El primer jinete del Apocalipsis

John Case · Capítulo 6 de 33

Páginas del PDF

El primer jinete del Apocalipsis

Capítulo 4

 

 

Murmansk

23 de marzo de 1998

 

—Cuarto punto —estaba diciendo el tipo alto y desgarbado en la parte

delantera de la habitación—, gafas para el Ártico. —Con la mano en alto

tenía colgadas un par de un dedo—. Bajo ninguna circunstancia salgan en

horas de luz del día sin ellas, ni siquiera durante un minuto.

Annie Adair se quedó mirando con síntomas de alarma la larga lista del

equipo. Si, como parecía, cada artículo de aquel equipo iba a requerir una

conferencia de quince minutos, iban a estar sentados en aquella cabina

pequeña y de atmósfera cargada durante varias horas.

El hombre alto se inclinó hacia adelante doblándose por la cintura para

mostrar la mejor manera de ponerse las gafas, moviendo la cabeza de un

modo exagerado para sujetar las piezas que protegían los ojos firmemente

contra el rostro. Cuando se incorporó con aquellas gafas negras y bulbosas

puestas, la cabeza se parecía a la de un insecto grande.

—Tienen que estar bien ajustadas… como las gafas de natación —les

explicó detalladamente—. Las juntas que hay en las sienes no tienen que

dejar pasar nada de luz.

Annie reprimió un bostezo y echó una breve ojeada al doctor

Kicklighter. Éste tenía fama de ser impaciente, y por las muestras que

presentaba (daba golpecitos con el pie en señal de irritación y se mordía un

nudillo), Annie adivinó que estaba, a punto de estallar. Y no podía consentir

que eso sucediera. El doctor K carecía de cualquier tipo de don de gentes y

no conocía el concepto de cortesía profesional. Sencillamente, no parecía entenderlo, no comprendía que era mejor soportar un par de horas de tedio

que indisponerse con personas de las que uno dependía.

Y que, al fin y al cabo, lo que pretendían era hacerle a uno un favor.

Los barcos rompehielos había que reservarlos habitualmente varios años

por adelantado. Así que para encontrar uno había que enarbolar la bandera

apropiada en el lugar apropiado y en el momento apropiado; que además

estuviera dispuesto a alojar a la expedición para Kopervik era… bueno, era

mucho pedir. Y sin embargo, de algún modo todo había encajado en su

sitio. A la petición de una subvención que ella había dado por perdida hacía

más de un año habían contestado de repente en sentido afirmativo,

concediéndosela, y fuera como fuese se había encontrado sitio a bordo del

Rex Mundi, un rompehielos de gran solera alquilado a la Administración

Nacional de la Atmósfera y los Océanos.

Cómo había arreglado aquello el doctor K era algo desconcertante,

aunque ella no tenía intención de averiguarlo. La única vez que le había

preguntado al respecto, el doctor K había sonreído y le había dicho:

—Bueno, Annie, resulta que tenemos amigos en algunos puestos altos.

Y eso debía de ser, porque, entre otras cosas, el paseo de Annie a bordo

del Rex Mundi significaba que los «muñecos de nieve», los miembros del

equipo de la Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos que

estaba compuesto por físicos especialistas en nieve y hielo, tendrían que

renunciar a un permiso de cinco días en la costa de Oslo.

Lo que no les convenía entonces era tener roces con los físicos ni con la

tripulación. Esta última, desde luego, era un problema de por sí. A pesar de

prometerles que recibirían una prima generosa, varios miembros de la

tripulación habían abandonado el barco al enterarse de que la etapa de

Kopervik del viaje implicaría la exhumación de cadáveres. Se habían

encontrado sustitutos, pero no sin dificultades. Y también, según le habían

contado a Annie, existían algunas supersticiones de los marineros relativas

al transporte de los cargamentos de cadáveres.

