El primer jinete del Apocalipsis
Prólogo
Valle del Hudson
11 de noviembre de 1997
Tommy estaba nervioso. Susannah lo notaba, porque sabía que a él le
gustaba hablar, y sin embargo no había pronunciado una palabra durante
ochenta kilómetros. No es que estuviere en condiciones de culparle.
También ella estaba nerviosa. Y excitada. Y asustada.
Era la hora del crepúsculo cuando salieron de la carretera Taconic y
encendieron los faros delanteros del vehículo mientras viajaban por
onduladas tierras de cultivo, un paisaje de Ralph Lauren donde las casas
eran tan perfectas que sin el menor esfuerzo se adivinaba que los
propietarios eran médicos y abogados. Eran «minifincas» o enclaves con
nombres como Foxfield Meadows, y en realidad allí no se cultivaba nada
excepto quizá algunos tomates secados al sol.
Al pasar por el Instituto Omega, Susannah se preguntó en voz alta qué
era aquello, y Tommy, el conductor, contestó haciendo el sonido de un pato:
¡cuac, cuac, cuac! Así que los dos se echaron a reír (un poco demasiado
fuerte) y Susannah pensó: «Alguna clase de cosilla new age.»
La cosa era… lo que la ponía nerviosa era todo aquel asunto de los
dientes, de sacar los dientes. Se mirase como se mirase, aquello de sacar los
dientes era un asunto realmente escalofriante. Como Núremberg o algo así.
De manera que, si los cogían, no sólo sería asesinato, sería… ¿qué sería?
Como Charles Manson o algo parecido.
No es que pensara hacerlo ella, pues era incapaz de hacerle daño a una
mosca. Ese trabajo, los dientes y los dedos, era cosa de Vaughn. Y poner las inyecciones. Además, tenía que hacer aquello porque él era el médico. Y
además era bueno, decía Tommy. «Vaughn es un viejo verde, ¿verdad,
Vaughn?» Fuera lo que fuese aquello.
Sin embargo, había que preguntarse por qué era necesario hacer lo de
los dientes. Y lo de los dedos. ¿Por qué no sencillamente… deshacerse de
ellos? O mejor aún, dejarlos en el mismo sitio donde se encontraban.
Susannah estuvo pensando en ello durante un rato y luego se encogió de
hombros. «Solange se mueve de manera extraña», pensó mientras sonreía
interiormente por el chiste. A veces él hacía cosas sólo para ser teatral.
Salpicar. Agitarlos.
No es que ello supusiera diferencia alguna. No iban a cogerlos. Lo
habían ensayado todo, desde la llamada a la puerta hasta las esposas para
las manos, y no había nada en lo que no hubieran pensado.
Como la autocaravana. Había sido idea de Solange, y era brillante
porque, una vez que le hubieran hecho los arreglos pertinentes, le
proporcionaría a Vaughn una especie de quirófano en la parte de atrás. Así
él podría hacer lo que tenía que hacer incluso mientras estuviesen en
marcha al huir.
Y tampoco resultaba llamativa. Porque vehículos de aquellos se veían
por todas partes. No había ningún lugar en América donde no fueran cosa
habitual. Y allí también lo eran. Todo el mundo los utilizaba.
El trabajo de ella era entrar en la casa y, una vez allí, asegurarse de que
los Bergman no pudieran llegar a coger la pistola. Así que, en realidad, eran
dos trabajos, y lo que hacía que todos pensasen que podía llevarlos a cabo
era el hecho de que fuese «mona» (y no estaba jactándose, sencillamente
aquello era una realidad). Era tan mona como una animadora. Y estaba
embarazada, lo que, en cierto modo, le proporcionaba un aspecto
vulnerable.
Y eso hacía que la gente se fiara de ella. Lo cual era muy importante.
Porque en realidad los Bergman eran unos paranoicos, parecía que pensasen
que alguien iba a asesinarlos. Susannah sonrió ante aquel pensamiento.
Hablando de ironías… ¿hola?
Y, sobre todo, aquello era espantoso y horrible, y le hubiese gustado no
formar parte de ello, pero… había que hacerlo… Sabía que había que hacerlo porque lo decía Solange, y Solange nunca mentía. Nunca.
Y no iba a ser doloroso. Vaughn decía que nadie iba a sentir nada. Sólo
algo como «un aguijonazo de abeja» a causa de la aguja. Y eso sería todo.
