El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 2 de 25

Páginas del PDF

El último día de mi vida

Capítulo 2

El banco

 

Arranco y en cuanto abandono las inmediaciones de Bread&Sugar trato de decidir con rapidez si debería ir primero a casa de mi gran amigo Ron o al banco en el que nos estafaron a Rachel y a mí todos nuestros ahorros. Miro el reloj. Las diez de la mañana. Debo darme prisa porque el tiempo vuela más que nunca y todavía tengo muchísimas cosas que hacer. Sobre todo las más importantes.

Decido que iré primero al banco.

El tráfico es denso a estas horas de la mañana. Pienso que he tenido tan mala suerte en esta vida que hasta me ha tocado morir en miércoles. Un maldito miércoles. Pensar en eso me arranca una estúpida sonrisa desesperada.

Acelero y cambio de carril por lo menos siete veces. Me uno a la batería de insoportables cláxones que lo inundan todo de estrés y ruido.

Uso el carril reservado para los taxis. Uso el carril reservado para las bicis. No cedo ni un solo metro. No dejo pasar a nadie. Hoy es mi día y tengo más prisa que nunca.

Ya estoy llegando. Strong Brothers Bank. Solo a mí se me ocurriría confiar el dinero de mi matrimonio, de mi familia, en un banco con ese nombre.

Pensar de nuevo en lo que nos hicieron hace que vuelva a acelerar y al cambiar otra vez de carril no veo el pequeño camión de ultra congelados que al parecer tiene tanta o más prisa que yo. Por un momento pienso que las pocas horas que me quedan de vida se acaban de reducir a escasos segundos. Veo cómo el morro del viejo Ford embiste el lateral de mi Chrysler. Mi coche da una vuelta completa derrapando por el asfalto y antes de que se detenga sufro un segundo impacto de otro coche que llegaba por mi izquierda. No lo veo venir. Mi coche da por lo menos dos vueltas más y por unos segundos pierdo totalmente la noción del espacio tiempo. Me agarro al volante con todas mis fuerzas y espero a que todo se detenga.

Y todo se detiene tres o cuatro segundos después.

Aun así todavía puedo escuchar los frenazos de los coches que vienen detrás y desgraciadamente algún que otro golpe también. Humo. Cláxones. Puertas que se abren y se cierran. Cristales rotos derramándose por el suelo. Gritos. Insultos. A mí me cuesta ubicarme. Dolor de oídos. Cuello envarado y la visión ligeramente borrosa. Tengo que salir de allí antes de que la gente empiece con el papeleo, antes de que venga la policía o incluso vengan las ambulancias.

Trato de arrancar pero el contacto del Chrysler suena como un perro con afonía. Vuelvo a maldecir mi mala suerte. Me acabo de quedar sin coche.

Abro la puerta y también está medio atascada. Aun así salgo rozándome por la abollada plancha de metal y se me desgarra un poco el pantalón. Al ponerme en pie noto que me mareo y abro los brazos para no caer. Intento conservar el equilibrio y me siento como si acabase de beberme una botella entera de ginebra.

—No se mueva, señor, espere a que venga una ambulancia. Ha sufrido un accidente muy grave. Está malherido.

Dirijo mi nublada vista a esa cálida voz y veo que es una mujer mayor de cuya mano veo que se prolonga un carro de la compra al cual va atado un pequeño perro que también me observa con cierto recelo. Miro por encima de su hombro y veo que en el accidente han participado al menos cuatro o cinco coches más. Reacción en cadena.

Sin tratar de ser descortés la aparto un poco con una mano para poder pasar y largarme de allí.

—Señor, debe esperar a que venga la ambulancia, ha sufrido usted un grave accidente. —La voz de la señora adquiere un tono preocupante. Casi suplicante. No digo nada porque me da la impresión de que en esos momentos ni siquiera puedo hablar. Tengo la mandíbula atascada y la lengua acorchada.

