El primer jinete del Apocalipsis
Epílogo
Y, de hecho, estuvo a punto de morir desangrado.
Había recibido dos tiros en el pecho, y una de las balas le había
desgarrado una maraña de vasos sanguíneos y tejidos blandos para ir a
alojarse finalmente a cinco milímetros de la columna vertebral. Después
había permanecido durante casi una semana en la unidad de cuidados
intensivos del hospital Presbiteriano de Columbia, con respiración asistida y
alimentándose a través de un tubo. Tras dos operaciones, por fin un médico
había dictaminado que se hallaba en el buen camino, que empezaba a
curarse, y por ello había ordenado que trasladasen a Frank a una habitación
privada en el pabellón de los VIP.
Lo cual era bueno por una parte y malo por otra. Bueno, porque la
habitación era grande, luminosa y bien equipada, con un sofá y una zona de
estar junto a amplios ventanales. Cosa que sería perfecta para Annie, si es
que alguna vez Frank conseguía que le permitiesen recibir visitas. Y malo,
porque la habitación no tenía teléfono. Y era raro, porque Frank sabía que
su compañía de seguros nunca le pagaría una habitación como aquélla ni en
un millón de años, y estaba seguro de que el hospital también lo sabía.
Además, y no por casualidad, él no era un VIP para nadie… excepto, quizá,
para Annie.
Y sin embargo… allí estaba.
Le preguntó al médico que lo atendía qué pasaba, pero lo único que le
quiso decir el médico fue:
—No se preocupe. Digamos que es un ascenso.
—Muy bien, ¿pero no entra un teléfono en el ascenso?
Aquello hizo titubear al cirujano.
—Bueno, todavía no.
—¿Y visitas?
—Sí, eso sí, desde luego. Dentro de poco. Cuando se encuentre usted
más fuerte.
Al principio, Frank pensaba que aquello estaba bastante bien, porque lo
tenían tan colocado a base de calmantes que la mitad del tiempo no sabía
dónde se encontraba. Pero al cabo de cuatro o cinco días empezó a darse
cuenta de que algo iba mal, o si no iba mal, al menos algo pasaba. Y
probablemente habría tratado de escapar en una silla de ruedas si el médico
no hubiera abierto la puerta una mañana y le hubiese dicho:
—Hay alguien aquí que viene a verlo.
Frank sonrió y, todavía dolorido por los puntos de sutura que tenía en el
pecho, se incorporó un poco en las almohadas donde se recostaba. Pero la
sonrisa se le desvaneció cuando vio que no era Annie quien había ido a
verlo. Era un coronel de las Fuerzas Aéreas llamado Fitch.
—Taylor Fitch —se presentó tendiéndole la mano.
—Hola —lo saludó Frank, que de pronto se había vuelto precavido. Se
dieron la mano y Frank le preguntó—: ¿Qué ocurre?
—Bueno —le dijo el coronel mientras sacaba un papel del portafolios
—, antes de mantener una pequeña charla, yo esperaba que usted firmase
esto. No es más que un tecnicismo.
Le entregó el papel a Frank y, con una expresión esperanzada, sacó un
bolígrafo del bolsillo.
Frank le echó una ojeada al papel. Era un pacto de «no revelación».
—Esto no es para mí —le dijo al militar—. Gracias.
Y se lo devolvió.
El coronel volvió a meter el papel en el portafolios y suspiró, pero no
demasiado profundamente.
—No importa.
Frank se encogió de hombros.
—Soy periodista. Me pagan por escribir. Y todo eso es un buen artículo.
Fitch asintió.
—Desde luego… es un artículo de primera. No hay duda. —En aquel
momento frunció el entrecejo—. Pero no puede publicarlo.
Frank lo miró de reojo.
—¿Lo conozco yo a usted? —le preguntó.
Fitch hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No.
—Pero a mí me suena su nombre.