A menos que, desde luego, algo saliera mal. Como, por ejemplo, que
tuvieran un doberman o algo así. Pero no, no tenían perro, porque si lo
tuviesen, Lenny lo habría dicho. Lenny era el hijo de los Bergman, y si
hubiera un doberman paseándose por allí, ya les habría hablado de él.
Como les había hablado Marty de la pistola. No es que Marty tuviera
parentesco con ellos, pero era un allegado. Había dicho: «No creo que ese
viejo cabrón sepa usarla, pero tiene una treinta y ocho Special que guarda
en una mesita del vestíbulo, justo debajo del teléfono. Yo solía bromear con
él y le decía que estaba "atada con una correa", y él preguntaba: "¿De qué
hablas, qué correa? Yo no veo ninguna correa." Y la cosa es que no
bromeaba. Quiero decir que parece que ese tipo viva en otro siglo.»
Aun así… ¿y si se rompía la aguja o la mujer empezaba a gritar? Todo
saldría verdaderamente mal, y muy rápido. Como con Riff, cuando era niña
y la atropello el coche. Y el padre trató de cargarse al conductor con la 22,
pero estaba tan nervioso que no fue capaz de acertarle en el corazón. Así
que… continuó disparando.
Si eso, o algo parecido, ocurriera, toda la casa se mancharía de sangre…
y ellos también se pondrían perdidos. Y la cosa es que lo que iban a hacer
era un asesinato. Lo cual, para una persona que había recibido una
educación católica, aunque ahora no fuese practicante, era algo muy malo.
Porque matar estaba mal. De eso se sentía segura. Ni síes, ni íes, ni
ningún pero que valga. Matar a alguien estaba definitivamente mal…
A no ser que…
A no ser que uno fuera soldado. Y eso era exactamente lo que ellos
eran: Tommy, Vaughn, ella y el francés que iba en la parte de atrás del
camión. Eran soldados. Caballeros, incluso. Exactamente igual que en las
Cruzadas.
Susannah estaba pensando en la guerra secreta, en la guerra de Solange,
en su propia guerra, cuando el intermitente empezó a sonar y el camión torció por una carretera rural de dos carriles, haciendo que una manada de
ciervos que pastaban en el borde de la carretera se diseminase espantada.
Como era una autocaravana desvencijada con matrícula de Arizona, el
camión tembló, se agitó y traqueteó por el carril con bordillo, aminorando
la velocidad ante cada uno de los buzones, luego acelerando y aminorando
de nuevo mientras el conductor buscaba la dirección exacta. Finalmente el
vehículo se detuvo ante un buzón herrumbroso que decía:
Bergman
Durante un buen rato, Tommy contempló con fijeza las letras plateadas
mientras mascullaba para sus adentros. Luego apagó los faros, dio marcha
atrás, cambió la velocidad y, conteniendo la respiración, entró en el largo
sendero para coches.
Susannah se retorció en el asiento y respiró profundamente. Exhaló,
hizo una especie de sonido tartamudeante y luego se humedeció los labios
con la lengua.
El camión avanzó por la crujiente grava hacia el porche delantero de
una casa de campo blanca. Una vez allí, cuando se hallaron debajo de un
cenador de viejos castaños, Tommy apagó el motor. Después se abrió la
puerta del lado del pasajero y Susannah saltó del vehículo.
Era, como cualquiera podía ver, bonita, joven y estaba embarazada;
tenía unos enormes ojos castaños y el pelo de color rubio ceniza. Llevaba
un vestido de verano amarillo debajo de un jersey abierto y viejo de color
gris que le iba demasiado grande y que bien pudiera haber pertenecido a su
padre. Tras dirigirle al conductor una mirada que parecía decir «Allá
vamos», respiró hondo y subió los escalones del porche al tiempo que les
echaba una breve ojeada a las macetas de crisantemos situadas a ambos
lados.
Al llegar a lo alto de los escalones titubeó; de pronto se sentía débil y
con náuseas. Se quedó un rato largo tambaleándose delante de la puerta
principal. Por último llamó con la mano. Lo hizo bastante quedo, confiando
en secreto en que no hubiera nadie en casa.
Al principio no hubo respuesta, pero como oía el televisor en el interior,
volvió a llamar. En esta ocasión más fuerte. Y luego otra vez, ya casi
aporreando la mosquitera de la puerta.
Por fin la puerta interior se abrió y una mujer dé cincuenta y tantos años
se asomó por detrás de la mosquitera qué tenía echado el pestillo.
