El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 13 de 25

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El último día de mi vida

Capítulo 13

 

Camila

 

Me acomodo en el asiento del Mustang que me llevé prestado de uno de los hermanos Rugieri y antes de arrancar pienso mentalmente en esos pequeños flecos legales que traerán consigo mi muerte.

Ya son las ocho de la tarde. Me quedan exactamente doce horas para el toque de queda. Pronto no seré más que un saco de abono para el planeta tierra. Ochenta kilos de fertilizante con los que sembrar la tierra del mañana.

Por un lado está mi piso. Me alegra recordar que está totalmente pagado y que no supondrá ninguna carga económica, al menos no inmediatamente. Por otra parte está el pequeño depósito que abrí cuando Rachel y yo nos separamos y que poco a poco fue creciendo hasta alcanzar una cifra importante. En teoría era mi jubilación y ese fondo del cual tirar si alguno de mis dos hijos llegaba a tener una necesidad. Como mi jubilación ha llegado antes de hora y no supondrá ningún gasto será todo para mis dos hijos. Bien. Eso me tranquiliza, que no pasen apuros económicos durante un tiempo. Y en último lugar está mi seguro de vida. Un seguro que espero que no tengan problemas para cobrar dadas las circunstancias de mi muerte, eso sería terrible. En el caso de que no pase nada raro cuando metan sus zarpas los de la compañía, que sin lugar a dudas las meterán, será Rachel quien hará el reparto, o eso espero. Me encantaría ver la cara que pondrá cuando le digan que ella sigue siendo la beneficiaria, que nunca la cambié. Lo cierto es que hasta a mí me extraña mi propio comportamiento a veces, pero supongo que en este caso lo hice porque en el fondo nunca la dejé de querer y siempre pensé que si a mí me pasaba algo estaría bien que ella recibiese una pequeña alegría de mi parte por una vez en la vida. Debo suponer que esa fue la mejor forma que se me ocurrió para decir «lo siento, Rachel, no he sido ni lo que esperabas ni lo que prometí ser». Una especie de carta póstuma de despedida de alguien que se ha pasado la mayor parte de su vida siendo un capullo integral. Viviendo una vida que no era la suya.

Saber que mi muerte servirá para algo a nivel económico para aquellas personas que se quedan me hace sentir bien.

En cuanto arranco para poner rumbo a casa de mi hija Camila, veo algo que hace que me queda totalmente paralizado durante unos segundos.

Mi ex amigo y uno de los máximos sospechosos y posibles responsables de mi prematura muerte, Chris Niegel, acaba de pasar por delante de mis narices como un rayo. Iba en su viejo coche, el cual está totalmente lleno de abolladuras, más de las que tiene habitualmente, pero lo más curioso es que tras él no parecía ir nadie. Es como si estuviese siendo perseguido por un fantasma. Tenía la cara echa un mapa, parecida a la mía tras el accidente de tráfico de esta mañana. No sé en qué lío se habrá metido, pero en estos momentos tampoco tengo ni tiempo ni ganas de averiguarlo. Solo espero que con algo de suerte, esta noche consiga hablar con él y eso me ayude a descubrir quién está detrás de lo que me han hecho.

Vuelvo a mirar el reloj. Son las ocho y cuarto. Estoy empezando a pensar otra vez en que no me he organizado como debía. Tal vez no debí ni ir al banco, ni a mi trabajo, ni tampoco ir a casa de mi gran amigo Ron. Ahora veo todo eso como algo secundario. No debí dejar a mi familia ni al responsable de lo que me pasará de aquí unas horas para el final. De nuevo este último día está siendo como un gran reflejo de lo que ha sido mi vida, una representación en miniatura, como una de esas fantásticas maquetas con las que presentan la nueva urbanización de lujo que se llamará Paradise Fields, Golden Days o algún que otro nombre así. Uno con gancho. Que atrape. Que haga soñar a las personas con vivir una maravillosa vida que nunca llegará porque la única razón de ser del sistema es que nunca dejes de soñar, ni mucho menos de trabajar y de luchar por ese impostor y prefabricado sueño. Inalcanzable ilusión para hacer de este mundo una eterna sala de espera.

Aunque hay algo que sí he aprendido hoy, y es que lamentarse solo servirá para que todo empeore. Lo único que me queda es actuar. Parece una estupidez pero la única forma de vivir la vida es disfrutando y bendiciendo cada uno de sus segundos.

