El primer jinete del Apocalipsis

John Case · Capítulo 16 de 33

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El primer jinete del Apocalipsis

Capítulo 14

 

 

Alguien se les había adelantado. Cuando la expedición llegó al

cementerio, los cuerpos habían desaparecido.

Iba sentado en el coche por Chain Bridge, sin ir a ninguna parte, sin

escuchar realmente el disco compacto que sonaba, un blues de Cape Verde.

Miraba fijamente hacia adelante, a una larga cola de luces traseras cuyos

reflejos cubrían el asfalto mojado como charcos de sangre. Había un buen

atasco de tráfico. Los limpiaparabrisas sonaban al moverse de un lado a

otro. De vez en cuando se veía el destello de un relámpago entre las cortinas

de lluvia.

Pensó que lo más seguro es que hubiese un accidente en la carretera, un

poco más adelante. Luego pensó que tenía que cambiar los

limpiaparabrisas. Pensó que la ventanilla trasera se estaba empañando. Pero

en lo que por lo visto no podía pensar era en las implicaciones de lo que se

había enterado en la Panoptikon. En cambio seguía viendo las imágenes en

sí: el grupo de formas rectangulares que era el revoltijo de ataúdes, las

manchas oscuras de las tumbas excavadas.

No quería pensar, eso formaba parte de ello. Había estado persiguiendo

un reportaje normal, el típico artículo atractivo en el que el intrépido

reportero pone al descubierto una alianza atroz entre científicos y militares.

Había creído saber cuál era el argumento, pero de pronto el marco de

referencia de Frank había desaparecido, y ahora no tenía ni idea de qué

hacer. Y además aquello empezaba a darle miedo.

Se puso a tamborilear con los dedos sobre el volante. ¿Quién? ¿Por qué?

Por otra parte, las fotografías explicaban muchas cosas: aquel derrotado

arrastrar de pies de Kicklighter al bajar por la pasarela del Rex Mundi, la

mirada espantada de Annie y la negativa de ésta a hablar de Kopervik, la presencia de Gleason en Hammerfest. Y también explicaban la conexión

existente con el Pentágono, la financiación del Compass Trust. Por otra

parte… no, en realidad no explicaban nada.

La fila de coches situada delante de él no se movía, y a lo lejos podía oír

el ulular de las sirenas. Intentó organizar sus pensamientos acerca de las

fotografías de la Panoptikon. En su mayor parte no eran pensamientos, sino

preguntas, las mismas preguntas: ¿quién abrió las tumbas y por qué?

Cavar en el permafrost era tan difícil como cavar en la roca: se tardaban

días en llegar a cualquier parte, incluso con herramientas especiales. Y

Kopervik se hallaba en un lugar tan remoto que igual podía haber estado en

otro planeta. Lo cual significaba que lo que había pasado allí era mucho

más que una profanación de tumbas. Alguien, y además alguien con los

bolsillos bien llenos, quería quedarse con aquellos cuerpos. Y el único

motivo para querer aquellos cadáveres en particular era conseguir el virus

que albergaban. Y eso sólo podía significar que las personas que habían

robado los cadáveres querían cultivar el virus, exactamente igual que

esperaban poder hacer Kicklighter y Adair.

Pero ¿por qué?

No para estudiar las capas de proteínas. Annie habría tenido

conocimiento de cualquier expedición de ese nivel que se hubiera realizado

y cuyo destino hubiese sido Kopervik. Puesto que ella había llevado a cabo

todo el trabajo preparatorio, la habrían consultado aunque sólo fuese por

cuestión de cortesía profesional, y quizá la hubiesen invitado a participar. Y

si no a Annie, al menos habrían informado de ello a la Fundación Nacional

de Ciencias. Y también lo habrían sabido los representantes de la compañía

minera y las familias que habían dado el permiso para exhumar los cuerpos.

Entonces, ¿qué pasaba?

Jugueteó con la idea de que quizá hubiese sido una compañía

farmacéutica la que había ido tras el virus con la esperanza de fabricar una

vacuna. Sin embargo, ¿para qué iba nadie a inventar una vacuna contra un

virus que ya no existía, o que existía sólo bajo el permafrost del Círculo

Polar Ártico? No lo harían. Nadie lo haría.