—¿Hola?
Pronunció la palabra como si fuera una pregunta.
—¡Hola! —respondió Susannah con la timidez reflejada en tu preciosa
cara.
Los ojos de Martha Bergman se fijaron en el vientre de la embarazada y
luego se posaron en la autocaravana, donde un hombre joven y delgado
pero fuerte (el marido de aquella chica, supuso) la saludó con un pequeño
gesto con la mano. El lateral del vehículo estaba pintado con la imagen de
una señorita, una señora española que se asomaba con coquetería por
encima de un abanico. A los propietarios de autocaravanas les gustaba
hacer eso, pintar los camiones con escenas que sugerían de dónde eran:
cowboys, langostas y rascacielos. Martha se figuró que aquel camión debía
de ser de Nuevo México o de algún lugar del suroeste.
—¿Puedo ayudarla en algo? —le preguntó Martha.
—Eso espero —respondió Susannah cambiando el peso del cuerpo de
un pie a otro—. Estamos completamente perdidos.
El rostro de Martha se suavizó.
—¿Qué están buscando?
La chica movió la cabeza a ambos lados y se encogió de hombros.
—Ese es el problema. Hemos perdido el número. Pero sé que es una de
estas casas, una casa que está en Boice Road.
Martha hizo una mueca.
—Es una calle larga, querida.
—Yo esperaba que… bueno, si usted me permitiese utilizar el
teléfono… podría llamar a mi hermano. Seguro que ahora se encuentra en
casa.
Martha frunció el entrecejo. Luego sus ojos se posaron de nuevo en el
vientre de Susannah y, tranquilizada de pronto, sonrió, quitó el pestillo de la
puerta de tela metálica y la abrió.
—Desde luego. Pase. El teléfono está ahí, en esa mesita.
—Es usted muy amable —le dijo Susannah mientras entraba en el
vestíbulo—. ¡Vaya, qué casa tan bonita!
En realidad se parecía mucho a la casa de sus padres, con Bokharas de
imitación en los suelos de madera dura y rellena de muebles de Pottery
Barn.
Desde la habitación contigua un hombre habló con voz atronadora por
encima del ruido del televisor.
—¡Martha! ¿Qué haces? ¡Te lo estás perdiendo!
—Ahora voy.
—¿Con quién hablas? —quiso saber el hombre.
—Hay una joven que quiere llamar por teléfono —contestó
Martha, que se volvió hacia Susannah y dejó escapar un enorme suspiro.
Luego le explicó: —Es que están jugando los Jets.
Susannah le dirigió una sonrisa de complicidad y movió la cabeza como
diciendo que todos los hombres eran iguales. A continuación cruzó la
habitación hasta la mesita donde se encontraba el teléfono.
—Sólo será un segundo —aseguró.
Y cogió el auricular.
Se volvió de espaldas a la mujer mayor, marcó el número del teléfono
móvil situado en la parte de atrás del camión y se quedó esperando. Durante
unos segundos se oyó un tictac, un sonido como un gorjeo, y… ¡cliiick!
—¿Sí?
Era Vaughn.
—¡Hooolaaa! —dijo con efusión Susannah.
Actuaba como si estuviera emocionada, con la intención de que la
señora Bergman lo advirtiese.
—¿Estás dentro?
—¡Sí!
Y luego, tal como lo habían ensayado, se lanzó a soltar un rollo acerca
de que estaba justo a la vuelta de la esquina, o al menos eso creía, pero que
habían perdido el número de la casa nueva… y ¿cuál era?
—¿Y la pistola?
Susannah esbozó una sonrisa por encima del hombro mientras hablaba
y, como quien no quiere la cosa, abrió una rendija del cajón de la mesita. Al
ver la 38 dijo:
—¡Ya la tengo! No hay problema.
—¿Estás segura?
—Absolutamente.
—Ahora mismo entro.
Susannah siguió hablando unos segundos después de que Vaughn
colgase; luego colgó a su vez, se dio la vuelta y se apoyó en la mesita.
—Bueno, ha sido bastante fácil —comentó Martha Bergman, aunque se
sentía un poco incómoda al ver que la chica se quedaba donde estaba, de pie
delante de la mesa del teléfono. A continuación le preguntó—: ¿Qué casa
es?
