Frank.
—¿Sabes? —le comentó—. Lo único que no hicieron nunca fue intentar
matarme.
—Sí, bueno… la noche es joven.
—Pero lo habrían hecho, ya sabes. Quiero decir si yo hubiera sido algo
más que una molestia.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro. Y te lo digo porque… bueno, no sé qué estáis haciendo
Annie y tú…
Frank intentó decir algo, pero Stern lo cortó con un gesto.
—… Y no quiero saberlo. Sólo que creo que debes tener cuidado. Por el
bien de ella.
—Lo tendré —le aseguró Frank—. Le tengo afecto. —Hizo una breve
pausa y luego continuó hablando—. Pero lo que más puede ayudarnos es
tener información.
Stern se encogió de hombros.
—¿Qué puedo decirte? ¿Cuánto sabes?
—Que Solange es suizo.
Stern asintió.
—Vino a Estados Unidos en el ochenta y dos. Dicen que estaba sin
blanca.
—¿Por qué se fue de allí?
—Creo que quería Una carpa más grande. Me parece que Suiza le
producía un podo de claustrofobia. Se había presentado al Parlamento por
los Verdes y dividió al partido a fuerza de insistir en algunas actitudes
ultras, lo que le acarreó que mucha gente se pusiera furiosa contra él. Y
luego, casi al mismo tiempo, el negocio se le hundió.
—¿Qué negocio era ése?
—Tenía una clínica de homeopatía en Montreux, y un par de pacientes
murieron debido a un fallo renal… Por lo visto les aplicó alguna clase de
remedio a base de hierbas y le salió el tiro por la culata.
—Así que se vino a Estados Unidos.
—Sí, vino a Estados Unidos. Abrió una clínica en Los Ángeles y le fue
muy bien. Se metió en política medioambiental. Fundó una cosa llamada
«Verdor», que era algo parecido a La Tierra Primero, pero mucho más
secreto. Consiguió atraer a un sector de la prensa y a algunos seguidores.
Empezó a dar conferencias en Estados Unidos. Y en el extranjero.
—¿Y después qué?
Hacía rato que a Stern se le había apagado el cigarrillo, así que encendió
otro y echó un gran torrente de humo al aire por encima de la cabeza de
Frank.
—Bueno, se hizo más importante, fue creciendo. Cada vez más. Me
parece que fue alrededor del noventa y dos… un tipo que había pertenecido
a los Moonies se hizo cargo del «sombrero de reclutamiento».
—¿Qué es eso del «sombrero»?
—Tienen un «sombrero» para todo: finanzas, reclutamiento, espionaje.
—¿Espionaje?
Stern asintió.
—Sí. Tienen una oficina de espionaje interno que es tan bueno como el
mejor. A lo que iba, ese, tipo procedente de los Moonies, quiero decir el que
antes estaba con los Moonies, entra, se asienta y reorganiza las operaciones
de reclutamiento. Así que, ahora, de repente, son realmente agresivos. Y
diabólicos. Van detrás de dos grupos de gente: de la de veintitantos años,
porque tiene energía, y de las personas de ochenta y tantos porque tienen
pensiones. Establecen organizaciones sin ánimo de lucro para «ayudar» a
madres solteras, «asesoran» a muchachos con problemas de drogas y
«cuidan» a los ancianos. Pero lo que hacen en realidad es acercarse a
muchas personas vulnerables… que resultan ser los más fáciles de reclutar.
Incluso fundaron clubes de corazones solitarios en media docena de
ciudades, sólo para poder organizar citas entre miembros y personas que
querían reclutar.
—Ahora comprendo por qué los has llamado «diabólicos» —observó
Frank.
—Fue sorprendente. Pagaron diez mil dólares por una base de datos
compuesta enteramente de personas insolventes. Me refiero a personas que
estaban de deudas hasta el cuello. Consiguieron los historiales de los créditos bancarios y elaboraron informes sobre todos ellos. Luego fueron a
llamar a su puerta y les prometieron mostrarles una salida. «Usted es una
víctima», les decían. «Usted no tiene la culpa. ¡Es América quien tiene la
culpa! Amerika, con K… ¡Es el consumismo! Haga la maleta, queme los
recibos y véngase con nosotros. Le daremos empleo, tendrá amigos al
instante y un sitio para vivir.» Y eso fue lo que hicieron. Sólo que se les
olvidó hablarles de que por los empleos no pagaban nada, y de que el sitio
donde iban a vivir era una habitación en la que tenían que dormir cuatro
personas. No es que eso importase. A aquellas alturas, a todas las nenas y
los chicos que había en la organización ya les habían hecho el amor, y
dormían cuatro horas cada noche, ¡una noche sí y otra no! —Stern hizo una
pausa y contuvo el aliento—. Fue una operación de reclutamiento de
narices.