Entonces… ¿quién? ¿Y por qué?

¿Por qué buscar una cepa de gripe que era legendaria por su virulencia?

Bueno, eso no era tan difícil, pensó Frank. Si no iban a estudiarlo y si

tampoco iban a hacer una vacuna, entonces el único motivo para ir a buscar

los cadáveres era extraer el virus para hacer un arma biológica.

Y qué arma. Puesto que era una infección que se transmitía por el aire,

resultaba contagiosa de un modo espectacular, y lo que era más…

Un bocinazo que venía de atrás sacó a Frank de su ensimismamiento, y

se dio cuenta de que veinte metros lo separaban de las débiles luces del

coche que tenía delante. Al parecer por fin el tráfico había empezado a

moverse. Se encorvó hacia adelante en el asiento; el parabrisas se había

perlado de gotas a causa de la lluvia torrencial, por lo que a duras penas

resultaba transparente. Después de cruzar el puente subió por Arizona y

luego bajó por Nebraska. En el Ward Circle unos estudiantes de la

Universidad Americana cruzaban por la complicada intersección

chapoteando, atolondrados y empapados.

¿Quién habría sido? Los candidatos más evidentes eran los militares.

Según había descubierto él mismo, habían sido los militares, o por lo menos

la sección de Inteligencia que se dedicaba al espionaje, los que habían

patrocinado en secreto la expedición. Y eso era algo que no habrían hecho

si ya hubiesen exhumado los cadáveres.

Terroristas, entonces. Eso, ciertamente, explicaría la presencia de Neal

Gleason. Pero no. Dados los recursos que se necesitaban para montar una

expedición a Kopervik, una expedición que bien podía ser que no diese

otros frutos más que la congelación de algunas personas, lo más probable

era que hubiera sido una de las naciones enemigas. Irán, Iraq, Libia. Los

mismos sospechosos de siempre.

Pero Frank no creía que fuera así. Había algo mal en el análisis que

había hecho, algo que se le pasaba por alto. Pero… ¿qué era?

A dos manzanas de su apartamento se detuvo en Mixtee y salió diez

minutos después con un envase de arroz y bistec. Al regresar a casa arrojó

las fotografías tomadas vía satélite sobre la mesita del café y se sentó

delante del televisor; pasó de un canal a otro hasta que encontró el partido

de los Bulléis. O de los Wizards. O como quiera que se llamasen aquella

semana. Miró cómo Strickland servía un pase sin mirar a Webber, que subió buscando un mate al revés. Una jugada «guapa», pero en ese momento

apareció el marcador en la pantalla y vio que Indiana iba ganando por

dieciséis.

Apagó el aparato. De todos modos en ese momento no tenía la cabeza

para aquello. Todavía seguía preocupado por las fotos del satélite y la

sensación de que había algo en ellas que no cuadraba. Pero ¿qué?

Tuvo la idea de que quizá lo averiguase si repasaba las anotaciones y

archivos que tenía sobre la gripe. Y mientras acababa de comer, ¿por qué no

escuchar algunas cintas de las que tenía con entrevistas? Quizá hubiese en

ellas algo que le refrescase la memoria. Rebuscó en la caja de casetes que

tenía en la parte de atrás del archivador hasta que encontró lo que buscaba:

«Gripe/entrevista Adair//3/8/98.» Metió la cinta en el reproductor. Cogió

una cerveza y una botella de salsa yucateca y se puso a escuchar la cinta.

 

—No es intencionado. Utilizan células del portador para reproducirse,

y en el proceso matan a las células. El hecho de que hagan que uno se

ponga enfermo es un efecto secundario. El virus ideal no tendría por qué

hacer enfermar a nadie,

—¿Ah, no? Yo creía que ésa era su raison d’étre.

 

(Risa.)

 

—No. Tienen la misma razón de ser que nosotros, biológicamente

hablando. Tienen tendencia a ser más, a reproducirse… De modo que si

matan al portador, es que no son eficientes.