 

De camino a la casa de mi hija Camila empiezo a pensar en ella y en su conflictiva relación con John Inx. Nunca me gustó, pero en este caso sí había una razón, no como en el caso de Andrea, la pareja de mi hijo Connor. Me pongo más nervioso con cada metro de calzada que dejan atrás las ruedas del Mustang, y me digo que tal vez así es como debe sentirse un padre de verdad. Dándolo todo por lo único que importa. Yo confío en ella, en su inteligencia y en su buen juicio a la hora de actuar, en quien no confío es en la gentuza como su novio.

John Inx es ese perfil de hombre que siempre quiere destacar por encima de los demás. Ese que no solo se cree mejor que los demás, sino que piensa firmemente que tener una pareja, una mujer, es tener algo que le pertenece, de su propiedad. Solo el pensar en él hace que me enfurezca, que mi boca se seque y los músculos que tengo alrededor de las muñecas se tensen. Su recuerdo es como ese latigazo en la zona lumbar que te enerva. No me gustaba cómo miraba a mi hija, la chulería con la que ponía la mano en su cintura o cómo palmeaba su culo cuando creía que nadie lo veía. Como si fuese ganado. Tampoco me gustaba cómo miraba a mi ex mujer, a Rachel, insultante descaro, con esa molesta tensión sexual del que cree que puede tener a cualquier mujer que él desee. Y tampoco me gustaba cómo me miraba a mí o a mi hijo Connor. Como si fuésemos «colegas» y él el ser más jodidamente especial con el que salir de copas y de fiesta.

Aunque el verdadero problema de todo el asunto es que como yo nunca fui un ejemplo de nada y acabé frecuentando lugares tan indecentes y poco recomendables como lo era John Inx, oí hablar de él las suficientes veces como para tener una idea clara de quién era la persona de la que estaba enamorada mi hija. Básicamente lo conocían en todas partes y la opinión que tenían sobre él solía ser siempre la misma. Otro de esos jovencitos que se cree el ombligo del mundo y que nada ni nadie le puede toser, ni tan siquiera todas esas mujeres a las que trata con tan poco respeto cada maldita noche que sale a emborracharse. El problema es que mi hija nunca me quiso escuchar. Y en cierta manera tenía razón, su decisión era de respetar, ¿por qué iba a obedecer a un padre que ni tan siquiera se había molestado en ir a sus fiestas de cumpleaños o a sus festivales de música y que se comportaba exactamente de la misma forma de la que acusaba a Jonh? Es probable que ella incluso escogiese esa pareja, John Inx, por mi culpa. Un perfil muy parecido a lo que yo era. Dicen que algunas mujeres tienen una extraña tendencia a buscar un perfil de hombre como pareja similar al que representa su padre, como una especie de prolongación de su figura, y que los hombres hacen lo propio pero escogiendo un perfil similar a la figura de su madre. Tal vez eso no sea así siempre. Aunque en el caso de mi hija, y en el mío también, es posible que sí se haya dado el caso.

Camila vive en Brooklyn, una de las zonas más bonitas de todo Nueva York. Aparco a una manzana de distancia y voy dando un paseo. El sol ya se está escondiendo y me digo que este es mi último anochecer. Ese pensamiento hace que me estremezca. Hoy me enfrento a todas las despedidas juntas, con lo poco que me gustan.

Todas las heridas, todo el dolor físico acumulado durante el día está dejando paso a un dolor de otro tipo. Emocional. Esa fractura psíquica que arrastro desde toda la vida parece estar abriéndose de par en par, como los pétalos de una flor en primavera. Y siento, por primera vez en todo el día un increíble miedo a qué narices habrá más allá, al otro lado de la línea. Qué demonios ocurrirá en el momento en que se me pare el reloj. Me digo que no tendría que pensar ahora en eso, que no es el momento, por supuesto que no, porque si lo hago el miedo del que le acabo de hablar a Connor volverá y como siempre, me atenazará e impedirá que haga que lo que quiero hacer, lo que debo hacer.

Casi sin pensar y en medio de un triste lamento interno, me meto en el primer bar que veo y suspiro aliviado al ver un asiento libre en la barra.

Las peores decisiones de mi vida son las que he tomado sin pensar, igual que lo acabo de hacer ahora.