—¿Y qué pasó? —preguntó Frank.
Stern se encogió de hombros.
—Alcanzaron una masa importante. Un día eran esa cosa ecológica
llamada «Verdor», con unos doscientos miembros, y dos años más tarde son
miles de personas, tienen los ojos vidriosos y se hacen llamar el «Templo de
la Luz».
—¿Dónde está el azúcar? —dijo Annie en voz alta desde la cocina.
—Se me ha terminado —respondió Stern.
—¿Y cuántas personas hay en el Templo? —preguntó Frank.
—¿Según ellos? Unas treinta mil —respondió Stern—. Pero… ¿cuántos
son de verdad? Puede que la cuarta parte de eso. No obstante, aun así…
tienen una orden interna y otra externa.
—¿Y cómo funciona eso?
—Como era de esperar. Los que están dentro, los internos, son el
núcleo… personal con dedicación las veinticuatro horas del día. Puede que
en total sean mil personas en media docena de ciudades. Más los del
complejo. Allí tienen a unos trescientos.
—¿Dónde?
—En el complejo, a las afueras de Lake Placid. Compraron un colegio
privado y lo convirtieron en cuartel general.
—¿Y la orden externa?
—Ésos mandan los cheques, se suscriben a la revista y le compran a
Solange las vitaminas que fabrica.
—Háblanos de eso —dijo Annie, que entraba entonces en la habitación
llevando la tetera en una bandeja—. Háblanos de la fábrica de vitaminas del
complejo.
Dejó la bandeja sobre el baúl de barco de vapor, se sirvió una taza y se
la llevó consigo junto a la ventana.
—No es muy exótico que digamos —continuó Stern—. Quiero decir
que hacen remedios homeopáticos y productos de aromaterapia. Ginseng.
Aceite de enebro. Además de las vitaminas.
—¿Y eso les reporta muchos ingresos?
—Algunos. Además tienen patentes.
—¿Sobre qué? —quiso saber Annie al tiempo que se volvía desde la
ventana.
—Cosas para dosificar el tiempo. Donde se ponen productos químicos
en polímeros para que se disuelvan a diferentes velocidades.
—¿Como qué? ¿Qué clase de productos químicos? —le preguntó Frank.
—De todas clases. Calmantes. Insulina. Vitamina B12. Lo que se
quiera. Es como esas cosas pequeñas de colores de Contac, pero más
pequeñas.
—Estás hablando de microcápsulas —dijo Annie por encima del
hombro mientras miraba por la ventana.
—¡Exacto! Eso es lo que he dicho. De todos modos, le decía a Frank
que tienen una orden interna… ¡y dentro de la misma otra orden interna! Y
eso es algo que tenéis que saber, porque ésos son los que van a ir detrás de
vosotros: la oficina de asuntos especiales.
—¿Qué es eso? —preguntó Frank.
—Agentes secretos. Son la agencia de inteligencia propia del Templo. Y
además son buenos. Muy profesionales. Disponen de muchas cortinas de
humo. Y grandes cantidades de dinero con el que jugar. Y además tienen en
nómina a mucha gente de fuera: investigadores privados, periodistas,
policías, docentes… de todo.
—Parece formidable.
—Lo es. En realidad es una pesadilla. Y luego hay los equipos
especiales.
—¿Para qué? ¿Para dar puntapiés?
Stern sonrió. Débilmente.
—No. Para coger a la gente.
—Bromeas.
Stern negó con la cabeza.
—Mirad, lo que intento deciros es esto: si los hacéis cabrear, van a ir a
por vosotros. Un día os despertaréis y ¡bum!, habréis desaparecido.
—Ésa es la parte que odio —dijo Frank mientras removía el té—.
Siempre odio desaparecer.