 

Frank negó con la cabeza. ¿Cómo podía encontrar lo que buscaba si no

sabía lo que era? Hizo que la cinta avanzase de prisa. Annie estaba

diciendo:

 

—Ahora bien, la viruela es tan estable que podríamos ponerla en un

pedazo de papel y meterla en un archivador, y podría sobrevivir durante

décadas. Siglos. Es una preocupación para los antropólogos, ¿sabe?

Cuando desentierran momias.

—Pero la gripe…

—Eso es otra historia,

 

Apagó el aparato y se puso en pie. Con aquella cinta no iba a ninguna

parte. Mejor ir a ver la fuente en persona.

 

La casa de Annie se encontraba a unos palmos por encima del nivel del

suelo. Frank se sentó en la parte superior de las escaleras de la entrada

mientras la esperaba. Finalmente, Annie subió los escalones riendo mientras

hablaba con una mujer morena y menuda; ambas iban cargadas con bolsas

de plástico llenas de comestibles. Esta vez Annie llevaba puestas unas

sandalias, una camiseta de Hoyas de un color rojo descolorido y unos Levi’s

con las rodilleras rotas. De algún modo a Frank le dio la impresión de que

las rodilleras estaban desgastadas realmente por el auténtico uso y no por

cuestión de moda. La mujer menuda lo vio primero y le puso una mano en

el brazo a Annie. Ésta dejó de andar, la risa se le apagó y la expresión de su

rostro pasó velozmente por algunos cambios interesantes: durante una

fracción de segundo pareció contenta de verlo, antes de estancarse en una

especie de sonrisa cautelosa.

—¿Va a convertirse esto en algo regular? Porque si es así, quizá te

convenga cenar mientras esperas.

—Es que quería enseñarte una cosa —le dijo Frank al tiempo que daba

unos golpecitos con los dedos en las fotografías realizadas por el satélite.

—Bueeeno —aceptó Annie.

La otra mujer se quedó parada en la puerta con la intención de satisfacer

su curiosidad. A Annie no le quedó más remedio que presentarlos.

—Frank, ésta es Indu. Es mi compañera de piso.

—¿Y Frank? —preguntó Indu con cierta coquetería.

—Frank es periodista —le explicó Annie.

Indu le dirigió a Frank una sonrisa de compromiso y, tras dirigirle

también a Annie otra sonrisa, en este caso divertida, entró en la casa.

Annie se volvió hacia Frank.

—¿Qué querías enseñarme?

—Fotografías de satélite.

—¿Qué?

—Imágenes tomadas por satélite. Una panorámica a vista de pájaro.

—¿De qué?

—De Kopervik. El veintiséis de marzo, hacia la una de la tarde. Tú

pareces un punto.

—¿Hablas en serio?

Frank asintió con la cabeza.

—Ya sé lo que encontrasteis.

Annie lo miró con frialdad, preguntándose si aquello sería un truco y, de

serlo, cómo podía Frank subestimarla de aquella manera.

—¿De veras? —le preguntó con la voz cargada de sarcasmo.

—Si.

—¿Y qué encontramos?

—Bupkis.

—¿Qué?

—Que los cuerpos ya habían desaparecido. Alguien se os adelantó.

Annie se quedó mirándolo durante un buen rato y luego lo invitó a

entrar.

—No creo que debamos hablar de esto en la calle.

E incluso dentro, con las fotografías desplegadas sobre la mesa de la

cocina, las esquinas sujetas con libros, Annie todavía mostraba ciertas

dudas para hablar de ello.

—Estoy seguro de que Gleason te hizo firmar algo. Pero eso ahora no

tiene mayor importancia, a menos que ocultes algo. —Dio unos golpecitos

sobre las fotografías—. ¿O se trata de esto?

Annie inclinó la cabeza y miró.

—Sí —reconoció—. Me produjo una fuerte impresión. Y supongo que

todavía me dura.

Frank sacó la segunda fotografía del tubo y la puso encima de la

primera, volviendo a sujetarla con los libros.

—Así estaban las cosas cuatro o cinco meses antes —le dijo Frank—.

El siete de setiembre. —La nieve se veía prístina e intacta—. Y ésta otra —

continuó al tiempo que desenrollaba la tercera fotografía—, es el nueve de setiembre. —Puso la tercera fotografía encima de las otras dos, las sujetó

con los libros y añadió—: Y es cuando ocurrió.