El hombre de las gafas seguía hablando con voz monótona sobre los

ángulos de refracción y las intensidades solares del Ártico. Por su parte,

Annie se habría pasado todo el día allí sentada pacientemente, pero uno de

sus trabajos como protegida era intervenir por su mentor. El doctor K podía resultar verdaderamente ofensivo, y cuando Annie se dio cuenta de que el

movimiento del pie del médico aceleraba el ritmo, decidió intervenir.

—Me parece que ya hemos cogido la idea —comentó en lo que

esperaba fuera un tono alegre y conciliador.

Katie Couric hizo una pausa para la publicidad.

—¿Disculpe?

El muñeco de nieve no podía creer que Annie lo hubiera interrumpido.

—Yo… nosotros… Bueno, lo que quiero decir es que ya comprendemos

que tenemos que llevar las gafas puestas siempre que salgamos al exterior.

Annie fingió torpemente un bostezo confiando en que aquel hombre lo

entendiera: «Esta gente está cansada. Acaban de venir de un vuelo

transatlántico.»

Pero no, reaccionó como si le hubieran dado una bofetada en la cara.

Annie era consciente de que había violado una regla no escrita que decía

que, cuando los expertos informan a los «civiles», aunque dichos civiles

sean a su vez científicos, la conducta que se espera de ellos es de educada

atención, sino de obediencia. Era una cuestión de tradición. Si el doctor K

fuera el anfitrión de unos extraños que visitasen su laboratorio y los

instruyera para que conocieran la manera más apropiada de manejar un

frotis viral, esperaría una atención casi en éxtasis. A Annie se le escapó una

risa un poco nerviosa, pero siguió adelante.

—Mire, yo soy la última persona a quien tiene usted que aleccionar

sobre las precauciones que hay que tomar para evitar quedarse ciego a

causa de la nieve —dijo sin respirar—. En realidad me pasó una vez.

—¿Ah, sí?

—Aja. En Vail. Se me cayeron las gafas mientras subía en el teleférico.

—Dios, ahora estaba hablando como una cabeza de chorlito—. Hubo un

momento, cuando estaba allí arriba, por encima de los árboles, en que no

podía ver nada.

Se hizo un silencio y luego la voz del físico adoptó un tono ácido.

—Bueno, la auténtica ceguera a causa de la nieve es de una magnitud

completamente diferente. No estamos hablando de desorientación. Estamos

hablando de dolor, de un dolor intenso, como si a uno se le llenasen los ojos de vidrio molido. Puede dejarte inútil durante días, incluso semanas, si la

exposición es lo bastante severa.

Durante un momento hubo otro silencio, y luego el tamborileo del pie

empezó de nuevo por parte del doctor K… aunque con una cadencia más

lenta.

—A-no-ta-do —dijo el doctor K con voz fría.

—Excelente. —El físico de la Administración Nacional de la Atmósfera

y los Océanos se arrancó las gafas, que le dejaron unas marcas rojas

alrededor de los ojos, y cogió una máscara facial de neopreno—. Artículo

cinco. Cuando la temperatura descienda por debajo…,

—Disculpe —le interrumpió el doctor Kicklighter—. Supongo que es

su trabajo, pero… sencillamente… por cierto, ¿no tendrá usted que repetir

todo esto para nuestro escribiente cuando llegue? ¿No tendría más sentido

esperar? Lo que quiero decir es que el escribiente tendrá que proteger la

vista y todo lo demás exactamente igual que nosotros.

—¿Qué «escribiente»?

El físico lo miró furioso.

Annie pensó: «Ya está. Estamos acabados. Nos odia.»

—Un hombre llamado Daly…

Se oyeron unos golpes secos en la puerta y un hombre rubio y delgado

entró en la habitación sin aguardar la respuesta. Annie lo reconoció como el

físico jefe.

—Tendrás que acabar la información a bordo, Mark. Hay una tormenta

que se dirige hacia aquí y el capitán dice que o nos vamos dentro de un par

de horas o nos quedaremos en puerto tres o cuatro días.