—Pues no le veo la gracia —observó Stern.
Frank asintió.
—No me estoy riendo. Pero volviendo a lo que decías, sobre el
dinero… ¿de dónde han sacado la mayor parte del dinero que tienen? ¿De
las vitaminas? ¿De las patentes?
Stern hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No.
—Más los donativos —añadió Frank—. De los miembros. Y supongo
que cobran diezmos…
—No se trata de eso —apuntó Stern—. De ahí no es de donde sale lo
principal. Esto procede de otra parte.
Frank pareció desconcertado.
—¿De dónde? —quiso saber.
Stern aplastó el cigarrillo en el cenicero e inmediatamente encendió
otro.
—De Chosen Soren.
Frank se quedó pensando en aquello; al momento se acordó.
—Ah, ya, te refieres a esos japoneses. Los que salen en tu revista.
—Eso es. Pero en realidad Chosen Soren no es japonés. Es para
coreanos que trabajan en Japón. En su mayor parte coreanos del Norte.
Ellos son los que hacen el trabajo sucio para los japoneses y envían a casa
mucho dinero. Es una importante entrada de divisas.
—¿Y de ahí es de dónde saca el dinero el Templo?
Stern asintió.
—En su mayor parte.
Frank estaba mudo de asombro.
—Pero… ¿por qué?
—No lo sé, pero los coreanos les han dado cincuenta millones de
dólares desde el noventa y cinco.
—¿Cómo sabes eso?
—Informes de Aduanas. Lo conseguí de la oficina del fiscal general, en
California. Detuvieron a un tipo que recorría un circuito: Los Ángeles,
Tokyo, Ginebra, y luego volvía a Los Ángeles. Y así. Supongo que le
encontraron un montón de dinero encima que se suponía que no había de
tener. Sea como fuere, se pusieron a interrogar al tipo y éste acabó por
cantar. Les dijo todo lo que hacía.
—¿Y qué era?
—Mover dinero, montones de dinero, metiéndolo y sacándolo
continuamente de diferentes cuentas para que nadie supiera de dónde
procedía.
—¿Y ése era aquel… dinero de Chosen Soren?
—Sí.
—¿Y dónde está ese tipo?
Stern echó un anillo de humo hacia el techo.
—Metieron la pata. En lugar de hacer un proceso con el caso, Aduanas
lo hizo deportar. Y lo siguiente que se sabe es que cogió un avión en Narita,
y ya está. No llegó a salir de la sala de aduanas. Su mujer se encontraba allí
con los dos niños, justo a la puerta del control de pasaportes y… bah,
olvidadlo. Lo único que encontraron fueron las maletas en un carrito
abandonado en el vestíbulo. Fin de la historia.
—¿Nunca lo encontraron?
—No. Es como he dicho: fin de la historia.
—¡Eh! —El grito era de Annie. Estaba de pie ante la ventana con la taza
de té en la mano, agachada ligeramente para gritarle a alguien de la calle—.
¡Oiga!
—¿Qué pasa? —le preguntó Frank mientras corría al lado de Annie.
—Hay alguien en tu coche.
Frank apartó la cortina, miró a la calle y vio que Annie tenía razón. El
Saab se hallaba estacionado junto al bordillo, justo delante del edificio de
apartamentos, y la puerta del lado del conductor estaba abierta de par en
par. Una mujer con un vestido azul se había inclinado hacia adentro, con
medio cuerpo fuera y medio cuerpo dentro del coche.
—Ahora mismo vuelvo —les dijo Frank.
Y sin esperar a Annie, salió por la puerta, pasó de largo ante el ascensor
y se precipitó por las escaleras bajándolas de dos en dos. Pocos segundos
después se encontraba en el vestíbulo, y en un momento en la calle. La
puerta del coche estaba cerrada y la mujer se hallaba a unos veinte metros
de distancia empujando un cochecito de bebé hacia la esquina.
—¡Espere un segundo! —le dijo a gritos, y se lanzó tras ella—. ¡Oiga!
¡Disculpe!
La mujer se dio la vuelta y levantó una mano para protegerse los ojos
del sol; y entonces Frank vio que era joven, una cría en realidad, con la
inocencia pecosa de las reinas de la belleza del instituto.
—Hola —lo saludó ella bañándole en una sonrisa brillante y
resplandeciente.