Pido un tanque de cerveza y me bebo la mitad de un trago, casi sin respirar. Me encuentro mejor y cierro los ojos tratando de percibir esa sensación de no pensar, de ver la realidad de una forma diferente. Me acabo la cerveza de otro trago y antes de pedir la siguiente ronda vuelvo a cerrar los ojos. Necesito comprobar que esa sensación de tener la mente medio en blanco y los pensamientos y los recuerdos semi congelados continúa llegando. Y lo hace. Todo empieza a pararse poco a poco, como las últimas vueltas que da la hélice de un helicóptero. Mi sonrisa se dibuja como debe haberlo hecho cada uno de los puñeteros días en los que bebía. Una sonrisa estúpida y cobarde.

Pero de pronto algo ocurre.

Me giro hacia la barra y veo que el camarero ha apoyado sus dos brazos sobre la pegajosa superficie de madera. Está subiendo el volumen del televisor. Todos se giran para escuchar las últimas noticias.

Una mujer se levanta de su silla arrastrando sin ningún miramiento sus patas por el suelo. Se acaba de echar a llorar y se dispone a salir del local tapándose la cara con las dos manos, el que debe ser su novio sale detrás de ella y la alcanza antes de que salga. Yo no sé por qué pero me quedo observándolos. Él le dice que todo pasará, que el tiempo hará que las cosas mejoren y que este tipo de cosas pasan, que no es culpa suya, que recuerde la vida que está creciendo en su vientre, esa es la que de verdad importa. Me digo que debe estar embarazada de tan solo un par de meses, porque apenas se le nota nada. Él le dice que concentre sus pensamientos en el milagro de la vida, en lo que está por venir y no en las terribles desgracias que a veces pasan, como la que ha pasado.

Salen del local y no tengo tiempo de escuchar cómo continúa esa conversación.

Tampoco he tenido tiempo de escuchar esa noticia que ha llamado la atención de todo el local. El camarero ya está bajándole de nuevo la voz al televisor. Tan solo he alcanzado a oír la frase «todavía no han encontrado al conductor». Me digo que desgraciadamente ya he oído esa frase demasiadas veces en esta vida. Y en ninguna de ellas estuvo acompañada de buenas noticias.

Me giro de nuevo hacia la barra y veo que el camarero me está mirando. Debe haber reparado en lo feo de mi aspecto.

—¿Quería algo más? —pregunta entornando un poco los ojos. Parece una tortuga centenaria. Debe pensar que los tipos con la cara como yo la tengo son los que acaba destrozando locales con peleas a las tantas de la madrugada.

Pienso durante un par de segundos en si quiero algo más. Esa sensación de no sentir nada, de colchón amortiguador, todavía no ha llegado. Y antes de preguntarme si es eso lo que quiero, respondo adelantándome a mis propios pensamientos.

—Sí —le digo.

—¿Otro tanque?

—Sí.

—Enseguida.

Lleno mi caja torácica de aire y noto un fuerte pinchazo en el costado. El lugar en el que Cameron estrelló su bate esta mañana. A continuación empieza a escocerme otra vez la herida de bala, la del chico en aquel callejón del Bronx. Una extraña ansiedad empieza a crecer en mi interior.

—Aquí tiene —dice el camarero dejando el tanque frente a mí. La espuma empieza a rebosar y las burbujas empiezan a caer lentamente. Parece una lluvia de estrellas. Yo la abrazo con fuerza y justo cuando voy a llevármela a la boca siento de nuevo uno de esos fuertes pinchazos en la cabeza. De nuevo una sacudida de pies a cabeza. Como cuando alguien espolsa las sábanas.

Me digo que esa cerveza es una de esas cosas a las que uno se aferra que terminan por hundirse hundiéndote a ti con ellas.

La ansiedad crece.

El camarero parece mirarme de reojo.

Los puntos que tan bien me dio Miguel en aquella ambulancia parecen querer abrirse. Como las juntas de dilatación de un edificio en el primero de sus veranos.

—¿Qué le debo? —le pregunto al camarero.

—¿No se va a beber esa cerveza?

De nuevo me quedo mirándola y me pregunto si no sería mejor llegar hasta las ocho de la mañana entre ronda y ronda.

—No, creo que ya he tenido suficiente.

Pago las dos rondas con el dinero del chico de los Rugieri y al salir del local siento cómo se me escapa de nuevo una lágrima. He estado a milímetros de perder de nuevo esa eterna y estúpida batalla contra mi cobardía. Y eso me produce una sensación de vértigo tan grande como la que debe sentirse en lo más alto del techo del mundo.