—¿Que nos vamos? —preguntó el doctor K-. Pero…

El hombre rubio se encogió de hombros.

—Hacemos lo que dice el capitán —le indicó—. Y de todos modos nos

hace un favor. Si quisiera podría hacernos esperar. Y entonces, ¿dónde

estaríamos? Usted perdería la oportunidad. —Hizo una pausa durante unos

instantes para dejar que asimilaran aquellas palabras, y luego, con una

sonrisa, añadió—: ¡En veinte minutos! Los esperaremos con la furgoneta

delante del hotel.

Y tras decir esto, el hombre rubio se marchó tal como había venido.

Mark, el físico, ya estaba metiendo el material en una bolsa de viaje

grande de color azul.

—Pero… ¿y Frank Daly? —quiso saber Annie.

—¿Quién es Frank Daly? —preguntó Mark.

—Nuestro escribiente —respondió Kicklighter.

—Teníamos un acuerdo —dijo Annie—. Quiero decir… ¡Dios mío, ha

recorrido un millón de kilómetros!

Mark levantó la mirada, esbozó una sonrisa, se encogió de hombros e,

incorporándose, se echó la bolsa al hombro.

—Francamente, yo diría que el señor Daly va a perder el barco.

—La bendición disfrazada —masculló Kicklighter al ponerse en pie—.

Nos hace tanta falta como un flemón en una muela.

Mark soltó una risita y salió sin hacer ruido por la puerta; Annie se

quedó meditando sobre la ironía de dejar atrás a Frank Daly. Después de

todos los quebraderos de cabeza para decidir si era conveniente (o quizá

inevitable) que fuera un reportero en la expedición, ahora el hombre llegaría

a Murmansk… para encontrarse con que el Rex Mundi ya había zarpado.

 

Media hora después, Annie se hallaba de pie ante la puerta del hotel

esperando la furgoneta que los llevaría al barco. El aire estaba cargado,

caliente y quieto, lleno de una malevolencia callada que teñía de miedo la

frustración que ella sentía.

Había tratado de ponerse en contacto con Daly, de hacerle llegar un

mensaje para decirle que no fuera, pero las comunicaciones eran horribles,

y ahora…

La temperatura estaba subiendo, de seis grados bajo cero había pasado a

cinco bajo cero, y cuando llegaron a los muelles, los copos de nieve se

movían de un lado a otro en el viento húmedo que azotaba a ráfagas.

Tenía un poco de miedo de subir por la pasarela, que se mecía y

conducía a la cubierta del barco. Las gruesas cuerdas que servían de

barandilla se habían puesto resbaladizas a causa del hielo, y cuando miró

hacia abajo (gran error) no vio otra cosa que agua negra. Durante un instante se tambaleó, pero el doctor Kicklighter la sujetó con fuerza por el

codo y la empujó hacia adelante.

Acto seguido, Annie se encontró a salvo en cubierta, y los dos

permanecieron allí de pie durante un momento, con las manos apoyadas en

la barandilla, mirando cómo un montón de vasos de plástico subían y

bajaban al lado del muro del mar.

—Estamos en el borde del mundo —le dijo Kicklighter señalando la

ciudad con un movimiento de cabeza—. Así es como lo llaman los saamis.

Annie asintió educadamente, aunque en realidad no sabía de qué le

hablaba.

—¿Qué es lo que llaman así? —le preguntó.

—«Murmansk.» Significa «el borde del mundo». —Arrugó la frente e

hizo una pausa—. O puede que sea «el fin del mundo». No estoy del todo

seguro.

Annie lo miró.

—Bueno, hay una gran diferencia —le indicó ella.

Y se sonrojó al ver sonreír al médico.

Despacio, el doctor Kicklighter levantó el brazo y lo movió en el aire; el

viento le pellizcó la tela de la parka.

—Así es —dijo sin dirigirse a nadie en particular, y añadió—: Bon

voyage.

 

OceanofPDF.com