El primer jinete del Apocalipsis

John Case · Capítulo 5 de 33

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El primer jinete del Apocalipsis

Capítulo 3

 

 

En las semanas que siguieron, el Grupo de Trabajo de Tasi-ko fue

ungido con su propio criptónimo (BLINDSIDE) y aumentó en dos

miembros.

El primero era el doctor Irving Epstein, especialista en gripe del

Instituto Nacional de Salud (INS). El segundo era Neal Gleason, un

larguirucho agente del FBI con responsabilidades de enlace con la CIA.

Para Fitch el nombramiento de Gleason molestaba tanto como se

agradecía el de Epstein, pero no podía hacer nada para evitar la presencia de

aquel hombre. La tarea de Gleason consistía en trabajar con la Agencia en

asuntos relacionados con armas químicas y biológicas. Ésta era (por lo

menos en teoría) una extensión de la misión del Bureau de proteger al país

contra actos de terrorismo doméstico. En realidad (o por lo menos en

opinión de Fitch), la inclusión de Gleason era otro ejemplo de los

implacables esfuerzos del Bureau por expandir su autoridad en el período

siguiente a la guerra fría.

No es que Gleason tuviera un interés particular en el pequeño grupo de

Fitch. Había peces más grandes para freír, y viajaba dos veces al mes de

Washington a Ammán, donde se reunía regularmente con monitores

norteamericanos asignados a los equipos de inspección de las Naciones

Unidas en el cercano Iraq. Como era lógico, aquello dejaba a Gleason en un

estado casi permanente de jet lag, condición que él ocultaba detrás de un

muro de indiferencia y unas gafas de sol Maui Jim.

Para el agente del FBI, el Grupo de Trabajo de Tasi-ko sólo era algo

circunstancial, un grupo entre una docena cuyas deliberaciones él revisaba

(cuando no estaba de camino a alguna sala de embarque).

—Considérenme como una mosca en la pared —le dijo a Fitch—. No

diré ni pío.

Y en gran medida así fue.

Epstein era harina de otro costal. Se trataba de un hombre bajo, gordo y

hablador de sesenta y tantos años que portaba una vestimenta de nuevo

comerciante, con pajarita, tirantes y un traje de sirsaca. Emocionado por

formar parte del «mundo secreto» (aunque sólo fuera de prestado), se

deleitaba explicando los matices de la gripe en general y de la gripe

española en particular. «Señora española» era el mote de la enfermedad,

derivado del peaje particularmente caro que se había cobrado en España.

Los carteles de la época a menudo mostraban a una mujer seductora en una

postura provocativa que parecía decir «Ven acá», y cuya mantilla de encaje

ocultaba una calavera sonriente.

Armado con mapas de Asia y un puntero de láser, el epidemiólogo se

mostró encantado de explicar que la gripe era un virus frágil que existía en

un estado de mutación constante, y dependiendo de su composición

antigénica…

—¿Que es qué?

La pregunta la había hecho Fitch, pero en realidad era de todos… o de

casi todos.

—Habla de la capa de proteínas —le explicó Karalekis—. Las

características superficiales del virus.

Fitch soltó un gruñido.

—Dependiendo de la capa de proteínas —continuó diciendo Epstein—,

el virus se clasifica en tres tipos generales: hache-uno, hache-dos y hache-

tres. Hay otros, pero ésos son los más graves.

Fitch arrugó la frente, pues no le gustaba que le dieran lecciones, pero

Janine Wasserman lo contuvo tocándolo suavemente en un brazo.

—Dentro de cada uno de esos tipos de virus —les explicó Epstein—,

tenemos lo que asciende a un número infinito de deformaciones…

—Así que, cuando hablamos de gripe, en realidad estamos hablando de

una clase de enfermedad —le interrumpió Voorhis.

Epstein se encogió de hombros.

—Yo no lo expresaría así, pero usted puede hacerlo, si quiere. Lo

importante es que tenemos que producir una vacuna nueva cada año porque,

al mutar el virus, la cepa pandémica del año anterior da paso a su sucesora.