Camino unos metros y me alejo un poco de allí. Noto un fuerte picor en la cara. Me toco con una mano y siento algo duro. Mierda. Me miro en el espejo de un coche y me horrorizo al ver que tengo varios cristalitos clavados en la cara. Me los quito uno a uno mientras emito un grito continuo y lastimero. Más que un grito es como un llanto. Un llanto que me recuerda a cuando era un niño. Eso me hace llorar todavía con más fuerza. En el fondo tengo la impresión de que no sé cómo demonios ha ocurrido eso de hacerse mayor. Pero tengo que aguantar porque el tiempo se agota. Mejor no lamentarse más.

Me quito la chaqueta y me limpio la cara como puedo. Debo de tener una pinta horrible.

Acelero el paso hacia Strong Brothers. Cojeo. Solo un par de manzanas y habré llegado.

Poco a poco voy entrando en calor y parece que tanto las heridas del accidente como las contusiones de la pelea con Archibald han empezado a ser más llevaderas. Entumecimiento.

Ya estoy frente a las puertas del banco. Me pregunto si estará el director. Andrew Rand. Antes de entrar veo que al lado hay un McDonald’s y paso dentro, más que nada porque necesito colarme en el baño. Trato de abrir la puerta pero no puedo, está cerrada.

—Señor, señor, no puede entrar sin el código, necesita el código.

Me giro y veo a una joven trabajadora con una gorra del Mac bien calada hasta las orejas. Me mira asustada. Debe de estar viendo las heridas y la sangre de mi cara.

—¿Qué código? ¿De qué está hablando?

A la trabajadora se le hace una pelota en la garganta.

—La puerta del cuarto de baño solo se puede abrir con el código que le dan a cada cliente cuando realiza una consumición, señor.

Ya veo por dónde van los tiros.

Repaso con la vista las tres o cuatro mesas que hay a mí alrededor y veo que todo el mundo ha dejado de comer y me observa. Justo en la mesa que tengo al lado, una pareja de enamorados que no tendrán más de dieciocho años está disfrutando de un menú extra grande, observo, entre el montón de patatas y de muestras de kétchup y mostaza, cómo se levanta el tique de compra. Lo cojo sin titubear y miro ese estúpido código. Una cifra de cuatro números. Encima. Como si fuese la contraseña de la caja de seguridad más grande de la Reserva Federal. Lo memorizo y les suelto el papel hecho una bola.

Pulso las cuatro cifras y entro en el baño.

Me asusto cuando me veo en el espejo. No solo tengo la cara cubierta de sangre, sino que también tengo un lateral de la cara hinchado y varios cortes que poco a poco se han ido cerrando a base de inflamarse. Me veo como los boxeadores en el asalto número doce.

Meto la cabeza entera en la diminuta pila y abro el grifo de agua. Necesito limpiarme y enfriarme.

Tras haberme frotado bien fuerte la cara cuatro o cinco veces puedo ver que tengo mejor aspecto y que incluso parece que la inflamación ha bajado un poco. Me seco bien con papel y me peino un poco con los dedos a lo Michael Douglas.

Al salir del baño veo que hay un guarda de seguridad esperándome. Tras él está la camarera de la gorra.

—Tiene que abandonar el establecimiento, señor —dice el guarda.

Yo lo miro y después miro a la camarera. Me sorprende la facilidad con la que la sociedad te mete directamente en el saco de los indeseables y la gente peligrosa. Un día eres alguien respetable y al día siguiente parece que seas el máximo representante de la peste negra. En ese momento pienso que nuestro mundo es muy ingrato, muy injusto y con muy poca memoria.

Me doy la vuelta y me largo, no tengo ganas de más peleas a estas horas de la mañana. Antes de salir me giro y veo que están todos observándome, esperando a que me largue. Soy como la molesta interferencia que no les deja escuchar bien la radio. Sonrío con sarcasmo y me voy.

Entro en el banco y paso los controles de seguridad. Me quedo viendo las diferentes colas que hay. En todas ellas alguien está moviendo un dinero que no existe desde algún lugar que tampoco existe. Me digo que esto es una de las grandes mentiras de nuestra era. Es como estar jugando a un juego endiablada y peligrosamente real. Quien pierde muere. Veo el despacho del director al fondo, en unos de los laterales de la oficina. Curiosamente se acaba de abrir la puerta. Aparece en escena Andrew Rand que se termina de despedir de una anciana que viste con sombrero de fieltro blanco, guantes blancos y un abrigo azul turquesa que le llega casi hasta los tobillos. La anciana sonríe y Andrew sonríe más.