Se quedaron mirando la fotografía durante un buen rato. El suelo se veía

levantado y los ataúdes estaban en un montón. Un helicóptero se había

posado en la nieve, no lejos de la iglesia. Finalmente Annie dijo:

—Así que hacía meses que habían desaparecido cuando nosotros

llegamos.

Frank asintió.

—¿Y quién lo hizo? —le preguntó ella.

Frank la miró como diciendo: «Si yo tuviera la respuesta a esa

pregunta…»

Sonó el teléfono, y luego volvió a sonar. Ninguno de los dos se movió

hasta que Indu le gritó a Annie desde arriba que su madre la llamaba por

teléfono. Ésta sonrió y puso los ojos en blanco, pero una vez que cogió el

teléfono, quedó claro que su madre era también su mejor amiga. La charla

entre ellas era franca y animada, juvenil y dulce.

—Oh, noooooo —le decía Annie—. Bromeas.

Mientras hablaban, Frank pensaba que quizá debiera escribir el artículo

ya, sólo escribirlo… en vez de tratar de resolverlo. Aunque no tuviera todas

las respuestas, era una noticia de primera página. Una gran noticia. Y si la

publicaba, los agentes secretos tendrían que responder. Gleason y compañía

quizá pudieran darle esquinazo a él, pero no podrían esquivar a toda la

prensa.

Por otra parte, una vez que escribiera el artículo, la noticia ya no sería

suya. Desde ese punto de vista era mejor esperar hasta asegurarse de que

había llegado todo lo lejos que podía llegar. Y de momento no estaba

seguro de eso… en absoluto. Todavía había cosas que podía hacer,

preguntas que podía imaginarse respondiendo. Por ejemplo, ¿qué clase de

arma podía fabricarse con la gripe española? Había personas que podrían

darle la respuesta a eso; en realidad conocía a un tipo que le daría toda la

información necesaria a ese respecto. Lo había conocido hacía dos años, en

un congreso sobre terrorismo que había tenido lugar en Baltimore. Todavía

podía verle la cara, una cara ancha, con pómulos altos, el pelo negro. Un nombre curioso. Se llamaba… tenía un nombre gracioso. ¿Quién era aquel

tipo?

Annie salió de la habitación y poco después regresó con el estuche de

las lentillas. Todavía hablando con su madre, se quitó una lentilla de cada

ojo. Cuando levantó la mirada hacia Frank, éste vio que ella tenía la mirada

extraviada y desenfocada de los que son muy miopes.

Le hizo una pequeña seña con la mano, como diciéndole que seguía allí,

y vio que ella sonreía.

—Tengo que dejarte —le dijo Annie a su madre por el teléfono. Y luego

añadió—: ¡Te quiero! Sí, yo también te quiero.

Le dio un beso al teléfono antes de colgar. Al regresar a la mesa se frotó

el ojo con un nudillo y se quedó mirando con ojos de miope la fotografía

tomada por satélite.

—Bueno, será mejor que me vaya —le indicó Frank—. Hay mucho que

hacer.

Empezó a quitar los libros de las esquinas de las fotos cuando Annie le

puso una mano en la manga.

—Espera, espera, espera —le dijo—. Espera.

Frank se quedó mirándola y luego dirigió la mirada a la fotografía.

Finalmente le preguntó a Annie:

—¿Qué?

Annie apuntó con un dedo al helicóptero. Fotografiado desde arriba, el

fuselaje mostraba una especie de lágrima alargada, y las hojas oscuras del

rotor se dibujaban sobre la nieve.

—Mira eso —le indicó ella.

Frank ladeó la cabeza y se puso a mirar con los ojos entornados.

—¿El qué? ¿Te refieres al helicóptero?

—A las rayas.

Frank miró la fotografía con más atención.

—¿Qué rayas?

—Las del fuselaje.

Frank estuvo mirando la fotografía durante un rato y luego hizo un

gesto negativo con la cabeza.

—No veo ninguna raya.

—Ahí.

Annie apuntó hacia una mancha borrosa de puntos cerca de la parte

trasera del fuselaje.