Epstein bañó al auditorio con una sonrisa benigna, pero Fitch no tragó.

—Doctor, no hace usted más que usar palabras…

—Se refiere a la mutación dominante en todo el mundo —dijo

Karalekis.

—Como una epidemia —sugirió Voorhis.

Epstein negó con la cabeza.

—No, una pandemia no es algo «como una epidemia». Una «pandemia»

es global. Una «epidemia», como la de Tasi-ko, es un brote localizado.

—Cosa que haría del problema un asunto estrictamente norcoreano —

señaló Gleason.

Karalekis arrugó el entrecejo.

—Bueno —convino—. Lo sería… a menos que…

—A menos que se extienda —concluyó Epstein.

Durante un momento los dos médicos disfrutaron el uno de la sonrisa

del otro.

Voorhis se removió incómodo en el asiento.

—Pero algunas epidemias son peores que otras, ¿verdad? Depende de

la… cepa.

—Exactamente —respondió Epstein—. Algunas mutaciones son mucho

más virulentas que otras, y a veces atacan a poblaciones diferentes. La gripe

española atacó a los jóvenes: niños, muchachos; personas por debajo de los

treinta años.

—¿Y por qué fue así? —quiso saber Wasserman.

Epstein movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo sé.

Fitch frunció el entrecejo, y Karalekis se volvió hacia él.

—Nadie lo sabe —puntualizó.

—¿Por qué no? —preguntó Fitch.

Karalekis se encogió de hombros.

—Porque nunca lo ha estudiado nadie.

—¿La gripe? —insistió Fitch.

—No. Estamos hablando de este virus en particular —respondió Epstein

—. Nadie lo ha visto nunca bajo el microscopio.

—¿Por qué no?

—Porque los virus son submicroscópicos. Se necesita un microscopio

electrónico para verlos, y no lo inventaron hasta el año treinta y siete, que

fue… ¿cuántos…? Casi veinte años después de que la enfermedad llegase y

se marchase.

—¿De modo que nadie lo ha visto nunca? —inquirió Fitch. Karalekis

asintió.

—¿Incluidos los coreanos? —quiso saber Fitch.

Karalekis y Epstein se miraron. Al cabo de un momento, Epstein

respondió:

—Sí… incluidos los norcoreanos.

—Lo que significa que el tipo ese de Pyongyang… —continuó Fitch.

—El médico —aclaró Wasserman.

—Lo que sea. Eso significa que, cuando el tipo habló de «la señora

española», se lo estaba imaginando, no era más que una suposición.

—Pues…

Karalekis se quedó pensando en ello.

—Por fuerza tuvo que ser así —insistió Fitch—. Usted acaba de decir…

Epstein negó con la cabeza.

—No es tan simple.

Fitch parecía desconcertado.

—¿Por qué?

—Porque vio a algunos pacientes. Trató síntomas. Observó el curso de

la enfermedad.

—Y sobre esa base la comparó con la gripe española —coincidió

Karalekis.

Nadie habló durante un buen rato. Luego intervino Janine Wasserman.

—En realidad no. No la comparó con nada. Afirmó que era la gripe

española. Punto.

Voorhis puso los ojos en blanco.

—Según el traductor… según el médico… según ese desertor. —Hizo

una pausa y miró en torno suyo por la sala—. ¿Soy sólo yo, o…?

Neal Gleason dejó escapar un bufido irónico. Después echó una ojeada

al reloj y apartó la silla hacia atrás arrastrándola por el suelo. Se puso en pie

con una mueca de falso remordimiento y anunció:

—Todo esto es muy interesante, pero tengo que estar a las dos en la

sede de la Armada, así que… eh… manténgame informado, ¿de acuerdo?

Y dicho esto cogió el abrigo y salió de la habitación.