Ahora el coronel empezaba a sentirse incómodo.
—Puede ser —aceptó, y le sugirió—: Soy un explorador muy activo.
Frank dijo que no con un movimiento de cabeza.
—No creo que sea por eso.
—Bueno —dijo Fitch, cambiando de tema—. Si no es por una cosa será
por otra. Yo…
Frank volvió la cabeza hacia la ventana; tenía la frente fruncida.
—Lo vi en un manifiesto.
—¿Cómo dice?
—Su nombre. —Frank se esforzó por pensar en ello, y la idea le vino a
la cabeza—. ¡Ahora me acuerdo! Usted volvió en avión de Hammerfest con
Annie y Gleason.
—¿Con quién? —le preguntó Fitch.
—Con Neal Gleason.
—Me parece que no lo conozco.
—Sí, es cierto —respondió Frank, reprimiendo una risita que
amenazaba con traspasarle el pecho como una hoja de afeitar—. No creo
que ninguno de nosotros conozca realmente al señor Gleason. No creo que
ninguno de nosotros quiera conocerlo realmente. Pero él era su compañero
de asiento. —Hizo una pausa y le guiñó un ojo a su visitante—. Yo tenía
intención de ir a verlo a usted… pero se me acumuló el trabajo. ¿Es ése su
uniforme de verdad, o no es más que un disfraz?
Fitch sonrió.
—Estoy en la unidad de reserva.
Frank desvió otra vez la mirada.
—La CIA, ¿eh?
Fitch se encogió de hombros.
—Va usted a permitirme que le enseñe una cosa —le comentó mientras
sacaba del portafolios una especie de folleto informativo impreso en papel
sencillo. Se lo entregó a Frank y le dijo—: Yo rechacé la página.
Frank miró la cubierta: The Federal Register. Lo abrió por la página
trece.
—¿Quiere que lea esto? —preguntó.
—Sólo para que le coja el aire —respondió Fitch.
Bajo el encabezamiento «Declaración de Emergencia Nacional» había
una carta que el presidente de Estados Unidos dirigía al Congreso.
Debido a que las acciones y políticas de la República Democrática
Popular de Corea (RDPC) continúa amenazando la seguridad nacional, la
política exterior y la economía de Estados Unidos, se declara la
emergencia nacional, conforme a la Ley de Emergencia Nacional (C. E. U.
50, 1622[d])…
Frank miró al visitante.
—¿Qué pasa?
—Pues verá, es que intento ahorrarle a usted un montón de problemas.
—¿Y cómo es eso?
—Bien, antes de entrar de lleno en el asunto, quiero que entienda que
todos le estamos muy agradecidos por lo que hizo. Lo digo de corazón.
—Gracias.
—Pero otra cosa que necesita usted entender es que una declaración de
esta clase le da al presidente, y a mí por extensión, ciertos poderes
extraordinarios.
—¿Como qué?
—Pues básicamente nos permite en gran medida hacer lo que queramos
hacer. En lo referente a Corea del Norte, la Constitución está en gran parte
suspendida. Si hubiese necesidad, y nosotros seremos los que decidiremos
si es así o no, podríamos apropiarnos de propiedades y mercancías, enviar
tropas al extranjero, instituir la ley marcial. Toda la doctrina del habeas
corpus se va por la ventana, lo que significa que podemos retener a
cualquiera, a quien nos parezca, durante el tiempo que queramos sin
acusarlos de nada. —Hizo una pausa y miró a su alrededor—. ¿Le gusta la
habitación?
—Sí. Es muy bonita.
Fitch sonrió.
—Bien. Me alegro de que le guste. Pero eso no es todo. Si tenemos
necesidad de hacerlo, también podemos restringir los viajes, y si es
necesario podemos imponer la censura.
—¿A quién se refiere al decir «nosotros»?
—Al gobierno federal.
Frank pareció escéptico ante aquella respuesta.