Susannah se encogió de hombros, se dio la vuelta, abrió el cajón y sacó
la 38. Al ver la reacción de la otra mujer se puso la pistola detrás de la
espalda y sonrió.
—No va a pasar nada —le aseguró—. De verdad.
Pensaba en Solange y en lo que él les había dicho la noche anterior:
«Intentad no asustarlos mucho. De nada sirve que les entre pánico. Por lo
menos todavía no.»
Y entonces fue cuando apareció Harry Bergman con el entrecejo
fruncido, un vaso de vino en una mano y el periódico en la otra. Las gafas
de ver de cerca le colgaban del cuello sujetas por un cordón negro.
—Hay un camión en el jardín —anunció como si fuera la cosa más
asombrosa del mundo. Y luego, al darse cuenta de la presencia de
Susannah, añadió—: ¿Hola?
—Sólo somos nosotros —murmuró Susannah.
Harry miró primero a la chica, después a su mujer y otra vez a
Susannah.
—¿Qué pasa? —preguntó poniéndose tenso al ver la expresión que
tenía su esposa en la cara.
Nadie dijo nada durante unos instantes, y luego se oyó un fuerte chirrido
en el jardín, semejante al que producen las uñas al arañar una pizarra,
seguido de un golpe metálico. Martha tuvo un sobresalto.
—¿Qué coño…? —exclamó Harry.
—Es el camión —le indicó Susannah tratando de parecer tranquila—.
Es la puerta de atrás al subir. Necesita grasa.
—Muy bien —convino Harry.
Y dándose la vuelta, avanzó un paso hacia la mesita junto a la que se
encontraba Susannah.
—Ah, ah —murmuró ésta. Y le enseñó la Browning mientras la movía
en el aire ante él—. Mejor que no.
Harry no se quedó paralizado por completo; pareció meterse dentro de
sí mismo y, al hacerlo, su mujer se colocó delante de él.
—Déjelo en paz. No está…
—Martha… —protestó Harry.
—Llévese lo que quiera.
—Bueno, gracias —le dijo Susannah—. Pero… verá, no se trata de eso.
Los Bergman le dirigieron una mirada desconcertada, y Susannah se
hubiera dado una patada a sí misma. Pero entonces se abrió la mosquitera y
entró Vaughn. Llevaba una escopeta de cañones recortados como si fuera un
portafolios, sin apuntar con ella, pues no necesitaba hacerlo. El petimetre
francés estaba justo detrás de él con un juego de manillas de plástico de las
que usaba la policía cuando hacían muchas detenciones al mismo tiempo.
Tommy se había quedado fuera, en el porche, vigilando.
—Muy bien, escuchen todos —dijo Vaughn—. Ustedes hagan lo que les
digamos y dentro de diez minutos nos habremos ido. Se lo prometo, ¿vale?
Harry Bergman rodeó con el brazo a su esposa y asintió con la cabeza,
no tanto porque estuviera de acuerdo como porque se sentía demasiado
asustado para decir nada.
Luego el tipo de las esposas se puso detrás de ellos y, tras decir algo así
como «S’il vous plait», le apartó con suavidad a Harry el brazo que tenía
puesto en el hombro de su esposa. El francés le puso al hombre las manos
detrás de la espalda, le ató la cuerda de plástico alrededor de las muñecas y
apretó. Hecho esto se volvió hacia la mujer y repitió la operación.
—Estupendo —comentó Vaughn; luego se volvió hacia Susannah—. Ya
sabes lo que hay que hacer, ¿verdad?
Ésta asintió con rápidos movimientos de cabeza y se quedó mirando
cómo conducían a los Bergman al exterior. Mientras pasaban por la puerta,
oyó que Vaughn decía:
—Por cierto, hablé con su hijo el otro día. Les manda recuerdos.
Tanto el marido como la mujer emitieron un grito ahogado.
A continuación la puerta de tela metálica dio un portazo y se oyó la voz
del señor Bergman, una voz asustada semejante a un gruñido, como un
perrito que protege su territorio ante un rottweiler:
—¿Qué es esto? ¿Adónde nos llevan?
Y luego la voz de Vaughn, relajada y natural:
—Sólo vamos al camión…
«Bueno, sí», pensó Susannah. Y con un estremecimiento, sacó un
pañuelo del bolsillo y limpió la 38. Después volvió a meter la pistola en el
cajón y borró las huellas dactilares de la madera y del teléfono. ¿Qué más?