Wasserman pareció no darse cuenta. Se inclinó hacia adelante, apoyó

los codos en la mesa de reuniones y juntó las puntas de los dedos

golpeándolos unos con otros. Una vez, dos veces. Tres veces. Después se

dio la vuelta hacia Karalekis con el entrecejo fruncido y le dijo:

—Lo que me extraña, George, es… bueno, supongo que es lo mismo

que a todos nos resulta extraño: el modo cómo reaccionaron los coreanos.

—Desde luego.

—Porque a no ser que yo esté equivocada, no se puede detener una

epidemia de gripe matando a las personas que tienen la enfermedad…

—¿Por qué no? —preguntó Voorhis.

—Porque no —replicó Epstein.

—Porque hay más de un único vector —le explicó Karalekis.

—Exactamente.

Voorhis miró primero a un médico y después al otro, como si estuviera

siguiendo un partido de tenis. Al cabo de unos instantes preguntó:

—¿Qué es un vector?

—Un medio de transmisión —le aclaró Epstein.

—¿Como qué? —quiso saber Fitch.

—Personas. Roedores. Patos —le contestó Karalekis—. Con la gripe,

los patos silvestres son algo enorme —apuntó, empezando a acalorarse con

el tema.

—La migración de las aves acuáticas… —comenzó a decir Epstein.

—Es el nombre del juego —le interrumpió Karalekis.

—La oleada anunciadora, que es la primera oleada de gente afectada

por una nueva cepa, casi siempre empieza en China —añadió Epstein.

—¿Y eso por qué? —preguntó Voorhis.

—Porque los chinos tienen las aves acuáticas y las densidades de

población que son necesarias para que empiece a desarrollarse la oleada…

—Hay muchas razones —comentó Karalekis—, pero para nosotros es

una suerte, porque cada nueva cepa tarda casi un año en llegar a Estados

Unidos, lo cual nos da tiempo para hacer una vacuna y distribuirla.

Janine Wasserman se aclaró la garganta.

—Si pudiéramos limitarnos… atenernos al tema… Estábamos hablando

de la reacción de los coreanos. Y de lo ilógica que era. —Durante un

momento el desencanto se reflejó en la cara de los médicos. Disfrutaban

con aquella lección magistral, intercambio de réplicas agudas o lo que

fuera. Wasserman consumió hablando—: Y estaba pensando en la certeza

que tenían, o en la aparente certeza, de que era la gripe española y no algo

parecido. —Epstein y Karalekis abrieron la boca, pero Fitch se les adelantó

con un levísimo gesto de la mano derecha—. Y se me ha ocurrido —añadió

Wasserman— que los norcoreanos sabían que había muy pocas

probabilidades de que el hecho de matar a las personas de Tasi-ko fuera a

afectar a un brote de esta clase, porque la enfermedad continuaría

extendiéndose por otros medios. —Los médicos se miraron el uno al otro.

Finalmente, Epstein reconoció la lógica de aquel razonamiento con una

inclinación de cabeza—. Así que lo que hicieron fue completamente

irracional, a menos que… de algún modo supieran… que no había otros

vectores para aquel brote en particular. Que de algún modo no era más

que… un problema aislado. Una chiripa.

Karalekis frunció los labios e hizo un ruido absorbente.

—Mmmm, sí —reconoció—. Ya comprendo lo que quiere decir, su

argumento.

Epstein frunció el entrecejo, pues se sentía auténticamente

desconcertado. Durante unos instantes pareció un niño al que su madre

hubiera vestido con ropa de su padre. Apartando la mirada de Wasserman y

poniéndola en Karalekis, preguntó:

—¿Qué argumento?

Karalekis no levantó la mirada de la mesa.

—La señora Wasserman está sugiriendo que hubiera podido ocurrir un

incidente, y que lo que pasó en Tasi-ko pudiera ser… un intento para

contener ese incidente.

—¿Se refiere usted a un incidente de laboratorio? —le preguntó

Epstein.

Karalekis levantó la vista.

—Exactamente. De otro modo…

—De otro modo habrían sabido que no había nada que hacer con el

brote —añadió Fitch terminando la frase—. Lo habrían asumido. No les

habría quedado más remedio que hacerlo.

Una expresión de preocupación se cernió sobre Epstein.