Voy hasta allí y siento cómo al pasar junto a la anciana me mira como si yo fuese una mancha de tomate en una camisa blanca. Paso de largo y me cuelo en el despacho de Andrew antes de que se me cuele alguien a mí. Me digo a mí mismo que acabo de hacer una gran jugada. Sin planes, sin preguntar y sin pensar. Directo al corazón.

Andrew está hablando por teléfono, sonríe. Pero la cara se le llena de hastío cuando ve que me siento frente a él. Apoyo mis entumecidos y sucios brazos sobre su poderosa mesa de roble estadounidense y no puede evitar abrir sus fosas nasales como un búfalo en inspiración profunda.

Cuelga el teléfono pulsando una tecla con fuerza.

—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Tiene cita?

Yo sonrío y sin querer ni pensar, dirijo mis ojos hacia el marco de una foto que tiene justo al lado del monitor del ordenador. La cojo y veo a una gran familia junto a una playa de arena fina y el agua tan cristalina como el agua mineral. Gente joven, gente guapa, adultos, niños y el gran cabrón de Andrew Rand justo en el centro. Con la sonrisa desencajada. Parece que se esté riendo del mundo entero. Una broma de muy mal gusto le acaba de gastar al mundo. Eso es lo que parece estar pensando.

—Suelta eso ahora mismo, ¿quién demonios es usted? Devuélvame esa foto ahora mismo y márchese de aquí antes de que llame a seguridad.

Acabo de recordar la amabilidad con la que me recibió esta misma persona hace unos años. Cuando yo llegué con mi encantadora mujer, mi mejor traje y, cómo no, mi debida cita previa y mi cuenta corriente llena de dígitos. En cambio ahora soy como una cagarruta pegada en la suela de un zapato.

—Me llamo Dylan Swift. Probablemente usted a mí no me recuerde pero le puedo asegurar que yo a usted sí.

Andrew abre sus arrugados párpados y trata de hacer memoria. No se acuerda en absoluto. Claro. Por qué iba a acordarse. Para él debo ser como esos últimos decimales que no se tienen en cuenta ni para el redondeo.

—Hace unos doce años más o menos, mi mujer y yo trajimos aquí todos nuestros ahorros porque su banco y, usted en concreto, prometían una rentabilidad del cuatro por cien por seis meses de permanencia.

A Andrew se le tuerce la boca.

—Nadie da un cuatro por cien, eso es imposible —dice como si yo acabase de aterrizar de otro planeta y no supiese en qué mundo vivimos.

—Ya sé que nadie da esa rentabilidad, pero ustedes, y me temo que no eran los únicos, eran lo que ofrecían y yo fui lo que firmé.

—¿Y qué quiere? ¿No ha dicho que lo firmó? ¿Y qué quiere ahora?

La chulería de Andrew me está alterando más de lo que ya lo estaba.

—Yo firmé una rentabilidad del cuatro por cien por un paquete con un riesgo máximo del ocho por cien, pero a los seis meses me encontré con que lo había perdido todo. Ochenta mil dólares.

Andrew estalla en una carcajada viejuna y molesta. Me humilla. Se está riendo en mi cara y lo peor es que eso le está produciendo dando un placer enorme. Me llega una bocanada de olor acre y empiezo a respirar por la boca para que la angustia no haga que le vomite encima.

—Qué idioteces son esas, qué chiste es este. ¿Se puede saber dónde está la cámara? —Andrew se lo está tomando a risa.

—No es ningún chiste ni hay ninguna cámara, es lo que ocurrió. Ustedes dijeron que habían depositado nuestro dinero en un fondo de inversión que al final resultó ser puro humo y quebró antes siquiera de poder retirar un solo céntimo. Nadie se hizo cargo y, tras mucho pelear, usted y su banco nos ofrecieron recuperar el cincuenta por cien de nuestra inversión.