—Sé lo que piensa, pero puede consultarlo si lo desea. La Constitución
contempla emergencias nacionales… y las acata. Artículo nueve, sección
número uno. ¿Quiere que se lo dé por escrito?
—No —dijo Frank—. No creo que sea necesario.
—Lo más gracioso de todo es que tuvimos media docena de ellas en
marcha en algunos momentos concretos. Irán, Iraq, Angola, Libia… todas
las que quiera, son emergencias. Demonios, Roosevelt declaró una
emergencia nacional que duró cuarenta y tres años… ¡no es broma! Desde
el treinta y tres hasta el setenta y seis. Así que nadie le presta demasiada
atención a eso a no ser que algún pobre hijo de puta se meta donde no lo
llaman, como usted. Y luego se encuentre metido en problemas. —Fitch
hizo una pausa y suspiró—. ¿Cómo se encuentra?
—Estoy bien.
Fitch asintió.
—Bien. De todos modos, eso es igual en todas partes —concluyó—.
Todos los países tienen algún tipo de disposición para este tipo de
situaciones. En Francia lo llaman «estado de sitio». En Gran Bretaña…
—¿Qué es lo que quiere usted decirme?
—Sólo una cosa: si intenta usted vender esta historia, va a causarle
muchos problemas. Nadie la va a creer, y aunque la crean, no la publicarán.
Se lo garantizo.
Frank lo miró.
—¿Es usted como un editor del Writer’s Digest o algo así? Me refiero…
Fitch soltó una risita.
—Eso es muy gracioso —le dijo a Frank. Y luego la sonrisa desapareció
—. Mire, sé lo que está usted pensando. Cree que no podemos impedirle…
—Uh-uh —lo interrumpió Frank—. ¿Ahora va a decirme que van a
matarme?
Fitch pareció impresionado.
—¡Claro que no! Es usted un ciudadano norteamericano.
—Entonces, ¿qué?
—Lo que quiero decirle es que no puede demostrarlo.
—Bobadas. Hay personas que han resultado muertas. Los mataron en el
transbordador…
Fitch inclinó la cabeza.
—Pues sí, unos chalados trataron de secuestrar el transbordador. ¿Y
qué?
—A mí me dispararon. Solange…
—Solange ya se hallaba bajo custodia policial cuando le dispararon a
usted.
Frank se quedó mirándolo fijamente.
—Pasa continuamente —le explicó Fitch—. Usted estaba en Harlem,
por amor de Dios. —Sonrió y sacó un recorte de periódico del portafolios
—. Esto es de hace una semana —le dijo—, pero he pensado que le gustaría
verlo…
Daly, periodista del «Post», herido en Nueva York
Nueva York, 3 de mayo. — Frank Daly, periodista del Washington Post, resultó
herido por varios disparos de arma de fuego anoche en el este de Harlem, víctima al parecer de un atraco.
Daly, periodista del departamento de asuntos nacionales, se halla en estado crítico
en el hospital Presbiteriano de Columbia. Un portavoz del departamento de policía ha dicho que de momento no hay sospechosos del atraco.
Frank levantó la vista del recorte.
—Asombroso —dijo.
Fitch esbozó una sonrisa beatífica.
—Es que somos muy buenos cuando nos ponemos a ello. —Y volvió a
ponerse serio—. Desde nuestro punto de vista, Frank, el problema es que
Corea del Norte es un Estado sicópata. Es como Hannibal Lecter. Y está allí
sentado, desesperado, de espaldas al viento y sin nada que perder. Si alguna vez decidieran cargarse Japón con ántrax o con viruela, podrían hacerlo en
un segundo utilizando globos sonda, o sencillamente con la gente que
tienen en Tokyo. Además disponemos de un par de batallones en medio de
la línea de fuego, justo debajo de la zona desmilitarizada. Así que la
cuestión es que no queremos provocarlos para que empiecen ellos.