—Pero… ¿eso es realista? Bueno, lo que quiero decir es… ¿sabemos si

los norcoreanos están experimentando con esa clase de cosas?

Karalekis resopló.

—Sí —respondió—. Claro que lo sabemos. Tienen uno de los

programas de armamento biológico más intensos del mundo. Ahora bien,

dicho esto, no tenemos equipos de inspección en ese país, así que no puedo

decirles dónde tienen los laboratorios. Pero sí que sabemos que tienen un

programa… y para un país como Corea del Norte, eso tiene sentido.

—¿Por qué lo dice? —le preguntó Epstein.

—Porque las armas biológicas son las más rentables del mundo. Mírelo

de este modo: un programa de armas nucleares cuesta un par de cientos de

millones… sólo para empezar. Sin embargo, puede usted fabricar ántrax,

cólera y tifus en un garaje utilizando utensilios de cocina caseros. Y no

necesita misiles para lanzarlos; cualquier aerosol cogido de un estante sirve

perfectamente.

—Ya le regalaré al señor Epstein un libro sobre eso —intervino Fitch

con impaciencia—. Lo que yo quiero saber es… si hay un laboratorio de

armas cerca de Tasi-ko, ¿cómo se les escaparía algo así?

Karalekis se encogió de hombros.

—Un accidente. El escape de una tubería. No pasa a menudo, pero pasa.

—Es el Tercer Mundo —comentó Voorhis—. Apuesto a que ahí sucede

a cada momento.

—Desde luego —reconoció Karalekis—. Si es que fue un accidente… y

si fue la gripe española…

—¿Y eso? —quiso saber Fitch.

—Bueno, pues que eso nos plantea una gran pregunta, ¿no les parece?

Epstein bufó.

—¡Ya lo creo!

Fitch miró consecutivamente a ambos médicos.

—¿Y qué pregunta es ésa?

Karalekis arqueó las cejas.

—Bueno… a lo que me refiero es a que… ¿de dónde la han sacado?

La pregunta se quedó flotando en el aire largo rato. Finalmente Voorhis

soltó una risita.

—Nos están tomando el pelo, ¿verdad?

—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Karalekis.

—Que se están guaseando de nosotros.

Ahora le tocó a Karalekis el turno de poner cara de desconcierto.

—No. Yo no. ¿Por qué piensa usted eso?

—Pues porque… —Voorhis esbozó una amplia sonrisa—. ¡Es la gripe,

por amor de Dios! Todo el mundo la tiene. No es el Ébola. ¡No es fiebre Q!

¿Por qué iban los coreanos a andar jugando con algo como la gripe cuando

tienen… qué? ¡Ántrax! ¡Sarín! Debe de haber un millón de cosas más

peligrosas.

Epstein y Karalekis se miraron. Al cabo de un momento, Epstein se

volvió hacia Voorhis.

—Creo que no lo ha acabado de comprender usted del todo —le dijo—.

La tasa de mortalidad de la gripe española…

Voorhis parecía escéptico.

—Ya sé lo que está usted diciendo. La gripe es un monstruo. Pero no es

algo venenoso. No la usarían jamás para atacar a un ejército.

—Sí, eso es cierto —comentó Karalekis—. Probablemente no lo harían.

Pero si la intención fuera debilitar al enemigo, atacar a la población civil de

modo sistemático… la señora española sería un instrumento muy eficaz.

Epstein continuó con el tema.

—La semana pasada estuve repasando los números —les explicó—.

Fíjense en Nueva York. Tienen ocho mil camas de infecciosos en cincuenta

y seis hospitales. ¡Eso es todo! O casi: también tienen un par de furgonetas

de descontaminación, dos, cada una de las cuales puede atender… ¿qué? Puede que tres personas en una hora. —Hizo una pausa—. Un ataque

biológico sobre Nueva York o cualquier otra ciudad sería… irrecuperable.

