El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 21 de 25

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El último día de mi vida

Capítulo 21

 

El momento más feliz

 

Son las cinco y media de la mañana, y por primera vez en todo el día, sonrío. Sonrío de verdad, de pura felicidad. Se acabaron las ironías y los sarcasmos.

Siento que por primera vez en mucho tiempo vuelvo a ser libre de nuevo. Libre del mundo que me rodea, pero sobre todo libre de estar permanentemente enfadado y malhumorado con la vida en general. Y puede que la razón sea el hecho de que ya sé cuál es ese recuerdo que me quiero llevar conmigo a la otra vida. Ya sé cuál fue el momento más feliz de mi vida. No ha sido fácil elegir, pero supongo que al final, cuando uno está a punto de partir, las cosas que de verdad importan, las más importantes, son un poco más fáciles de distinguir. Solo un poco. Lo suficiente como para saber que esta vez no es una de esas cosas que se hunden, al revés, esta vez es una de esas cosas que te llevan volando al infinito.

Lo siento por Connor, y por Camila. También por Stanis y por mis padres, incluso por Rachel o el nieto al que acabo de conocer. Siento que ninguno de ellos aparezca en ese recuerdo, en ese momento de mayor felicidad que he elegido para llevarme conmigo, para reconciliarme con este mundo. Pero lo cierto es que uno ha de ser sincero consigo mismo, creo que esa es la única manera de estar en paz, de terminar con esa interminable lucha interior.

Yo tendría unos ocho o nueve años. El verano acababa de terminar. El campo se estaba empezando a llenar de esas flores rojas y amarillas que se desprenden de las ramas de los robles y los cerezos cuando llega el otoño, y yo todavía no tenía ni idea de cuánto duraban los días ni los años ni los veranos, ni qué era el trabajo, el dinero o los préstamos. No había oído hablar del cáncer de próstata, el tabaco o la prevención de enfermedades contagiosas. Los conflictos bélicos no existían en mi cabeza y las armas solo eran de madera. Nada de eso existía en el mundo en el que yo vivía, no todavía. El viento soplaba con suavidad y arrastraba una fragancia difícil de identificar, tal vez se acerque un poco a la verdad decir que se parecía mucho a esa fragancia de la que está impregnada la vida. La luz del atardecer era naranja, tostada, yo cerré los ojos un momento y esperé. Esperé a recibir ese primer beso. Mentiría si digo que recuerdo cómo se llamaba ella, la chica, pero desgraciadamente no es así, no lo recuerdo. Tampoco estaría bien decir que sentí una descarga eléctrica, o cómo se erizaba el vello de mis brazos o de mi espalda, o que sentí las mariposas en el estómago. Nada de eso ocurrió tampoco. La realidad es que fue algo más sencillo. La realidad es que solo sentí cómo todo el universo daba vueltas a nuestro alrededor. Millones de estrellas y de planetas danzando a nuestro lado. Sentí cómo esa magia de la que están hechas las cosas, nos envolvía y nos llenaba de vida. Como si el universo empezase y acabase justo en ese preciso momento.

—Dylan… —dijo ella con cierta vergüenza.

—Qué.

—¿Se lo dirás a alguien? Me refiero a lo del beso. —Recuerdo que en las manos deshojaba una margarita, nerviosa. Con la mirada baja y las piernas un poco torcidas.

—No lo sé, ¿por?

Ella se sonrojó un poco y se encogió de hombros. No contestó.

Cuando yo me di la vuelta para marcharme, ella volvió a preguntarme algo.

—Dylan…

—¿Sí?

—¿Tú también lo has sentido? ¿Has sentido lo mismo que yo?

Yo tardé unos segundos en responder. Tal vez fue porque en un primer momento pensé que yo había sido el único, pero al parecer los dos habíamos sentido lo mismo. El primer amor.

—Sí, también lo he sentido.

Ella levantó otra vez la mirada, irradiaba felicidad. Complicidad.

—No me olvides nunca, ¿vale? —dijo ella con dulzura.

—Vale.

Yo me di la vuelta y antes de volver a casa pensé por primera y última vez que el mundo era un lugar en el que a veces pasaban cosas realmente maravillosas.

Han pasado unos cuarenta años de aquello, y todavía me saca una sonrisa cuando lo recuerdo. Y me digo que acabo de cerrar otro capítulo. Con la diferencia que esta vez no se ha tratado de cerrar ninguna herida ni de arreglar el pasado a puñetazos. Esta vez se trataba de cerrar uno de esos capítulos que te reconcilian con el mundo, con la vida.