Frank se esforzó más al mirar.

—Sigo sin verlas.

—Es una bandera de Estados Unidos.

—¡Anda ya! —¡Tienes que entornar los ojos!

Él lo hizo así. Y se echó un poco hacia atrás sobre los talones.

—Me paso la mitad de la vida así, sentada a oscuras, mirando por un

microscopio electrónico mientras trato de captar imágenes de fotos mucho

más borrosas que ésta. Te digo que esto es una bandera —repitió Annie—.

Una bandera norteamericana. —Le cogió la mano a Frank y, con el dedo

índice de éste, fue trazando un pequeño rectángulo en el aire por encima de

la fotografía—. Las rayas van así —le explicó mientras dibujaba unas líneas

paralelas sobre el fuselaje del helicóptero—. ¿Lo ves?

Tenía razón. Era la «reja» que él había visto en Panoptikon. Las líneas

paralelas eran rayas y, una vez que uno las buscaba, era difícil que pasaran

desapercibidas… pero imposibles de ver a través de una lupa.

—Ahora sí que estoy hecho un lío —reconoció Frank—. No me cuadra.

En absoluto.

—¿Crees que es un helicóptero militar?

Frank se encogió de hombros.

—Pudiera ser. O puede que no. Quizá sea de un barco que lleva bandera

norteamericana.

Annie se encaramó en un taburete.

—No lo entiendo —dijo al tiempo que se esforzaba por reprimir un

bostezo.

—Dime una cosa —le pidió Frank señalando con la cabeza hacia la

fotografía—. Si Kopervik estaba aquí, ¿dónde estaba vuestro barco, el Rex

Mundi?

Annie lo estuvo pensando durante un momento; luego señaló hacia un

punto situado sobre la mesa, a un par de palmos a la izquierda de la foto.

—Por aquí más o menos. Tuvimos que ir allí en vehículos especiales

para la nieve. Tardamos mucho en llegar.

Frank miró con los ojos entornados a los puntos un rato más, para

convencerse a sí mismo de que formaban rayas, desde luego. Luego quitó

los libros de los extremos de las fotografías y dejó que se enrollasen solas.

Finalmente las volvió a meter en el tubo. Consideraba la idea de que quizá

podría volver a la Panoptikon y tratar de encontrar alguna imagen del lugar

donde había anclado el barco.

—¿Cómo se llamaba el puerto? —le preguntó a Annie.

Ésta hizo un gesto negativo con la cabeza.

—En realidad no era un puerto. Y estoy segura de que no tenía nombre.

Sencillamente nos limitamos a echar el ancla allí… frente a la costa.

Se acabó aquella idea, pensó con alivio. Su tarjeta Visa estaba ardiendo,

y tenía serias dudas de que la fundación aprobara el dinero que ya se había

gastado; y mucho menos iba a financiarle una segunda ronda.

Annie lo acompañó a la puerta; todavía bostezaba, y se disculpó.

—Es que me he levantado a las seis.

—Hay una cura para eso, ya lo sabes.

De pronto sintió deseos de besarla. Pero justo cuando se inclinaba hacia

ella, Annie saltó hacia atrás y empezó a hablar a toda prisa; le dijo que se

alegraba de que Frank supiera todo lo que ella había hecho. Así por lo

menos ya no habría aquel muro entre ellos; de manera que le pidió por

favor que la llamase y le contase cualquier cosa que descubriera. Luego tiró

de él hacia la puerta y más o menos lo empujó a la calle. A Frank aquello le

recordó sus tiempos de instituto.

 

El nombre del tipo gracioso era Thomas R. Deer, y era gracioso porque

la inicial R era la abreviatura de Running, de modo que Running Deer

significaba Ciervo Corredor. Era un indio siux de espaldas anchas del este

de Montana, experto en armas químicas y biológicas. Tenía el despacho en

la séptima planta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, en la

acera de enfrente de la parada de metro de Bethesda.

Frank le dijo a la recepcionista cómo se llamaba y se sentó en la

elegantemente decorada antesala dispuesto a esperar, hojeando un ejemplar

del Economist.