—La otra cosa que tiene la gripe, desde luego, es que se sostiene por sí

sola —dijo Karalekis—. Una vez que se pone en marcha, tiene lugar una

especie de reacción en cadena: el virus, o bacteria, se reproduce cada vez

más. Así, es como un reactor de fusión. Sin embargo, por otra parte, es

como una bomba de neutrones, porque no causa daño alguno a la

infraestructura del enemigo. Mata a las personas y deja los edificios

intactos.

Voorhis gruñó.

—Pero ¿hasta qué punto es mortal esa cosa?

—Bueno —respondió Karalekis—. Si se tiene el microbio apropiado…

teóricamente, podría empezarse una especie de corona de fuego biológica

que mataría a todos los seres vivos del planeta, a menos que hubieran sido

inmunizados previamente.

—Comprendo —dijo Voorhis—. Pero no hablamos en teoría. Estamos

hablando de ese virus de Corea del Norte. Y lo que yo me pregunto es:

¿hasta qué punto es mortal?

—Vale. Déjeme que lo exprese de este modo —le pidió Karalekis—. En

el otoño de mil novecientos dieciocho la gripe española mató a más de

medio millón de norteamericanos. Eso supone más muertos que los que

murieron en las dos guerras mundiales, en la de Corea y en la de Vietnam

juntas. Y ocurrió en cuatro meses.

—¿Y la peste? —preguntó Fitch—. Eso tuvo que ser peor.

Karalekis se meció de un lado a otro sobre la punta de los pies,

sopesando la proposición.

—Puede ser. Pero la peste tardó veinte años en hacer lo que hizo. La

gripe española mató a veinte o treinta millones de personas en doce meses.

—Jesús —exclamó Fitch en voz baja.

Epstein se volvió hacia Voorhis.

—Ha mencionado usted el Ébola —le dijo—. Bien, es un microbio

terrible, desde luego, pero… es estable. Y, la verdad, es bastante difícil de

contraer.

—Es tan difícil contagiarse de Ébola como de sida —le aclaró

Karalekis.

—Tiene que haber un intercambio de fluidos… y no me refiero a un

estornudo —continuó diciendo Epstein—. Pero la gripe… ¡Bien! Es justo

como usted ha dicho: «Todo el mundo la coge.»

—Y es cualquier cosa menos estable —recordó Karalekis—. No

tenemos vacuna para la gripe del año que viene. Y la verdad simple es que

la señora española fue el suceso médico más letal de la historia.

—Y eso fue cuando se encontraba en su estado natural —añadió

Karalekis.

—¿Qué quiere usted decir con eso de en su estado natural? —le

preguntó Fitch.

—Bueno, yo sólo estoy haciendo suposiciones, pero… si los coreanos

empezasen a jugar con el bichito ese pellizcándole los genes… podrían

llegar a crear un virus quimera que fuese aún más letal.

—¡Un «virus quimera»! —exclamó Voorhis.

—Está hablando de unir los genes, de crear un monstruo fundiendo un

virus con otro —aclaró Epstein.

—Sí, pero… haría falta un laboratorio muy sofisticado para hacer algo

así, ¿no? —inquirió Voorhis.

Epstein hizo un movimiento negativo con la cabeza.

—Genentech envía kits a las escuelas. Y se puede comprar uno por unos

cuarenta pavos.

Nadie dijo nada durante un momento. Por fin, Fitch rompió el silencio.

—De modo que lo que quiere usted decir es que nos estamos deslizando

por una pendiente de mierda.

—Hablando en términos profanos, sí, es muy posible —reconoció

Epstein.

Mientras pensaba en ello, Janine Wasserman se puso en pie y, tan

lánguida como siempre, dio la vuelta alrededor de la mesa. Finalmente se

detuvo junto al mapa de Corea del Norte que colgaba de la pared y se quedó

estudiándolo un momento.

—Aquí hay dos problemas —dijo pensativa—. El primero es localizar

dónde ocurrió el accidente.

—El Ministerio de Defensa puede ayudarnos en eso —intervino Fitch.

—Estoy seguro de que podemos conseguir que sobrevuelen la zona

unas cuantas veces —sugirió Voorhis—. Por lo menos enviarán algunos

U-dos.