¿Entendido?
—Lo oigo.
—Y desde el punto de vista particular de usted, la situación no es
mucho mejor. No tiene una muestra del virus ni nada parecido. Ni tiene
ningún testigo, tampoco. Así que si decide andar por ahí hablando de
noruegos muertos y de la gripe española, no piense qué llegará a ninguna
parte… a menos que nosotros decidamos enviarlo a alguna parte. Cosa que,
desde luego, podemos hacer.
—Pero está Annie —apuntó Frank.
—¿Qué ocurre con ella?
—Que es un testigo.
Fitch se dio una palmada en un lado de la cabeza.
—Oh, es verdad. Ella lo vio todo, ¿no es cierto? Así que supongo que
usted podría meter la historia en Internet o publicarla en el extranjero… y
tendría un testigo. ¡No se me había ocurrido! Sólo que… oh, sí, ahora lo
recuerdo. ¡Ella ha firmado un pacto de secreto! Así que supongo que eso
tampoco podría funcionar. —Se sentó al lado de la cama—. Porque, verá,
voy a decirle una cosa, Frank: si la mete usted a ella en la historia, yo sé con
toda seguridad que Neal Gleason la enviará lejos. A través del espacio y del
tiempo.
Hablando del rey de Roma. Annie entró unos treinta segundos después
de que Fitch se marchase de la habitación. Y estaba enfadada.
—Llevo días esperando ahí fuera —se quejó—, y llega ese general y…
—No es general. Es coronel.
—No creo que sea ni siquiera coronel. Cuando yo lo conocí era agente
de la CIA.
—Ya lo sé. Iba en el avión procedente de Hammerfest.
Annie besó a Frank suavemente en la mejilla y se sentó a su lado.
Aquella tarde a Frank le instalaron un teléfono en la habitación, y Annie
le llevó un periódico que compró en la tienda de regalos.
Miembros de una secta encarcelados luchan por la extradición
La Habana, 7 de junio. — Dos semanas después de llegar a Cuba, ocho miembros
norteamericanos de una secta luchan contra la extradición, pues se los acusa de secuestro y asesinato a raíz del extravagante secuestro del transbordador de Staten Island el mes pasado.
En una entrevista concedida a la agencia France Press, una portavoz de los
miembros encarcelados del Templo de la Luz, Belinda Barron, dijo que ella y su grupo escaparon a Cuba huyendo de la «persecución religiosa».
«Lo que ocurrió a bordo del transbordador —les explicó Belinda Barron a los
periodistas— fue culpa de la policía y del FBI. Reaccionaron exageradamente. Lo que hacíamos era "teatro de guerrilla" puro y simple. Era una manifestación no violenta contra la contaminación del agua… y la policía lo convirtió en un baño de sangre…»
Durante las semanas siguientes, Frank pasaba varias horas cada mañana
en recuperación haciendo terapia por lo que los médicos decían que era una
magulladura de la columna vertebral. El resto del tiempo lo ocupaba
leyendo los periódicos, buscando rastros de la historia.
Estados Unidos y Corea del Norte firman un pacto sobre armamento
Inspecciones junto con ayuda alimenticia
Pyongyang, 2 de julio. — Tras más de un mes de reuniones con líderes
norcoreanos, funcionarios de las Naciones Unidas han anunciado hoy que se ha llegado a un acuerdo para supeditar la ayuda humanitaria a ese país empobrecido a las inspecciones de armamento.
George Karalekis, jefe norteamericano del primer equipo de inspección de las
Naciones Unidas, que llegará a la capital norcoreana, ha dicho que esta unidad empezará inmediatamente a buscar laboratorios de armas biológicas en las montañas Diamond.