—Pues ya es más de lo que le ofrezco a la mayoría, se lo puedo asegurar. ¿Lo cogió?

—No, por supuesto que no lo cogí.

—¿Lo llevó a juicio?

—Sí, lo llevé a juicio, y tras meses perdiendo más y más dinero, finalmente el juez, asombrosamente, le dio a su banco la razón y al final no solo no recuperé nada, sino que tuve que correr con el gasto de todas las costas.

Andrew va a volver a reír con fuerza pero se da cuenta de que mi cara es como un bloque de hielo a punto de estallar en mil pedazos. Hay algo que lo detiene. Pero no es respeto ni remordimientos. Es miedo a estar pasándose de la raya.

—Mire, señor Swift, sinceramente no recuerdo su caso, pero por lo que me cuenta usted fue una de las víctimas de dos mil seis. Aquello fue una guarrada, hijo, todos perdimos, no solo usted. Todos. Mire, hagamos una cosa, dígame sus datos completos y veré qué puedo hacer, tal vez consiga abrirle una cuenta con unas condiciones especiales, usted ya me entiende. — Andrew me guiña un ojo como si yo fuese estúpido. Eso me pone muy nervioso. Siento un molesto ardor que me sube por el pecho. La nuca se me tensa y de pronto recuerdo a mi viejo diciéndome, cuando yo tan solo tenía unos ocho años, que no permitiese nunca que nadie se riese de mí. Aunque lo cierto es que mi viejo no es que fuese muy buen ejemplo de nada.

—No quiero su asquerosa cuenta, Andrew, ni quiero tener que ver nada con usted o con su maloliente banco.

Andrew endurece el rostro. Eso le ha dolido.

—Márchese de aquí, señor Swift. Se lo estoy pidiendo amablemente, y será la última vez que lo haga.

Que Andrew se haya sentido ofendido hace que me sienta un poco mejor.

—En dos mil seis, cuando usted y su maloliente banco nos robaron todo nuestro dinero, mi mujer tuvo que empezar a doblar sus turnos de trabajo para poder pagar la hipoteca y la deuda contraída en el juicio porque con mi sueldo no llegaba. Eso le produjo una lesión en el hombro de la cual no se pudo nunca recuperar, finalmente acabaron despidiéndola y más tarde acabarían contratándola por el salario mínimo interprofesional en el único trabajo que encontró que no exigía tener que levantar el brazo por encima de la cabeza. No pudimos pagarles la universidad a mis hijos ni tampoco un seguro médico en condiciones porque en el fondo que usted nos robó iban incluidas las matrículas de sus universidades. Eso provocó, unos años después, que mi hijo Connor tuviese que ponerse a trabajar en una empresa de mudanzas para poderse pagar los estudios y finalmente acabó con una grave lesión de espalda. Como no tenía un buen seguro le dieron el tratamiento básico. A día de hoy, por suerte, puede caminar. Pero ha de andar de aquí para allá todo el día con una faja ortopédica y no puede correr más de diez metros seguidos. Y solo tiene veintidós años. Los problemas continuaron, yo tampoco me comporté de la mejor de las maneras ni tuve la paciencia suficiente, nunca supe muy bien cómo asumir que me habían robado el dinero de toda mi familia en mi propia cara y yo no había hecho absolutamente nada. Empecé a beber más de la cuenta y finalmente mi mujer acabó pidiéndome el divorcio. Mi hijo y mi hija apenas me hablan y de los amigos que tenía creo que el que no ha dejado de hablarme es porque todavía le debo algo de dinero. Podría seguir, pero no tengo todo el día y no me apetece pasar más tiempo mirando su fea cara.

—¿Se puede saber qué demonios le pasa en la cabeza? ¿Pretende hacerme responsable de todas sus desgracias y todas sus malas decisiones?

—Solo he venido a decirle que la gente como usted es la que hace de este mundo un lugar horrible, Andrew. Sois tóxicos, malas personas. Sin vosotros este mundo sería un lugar infinitamente mejor. Jugáis con la vida de las personas y no tenéis ni idea del alcance que pueden llegar a tener vuestras viles acciones. Solo mirarte a la cara me produce náuseas, Andrew. Eres como ese gusano que se ha metido en el interior de la maldita manzana y lo está pudriendo todo a su paso.