Fitch asintió.

—Y ECHELON.

Todo el mundo emitió murmullos que indicaban que estaban de

acuerdo, excepto Epstein.

—¿Qué es «echelon»? —preguntó mirando primero a un empleado de

la CIA y luego a otro.

Fitch se retorció en el asiento, apesadumbrado por el error que había

cometido al olvidar que había un extraño en la habitación. Finalmente, dijo:

—Es un… eh, programa secreto —le explicó—. No tendría que haberlo

mencionado.

En realidad el programa ECHELON era una de las operaciones más

sensibles y secretas de los servicios de inteligencia, una red de escucha

electrónica a nivel mundial que alcanzaba asombrosas proporciones.

Encadenando satélites y «puestos de escucha» a una serie de enormes

ordenadores paralelos, los servicios secretos de Estados Unidos y sus

aliados podían interceptar y descodificar prácticamente todas las

comunicaciones electrónicas del mundo… en tiempo real, mientras tenían

lugar. Luego, mientras buscaba las palabras clave, el mismo programa

identificaba y segregaba mensajes de particular interés.

—Entonces, ¿qué palabras utilizamos? —le preguntó Voorhis con el

bolígrafo preparado.

Fitch se encogió de hombros.

—No hay mucho que podamos utilizar. «Gripe» no nos llevará a

ninguna parte…

—Sí, pero… «gripe» y «Corea del Norte», o «gripe» y «Tasi-ko»… de

hecho lo más probable es que cualquier cosa donde aparezca Tasi-ko se

considere de interés.

Fitch asintió.

—Eso es probable que funcione.

—Y aunque consigamos encontrar ese laboratorio —comentó Voorhis

—, ¿qué vamos a hacer al respecto? Quiero decir que se trata de Corea del

Norte.

—Si llegamos a ese punto, ya es un asunto diplomático. El Estado

puede encargarse de ello —le respondió Fitch.

—¿Y qué me dicen de una vacuna? —preguntó Wasserman—. ¿Cuánto

tiempo se tardaría en desarrollarla?

Epstein respondió sin titubear.

—Seis meses. De principio a fin.

—¿Podrían hacerla más de prisa si fuera necesario?

Epstein miró a Karalekis, el cual levantó las cejas. Finalmente Epstein

dijo:

—Si podemos llegar a hacerla, quizá tardásemos un mes menos.

Aunque, en cualquier caso, es una consideración hipotética. No puede

hacerse una vacuna sin el virus, y…

Karalekis acabó la frase por él:

—No tenemos el virus.

Wasserman se inclinó hacia adelante y le apretó a Karalekis los

hombros con tanta fuerza que éste casi llegó a hacer una mueca de dolor.

—Bien —le comentó ella en un susurro—, ése es el segundo problema.

Creo que será mejor que lo encontremos.

 

Si el virus se podía encontrar en alguna parte, pensó Karalekis, el lugar

más probable era un edificio sin ventanas en los terrenos del Centro Médico

del Ejército Walter Reed, en Bethesda, en el estado de Maryland. Aquél era

el Depósito Nacional de Tejidos… o como a veces lo llamaban los

periódicos sensacionalistas, «la biblioteca de la muerte». Era una estructura

semejante a un almacén atestado de estanterías de metal en las que se

amontonaban altas pilas de cajas de cartón. Dentro de cada una de las cajas

había pedacitos de tejido humano que habían sido conservados en formol y

encastrados en pequeños bloques de parafina. En total, el edificio contenía

más de dos millones y medio de pedazos de carne enferma pero adormecida, la mayoría de los cuales se habían obtenido de soldados que

habían caído en las guerras de su país.