Trato de olvidar ese pequeño desliz y me atuso un poco el pelo antes de llamar a casa de mi hija.

Tarda en abrir, pero al final lo hace sin ni tan siquiera preguntar.

Me extraña esa conducta.

Subo hasta el cuarto piso y me encuentro la puerta entornada, semi abierta. Doy unos golpecitos y al no obtener respuesta, entro.

—¿Hola? —pregunto porque no me apetece asustar a nadie.

Sigo avanzando y cuando llego a lo que debe ser la cocina veo a mi hija Camila saliendo por la puerta con unos cascos de música puestos. Se queda totalmente paralizada al verme, como si acabase de ver un fantasma. No se lo esperaba.

Tiene un ojo completamente morado y el rostro pálido.

—¿Papá? ¿Qué haces tú aquí?

Durante una fracción de segundo me quedo en blanco. La veo más delgada. Y me digo si todos los padres nos preocupamos de la misma manera al ver a nuestra hija perder peso.

—He… he venido a verte, hija, por cierto, ¿dejas la puerta abierta a todo el que llama?

—Es que pensé que era… —Agacha la mirada y no termina la frase.

—¿John? ¿Es él quien te ha hecho eso del ojo?

Camila va a responder pero rápidamente su rostro se atrinchera tras una expresión de extrema defensa.

—¿Pero quién te has creído que eres para venir aquí sin avisar y pedirme explicaciones sobre mi vida? Que te quede claro que tú no mandas sobre mí y que yo decido con quién quiero estar, ¿lo entiendes? John es mi pareja y tú no tienes derecho a decir nada porque nunca te has molestado en conocerlo. — Camila saca ese genio que siempre la ha caracterizado. Ese espíritu rebelde. Ver que su bello rostro ha sido recientemente golpeado hace que me hierva la sangre. En este asqueroso mundo siempre hay alguien que no soporta a las personas como Camila, a las personas con esa fuerza vital, pura y llena de vida. Les molesta que haya gente como Camila y las intentan aplastar día a día. Son como la prueba de que a veces sí se puede.

—He venido a verte porque voy a marcharme un tiempo y quería despedirme de ti, hija.

Ella se queda con la boca abierta. Tal vez esperaba otra cosa.

—¿Te vas a dónde? ¿Es que te van a meter en la cárcel o algo así? — Trata de mostrarse indiferente, irónica, pero veo cierta preocupación en el tono de su voz.

—Me voy… lejos, solo eso. Durante bastante tiempo.

Ella me mira, inspecciona mi rostro.

Resopla.

—Pues bien, vete y no vuelvas más. Ya sabes dónde está la puerta.

Sus palabras son como un dardo venenoso en mi corazón. Me acerco a ella y veo cómo su cuerpo entero se empieza a estremecer. Su respiración se vuelve ruidosa. Está asustada. Levanto una mano para acariciar su rostro y ella se echa para atrás, se aparta. Se ve a la legua que es alguien que vive con miedo. Con un terrible miedo a ser golpeada. Yo aprieto los puños internamente mientras noto cómo me cae una lágrima. Ella arruga un poco la nariz.

Los dos sacamos un poco la cabeza de nuestros pensamientos cuando de pronto se escucha cómo empieza a sonar su teléfono móvil. No ha pasado ni un día y ya casi había olvidado cómo era vivir sin estar permanentemente enganchado y pendiente de una notificación. De esa extraña sensación de ser menos importante que un aviso de llamadas. Normalmente a la gente le suele importar más quedar bien con quien que está más allá de esa señal que con la persona que está delante. Sencillamente este tipo de comunicación nos ha deshumanizado. No existe otra forma de llamarlo. Es como si nos hubiésemos cansado de nosotros mismos, de nuestras caras, nuestras expresiones, la tonalidad de nuestras palabras y la expresión corporal al hablar. A mí me da que cada vez estamos más lejos los unos de los otros.

Camila saca el teléfono del holgado bolsillo de su pantalón y tanto ella como yo vemos que en la pantalla pone «número desconocido». Ella se queda mirando y yo solo pienso en que no descuelgue, por si acaso, aún no. No lo hace. Rechaza la llamada y vuelve a guardárselo en el bolsillo del pantalón. Yo sonrío. Alivio.