Andrew pone la mano bajo la mesa y empieza pulsar el botón antipánico. Me mira como si se acabase de beber un vaso de vinagre. Me enfurece que haya llamado a seguridad. La gentuza como él siempre quiere ganar, aunque ya no le quede ni una sola carta en la mano. Siempre tienen que quedarse con la última palabra, nunca asumen su culpa ni por supuesto se disculpan. La rabia crece en mi interior. Veo una grapadora con el cuerpo fabricado en acero que hay sobre la mesa de su escritorio. La cojo sin pensar y mi mano se cierra sobre ella con fuerza. Nadie va a devolverme mi dinero ni a mi familia, eso lo tengo claro, pero no puedo evitar hacer lo que estoy a punto de hacer.

Los ojos de Andrew se hacen grandes.

—¿Qué se supone que vas a hacer con eso? ¿Pegarme? Vamos, inténtalo. No eres más que un maldito cobarde que ha dejado que su familia se vaya a pique por una simple mala inversión. Eres un maldito cobarde que tiene lo que se merece.

Escuchar la palabra cobarde hace que algo en mi interior estalle. Tal vez sea porque haya dado justo en el centro de la diana.

Andrew se envalentona mientras no deja de pulsar el botón anti pánico. No era mi intención cuando entré en esta sucursal, pero de pronto me entran unas terribles ganas de estamparle la grapadora de acero en la cabeza. Se está riendo de mí, de mi vida que está a punto de poner su punto final en este mundo, de mi familia. Siento unas terribles ganas de echarme a llorar. En lugar de eso aprieto los dientes y estrello la grapadora contra su frente. No decido, actúo. Me asombra la facilidad con la que se clava en la macilenta piel de su cabeza y tanto él como yo nos quedamos mirándonos durante un instante. No se lo esperaba, yo tampoco.

La puerta de su despacho se abre y aparecen dos guardias de seguridad. Andrew, con dos segundos de retardo, ahora sí, empieza a gritar con todas su fuerzas. Yo saco la grapadora de su frente y veo que le he abierto una buena brecha. Su interior es oscuro. La sangre espesa empieza a correr por su cara. Me asusto. Sirope de cereza. No era esa mi intención. Los dos guardas de seguridad me rodean. Son más jóvenes, más altos y más fuertes que yo. Abren los brazos como si estuviesen bloqueando a un corredor. Pero tengo que escapar como sea.

Le lanzo la grapadora con todas mis fuerzas a uno de los guardas y mientras trata de cubrirse la cara me abalanzo sobre el otro. No se lo espera. Me tiro sobre él como se tiró Archibald sobre mí. Chocamos contra una de las paredes de aluminio y metacrilato del despacho de Andrew y la pared se viene abajo. Aparecemos en medio del banco. Rodamos. Yo me levanto como puedo y salgo corriendo. Veo que hay una anciana entrando justo en ese momento y bendigo mi buena suerte. Me cuelo entre ella y las dos puertas de seguridad mientras escucho el griterío y cómo los guardas de seguridad tratan de salir corriendo tras de mí. Pero veo cómo se topan con esa doble puerta de seguridad que yo he cerrado astutamente y al parecer nadie atina a abrirla. Salgo corriendo y tuerzo por varias calles antes de detenerme en un callejón a coger algo de aire.

Me dejo caer en el suelo un momento y me enciendo otro cigarro. Tengo mi mano derecha llena de la sangre de Andrew. Y pienso que no era así como quería acabar mi último día. Pienso en mis dos hijos, mi ex mujer, mis padres y mi único hermano. Es con ellos con quien debería estar y no sembrando el terror por la ciudad. Pero todavía hay un par de cosas más que quiero hacer antes de reunirme con ellos. No puedo irme sin zanjar esos asuntos. Entre otras cosas porque en alguno de ellos puede que esté la causa de que yo no vaya a ver el día de mañana.