Había conocido a Deer en un congreso patrocinado por el Colegio de

Guerra del Ejército. El tema algo así como «Protección urbana contra el

terrorismo: manejo y consecuencias de las crisis». La mayor parte del

tiempo se empleó en discursos que pronunciaban unos tipos musculosos y

bastante bordes del Pentágono y científicos serios de asesorías privadas.

Había muchas personas vestidas con traje, personas de la Casa Blanca, de

Agricultura, de Justicia, de Defensa y algunos de la Lockheed, de Cal Tech

y de Brookings. Había una mujer del laboratorio del FBI y alguien de la

Academia de Médicos de Emergencia. Pero los que más le habían

interesado a Frank eran mucho menos civilizados, aunque estaban más en

peligro. Eran los «primeros en responder a las situaciones de crisis»: el jefe

de bomberos de Arlington, la enfermera de Fairfax, aquel hombre de

aspecto preocupado de la Oficina de Servicios de Emergencia de Nueva

York.

Eran los que harían la mise-en-scéne, y no eran optimistas. Los primeros

en responder a un ataque con armas químicas serían probablemente las

primeras víctimas del mismo. ¿Y qué podían hacer, en cualquier caso?

Además había un número limitado de ambulancias, de habitaciones de

hospital, de espacio en el depósito de cadáveres. Una vez que se hubiese

utilizado una ambulancia, habría que descontaminarla, lo que significaba

que quedaría fuera de servicio. Y lo mismo ocurría con las salas de

urgencias y con el personal que las atendía. ¿Hasta qué punto podían

comportarse con eficacia si llevaban puestos trajes protectores contra el

riesgo de contaminación biológica? La verdad era que un ataque con gas tan

sólo en un rascacielos paralizaría el sistema sanitario de Nueva York en

menos de una hora.

Y un ataque biológico sería aún peor, porque el holocausto no se haría

aparente hasta que hubieran transcurrido días. Aparecería, poco a poco

primero y luego como una inundación, en una sala de urgencias tras otra,

hasta que fuese demasiado tarde para hacer otra cosa que no fuera enterrar a

los muertos. O quemarlos. Y para entonces, dependiendo del patógeno que

se usase, los propios empleados de los hospitales estarían muriendo

también.

Era esa clase de congresos que se le quedaban a uno grabados en la

mente.

—¿Frank? —Deer se asomó por la puerta, resplandeciente con lo que

parecía un traje de Armani—. ¡Ya me parecía que eras tú! Acompáñame.

Caminaron sin hacer ruido por el pasillo enmoquetado, hablando de

menudencias acerca del Washington Post y de un pequeño restaurante funky

cerca del mercado del Este donde se encontraban las mejores empanadas de

cangrejo de la ciudad. Cuando llegaron al despacho, Deer le indicó que se

sentase en un sillón de orejas tapizado de piel, y él se instaló detrás de un

amplio escritorio de caoba. A sus espaldas un ventanal que ocupaba la

pared entera ofrecía una vista de la capital.

Continuaron con aquella charla trivial durante un par de minutos

mientras se ponían al día de sus respectivas carreras profesionales, hablando

de los lugares a donde los había llevado el trabajo a lo largo de los dos

últimos años. Deer fue el primero en ir al grano.

—Bueno, ¿qué ocurre? —le preguntó a Frank.

Éste se encogió de hombros.

—Estoy trabajando en un reportaje que es algo bastante fuera de lo

común —le explicó—. Y he pensado que quizá podrías ayudarme un poco.

Frank tardó unos diez minutos en exponerle toda la historia; lo hizo de

una manera que resultaba casi divertida, empezando con el vuelo a

Murmansk y su estancia en el Chernomorskaya. Deer se echó a reír al oír la

descripción que Frank hizo del hotel, pero a medida que éste continuaba

adelante con la historia, empezó a arrugar la frente.

—¿Estás seguro de que el FBI está enterado de esto? —le preguntó

Deer.

Frank asintió.

—Sí, lo saben. Y también el Pentágono.

El asesor gruñó.

—Vale. ¿Y quién se llevó los cuerpos?

—No lo sé —le confesó Frank—. Durante un tiempo pensé…

—Que habían sido los iraquíes.

Frank pareció sorprendido.