 

—Siento no haberlo hecho mejor, Camila. He sido un padre horrible y quería que supieses que tanto tú como tu hermano sois lo mejor que me ha pasado en la vida. Que tanto tú como él sois seres excepcionales, sin duda alguna mucho mejor que yo.

Ella agacha la cabeza.

No dice nada.

—Camila, de verdad, lo siento muchísimo.

—Bien, ya lo has dicho, ahora vete —dice mirándose los pies mientras arruga la frente para sujetar todas esas lágrimas que se acumulan en el borde de sus ojos.

Se me da muy mal hablar, ser sincero, el contacto humano.

Me doy la vuelta para marcharme. Me digo que al menos ya la he visto y que ya me he disculpado. ¿Qué más puedo hacer?

Supongo que siempre hay algo más que se puede hacer.

Retrocedo de nuevo sobre mis pasos y me sitúo otra vez frente a ella.

—Camila, solo quería pedirte perdón y que supieses que soy consciente de lo mal padre que he sido y que aunque te resulte extraño, tú y tu hermano sois los dos seres que más he querido, que más he amado. Quería decirte eso y pedirte que seas fuerte, muy fuerte, que no permitas que nada ni nadie te intente cambiar, que nada ni nadie te diga lo que puedes o no puedes hacer. Tú eres un ser excepcional, Camila, eres mi hija, y he venido hasta aquí hoy para recordarte lo maravillosa que eres, lo realmente especial que es esa luz que brilla en tu interior. Nunca lo olvides, por favor, aprovecha cada minuto de vida y arrepiéntete solo por lo que no hiciste, por lo que no hiciste por miedo.

Coge un poco de aire, hincha su pecho y a mí me recuerda la primera noche que me pasé en vela contemplándola mientras dormía en la cuna. Maravillándome por el simple hecho de verla respirar.

Camila tiene la vista metida completamente metida entre sus pies. Ha empezado a llorar y no quiere la vea.

Yo vuelvo a intentar acariciar su mejilla y esta vez sí deja que la toque. Su llanto se está empezando a volver incontrolable y antes de que se derrumbe por completo yo la agarro con todas mis fuerzas sin pedir permiso, la agarro como lo que soy, su padre. Y la abrazo contra mi pecho mientras le digo de nuevo lo mucho que la quiero.

A veces pienso que lo que de verdad me ha matado, ha sido esta jodida deshumanización en la que vivimos. Nos hemos convertido en una farsa, una copia barata de lo que un día fuimos. Llevamos camino de trascender y convertirnos en números. Unos serán ceros y otros serán unos.

Ella tarda todavía unos cuantos minutos en serenarse. Pero a pesar del llanto, a pesar de las lágrimas, ya no la noto tan pesada. Ha descargado parte de esa tensión y ese incurable dolor existencial que llevaba arrastrando desde hace mucho. La entiendo porque yo me sentí igual en muchas ocasiones a su edad. Cuando los seres que te han dado la vida, los que te han traído a este mundo, no te quieren, te cuesta entender por qué narices estás aquí.

Pero de algún modo, sobre todo si tienes un poco de paciencia, de pronto un día todo cobra un sentido y entonces piensas en que eso de que la vida es un milagro no solo es cierto, sino que es lo que lo explica todo. El ciclo acaba para volver a empezar de nuevo, así de sencillo, y así será por los tiempos de los tiempos hasta… supongo que como todo, hasta llegar al final. Pasas el testigo que a ti te también te pasaron y te dices que ya has cumplido. Aunque hay veces, como me ha pasado a mí, en el que no cumples hasta que terminas lo que has empezado.

—Tengo que marcharme ya, Camila. ¿Te importa si te pido una última cosa?

Ella se limpia las lágrimas y me dice sí con un dulce pestañeo.

—¿Te importaría decirme a qué bar suele ir John a beber los miércoles a estas horas?

Ella abre mucho los ojos.

—Solo quiero decirte que lo que se quiere no se golpea y lo que no se quiere no se destruye.

Ella aprieta los párpados pero termina dándome una dirección. El nombre de un bar.

Antes de marcharme es ella la que se abraza a mí y yo el que rompe a llorar.

—¿Cuídate mucho, vale? —Le digo acariciando su barbilla.

Ella asiente con ternura.

—Tú también… papá.

Yo me estremezco al escuchar la magia de esa palabra y cuando bajo las escaleras me digo que sintiéndolo mucho, con John no voy a tener solo palabras.