Karalekis sospechaba que en uno u otro de los bloques de parafina

podrían encontrarse rastros del virus. Y el lugar más probable era entre los

tejidos de los pulmones. Eran rebanadas de carne finas como el papel

obtenidas de soldados que habían muerto de enfermedades respiratorias en

el otoño de 1918. Sin embargo, incluso allí las probabilidades de encontrar

una muestra útil eran insignificantes, porque el virus de la gripe empezaba a

descomponerse al cabo de veinticuatro horas de la muerte del portador, y lo

más probable era que, aunque lo encontrasen, fuese inútil para fabricar una

vacuna.

No obstante, había que hacer el esfuerzo, y se hizo. Respaldado por una

orden de prioridad de investigación de Seguridad Nacional, Karalekis inició

una búsqueda larga y tediosa que amenazaba con durar años. Era lo único

que podía hacer. Tenía poca confianza en que los aviones U-2 encontrasen

algo: los laboratorios biológicos se disfrazaban con facilidad. Y el programa

ECHELON, por ingente que fuera, sólo era eficaz en tanto en cuanto el

enemigo fuera en cierto modo indiscreto. Si las comunicaciones

norcoreanas no mencionaban Tasi-ko, tanto ECHELON como la CIA

saldrían de todo aquello con las manos vacías.

O quizá no.

Una tarde de febrero, mientras estaba sentado a su escritorio en el

Departamento de Dirección de Ciencia y Tecnología, a Karalekis lo

sobresaltó la súbita aparición de Fitch en la puerta.

—Me parece que Epstein quizá haya resuelto nuestro problemita —dijo

Fitch.

Karalekis pareció escéptico.

—¿De veeeras?

Arrastró las palabras como si las estuviera pronunciando en un tobogán

de agua.

—Sí, de veras.

Fitch se dejó caer en una silla y arrojó una carpeta encima del escritorio

de Karalekis.

El médico la miró con desconfianza.

—Y esto sería… ¿qué sería?

—Es una propuesta de subvención —respondió Fitch—. Es ya antigua.

Epstein me habló de ella y he conseguido una copia de la Fundación

Nacional de Ciencias.

Karalekis miró la tapa.

 

En busca de «A/Kopervik/10/18»

Presentado por Benton Kicklighter, doctor en Medicina y Filosofía (ISN

)

Annie Adair, doctora en Filosofía

(Universidad de Georgetown)

 

—A-Kopervik-diez-dieciocho —leyó—. ¿Qué demonios es eso?

Fitch hizo una mueca como una sonrisa.

—Bueno, amigo mío —le dijo—. Eso es el Gran Kahuna.

—¿Ah, sí?

—Puede apostar a que sí. Se la llame como se la llame, la gripe

española es la gripe española.

Karalekis frunció el entrecejo.

—No lo entiendo.

—Mire, esto es una propuesta de subvención, una propuesta de

subvención que se rechazó, de un médico del INS, el Instituto Nacional de

Salud. De un tipo llamado Kicklighter y de otra persona llamada Adair.

Verá… resulta que están unos mineros noruegos muertos…

—Estupendo.

—… y quieren desenterrarlos. Están en una tumba en el quinto infierno,

en el Círculo Polar Ártico.

—Y eso… ¿cómo va a ayudarnos? —le preguntó Karalekis.

—Esos mineros murieron en el año mil novecientos dieciocho. Y según

esto, resulta evidente lo que los mató; los síntomas son clásicos: fiebre alta,

cianosis, vómitos, hemorragias… y por lo que dice aquí —Fitch dio unos

golpecitos en la propuesta con el dedo índice, una vez, dos veces, tres veces

—, han estado enterrados en el permafrost desde entonces.

Karalekis se inclinó hacia adelante en el sillón.

—¿De veeeras? —exclamó—. En el permafrost… —Repitió la palabra

como si la estuviera pronunciando por primera vez—. Y… ¿ellos creen…?

Fitch se encogió de hombros.

—No lo saben, no hay manera de saberlo. Pero por lo que parece, toda

esa zona alrededor de Kopervik, que yo supongo es una especie de ciudad

fantasma, está llena de osos polares. De osos polares, ¿sabe?

—Sí. ¿Y qué?

—Pues que los enterraron a mucha profundidad. Los enterraron en el

hielo.

 

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