Frank se encontró inesperadamente sin aliento, más por la excitación
que por el ejercicio, así que hablaba con voz entrecortada.
—Perdone que la haya llamado a gritos, pero… he mirado por la
ventana y… usted estaba… ya sabe… estaba metida en mi coche.
La sonrisa hizo explosión.
—¿Era ése su coche? —le preguntó ella al tiempo que movía el
cochecito adelante y atrás para tranquilizar al bebé.
—Sí —dijo Frank, sintiéndose un poco tonto al verla tan amistosa—.
Era mi coche.
—¡Oh! Bueno, le he apagado las luces. Se las había dejado encendidas.
—¿Ah, sí? —Frank se quedó pensando en ello un segundo—. No creo.
¿Por qué iba a dejármelas encendidas? Es…
La muchacha se encogió de hombros, y Frank vio que tenía los ojos
verdes.
—No sé. ¿Ha pasado por un túnel o algo?
El bebé hizo un ruidito y Frank lo miró. No pudo distinguir si era un
niño o una niña, pero era adorable, como su madre.
—Un bebé muy mono.
—¡Gracias! —respondió la mujer ladeando la cabeza como una jefa de
animadoras al final de un baile de rutina. Luego se volvió y le dio un
empujoncito al coche del bebé—. Tengo que irme ya. Papá viene a casa.
—Bueno… gracias por la ayuda —se despidió Frank.
Mientras regresaba al apartamento de Stern, vio que las luces del coche
estaban apagadas, lo cual era bueno (aunque, desde luego, también era
posible que se hubiese agotado la batería). Lo probaría dentro de algunos
minutos, pero primero tenía que ir a buscar a Annie.
—¿Quién era? —le preguntó ésta.
—No lo sé. Parece que me dejé las luces encendidas. Esa mujer W
apagó.
—¿Te las dejaste encendidas?
—Sí.
—Yo no me fijé en que hubiera ninguna luz encendida.
Frank se encogió de hombros.
—Bueno, pues ya está bien que ella sí se fijase. Bien… —Se volvió
hacia Stern y le ofreció la mano—. Será mejor que nos vayamos —le dijo
—. Gracias por la ayuda, de verdad.
—No hay de qué.
—Si en alguna ocasión tuviera necesidad de hacerlo, ¿puedo volver a
visitarte?
—Bueno —respondió Stern, pensándoselo un poco—. Supongo que
sí… Pero… si el Templo y tú estáis implicados… no me llames desde tu
casa. Y por amor de Dios, no se te ocurra venir aquí. Manda señales de
humo o algo así.
Frank se echó a reír.
Cuando se dirigían hacia el coche, Annie iba moviendo la cabeza de un
lado a otro.
—Estoy completamente segura de que no te dejaste las luces encendidas
—le dijo a Frank.
—Muy bien. Pues no me dejé las luces encendidas. ¿Y qué? ¿Has oído
lo que Stern ha dicho? ¿Lo de esos Chosen? Cincuenta millones de dólares.
¿Qué es todo eso?
—No lo sé. A mí me preocupa más lo de la fábrica de vitaminas, o lo
que sea.
Frank abrió la puerta del Saab y se puso al volante. Annie decía algo
acerca de las microcápsulas cuando él metió la llave en el encendido y puso
el coche en marcha.
El Saab arrancó con un rugido, pero el sonido casi se ahogó por la
exclamación de Frank.
—¿Qué cojones es esto?
Annie se volvió hacia él y vio que Frank se miraba las manos, que, igual
que el volante, estaban mojadas con una especie de grasa transparente.
—¿Qué sucede? —preguntó Annie.
Frank tenía las manos levantadas con las palmas hacia arriba, como un
santo católico.
—No sé. Es como si me hubiera llenado de baba. Dame una toalla de la
parte de atrás, ¿quieres?
Annie metió la mano donde Frank le había dicho y agarró una cajita de
toallas de papel del suelo. Cogió un puñado y ayudó a Frank a quitarse la
grasa de los dedos y del volante. Cuando hubieron terminado, Frank puso la
cajita de toallas debajo del asiento delantero, metió la marcha y salió del
aparcamiento, dirigiéndose hacia la casa de Annie, en Mount Pleasant.