Se suponía que también tenía que apagar el televisor y las luces, y cerrar la
puerta principal al salir. Se suponía que tenía que parecer como si ellos…
De pronto el aire se rompió con un rugido asustado y casi animal, un
grito ahogado y prehistórico de terror sin adulterar. Al oírlo, la noche quedó
silenciosa, y Susannah, estremecida, se encontró saliendo a todo correr de la
casa atraída por la pura fuerza centrípeta del miedo de otra persona.
Cuando salía del porche vio a Tommy. Estaba dando la vuelta desde la
parte de atrás del camión; caminaba de prisa con la cabeza baja y la boca
abierta, parpadeando como un loco.
—¿Qué ha pasado?
Tommy se limitó a mover la cabeza y se puso detrás del volante.
—No vayas ahí atrás —le dijo.
Pero ¿cómo no iba a ir?
Dobló la esquina y vio al hombre, al señor Bergman, en el suelo; el
cuerpo le temblaba como si estuviera sujeto a un cable eléctrico invisible y
potente. Unos metros más allá, la mujer se encontraba tendida sobre el
vientre en el camino; el francés, que le tenía puesta una mano en la nuca y
la rodilla en la cintura, la sujetaba. Durante un segundo los ojos de
Susannah se encontraron con los de la mujer, y pareció como si la noche se
estremeciera en el espacio que había entre ellas. Luego Vaughn pasó por encima del cuerpo aún espasmódico del marido y, tras agacharse al lado de
la mujer, le administró una inyección en la parte de atrás del hombro,
perforando el delgado vestido de algodón que llevaba puesto.
Inmediatamente los ojos de la mujer se volvieron hacia arriba y se
quedaron en blanco. La conexión que había entre Susannah y ella, un doble
sentimiento de odio y lástima, quedó hecha pedazos cuando diez
centímetros cúbicos de morfina farmacéutica le llegaron de golpe al
corazón. Se puso rígida durante un largo instante y, con la misma rapidez,
se desmadejó. Al final la tensión abandonó aquel cuerpo. Estaba muerta.
Susannah tardó unos instantes en darse cuenta de que llevaba una
eternidad conteniendo la respiración. Tras dejar escapar el aire y aspirar de
nuevo, sintió la necesidad de explicar por qué se hallaba allí parada.
—Es que oí un ruido —dijo.
Vaughn se puso en pie y asintió.
—Fue el hombre. El pobre tipo se espantó mucho cuando vio la aguja.
El francés se subió a la parte trasera del camión, donde al lado de una
mesa de metal blanca esperaban dos bidones de doscientos litros. El suelo
estaba cubierto con hojas de polietileno negro. Una hilera de luces que el
francés encendió colgaba del techo. Volvió a saltar al suelo e hizo un
movimiento negativo con la cabeza.
—No —aseguró—. No fue la aguja. Fue el camión. Vio el plástico y le
entró miedo.
Vaughn se encogió de hombros.
—Bueno, da igual. Ayúdame a meter a la mujer en la parte de atrás.
El francés cogió el cuerpo de la mujer por los brazos y Vaughn la agarró
por los pies. Mientras la levantaban, Vaughn le echó una ojeada a Susannah.
—Tú has visto cómo se apagaba la luz, ¿verdad?
Susannah no acababa de comprender.
—¿Qué luz?
—La luz de sus ojos —le aclaró Vaughn—. Os estabais mirando la una
a la otra cuando le puse la inyección.
Susannah asintió despacio con la cabeza. Sí, lo había visto. Los ojos se
le pusieron… vacíos. Los dos hombres levantaron el cuerpo de la mujer y lo
metieron en la parte de atrás de la autocaravana.
Vaughn se volvió hacia Susannah y le dirigió una mirada llena de
comprensión.
—Me di cuenta —dijo—. Lo vi en tu cara.
—¿Qué viste? —le preguntó Susannah.
—La manera como reaccionaste. Fue como…
Dejó la frase a medias.
—¿Qué? —quiso saber Susannah, casi como si Vaughn estuviera
flirteando con ella.
Vaughn se quedó pensando durante un momento, movió la cabeza y se
echó a reír.
—Fue… complicado. Fue muy complicado.
Después se inclinó, cogió al hombre muerto por los brazos y lo llevó
hasta el camión tirando de él.
Susannah no podía creerlo. No podía creer como los pies hacían
pequeños surcos en la tierra, tan perfectamente paralelos que casi parecían
renglones de una página.
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