«Hemos recibido informes sin confirmar de que los norcoreanos podrían estar
poniendo sus miras en esa clase de armas —les dijo Karalekis a los periodistas—. Naturalmente, es algo que nos preocupa…»
Un segundo artículo apareció el día que Frank se fue a casa. Estaba en
la página tres del Times, debajo de una fotografía de la joven que había
sacado del transbordador la camioneta:
Tres miembros de una secta y un investigador privado, acusados de la muerte de un
matrimonio
Albany, 20 de julio. — Esta tarde, tres miembros de una secta y un investigador
privado de Poughkeepsie escucharon impasibles, mientras los fiscales relataban una abominable historia de asesinato y mutilación.
Muy exaltada, Susannah Demjanuk, de 23 años, le dijo al tribunal que tanto ella
como los demás actuaban «cumpliendo órdenes» cuando descuartizaron a los Bergman, un matrimonio residente en Rhinebeck, a principios del presente año.
«Luc nos dijo lo que teníamos que hacer —testificó Demjanuk— y nosotros lo
hicimos.»
Cuando le pidieron que identificara a «Luc», señaló llorosa hacia el gurú del
Templo de la Luz, Luc Solange, y añadió: «Es el que está sentado a esa mesa como acusado. El que lleva un collarín y el cuerpo escayolado.»
Los abogados de la defensa calificaron el testimonio de Demjanuk de «desvaríos
propios de una mujer mentalmente inestable que no tiene ningún derecho a arrojar la primera piedra».
Aparentemente se hacía referencia a la reciente declaración de Demjanuk en el
proceso por el asesinato en el microondas de Benjamín Stem, posgraduado de la Universidad de Georgetown de 28 años de edad. Stern había criticado al Templo y había escrito sobre la organización en una revista informativa que él mismo publicaba, Armageddon Watch. Había desaparecido en abril de este año.
En aquella ocasión, Demjanuk testificó ante el tribunal que a los Bergman los
habían sacado de su hogar de Rhinebeck, en Nueva York, y los habían asesinado en la parte trasera de una camioneta. En el momento de su muerte, la pareja trataba de obtener una orden judicial para la exhumación del cadáver de su hijo Leonard, que se había ahogado en el mar cuando era miembro del Templo de la Luz.
Además de Solange, estaban acusados Martin Kramer, de 44 años, natural de
Poughkeepsie; Thomas Reckmeyer, de 26 años, y Vaughn Abelard, de 25. Se cree que un cuarto miembro de la secta acusado en el caso, Étienne Moussin, alias el Francés, de 29 años, se encuentra en Cuba. Todos excepto Kramer son de la zona de Lake Placid.
No había más artículos aquel mes, si no contamos el que apareció en el
Post. «Próxima boda de Daly y Adair.»
Para entonces, Frank ya llevaba escritas doscientas páginas del libro.
—¿De qué trata? —le preguntó Annie mirando por encima del hombro
de Frank mientras éste escribía.
—Ya te lo he dicho —le respondió él mirándola—. Es una novela. De
intriga.
—Pero ¿de qué trata?
—Bueno —le explicó Frank—, trata de… un periodista… —Hizo una
pausa durante unos breves instantes para escribir unas palabras más y luego
se dio la vuelta hacia Annie—. De un periodista despiadado y apuesto…
—¿Sí?
Annie parecía escéptica.
—Y de una chica.
—¿Y cómo es ella?
—Es alta.
—¿Sólo «alta»?
—No. También es… inteligentísima… y encantadoramente
arrebatadora. Muy arrebatadora.
—¿Y qué pasa?
—Bueno —le dijo él—. Hay algo de un rompehielos.
Annie le dirigió una mirada recelosa.
—¿Ah, sí?
—Y ella va en él, porque, bueno, porque es científica. Y él está plantado
esperando en un hotel barato en algún lugar de Rusia…
OceanofPDF.com
Es el seudónimo usado por el periodista Jim Hougan y su esposa Carolyn,
que escriben juntos.
OceanofPDF.com
Terminaste El primer jinete del Apocalipsis
John Case
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