—Lo ha hecho esa mujer —observó Annie.
—¿Ha hecho qué?
—Pues poner esa sustancia en el volante, ¿qué crees?
—No sé lo que creo. Creo que es una guarrada.
Annie se estremeció.
—No está bien —dijo.
—Tenía un niño pequeño. Probablemente sólo sea un producto para
bebés —le indicó Frank—. Alguna sustancia que ella tenía en las manos.
Subieron por Foxhall Road hasta Nebraska y atajaron para llegar a
Wisconsin. Estuvieron sentados un par de minutos delante de la escuela
Sidwell Friends, cuyos alumnos salían justo en aquel momento, luego torcieron a la izquierda hasta llegar a Porter y atajaron por el parque hasta
Mount Pleasant. El viaje duró unos veinte minutos, y cuando llegaron a
casa de Annie, Frank no se encontraba muy bien.
—¿Estás bien? —le preguntó ella.
Frank asintió.
—Sí, no es nada. Sólo estoy un poco mareado, nada más. No he comido
nada en todo el día.
Annie le dirigió una mirada escéptica mientras salía del coche. Luego se
dio la vuelta y se asomó por la ventanilla.
—¿Estás seguro?
—Sí. Demasiado té, o algo así.
A continuación se marchó, adentrándose en el tráfico de camino a
Columbia Road. Durante su recorrido, Frank pasó por delante de las
bodegas, de los clubes nocturnos, se cruzó con los coches de policía…
había tantas cosas a las que prestar atención… como los borrachos de las
esquinas, y los perros, y el 7-Eleven.
Cuando llegó a Columbia Road se percató con sorpresa de que se había
puesto a sudar, un sudor agrio y pegajoso, como cuando empieza a subir la
fiebre. Y realmente no se encontraba nada bien. El corazón le latía a toda
velocidad y tenía esa sensación temblorosa en el estómago y en el pecho,
como el terror que producía subir a un escenario. Sólo que él no estaba en
un escenario, sino en el coche, y la adrenalina le subía en oleadas sin
motivo alguno. No era como si fuera a toda velocidad. En realidad iba… ¿a
cuánto? A diez kilómetros por hora.
No era de extrañar que los demás conductores empezasen a tocar la
bocina.
Algo iba mal, y Frank sabía lo que era. De repente se hizo intensamente
consciente de todas las posibilidades, y vio en cada posibilidad una
amenaza. Si, por ejemplo, torcía el volante un poco a la izquierda, el coche
pasaría de la raya central de la calzada y chocaría. El que no hubiera motivo
para que torciera el volante era irrelevante. El hecho era que podía ser que
lo hiciera. Y esa posibilidad lo aterraba porque mucha gente resultaría
herida, desde luego. Y si antes de torcer el volante aceleraba, el coche podía subirse a la acera, y entonces se llevaría por delante a sabe Dios cuánta
gente.
De manera que habría sangre por todas partes.
El miedo que sentía era una especie de vértigo irracional e
incontrolable. Cualquiera podía caminar en línea recta, pero intentar hacerlo
sobre la barandilla de un balcón a cien metros por encima de la calle
suponía caerse por fuerza.
Y así era como se sentía entonces, como si estuviera a punto de caerse,
como si la mente lo estuviera empujando a tirarse de una cornisa invisible.
Conducir era algo realmente complicado, como frotarse el estómago en
sentido circular mientras uno se da golpecitos verticales en la cabeza. Había
muchas cosas que podían salir mal con facilidad y provocar una catástrofe.
¿Cómo podía alguien hacerlo? ¿Cómo podían prestar atención a tantas
cosas a la vez? Al cuentakilómetros y al cambio de marchas, al embrague, a
los frenos y al acelerador; a los otros coches, a los semáforos, a las personas
que cruzaban y volvían a cruzar la calle. ¡El tacómetro! El mundo era una
marea de lugares y acontecimientos. Espumeando con las consecuencias.
«Y yo me estoy ahogando en ello», pensó Frank.
Y el otro problema era que faltaba una parte crucial de él: su postura
hacia el mundo o su perspectiva sobre él. Era como si se le hubiera olvidado
no tanto quién era él como el hecho de saber cómo era ser quién era él. No
los hechos sobre sí mismo, sino la interpretación que tenía de sí mismo.