—¿Cómo lo has acertado?

—Porque eso es lo que cree todo el mundo. Siempre piensan que lo han

hecho los iraquíes, sea lo que sea.

—Pero tú no.

—No. ¿Por qué iban ellos a querer una cosa así?

Frank se encogió de hombros.

—No sé. Porque es tan letal…

Deer no parecía convencido.

—Lo de «letal» es relativo —dijo—. Y con un patógeno como la gripe

habría que mirar un montón de trabajo preliminar para convertir en arma el

virus. Habría que tomarse un montón de molestias…

—¿Qué quieres decir con lo de «convertirlo en arma»?

—Los diferentes microbios tienen características diferentes. Algunos

son prácticamente indestructibles, otros se mueren en seguida. Si quieres

convertir un patógeno en arma, lo más probable es que tengas que cultivar

una cepa particularmente virulenta. Impulsar lo que llamamos los «factores

reforzantes de la mortalidad». Averiguar el método óptimo de dispersión.

Eso es lo que queremos decir con lo de «convertirlo en arma». Y hay

docenas de microbios y toxinas que han sido investigados en cuatro días y

que no resultan nada difíciles de conseguir. No hay necesidad alguna de ir

al Ártico.

—¿Qué clase de microbios y toxinas?

—Ántrax. Botulin.

Frank tomó nota.

—¿Pueden comprarse?

Ahora fue Deer quien se encogió de hombros.

—Si trabajas en el laboratorio de una universidad o en uno comercial, o

incluso si tienes un membrete falso que diga que eres científico, sí, puedes

conseguir lo que quieres por correo. Fiebre Q, tularemia, peste… te lo

enviarán por correo, FedEx. Pero lo que quiero resaltar es lo siguiente: si

buscas una arma biológica, ¿qué necesidad hay de volver a inventar la

rueda? La literatura dívulgativa está llena de cosas… incluidos algunos

datos sobre los sistemas de propagación^

—¿Como qué?

Frank escribía rápidamente en la libreta.

—Con aerosoles. Y con garrapatas. Y con murciélagos. Y con

bombas…

—¿Con murciélagos?

—¡Claro, hombre, con murciélagos! Y también con palomas. ¡Y con

delfines!

—¿Y cómo lo hacen…?

—Se les atan cosas.

—¿Qué cosas?

—Pequeñas bombas de porcelana.

—Bromeas.

Deer le sostuvo la mirada con tranquilidad.

—¿Te parece que estoy de broma?

Frank se removió en el asiento.

—Pero ¿qué quieres decir? ¿Y la gripe…?

—No sería una gran arma. No.

—¿Por qué no?

—Pues básicamente por un motivo —dijo Deer—. Si libras una guerra,

te enfrentas a unidades militares en el campo de batalla. Así que querrías

algo que tuviera un efecto inmediato, algo que abatiera a la gente. Como el

gas.

—¿Y si quisiera atacar a la población civil?

—¿Quieres decir como Saddam y los kurdos?

—Sí —convino Frank—. Algo así. O también en un escenario terrorista.

Deer dio la vuelta en el sillón giratorio y se puso a mirar la ciudad de

Washington.

—Seguirías buscando algo que pudieras controlar, algo que pudieras

utilizar sin necesidad de llevarte por delante todo el planeta.

—¿Como qué?

—Ántrax pulmonar. Con el ántrax pulmonar podrías hacer algunas

exigencias verdaderamente fuertes.

—¿Por qué? ¿Qué tiene de especial?

—Bueno, es un germen fantástico; quiero decir que es literalmente

fantástico. Asusta muchísimo a la gente. Y es un patógeno con el que se podría trabajar. Podrías mostrar a la gente lo que eras capaz de hacer, y lo

que podrías dejar de hacer, que es igual de importante.

—Así que harías una demostración, y para ello eliminarías una

ciudad…

—O un pueblo. O incluso un edificio. No tendrías que hacer mucho más

para conseguir atraer la atención de la gente. Con ántrax pulmonar ni

siquiera se puede enterrar a los muertos. Hay que quemarlos.

—¿Por qué?