De pronto comprendió lo que era: se le había olvidado su propio punto
de vista. Se le había olvidado cómo era ser Frank Daly, y al olvidar eso no
podía imaginar cómo volver a serlo. Todo el vocabulario propio de su ser se
había evaporado, de modo que ser él mismo era como tratar de hablar un
idioma que nunca hubiera aprendido. Quedaba fuera de su alcance. Frank
Daly quedaba fuera de su alcance.
Y darse cuenta de aquello lo llenó de una sensación de espanto que era
más profunda por el hecho de que era ineludible: venía de dentro, del lugar
donde se suponía que Frank estaba y donde ahora no había nada. Un
agujero.
Sabía lo que había ocurrido, desde luego. Lo habían drogado. Stern,
Annie o bien la chica que había pillado hurgando en su coche. Aquella mamá pecosa de la sonrisa radiante. Pero saberlo no le servía en absoluto de
consuelo. Quienquiera que lo hubiera hecho se lo había quitado todo, así
que ahora le quedaba menos que nada. No le quedaba nada de sí mismo. Y
sabía que no podría recuperarse nunca porque lo que había perdido era casi
tan sustancial y tan escurridizo como el Tiempo Estándar Oriental.
Estaba tardando muchísimo en volver a su apartamento… que era donde
le convenía estar.
Así que pisó el acelerador. El Saab salió lanzado, se metió en el carril
opuesto y avanzó a toda prisa por la concurrida calle, partiendo el tráfico
como si fuera una cremallera. Un hombre vestido de ejecutivo se lanzó
hacia la acera, y las bocinas estallaron por todas partes. La Sala de Mambo
de Chief Ike pasó como un relámpago, seguida en rápida sucesión por
Popeye’s, Mixtee, el Crestar Bank y un grupo de budistas que esperaban a
que el semáforo cambiase en la esquina de la Dieciocho y Columbia Road.
Tenía que acostarse cuanto antes. En la cama estaría a salvo. Pero
primero tenía que aparcar el coche. Y dadas las circunstancias, no había
manera de que pudiera hacerlo. Aunque encontrase un hueco, aparcar el
Saab sería como hacer aterrizar la lanzadera espacial, como maniobrar una
tonelada de acero a través de las tres dimensiones utilizando sólo las manos
y los pies. Imposible. Nadie podría hacerlo. Así que apretó bruscamente el
freno con ambos pies y el coche se detuvo con un estremecimiento en mitad
de la calle.
Al bajar del coche encendió las luces, pensando que ello le facilitaría
encontrar el coche más tarde.
Se sorprendió de lo mareado que se sentía. Era casi como si la cabeza
estuviera apoyada sobre cojinetes rodantes. Un hombre se le acercó por la
acera hablándole tranquilamente en español, pero luego retrocedió de
repente, asustado por algo que vio en la mirada de Frank.
Un momento después (o pudiera ser que pasara más tiempo, incluso una
hora más tarde), Frank se encontraba de pie en su apartamento escuchando
los mensajes del teléfono.
«¡Frank! Soy Jennifer. Te llamo por esos gastos del satélite… ¿es una
broma? Llámanos.»
Y el mensaje siguiente:
«¡Eh, Frankie! Soy tu tío Sid. Escucha, todos estamos hechos pedazos
por lo de tu padre, pero… oye, nos ha gustado mucho verte y… ya sabes,
¡no seas tan descastado!»
Y el tercer mensaje, de una mujer que le deseaba que estuviera bien:
«¡Oiga! Nos hemos visto esta tarde. Sólo quería decirle que tenga usted
un buen viaje… y… ¡ah, sí! Si quiere volver a la realidad y seguir vivo en
ella… ¡quizá tendría usted que trabajar en otra cosa!»
Y luego el teléfono comenzó a sonar y el contestador se puso en
marcha. Era Annie:
—Frank… soy yo. Estoy preocupada por esa cosa que había en el
volante. Llámame, ¿vale? O puede que… puede que me acerque a verte…
¿Estás ahí? ¡Descuelga!
No parecía posible. El teléfono latía, subiendo y bajando como la reina
de las termitas, respirando en la oscuridad. Y sus manos… ¡Jesús, las
manos! Se podían hacer cosas tan terribles con las manos…
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