—Porque el agente que infecta es tan frágil como un canto rodado. Es

una espora. Aunque lo hiervas da igual.

Frank asintió.

—Muy bien. ¿Y con la gripe…?

—No podrías amenazar a nadie con ella. Lo único que podrías hacer es

usarla. Y luego los pájaros la transmitirían. Consigues una oleada en un

lugar como Pekín y ¡pum!, la siguiente noticia que tienes es que se ha

extendido por todo el mapa. Es una pandemia. Y ahí es donde entramos en

lo que te he dicho sobre la «mortalidad relativa». Algo como el Ébola tiene

una mortalidad mucho más alta que la gripe española. En realidad se puede

decir que mata a casi todos los que lo contraen. Pero es difícil contraerlo,

así que en realidad no mata a tanta gente. Por otra parte, con la gripe hay un

índice de mortalidad bastante bajo, pero es muy contagiosa. Desde luego, si

se juega con ello…

—¿Qué quieres decir con lo de «jugar con ello»?

—Pues con empalmar genes. En teoría se puede combinar el de la gripe

con otra cosa, con algún otro patógeno que fuera mucho más letal.

—¿Como qué?

El científico se meció adelante y atrás en el sillón mientras consideraba

las posibilidades.

—Como veneno de cobra.

—¿Qué?

—Claro. De ese modo, la gente no sólo cogería la gripe, sino que

recibiría una mordedura de serpiente en los pulmones.

—¡Jesús! —exclamó Frank.

Deer asintió.

—Oh, sí —le explicó—. Es algo espantoso. Pero no creo que sea eso lo

que está haciendo esa gente; los que se llevaron los cadáveres del Norte,

quiero decir.

—¿Por qué no?

—Bien, pues porque si querían hacer algo así, empalmar un patógeno

con otro, no necesitarían una cepa particularmente peligrosa de la gripe…

ni tampoco que fuera tan difícil de obtener. Podrían utilizar cualquiera de

las que hay por aquí. Podrían utilizar la del resfriado común. Pero no es ésa

la cuestión —continuó diciendo Deer—. La cuestión es que la gripe la coge

todo el mundo. Eso es lo que tiene. Y no se puede controlar. Así que, si la

utilizas como arma, puedes acabar matando a millones de personas… a

decenas de millones.

—Eso es lo que yo digo —le indicó Frank—. Eso es lo que me

preocupa.

—¿Y por qué habría alguien de querer hacer una cosa así?

Frank consideró la pregunta durante un rato.

—No lo sé —reconoció.

Deer cruzó las manos detrás de la nuca y se recostó en el sillón.

—Lo que yo supongo es que, quienquiera que haya cogido los cuerpos,

los quiere para investigación. Lo más probable es que haya sido una

compañía farmacéutica, una de las pequeñas. Un principiante con más

pelotas que cerebro.

—¿Tú crees? —preguntó Frank.

—Sí.

—¿Y Gleason?

—Pues no lo sé… bueno, el FBI se mete en todo. Lo que le pasó a la

expedición… los británicos tienen una palabra para eso. Renuncio. La

expedición hizo eso, la pillaron en un renuncio, así que los federales

decidieron aparecer por allí para ver qué había pasado.

Frank se quedó pensando en ello. Finalmente dijo:

—Probablemente tengas razón.

Deer asintió y luego dio un cuarto de vuelta en el sillón giratorio.

—Por otra parte… —Parecía meditar en voz alta—. Por otra parte, si

alguien buscase venganza… si alguien estuviera enfadado con el mundo…

Frank frunció el entrecejo y se inclinó hacia adelante.

—¿Como quién?

Deer se encogió de hombros.

—Oh, no sé. ¿Qué te parece…? Bueno, ¿qué te parecen los siux?

—Los siux —repitió Frank sin tener la certeza de que el otro bromease.

—Yo no entiendo mucho de rompehielos —continuó diciendo Deer—,

pero algunos miembros de nuestro pueblo están verdaderamente cabreados.

Lo único que Frank consiguió hacer fue quedarse mirándolo fijamente.

Luego la inescrutabilidad de Ciervo Corredor se resquebrajó y las

mejillas se le levantaron en una amplia sonrisa.

—Psic…

 

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